lunes, 24 de marzo de 2025

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

 Ahora lo entiendo. Llevaba días viendo vídeos en redes sociales de hombres y mujeres de distintas nacionalidades quitando barro en las calles de poblaciones afectadas por la riada o la barrancada del 29 de octubre y no entendía la razón por la cual el algoritmo había decidido hacérmelos llegar casi cinco meses después. Para mí era una información redundante: los vi en directo y en el momento en que estaba ocurriendo. Sin embargo, miraba intrigada esos vídeos intentando esclarecer la razón de su aparición en mi móvil, pero los designios del algoritmo son inescrutables y no fue hasta varios días después que vi la noticia que les había devuelto la actualidad: Sabéis cuál era, ¿verdad? Exacto, Carlos Mazón había comparecido para anunciar que había pactado con Vox los presupuestos para la Generalitat Valenciana y había leído un comunicado en el que, entre otras cosas, pedía que se hiciera pública la nacionalidad de las personas que habían estado saqueando los comercios durante los primeros días tras las inundaciones. 

He intentado ver entero el comunicado y no he podido, así que no puedo saber el contexto en el que se formuló esa petición, pero he dejado pasar una semana en la que se han sucedido los comentarios a esas declaraciones tildándolas de xenófobas y nadie se ha defendido de tal acusación, por lo que debo entender que lo son y al emisor no le importa serlo.

Ya escribí sobre los saqueos, (Pincha aquí, si quieres leerlo) los vi desde mi balcón. Imagino que a aquellos que quieren creer que fueron inmigrantes quienes los cometieron les importará un pimiento lo que yo diga. Pero, al Cesar lo que es del César: 

Estuve observando aterrorizada el saqueo asomada a la barandilla durante toda la mañana del día 30 de octubre. No me escondía por si mi presencia les persuadía de deponer su actitud. Por si, al sentirse observados, se avergonzaban y dejaban de robar. Pero no. Me miraban con insolencia, incluso algunos amenazadoramente, y seguían llevándose objetos de toda clase, llenando carros... 

Así que vi a muchos saqueadores. No les conocía, pero eso es normal en mí. No conozco a casi nadie del pueblo, ni siquiera conozco a todos mis vecinos. Soy una despistada. Sin embargo, sí puedo afirmar, que, de todos los rostros que vi entrar y salir del supermercado, no había ninguno que tuviera rasgos que me hicieran sospechar que fuera inmigrante. Es más, como hablaban en voz alta comentando las diferentes jugadas, puedo asegurar que hablaban un castellano o un valenciano sin ningún acento que me llamara la atención.

Por contra, los días siguientes sí pude ver rostros de diferentes colores y escuchar palabras en diferentes lenguas y con diferentes acentos limpiando las calles de lodo, todos juntos, sin que a nadie le importase de dónde venía el compañero. 

Este pueblo, el pueblo valenciano, ya ha padecido los efectos del fango en las calles, en las casas, en la ropa, en las manos y, a tenor de los vídeos publicados en las redes sociales, nos negamos a que se nos ensucie también el alma con el barro, con la inmundicia de quienes escupen lo peor del ser humano para esconder, entre tanta suciedad, su podredumbre. 

Los que saquearon, obraron mal, punto. Pretender ahora achacar ese episodio vergonzante a un colectivo determinado, el de los migrantes pobres, es un acto miserable; es pretender que los de abajo nos peleemos por unas migajas y hagamos el trabajo sucio a los que, desde arriba, se burlan de nosotros mientras se llenan los bolsillos de dinero.

No soy tonta. No somos tontos ni manipulables. Nosotros SÍ estábamos aquí y vimos qué pasó. Sabemos qué pasó. Sabemos quién estaba limpiando el fango y quién no.

Creía que no se podía caer más bajo, pero veo que sí. Marchaos de una vez, no nos representáis.


jueves, 31 de agosto de 2023

UN CABALLERO ANDANTE EN EL SIGLO XXI

 Ayer mi hijo mayor llegó a casa muy enfadado. Su cara animaba a huir lo más lejos posible de él. Lo vimos encerrarse en su habitación jurando en arameo y lo dejamos rumiar lo que fuera que hubiera perturbado su débil paz espiritual.

Hoy, después de una tarde con su noche de pertinaz silencio y cara enfurruñada, ha amanecido calmado (tampoco hay que confiarse porque esos momentos de calmachicha hay que disfrutarlos sabiendo que son fugaces) y, sin que le preguntáramos nada sobre lo ocurrido ayer (¡Dios nos libre de tamaño atrevimiento!), ha comenzado a relatarnos.

Por lo visto, salió del gimnasio al que se ha apuntado con otros colegas —bros, mamá, que pareces boomer—, para convertirse en “hombre-peonza” —mamá es lo que se lleva, y no me mires así, en plan, ya sabes, es que tú no te enteras—. Bueno, pues mi hijo salió del gimnasio al que se ha apuntado con otros bros para convertirse en un hombre peonza to guapo cuando el sol estaba en su máximo esplendor achicharrando a cuantos seres vivos osaran desafiarle saliendo insolentes a la intemperie. Y entonces la vio y no pudo evitar detenerse para ofrecerle su ayuda a pesar de que se trataba de una terrible y gigantesca libélula de cinco centímetros tumbada boca arriba cerca de una pared mientras aleteaba pidiendo auxilio.

Mi hijo pensó que, víctima de la furia de Helios, habría sufrido algún desvanecimiento cayendo al suelo con tan mala fortuna que había quedado panza arriba y no podía reemprender el vuelo. Así que este descendiente directo de Alonso Quijano se dispuso a prestar ayuda a esa dama en apuros. Obviamente, dados el tamaño y la fiereza de su Dulcinea, tomó sus precauciones y se acercó con cuidado. Sin embargo ella aleteó con gran violencia mientras volteaba su cabeza hacia él desafiándolo. 

Nuestro caballero andante no se amilanó demasiado e intentó calmarla explicándole suavemente que solo pretendía ayudarla. Pero ella seguía atacándole colérica impidiendo que se acercara. 

Mi hijo, decidido a ayudarla lo quisiera ella o no porque su vida —la de ella— dependía de su ayuda —la de él—, se armó con un palo y, pertrechado de tal guisa, regresó de nuevo a la carga. Acercó el palo a la libélula en apuros para empujarla con él hasta lograr que apoyara las larguísimas patas en el suelo. Imposible. Ella no dejaba de aletear a una velocidad pasmosa mientras giraba la cabeza cual niña del exorcista y pataleaba amenazando con romper los huesos de ese humano con palo incapaz de dejarla morir en paz ¡maldita sea! que ya ni eso la dejan a una. 

En esas estaban cuando apareció un Sancho Panza que, observando la escena, se acercó a preguntar qué ocurría. Mi hijo, educado como él solo, le explicó con todo lujo de detalles:

—Esta pobre libélula se habrá mareado por el sol y el calor, no debe haber visto la pared, debe haber chocado con ella, se ha caído y está agonizando patas arriba. Yo estoy intentando ayudarla a ponerse al derecho para que pueda volver a volar, pero no se deja.

El hombre, atribulado, siguió su camino sin decir nada. Ignoro si fue porque no encontró palabras o porque andaba ocupado buscando las cámaras ocultas.

Mi hijo lo vio marcharse y persistió en su misión salvadora durante un rato más hasta que se rindió ante el empeño obcecado de la libélula en perecer y, muy enfadado por tamaña descortesía de la dama, decidió abandonarla a su suerte no sin antes hacerle saber lo enfadado que estaba por su testarudez. 


martes, 22 de agosto de 2023

LA CAJA DE LA NADA

 Hace mucho tiempo que no cuento alguna escena veraniega que me niego a que caiga en el olvido y es que hace mucho que no sentía la chispa. Pero hoy, de repente, ha saltado ante mis ojos. Ha sido justo después de  desayunar. Aún estábamos en la mesa intentando coger fuerzas para hacer NADA durante uno de esos maravillosos días veraniegos en los que uno se dedica a vivir como en los paraísos de los cuentos. Pues allí estábamos cuando se nos ha ocurrido la “maravillosa” idea de intentar que nuestro hijo de 13 años entrara en la masculina “caja de la nada” como un rito iniciático como cualquier otro.

Él, muy aplicado, obedecía a su padre y cerraba los ojos para introducirse en esa “habitación blanca” que le indicaba su progenitor y en la que no hay nada. Durante dos segundos, su cara beatífica parecía entrar en el habitáculo, guiado por la voz paterna que le conduciría al mundo de los hombres. Sin embargo, de repente, abre los ojos y pregunta:

—¿Puede haber un árbol en la caja de la nada?

—No, no hay nada.

—¡Uy! Pues yo lo veo.

—No puedes verlo porque no hay nada.

—Vale, vuelvo a meterme… ¿Y unas nubes blancas? —sonríe beatíficamente.

—No, no hay nada. Inténtalo de nuevo.

—Vale —cierra por tercera vez los ojos y los vuelve a abrir inmediatamente—. Es que veo el árbol.

—No puedes ver nada porque no hay NADA.

El adolescente vuelve a sonreír pidiendo disculpas y se aplica más en la tarea. 

—Vale, ya estoy dentro otra vez y estoy talando el árbol con una motosierra. 

—Imposible porque no hay nada—responde por enésima vez el padre con la paciencia de Job—. Concéntrate.

—¡Ya no hay árbol! —exclama feliz con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Muy bien! —exclama el padre.

—Pero hay una flor.


jueves, 30 de septiembre de 2021

REFLEXIONES MATUTINAS: arcángeles y números mágicos

 Hoy me he levantado reflexiva. Quizá por eso he podido llegar al final de un día en el que los dioses se han confabulado para bombardearme con exigencias que requerían una resolución inmediata, hasta el punto de reventar mis compartimentos estanco, que son los que me permiten ser una persona multifuncional y no morir en el intento. 

Ya ha anochecido y, por fin, puedo parar para escribir esta disertación tan túnida como los diálogos de besugos: 

El tres y el cuatro son números mágicos en la literatura. El tres es el principio de todo y el cuatro conlleva la idea de universalidad, así que constituyen la base sobre la que se asientan las distintas interpretaciones del mundo.

Y, la verdad, es que tanto un número como el otro están presentes en nuestras vidas. No hay más que observar los muebles que nos rodean y comprobaremos que todos aquellos que han de sostener algo, tienen cuatro patas. Aunque, si hacemos caso a los ebanistas, la verdadera estabilidad se alcanza con tres patas, no con cuatro.

Esto que parece evidente con los objetos (ni se me ocurre dudar de los profesionales), no lo es tanto cuando de personas se trata. Un grupo de cuatro amigos tenderá a dividirse en dos parejas, mientras que si es un trío (amistoso, me refiero), uno de ellos acabará descolgado.

Reflexionaba esta mañana sobre estas cuestiones porque hoy es el santo de quienes se llaman como los arcángeles y he pensado en cuánto se parece su historia a la de los seres humanos. En el reino de los cielos, como sabéis, había, justo por debajo de Dios, cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Luzbel en los que el Altísimo se apoyaba, a modo de taburete, para regir el mundo. Cuando, como acaba ocurriendo tantas veces, el taburete comenzó cojear, haciendo caso a la opinión de los ebanistas, Dios mandó al infierno –nunca mejor dicho– a Luzbel, por ser la pata que cojeaba y así transformó el escalafón inferior en un trío, supongo que buscando la perfección. Sin embargo, ocurrió entre los tres arcángeles lo que ocurre con los humanos: que uno de ellos quedó relegado hasta casi caer en el olvido. Y es que ¿quién se acuerda del pobre Rafael? Miguel es el capitán general de los ejércitos celestiales, Gabriel, el mensajero de Dios y Rafael… ¿A qué diablos se dedica Rafael? Dicen que a las curaciones, pero ¿a las curaciones de quién? En principio, no parece que en el cielo vaya a tener mucho trabajo ¿no? Y ni siquiera es el patrón de los médicos…

Así que el pobre Rafael es el marginado de los tres arcángeles que quedan como tales. Pero, tampoco Miguel y Gabriel forman una pareja perfecta. Miguel ha acaparado toda la fama. También es normal. ¿Quién es el guapo que se atreve a cuestionar el poder de un capitán general? Y menos si el susodicho manda sobre los ejércitos celestiales. Además, el encargo más famoso de Gabriel tampoco es que sea muy honorable... Si fuera una arcángela dirían que hizo de celestina. Por eso, creo yo, dicen que hoy es san Miguel o que estamos en el veranillo de san Miguel. ¿Y los otros pobres, dónde quedan? Y, sobre todo, ¿qué equilibrio puede mantener un universo que se apoya sobre una pata?


domingo, 19 de septiembre de 2021

SECUENCIAS VERANIEGAS

 IV. LA TORMENTA Y LOS ESCUPITAJOS.

Para el último día de vacaciones en aquel pueblo al que fuimos para no hacer casi nada, habían pronosticado lluvias torrenciales, aunque amaneció con un sol espléndido que parecía querer desprestigiar a aquellos seres cuya profesión siempre me ha parecido estar envuelta en un halo de misterio. ¿Cómo pueden anticipar el tiempo atmosférico? ¿Qué misteriosos símbolos son capaces de leer? Antes, al menos, se equivocaban muchas veces, lo cual les confería una humanidad tranquilizadora, pero últimamente atinan incluso con la hora en la que va a llover. Es terroríficamente desconcertante, ¿no creen? ¿Son seres humanos? ¿Tienen poderes paranormales? ¿Son, acaso, los artífices de los elementos meteorológicos como si de dioses se tratase? En ese caso, los dioses estaban juguetones —o puñeteros— y el del sol, aliado con el del viento, había decidido fastidiar a su hermano el de la lluvia negándose el primero a quedar oculto por las nubes y el segundo a moverlas.

Y ahí estábamos, haciendo las maletas mientras nuestros cuerpos añoraban la piscina porque Lorenzo calentaba como si fuera el diez de agosto y no el quince. 

Subimos al coche de vuelta a casa y ni rastro de la lluvia prometida ni del más que deseado descenso de las temperaturas de debía llevar aparejado. 

Poco antes de la mitad del viaje, el paso por Murcia nos deleitó con unos cuarenta y tantos grados y un esplendoroso sol que dificultaba la labor del aire acondicionado. Comimos en la frontera y hasta las moscas fallecían abrasadas antes de encontrar una sombra que las protegiera de Helios.

Cuando entramos en nuestra provincia, allá, en lontananza, se vislumbraba un cielo cubierto de densos nubarrones negros resquebrajado, de vez en cuando, por el resplandor de un relámpago. El viento comenzó a ulular mientras mecía nuestro coche cual padre enfurecido con el bebé que lleva horas sin dejar de llorar. La temperatura descendió abruptamente alrededor de veinte grados. Un trueno nos envolvió amenazador. Nos dirigíamos directamente hacia la tormenta. Y ella hacia nosotros. 

Unos minutos después nos adentrábamos en la mismísima boca del lobo. La oscuridad nos rodeó. Hojas secas, tierra y ramas rotas chocaban con furia contra nosotros. Los truenos se encadenaban de tal manera que no había un solo segundo de silencio y aterradores rayos nos acosaban desde todos los flancos.

—¿Por qué hay tormenta? —preguntó atemorizado nuestro hijo pequeño (que no es pequeño sino pre-adolescente, no vaya a ser que me lea y se enfade conmigo con toda la furia de sus hormonas recién estrenadas).

Mi marido, científico él, comenzó a explicarle la formación de tal fenómeno meteorológico.

—Pero, ¿por qué se forma? —insistió el preadolescente una vez finalizada la explicación paterna.

—A ver si me explico mejor —y comenzó de nuevo la explicación buscando palabras más sencillas y expresiones más claras—. ¿Lo has entendido ahora?

—Sí, pero ¿por qué se forma?

Estábamos entrando en bucle. Mi marido es descendiente directo del Santo Job, así que volvió a explicar una y otra vez el dichoso fenómeno que teníamos encima enlazando con otros conceptos como el ciclo del agua y demás saberes adyacentes. Sin embargo, el muchacho parecía enrocado en su pregunta y de ahí no salía. Cuando un humo rojizo comenzó a salir por las orejas y fosas nasales del padre de la criatura decidí cortar por lo sano: el niño no necesitaba una explicación científica; no quería saber cómo se originaba sino por qué, la razón última para que algo tan espeluznante decidiera formarse.

—Es que los angelitos están jugando a las tinieblas y mueven los muebles de su habitación para esconderse mejor. Por eso está todo oscuro hasta que uno de ellos da varias veces al interruptor para asustar a los otros.

—¿Qué angelitos?

—Esos que te conté que estaban haciendo pis el día que llovía.

En ese momento cayeron sobre nuestro parabrisas las dos únicas gotas que lograron escapar de aquel cielo amenazador. Solo eran dos, pero tan grandes como dos excrementos vacunos.

—¿Serán cochinos? —preguntó retóricamente el chiquillo.

—¿Quiénes? —me interesé yo.

—Los angelitos. Menudo par de escupitajos nos han lanzado.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

SECUENCIAS VERANIEGAS

 III. TODO TIENE SOLUCIÓN

Recuerdo que, cuando mi hijo pequeño tenía unos dos años y yo iba a recoger al mayor al colegio, las otras madres me decían que lo dejara en el suelo porque se iba a acostumbrar al brazo y no querría caminar. 

¿Qué más quisiera yo? —pensaba mientras sonreía con el pequeño a horcajadas sobre mi cadera.

Y es que mi pequeño no caminaba, huía. Era dejarlo en el suelo y salir corriendo a todo correr. Ni os imagináis lo veloz que era —y es— el crío. El problema radicaba en que el mayor no podía seguirle y a mí no me fue concedido el don de la ubicuidad ni la posibilidad de recomponerme si me abrían en canal estirando cada uno de ellos de una mano, así que opté por la estrategia de las manadas: todos al ritmo del más lento. Por lo que el pequeño, al brazo.

Con el paso de los años hubo que cambiar la táctica, claro. Ni mis brazos pueden ya con el pequeño ni él querría ir arrastrando los pies mientras simulamos que lo alzo. 

Pero el ser humano se caracteriza por adaptarse a las circunstancias, así que ahora somos un espectáculo cuando salimos a la calle:

Como si de un desfile real se tratara, llevo al pequeño por delante, corriendo arriba y abajo, anunciando mi presencia. Se aleja, regresa, intercala piruetas… cualquier cosa para hacer tiempo mientras su hermano y yo le alcanzamos. Y, para demostrar lo importante que soy, además, llevo escolta un paso por detrás de mí: el mayor. Ignoro la razón por la cual no puede ir a mi lado si siempre lo llevo un paso por detrás, incremente o reduzca mi velocidad. Y eso que a veces correteo adrede o ralentizo hasta el infinito mi marcha. Nada, sea como fuere, él un paso por detrás.

Estas vacaciones nos hemos juntado para no hacer casi nada con mi hermano, mi cuñada, mis dos sobrinos y mi madre. Así que éramos una pequeña manifestación cada vez que salíamos del hotel. Según mi nebodet, en la familia son un mayor (17 años, ya no entra en la categoría pitufo, es más bien orco), un mediano (11 años, pre-orco), un medianito (él mismo, 4 años) y un pequeño (su hermano de 22 meses). La primera vez que salimos a manifestarnos en busca de lugar donde cenar, el medianito y el pequeño decidieron que querían ir con el mediano. Y, para más inri, querían ir detrás de los adultos exigiéndonos —que no pidiendo— una confianza imposible de conceder a la par que pretendiendo quitarle el lugar al adolescente.

¡Horror! Había que pensar algo y pronto antes de que se produjese un motín en nuestras filas ya que ninguno atendía a razones y su único argumento era que desconfiábamos de ellos, lo cual les ofendía gravemente. ¿Y cómo dejar a mediano, medianito y pequeño (los pitufos) a su libre albedrío detrás de nosotros? No, claro que no confiábamos. Ni en ellos ni en la humanidad entera. Nosotros crecimos con La casita de chocolate siendo zampada por los dos hermanos antes de acabar en la jaula de la bruja, Pulgarcito y sus migas de pan fagocitadas por los pájaros, Garbancito con el aliento del buey a su espalda antes de ser engullido y demás niños perdidos.

Mediano y medianito hicieron causa común y se sentaron en el suelo. Pequeño los imitó aunque no sabía por qué. Las revoluciones siempre son divertidas cuando uno es joven y no piensa en cómo acaban muchos revolucionarios y revolucionados. Así que teníamos a pitufos protagonizando una sentada en toda regla con sus proclamas y todo y a orco escupiendo todo tipo de alimañas compañeras de cueva para conseguir que SU espacio le fuera devuelto por esos amotinados de tres al cuarto.

Los transeúntes observaban la escena unos compadeciéndonos, otros maldiciéndonos, los más pensando en cuán malos padres somos.

Entonces encontré la solución. ¿Quién dijo que leer no sirve de nada? Allí estaba, escrita en tantas y tantas novelas históricas con las que he compartido vida. 

—¡Bien, chicos, no se hable más! Soy la reina que comanda este ejército y necesito valientes y aguerridos soldados para mi vanguardia —exclamé con tono de arenga—. Ése no es sitio para cualquiera. Sólo los más valerosos pueden ir por delante del grueso de la hueste y sin alejarse demasiado para no dejar abandonada a su suerte a la mesnada, y menos aún a los pobres encargados de portar la impedimenta que no llevan ni siquiera armas y van a la retaguardia.

Por supuesto, acompañé mis palabras con gestos que indicaban el sitio de la vanguardia y el de la retaguardia y, no os lo vais a creer —o seguramente sí—, pero mediano y medianito encabezaron inmediatamente la formación seguidos de pequeño y comenzaron a desfilar sin alejarse de nosotros, las filas prietas para que ningún enemigo se colara entre ellas al grito de “¡Somos la vanguardia!” (guanguardia para medianito). Y detrás, caminando a un paso de los adultos, cerraban el grupo orco y su abuela pertrechados con el carro de pequeño y todos lo necesario para su manutención.

De esta guisa recorríamos cada noche en paz las calles del pueblo escogido para no hacer casi nada, en busca de lugar donde avituallar.

Luego me dicen que soy medieval y que los niños que están conmigo hablan de cosas raras. No lo entiendo, la verdad.


lunes, 30 de agosto de 2021

SECUENCIAS VERANIEGAS

 SECUENCIAS VERANIEGAS 

II. EL QUE ALGO QUIERE... 

Ya estábamos de vacaciones, por fin. Ese tiempo añorado y ansiado a partes iguales durante el resto del año. Respirábamos paz y tranquilidad. Y nos dedicábamos a aquello que es imposible realizar durante el largo tiempo de rutinas. 

Una tarde paseábamos por la calle principal de la localidad escogida para no hacer "casi nada" durante una semana en agosto. Pasear tranquilamente es una de las actividades más placenteras que he encontrado. No dirigirse a ninguna parte en concreto, no tener que llegar a ninguna hora, poder mirar el paisaje y paisanaje que nos rodea…

En esas estaba, dejando que mis ojos vagaran sin reposar en ningún sitio en concreto cuando, de una de las mesas de una terraza, se levantó una pareja. Él era el hombre más alto que he visto nunca y eso que durante un tiempo compartí lugar de entrenamiento con los jugadores de lo que fue el Pamesa Valencia. Ella..., ella necesitaba multiplicarse por tres para comprobar si él se había puesto el desodorante que algún otro gigante le regaló como indirecta. Pues solo alguien de su estatura podía saber si lo necesitaba o no. 

Él comenzó a caminar con una gran mochila a la espalda. Ella correteaba tras él y no porque caminara rápido sino porque cada zancada del hombre eran tres y media de ella e iba perdiendo terreno. A cada poco, él se detenía a esperarla y retomaba la marcha cuando ella le alcanzaba jadeando.

Él le describía el paisaje entre las nubes y ella le avisaba de la proximidad de excrementos caninos. De repente él se detuvo y sacó de la mochila una escalera mientras ella llegaba a su altura y recuperaba el aliento. Era una escalera de tijera. Él la abrió mientras ella se ponía una chaqueta de punto a pesar de los 40º con que nos obsequiaba San Lorenzo para que no olvidáramos el “pequeño” asunto de la parrilla —el muy rencoroso—. 

Ella se abrochó la chaqueta y comenzó a subir los peldaños hasta que llegó a lo más alto y, por fin, pudieron fundirse en un apasionado beso.


jueves, 26 de agosto de 2021

SECUENCIAS DE VERANO

 I. ELEGANCIA VS. SENSIBILIDAD

Siempre me ha sorprendido la elegancia con la que algunas mujeres se desenvuelven en la vida. Supongo que es algo con lo que se nace.

Algunas se mueven con tal gracia que son capaces de caminar hacia la orilla del mar sin que se note en absoluto que la arena paradisíaca está abrasando sus pies o que ha sido sustituida por un lecho de millones de diminutas y puntiagudas piedras; o de dirigirse a la ducha de la piscina pisando las baldosas que la rodean como si lo hiciesen sobre el más firme y liso de los pavimentos.

En cambio yo... bueno, podríamos decir que la elegancia y la coordinación no son lo mío. Sin embargo, la naturaleza, en su afán compensador, me dotó de una sensibilidad infinita.

El caso es que uno de estos días de vacaciones habíamos decidido ir a la playa. Estaba frente al hotel y no hay nada que me relaje y me inspire más que la “contemplación marina”. Es mi cielo particular. No necesito bellos huríos (si es que eso existe) que me sirvan, si puedo mirar la inmensidad azul verdosa y escuchar el susurro de las olas lamiendo la orilla.

Así que allá que nos fuimos y, bueno, cómo decirlo..., fue una experiencia tan increíble que dudo que la olvidemos ni yo ni cuantos en la playa estábamos, por largas que sean nuestras vidas.

Salí del hotel con mi casi metro ochenta, mi vestido playero sobre mi bikini de rayas —como el de Eva María cuando se fue—, mi bolso con la toalla y demás artilugios imprescindibles. Crucé el paseo marítimo bajo mi pamela de paja y oculta tras mis enormes gafas de sol último modelo. Caminaba toda divina de la muerte hasta que me adentré en lo que alguien dio en llamar playa y que no era otra cosa que una de aquellas pruebas de fe que narran en los libros del medievo, donde alguien ha de atravesar un circuito imposible para demostrar que dice la verdad o morir en el empeño. 

Solo me separaban del agua unos veinte metros de micro-piedras a las que aún les faltaban varios siglos de ser rodadas por el mar para que sus cantos se hubieran redondeado mínimamente, pero eso no lo supe hasta que no coloqué el pie sobre ellas. Tomé aire, estiré mi espalda, miré hacia el mar infinito que me llamaba e inicié la ruta por el valle de lágrimas que me había de conducir hacia mi cielo. 

Sin embargo, aquella era más bien la ruta del infierno y, a pesar de mis intentos para no perder la poca prestancia que se me concedió al nacer, nada más adentrarme en ella, parecía más bien la eterna aprendiz de faquir incapaz de caminar sobre semejante cama de pinchos. ¿Cómo lo conseguían los demás? La piel de mis hipersensibles pies enviaba tantas señales de dolor a mi cerebro que logró colapsarlo y, a mitad de camino, más que caminar se diría que estaba emulando el último baile de San Vito cuando acabó formando parte del sofrito de algún cocinero pagano.

Ni qué decir tiene que los ojos de playistas y paseantes recalaron sobre mí, incapaces de perderse ni un segundo del espectáculo que ofrecía aquella especie de títere gigante que caminaba como movida por unas manos inexpertas que tiraban a golpes de unos hilos invisibles, provocando en ella la apariencia de un fantoche saltarín.

Empujada por el calor y el bochorno del recorrido, decidí adentrarme en el mar hasta que se olvidaran de mi existencia y no salir de él hasta que la playa quedara vacía o pudiera ocultarme en las sombras de la noche.

Deposité con cuidado mis cosas en aquel lecho pedregoso y me encaminé por esa suerte de Vía Dolorosa hacia un mar del que me separaban menos de dos metros pero al que no podía ver besar la orilla porque la maldita alfombra de faquir que llamaban playa se hundía abruptamente hacia el Averno convertida en arenas movedizas que, además de engullir a sus víctimas, las trituraba. 

En cuanto puse un pie para iniciar el descenso hacia el reino de Poseidón, mi pierna se hundió hasta la rodilla y, mientras ahogaba un grito de dolor al sentir miles de piedras arañándola completamente, pensé en cómo diantres iba a escapar de aquella trampa. No tardé en averiguar que era imposible salir airosa de aquel trance. Cada vez que, empujando con todo mi cuerpo hacia arriba, cual saltadora de altura, lograba extraer una pierna totalmente rasguñada de aquella prisión, solo era para hundir la otra en las fauces de aquella trituradora natural. Y, por supuesto, cientos de ojos seguían clavados en mí alternando entre la risa y la compasión.

Afortunadamente, gracias a la longitud de mis zancadas, salvé en cuatro apoyos el desnivel y me planté en el agua. Sin embargo, mi gozo en un pozo, aquellas olas no besaban sino mordían mis pies. Piedras en el suelo y piedras escupidas por un guardián celoso de las puertas del mundo marino se clavaban en mis magullados pies y piernas. Avancé con dificultad sobreponiéndome al dolor. Un paso vacilante, otro, un tercero y en el cuarto, el suelo desapareció y me hundí hasta el cuello cuando el canto afilado de una roca detuvo mi caída y me hizo emerger con la fuerza que me proporcionó el aullido que ascendió desde mi maltrecho pie hasta mi garganta:

-¡Mierda ya, hombre!

Intenté, en vano, que pareciera felicidad lo que me invadía y me puse a nadar deseando que el dios de los mares no me obsequiara también con medusas. Hacía ya meses que había sido mi cumpleaños y no tenía por qué hacerme ningún regalo, de manera que si quería agasajarme con alguna otra desgracia (a saber qué diablos había hecho yo para merecer semejante trato) rogué que fuera un tiburón o una ballena que me tragara –cual Jonás– y acabara de una vez con mi sufrimiento.

Estuve en el agua –fría, por cierto–, el tiempo suficiente como para parecer una ciruela pasa pero no fue hasta que comencé a sentir síntomas de hipotermia, que decidí salir. 

Nadé hasta el gigantesco escalón y dejé, ilusa de mí, que las olas me izasen sobre aquel suelo pedregoso. Una de ellas tuvo a bien concederme el deseo pero se retiró tan rápido que me dejó tumbada sobre aquellas malditas piedras cual rape sobre el hielo del mostrador de la pescadería, con su cara de idiota y todo. Intenté levantarme cuando otra ola decidió arrastrarme arriba y abajo destrozando mi barriga. Y luego vino otra y otra más y, en uno de esos vaivenes, una ola me colocó panza arriba porque debió pensar que mi espalda sentía envidia por ser la única parte de mi cuerpo que conservaba su integridad.

Fue entonces cuando odié aquellos posados veraniegos de Ana Obregón. ¿Cómo era posible que permaneciese sonriente y con el cuerpo impoluto tumbada en la orilla con las olas cubriéndolo como si lo acariciaran? ¡Y jamás le cubrían la cabeza! ¿Con quién había pactado? Yo, en cambio, iba a salir del agua con la coleta deshecha y todo el pelo lleno de algas. Vaya, una especie de nuevo ser mitológico con el cuerpo del Ecce Homo y la cabeza de Medusa.

Harta de ir a la deriva, piedras arriba, piedras abajo, aproveché la nueva circunstancia de mosca panza arriba para hincar pies y manos en aquel maldito suelo y levantarme cual zombie saliendo de su tumba. Una vez en pie, sólo quedaba trepar el acantilado de micro piedras movedizas y surgir, primero una mano, luego la otra, después el cuerpo y por último las piernas, del territorio de Escila y Caribdis jurando no volver a pisarlo jamás. 


viernes, 16 de julio de 2021

MARICONES, ZORRAS, NEGROS, PUTAS, GITANOS…

… y otra gente de similar calaña, como pueden ser gordos, flacos, gigantes, enanos, cuatro-ojos, subnormales, los gilipollas de siempre que ahora dicen que tienen un trastorno o un síndrome de vaya usted a saber de qué cojones y que lo que andan pidiendo a gritos es que alguien les parta la cara, o cualquier otro tipo de gentuza que anda ensuciando nuestras calles y amenazando a nuestra forma de vida, deberían desaparecer. Porque digan lo que digan los capullos del buenismo toda esa gente no es normal. Lo normal es… ¡Normal soy yo, ostias! Y mis amigos, claro, porque somos iguales. Por eso salimos juntos de caza, no porque seamos cobardes, sino porque los machos y las hembras cazamos en manada, o en jauría y así se ha hecho siempre, como Dios manda. Pues no nos lo pasamos bien ni nada después comentando las mejores jugadas. Nos vamos viniendo arriba hasta que nos viene el subidón y salimos de nuevo en busca de algún pringao a quien canear.

Vale, ya está. Ya me he puesto en la piel de un E.C.A. (Entidad Carbónica Antropomórfica) y me siento despreciable. Porque a mí, realmente, me importan las personas por su forma de ser o no me interesan en absoluto por la misma razón. Me gusta rodearme de personas amables; que intentan dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontraron; que ayudan siempre que pueden; que procuran no hacer daño a nadie; que respetan a los otros aunque sean distintos. En resumen, lo que siempre se ha considerado “una buena persona”, alguien que vive y deja vivir. 

Yo creo firmemente que la diversidad es una bendición que nos hace más sabios. Conocer otros puntos de vista, otras formas de entender el mundo y de vivirlo, nos enriquece. Y además es necesaria para distinguir lo que suma de lo que resta. Lo que queremos perpetuar de lo que queremos extinguir. Y me preocupa mucho que haya personas que consideren un insulto los apelativos susodichos o cualquier otro que pueda faltar en mi listado. Pero aún me preocupa más que se utilicen como grito de guerra mientras se humilla, se acosa, se persigue, se golpea o se mata a alguien. Eso no es más que una excusa barata para comportarse como un E.C.A. no como un ser humano.

Lo siento, no me vendas la moto porque no te la voy a comprar. La orientación sexual de alguien, el color de su piel, el lugar donde ha nacido (esa persona o sus padres), su etnia, las costumbres o la forma de interpretar el mundo de su lugar de procedencia, su tamaño, los aparatos, artículos o artilugios que lleve para poder ver, oír, caminar, hablar o lo que necesite hacer e incluso lo que haga en su alcoba en solitario o acompañado de los adultos que estime oportuno mientras todos consientan no amenazan en absoluto tu mundo. Y si lo hicieran de alguna manera, para eso están las leyes. No necesitamos justicieros callejeros sin piedad ni humanidad.


domingo, 18 de abril de 2021

EL DOLOR NO ENTIENDE DE PRISIONES

Cuando la mujer logró parapetar sus ojos tras un grueso cristal que impidiese que el dolor se le desbordara por los lacrimales, comenzó a taparse la boca a cada poco en un intento de evitar que el grito se le escapara. Entonces, el dolor se atoró en su garganta y ella se vio obligada a tragar una y otra vez hasta que, por fin, consiguió que le descendiera hacia el pecho creyendo que allí desaparecería o, al menos, dejaría de sentirlo. Pensaba que allí estaría  lo suficientemente profundo. Pero el dolor no soporta estar preso, así que comenzó a golpear las paredes de aquella cárcel corporal hasta abrirse paso y volar libre en busca de otro huésped.


lunes, 12 de abril de 2021

SOBRE PREJUICIOS LINGÜÍSTICOS

 No sé si la vigilancia a la que me somete “el Gran Hermano” tiene que ver con el artículo que me fue sugerido hace un par de semanas, pero desde luego esta vez apuntó bastante bien. El artículo activó completamente mis ganas de contraargumentar y comencé a redactar mentalmente posibles respuestas. 

Antes de comenzar, explicaré que el artículo en cuestión manifiesta una queja por lo que el autor considera una injusticia y que no es otra que la exigencia de una titulación que demuestre un conocimiento del valenciano para aquellos que pretenden obtener una plaza como funcionarios públicos en la Comunidad Valenciana. Pongo el enlace al artículo por si quieren leerlo antes de leerme a mí y así sabrán a qué respondo. Pinche aquí

Lo primero que me llama la atención es el asunto mismo de la queja. No entiendo la razón por la cual algo que ya desde la Edad Media era un asunto asumido y aceptado por los funcionarios de la Corona de Aragón, puede convertirse hoy en motivo de queja o protesta. Hasta donde llegan mis conocimientos, y por lo que pude comprobar en las fuentes a las que tuve acceso, los notarios de la antigua Corona de Aragón, es decir, los funcionarios por excelencia, debían conocer las tres lenguas habladas en el territorio de la Corona, lo cual es absolutamente lógico y comprensible pues, si son retribuidos con dinero público (léase con los impuestos de todos los habitantes del Reino), lo justo es que puedan entenderse con todos ellos. No tiene mucho sentido que el que paga, además, deba aprender la lengua del empleado. Claro, que alguien me podrá decir que la mencionada Corona ya no existe y que los habitantes de los territorios que hoy se quejan, no pertenecieron a ese Reino. Cierto es, aunque no del todo, porque hay quejas por doquier. En cualquier caso, aunque ya no exista el Reino de Aragón, administrativamente hablando, sí existen sus lenguas y los impuestos con los que se paga a los funcionarios siguen saliendo de personas que las hablan, así que, a mi entender, lo que fue justo antaño, sigue siéndolo en la actualidad. Y respecto a que antaño no pertenecían a la Corona, ¿qué quieren que les diga? Cuando uno se casa (cualquiera que sea la fórmula empleada para la convivencia) con alguien, lo hace para lo bueno y para lo malo, ¿no? Pues cuando decidieron unirse a lo que hoy llamamos Comunidad Valenciana, ya sabían que aquí se hablaban dos lenguas, nadie les engañó. Aparte de que aprender la lengua de tu vecino ni es tan complicado ni te va a marcar de por vida como un ser diferente al resto de los humanos. Sólo es cuestión de respeto mutuo y como la mayoría de los valencianohablantes llevan siglos aprendiendo el castellano, entendiéndolo y hablándolo cuando tienen a un castellanohablante delante, parece de justicia (o de respeto) que estos últimos hagan lo mismo cuando se encuentran con uno de los primeros.

Pero vayamos al artículo en cuestión. El autor, que se define como Maestro de Inglés de Primaria, demuestra sus conocimientos en producción textual realizando un alegato en contra de lo que él denomina endogamia y que no es otra cosa que intentar, según sus palabras, resucitar una lengua moribunda. Sin embargo, la presunción de ignorancia de sus lectores tiene algo de irritante que no le ayuda a captar seguidores. Por otra parte, es obvio el dominio de los géneros discursivos por parte del autor, aunque, en ocasiones, el exceso de recursos estilísticos dificulta que tanto él mismo como sus lectores podamos seguir sin dificultad el hilo argumentativo.

Comienza el autor hablando de dos genios de la literatura, pertenecientes ambos a la generación del 98, para, a través de las vicisitudes de sus vidas, concluir que, si hubieran vivido hoy, ninguno de estos dos escritores, Machado y Unamuno, habría podido ejercer en la Comunidad Valenciana. Se lamenta el autor de la pérdida del talento que provoca lo que él denomina “intención plenamente endogámica” y que yo imagino que debe referirse a la exigencia de que los profesores de la Comunidad Valenciana deban acreditar su conocimiento del valenciano ya que la anécdota que cuenta de esos dos grandes autores tiene que ver con haber dado clases, Machado en Soria y Baeza y Unamuno en Salamanca. Y argumenta el autor del artículo que “resucitar y afianzar el idioma valenciano […] no tiene que llevar implícito el sello del destierro de todos aquellos que no tengan la habilidad de hablarlo”.  Pues bien, no tuve el placer de conocer a estas dos eminencias de la literatura española, de manera que no puedo saber si tenían o no habilidad para hablar el valenciano, pero puedo intuir que no habrían puesto peros para aprenderlo, puesto que todos los que amamos las letras, amamos también las lenguas, sabemos de su importancia como manifestación de una cultura y la gran pérdida que supone la desaparición de una de ellas. Es más, si hubiesen vivido hoy en día, sabrían que lo de la “habilidad” para hablar cualquier lengua no es más que un prejuicio lingüístico, ya que las lenguas se aprenden –o no– dependiendo de lo útiles que resulten para quien las ha de aprender. 

Como digo, no puedo saber cómo eran estos dos grandes hombres, pero puedo intuirlo porque Antonio Machado vivió en Valencia, de manera que imagino que se encontraría con valencianohablantes y entablaría algún tipo de conversación con ellos, de la misma manera que debió aprender francés para comunicarse con los habitantes del último lugar donde residió. Y de Unamuno…, ya que, como bien dice el autor del artículo, era catedrático de griego, ¿cómo vamos a dudar de su amor por las lenguas?

Al llegar al siguiente párrafo de la carta al director, podemos observar que yo no andaba desencaminada en mis elucubraciones sobre por dónde discurría la queja del autor. Comienza explicando el resultado de no se sabe qué prueba y que, según sus propias palabras, ha sido “repartirse entre los poseedores de un título de valenciano las plazas de funcionariado de toda una Comunidad Autónoma, sin vergüenza de no respetar la identidad histórica de los últimos 300 años en esos lugares como…” y aquí mezcla territorios que sufrieron efectivamente una castellanización desde hace aproximadamente trescientos años, con territorios que, por su condición de fronterizos, fueron pasando de un reino a otro durante toda su historia hasta que, finalmente, en el siglo XIX se adscribieron a esta comunidad autónoma. A este argumento ya contesté al principio, de manera que no me repetiré. Sí comentaré, en cambio y por alusiones, que en las calles de algunos de los territorios que menciona, hay niños que juegan en castellano y niños que juegan en valenciano, no hay más que pasear por los parques para comprobarlo, aunque cierto es que predomina el castellano en algunos de ellos, no lo voy a negar. Lo mismo ocurre con las riñas de las madres y los padres, las hay en las dos lenguas. Y he de añadir que también las madres y los padres son amables y dicen cosas hermosas a sus hijos en las dos lenguas, no sólo los riñen. En cualquier caso, que los profesores sepan hablar valenciano, y puedan acreditarlo, o que en la escuela se enseñe valenciano, no es en absoluto causa de la defunción del castellano como parece creer el autor del texto. Se trata de respeto hacia los alumnos que hablan ese idioma.

El siguiente párrafo del artículo me resulta un enigma. Ignoro la conexión con el resto del texto y estoy segura de que debe tenerla. Nos habla en él de endogamia, de biología y de la dinastía de los Austria como ejemplo de la penalización de la endogamia por parte de la naturaleza.  Aun siendo cierto todo ello, no puedo entender qué pretende decirnos con estos argumentos, porque la lengua que utilizan los hablantes, nada tiene que ver con su biología. La denominamos lengua materna, pero no se hereda genéticamente a través de la madre. La llamamos así porque durante muchísimo tiempo fue la mujer que ejercía de madre quien enseñaba la lengua de su clan a los bebés que tenía a su cargo. Ya se demostró hace mucho tiempo, con experimentos absolutamente crueles, que si a un recién nacido se le priva de contacto humano que le hable, crece sin tener una lengua con la que comunicarse. Por tanto, hablar una lengua no va a hacer otra cosa que integrar al individuo en un grupo. No lo va a debilitar hasta morir por no poder reproducirse. Incluso me atrevería a decir que aprender una lengua va a incrementar sus posibilidades de encontrar pareja.

Continúa el autor de la carta en su recorrido histórico recordándonos que Diego Velázquez comenzó a desplegar su talento tras su primer viaje a Italia y que la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, fundada por Giner de los Ríos en 1910, reunió a la flor y nata de los intelectuales y artistas de principios del siglo XX cosa que, según él, habría resultado imposible de “habérseles pedido un requisito lingüístico”.  Poco puedo contraargumentar aquí, porque, de nuevo, no llegué a conocer a tan ilustres personajes, aunque deduzco que a Velázquez sí se le exigiría un requisito lingüístico en Italia porque no creo que todos aquellos con los que se encontrara durante ese viaje le hablaran en castellano. Presumo que debió aprender italiano, ¿no creen? En cuanto a los alumnos de la Residencia de Estudiantes, dado que estaba en Madrid, supongo que se les exigiría el requisito lingüístico de saber castellano además de sus propios idiomas, si es que tenían otros, porque imagino que Dalí hablaría catalán. 

En cualquier caso sí puedo afirmar que estos encuentros, a pesar de lo que se afirma en el texto, sí pueden darse –y de hecho se dan– en la Comunidad Valenciana. Y voy a contar aquello que conozco de primera mano. Mi profesor de Literatura Galaico-Portuguesa durante el primer cuatrimestre era portugués y daba sus clases en esa lengua. Aprendimos lengua y literatura portuguesa sin que nos explotara la cabeza ni se nos tiñesen de verde las orejas. No fue ningún problema, la verdad. He asistido a muchos congresos en Valencia (no todos sobre lengua y literatura) en los que los ponentes venían de distintas partes del mundo e hicieron sus intervenciones en sus lenguas maternas. Nadie puso el grito en el cielo. Nos pareció a todos lo más normal. De hecho, esta semana están teniendo lugar unas jornadas (unas presenciales y otras virtuales, por cortesía del COVID) con expertos en distintas materias. Conozco personalmente a una de las ponentes y me atreví a preguntarle en qué lengua iba a hablar para poderlo exponer en este texto. Me contestó que en “portuñol” que es la lengua que dice  utilizar habitualmente y es la forma en que los portugueses denominan al portugués hablado en Brasil y que utilizan cuando se comunican con castellanohablantes. Como ven, es falsa esa idea que pretende transmitirnos el artículo publicado en el Periódico de Villena: que se exija el mismo respeto para el valenciano que para el castellano no va a impedir que vengan a esta Comunidad Autónoma personas ilustres de otros lugares del mundo. Aún diré más: durante el tiempo que estuve encuestando con el Seminario Menéndez Pidal para recoger romances de la tradición oral moderna, en Zamora, Salamanca y Huesca, como base para una investigación que se estaba llevando a cabo, componíamos el equipo sobre todo profesores y alumnos de la Universidad Complutense, pero también de otras universidades de España, Portugal y Estados Unidos. Recuerdo que, al finalizar el día, cuando nos juntábamos en el hostal para cenar y compartir las experiencias del día, aquello parecía una hermosa Torre de Babel. Dado que yo, con mis prejuicios lingüísticos a cuestas, hablaba castellano con mis compañeros de ambas Castillas, algunos de ellos me preguntaron extrañados si es que no conocía el valenciano. Al decirles que sí, me instaron a utilizarlo con normalidad en las conversaciones con todos.

En fin, que la diversidad cultural enriquece al ser humano es algo indiscutible y con lo que estoy de acuerdo con el autor. No hay por qué temer a que vengan de fuera, como él dice, “para darnos conocimiento y para darles, también”. Aunque difícilmente podremos darles ningún conocimiento si renunciamos a nuestra lengua y a nuestra cultura, si las dejamos morir por desidia, por la asunción de diferentes prejuicios o por sumisión a una lengua y cultura dominantes.

La carta continúa con una serie de preguntas retóricas que suelen utilizarse siempre que se trata el tema de las lenguas minoritarias y a las que voy a intentar dar respuesta: 

• “¿Qué hay de esa generación perdida que, por culpa del requisito lingüístico, está dando clases en Londres, Malta, Canarias, Melilla, Andalucía o Madrid?”  Pues supongo que está donde quiere estar y que el requisito lingüístico sobre el conocimiento del valenciano no habrá tenido nada que ver con su elección del lugar en el que están ejerciendo los componentes de lo que él llama “generación perdida” no sé muy bien por qué. Desde luego, seguro que no lo ha sido para quienes emigraron a Londres o Malta, porque para ejercer allí habrán tenido que someterse al requisito lingüístico de aprender inglés o maltés. 

• “¿Con qué finalidad nos la estamos perdiendo?” Como bien dice el autor en otros momentos de su carta, emigrar es una tendencia del ser humano desde el Paleolítico, por tanto entra dentro de su libertad individual escoger el lugar al que quiere ir. Así pues, nada podemos hacer como sociedad para evitar las decisiones individuales. Si nos la estamos perdiendo no es por algo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. 

• “¿Depende el idioma valenciano del sacrificio lingüístico de esas mentes prodigiosas que, sin miedo a emigrar, invierten su tiempo en aprender el idioma en el que están escritos los artículos de investigación internacionales y, una vez en tierra ajena, descubren, como antaño hicieran Billy Wilder, Fritz Lang o Ernst Lubitsch, que, en tierras abiertas de libertades, sin imposiciones lingüísticas, tampoco se está tan mal?” Afirmar que quienes no vienen o no se quedan en la Comunidad Valenciana son todos “mentes prodigiosas” que prefieren emigrar antes de someterse al “sacrificio lingüístico” es, cuando menos, ofensivo para los que deciden quedarse aquí. ¿Quiere decirnos que el conocimiento del valenciano incapacita a los seres humanos para tener una mente prodigiosa? ¿Acaso esas denominadas mentes prodigiosas están limitadas de alguna manera para aprender más de una lengua y por eso no pueden aprender el valenciano? ¿O es que su desprecio por esta lengua y cultura es tan grande que no tienen intención de “invertir su tiempo” en aprender la lengua de esta Comunidad? Quizá consideren que más que invertirlo, lo están perdiendo puesto que no parece que tengan problema por aprender el idioma “en el que están escritos los artículos de investigación internacionales”. Como dije al principio, aprender una lengua no depende de ninguna habilidad sino de la motivación que se tenga. Y si esto es así, entonces puedo contestar que sí, la supervivencia del valenciano depende de aceptar más desprecios o negarse a seguir consintiéndolos. De manera que, si esas supuestas mentes prodigiosas pero cargadas de prejuicios prefieren someterse al requisito lingüístico del inglés en los estados Unidos como las personas que nombra el autor en su artículo, no veo la razón por la que debamos echarlas de menos. Eso sí, que no nos vendan la burra de que aquélla es una tierra de libertades sin imposiciones lingüísticas, porque no es cierto. Habrán tenido, como mínimo, que demostrar su conocimiento del inglés.

• “¿Quién querrías que atendiera a tu hija en una mesa de operaciones, un médico valenciano parlante, el mejor de los valenciano parlantes, o el mejor del mundo?” ¿Acaso es incompatible? Vuelve el autor a mostrarnos sus propios prejuicios según los cuales ningún valencianohablante puede ser el mejor del mundo en algo. Y eso que son evidentes sus conocimientos de esta lengua ya que utiliza constantemente el término “valenciano parlante” –ignoro por qué separa en dos lo que es una palabra compuesta–, pese a escribir en castellano donde la expresión correcta es valencianohablante (parlar es la palabra valenciana que se traduce por hablar). Pero bueno, aceptando barco como animal acuático, esto es, valencianohablante como profesional mediocre, cuando no directamente malo, a la pregunta del autor responderé que prefiero que a mi hija –o hijo, para ser más exacta– la atienda el médico que la entienda. Porque, por mucho que sepa, si no hablamos el mismo idioma, difícilmente vamos a poder explicarle los síntomas para que emita un diagnóstico correcto.

• “¿Y quién quieres que enseñe a esa futura cirujana que te atenderá alguna vez en el futuro, y de quien dependerá tu vida: alguien que sea el mejor del mundo, que se haya nutrido de sus experiencias en otras latitudes, o la que mejor había de las valenciano parlantes?” ¿También es incompatible? ¿Acaso los valencianohablantes tenemos prohibido viajar a otras latitudes para nutrirnos de experiencias? ¿Es que el hecho de hablar valenciano y castellano nos impide aprender una tercera lengua? ¿De verdad cree el autor que los humanos no podemos hablar más de dos lenguas? La verdad es que me da igual quién enseñe a esa futura cirujana siempre y cuando ambos hablen el mismo idioma y se entiendan, porque de nada sirve ser el mejor en algo si no puedes comunicarte con los demás; ni de nada sirve ser alumno del mejor del mundo si no entiendes su idioma. Así que espero que tanto maestro como alumna sean respetuosos con las lenguas y sientan el suficiente amor por ellas como para aprenderlas.

En fin, que crecer no es opuesto a mantener nuestras raíces y a exigir respeto por nosotros mismos. Y, si bien es cierto que en esta Comunidad Autónoma hay personas castellanohablantes, también lo es que las hay valencianohablantes y tienen el mismo derecho unas y otras a que sus profesores, sus médicos y demás funcionarios les hablen en su idioma, por lo que estos funcionarios tendrán que aprender las lenguas de los habitantes de este territorio, vengan de donde vengan. Porque es lo mismo que haríamos nosotros si fuéramos a cualquier lugar del mundo a vivir o a trabajar: aprender la lengua que allí se habla. Y es lo mismo que he visto hacer a tantos inmigrantes subsaharianos que no han tenido ningún problema en aprender a hablar valenciano sin ser funcionarios públicos. ¿Por qué entonces no pedirlo a quienes cobran su salario gracias a nuestros impuestos?


miércoles, 4 de noviembre de 2020

LIBERTAD DIGITAL

 

¡Maldita sea! Ya ha llegado el otoño. Y no me refiero al del calendario, que ese hace un mes que entró oficialmente en 2020. Me refiero al climatológico. Refresca. Y llueve. De manera que ha llegado el momento de enclaustrar a los pies. 
Tras casi cinco meses de libertad digital gracias al uso de sandalias, los dedos de los pies, otrora felices por poder desparramarse a gusto, han de someterse a las estrechuras de zapatos y zapatillas como pago por mantener cierto grado de calor que evite resfriados. Pues de todo es sabido que esa molesta enfermedad que congestiona la nariz y proporciona malestar generalizado tiene su inicio en unos pies fríos.
Pero digo yo, señores diseñadores de calzado, ¿no podrían adecuar su producto a los tipos de pies existentes en sus clientes, no potenciales, sino reales? Porque es un tributo muy gravoso tener que soportar el dolor en dedos y talones o las heridas provocadas durante la lucha podológica en pos de la libertad perdida y contra los estrechos muros de los materiales por ustedes empleados.
Les ruego que se modernicen, que avancen con los tiempos. Atrás quedaron los “zapatitos de cristal” que, en algunas versiones, calzó la Cenicienta para bailar. ¿Alguien creyó de verdad que se podía danzar grácilmente con semejante objeto de tortura en los pies? Yo siempre lo dudé, quizás, por mi relación especial con los zapatos, a los que siempre consideré un objeto inventado por dios para obligarme a expiar los pecados que mi incredulidad y espíritu crítico (las monjas lo consideraban soberbia) cuestionaban que cometiera. 
El caso es que cuando encontré la versión del cuento sin zapato de cristal, me la creí más. Aunque entonces descubrí que "alguien" había decidido ahorrarnos los detalles que consideraba escabrosos. 
Así pues, ese amable individuo y todos los que perpetuaron su modo de ver el mundo, consideraron que era prescindible, por sádico, contarnos los episodios en los que el cuento nos narra el precio que tuvieron que pagar las hermanastras de Cenicienta para intentar casarse con el príncipe. Y vale, amputarse el pulgar o cercenarse parte del talón es un poco bestia, pero el que algo quiere, algo le cuesta, ¿no? 
La pregunta es por qué colocarse unos zapatos de cristal para bailar durante tres noches con ellos, echar a correr cada vez que suenan las doce campanadas, saltar la tapia del cementerio y trepar a un árbol calzada siempre de esta guisa no se considera otra forma de tortura, similar a la sufrida por las hermanastras, sino el colmo del glamour y el símbolo de la femineidad absoluta. ¿Qué tipo de mente es capaz de inventar semejante barbaridad? ¿Y qué tipo de mentes son las que se creen semejante idea absurda y salvaje? 
Y la siguiente pregunta es si el cristal de esos zapatos era Duralex.
Pero volviendo al tema, les ruego encarecidamente, señores diseñadores de zapatos, que combinen de una vez moda y comodidad y dejen de torturarnos.
Atentamente,
Una pies grandes y cuadrados.

viernes, 26 de junio de 2020

EN DEFENSA DE LA LITERATURA (pro litterae)



La escuché el otro día en las noticias. Esa maldita expresión, que no son las palabras, si no el tono y el contexto en que está pronunciada: “un escrito lleno de literatura”. Restándole valor al texto en sí. No es la primera vez que escucho esta expresión peyorativa refiriéndose a un documento en sede judicial. En esta ocasión se referían a un informe que, al parecer, había redactado un forense pero da igual a qué se refieran. Es el uso despectivo el que me molesta.
La literatura –y parece mentira que tenga que explicarlo a estas alturas– es un arte, el arte de la expresión verbal, así que, en principio debería conferir valor a cualquier texto, no restárselo.
Y eso independientemente de que lo que los que utilizan esa expresión no parecen distinguir la literatura de lo que no lo es. El hecho de que un texto contenga una hipérbole o una metáfora no lo convierte en un texto literario. De igual manera en que todos estamos de acuerdo que el famoso Ecce homo de Borja no es una obra de arte de la pintura aunque haya utilizado pinceles y óleos para “pintarlo”.
Una hipérbole literaria es decir “Érase un hombre a una nariz pegado”, no llamar “hecatombe” a la pandemia que ha provocado el COVID-19 (con todo lo grave que ha sido y que sigue siendo).
Una metáfora literaria no es tildar de “tsunami” a los efectos de la mencionada pandemia, si no utilizar la expresión “en campos de zafiro pace estrellas”, para indicar que era el mes de mayo porque la constelación de Tauro rige nuestro cielo en esas fechas.
Creo que para todos es más que evidente la diferencia en cuanto a calidad, ¿no?
Pues ya que estamos, sigo con otros usos peyorativos de palabras que debieran dignificar y, no sé por qué, no lo hacen:
Últimamente se usan las palabras relato y narrativa para colarnos las mentiras que la clase política quiere que creamos como verdades absolutas o para vendernos su verdad como LA VERDAD. Pues señores, tanto el uno como la otra, son géneros literarios y, por tanto, en ambos se da el pacto de verosimilitud entre el lector –u oyente– y el autor. Un pacto que ambos conocen y respetan: lo que se cuenta es ficción, aunque bien pudiera haber ocurrido. En eso consiste el juego literario, no en mentir haciendo pasar por verdad lo que no es más que un deseo, una opinión o un punto de vista.
Así que, por favor, si no tienen palabras para describir sus realidades –que lo dudo–, invéntense unas, pero dejen en paz al arte y a las humanidades.

lunes, 8 de junio de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Tercera parte)



―Mamá, ¿seguimos con la historia de las diosas?
―¿Te acuerdas de que todo comenzó con una boda?
―Sí, que no invitaron a la diosa de la discordia.
―Muy bien, pues si recuerdas, los que se casaron fueron Tetis, que era una diosa, y Peleo, que era un mortal.
(Podéis escuchar la historia aquí).
Ahí estaba yo, explicándole que los hijos de Tetis y Peleo serían héroes pero mortales y que Tetis no podía soportar la idea de que su hijo fuera mortal porque no hay nada peor que sobrevivir a los hijos y cómo se le ocurrió la maravillosa idea de convertirlo en inmortal sumergiéndolo en la laguna Estigia. Pero que, claro, el bebé, no sabía nadar y no salió a la superficie.
―¿Y se ahogó? ―De nuevo ojos como platos.
―Sí ―respondí con resignación.
―¡Pero estos antiguos tenían un problema con los bebés! Uno manda que maten a su hijo, la otra lo ahoga…

sábado, 6 de junio de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Segunda parte)


Al día siguiente, mi hijo me pidió la segunda parte, así que le conté quién era Paris, el muchacho que tuvo que decidir qué diosa era la más bella. Si queréis escuchar la historia, pinchad aquí.
Le hablé de la profecía que había marcado el nacimiento de ese niño:
“Por causa del niño que ha de nacer, caerá Troya”.
―¿Qué es Troya? ―me preguntó.
―Una ciudad estado de la Grecia clásica.
“Así que, Príamo tuvo que decidir entre su hijo y su ciudad”.
―Y eligió el hijo ―afirmó con suficiencia.
―Pues no. Escogió la ciudad.
―¿La ciudad? ―Los ojos se le salían de las órbitas― ¿Cómo que la ciudad?
―Supongo que consideró que era su deber como rey.
―Pues qué mal padre ―sentenció.
“En cuanto el niño nació, Príamo se lo dio a uno de sus pastores, que se llamaba Agelao, para que lo llevara al monte y lo matara”.
―¿Al bebé? Ese hombre necesita un psicólogo. En serio, no está bien de la cabeza.

viernes, 29 de mayo de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Primera parte)


Estoy contando desde Facebook la guerra de Troya. No es la primera vez que cuento esta historia porque me gusta mucho. Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, me escuchó comparar lo que cuenta Homero en la Iliada con lo que nos cuenta la película Troya y me pidió más porque le parecía muy interesante, así que empecé como lo estoy haciendo ahora, narrando el suceso de la Manzana de la discordia. Ahora, aprovecho y se la cuento también al pequeño, que tiene diez años, porque también le parece interesante.
Cuando le contaba qué prometía cada una de las tres diosas a Paris si era elegida como la diosa más hermosa, le pregunté a cuál hubiera elegido él, teniendo en cuenta los dones que le ofrecían. Él me preguntó a su vez si no podía escoger dos dones.
―No ―respondí―. Sólo puedes escoger un don.
―Es que ser un general que gane muchas guerras mola, pero sólo un tiempo. Toda la vida, no. Y tener un matrimonio feliz que dure siempre también está bien, pero ahora mismo, no me apetece casarme. Tengo que ser más mayor y hacer muchas cosas antes.
Como me di cuenta de que obviaba el amor de la mujer más hermosa del mundo, le pregunté si es que no le interesaba ese don.
―Es que no sé si me va a parecer hermosa la mujer que la diosa escoja. Igual a mí no me gusta.
―¡Ah, bueno! No te preocupes, porque lo que la diosa te ofrece es el amor de la mujer que a ti te parezca la más hermosa del mundo.
―Pues escojo ese don y me caso con ella y que sea un matrimonio largo y feliz.
―¡Buff! No sé si eso podrá ser. Igual te casas con ella pero el matrimonio no es largo y feliz, porque ése era otro don.
―Pues escojo el matrimonio largo y feliz y me caso con la mujer que a mí me guste.
―Es que igual no te puedes casar con la que tú quieres…
―Pues no me pienso casar con alguien que no me guste. Así que no escojo a ninguna diosa.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Mea culpa

      -¡Marchaos! ¡Dejadme solo! Tú también, César.
      Es culpa mía. Todo ha sido por mi culpa, hijo mío. Mi hijo querido. Aquél en quien deposité todas mis esperanzas, quien debía ser mi heredero. ¿Qué te han hecho? No te concedieron ninguna oportunidad. ¡Pobre hijo mío! Y todo por mi culpa. Te quise tanto… Ya desde niño te distinguí sobre tus hermanos. Eras tan despierto, tan valiente, tan fuerte… ¡Cuán orgulloso estaba de ti, mi hijo amado!
      Eras mi segundo hijo, pero el más amado, por eso no te encomendé a nuestro Señor. Te eduqué para gobernar tus dominios y para la guerra y a fe mía que tu carácter lo valía: valiente, fuerte, ducho en las armas y seductor en la cama. Todo lo que un hombre de mundo puede desear. Pero no te eduqué en la firmeza de ánimo ni en la templanza como sí hice con tu hermano César. Fuiste mi consentido y por eso hoy yaces aquí, a mi lado, con la espalda cosida a puñaladas y tu bolsa con treinta monedas, intacta en tu cintura.
      Te di mis mejores posesiones, incluido el ducado de Gandía, a la muerte de mi primogénito. Te confié la dirección de los ejércitos vaticanos. Pero nada te interesaba más que los juegos de naipes y las peleas de taberna. Te emparenté con la Casa Real de Castilla, mas tu esposa no era suficiente, necesitabas otras mujeres que hablasen de tu hombría. Y mira que te avisó tu hermano: escoge a las mujeres por sus esposos. No le escuchaste, Juan, tú nunca escuchabas. ¿Por qué tuviste que seducir a Sancha? Jofre no es valiente, cierto, pero era previsible que defendiera su honra. ¿Que cómo lo sé? ¿Acaso crees que no sé lo que ocurre en mi propia casa? ¿Acaso ignoras que tengo confidentes entre mi propia gente?
      César aceptará esa cruz. Me bastó con mirarle para saberlo, así como para saber que él ya había valorado los beneficios que le aportaría soportar su peso. Él no lo hizo. Nunca te hubiera atacado por la espalda. No lo necesitaba. Ni él ni sus hombres. Pero aceptará la cruz sobre sus hombros y yo la del peso de la culpa. Tu muerte quedará sin castigo porque el último culpable ya lleva consigo la penitencia.

viernes, 26 de abril de 2019

DE SENTENCIAS Y LEYES

    Leo, con estupor, fragmentos de sentencias sobre crímenes que afectan a las mujeres y que publican los medios de comunicación, así como comentarios sobre estas sentencias. Hay muchas que rayan el absurdo, dicho sea desde el punto de vista de esta mujer que ignora las leyes que justifican dichas sentencias y que solo lee lo que los medios quieren que sepamos. Pero voy a hacer, por esta vez, acto de fe y creerme aquello de que los jueces interpretan las leyes y dictan sentencia con arreglo a lo legislado y son capaces de abstraerse de su ideología, cultura y cosmovisión.
     Voy a creer que, en el código penal, la línea que separa el abuso sexual de la violación es tan fina y sutil que solo seres que jamás han sido violados y carentes de empatía pueden distinguir. Porque yo, como mujer y como otras muchas mujeres, considero que cualquier acercamiento a mi cuerpo con intenciones sexuales que yo no deseo, es una violación de mi libertad sexual y, luego, si se da el caso, habrá que ir añadiendo agravantes. Pero claro, la ley hace distinciones basadas en ¿el punto de vista masculino que es quien legisló en su momento?
     Y, así las cosas, entonces, quizás, lo que habría que cambiar es la legislación para que todos, víctimas, agresores, policía y jueces, tuvieran claro a qué atenerse porque lo que se percibe de la situación actual es un barullo importante.
     Verán, yo nací a finales de los 60, de manera que, en los albores de la democracia, era una preadolescente educada en un colegio de monjas que aún no habían salido de la dictadura y que se veían como el último reducto de los valores que Dios manda, mientras en la televisión, en la prensa escrita y en la radio se debatía sobre libertades y derechos. Respecto del tema que nos ocupa, a principios de los 80, diferentes cargos policiales salieron a la palestra explicándonos a las mujeres cómo actuar frente a una violación. Según sus palabras, que quedaron grabadas a fuego en mi mente, en parte por la crudeza y en parte por el desconocimiento sustituido por la imaginación, debíamos decir claramente que no queríamos hacer nada con el agresor y después relajarnos y dejarle hacer, porque cualquier tipo de resistencia sería peor para nosotras, ya que podía aparejar, lesiones físicas (tales como magulladuras, fracturas, cortes o heridas punzantes) provocadas por el individuo para conseguir someternos, desgarros en la zona íntima e incluso nuestra muerte.
     Obviamente las monjas no estaban de acuerdo con los consejos de policías y médicos forenses y nos recordaban una y otra vez las historias de Laura Vicuña y tantas mártires de la iglesia que preferían morir antes de “mancillar su virtud”.
     Parece, a tenor de lo publicado sobre las últimas sentencias, que las monjas ganaron aquella batalla. El problema radica en que han transcurrido más de treinta años de aquel debate y no parece que las mujeres estemos por la labor de regresar al pasado. Así que, humildemente, voy a dar quienes legislan unas pistas para que la nueva ley nos aclare los términos:
     Para empezar, habría que eliminar esa figura que inventó alguna mente bienintencionada para con el género violador. Me refiero al abuso sexual. ¿Qué diablos es eso? Cuando alguien mantiene relaciones sexuales con alguien que no ha consentido explícita o implícitamente (si no puede hacerlo explícito) es violación, déjense de sandeces, por favor, porque las mujeres no entendemos la diferencia, la verdad. Miren, somos así de tontas, ¿qué le vamos a hacer? Nos estimamos nuestro cuerpo y nuestra intimidad de igual manera y nos resulta igual de repugnante ser manoseadas que ser penetradas sin consentimiento. Es como si a uno le roban y el ladrón le roba el dinero pero no las joyas. ¿Sería considerado menos robo? No, ¿verdad? Pues que se haya detenido en el manoseo y no haya habido penetración, fíjense ustedes, señores, a las mujeres nos parece el mismo caso que el del robo. Llámennos pejigueras, si quieren, pero como es nuestro cuerpo y es una agresión que se nos hace a nosotras, digo yo que quizás debería tenerse en cuenta nuestra opinión. Si, además, para alcanzar su propósito, el violador usa la fuerza, amenaza a su víctima o la droga etc., pues le añaden ustedes agravantes.
     Lo mismo que si es la víctima quien ha consumido, por propia voluntad, cualquier sustancia que le impida estar en plenas facultades para poder negarse explícitamente a ser tocada, manoseada, desnudada, penetrada o lo que sea que se le ocurra a la mente incalificable del homúnculo en cuestión. Que digo yo que las mujeres tenemos el mismo derecho que los hombres a cometer errores que nos lleven a consumir sustancias tóxicas que nos hagan perder el control. No es que sea recomendable que ocurra, pero para ninguno de los dos sexos ¿no? Y supongo que si para cualquier otra situación, el común de los mortales consideraríamos aún más canalla al que se aprovechara del estado de indefensión de su víctima, en este delito que nos ocupa también debería ser así y que tal aprovechamiento se considerara un agravante. Y podríamos erradicar de una vez, que ya toca, el dichoso “ella se lo ha buscado”. No, ella no se busca nada. Se lo encuentra porque tiene la mala suerte de toparse con un delincuente.
     Según lo leído, pedir que me dejen en paz no es suficiente muestra de que no quiero hacer algo. Yo, tonta de mí, siempre había pensado que un “déjame en paz” es la quintaesencia del NO, que era un “no quiero tener nada contigo, ni siquiera quiero verte cerca de mí porque tu presencia me molesta”, vaya, la forma educada de mandar a la mierda a alguien. Pero dado que no es así y que hay también dudas sobre si el sentirnos intimidadas puede justificar o no que no nos neguemos explícitamente, me declaro incompetente para dar ningún consejo al legislador sobre el tema del consentimiento como he venido haciendo con los otros temas. Partimos de unas realidades tan opuestas que lo único que puedo hacer es rogarle que, cuando legisle, sea lo más minucioso posible a la hora de establecer la casuística, porque las mujeres necesitamos que nos especifiquen qué palabras exactas son las que el legislador necesita para entender que NO es NO. Y, dado que, según se desprende de las sentencias, el tono también es importante, ruego se nos especifique también el tono en que debemos decir esas palabras. O mejor aún, grábenlas, ahora la tecnología lo permite. Graben qué palabras debemos decir y díganlas en el tono en que deseen que las pronunciemos. Así bastará con llevarlas en el móvil o cualquier otro dispositivo y, cuando se acerque un individuo –o varios– con intenciones de tener sexo con nosotras, consintamos o no, solo tendremos que poner en marcha el dispositivo y reproducirlas. Así no le quedará duda al individuo en cuestión de que si persiste en su empeño, habrá comenzado a caminar por la senda que le llevará a convertirse en un violador. Y si el miedo nos amordaza, la grabación sustituirá nuestra voz.
     Ya que parece que hemos comenzado el regreso al pasado, como a mí me convencieron las recomendaciones de los policías y médicos forenses de mi adolescencia y, fíjense ustedes, tengo en alta estima mi vida y mi cuerpo pero recuerdo bien las lecciones de las monjas, necesito que se me expliquen las cosas detalladamente. Es decir, si el tipejo en cuestión persiste en su empeño de tener sexo no consentido conmigo y tengo que oponer resistencia, necesitaría saber en qué limites de resistencia me puedo mover para evitar ser violada (o al menos intentarlo), evitar ser asesinada de paso y evitar ser encarcelada yo, si, por uno de aquellos envites de la vida, resulta que logro evitarlo a costa de hacer daño al agresor. ¿Puedo morderle, golpearle con mis manos o con algún objeto que tenga a mi alcance? Si un golpe no es suficiente para convencerle de que debe deponer su empeño, ¿hasta cuántos puedo dar sin que se considere que me estoy ensañando con el pobre presunto violador?
     Y si no puedo agredirle en defensa propia, ¿cómo puedo demostrar a un tribunal que he opuesto resistencia? ¿Cuántos hematomas debo tener en las piernas para que quede claro que no las abrí de buen grado? ¿Debo tener heridas en las muñecas y brazos para que se entienda que me tenían agarrada? ¿Me debe faltar algún diente como respuesta al mordisco que he de dar? ¿Necesita el legislador –o el tribunal– saber que sufrí uno o varios desgarros en mis partes íntimas? ¿Cuántos exactamente? ¿Cuántos golpes debo soportar para que se entienda que estoy aterrada y temo por mi vida? ¿Diez, veinte? ¿Cuántas cuchilladas? ¿Una? ¿Dos? ¿Cuántas?
     ¿Puedo sobrevivir al ataque? Y en caso afirmativo, ¿me puedo reponer?

lunes, 11 de marzo de 2019

ESAS MUCHACHAS DE VIDA REGALADA

      Ya pasó el 8 de marzo y las calles de las principales ciudades se llenaron de miles de mujeres reclamando un mundo más igualitario.
      Sin embargo, leo con estupefacción en las redes sociales mensajes despectivos que comentan que quienes estuvieron allí, inundando las calles, plazas y avenidas eran chicas jóvenes que, según ellos, no han tenido un problema serio en su vida.
      Pues bien, esas muchachas de vida regalada de las que hablan, ya han salido a la calle en más de una ocasión y han sentido miedo al cruzarse con un hombre desconocido en un lugar solitario, han apretado los dientes y las llaves por si él decidía atacarlas.
      Esas muchachas de vida regalada ya han salido a divertirse y han sentido el asco de ser sobadas por manos desconocidas en la pista de baile aprovechando el anonimato que da la multitud.
      Esas muchachas de vida regalada han subido más de una vez a un transporte público y han sentido el asco de notar el cuerpo de un desconocido frotándose contra ellas o masturbándose mientras las mira con ojos lascivos. Y el terror al buscar en vano una mirada amiga en un vagón o autobús repleto de gente.
       Esas muchachas de vida regalada ya han visto a un hombre esperándolas desnudo al girar una esquina y han sentido esa mezcla de asco y terror por si no son lo suficientemente rápidas para huir de la escena.
       Esas muchachas de vida regalada ya han sentido la vergüenza de saberse un trozo de carne a los ojos de un degenerado que se relame pensando en las diferentes formas de comérsela.
       Esas muchachas de vida regalada ya se han sentido violentadas por las palabras de un tipo incapaz de contener su lengua.
       Y esas muchachas de vida regalada tienen oídos y saben leer que hay mujeres cuyas vidas son mucho más duras que las de ellas porque, además, se enfrentan a la violencia física y psicológica, a la falta de recursos, a la falta de libertad, a la posibilidad de recibir formación… Esas muchachas de vida regalada saben que cuando quieran incorporarse al mercado de trabajo lo tendrán más difícil que sus compañeros para entrar, mantenerse y cobrar el mismo salario por el mismo trabajo.
      Así que esas muchachas de vida regalada decidieron el pasado 8 de marzo salir a la calle –sí, al espacio público por excelencia, al territorio masculino por tradición– a gritar que tienen los mismos derechos y que quieren las mismas oportunidades que los hombres, a exigir un mundo más igualitario. Y lo han hecho como en los juegos recién olvidados en el patio del colegio:

POR MÍ Y POR TODAS MIS COMPAÑERAS

      Por cierto, que esas muchachas de vida regalada iban acompañadas por algunos compañeros de igual condición y no he leído nada sobre ellos. Huele mal, ¿no creen?

jueves, 11 de octubre de 2018

ODIO A PRIMERA VISTA

    Me encontré en Facebook un hilo que abrió Marlen MH a partir de un vídeo que compartió (Pincha aquí para ver de qué hablo).

    La primera vez que me ocurrió, me traumatizó, la verdad, porque la recuerdo perfectamente. Era una tarde soleada y calurosa de un verano cualquiera de hace muchos, no sé cuántos.
 
    No sé a vosotros, pero a mí me sucedió que, a partir de una cierta edad (no recuerdo cuál), los años se convirtieron en una sucesión de días con cosas que hacer por los que transito. Y como yo, en mi conciencia, soy siempre yo, igual a la que soy ahora, me refiero a igual de alta, con lo que veo lo que me rodea desde la misma perspectiva, y tampoco hay ya ninguna otra cosa que distinga un año de otro, como pudiera ser el curso académico, los compañeros, el lugar de veraneo…, me resulta imposible saber cuándo ocurrió algo, hace cuántos años. Así, desde entonces, los acontecimientos ocurren como en los cuentos tradicionales: “hace mucho, mucho tiempo”.
 
    A lo que iba: Hace mucho, mucho tiempo, una tarde soleada de verano, estaba yo nadando en la piscina del apartamento y la compartía con dos chavales. A decir verdad –y eso me tenía que haber puesto en sobreaviso–, el sol lo inundaba todo menos la piscina que permanecía en la sombra. Regresaba yo de la parte más honda hacia la que menos cubría cuando uno de los muchachos se lanzó al agua cerca de mí. Fue en ese momento cuando el otro, educado donde los haya, amonestó a su amigo diciéndole:

    -¡Cuidado con la señora! No la molestes.

    Coincidió que yo giraba la cabeza hacia el lado en el que se encontraba el chico educado y la sacaba para coger aire. Entonces le vi, plantado sobre el pretil de la piscina mirando a su compañero y reprendiéndolo con la mirada. Y en ese mismo instante sentí, por primera y única vez en mi vida, el odio a primera vista.

    Todos conocemos el amor a primera vista. Yo no recuerdo haberlo sentido nunca, pero no es difícil averiguar qué se siente tras haber leído tanto sobre él o haberlo visto reflejado en tantas películas, pero el odio a primera vista… Eso fue algo que me sobrevino, me atacó por sorpresa y que, todavía hoy, me produce cierto malestar en el estómago al recordarlo.

    Poco a poco me acostumbré a la existencia de esos seres quasi imberbes o de caderas sin vestigios de celulitis que hacían gala de su buena educación hablándome de usted. Sin embargo, varios días después del hilo abierto por Marlen MH, me volvió a ocurrir.

    Me invitaron, a la fuerza, a entrar en una sesión de puertas abiertas de una actividad que resultó ser mágica y muy interesante. El profesor era –y digo bien, era– un chico joven que supo conducir la clase y captar los variados intereses del resto de participantes y vencer mi resistencia educada a permanecer donde creía que sobraba por carecer de las habilidades necesarias.

    Una semana más tarde, hablando con el dueño del local donde se realizó la sesión, al cual conozco desde hace algún tiempo (que quiere decir que no sé cuánto pero no parece demasiado lejano en mi memoria), me comentó que el chaval –nótese el cambio de nomenclatura que nada tiene que ver con evitar la reiteración– le había dicho que “la señora” le había hecho un comentario que le había emocionado.

    A ver, entiendo que estoy lejos de ser considerada una chica (¡mis años me ha costado dejar de ser una “nena” para mis compañeros de profesión!) y más desde su corta experiencia vital, seguramente para un nonagenario sería una chica y para Matusalén una niña. Pero ¿qué tal mujer? Yo, en sensu contrario, utilizo la palabra hombre para referirme al espécimen masculino de mediana edad, calvo o no, canoso o no, pero al cual la palabra chico se le ha quedado estrecha. Y lo mismo hago con mis coetáneas a las que dedico la categoría de mujeres. ¿Le habría costado algún soponcio evitar el mío y utilizar la palabra mujer para describirme?

    Pero sin duda alguna, lo peor es tener que estar agradecida al muchacho –nótese de nuevo el sustantivo escogido con el que intento colocarme en su nivel de educación a la par que intento darle una lección de empatía– porque no me llamó anciana decrépita, cortesía a la que respondo no usando el apelativo de “yogurín” para referirme a él.