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jueves, 21 de mayo de 2015

A DIOS PONGO POR TESTIGO

Ayer comencé haciendo referencia a la literatura picaresca aludiendo a Lázaro de Tormes, hoy, si me lo permiten, haré referencia al cine y, emulando a Scarlet O’Hara, diré:

¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré... a dar una explicación!

A todos aquellos que por no haber parido y amamantado a mis hijos:

Me consideran una madre de segunda categoría.
Creen que no existe vínculo entre mis hijos y yo.
Consideran que no puedo quererles como una madre.
Piensan o me dicen que estoy haciendo una obra de caridad.
Me compadecen porque no he llegado a ser una mujer completa.
Se refieren a la engendradora de mis hijos como su madre verdadera, como si yo fuera la madre falsa.
Hablan de sus hijos como hijos propios como si los míos fueran impropios o robados.
Me preguntan si son hermanos de verdad, como si se pudiera ser hermanos de mentira.
Se atreven a opinar sobre mi forma de educar a mis hijos dándome consejos no pedidos.
Afirman que los sobreprotejo porque me consideran incapaz de educarlos.
Aseguran que mis hijos me manipulan porque, al ser media mujer, también debo ser medio tonta.
Se permiten el lujo de pensar que mis hijos son monstruos malvados que se aprovechan de mí y por tanto sienten lástima.
Creen que soy mala persona y seguro que escondo algo o maltrato a mis hijos...
A todos ellos y otros semejantes, iba dirigido mi escrito de ayer. Y a todos ellos prometo contestarles a partir de ahora que yo al menos he conseguido ser algo importante en la vida, justo lo que quería ser: la reina de las madrastras. ¿Os animáis el resto de madres?

miércoles, 20 de mayo de 2015

LA REINA DE LAS MADRASTRAS

Me han descubierto. Lo sé por cómo me miran, por cómo me hablan, por sus silencios... Así que, cual Lázaro de Tormes, les explicaré cómo llegué hasta aquí, por ver si me gano, al menos, su compasión.
Yo de pequeña no jugaba a las muñecas, ni a papás y a mamás. Leía.
Mis primeras historias fueron los cuentos tradicionales, Blancanieves, La Cenicienta... ya saben, los que se cuentan a todos los niños. Sin embargo, nunca me parecieron historias simples. A mí me provocaban infinidad de preguntas, tantas que volvía a esos cuentos una y otra vez.
Por ejemplo, no entendía por qué todo el mundo creía que las protagonistas eran esas muchachas insulsas que, en la mayoría de las ocasiones apenas hablaban en todo el cuento, ni por qué se condenaba a las verdaderas protagonistas que ocupaban gran parte de la escena y que tenían siempre una personalidad compleja y un conflicto interno que intentaban resolver con las armas que les concedía el argumento.
Porque no me dirán ustedes que no es fascinante el personaje de la madrastra de Blancanieves. Tan bella, tan hermosa, preocupada únicamente por mostrarse siempre tan espléndida que bien podría ser la representante del colectivo de las que antes estériles que culonas. Ahí estaba ella, recién ascendida a reina sin nada mejor que hacer que pasear palmito y mostrar al mundo lo bien que quedaba de florero de ese rey que no debía ser muy buen gobernante ya que como padre dejaba mucho que desear. Menos mal que tenía ese amigo incondicional para recordarle que era la mujer más bella del reino cada vez que su ego, debilitado por la ausencia del esposo, necesitaba reafirmarse. Su vida habría resultado plácidamente aburrida de no ser por aquella mocosa a la que le dio por crecer y rivalizar en belleza con ella, la reina. Pues nada, a por la aspirante presumida y boba que no para de abrir la puerta a desconocidos.
¿Y qué me dicen de la madrastra de La Cenicienta? ¿No es la mujer más ingeniosa de la historia? Esta mujer bien podría representar el lema: Soluciones para todo. Que mi vida es un asco porque soy una viuda pobre: me caso con un rico comerciante viudo; que me endosan a una niña con pocas luces y muy llorona, pues le doy un oficio y de paso gano una criada que el tacaño de mi marido se ha largado de viaje y me ha dejado sin servicio; que el príncipe busca esposa: pues yo tengo dos hijas si no es una, la otra y me aseguro la vejez;  que el zapato no entra en el pie de mi hija mayor porque tiene un talón que parece un espolón de barco: cojo el cuchillo y fuera talón; que el dedo gordo del pie de mi hija pequeña parece un puño de Goliat y no permite que entre el dichoso zapatito: cojo el cuchillo y ¡zas! fuera dedo. Lo único que le faltó es haber inventado la técnica del enviscado para deshacerse de esos pajaritos bocazas que consiguen que el cegato del príncipe se case con la boba e insulsa Cenicienta. O bien pensado, Dios los cría y ellos se juntan. Así que igual, visto lo visto, es probable que dejara pasar la oportunidad en busca de yernos más avispados.
Otra de mis favoritas es la bruja de Rapónchigo (Rapuntzel para los de la era Disney). Una mujer que vivía sola y sin que se le conociese varón que la acompañara, o sea una bruja, a la que le empieza a hacer tic-tac el reloj biológico y quiere tener un hijo. Así que toda ella determinación y porque ella lo vale, consigue una hija a la que cuida, quiere y, sobre todo protege encerrándola en una torre para que no la embauque un tipo sin escrúpulos como lo había sido su engendrador, le haga un hijo y después lo canjee por un puñado de rapónchigos y desaparezca para siempre jamás.
O mamá pata la del patito feo que es la versión animal del belenestebanismo más literal, yo por mis hijos mato, a los demás, que les den morcilla.
Así transcurrió mi infancia y mi adolescencia entre brujas y madrastras de cuento. Luego empecé a ver películas y series de televisión, sobre todo las del fin de semana en Antena 3 y casi todas las mujeres que aparecían se asemejaban a las de los cuentos infantiles: mujeres con historia y personalidad compleja.

Entonces, cuando a mí también me hizo tic-tac el reloj biológico, busqué en mi interior... y me hice madre adoptiva. Así es como he llegado a ser la reina de las madrastras.

martes, 26 de agosto de 2014

LA ADOPCIÓN: Un roto para un descosido

A ser padres se ha llegado desde siempre por dos vías: la biológica y la adoptiva. Baste con leer la historia, la literatura o los libros sagrados, por ejemplo, para encontrar familias constituidas de las dos maneras. Y fíjense que, viniendo como viene de tan antiguo, la adoptiva todavía hoy es considerada por algunos como una vía de segunda clase. Lamentable.
La decisión de ser padres adoptivos responde a diferentes motivos, todos ellos –o casi todos, porque imagino que de todo tiene que haber en la viña del señor– tan dignos y respetables como los que llevan a optar por ser padres biológicos. La única diferencia es que, de entrada, los padres adoptivos decidimos serlo de niños que han sufrido más de lo que nadie debiera haberlo hecho jamás.
Porque no nos engañemos, a la adopción se llega tras un gran dolor.
Duele no poder engendrar, pero duele, imagino, mucho más haber sido abandonado por aquellos que te engendraron o haber sido separado del mundo que conocías. De manera que, quizá, lo que nos une a padres e hijos adoptivos es que unos, los padres, estamos rotos, y otros, los hijos, han sido descosidos, así que la figura de la adopción lo que hace es encontrar el roto que mejor se ajusta al descosido. Y es que hay que recordar que lo que se busca es unos padres para un niño que los necesita –y a los que tiene derecho–, no al revés.
¿Quién decide qué padres se ajustan más? En nuestro país, los organismos públicos creados al efecto. Su labor es difícil y delicada. Toca muchas teclas sensibles. Y hoy en día, en los tiempos que corren, aún es más complicada su labor.Eso sí, yo tengo algo claro, en mi caso particular, lograron que rotos y descosidos encajáramos a la perfección. Así que: MUCHAS GRACIAS.

lunes, 28 de julio de 2014

TIPOS DE FAMILIA

Hay familias de sangre y familias de corazón. A veces, las familias son las dos cosas: de sangre y de corazón. Otras veces, no.  
Nos han enseñado a pensar que la familia de sangre es la más importante, por aquello de “los lazos de sangre”. Sin embargo, el corazón es imprescindible para que la sangre fluya y sintamos el calor que nos hace estar vivos. De manera que yo elijo un corazón que bombee amor  y le dejo que elija el medio en el que quiere transmitirlo, energía, sangre o lo que él prefiera.

A mi familia de corazón (con o sin sangre de por medio), gracias por responder cada vez que os necesito, gracias por ayudarme a sonreír, gracias por estar.