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jueves, 21 de enero de 2016

APRENDIZ DE MALA

      Les confieso que tengo un problema. Tengo la manía de creer en la bondad apriorística de la gente y luego me meto unos trompazos que me dejan temblando varios días como si fuera uno de esos dibujos animados que, después de recibir un golpe, se pasan unos segundos vibrando por la pantalla.
      Hace unos meses describí en otra entrada a los distintos especímenes de humanos (Pincha aquí) y hoy he conocido a una aprendiz de mala de cojones de alrededor de siete años. Ustedes me dirán: "¡Imposible que una criaturita sea tal cosa!" Y yo les contesto que eso pensaba yo hasta que me la encontré. Les cuento y juzguen ustedes si la niña apunta maneras o no.
      Mi hijo que en ese momento aún no había cumplido seis años salió hace unas semanas del colegio contándonos una historia absurda de un tal Matacuchillos y que ha estado llorando. Como no entendíamos nada, se enfada y nos cuenta que era una broma pero que él se la había creído porque es tonto. Aún entendemos menos. Se acerca su profesora y nos explica que el niño se había asustado mucho en el patio porque unas niñas le han contado una historia de miedo. La historia en cuestión es que existe un tal Matacuchillos que, en vez de andar matando cuchillos como su nombre indica, va matando niños que están en los colegios y aprovecha para hacerlo cuando los niños entran al servicio. En concreto, ya ha matado, según las niñas en cuestión, a una nena en el baño de un colegio cercano. Como mi hijo, no sabía si creérselo o no, más bien supongo que estaba muertecito de miedo y buscaba una confirmación de la falsedad de lo narrado para poder respirar de nuevo, les preguntó si lo decían en serio, a lo que la aprendiza de mala de cojones, contestó que sí, que la acompañara al aseo de chicas y lo vería. Allí había mandado minutos antes a su amiga, que los esperaba haciéndose la muerta. Estarán conmigo que la niña es, por lo menos, retorcida.
      No contenta con eso, persigue, desde entonces, a mi criatura todos los santos días con la historieta de marras; le amenaza con acusarle de haber hecho “gorrinadas” con otras niñas en el baño si no hace lo que ella le manda; le persigue por el patio para "obligarle" a ser su novio (con todo lo que ello conlleva) o el novio de su amiga…, vamos, que tiene a mi hijo aterrorizado.
      Ayer tarde, salió mi hijo del colegio y me dijo que la nenita le había invitado a su cumpleaños para hacer las paces y ser amigos y me dio una nota escrita en un pañuelo de papel pero, claro, muy serio no parece. Ante mis reticencias, el nano me cuenta que se lo había dado en el patio y que era para que fuera su amigo. Como la niña estaba a unos dos metros de nosotros con su madre, envié a mi hijo a que le preguntase dónde era el evento. Mi peque fue y regresó unos segundos más tarde con cara de no entender nada diciéndome que era mentira y que él se lo había vuelto a creer.
      ¿Se puede ser más malvada? ¿Qué digo malvada? Mala de cojones. Y esperen a que crezca, porque su madre no le dijo ni mu.

jueves, 9 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS VI

Epílogo

      Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
            Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
      Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
      Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
      Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.

miércoles, 8 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS V

Los daños colaterales.

       Como en toda historia de dolor, en ésta también hay daños colaterales. En esta historia los daños colaterales son los padres y la familia de la víctima, de nuestra criatura, de aquél al que todos debiéramos proteger. Y lo son los amigos.
       Hace poco leí un texto en el que preguntaban, ante el suicidio de una adolescente acosada, qué es lo que habían hecho sus padres ante el acoso escolar y alguna vez me lo han preguntado directamente. La respuesta de todas las madres de víctimas con las que he hablado de este tema ha sido unánime: intentar poner algo de cordura en esta tremenda historia. Escuchamos a nuestros hijos y a sus profesores y nos hacemos una idea de lo que ocurre analizando los puntos de coincidencia entre las versiones. Con la conclusión extraída, intentamos dar herramientas a nuestro hijo para que pueda moverse en ese mundo hostil en que se ha convertido la escuela. Hablamos con el colegio para encontrar soluciones. Aceptamos con resignación la opacidad del colegio que nos impide ser testigos y nos obliga a movernos en un mundo de versiones interesadas. Vemos las heridas físicas y psicológicas de nuestro hijo e intentamos curarlas, pero cuando comprendemos que nada va a arreglarse, buscamos documentarlas ya que nos encontramos ante la negación del colegio de cualquier evidencia. Lo niegan todo a pesar de que las heridas dejan huella. Y soportamos con estoicismo todos los juicios y prejuicios sobre nuestro hijo y sobre nosotros. Por último, nos toca tomar la última y más dura decisión, si es que nuestro hijo es pequeño: sacarlo del colegio, a pesar de lo injusto que es que sea la víctima quien tenga que abandonar su espacio, o dejarlo en él con las nefastas consecuencias que ya conocemos.
       Permítanme que haga un inciso sobre el hecho de escuchar a nuestros hijos porque me toca muy de cerca, ya que me han acusado por la espalda varias veces de ello, a mí y a todas las madres con las que he hablado, y necesito dar la respuesta que me han negado sistemáticamente porque jamás nadie se ha atrevido a decírmelo a la cara. Sí. Escucho a mi hijo, como también escucho a sus profesores. Y además le curo las heridas producidas por los golpes y examino si es posible que se las haya hecho de forma fortuita, en cuyo caso, o en caso de que haya la más mínima duda, nunca iré a quejarme al colegio. Sólo he ido a contarles cuando es más que evidente que son heridas y moratones provocados por puñetazos y patadas.Ya sé que a ustedes, los habitantes de La Chusma, les gustaría que no le escuchase, que sólo les escuchase a ustedes y me creyese a pies juntillas su versión de los hechos. Pero no puedo evitarlo. Es mi obligación, como madre, escuchar a mi hijo, sobre todo cuando veo las señales producidas por las palizas o por los insultos y vejaciones. ¿Saben ustedes que también dejan señal la humillación y los desprecios constantes? Le escucho sobre todo cuando mi hijo se niega a contarme qué le ha ocurrido porque está aterrorizado, o qué es lo que le ha hecho cambiar su carácter; le escucho cuando se niega a estudiar, cuando le oigo llorar por las noches, o cuando se despierta aterrorizado por las pesadillas, le escucho cuando veo comportamientos extraños a su alrededor, o cuando me hace preguntas sobre qué pasaría si se muriera, o sobre si hubiese preferido otro hijo sin problemas. Le escucho a pesar de que no le creo todo, ¿cómo creerle si a veces cuenta cosas increíbles por absurdas? El problema está en que también les escucho a ustedes, eternos aspirantes a humanos, entidades carbónicas que imitaron perfectamente la forma humana pero se olvidaron de clonar nuestra esencia. Y al escucharles, descubro que mucho de lo que no creí porque me parecía absurdo, era cierto; que sus respuestas son, por supuesto, respuestas de parte; que me niegan información; descubro sus prejuicios y sus miedos; y descubro que ustedes no tienen miedo a maltratarme en público, de faltarme el respeto, así que infiero que tampoco lo tendrán en maltratar a mi hijo en privado o con sus compañeros de clase como únicos testigos. El problema, señores o lo que ustedes sean, es que tengo criterio, y eso a ustedes les molesta mucho, porque no me pueden manejar ni pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. Por eso ustedes se dedican a hablar mal de mí, a intentar destruir mi credibilidad. Nuestra credibilidad porque somos tantos los que coincidimos, los que somos sus daños colaterales... Pero bueno, tenemos algo que ustedes jamás podrán tener: humanidad.
       Pero hay más daños colaterales, la familia que asiste muda a la degradación de uno de sus seres queridos: hermano, nieto, sobrino... ; que asiste impotente a la degradación del buen ambiente familiar, porque esto pasa factura; porque los ánimos se crispan; porque hay que mantener las normas y evitar la tendencia a caer en el victimismo, que, por otro lado es humana, aunque indeseable. Porque todo es muy difícil.
       Y, por último los amigos de las víctimas. Sí, también existen. Son los valientes que no miran hacia otro lado pero a los que no se les da armas para rebelarse ante lo que consideran injusto. Recuerden que están al cargo del acosador y que muchos de los adultos que tienen cerca, la panda de secuaces del eterno aspirante a ser humano, miran hacia otro lado. Son los que hacen lo que pueden: contar lo que ven, intentar que no peguen a su amigo, hablar con él, empeñarse en que juegue... Ser sus AMIGOS. Gracias a ellos la víctima tiene momentos de paz y un espejo que le dice que no es mala persona. Ellos también viven en un ambiente donde la violencia física, psicológica y verbal rige las relaciones. No va dirigida a ellos, de momento, pero viven con el miedo a ser las siguientes víctimas. Y son los que pierden al amigo cuando se va del colegio... o se suicida.

martes, 7 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS IV

       La víctima.

      La criatura que sufre esto, no entiende por qué le están pasando esas cosas. No entiende qué hace mal. No sabe cómo agradar a ese alienígena que le ha tocado como profesor. No hace nada bien y eso es desolador. Su autoestima se va mermando a pasos agigantados porque no olvidemos que está formándose su autoimagen.
      El aislamiento a que se ve sometido le va restando habilidades sociales y capacidad para desarrollarlas, además de contribuir a que la imagen que los coetáneos le transmiten también sea negativa. Todos se acostumbran a que sea el marginado y, como algunos hacen sus pinitos en rechazarle y maltratarle con el beneplácito del habitante de Chusmistán, los roles, las formas de relacionarse y los comportamientos tóxicos se consolidan.
       La víctima puede reaccionar huyendo, intentando desaparecer o actuando con violencia. Cualquier camino lleva a una vía muerta. Desaparecer es imposible, huir genera victimización, la violencia engendra violencia y todo ello da razones a los acosadores. No hay salida.
      Su capacidad de aprendizaje se reduce, porque la víctima vive en un estado permanente de alerta que le garantiza la supervivencia y por todos es sabido que nadie filosofa mientras huye de los leones. 
      Comienza a tener miedo de cualquiera. Huye, se protege o se defiende cada vez que alguien se le acerca porque va perdiendo la capacidad de discernir si el acercamiento es amistoso o no. 
      Las noches se convierten en el momento más temido porque en ellas señorean la oscuridad y el sueño que permiten que campen a sus anchas las más terroríficas pesadillas.
      Cada mañana, al despertar, se preguntará si llegará vivo a la noche. Y empezará a fantasear con la muerte a la que ve como única salida. La definitiva. Si él o ella muere, acaban los problemas. 
      Deja de jugar con otros niños, por decisión propia. Se rinde. No quiere seguir enfrentándose a los golpes, a las humillaciones, a los insultos, a las vejaciones, porque el recreo es una extensión del aula en el que tienen vía libre los continuadores de la obra de la chusma. Prefiere estar solo y así refuerza, sin quererlo, la imagen de raro, de distinto que sobre él tienen los demás.
       Muchas de esas víctimas tuvieron que dejar ya un colegio por culpa del acoso escolar antes de los ocho años. Dejaron atrás algunos amigos, pero el maltrato ya ha hecho efecto en sus vidas y no les será fácil superarlo. En demasiadas ocasiones, vuelve a repetirse. En el nuevo colegio se encuentran con un eterno aspirante a ser humano que no logra entender las heridas de la víctima y que necesita tiempo, amor y respeto para curarlas, así que se iniciará el procedimiento acosador de nuevo. Será devastador para la criatura. Aprenderá que, efectivamente, no hay salida y asumirá que no merece ser respetado, que allá donde vaya será maltratado y que todo es culpa suya.
      Podría seguir describiendo el infierno, pero si han llegado hasta aquí, es porque lo conocen o lo imaginan, así que lo dejaré aquí: el eterno aspirante a ser humano y sus acólitos logran anular y destruir a su víctima, que no es sino una criatura.



lunes, 6 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS III

     El procedimiento

       Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
       El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
       Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
       En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
       Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
       En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
       Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
       El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
       El acosador permitirá a sus alumnos “favoritos” (porque los tiene, recuerden que no es ni un maestro ni un ser humano que pretenda ser maestro, solamente quiere ganar un dinero y hacerse pasar por humano) que se comporten mal con la víctima, que le insulten y le vejen. Al fin y al cabo, se lo merece porque es el otro, el diferente, el nocivo y ellos tienen derecho a defenderse, no vaya a ser que les contagie la diferencia. Así hace escuela y ya no tiene que ensuciarse las manos con el maltrato, ya ha conseguido que otros le maltraten por él.
       Poco a poco se teje en torno a la víctima un clima de malos tratos físicos y psicológicos, de aislamiento, de justificaciones buscadas y encontradas a propósito, de despropósitos y acusaciones absurdas, de dolor y soledad, de manera que su vida se va convirtiendo en un infierno del que no puede salir, del que no es fácil encontrar la salida, una salida digna.

domingo, 5 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS II

La creación del ambiente propicio.

Pongan ustedes en un colegio a uno de esos profesores eternos aspirantes a ser humano de los que hablaba en el otro artículo. Rodéenlo de profesores irresponsables o canallas que se dedican a mirar hacia otro lado ante las actuaciones del compañero que nunca llegará a ser humano. Y, como por arte de magia, tendrán ustedes el paraíso de los acosadores.
Ahora sólo tienen que colocar en la clase asignada al que tampoco merece ser llamado profesor, a un niño cuyas capacidades no entren en la cuña de la media, o que tenga alguna discapacidad física o sensorial, que tenga el síndrome de Asperger, o que tenga un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o que sea inmaduro, o de una etnia maldita, o que provenga de un país maldito, o que esté viviendo un duelo, o que sea adoptado, o que en su casa algo no funcione bien, o que tenga limitadas sus habilidades sociales o que sea muy tímido… Déjenlos convivir unos cinco minutos en el aula y serán testigos de la gestación del acoso escolar.
Y es que todos tenemos nuestras manías (ésas que según el dicho popular, no curan los médicos), nuestros miedos inconfesables y nuestros prejuicios, sólo que algunos los controlamos y mantenemos a raya porque son nuestros y nadie, y menos aún un niño, tiene por qué cargar con nuestros miedos, manías o prejuicios o ser la víctima de ellos.
Sin embargo, el profesor que sólo ha logrado tener apariencia humana, encontrará a su víctima, aquél al que no puede soportar ver y dirigirá toda su mala leche alienígena contra el desafortunado. Da igual lo que haga la víctima, es más, mejor que no haga nada que pueda demostrar que su profesor está equivocado, porque aún cargará con más furia contra él.

martes, 23 de junio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS I.

Los actantes.

Mi lealtad es para con los niños. Tal vez por eso yo estoy aquí, condenada al ostracismo profesional, porque nunca apoyé a los que miran para otro lado, a los que con su actitud o sus palabras permiten la barbarie o la instigan, a los que maltratan de palabra, obra u omisión a los niños que tienen a su cargo. Pero también por eso, porque nunca pagué servidumbres, puedo hablar con total libertad y conocimiento de causa.
Reconozcámoslo, esta profesión, la de maestro, o docente, como prefieren algunos, tiene infiltrado a mucho eterno aspirante a ser humano. Pero es algo que, como sociedad, nos hemos ganado a pulso. Cuando decidimos que no era necesario haber aprobado la selectividad para entrar a estudiar Magisterio ¿qué pensábamos que iba a ocurrir, que harían cola ante las Escuelas Universitarias los mejores expedientes académicos? Cuando decidimos desprestigiar la profesión y pregonar a los cuatro vientos que se aprobaba con la gorra a la vez que exigíamos carreras universitarias para cualquier trabajo, ¿qué creíamos, que se llenarían las aulas de gente con vocación? Cuando repetíamos a todo aquél que nos escuchara que los maestros no trabajaban nada y que tenían más fiestas que días, ¿qué suponíamos, que los aspirantes a maestros se caracterizarían por ser los más esforzados trabajadores del país? Cuando convertimos la carrera en una especie de estudios de cultura general, ¿qué imaginábamos, una legión de lumbreras estudiando para ser maestros? Y cuando decidimos bajar el nivel de exigencia, porque la sociedad entera decidió que saber escribir correctamente tampoco era tan necesario pero que hubiera un buen número de aprobados que alentase a mucha gente a matricularse sí que era imprescindible,  ¿qué creíamos, que nuestros hijos aprenderían a escribir por ciencia infusa?
Pues nos equivocamos y ahora pagamos las consecuencias de aquél cúmulo de despropósitos.
En todas las profesiones hay personas que se distinguen por su mala praxis. Entre el colectivo de maestros, también. Y si lo ético sería que, por el buen nombre de la profesión, se marginara o incluso expulsara al mal profesional, allá donde el componente vocacional debe regir  la práctica, esta exigencia debiera ser ley. Y no es así. Nunca es así. Admiramos a aquél que gana un dineral sin echar un palo al agua así que no vamos contra él, ¿cómo podríamos? Seremos cualquier cosa, pero incoherentes no. La pregunta que nos hacemos siempre es: ¿Qué hubiera hecho yo en esa situación? Y si la respuesta es: enchufar, desfalcar, robar, mirar hacia otro lado, aparentar que trabajo o ni eso, pero ir a trabajar y luego recoger el sobre… entonces, nadie condena a nadie. Lo que ocurre es que en profesiones como la de maestros, una actitud tan irresponsable es, si cabe, más lamentable porque las primeras víctimas son los niños a quienes deberían formar para que sean los adultos de mañana y puedan contribuir a formar un mundo más habitable y respetuoso. Y mal ejemplo se les da con profesores así.
El de los maestros es un colectivo poco corporativo, la verdad. Echamos pestes unos de otros, nadie es mejor profesor que uno mismo y el otro siempre es nefasto. Sobre todo si no lo es. Ahí sí que nos unimos cual falange romana a masacrar al incauto o incauta que trabaja, al que le gusta su profesión y se preocupa por sus alumnos. Y dejaremos de ser falange para convertirnos en las hordas bárbaras de Atila, si los alumnos muestran su aprecio por el infame. Así somos, aislamos, humillamos y acosamos laboralmente a aquél que nos hace sombra o, con su trabajo, muestra nuestra pereza o ineficiencia.
Y no sólo eso, como tenemos en nuestras filas a lo mejor de cada casa, algunos están en este maravilloso oficio para ganar un dinero, tener un buen horario y muchas vacaciones (¿les suena?) y como creen que enseñar es fácil porque ellos, los más listos del mundo mundial, saben más que la panda de mocosos que tienen a su cargo, ¿para qué van a prepararse una clase, una materia o unos materiales más acordes con el mundo al que pertenecen sus alumnos? Ellos van a pasar un rato, de 9:00 a 12:30 y de 15:00 a 16:30 de lunes a viernes, por poner un ejemplo, sin demasiada complicación. De manera que, si por la razón que sea, les toca una mosca cojonera en su clase, léase alumno con cualquier problema (alta capacidad, baja capacidad, enfermedad, discapacidad, baja atención, etc.), entonces sale el eterno aspirante a ser humano que en realidad es y se dedica a machacar –o a dejar que otros le machaquen, que es más limpio y perverso– al pobre niño hasta que desaparece literal o simbólicamente. Y si la mosca cojonera son los padres de la criatura que han descubierto lo que ocurre, pasamos al plan B, los aislamos, les etiquetamos de sobreprotectores y los ignoramos hasta que se aburran y desaparezcan. Es cuestión de tiempo y en la escuela pública es lo que les sobra, en la privada lo tienen más difícil si no son íntimos amigos de su propio jefe el cual también debe ser eterno aspirante a ser humano, pero son como las meigas, haberlos, haylos.
Contra esta panda de canallas habría que actuar, deberíamos desterrarlos de la docencia. Podríamos enviarlos todos juntitos a algún planeta remoto y deshabitado, no importa si no tiene las mismas condiciones de habitabilidad que la tierra, recuerden que no son seres humanos como nosotros (ningún ser humano al uso sería capaz de hacer daño a un niño o permitir que otro se lo haga impunemente). Deberíamos actuar, en primer lugar, porque son nuestros niños y, en segundo lugar, porque estos seres son los que también maltratan a los buenos maestros y se los pierden nuestros niños.
Y los buenos maestros existen, parece que no, pero sí. Están haciendo su trabajo en unas condiciones laborales y emocionales desesperantes, ayudan a crecer a nuestros hijos, se preocupan por su bienestar y por su futuro, les enseñan y les educan y nuestros hijos les quieren y les respetan.
A los padres que me leéis, os ruego que apoyéis a los maestros y luchéis contra los impostores y mucho más contra los eternos aspirantes a humanos.
A los maestros que me seguís, os pido que seáis fuertes para desterrar de las aulas a los impostores y, sobre todo, a los eternos aspirantes a ser humano.


A todos, que, por favor, vuestra lealtad, como la mía, esté con los niños.