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jueves, 30 de marzo de 2017

QUOUSQUE TANDEM

      Así comienza la primera Catilinaria. Cicerón se preguntaba hasta cuándo pensaba Catilina abusar de la paciencia del Senado. Yo la utilizo en contextos similares, pero me viene también a la cabeza cada vez que alguien se pregunta un “¿Hasta cuándo?”
      La recordé cuando, hace un par de semanas, Pablo Iglesias preguntó a Rajoy con cuántos casos aislados de corrupción, la corrupción deja de ser aislada. Al escuchar la respuesta me vino a la cabeza la frase de Cicerón, “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina –léase Rajoy-, de nuestra paciencia?”
      Pero no es de política de lo que quiero reflexionar hoy. Es de educación, cultura y deporte. No del Ministerio, claro, sino de esos conceptos. Y viene a colación la entradilla porque en los mismos días en que Pablo Iglesias le preguntaba a Rajoy con cuántos casos aislados, yo leía un artículo del año pasado que me llegó a través de las redes sociales y en el que se contaba cómo y por qué un niño concreto de doce años explicaba que dejaba el fútbol a su entrenador, un hombre muy atareado y poco empático con sus pupilos, a tenor de lo expuesto, ya que solo accede a escuchar al niño porque “nota cierta seriedad en el jugador”. El niño, comenta el artículo, destaca en ese deporte, pero se queja de no aguantar más porque ya no se divierte jugando porque, al parecer, el entrenador solo quiere que ganen, les habla de Mouriño o de Pep Guardiola y les trata como profesionales. Continuaba el niño quejándose de que el entrenador les gritaba y no porque hubiera tenido un mal día, sino por costumbre. Los gritos y las faltas de respeto, parecen ser habituales en su manera de comunicarse con los niños a los que entrena.  También nos cuenta que el entrenador falta el respeto a los árbitros, que mira con odio a los rivales, que enseña a sus jugadores a hacer trampas para poder ganar. Bueno, el entrenador las llama tácticas y trucos propios del juego. Luego, el artículo sigue con quejas y reproches mutuos sobre el rendimiento: que si los chavales no rinden lo suficiente, decía el entrenador, que si el entrenador no se preocupa por las personas que son los niños, sino que los trata como fichas de una gran partida, decía el niño.
      Había un comentario al final que decía que este artículo debería ser de obligada lectura para todos los entrenadores. Así que me apliqué el cuento y lo leí.
      Mi primer pensamiento fue que no todos los entrenadores somos iguales, claro, una, como entrenadora no quiere verse reflejada en semejante espejo y echa balones fuera. El segundo, que esas cosas pasan en el fútbol y no en mi deporte: el atletismo. Pero ¿quién me dice a mí que no hemos acabado copiando?
      La primera vez que tuve contacto con el fútbol fue en una concentración deportiva con mis atletas. Coincidíamos a la hora de entrenar con un grupo enorme de futbolistas. Nosotros ocupábamos las pistas de atletismo y ellos, la pradera, en donde habían colocado unas porterías. Los futbolistas eran más pequeños que mis atletas y eso que los más pequeños de los míos tenían trece años. Nunca había oído hasta entonces tantos insultos, tantos tacos y tanta falta de respeto junta delante de unos niños. Pero sobre todo me traumatizó el entrenador de porteros. Tenía cinco o seis niños a su cargo y en ningún momento le oí dirigirse a ellos por su nombre. Todos tenían un mote, a cada cual más despectivo, y si no, les llamaba con insultos dirigidos a ellos o a sus madres que son las que siempre acaban pagando el pato en el repertorio de insultos.
      Durante el tiempo que yo practiqué atletismo como atleta y durante el tiempo que fui entrenadora, entre 1986 y 2004, conocí a muchos entrenadores y compartí entrenamientos y competiciones con ellos y, aunque los había bruscos, indiferentes e incluso malencarados, jamás les oí insultar de esa manera a sus atletas o a los rivales de sus atletas.
      Un día, mucho tiempo después, cuando yo ya no era entrenadora, hablando con el padre de un amigo de mi hijo que jugaba al fútbol, le comenté aquella experiencia traumática. Él me contestó que era normal que los entrenadores hablaran así a los jugadores, pero que los padres de los niños eran mucho peores. Me contó que solía sentarse separado del resto de padres porque sentía vergüenza ajena no sólo por los insultos que dedicaban a sus hijos, sino también, por los improperios lanzados contra los niños del equipo rival. Y me habló también de los trucos (trampas, diría yo) para ganar tiempo, para engañar al árbitro, para intentar ganar... Tuve ocasión, este verano, de comprobar cómo en un partido de simple juego entre niños para matar el tiempo de una de las largas tardes de agosto, se utilizaban estas trampas y, la verdad, me quedé perpleja al ver cómo un niño se tiraba al suelo gritando como si lo estuvieran matando mientras llevaba sus manos a la cara para hacer creer que el balón que había pasado a más de un metro de su cintura, le había golpeado en el rostro. A partir de ahí, se desplegaron ante mis ojos toda una retahíla de malas prácticas.
      Hablando con aquel padre, recordé que había un entrenador de atletismo famoso por enseñar a sus atletas a chupar rueda siempre y no tirar nunca; había otro que siempre andaba gritando, enfadado, a los propios, si no corrían lo que él consideraba apropiado y a los ajenos, si corrían más que los propios. Aunque también es cierto que este señor tenía recursos lingüísticos más que suficientes para no utilizar insultos ni  palabras soeces. Pero no logré recordar ningún otro entrenador de ese tipo.
      Sin embargo algo ha pasado desde entonces.
      En enero de 2016 regresé a las pistas de atletismo como entrenadora. En marzo, durante el Campeonato de España de Marcha en Ruta, pude ver, en varias ocasiones, a un chaval de la categoría cadete trotar para que no le dejaran atrás los marchadores del grupo en el que iba. La segunda vez que le vi trotar se lo recriminé y se revolvió diciéndome que a mí qué me importaba. Pues mucho, la verdad, porque eso es una trampa que ensucia una especialidad que amo.
      Meses más tarde, uno de mis atletas fue víctima de un comportamiento que, si no era antideportivo (yo creo que sí), desde luego era feo, humillante para con la víctima y, sobre todo, absolutamente innecesario.
       Este año, durante el Campeonato Autonómico de Marcha en Ruta, escuché a un entrenador decir a sus marchadores que, mientras no tuvieran dos avisos en la pizarra, podían correr todo lo que quisieran. Desconozco si era una de las atletas de este entrenador la que recibió la amonestación de una veterana que le dijo que ya la había visto trotar dos veces.
      En una competición en pista, dos de mis atletas me contaron, sin dar crédito a lo que habían vivido, que se habían cambiado de sitio porque había una entrenadora mentando a la madre de una de las competidoras, no sabían si a la de su atleta o a la de la mía que iba justo delante.
       En esa misma competición, en la prueba de marcha, un niño daba una carrerita para alcanzar al que llevaba delante cada vez que este se le escapaba. Eso sí, el niño disimulaba haciendo como que tropezaba, pero claro, o era muy torpe o, a la tercera vez que una lo ve tropezar y alcanzar al rival tras cuatro o cinco pasos al trote, se fija en el muchacho en cuestión y ve la trampa, que no estrategia, no nos confundamos. El caso es que, como yo, también los jueces detectaron el modus operandi del niño y empezaron a sacarle avisos. En la última vuelta, el niño que iba delante de él se había alejado lo suficiente como para entrar en segunda posición sin problemas, pero el de las carreras prefirió intentar ser plata antes que conformarse con el bronce y comenzó a marchar perdiendo contacto de una manera muy descarada. Los jueces lo vieron y lo descalificaron en la recta de meta. El niño se lanzó al suelo pataleando y dando puñetazos a la pista mientras insultaba a los jueces con todo tipo de improperios y, ¡cómo no! a sus madres. El espectáculo duró más de 5 minutos durante los cuales ni su entrenador ni ningún adulto responsable de aquel niño hizo nada por detenerlo. Imagino que cuando el dolor en manos y pies fue más grande que su enfado, se levantó y siguió con su ristra de insultos durante otros cinco minutos más sin que nadie le dijera aquel niño que su actitud no era la correcta. Y es que son niños, entra dentro de lo esperable que no actúen adecuadamente, que se equivoquen, que no toleren la frustración… pero para eso estamos los entrenadores, para reconducir esas conductas.
      Así que empecé a preguntarme con cuántos casos aislados de entrenadores tramposos o maleducados o ausentes, los casos dejaban de ser aislados. Y, sobre todo, a preguntarme hasta cuándo íbamos a consentir que este tipo de personas ensuciasen nuestro deporte. Que conste que voy a hablar del atletismo porque es el deporte que conozco, pero seguramente esta reflexión podría extenderse a otros deportes, a otros entrenadores y a otros deportistas.
       Estoy segura, porque este argumento ya lo he escuchado muchas veces, que algunos dirán que ningún deportista llega a la élite si está entre algodones, si no se le presiona, si no se le lleva al límite, si no aprende a trampear. Pero no estoy de acuerdo. Desde mi humilde opinión, y me consta que no soy la única que piensa así, los atletas son, antes que atletas, personas, y como tales tienen sus días buenos y sus días malos, sus problemas y sus emociones y es necesario respetarles, aceptarles y ayudarles. Estoy convencida de que si saben que su entrenador confía en ellos; que es el compañero que va a llorar junto a él en los días malos y reír en los días buenos; que le va a apoyar cuando lo necesite y que va a respetar sus decisiones en competición, porque no nos olvidemos, desde fuera podemos tener más perspectiva, pero también desde la barrera, todos somos Manolete; si saben que siempre vamos a ver tanto lo que han hecho bien como lo que tienen que mejorar, van a rendir mucho mejor.
      Yo funciono así, o al menos lo intento, que no soy perfecta. No tolero una trampa y mis atletas no hacen trampas a sabiendas. No les insulto, ¡faltaría más!, es que ni se me ocurre y tampoco consiento que se insulten o se falten el respeto entre ellos o hacia otros. Atiendo sus miedos, sus dudas, sus desconsuelos o su tristeza de la misma manera que disfruto con ellos de sus victorias… Y algunos de ellos tienen marcas que los sitúan en muy buenas posiciones en el ránking nacional. Es más, creo que algunos de ellos no lo hubieran logrado con las tácticas y estrategias del otro tipo de entrenadores.
      Así pues, tras reflexionar varios días sobre estas cuestiones, viajé con mis atletas al Campeonato de España de Marcha en Ruta. Allí vi a una marchadora juvenil trotar todas y cada una de las veces que pasó por donde yo estaba. Y me pregunté: “Quosque tandem?” ¿Hasta cuándo vamos a permitir que abusen de nuestra paciencia, de nuestra honradez? Así que fui en busca del juez árbitro y del juez de la prueba y denuncié.
       En estos últimos días de vorágine personal en los que no había podido repasar y publicar este artículo, ha saltado a la luz pública una escena lamentable: unos padres enzarzados en una pelea y persecución que si ya resulta bochornosa en niños, mucho más lo es en adultos. Y todo ello por un incidente durante un partido de fútbol en el que, al parecer, jugaban los hijos.
       Y entonces me vino a la cabeza el recuerdo de la pataleta de aquel niño. Durante todo ese tiempo yo estuve pensando en lo que, como entrenadora, hubiera hecho yo. Aunque me es difícil saberlo porque jamás me he visto en tal tesitura. Yo no imagino a los padres de mis atletas, los de entonces y los de ahora, comportándose como los de la noticia. Así que mis atletas son –y han sido– dignos hijos de sus padres y nunca han montado un espectáculo como ese. Y alguna vez todos, velocistas y marchadores, han estado en desacuerdo con la decisión de un juez. A mis marchadores también les han sacado avisos e incluso a alguno lo han descalificado. A veces hemos estado de acuerdo con los avisos, otras no. Pero la opinión que vale ahí es la del juez y mi misión es la de conseguir que los marchadores salgan a la pista lo mejor preparados posible, que lo hagan bien y que marchen lo más rápido que les permita la técnica. Así que la opinión de los expertos, es bienvenida. Y así se lo transmito a los chavales.
       Nunca he visto a los padres de mis atletas cuestionar la decisión de un juez, mucho menos insultarle, de manera que sus hijos tampoco lo hacen. Pero si alguno, alguna vez, se hubiera comportado como el niño de la rabieta, seguramente, desde la grada, con una palabra, lo hubiera cortado. Y luego hubiéramos tenido una conversación mi atleta y yo. Y también sé que los padres no interferirían. Sólo en dos ocasiones, hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era muy joven, un padre me preguntó por qué había actuado de esa manera y en las dos ocasiones se lo expliqué. Yo soy María Explicaciones porque creo que es una cuestión de respeto hacia el otro, porque creo que se consigue más cuando el otro te entiende y porque el “ordeno y mando” o “los actos de fe” los dejo para otros ámbitos.
       Esas imágenes son de vergüenza ajena. Lo importante allí –y en cualquier evento o entrenamiento deportivo– son los niños y padres y entrenadores debemos trabajar para ayudarles a convertirse en adultos maduros y responsables mientras se divierten y aprenden los valores que da el deporte. Y, desde luego, no es pegándose e insultándose como se consigue.

jueves, 25 de agosto de 2016

ESCENA QUINTA O DE CÓMO EL DEBATE SOBRE EL MACHISMO SE CUELA EN LA VIDA DIARIA

      Tras unos días de disfrutar de otros paisajes, regresamos al apartamento justo para asistir al último día de fiestas. Estaban disputando el torneo de dobles de tenis infantil. Todo parecía seguir en la misma línea que cuando nos marchamos: los jugadores, chicos; las animadoras, chicas; los entrenadores, padres; las avitualladoras, madres.
      De repente algo llama nuestra atención: ¡Hay chicas en la cancha! Contamos hasta seis chicas de la misma edad que los jugadores. Ninguno superaba los trece años. Ellas iban uniformadas –juraría que se habían puesto de acuerdo–, con un top y unas mallas deportivas cortas pero no llevaban raquetas. Sin embargo, se movían rítmicamente por la pista y cambiaban de sitio siguiendo un orden previamente establecido. Eran las recogepelotas. Los chicos que terminaban sus partidos se iban a la piscina o a jugar por ahí. Ellas permanecían en sus puestos solícitas a las órdenes de los nuevos muchachos que les pedían una pelota.
      Entonces se nos vinieron encima todos los comentarios, los artículos y las respuestas a los artículos que durante las olimpiadas han ido asaltando las redes sociales y que giraban en torno al tratamiento que reciben las deportistas en los medios de comunicación.
      Si ya es difícil practicar en este país cualquier deporte que no sea fútbol (tenis o baloncesto también son respetados aunque de lejos); si ya es complicado destacar –y más internacionalmente– en alguno de los deportes marginados, porque la exigencia del entrenamiento dificulta la compatibilización con otro trabajo y la exigüidad de las ayudas, que no sueldos, obliga a compatibilizarlos si uno quiere comer, las mujeres que han conseguido medallas olímpicas son heroínas que deberían merecer todo nuestro respeto.
      En una sociedad que relega a la mujer al rol de comparsa dentro de los deportes, la que practica algún deporte es rara avis y las que destacan internacionalmente, milagros de la naturaleza y ejemplo de constancia y esfuerzo a seguir.
      Y lo peor de todo es que en ningún momento he visto a esas niñas o mujeres incómodas en su papel, antes al contrario. Además, en concreto, las recogepelotas, vestidas todas iguales para la ocasión, me recordaban una y otra vez las imágenes y las palabras de una prensa deportiva que sólo ensalzaba una determinada concepción de la belleza física femenina. Que resulta paradójico –me decía mi Pepito Grillo particular–, que se les ponga como modelo a alcanzar el cuerpo esbelto y musculado de las deportistas, pero no se les muestre el esfuerzo y las horas de entrenamiento que hay detrás de ese cuerpo. Así se pasan la vida intentando estar delgadas y “buenorras” sin moverse de un banco de parque y con el único ejercicio de llevar pipas a la boca. Y luego se lamentan de no conseguirlo; y dejan de comer, o comen porquerías que alguien promete que adelgazan; y maldicen y critican a las que tienen el cuerpo de las revistas; y… Se sigue, en definitiva, fomentando el consumo femenino basándolo en la infelicidad que produce la necesidad de alcanzar metas inalcanzables impuestas por otros que, para colmo, ni siquiera son mujeres.
      No es de extrañar, pues, que esa mal-llamada prensa deportiva (que, creo, sólo era una prensa futbolera reciclada durante quince días) se dedicase a ningunear a unas mujeres que estaban –o no– consiguiendo éxitos (aunque llegar a una Olimpiada ya es un gran éxito). De esas mujeres impertinentes que se empeñan en contradecir la norma no escrita de servir al varón en cuantas necesidades pueda tener, sólo interesan sus cuerpos hermosos, si es que los tienen, si no, se las humilla sin compasión.
      Cuando, desolada, me alejé de las canchas de tenis, mi encontré con mi hijo pequeño junto a una niña de unos diez años que, sentada en un banco, se dedicaba a hacer pulseras. Mi hijo la miraba en silencio. De la nada apareció una pequeña de la edad del mío que le espetó, en un tono despótico y desagradable, que no vendían nada. Mi hijo vino a cobijarse a mis piernas mientras miraba desconcertado a la niña.
      ‒Ni él quiere comprar nada –contesté yo–. Sólo quiere aprender cómo se hacen ¿verdad? –Y
empujé levemente al niño hacia adelante para que se enfrentara a la situación.
       ‒Es que los niños no pueden estar aquí aprendiendo –dijo la niña con desparpajo–. A ellos los mandamos a recoger cosas por ahí y traérnoslas para que hagamos las pulseras.
       ‒¿Cosas? ¿Qué cosas? –me interesé yo.
       ‒Cosas. Lo que encuentren.
       ‒Basura –concluyó mi marido.
       ‒Reciclamos –le corrigió ella.
      Algo estamos haciendo mal, en algo nos estamos equivocando, cuando las niñas de seis años son las que llevan la voz cantante en las relaciones con sus compañeros masculinos y a los doce sólo son sus recogepelotas.

jueves, 31 de diciembre de 2015

MUCHA SUERTE, PABLO

      Ayer vino a despedirse. Se va a Chile por dos años. Allí sí tienen un proyecto de país que sabe aprovechar el talento. Maldigo al mío que no sabe hacerlo.
      Le conozco desde que él tenía diez años. Han pasado veintitrés. Era un niño tímido, con muchas más cualidades de las que jamás creyó tener.
      Entró en el ránking nacional a los 12 años. Corría y saltaba como pocos aunque su falta de confianza en sí mismo le jugó malas pasadas. El salto más largo de su vida lo hizo lesionado.
      Recuerdo cómo sus compañeros lo admiraban mientras él pensaba que no valía lo suficiente y se esforzaba por mejorar.
      Le he visto conseguir un premio al mejor expediente académico de B.U.P. y C.O.U., licenciarse en Biología y doctorarse. Se marchó a Inglaterra a estudiar…
      Le he visto crecer, hacerse el hombre culto, sabio y humilde que hoy es. Y se va. Se tiene que ir porque aquí no hay trabajo para él. No hay trabajo para los mejores. ¿En qué mierda de país vivimos?
      Tengo a casi toda mi gente, aquel grupo tan fantástico de atletas que tuve la suerte de entrenar desde que eran niños, repartidos por el mundo: Canadá, Francia, Suiza y, ahora, Chile.
      Ayer vino a despedirse, le hubiera abrazado hasta estrujarlo. Tuve que contener las lágrimas todo el tiempo, porque sé que es lo mejor para él, pero a mí me duele tanto…
      Ni te imaginas, Pablo, cuánto te agradezco que vinieras, me sentí afortunada por tener tu cariño. Te deseo todo lo mejor en esta nueva etapa. Te lo mereces. Ojalá la vida te dé ya, de una vez por todas, todo lo que te debe.
      Un besazo y buen viaje.

lunes, 24 de agosto de 2015

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

      ¿Se imaginan ustedes que la selección española de fútbol fuera campeona del mundo otra vez y que en las noticias de La 1 dieran la noticia, en la sección de deportes,  y el relato durara alrededor de dos minutos? No ¿verdad? Es impensable. Y lo es porque no se llega a ser campeón del mundo todos los días, ni siquiera todos los años, porque no es fácil ser campeón del mundo y, por tanto, representa una gesta.
       El deportista que llega a ser campeón del mundo ha sido el mejor preparado física y mentalmente de entre todos sus rivales. Ha demostrado ser más fuerte y tener más resistencia física y mental. Ha demostrado tener una mejor estrategia, ser más inteligente y adaptarse mejor a las exigencias de cada momento de la competición. Y la noticia debería dar cuenta de todo ello.
       Además es una alegría para todos que un, o unos compatriotas sea los mejores del mundo.  Es una satisfacción porque, como país, invertimos mucho dinero en la formación y desarrollo de nuestros deportistas, porque llevarlos a un campeonato del mundo cuesta mucho dinero y, en concreto, en este país, no andamos sobrados, así que nos supone un grandísimo esfuerzo que, sentimos bien invertido en ese momento. Nos hace sentirnos orgullosos.  Así que damos por bien empleado el tiempo y el dinero y nos gusta escuchar todo lo ocurrido durante la competición, saber qué ocurrió, cómo resolvieron los problemas y, sobre todo nos emociona compartir, aunque sea por televisión, los momentos de celebración y euforia.
       Dicho esto, yo entiendo que el fútbol es el deporte que más dinero y emociones mueve, pero pongamos las cosas en su sitio:
       Que Miguel Ángel López haya sido campeón del mundo en 20km Marcha es infinitamente más importante que la llegada del F.C. Barcelona al hotel de Bilbao donde ayer jugó; o que el Real Madrid C.F. hiciera lo propio en Gijón. Bastante más importante que el hecho de que no sé qué club jugara de nuevo en primera división y más importante que los resultados de la jornada anterior de la liga. Así que el lugar dedicado a dar tan importantísima noticia y el hecho de que le dedicaran menos de cinco minutos a comentarla y apenas unos segundos a las imágenes de una prueba que duró 1 hora y 19 minutos y 14 segundos y que, además, supone un récord personal, es, fundamentalmente, INSULTANTE.
       Resulta un desprecio al atleta, a su deporte, a su entrenador y a todos los españoles. Además de resultar discriminatorio e indignante por tratarse de una televisión que pagamos entre todos. Todos los deportistas son iguales y su esfuerzo merece la misma recompensa de reconocimiento público.

IR DE COMPRAS: DE ODISEA A CRUZADA

       Definitivamente, lo mío no son las tiendas. Eso o alguien pretende boicotearme, con algún oscuro propósito, cada vez que voy de compras.
       A mí me gusta salir de vez en cuando a hacer algo de ejercicio. No mucho, la verdad. Ni muy a menudo. Pero, a veces, siento la llamada del cuerpo anquilosado y me gusta salir a marchar. Sí, ya sé que el común de los mortales sale a correr, pero yo no pertenezco al común de los mortales, a estas alturas ya casi todo el mundo lo sabe. Y además me encanta ser “rara”. El caso es que me gusta salir a marchar (no confundir con salir de marcha) y por fin había encontrado unas zapatillas que no me provocaban un terrible dolor de tibiales, que no se lo deseo a nadie, por canalla que sea el interfecto. Eso sí, pesaban tres quintales cada una pero como no pretendo competir, sino desentumecerme sin dolor, ese pequeño detalle no importaba demasiado.
       La semana pasada salí a rodar (vocablo del argot atlético que significa salir a hacer kilómetros  y que prefiero a la expresión “ir de marcha”, por razones obvias). Nada más empezar noté que no apoyaba bien, algo no funcionaba como debía. Miré mis zapatillas y ahí estaba el problema: rotas y sin posibilidad de arreglo porque había perdido parte del relleno de la suela (que también se las trae, porque ni son tan viejas ni las he utilizado tanto para que se estropeen de esa manera). El caso es que me había quedado sin zapatillas de deporte y, ya que tenía que comprarme unas, pensé en que fueran aptas para marchar.
       Recordé que este invierno había visto muchas de ellas en una famosa y especializada tienda de deporte, así que hacia allí encaminé mis pasos, confiando en que mi memoria fotográfica me condujese directamente al pasillo y a la estantería en donde las había visto, porque odio ir callejeando sin rumbo entre productos. Pero no. En este tipo de comercios tienen la puñetera manía de cambiar periódicamente la distribución de la mercancía por si eres tonto y picas comprando algo que no necesitas pero mira, ahora que lo ves… Así que, después de dar varias vueltas intentando orientarme entre pasillos y pasillos de estanterías llenas de artículos de toda clase y miles de zapatillas, opté por preguntar a un dependiente:
        ‒Buenas tardes, ¿me puedes ayudar? –Utilicé el tuteo porque era joven.
        ‒Sí, dígame.
       ¡Mierda! Él no me considera joven. Bueno, igual es norma de la casa hablar de usted a todos los clientes, vayamos al grano.
        ‒Mira, busco unas zapatillas para marcha atlética.
       Ante la cara de estupor del chico, pregunto:
        ‒¿Sabes qué es?
       Niega con la cabeza.
        ‒La prueba del atletismo español que más medallas ha dado en europeos, mundiales y Olimpiadas –le digo ya con cierto malhumor porque se supone que es una tienda especializada.
       Como si le hablase en chino. Ante su inutilidad manifiesta, me lleva junto a unos compañeros suyos que, según me dijo, sabían mucho. El comité de sabios estaba reunido al final de un pasillo comentando lo que fuera, eso sí, muy gracioso, cuando les interrumpió el aprendiz:
        ‒Busca zapatillas de…
        ‒Marcha atlética –acabé, dada la imposibilidad del muchacho de repetir tan complicada expresión.
       Al comité de sabios le faltó preguntar, “¿Lo cualo?”, porque me miraron con los ojos tan abiertos y una mirada tan interrogante, que si esto fuera un cómic, toda la viñeta sería el signo de interrogación.
       Yo empezaba a perder la paciencia y se me notaba en la transformación de mi mirada. Ellos detienen a otro sabio que pasaba por allí y le preguntan si sabe qué es la… marcha atlética, volví a decir yo. El individuo, en un alarde de sabiduría, suelta:
        ‒¿No sabéis qué es? ¡Eso que van así! –e imitó el movimiento de culo con el que se suele ridiculizar a los marchadores. Claro que, al ver mi mirada furibunda, decidió empezar a mover los brazos y dejar de mover el culo.
        ‒¿Y tenemos zapatillas para eso? –preguntó el presidente del comité de sabios al Pontifex Maximus.
        ‒Ni idea –respondió encogiéndose de hombros y marchándose con la satisfacción del trabajo bien hecho.
        ‒Sí teníais. Yo vine aquí este invierno y las vi. Estaban al final de una estantería. Y había toda una sección para ellas. Enfrente teníais otras que habíais clasificado como para marcha urbana, y las que yo busco estaban bajo el cartel de marcha atlética y no distinguíais entre hombres y mujeres, mientras que de las de marcha urbana, sí había sección para hombres y sección para mujeres.
       Mientras les abrumaba con tanta información, ellos miraban a todas partes en busca de alguien que los sacara de aquel entuerto. Pasó por allí una dependienta y se agarraron a ella como a un clavo ardiendo. La chica, una vez informada de lo que empezaba a ser una odisea, me dice:
        ‒De eso no tenemos, pero tengo aquí unas zapatillas que te pueden venir bien, porque sirven para lo mismo y no pesan nada y bla, bla, bla, -empezó a decirme mientras me alejaba del comité de sabios, me llevaba al pasillo anterior y se situaba frente a las zapatillas del más naranja fosforescente que he visto en mi vida.
       Se empeñó en que me las probara sin escuchar mis observaciones respecto de que no eran lo que buscaba, ésas eran para correr, por asfalto, eso sí, pero no para marchar, tenían demasiada suela en el talón con lo que el dolor de tibiales estaba asegurado… Nada, no era su intención escucharme así que opté por probármelas y marchar pasillo arriba, pasillo abajo con ellas puestas, hasta que la chica, como yo imaginaba, se aburrió y me dejó para ocuparse a otros menesteres.
       Dejé las maravillosas, carísimas y desajustadas zapatillas en lo que a mis necesidades se referían, en su hueco y me fui yo sola a la aventura de encontrar lo que buscaba. Y lo hallé dos pasillos más atrás. Ahí estaban flamantes ellas, negras y verdes. Me las probé aunque el precio no me convencía mucho porque era excesivo para el uso que yo iba a darles. Eran perfectas. ¡Qué bien se marchaba con ellas! Lástima el precio, pero por no tener dolor…
       Ya iba pasillo abajo hacia la caja con ellas en la mano cuando, dos estanterías más allá, vi las mismas zapatillas, en otro color y mucho más baratas. No podía ser. Las miré por todos lados, incrédula. Me leí todas las especificaciones. Me las probé por si había gato encerrado. No. Eran iguales en todo, salvo el color. Entonces vi el cartel. Eran de otra temporada, por eso eran más baratas. Enarqué las cejas. ¿Cómo? ¿También hay moda en zapatillas para entrenar? ¿Pero no se trataba de que fueran buenas para el deporte que quieres practicar y para tu forma de pisar? Rápidamente las cogí y devolví las otras a su sitio. Me volví a dirigir hacia la caja cuando me interceptó otro amable dependiente al que no había visto hasta ese momento y me preguntó:
        ‒¿Son para usted?
        ‒Sí.
        ‒Es que son de hombre…
        ‒¿De hombre? –Repetí  con los ojos como platos–. ¿Qué quiere decir que son de hombre? ¿También hay zapatillas para hombre o para mujer? ¿Es que hay algo en los pies que nos haga diferentes?
       Yo miraba mis pies buscando en ellos algún indicio de marca sexual, pero no veía nada. Traje a mi memoria todos los pies de mujeres y de hombres que pude y, salvo que los pies de los hombres que pude recordar en ese momento eran más feos y peludos que los de las mujeres, no encontraba nada que pudiera ser tan importante como para distinguir el género de las zapatillas. O… tal vez… Separé los dedos cuanto pude y miré entre ellos a ver si allí se ocultaba el sexo de los pies, pero tampoco. Así que volví a mirar al dependiente que me miraba perplejo, sin entender mi asombro y, menos aún, mi búsqueda interdigital.
       Me señaló la estantería que había frente a las que yo había estado mirando hasta encontrar las zapatillas que pretendía comprar y la recorrió con la mano, cual hombre del tiempo mostrando el mapa que tiene en el plasma a su espalda, mientras mostraba una enorme sonrisa de satisfacción.
       Mis hombros se cayeron al suelo mientras mi cara era la viva imagen de la rendición. No podía ser. ¿De verdad era eso lo que me estaba diciendo? Pero, ¿esto qué puñetas quiere decir? ¿Es una tomadura de pelo o de verdad se creen que somos tan…? Me repuse, hice de tripas, corazón y, con una amable sonrisa, le dije al muchacho:
        ‒Las mujeres podemos ponernos ropa y calzado que no sea rosa.
        ‒Ya, pero son más bonitas.
        ‒No a todas las mujeres nos gusta el rosa. Yo, por ejemplo, lo odio.
        ‒Éstas no son completamente rosas.
        ‒No, son grises y rosa-bebé a partes iguales y hace mucho que dejé de ser bebé.
        ‒Éstas tampoco son rosas.
        ‒En realidad sí, porque el fucsia es una variedad del rosa y son fucsia y negras.
        ‒Pero son de chica.
        ‒No te preocupes –dije ya hastiada–, mi femineidad no va a resentirse por no ir de rosa.