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martes, 27 de diciembre de 2016

DOS LECCIONES DE EMPATÍA Y UNA DE ECONOMÍA DE ANDAR POR CASA

Señor Alfonso Dastis:

      Como estamos en Navidad y ya sabe que es tiempo de regalar, yo quisiera entregarle esta reflexión para que usted pueda crecer como ministro y ampliar sus miras.
      Verá, señor, usted es un representante de la ciudadanía, la que le ha votado y la que no. Por tanto es necesario que empatice con sus representados para saber qué necesitan. Así que ahí va la lección de empatía número uno, usted no es el centro del universo ni la medida de todas las cosas, de manera que, considerar algo como una tragedia o no, dependiendo de su experiencia personal, no ayuda a que sus compatriotas le vean una persona que les representa sino, más bien, como un ser lejano que se cree por encima de los demás.
      Lección de empatía número dos: negar los sentimientos del otro no ayuda en absoluto a que éste confíe en usted y se sienta respetado. Puede que para usted no fuera una tragedia marcharse al extranjero y separarse de amigos y familia, no voy a entrar a valorar ni a discutir sobre si la voluntariedad u obligatoriedad del hecho en sí tiene algo que ver o no en la consideración –o no- de tragedia. Acepto barco como animal acuático y que a usted le pareció de lo más divertido y emocionante marcharse y que no sintió ni un ápice de morriña. Bien, afortunadamente, el mundo es diverso. Eso es lo que realmente nos enriquece, juntarnos con seres distintos a nosotros y aceptarlos y entenderlos. Observo que a usted la experiencia no le sirvió para enriquecerse conociendo gentes distintas a usted porque, de sus declaraciones se desprende que usted no reconoce que haya puntos de vista distintos y personas con sentimientos distintos. Abra los ojos y observe, pero sobre todo, respete a quien no piensa o siente como usted. No le niegue su derecho a sentir porque estará impidiendo cualquier posibilidad de comunicación.
      No hay que ser un economista para saber que cuando uno invierte en algo, espera que dé frutos y recuperar con creces lo invertido. Espera obtener beneficios. Así el agricultor prepara la tierra con esfuerzo, planta una semilla, la riega y la cuida mientras crece protegiéndola de plagas, de malas hierbas, de la climatología adversa, etc. Y todo ello porque espera recoger el fruto y poderlo vender y obtener beneficios. Lo mismo podríamos decir de cualquier oficio. Ahora ¿qué pensaría usted del agricultor, del carpintero o del emprendedor que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en cultivar un campo, fabricar un mueble o levantar un negocio y cuando éste está a punto de dar beneficios se lo regala a la primera persona que pasaba por ahí? Como poco que o estaba loco o tonto ¿no? Y en cualquier caso que era un pésimo inversor. Pues eso es lo que pensamos muchos de un país que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en formar jóvenes universitarios con grandes conocimientos y que después los regala al primer país que aparece en el horizonte.

viernes, 1 de julio de 2016

SOY ESPAÑOLA

      Soy española porque nací en España, como lo hicieron mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos y así hasta donde puedo remontarme, pero eso, a estas alturas de la vida, no debería tener importancia. Esto sí:
      Soy española porque pago aquí todos mis impuestos, porque cuando cobro o pago aplico todos los impuestos que establece el gobierno de turno.
      Soy española porque aporto a este país toda mi capacidad intelectual, cultural, profesional y humana.
      Soy española porque conozco y respeto, además de mi lengua materna, la que compartimos todos los españoles y nunca me oirán, en un contexto formal, atentar contra ella.
      Soy española porque conozco y respeto la cultura de este país, la haya creado quien la haya creado.
      Soy española porque respeto la diversidad cultural, lingüística e ideológica de mi país y, además, pienso que lo enriquece.
      Y es que se puede ser española y de la periferia, es decir, se puede ser española y valenciana o murciana o andaluza o extremeña o gallega o asturiana o cántabra o vasca o navarra o aragonesa o catalana.
      Como se puede ser española y no ser de derechas ni católica ni neoliberal.
      Se puede ser española y pagar los impuestos que correspondan sin intentar trampear. Se puede ser española y no pertenecer a la cultura de la picaresca, ni ser condescendiente con los que engañan o intentan engañar, con los que se aprovechan de su cargo, de su puesto o de los demás.
      Se puede ser española y muchas cosas a la vez, porque la nacionalidad y el sentimiento patrio no son inherentes a una ideología, a una clase social ni a una determinada forma de ver el mundo. Por eso, ningún partido político puede apoderarse de los símbolos que nos unen a todos, del sentimiento de pertenencia a una nación, porque, de hacerlo, estarán rompiendo la unidad de España.

viernes, 20 de mayo de 2016

UNA INDIGNADA QUE NO ENTIENDE NADA

      Miren, por más vueltas que le doy al tema, no entiendo nada, la verdad. Y quiero entenderlo, fíjense ustedes. Disculpen mi terquedad, pero es que necesito entender.
      Lo plantearé como un problema de matemáticas escolares a ver si así consigo que me aclaren las cosas:
      Los ciudadanos pagamos (y por lo que se ve, nos costó un riñón) una campaña electoral y votamos (o no, depende de cada cual). Entiendo que no les gustara el resultado de las elecciones, pero fue nuestra decisión y nuestra encomienda: ustedes debían formar un gobierno pactando unos con otros. Sin embargo, han sido incapaces de hacerlo y han preferido que se convocaran nuevas elecciones. Dicho esto,
  1. ¿Por qué debemos repetir nosotros si son ustedes los que han suspendido? ¿Acaso piensan ustedes que nosotros somos “el niño de los azotes”, la criatura que recibía los palos por el mal comportamiento del príncipe intocable? ¿No les parece una figura anacrónica? Este sistema tiene un fallo muy gordo. Unos suspenden y otros repiten sin tener derecho a queja.
  2. Aceptando barco como animal acuático o que somos el niño de los azotes que tiene que repetir curso porque otros no han hecho su trabajo y han suspendido, ¿por qué debemos volver a pagar una campaña electoral? Si ya nos sabemos sus programas y no es probable que vayan a convencer ya a los que no les votaron antes. ¿O es que acaso han incorporado algún cambio verdaderamente importante? Lo único realmente interesante que a estas alturas pueden decirnos es con quién piensan pactar y en qué pueden ceder o con quién van a juntarse para concurrir a las elecciones y, para ese viaje no son necesarias tantas alforjas: convoquen una rueda de prensa y nos cuentan sus intenciones. Sale mucho más barato y, miren, no está el horno para bollos. A la mayoría de la población nos cuesta mucho esfuerzo llegar a fin de mes, la mayoría de la población de este país no puede pagarse unas vacaciones y es nuestro dinero el que tan alegremente gastan.
  3. Aceptando que somos nosotros los que hemos de repetir y que, además, hemos de pagarles de nuevo una innecesaria campaña electoral, ¿por qué a ustedes? Si ustedes han demostrado fehacientemente su incapacidad… Miren, si esto fuera una empresa y los socios capitalistas –que somos nosotros, los de a pie, que somos los que ponemos el dinero en esta empresa llamada España– marcan unos objetivos a sus directivos y les dan unas instrucciones claras y éstos ni alcanzan los objetivos ni siguen las instrucciones, a nadie le cabe la menor duda del futuro inmediato de esos directivos, ¿verdad? Caerán defenestrados inmediatamente. Y, ya que el sistema que ustedes se inventaron no prevé la posibilidad de que les despidamos por incompetentes, ¿no tienen la dignidad de desaparecer haciendo mutis por el foro y dejar paso a que otros puedan demostrar su competencia? ¿O es que acaso pretenden hacernos creer que les ha caído, cual inspiración divina, una ducha de competencia? ¿De verdad van a insultar nuestra inteligencia volviéndose a presentar?
  4. Y dado que vamos a tener que tragar por los puntos uno, dos y tres, ¿por qué diantres vamos a tener que escuchar, de nuevo, una retahíla de mentiras imposibles de creer, una ristra de ytumases cansinos hasta la saciedad y una colección de reproches que no llevan a ninguna parte? 

Crezcan, aterricen y maduren, por favor.

viernes, 4 de marzo de 2016

LOS DISCURSOS DEL PRESIDENTE EN FUNCIONES

      Yo no dudo de que usted, señor Rajoy, o quien le hace los discursos, sean personas de una gran cultura. Así que no hace falta que alardee de ella sembrando el texto de florituras y referentes culturales que, lamentablemente,  ya no poseen la mayoría de sus conciudadanos como consecuencia de los lamentables planes de estudio que nos vienen imponiendo los de su clase. Le reconozco la cultura y, mire usted (esta expresión seguro que le es familiar), la compartimos, será porque soy de naturaleza rebelde y me empeciné en estudiar lo que no se me recomendaba porque no iba a convertirme en máquina de producir en serie.
      Sin embargo, señor Rajoy, sí le recrimino su falta de oratoria, requisito que considero indispensable para el puesto que ha ocupado y parece que pretende seguir ocupando, así, sin hacer nada para conseguirlo, porque le pertenece por derecho propio o como diríamos los ciudadanos de abajo, porque usted lo vale. Vaya, que usted parece creerse un presidente Loreal. Ya imagino que a usted le importa muy poco lo que yo le recrimine o lo que yo considere requisito indispensable y, como mucho, lo despachará con un "¿con qué derecho?" Pues con el que me concede ser uno de sus pagadores. 
      Señor Rajoy, a estas alturas, hasta usted es conocedor de que no sabe hablar en público, ni cuando improvisa, ni cuando repite un discurso que debía haberse aprendido. Y en estos años no ha hecho nada por corregir este defecto, lo cual, en cualquier empresa privada sería motivo de despido, sobre todo por el daño que causan sus errores en la imagen de este país.
      Pero no quiero tampoco a extenderme sobre la forma de los discursos de las sesiones de investidura, voy a hablar del contenido. Francamente,  su soberbia es imperdonable. Y más viniendo de una persona que debería ser humilde, primero porque es un servidor público y segundo porque parece ser el heredero de un ilustre linaje al que también pertenecieron Jaimito, Fernando Morán o los habitantes de Lepe. Es usted una persona que se ha hecho más famosa por sus meteduras de pata, sus comentarios incoherentes o sus lapsus linguae, que por su gobierno del país, un país que, a la fuerza ahorcan, ha aprendido a reírse hasta de sí mismo y le ha convertido en protagonista de sus chistes.
      Sus discursos han resultado prepotentes y faltos de respeto. Así que, según usted, hasta sus colegas le van a entender porque usted se explica muy bien. ¡Pero qué ceguera la suya y qué falta de respeto! Evidentemente, si usted se explica bien, los demás le entenderemos. Y eso hemos hecho: ustedes nos engañaron. ¿A que le he entendido bien? ¿Ve? Cuando habla correctamente,  le entendemos. Otra cosa es que nos guste lo que oimos.

miércoles, 24 de febrero de 2016

EN EL PUNTO DE MIRA (última parte).

      Asúmalo, Sra. Carmena, su gobierno va a estar mirado con lupa y microscopio de altísima precisión. Da igual lo que haga. No se puede actuar a gusto de todos, debería saberlo. ¿Quiere que le cuente el cuento del hombre, el hijo y el burro?
      Se lo resumo pero que quede claro que es un cuento y, por tanto, ficción, no vaya a ser que a alguien no le guste y me enchirone:

      Había una vez un hombre que viajaba con su hijo y con un burro. Iban padre e hijo caminando y llevaban al burro de las riendas cuando se encontraron con unos tipos que comentaron: “Mira qué bobos, pudiendo ir en el burro tranquilamente y sin cansarse y, sin embargo, van los dos caminando”. Así que padre e hijo se miraron y decidieron montarse en el burro. Al poco tiempo se cruzaron con otros dos que se escandalizaron y les recriminaron el hecho de ir los dos montados en el pobre animal con todo lo que debían pesar. El padre miró al muchacho y se apeó del burro. Un poco más allá, otro hombre comentó que qué cara más dura la del muchacho, ir montado en el burro mientras el pobre anciano caminaba, a lo que el pobre muchacho, avergonzado, reaccionó cediendo el sitio a su padre. Un trecho más adelante, cuando atravesaban un río, se cruzaron con otro hombre que reprochó al padre que fuese tranquilamente sobre el burro mientras el chiquillo caminaba. Presos de la desesperación por poco tiran al burro al río y ellos detrás cuando en el último momento decidieron cargar al burro entre los dos y así entraron al pueblo ante las carcajadas de los vecinos.

      Bueno, pues asuman que no pueden gobernar al gusto de todos y que, además tienen ustedes unos Pepitos Grillos con altavoces pregonando -y retorciendo o deformando- cada cosa que ustedes hagan y no sea de su agrado, para ¿incitar al odio? No, que a ustedes se les puede odiar sin que sea delito.
      No pueden ustedes estar cambiando de opinión, ni virando el barco cada vez que suenen las sirenas del miedo y la maledicencia. Tengan ustedes su opinión bien fundada y argumentada y defiéndanla y apechuguen con las consecuencias.
       ¿Contrataron a una compañía de teatro de títeres para un espectáculo apto para todos los públicos en el que aparecían escenas que a algunos les parecían inapropiadas para los niños? Pues como en muchos sitios, oiga, que lo que a uno le parece inapropiado para otro puede no serlo. A mí no me parecen apropiados para niños determinados dibujos animados, ni para todos los públicos determinados programas televisivos y no por eso voy a pedir que los censuren. Pero si decisiones como esta las pagan en las urnas, asúmanlas.
      Y desde luego, quien monta semejante parafernalia por lo que dicen o hacen unos personajes literarios es para que se lo haga ver.

domingo, 21 de febrero de 2016

CUESTIÓN DE GUSTOS (2ª parte)

      Hay un refrán que dice que Sobre gustos no hay nada escrito. Así que tener buen o mal gusto va a depender del color del cristal con el que se mira y, por tanto, no debería ser condenable. Al menos no para que a uno lo denuncien y llamen a la policía para que se lo lleve al calabozo.
      No sé si la obra de los titiriteros era de buen o de mal gusto. No lo sé y no tengo intención de juzgarla, como no juzgo tantas otras cosas. Pero es obvio que, si a mí algo no me gusta, nadie me obliga a verlo. Si algo no me parece apropiado para mis hijos, me los llevo de allí. No se me ocurriría jamás llamar a la policía ni montar un espectáculo porque lo que se está representando me parezca de mal gusto o inapropiado. Ni aunque esté pagado con dinero público.
      Y no lo digo por decir. Miren, hace cinco años, fuimos a pasar unos días a Asturias. Para que el viaje formase parte de la aventura de viajar, hicimos noche en Burgos, para disfrutar de las tierras del Cid que, por aquel entonces era el personaje favorito de mi hijo mayor. Entramos al museo para ver la Tizona y la Colada y la amable mujer de la entrada nos dijo que también podíamos ver una exposición de pintura religiosa. Lo hicimos. Entramos a la sala con el niño de seis años de la mano y nos topamos de frente con un cuadro en el que se representaba un destripamiento, después otro con una decapitación, otro en el que aparecía una autopsia, crucifixiones y martirios por doquier pintados con esmero y todo lujo de detalles. Pues qué quieren que les diga, en ese momento y ante la multitud de preguntas que me lanzaba mi hijo, la verdad es que pensé que la pintura religiosa, al menos la cristiana de la Edad Media y el Renacimiento, era lo más parecido al cine gore.
      Como a los niños de esa edad les fascinan ese tipo de imágenes para poder recrearlas por la noche y así poblar de pesadillas sus sueños, no había quién moviese a mi hijo de esa sala. Para minimizar el impacto de esas imágenes, comencé a contarle la vida de esos santos mártires para que quedase todo dentro del Érase una vez y del Colorín colorado y, cuando logramos salir del museo, nos despedimos amablemente de la señora. Y esta aventura se ha convertido en una más de las anécdotas de nuestros viajes, sin más relevancia ni misión que la de echarnos unas risas.
      Y sí, era un museo público y no, no había restricción de edad para entrar en ninguna de las salas, ni carteles anunciando que las imágenes podían herir la sensibilidad del espectador. Como no las hay en las iglesias o catedrales en las que entran los niños con sus padres y pueden ver estatuas y pinturas que representan todo tipo de escenas cruentas. Que digo yo, que esos señores que se escandalizan de lo representado por los títeres no llevarán a sus hijos a ver los pasos de Semana Santa, ¿no?

viernes, 19 de febrero de 2016

ÉRASE UNA VEZ… COLORÍN, COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO (1ª parte)

      Ahora que ya he podido leer todo lo que se ha publicado, escuchar todo lo que se ha dicho y reflexionar sobre este asunto que, lo reconozco, me ha tenido –y me tiene– preocupada, voy a plasmar por escrito mi opinión.
      Hace mucho, mucho tiempo, escuché una anécdota que narraba, en tono de burla, que cuando a Orson Welles, la noche del 30 de octubre de 1938, se le ocurrió narrar a través de la radio, la adaptación a guión radiofónico que había hecho de la novela La guerra de los mundos, las gentes de Nueva York y Nueva Jersey entraron en un estado de histeria colectiva, el pánico se adueñó de ellos, los teléfonos de la policía se bloquearon por la cantidad de llamadas recibidas, etc.
      Bien, yo creía, como quien me lo contaba, que esas cosas sólo podían ocurrir en Estados Unidos, pero no, también hemos importado esto, pero casi ochenta años después y, como aquí somos más papistas que el papa, además de creernos un teatro, encarcelamos a los comediantes por los delitos de los personajes.
      Vaya por delante que no asistí a la representación teatral con títeres motivo de la polémica, lo único que he visto es un vídeo que han mostrado en algunas cadenas de televisión y en las redes sociales y ni siquiera sé si pertenece a ese día o no, así que no lo voy a tener en consideración. Pero lo que sí sé como persona que consume literatura desde que me alcanza la memoria es que todo lo que se cuenta entre el “Érase una vez” y el “Colorín, colorado, este cuento se ha acabado” es ficción, es falso, no es verdad, es producto de la imaginación, como ustedes prefieran llamarlo. Y lo mismo ocurre con lo narrado o contado entre las tapas de un libro de cualquiera de los géneros literarios, con lo representado entre que se abre y se cierra el telón, con lo que puede verse en una pantalla desde que se apagan las luces hasta que se encienden de nuevo, con lo emitido entre el título y el final o la aparición de los créditos… En fin, en cualquier producto de la imaginación y creación artística humana. Puede parecer verdad, de hecho muchas veces quiere parecerse muchísimo a la verdad, pero no lo es. En eso consiste el pacto que hacemos los usuarios del arte con los creadores. Y el que no lo entienda es que su nivel cultural no alcanza el de cualquier niño pequeño al que le cuentan un cuento y ya sabe que el lobo feroz desaparecerá tras la fórmula de salida que más se use en su tierra del estilo de nuestro “colorín colorado”.
      Yo creía que alguien como un juez o un fiscal debía tener el suficiente sentido común, la suficiente cultura, como para entender algo tan simple y tan viejo como la humanidad. Y me asusta que no lo tengan, porque no me gusta el camino que estamos emprendiendo.
      Cuando era pequeña aprendí que podía pensar lo que quisiera pero no decirlo. Pero es que yo nací cuando aún había una dictadura y me eduqué en un colegio de monjas que no se enteraron de que había llegado la democracia, al menos mientras yo estudié allí. Sentía verdadero terror a que las monjas pudieran leer mi pensamiento, a que mis ojos retransmitieran lo que mi boca callaba y aprendí a mirar al suelo. Luego salí de allí y en el instituto, los profesores me obligaron a manifestar mi opinión y, a partir de entonces, he podido decir lo que pensaba sin miedo a ser castigada por ello.
      Esto se rompió el pasado 6 de febrero cuando me enteré de que dos titiriteros habían sido detenidos y estaban en prisión sin fianza por haber representado una obra de teatro en la que aparecía una pancarta que portaba un títere (imagino que su tamaño sería más el de un cartelito porque los títeres son más bien pequeños) en donde ponía “gora alka-eta”.
      No entendía nada. ¿Qué diablos estaba ocurriendo? Parecía que alguien me hubiese cogido por los hombros y, de un empujón, me hubiese trasladado a 1950. Intentaba escuchar, leer, entender y no salía de mi asombro. No era capaz de entender nada. Sólo sentía miedo, el mismo terror que cuando era niña y miraba al suelo para que nadie pudiera leer en mis ojos lo que pensaba. Tanto miedo que, cuando el viernes 12 de febrero fui a contar cuentos a la biblioteca, comencé recordando a todo el mundo que lo que ocurre entre el “Pues señor, esto era una vez” y el “Colorín, colorado, este cuento se ha acabado” es pura ficción, que nada es cierto y que ningún monstruo se saldrá del cuento, por malo que sea. Francamente, no me sentí libre ni a gusto. Y no quiero perder este derecho. Yo no sé ustedes, pero yo no quiero dejar de ser libre, quiero poder expresar mi opinión, leer, contar las historias que me apetezca, caminar con quien quiera, vestir como quiera, estudiar lo que quiera, trabajar donde quiera, besar a quien quiera y donde quiera… poder escoger a quienes quiero que gobiernen mi país.

jueves, 31 de diciembre de 2015

CARTA A LOS REYES MAGOS (o mis deseos para el 2016)

      Queridos Magos:

      Ya sé que llevo mucho tiempo sin escribiros, pero como parece que algunos ciudadanos hemos recuperado la ilusión perdida y os considero más magos que reyes, quiero recuperar esta tradición a ver si, con un poco de nuestra parte y algo de la vuestra, conseguimos un país en el que se pueda vivir.
      Lo primero que me pido para este año son unos políticos preparados. No puede ser que se le pida más a un auxiliar administrativo que a alguien que pretende gobernar un país.
      Quiero que todos tengan estudios universitarios, Ciencias Políticas obligatoriamente (¡qué menos!) y se valorará que tengan otros títulos universitarios.
      Quiero que dominen, además de todas las lenguas del estado (es lo mínimo si nos quieren representar a todos), dos lenguas extranjeras.
      Quiero que sepan debatir y comunicar. No quiero volver a escuchar insultos ni palabras soeces, estoy harta del infantil “y tú más”. Quiero poder escuchar las argumentaciones de cada uno sin tener que discriminarlas entre la algarabía que se forma con las constantes interrupciones.
      Quiero que las personas que pretenden gobernar mi país lo hagan con humildad y respeto, porque nosotros les pagamos, así que, por favor, que no vuelvan a mentirnos, ni a insultar nuestra inteligencia, ni a tratarnos con desprecio.
      Quiero que tengan los pies en el suelo, que vivan como cualquier ciudadano, que sepan cuánto cuesta llegar a fin de mes para que valoren el esfuerzo que hacemos pagándoles el salario.
      Quiero que sean capaces de consensuar unas políticas comunes en educación, bienestar social y sanidad para que todos los españoles seamos iguales y caminemos juntos hacia el futuro. Esto es demasiado serio como para seguir bailando la Yenka.
      Y, por favor, que se les borre la cara de prepotencia y soberbia, ya no toca.
      Quiero un país en el que esté erradicada la desfachatez. Comentarios como los que hemos tenido que oír en grabaciones telefónicas, en declaraciones ante los jueces, ante las cámaras, etc., pueden ser graciosas en un chiste, fuera de ese contexto, son una desvergüenza que, como sociedad, no podemos ya tolerar.
      Quiero un país en el que contribuya todo el mundo según sus ingresos, quiero que se elimine, por justicia, el fraude fiscal y la ingeniería fiscal, que será legal pero no ética. No es justo que el país lo llevemos sobre nuestras espaldas los que tenemos un poco. Y si alguien ha defraudado, que pague lo que debe y contribuya como buen ciudadano. Ya está bien de patriotas a voz en grito pero con el monedero cerrado o en otra parte.
      Quiero tantas cosas: justicia social, derechos mínimos garantizados, que se erradique cualquier forma de violencia…, pero bueno, empecemos por aquí, y poco a poco, que somos una gente con muchos recursos y, si nos dejan, sabremos salir de ésta.

lunes, 28 de diciembre de 2015

¿INGOBERNABLE?

      Llevo una semana escuchando, cual mantra, eso de que, tras el resultado de las elecciones, España resulta ingobernable. Pues perdonen los sesudos oradores mi supina ignorancia y mi cortedad de entendederas, pero no veo yo la razón de tal ingobernabilidad. Si me apuran soy capaz de entender que resulta ahora mucho más difícil que antes. ¡Acabáramos! Es que lo de antes podía llamarse de muchas maneras pero democracia… más bien no. Y me explico:
      Creerse legitimado para el ordeno y mando cuando se han obtenido prácticamente el mismo número de votos que entre abstenciones, votos nulos y votos en blanco, como ocurrió en las pasadas elecciones, no parece muy razonable. Y aún menos si, como ocurrió en el año 2000, se obtienen 834.000 votos menos que la suma de abstenciones, votos nulos y votos en blanco.
      Imponer una forma de gobierno y unas leyes cuando se han obtenido menos de un tercio de los votos del censo electoral, no parece muy ético o al menos no es razonable porque el partido del gobierno no cuenta con el respaldo real de los votantes.
      Sin embargo, así se ha hecho Y cómodo, desde luego que lo era. Práctico, es evidente que no, porque las leyes se cambiaban cada vez que cambiaba el gobierno y así no se puede avanzar.
      Parece que a los votantes nos ha cansado este juego absurdo. Parece que hemos dicho que ya está bien de jugar al “ahora mando yo y hago lo que me viene en gana”. Así que señores políticos, dejen de hacerse las víctimas y comiencen a gobernar como les hemos pedido. Se sientan ustedes, negocian y pactan. Y una vez alcanzados los acuerdos, salen ustedes a los medios de comunicación y nos los explican, que aquí somos ya todos muy mayorcitos para entender que en una negociación todos pierden algo y todos ganan algo. Pero pacten, de una vez por todas, unas políticas en las que estemos de acuerdo todos y que nos permitan ser un país serio que camina en la dirección que hemos decidido entre todos.
      Y, si no se sienten capaces de hacer lo que les hemos encomendado, ahórrennos el bochorno de verles convocar nuevas elecciones para intentar forzarnos a aceptar barco como animal acuático, presenten su baja voluntaria por incompetencia para el puesto de trabajo, con los mismos derechos que cualquier otro trabajador que solicite su baja voluntaria en la empresa, y ya buscaremos otros más preparados para el reto de gobernar un país.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

VUESTRAS GUERRAS NUESTROS MUERTOS

      Asumámoslo, somos peones. 
      No voy a contaros nada que no sepáis, ni pretendo dar lecciones de moral a nadie, pero sí me gustaría poner las cartas sobre la mesa, llamar a las cosas por su nombre y luego, cada cual, que piense y obre según le parezca. 
      Hay una gran partida de ajedrez que juegan otros, aquellos a los que nunca vemos ni son piezas del tablero. O mejor dicho, hay una partida de Risk en la que, quienes juegan, están fuera del tablero, tienen unos objetivos y establecen unas estrategias para alcanzarlos; y dentro del tablero estamos nosotros, los monigotitos que mueven, cambian y sacrifican en aras del OBJETIVO.
      Entre los monigotitos, claro está, hay categorías. Están los menos prescindibles, los prescindibles y los que a nadie importan un comino. Estos últimos somos nosotros. Tú y yo.
      El ser humano es complejo. Hay para todos los gustos y de eso se aprovechan los jugadores. Los hay malos de cojones, malvados, malandrines, bobos y tontos pelaos, (los buenos no existen porque los jugadores los consideran bobos). Así que los jugadores (en adelante, ELLOS, La mano negra, Los Putos Amos o Cuasidioses), se aprovechan de las características de las fichas del juego para alcanzar su objetivo, que no es otro, que acumular cuanto más dios, quiero decir parné, mejor.
      No es muy difícil conseguir el objetivo porque los monigotitos somos muy predecibles: coges a un malo de cojones y le das dinero y poder para que se convierta en el jefe de los malvados. El malo de cojones se rodea de malvados a los que da poder e inmunidad para desarrollar su maldad sobre malandrines, bobos y tontos pelaos. Mientras tanto, La mano negra, mueve hilos de manipulación y desinformación sobre el tapete de incultura que previamente ha creado. Los malandrines se alían con los malvados por aquello de arrimarse al sol que más calienta. Los bobos nos tragamos toda la tontería que nos dan a comer y reaccionamos como querían Los Putos Amos que hiciéramos. Y los tontos pelaos se ponen al servicio de los malvados para hacer el trabajo sucio. 
      Todo muy fácil. Lo divertido –y lo interesante– es conseguir tu objetivo antes que los demás Cuasidioses. Aquí comienza todo un juego de alianzas, de puñaladas traperas, de pactos… Y aquí, sí hay que valer. No es fácil ser un Puto Amo, reconozcámoslo. Por eso ELLOS viven como dios y a ELLOS no les pasa nada.
      ¿Que hay que hundir un país para ganar más dinero? Pues a la mierda el país. ¿Quiénes lo van a pagar? Los bobos. ¿Quiénes van a caer? Los bobos y algún tonto pelao. Pues ya está.
      ¿Qué hay que sacrificar a unos cuantos monigotitos de los bobos para conseguir más dinero? Pues se coge al malo de cojones de turno y se le ponen las pilas. Éste pegará cuatro gritos a sus malvados, que, a su vez, cabreados como monas, saldrán a la calle a hacer tropelías, comerán el tarro a unos cuantos tontos pelaos que se auto-inmolarán llevándose por delante a unas cuantas decenas de bobos o azuzarán a los malandrines para que asfixien a los bobos, para que les convenzan de que el peligro real está en los bobos de otro color o para que los mareen con mil chorradas, mientras los jugadores se dedican a ganar dinero con cada una de las transacciones. Conclusión: Los Cuasidioses han cambiado monigotitos bobos por dinero y ya están más cerca de ser dioses completos.
      Pero ¿quién es quién en esta partida?
      Los jugadores son como los dioses. Sabemos que existen pero no los podemos ver. Viven como dios, o eso creemos los bobos. ELLOS son intocables, nunca caen.
      Los malos de cojones y los malvados de primera categoría son seres poco prescindibles. Mientras no saquen las patitas del tiesto, no molesten a los Cuasidioses y les resulten útiles, Los Putos Amos no prescindirán de ellos. Esto les hace creer que son superiores, invulnerables. 
     Por cierto, ¿quién puñetas ha decretado que la vida de un presidente de un gobierno o un presidente de un estado vale más que la de las miles de personas con las que comparte espacio físico? ¿De verdad somos tan bobos que a nadie le llama la atención que se evacúe a un tipo mientras se deja a su suerte a los demás? ¿A nadie le cabrea?
      Fin del kit kat, perdón por la digresión. 
      Los malvados de segunda categoría y malandrines, se saben prescindibles. Saben que pueden caer en desgracia, así que ganan puntos de invulnerabilidad haciendo cuanto más daño, mejor. Y si han de morir, se habrán llevado por delante más vidas de las que ellos valen. 
      Los tontos pelaos son unos monicaquitos que nada pueden perder porque nada tienen, ni sentido común, ni dignidad. Son los últimos monos de esta historia, a los que todo el mundo vapulea. Me darían pena si no fuera por el dolor que siembran a su paso, así que lo único que puedo pensar de ellos es que les va el nombre como anillo al dedo. Y es que hay que ser muy tonto para arriesgar –y perder– la vida en aras de alcanzar ¿el cielo? ¿la gloria? Hay que ser muy tonto para obedecer ciegamente a unos tipos a los que les debe  importar un comino el cielo o la gloria ya que nunca arriesgan su vida por esos conceptos. Hay que ser muy tonto para dejar a tu familia en manos de quienes les importabas tan poco que no han dudado ni un segundo en sacrificarte. Hay que ser muy tonto.
      Los bobos somos estos estúpidos a los que no les llama la atención ni les cabrea que su vida importe un pimiento. Somos esos monigotes totalmente prescindibles, intercambiables cual cromos y sacrificables que sólo nos preocupamos de nuestra bicicleta cuando nos la tocan o se la tocan al vecino. Somos esas fichas bobas que nos dedicamos a ir detrás del primer malvado o malandrín que nos venda humo. Somos los monigotes ciegos que no nos damos cuenta de que los monigotes que tenemos delante, aunque sean de un color distinto al nuestro, son igual que nosotros, tan bobos, tan prescindibles, tan intercambiables y tan sacrificables como nosotros.
      Los bobos somos tan bobos que ni siquiera echamos un vistazo al tablero para darnos cuenta de que juntos, seamos del color que seamos, somos muchos más que los malos de cojones, los malvados, los malandrines y los tontos pelaos juntos. Y, desde luego, muchos más que ELLOS, Los Putos Amos. Y mientras no nos demos cuenta, SUYAS serán las guerras y NUESTROS, los muertos.

jueves, 20 de agosto de 2015

¿HASTA CUÁNDO?

       Ayer sentí miedo. Un miedo que debió instalarse hace mucho, mucho tiempo, en mi código genético. Un miedo irracional, como todos, pero que en otro lugar, en otro tiempo, hubiera marcado la diferencia entre la vida y la muerte, entre salir indemne o marcada para siempre.
       Caminaba por un aparcamiento distraída. De repente vi que tres chicos jóvenes y fuertes se acercaban hacia mí. Mi cuerpo se tensó y mis ojos descubrieron que no había nadie más que ellos y yo. Sentí la adrenalina recorriendo mi cuerpo, todas las señales de alarma activadas, mi cuerpo preparado para la lucha porque ya no había tiempo para huir. Les miré a los ojos para detectar el primer aviso. No hubo nada. Pasaron por mi lado sin mirarme siquiera.
       El miedo cedió paso al enfado. En otro lugar, en otro tiempo yo habría sido una víctima. Como miles de mujeres antes, ahora y…  ¿hasta cuándo?
       Ayer sentí miedo. Un miedo aprendido y heredado. Un miedo de mujer. Miedo por ser una mujer. ¿Hasta cuándo?

jueves, 9 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS VI

Epílogo

      Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
            Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
      Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
      Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
      Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.

viernes, 15 de febrero de 2013

Lo prometido es deuda

Una noche, en plenas vacaciones escolares de Navidad, mi hijo mayor me preguntó cuando le arropaba tras darle el beso de buenas noches:


-Mamá, ¿por qué te odian en tu trabajo?

-¿Odiarme? No me odian, cariño, ¿por qué dices eso?

-Porque no te dan vacaciones para que puedas estar con nosotros.

-¡Ah, bueno! No es que me odien, es que hay cosas que hacer y hay plazos que cumplir y una no puede cogerse vacaciones cuando quiere sino cuando se puede.

-Pero tú eres jefa…

-Ya, bueno, cariño, pero de una empresa pequeñita y todos tenemos que arrimar el hombro para que funcione.

Cómo explicarle a un niño que un autónomo no es exactamente lo que dicen en la tele sino el más pringao de los pringaos.

-Pero –continuó preguntando–, ¿te gusta tu trabajo?

-Unas cosas sí y otras no.

-¿Y te gusta más que estar con nosotros?

-No, cariño, no hay nada que me guste más que estar con vosotros.

-Pues búscate otro trabajo.

-Bueno, hay un problema. Ahora, ya sabes, estamos en crisis y no hay muchos trabajos donde elegir. Así que tenemos suerte de tener un trabajo que nos da dinero para poder seguir pagando la casa y teniendo lo que tenemos.

-Vale, pero prométeme que cuando se acabe la crisis y haya trabajos, buscarás uno que te guste y que te deje tiempo para estar con nosotros.

-De acuerdo, lo haré.

-Pero, si tú te buscas otro trabajo, ¿qué pasará con Jésica y Virginia?

-Bueno, ellas tendrán que buscarse también otro trabajo.

-Vale, pues borra lo que te he dicho, porque no quiero que para que el tete, el papá y yo estemos bien, haya gente que lo pase mal por no tener trabajo. Pero haz una crítica a los políticos, porque a ellos no les importa que la gente no tenga trabajo o no tenga tiempo para estar con sus hijos.

Dicho queda, hijo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El otro también es un ser humano


Vaya por delante que entiendo que para ejercer ciertas profesiones sin caer en una profunda depresión uno debe distanciarse del otro y que sé perfectamente qué es un argot, pero tanto la distancia como el lenguaje deben estar sometidos al respeto y por tanto debemos exigirlo. Fíjense que no pretendo la empatía, sino sólo el respeto.

Comenzaré por poner un ejemplo que creo que, precisamente por resultar muy bestia, puede ser muy clarificador:

En una situación de guerra mi enemigo es eso: mi enemigo. Y es lógico que si nos encontramos, todo se reduzca a un o tú o yo. De manera que no pretendo que antes de matarme se pare a pensar en si tengo o no hijos que alimentar, padres a los que cuidar o pareja a la que amar. No pretendo que analice si la causa por la que estamos enfrentados vale realmente la pena o no, no le pido que me mire a los ojos y decida dejarme vivir. No, le pido que si ha de matarme, lo haga, pero con respeto. Que no me torture, ni me viole ni arrastre mi cadáver o lo pisotee, porque eso sólo le convertirá en un ser miserable.

Dicho esto, sigo con otras profesiones:

Entiendo que para algunos sólo seamos números y que no quieran ver al ser que tiene asignado ese número para que las circunstancias que rodean a cada persona no alteren su misión. Pero si has decidido que yo sea una más de tantas víctimas económicas de esta guerra, no insultes mi inteligencia con explicaciones que no hay quien se crea, ni me restriegues por la cara tu larga y esplendorosa vida mientras me das el tiro de gracia para acabar con la mía; no me quites la palabra ni me prohíbas la queja porque lo único que me queda es el derecho al pataleo. Teniendo en cuenta que la atalaya en la que estás subido y desde la que ni siquiera logras verme está cimentada sobre los cuerpos de miles de seres como yo, negar la evidencia sólo te hace resultar patético.

Si soy atendida por algún tipo de personal sanitario, no espero que empaticen conmigo y mi enfermedad y me digan algo así como “¡pobrecita mía, con lo malita que está y lo poquito que se queja!”, ni que me den la mano para aliviar mi mal. Pretendo que comiencen por presentarse para que yo sepa si me está atendiendo un médico, un enfermero, un auxiliar o un celador; pretendo que me miren y me escuchen, que crean lo que les cuento y no me prejuzguen; pretendo que me expliquen qué creen que tengo con palabras que pueda entender y qué tengo que hacer para curarme, si es que me puedo curar, y si no saben qué tengo, que me lo digan, porque nadie es omnisciente y puedo comprenderlo; pretendo que sean profesionales y hagan bien su labor; pretendo que me hablen con respeto porque yo soy una persona, no un cuerpo sobre el que elucubrar. Y no, señores que dicen tener un título, no soy una desquiciada, soy una mujer que puedo o no tener problemas que alteren mi conducta; no soy un borracho, soy alguien que ha bebido demasiado y necesita atención sanitaria; y, sobre todo, no soy “esto”. Soy una persona que se ha muerto y que tiene familia que llorará su ausencia. Cosificarme no le convierte a usted en más capaz de soportar los envites de su profesión, le convierte en alguien despreciable.

lunes, 30 de julio de 2012

Desde mi sillón burgués

Antes de empezar quisiera poner en común los conceptos que voy a emplear. En primer lugar, parto de la convicción de que en el mundo, en la historia del mundo, nada muere ni desaparece: se transforma.


Así pues, el término burgués, ya trasnochado, lo reconozco, no es más que el origen de lo que hoy preferimos llamar clase media, ésa en la que recae el sostén económico de un estado (antes nobleza y clero y hoy, además, políticos de cualquier condición e ideología) y a la que, en épocas de bonanza, se le permite engordar, en número de miembros y en abultamiento de bolsillo, mientras que, en época de vacas flacas, se la exprime hasta lo indecible, de forma que pierde tanto miembros como poder adquisitivo. Ojalá hoy siga siendo válido el dicho popular de “Dios aprieta pero no ahoga”, que la inteligencia de los que hoy ejercen de Dios sea al menos tan grande como la de quienes inventaron la sentencia, porque de la misma forma que Dios no puede ahogar, porque moriría al morir el último ser humano que lo piense, los que hoy ejercen de Dios tampoco deberían ahogarnos ya que corren el riesgo de morir ellos por inanición inmediatamente. Como ven, no contemplo el hecho de que se pongan a trabajar para ganarse el sustento.

En segundo lugar, de la misma forma que la clase media, en cuestiones económicas es heredera de los antaño llamados burgueses, también ha heredado, a mi forma de ver, sus valores (otrora llamados principios morales), su forma de ver el mundo e interpretarlo, sus prejuicios, etc. Se nos olvidó que fuimos el motor de un cambio y que, por tanto, podríamos volver a serlo, pero ésa es otra historia.

Dicho esto, quiero contarles lo que vi ayer sentada en mi sillón burgués sobre el que pende, cual espada de Damocles, la amenaza de caer y pasar a engrosar las filas de mendicantes, como tantos otros de mi clase ya lo han hecho y siguen haciendo cada día.

La escena que voy a contarles me dio tal sacudida que hizo que se me resquebrajara el alma. Entiéndase por alma, los cimientos ético-morales sobre los que se asienta mi vida.

Estaba sentada en un bar, tomándome un café con leche mientras leía un libro. Alcé la vista un momento y vi que entraba una mujer con una niña de unos cinco o seis años de la mano. La mirada de la mujer se cruzó con la mía. Yo la reconocí. Pocos días antes nos habíamos encontrado en la calle. Ella iba con la misma niña de la mano, ambas vestían igual que en ese momento. Me detuvo para pedirme unas monedas, en un castellano que indicaba que era extranjera, explicándome que era para comprar en la farmacia una pomada, dijo el nombre, para las rozaduras del pañal de su bebé, al que no llevaba consigo. Ayer tampoco lo llevaba. Me pregunté por él.

Ella entró hasta el fondo mientras yo recogía mis cosas para irme, sin embargo fue más rápida. Si pidió o no dinero a alguno de los ocupantes de las mesas del fondo del local, lo ignoro, pero dudo que le diera tiempo a hacerlo. Quizá la echaran, no sé.

Pagué y salí del bar. Ella caminaba delante de mí con paso lento y girándose a mirarme a cada paso. Me esperaba. Las alcancé. Ella me volvió a pedir dinero. Sonrió mostrando toda la dentadura dorada. Miré a la niña. Nunca he visto unos ojos tan tristes y vacíos como los de aquella niña. El alma me dio una sacudida y le pregunté si era su hija. No sé por qué lo hice. Las palabras me quemaban en los labios. Ella asintió y yo le dije que no podía pedir con la niña. Ella musitó algo como que ya lo sabía, no la entendí bien. Yo insistí en que no podía pedir con ella, que se la quitarían. La niña me miraba con esos ojos tan tristes y vacíos. Miraba como sin ver pero tenía los ojos fijos en mi rostro. Yo me volví a preguntar por el bebé mientras ella hablaba de que tenía que ir con la niña porque no la podía dejar en ningún sitio. Volví a sentir una sacudida. Yo le indiqué que acudiese a Servicios Sociales y le dije dónde podía encontrarlos. Dijo que había ido pero le habían dado cita para dos días más tarde y que la niña tenía que comer, que tenía hambre. Me pidió que entrara en el supermercado y comprara algo para la niña que seguía mirándome fijamente y partiéndome el alma. Nos separamos. Ella siguió caminando lentamente de la mano de la niña y yo tomé otra dirección. Me detuve y me giré a verlas marchar porque no sabía qué me estaba pasando y entonces vi a la niña. También ella se había girado mientras caminaba de la mano de la mujer. Seguía mirándome, los ojos tristes, fijos en la nada. Le hice una carantoña, le guiñé el ojo y sonreí. No reaccionó de ninguna manera. Siguió mirándome sin verme, tan triste… Comencé a llorar.

¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Si me encontrase en su situación y tuviera que pedir, ¿dónde dejaría a mis hijos? Tendría que llevarlos conmigo. Pero no es justo que un niño pase por eso. Ni bueno. No hay derecho. No debería ser así. Aunque quizá antes de pedir por las calles me hubiera desprendido del oro… Sin embargo puede que no fuera oro, o que cueste más quitarlo que dinero yo tuviera para hacerlo… ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Qué sé yo de estas cosas? ¿Y el bebé? ¿Qué ha sido de él? ¿Con quién está? ¿Por qué no está la niña junto con el bebé? Si se llevan a la niña por pedir con ella y es su madre… ¡dios, qué dolor más grande! ¿Quiénes somos nosotros para decidir que no puede estar con su madre? Yo sé lo que duele esa separación, sé las huellas que deja en los niños. No me quiero ni imaginar que nos ocurriese a mí y a mis hijos. Mis hijos… sabe dios qué hubiera sido de ellos si… Pero les dolió… o les dolerá. Aún con todo, podrán superarlo, están teniendo una oportunidad. Su oportunidad. Pero esa niña… sus ojos… ¿y si no fuera su madre?

Tomé una decisión aún sin saber muy bien qué me estaba pasando: mi lealtad estaba con la niña. Así que me encaminé al retén de policía e informé de lo que había visto.

Sé que no soy quién y sé que desde mi sillón burgués se ven las cosas de una manera que no tiene por qué ser la única, ni la mejor, ni la cierta, pero no puedo verlo de otra forma, no estoy en otro lugar. Y también sé que esa niña necesitaba ayuda. No sé cuál, pero la necesitaba. esos ojos... Y mi lealtad está con la niña. Ella también se merece una oportunidad.

domingo, 5 de junio de 2011

La mujer del César

Si a la mujer del César se le exigía no sólo que fuera honrada, sino que lo pareciera, no entiendo yo por qué a los dirigentes actuales, se les permite -les permitimos- seguir siendo el César sin siquiera parecer honrados. ¿Qué extraño meteorito ha caído en la tierra que nos ha hecho volvernos tan laxos en materia tan seria?
En mi, a todas luces, anticuada opinión, si a un cargo público le acusan de falta de honradez (recordemos que la honra la dan las personas, es la opinión favorable que los otros tienen de uno), debiera en ese mismo momento dimitir de su cargo (puesto que ya no puede representar a quienes opinan desfavorablemente de él), dejar que investiguen (no sé yo a qué cuento tiene que continuar existiendo en los tiempos que corren la figura del aforado) y, caso de demostrarse que habían levantado falso testimonio contra él, cargar con toda la ley contra el autor de las falsas acusaciones, sobre quien debiera caer todo el peso de la justicia de manera ejemplarizante para erradicar el "Difama que algo queda". Y si fuere verdad que había actuado deshonrosamente, que también caiga sobre él ejemplar castigo.
Creo yo que sólo de esta forma se podría recuperar la fe en lo políticos y arreglar el desaguisado mental que tenemos. Pero, ahora que lo pienso, ¿importa en algo o a alguien esto? Supongo que no. Ellos viven bien allá en el limbo terrenal donde estén y nosotros, en nuestro ancestral intento de "arrimarnos a los buenos" envidiamos su privilegiada situación y no la condenamos porque, con la mano en el corazón, reconocemos que si estuviéramos en su lugar, haríamos lo mismo... Y así nos va.
A ver si va a ser éste otro de los síntomas del fin que predijeron los mayas y que tantas veces en la historia hemos podido observar: una sociedad que alcanza su plenitud, se relaja en la autocomplacencia, pierde los valores... y muere.

jueves, 31 de marzo de 2011

Lugares de esparcimiento ciudadano

En algunos sitios se llaman simplemente paseos. Son unos lugares agradables, con árboles que protegen de los rigores estivales y, a veces, incluso tienen setos más o menos floreados para hacer más amena la actividad para la que fueron pensados y que no es otra que, como su propio nombre indica, pasear.
En otros se les pone detrás el calificativo marítimo porque, obviamente, transcurren paralelos al mar. También ellos suelen estar salpicados de árboles y otra vegetación, sólo que de especies resistentes a los envites de la brisa marina y del salitre.
En otros, en clara alusión al tipo de árboles más abundantes, se abrevian en alamedas.
Incluso, en algunos, haciendo alarde de modernidad y adaptación a los tiempos, llevan el complemento “del colesterol” por ser el lugar recorrido una y otra vez por quienes, por prescripción médica, deben sustituir el sedentarismo que conlleva nuestro estado del bienestar por el paseo, a falta de otra actividad física más productiva.
En cualquier caso, todos ellos tienen en común ser un lugar ameno donde las personas procuran su solaz, o donde, hasta no hace mucho, los jóvenes festejaban.
De manera que, si con el transcurso de los siglos y la aparición de las ciudades, los huertos se convirtieron en la versión domesticada de los bosques como lugares propicios para los encuentros amorosos, ¿por qué no ha de ser, en la segunda década del siglo XXI, el aeropuerto la versión urbanitas de los anticuados paseos? Imagínenlos, tan monos ellos, perfectamente asfaltados para que puedan ser recorridos con cualquier tipo de calzado y sustituyendo los caducos árboles y setos por modernas y multicolores rayas y por balizas de señalización último diseño. Si lo tienen todo pensado…, hasta tienen una torre de control a modo de atalaya desde donde las antiguamente llamadas sujeta-velas pueden ejercer sus funciones cómodamente sentadas y con todo un sistema de megafonía último modelo a su disposición:

-Ding, dong, dang. A ver, Yónatan, sácale la lengua de la garganta de la Yessi que la vas a ahogar.
-Ding, dong, dang. Vane, hija, ya te vale, deja de magrear el culo al Güili que al pobre le va a reventar la bragueta.

Por otra parte, en esta comunidad autónoma ya estamos acostumbrados a que nuestros políticos lleven a cabo proyectos arquitectónicos multifuncionales. Recuerdo el día de la inauguración de la pista de atletismo del Tramo III del Turia en el que se invitaba a los valencianos a pasear por las nuevas instalaciones y presenciar una competición de atletismo. Los ciudadanos se lo tomaron al pie de la letra y los corredores de 100 metros lisos, al levantar la cabeza en plena fase de aceleración, pudieron comprobar cómo su prueba se convertía en 100 metros con obstáculos móviles y tuvieron que sortear a un padre, su hijo y el balón con el que jugaban al fútbol en plena recta de llegadas; o los de 1.500 metros que, al salir de una curva se toparon con una cuadrilla de señoras emperifolladas y con sus mejores zapatos de tacón alto paseando por las calles 1 a 4 mientras maldecían en arameo porque sus maravillosos tacones de aguja se clavaban en el sintético de la pista. Todo acabó cuando por megafonía una voz tronó:

-¡Eh! Los de atletismo, corred un poco más lento que os podéis llevar a alguien por delante. Hay que joderse, que vais como locos.

De manera que, cuando lleguen los aviones al aeropuerto-paseo, en caso de surgir alguna incidencia que impida que se comparta el espacio de forma armoniosa, bastará con una voz desde la atalaya-torre de control que suene por todo el sistema de altavoces preparado al efecto:

-Ding, dong, dang. El Boeing 747 procedente de Estocolmo, que sea la última vez que vuela tan bajo como para que el tío Vicent pierda su boina.
-Ding, dong, dang. El Airbus A380 procedente de Berlín, como le vea otra vez molestando a la Yeni y al Kevin mientras se dan el lote, lo enviaré rumbo a Bahrein.

Si es que con un poquito de organización, sobra.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Víctimas del sistema

Tengo, desde hace mucho tiempo, una teoría: el sistema sólo quiere mediocres -o de mediocres para abajo, como se quiera-.
Hace ya mucho tiempo que nuestro sistema educativo, en aras de la universalización de la enseñanza, causa absolutamente loable y necesaria, optó por bajar el nivel de exigencia argumentando que, de esa forma, todos, tuvieran los estímulos que tuvieran, podrían acceder a unos contenidos mínimos y obligatorios. Lo que no encontraron, quizá porque no buscaron bien debido, en mi opinión, a la falta de interés, es la fórmula para que aquellos alumnos más avanzados o más capacitados pudieran aprovechar el tiempo empleado en su formación de manera acorde a sus posibilidades, con lo que, a la larga, la sociedad entera se beneficiaría.
El problema se agravó a medida que ampliábamos nuestro concepto de "enseñanza obligatoria" y creímos que todo el mundo debía acceder al BUP porque si uno hacía FP era inmediatamente considerado ciudadano con bajo coeficiente intelectual. Más tarde, se hizo necesario que todos los estudiantes cursaran una carrera universitaria, no fuera a ser que se dudase de su capacidad intelectual...
Pero, francamente, ni todo el mundo está capacitado para realizar estudios superiores (ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto pero me da igual), ni todo el mundo está capacitado para reparar un coche, por poner un ejemplo. Y, desde luego, se ha hecho más que evidente desde hace lustros, que nuestro mercado laboral es incapaz de absorber tanto universitario como tenemos.
Y si mezclamos sistema educativo con el factor económico… el resultado es: lo que tenemos. Me explico: por un lado tenemos colegios privados que, lejos de buscar la excelencia en cuanto a nivel académico de sus alumnos, pretenden engrosar las carteras de los dueños y, pintándolo más o menos bonito (en cuanto a gustos no hay nada escrito), atraen a alumnos –y padres- que hacen suyo el dicho de “el cliente tiene razón” y “yo pago para que me aprueben”. Este tipo de institución académica lamentablemente la podemos encontrar en cualquier nivel de enseñanza, desde Educación Primaria hasta la Universidad. Y lo peor es que las entidades públicas encargadas de velar por el cumplimiento de la legislación hacen la vista gorda porque mientras haya gente que libremente acude a esos centros, se dispersará la población en edad estudiantil y, por tanto, no se verán en la obligación absoluta de dedicar fondos a construir y dotar de material a los centros públicos. Y por otro lado, al menos en el ámbito universitario, dado que hay tanta competencia entre Universidades, porque la sociedad que permite que sus jóvenes sean lo suficientemente maduros para salir con quien y hasta cuando deseen, no considera que sean lo suficientemente maduros para salir de casa antes de los treintaytantos y por tanto exige que en cada esquina haya una universidad para que los nenes no se tengan que desplazar, decía que, como hay tanta competencia y reciben fondos públicos en función del número de alumnos, también han ido abandonando la política de la búsqueda del prestigio que, francamente, en una sociedad del mínimo esfuerzo para el máximo rendimiento como es la nuestra, no tiene futuro, por la política de captar alumnos que deseen acabar con un título sin demasiado esfuerzo.
Con todo, tenemos un país con un número increíble de titulados universitarios que permite a los políticos empavonarse con la frasecita de que nunca nuestros jóvenes han estado tan preparados, como si la obtención de un título fuera hoy en día garantía de buena preparación, pero con un analfabetismo funcional que es más que preocupante y un nivel cultural que asusta.
Pero nada de esto es fortuito. Mi teoría es que estaba perfectamente planeado desde hace mucho, mucho tiempo, como en los cuentos.
Y es que al sistema no le interesan los mejores. No quiere formar intelectuales que se conviertan en gente con criterio (también llamados vulgarmente “moscas cojoneras”) que pongan en tela de juicio las actuaciones de quienes mandan o gobiernan, que no permitan semejantes tejemanejes y sobre todo, ya que estamos con la ley del mínimo esfuerzo, que les pongan en entredicho o les obliguen a cultivarse.
Y así, el fracaso escolar en gente con un coeficiente intelectual alto es impresionante y se debe al aburrimiento. Lo realmente peligroso es que, como los chavales son inteligentes y les dejan demasiado tiempo para pensar y muy poco aliciente para pensar en algo productivo, se dedican a pensar maldades y molestar en clase a los pobres mediocres.
Algunos logran escapar, con sangre, sudor y lágrimas de tan indeseable destino y logran finalizar estudios superiores destacando siempre por unos excelentes resultados académicos. De estos conozco unos cuantos, pero me referiré a dos de ellos. Sin embargo, y una vez finalizada con sobresaliente éxito su formación, se encuentran las puertas laborales cerradas –o entreabiertas, que no sé qué es peor, porque se les exprime al máximo por nada-. Si todo fuera como debe ser, esto no resultaría un problema, porque, por lógica, los talentos deberían quedarse en el ámbito universitario (centros de saber) para que siguieran investigando y analizando para que nuestra vida de simples mortales fuera cada vez un poco mejor. Pero tampoco es así. Porque nuestras Universidades cuentan con pocos fondos para la investigación y por tanto ni siquiera pueden pagarles un sueldo digno para que se queden. Y los mejores, nuestros mejores, de los que deberíamos sentirnos orgullosos porque son nuestros aunque no ganen copas del mundo, se ven abocados a la nada y la frustración.
Y no hay derecho. No es justo que a los mejores se les reserve el peor de los futuros. Yo sí estoy orgullosa de ellos y exijo que se les coloque en el lugar que merecen y que tengan acceso a una vida digna, como la de cualquier otro ser humano.