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lunes, 8 de junio de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Tercera parte)



Mamá, ¿seguimos con la historia de las diosas?
¿Te acuerdas de que todo comenzó con una boda?
Sí, que no invitaron a la diosa de la discordia.
Muy bien, pues si recuerdas, los que se casaron fueron Tetis, que era una diosa, y Peleo, que era un mortal.
(Podéis escuchar la historia aquí).
Ahí estaba yo, explicándole que los hijos de Tetis y Peleo serían héroes pero mortales y que Tetis no podía soportar la idea de que su hijo fuera mortal porque no hay nada peor que sobrevivir a los hijos y cómo se le ocurrió la maravillosa idea de convertirlo en inmortal sumergiéndolo en la laguna Estigia. Pero que, claro, el bebé, no sabía nadar y no salió a la superficie.
―¿Y se ahogó? ―De nuevo ojos como platos.
―Sí ―respondí con resignación.
―¡Pero estos antiguos tenían un problema con los bebés! Uno manda que maten a su hijo, la otra lo ahoga…

sábado, 6 de junio de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Segunda parte)


Al día siguiente, mi hijo me pidió la segunda parte, así que le conté quién era Paris, el muchacho que tuvo que decidir qué diosa era la más bella. Si queréis escuchar la historia, pinchad aquí.
Le hablé de la profecía que había marcado el nacimiento de ese niño:
“Por causa del niño que ha de nacer, caerá Troya”.
¿Qué es Troya? me preguntó.
Una ciudad estado de la Grecia clásica.
“Así que, Príamo tuvo que decidir entre su hijo y su ciudad”.
Y eligió el hijo afirmó con suficiencia.
Pues no. Escogió la ciudad.
¿La ciudad? Los ojos se le salían de las órbitas ¿Cómo que la ciudad?
Supongo que consideró que era su deber como rey.
Pues qué mal padre sentenció.
“En cuanto el niño nació, Príamo se lo dio a uno de sus pastores, que se llamaba Agelao, para que lo llevara al monte y lo matara”.
¿Al bebé? Ese hombre necesita un psicólogo. En serio, no está bien de la cabeza.

viernes, 29 de mayo de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Primera parte)


Estoy contando desde Facebook la guerra de Troya. No es la primera vez que cuento esta historia porque me gusta mucho. Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, me escuchó comparar lo que cuenta Homero en la Iliada con lo que nos cuenta la película Troya y me pidió más porque le parecía muy interesante, así que empecé como lo estoy haciendo ahora, narrando el suceso de la Manzana de la discordia. Ahora, aprovecho y se la cuento también al pequeño, que tiene diez años, porque también le parece interesante.
Cuando le contaba qué prometía cada una de las tres diosas a Paris si era elegida como la diosa más hermosa, le pregunté a cuál hubiera elegido él, teniendo en cuenta los dones que le ofrecían. Él me preguntó a su vez si no podía escoger dos dones.
No respondí. Sólo puedes escoger un don.
Es que ser un general que gane muchas guerras mola, pero sólo un tiempo. Toda la vida, no. Y tener un matrimonio feliz que dure siempre también está bien, pero ahora mismo, no me apetece casarme. Tengo que ser más mayor y hacer muchas cosas antes.
Como me di cuenta de que obviaba el amor de la mujer más hermosa del mundo, le pregunté si es que no le interesaba ese don.
Es que no sé si me va a parecer hermosa la mujer que la diosa escoja. Igual a mí no me gusta.
¡Ah, bueno! No te preocupes, porque lo que la diosa te ofrece es el amor de la mujer que a ti te parezca la más hermosa del mundo.
Pues escojo ese don y me caso con ella y que sea un matrimonio largo y feliz.
¡Buff! No sé si eso podrá ser. Igual te casas con ella pero el matrimonio no es largo y feliz, porque ése era otro don.
Pues escojo el matrimonio largo y feliz y me caso con la mujer que a mí me guste.
Es que igual no te puedes casar con la que tú quieres…
Pues no me pienso casar con alguien que no me guste. Así que no escojo a ninguna diosa.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Mea culpa

      -¡Marchaos! ¡Dejadme solo! Tú también, César.
      Es culpa mía. Todo ha sido por mi culpa, hijo mío. Mi hijo querido. Aquél en quien deposité todas mis esperanzas, quien debía ser mi heredero. ¿Qué te han hecho? No te concedieron ninguna oportunidad. ¡Pobre hijo mío! Y todo por mi culpa. Te quise tanto… Ya desde niño te distinguí sobre tus hermanos. Eras tan despierto, tan valiente, tan fuerte… ¡Cuán orgulloso estaba de ti, mi hijo amado!
      Eras mi segundo hijo, pero el más amado, por eso no te encomendé a nuestro Señor. Te eduqué para gobernar tus dominios y para la guerra y a fe mía que tu carácter lo valía: valiente, fuerte, ducho en las armas y seductor en la cama. Todo lo que un hombre de mundo puede desear. Pero no te eduqué en la firmeza de ánimo ni en la templanza como sí hice con tu hermano César. Fuiste mi consentido y por eso hoy yaces aquí, a mi lado, con la espalda cosida a puñaladas y tu bolsa con treinta monedas, intacta en tu cintura.
      Te di mis mejores posesiones, incluido el ducado de Gandía, a la muerte de mi primogénito. Te confié la dirección de los ejércitos vaticanos. Pero nada te interesaba más que los juegos de naipes y las peleas de taberna. Te emparenté con la Casa Real de Castilla, mas tu esposa no era suficiente, necesitabas otras mujeres que hablasen de tu hombría. Y mira que te avisó tu hermano: escoge a las mujeres por sus esposos. No le escuchaste, Juan, tú nunca escuchabas. ¿Por qué tuviste que seducir a Sancha? Jofre no es valiente, cierto, pero era previsible que defendiera su honra. ¿Que cómo lo sé? ¿Acaso crees que no sé lo que ocurre en mi propia casa? ¿Acaso ignoras que tengo confidentes entre mi propia gente?
      César aceptará esa cruz. Me bastó con mirarle para saberlo, así como para saber que él ya había valorado los beneficios que le aportaría soportar su peso. Él no lo hizo. Nunca te hubiera atacado por la espalda. No lo necesitaba. Ni él ni sus hombres. Pero aceptará la cruz sobre sus hombros y yo la del peso de la culpa. Tu muerte quedará sin castigo porque el último culpable ya lleva consigo la penitencia.

jueves, 2 de febrero de 2017

LA VIRGEN DE LA CUEVA

      Hoy me siento feliz. Llueve. Llueve con conocimiento, pero llueve. Y llueve lo suficiente para que la gente lleve paraguas. Yo no, ya sabéis (quienes no recuerden mi aversión a los paraguas pueden leer por qué aquí). Así que llueve y me siento feliz. Y eso que hoy tenía que salir a la calle en varias ocasiones y, como tenía que ir a un acto de conciliación y a una visita con un cliente, tenía que ir elegante. De manera que ahí me teníais esta mañana, con mi falda y mis zapatos de diez centímetros de tacón, caminando por la calle bajo la lluvia, sin paraguas y con una sonrisa de oreja o oreja.
      Algunos pensarán que estoy algo loca –y no digo que no–, otros quizá, que me preocupa la sequía y el medio ambiente –que también–, pero se equivocan, no son esas las razones de mi alegría por la lluvia de hoy. En realidad llevo toda la semana esperando y deseando que lloviese hoy jueves, dos de febrero. Incluso, por si el actual gobierno de España tiene razón, me he encomendado a los santos y he puesto velas. Incluso cuando esta mañana he salido de casa antes de las ocho y he visto que un sol radiante amenazaba con salir, yo no he perdido la fe y he empezado a cantar como una posesa “Que llueva, que llueva, la virgen de la Cueva”. Y mis oraciones han sido escuchadas. Por eso, cuando he visto caer las primeras gotas de lluvia, he estallado en júbilo y me he puesto a caminar por la calle con mi sol particular sobre la cabeza, sonriente y feliz, esquivando con más facilidad que nunca las malditas varillas de los paraguas ajenos, probablemente gracias a mis taconazos que logran que mida casi 1’90m y pocos paraguas llegan a la altura de mis ojos, mientras el agua bendita caía sobre mi cabeza empapando mi estiloso peinado.
      Y es que hoy es la Candelaria, y ya lo dice el refrán de mi tierra: “Si la Candelaria plora, hivern fora; si la Candelaria riu, torna-te’n al niu”. Y yo, la verdad, es que estoy ya un poco harta del invierno. Que sí, que llegó tarde, pero llegó; que frío, frío ha hecho durante poco tiempo, pero poco más y nos helamos; que ha llovido tres días, pero nos hemos inundado los tres; que todo lo que queráis, pero ya me apetece calorcito. ¡Qué diantres! La verdad es que me apetecen mis 40º a la sombra para estar en mi temperatura ideal, pero como soy condescendiente con el resto de mortales que no tenéis entre vuestros ancestros a ninguna lagartija, pues me conformo con calorcito. Una temperatura que me permita tomar el sol en una terraza, poder ir sin medias de ursulina o pantalones con botas, sentir los rayos de Lorenzo sobre la piel…
      Y ya lo voy a conseguir, je, je. Hoy ha llovido. Y yo me siento feliz.
      P.D.: Mañana es san Blas, así que dejaré de toser y de estar afónica.