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jueves, 26 de agosto de 2021

SECUENCIAS DE VERANO

 I. ELEGANCIA VS. SENSIBILIDAD

Siempre me ha sorprendido la elegancia con la que algunas mujeres se desenvuelven en la vida. Supongo que es algo con lo que se nace.

Algunas se mueven con tal gracia que son capaces de caminar hacia la orilla del mar sin que se note en absoluto que la arena paradisíaca está abrasando sus pies o que ha sido sustituida por un lecho de millones de diminutas y puntiagudas piedras; o de dirigirse a la ducha de la piscina pisando las baldosas que la rodean como si lo hiciesen sobre el más firme y liso de los pavimentos.

En cambio yo... bueno, podríamos decir que la elegancia y la coordinación no son lo mío. Sin embargo, la naturaleza, en su afán compensador, me dotó de una sensibilidad infinita.

El caso es que uno de estos días de vacaciones habíamos decidido ir a la playa. Estaba frente al hotel y no hay nada que me relaje y me inspire más que la “contemplación marina”. Es mi cielo particular. No necesito bellos huríos (si es que eso existe) que me sirvan, si puedo mirar la inmensidad azul verdosa y escuchar el susurro de las olas lamiendo la orilla.

Así que allá que nos fuimos y, bueno, cómo decirlo..., fue una experiencia tan increíble que dudo que la olvidemos ni yo ni cuantos en la playa estábamos, por largas que sean nuestras vidas.

Salí del hotel con mi casi metro ochenta, mi vestido playero sobre mi bikini de rayas —como el de Eva María cuando se fue—, mi bolso con la toalla y demás artilugios imprescindibles. Crucé el paseo marítimo bajo mi pamela de paja y oculta tras mis enormes gafas de sol último modelo. Caminaba toda divina de la muerte hasta que me adentré en lo que alguien dio en llamar playa y que no era otra cosa que una de aquellas pruebas de fe que narran en los libros del medievo, donde alguien ha de atravesar un circuito imposible para demostrar que dice la verdad o morir en el empeño. 

Solo me separaban del agua unos veinte metros de micro-piedras a las que aún les faltaban varios siglos de ser rodadas por el mar para que sus cantos se hubieran redondeado mínimamente, pero eso no lo supe hasta que no coloqué el pie sobre ellas. Tomé aire, estiré mi espalda, miré hacia el mar infinito que me llamaba e inicié la ruta por el valle de lágrimas que me había de conducir hacia mi cielo. 

Sin embargo, aquella era más bien la ruta del infierno y, a pesar de mis intentos para no perder la poca prestancia que se me concedió al nacer, nada más adentrarme en ella, parecía más bien la eterna aprendiz de faquir incapaz de caminar sobre semejante cama de pinchos. ¿Cómo lo conseguían los demás? La piel de mis hipersensibles pies enviaba tantas señales de dolor a mi cerebro que logró colapsarlo y, a mitad de camino, más que caminar se diría que estaba emulando el último baile de San Vito cuando acabó formando parte del sofrito de algún cocinero pagano.

Ni qué decir tiene que los ojos de playistas y paseantes recalaron sobre mí, incapaces de perderse ni un segundo del espectáculo que ofrecía aquella especie de títere gigante que caminaba como movida por unas manos inexpertas que tiraban a golpes de unos hilos invisibles, provocando en ella la apariencia de un fantoche saltarín.

Empujada por el calor y el bochorno del recorrido, decidí adentrarme en el mar hasta que se olvidaran de mi existencia y no salir de él hasta que la playa quedara vacía o pudiera ocultarme en las sombras de la noche.

Deposité con cuidado mis cosas en aquel lecho pedregoso y me encaminé por esa suerte de Vía Dolorosa hacia un mar del que me separaban menos de dos metros pero al que no podía ver besar la orilla porque la maldita alfombra de faquir que llamaban playa se hundía abruptamente hacia el Averno convertida en arenas movedizas que, además de engullir a sus víctimas, las trituraba. 

En cuanto puse un pie para iniciar el descenso hacia el reino de Poseidón, mi pierna se hundió hasta la rodilla y, mientras ahogaba un grito de dolor al sentir miles de piedras arañándola completamente, pensé en cómo diantres iba a escapar de aquella trampa. No tardé en averiguar que era imposible salir airosa de aquel trance. Cada vez que, empujando con todo mi cuerpo hacia arriba, cual saltadora de altura, lograba extraer una pierna totalmente rasguñada de aquella prisión, solo era para hundir la otra en las fauces de aquella trituradora natural. Y, por supuesto, cientos de ojos seguían clavados en mí alternando entre la risa y la compasión.

Afortunadamente, gracias a la longitud de mis zancadas, salvé en cuatro apoyos el desnivel y me planté en el agua. Sin embargo, mi gozo en un pozo, aquellas olas no besaban sino mordían mis pies. Piedras en el suelo y piedras escupidas por un guardián celoso de las puertas del mundo marino se clavaban en mis magullados pies y piernas. Avancé con dificultad sobreponiéndome al dolor. Un paso vacilante, otro, un tercero y en el cuarto, el suelo desapareció y me hundí hasta el cuello cuando el canto afilado de una roca detuvo mi caída y me hizo emerger con la fuerza que me proporcionó el aullido que ascendió desde mi maltrecho pie hasta mi garganta:

-¡Mierda ya, hombre!

Intenté, en vano, que pareciera felicidad lo que me invadía y me puse a nadar deseando que el dios de los mares no me obsequiara también con medusas. Hacía ya meses que había sido mi cumpleaños y no tenía por qué hacerme ningún regalo, de manera que si quería agasajarme con alguna otra desgracia (a saber qué diablos había hecho yo para merecer semejante trato) rogué que fuera un tiburón o una ballena que me tragara –cual Jonás– y acabara de una vez con mi sufrimiento.

Estuve en el agua –fría, por cierto–, el tiempo suficiente como para parecer una ciruela pasa pero no fue hasta que comencé a sentir síntomas de hipotermia, que decidí salir. 

Nadé hasta el gigantesco escalón y dejé, ilusa de mí, que las olas me izasen sobre aquel suelo pedregoso. Una de ellas tuvo a bien concederme el deseo pero se retiró tan rápido que me dejó tumbada sobre aquellas malditas piedras cual rape sobre el hielo del mostrador de la pescadería, con su cara de idiota y todo. Intenté levantarme cuando otra ola decidió arrastrarme arriba y abajo destrozando mi barriga. Y luego vino otra y otra más y, en uno de esos vaivenes, una ola me colocó panza arriba porque debió pensar que mi espalda sentía envidia por ser la única parte de mi cuerpo que conservaba su integridad.

Fue entonces cuando odié aquellos posados veraniegos de Ana Obregón. ¿Cómo era posible que permaneciese sonriente y con el cuerpo impoluto tumbada en la orilla con las olas cubriéndolo como si lo acariciaran? ¡Y jamás le cubrían la cabeza! ¿Con quién había pactado? Yo, en cambio, iba a salir del agua con la coleta deshecha y todo el pelo lleno de algas. Vaya, una especie de nuevo ser mitológico con el cuerpo del Ecce Homo y la cabeza de Medusa.

Harta de ir a la deriva, piedras arriba, piedras abajo, aproveché la nueva circunstancia de mosca panza arriba para hincar pies y manos en aquel maldito suelo y levantarme cual zombie saliendo de su tumba. Una vez en pie, sólo quedaba trepar el acantilado de micro piedras movedizas y surgir, primero una mano, luego la otra, después el cuerpo y por último las piernas, del territorio de Escila y Caribdis jurando no volver a pisarlo jamás. 


jueves, 1 de septiembre de 2016

ESCENA SÉPTIMA O DEL RELATO DE UNAS VACACIONES EN LAS QUE CUPO DE TODO

      De mi viaje por Asturias y Galicia recordaré siempre dos cosas:
      Los ojos amables de la señora Celia, la dueña del restaurante Riobo en Vilaboa, provincia de Pontevedra; y el rato que estuvimos esperando a que nos atendiera la chica de la oficina de turismo de Castropol (Asturias).
      Los primeros porque se mantienen fieles a sí mismos a lo largo de los años; porque en ellos se muestra toda la bondad y sabiduría de una mujer que siempre ha trabajado duro, que ama su trabajo y lo hace con tanto esmero y cuidado que, al parecer, no somos los únicos en recorrer cientos de kilómetros para ir a verla. Ya no nos puede dar de comer, se ha jubilado con todo el derecho del mundo, pero en nuestro corazón, Galicia estará siempre unida a ella, su sonrisa, sus ojos, su cariño y su comida.
      El segundo porque, sin duda fue el momento más divertido del viaje. Por fin un día logramos salir antes de las diez de la mañana del hotel, que llegamos sobre las 10:15 a nuestro destino, buena hora para realizar las actividades previstas, en este caso acuáticas. Estábamos contentos y llenos de expectativas. Sin embargo, llegamos al destino, aparcamos el coche y nos dirigimos al puerto bajando una cuesta que auguraba un regreso temible. Alcanzamos el puerto justo frente a una señal que indicaba que la oficina de turismo estaba a nuestra derecha. No había nadie más en el puerto. Si acaso unos bares abiertos pero nadie en las terrazas. Emprendimos el camino de la derecha.
      A cada poco los niños se abalanzaban sobre el pretil porque un pez había llamado su atención. Discutían sobre qué especie de pez era. Seguían su camino tras recordarnos que querían pescar y que no les afectaba lo más mínimo nuestra advertencia de que tendrían que desenganchar al pez del anzuelo, una vez muerto, limpiarlo, quitarle las tripas y cocinarlo. Es más, ¿acaso dudábamos de que lo iban a hacer? Terrible pregunta que mejor que fuera retórica porque cualquier respuesta era mala. Un poco más adelante fueron los cangrejos quienes llamaron su atención. Y así fuimos caminando durante algo más de media hora, entre pasos y paradas, bajo un sol que ya picaba y un camino que, salvo a bordear Castropol, no parecía que fuera a conducirnos a ningún otro sitio. Los niños empezaron a impacientarse y nosotros a temer que la caminata fuera en balde y viendo cómo se esfumaban las posibilidades de hacer nada de la misma manera que se había esfumado nuestro tiempo.
      Cuando ya pensábamos en volver sobre nuestros pasos y volver a enfrentarnos a los cangrejos, peces e islas desaparecidas por la subida de la marea, nos adelantó una mujer que corría por vocación, no por necesidad. Le preguntamos y nos indicó que siguiéramos adelante, que ya quedaba poco, como un kilómetro más o menos. Que teníamos que subir un repecho y, frente a un restaurante, encontraríamos la oficina de turismo. Reanudamos, pues, la marcha ya sin tanta alegría, con más discusiones y teniendo que arrastrar al pequeño que ya sólo quería pescar.
      Subimos el repecho, dimos con el restaurante y descubrimos que habíamos pasado por delante de la oficina de turismo con el coche antes de aparcar arriba, casi en las nubes. Nos dirigimos a ella pensando que sólo habíamos perdido tres cuartos de hora y riéndonos de nuestra ceguera. Era una caseta de madera dejada caer sobre el césped de un parque de manera que el mostrador en el que se atendía asomaba justo sobre la acera de aproximadamente medio metro de ancho. Y allí estaba ella. La mujer a la que estaba atendiendo la amable muchacha.
      Nos detuvimos entre dos coches aparcados, dejando una distancia prudencial y sobre un charco que hizo las delicias de los niños que empezaron jugando a saltar sobre él y acabaron enfadados y saltando dentro de él para mojar al otro porque “mira lo que me ha hecho”.
      Al cabo de un cuarto de hora de no saber qué hacer con el maldito charco que no se secaba a pesar del sol que empezaba a ser de justicia y de esperar en vano a que nos tocara el turno, empezamos a hablar lo suficientemente alto para que se dieran cuenta de que había cola; después a azuzar a los niños para que molestaran y, por último, a mirar alrededor para descubrir la cámara oculta. No la descubrimos. Sin embargo, descubrimos un coche grande y negro que estaba aparcado a unos diez metros de nosotros, al sol y con el motor encendido. Dentro, había un hombre y dos niños de entre ocho y diez años. El hombre miraba hacia la caseta de turismo insistentemente, los niños parecían jugar con unas tabletas.
      No sé cuánto tiempo después, el hombre, paró el motor, se apeó del coche, miró hacia las dos mujeres que seguían haciendo planes para lo menos ya una semana, carraspeó. Al cabo de unos minutos tosió. Visto que no obtenía respuesta alguna por parte de las mujeres, que ni se dignaron a mirarle, subió de nuevo al coche, arrancó el motor e inició la marcha atrás para desaparcar, luego movió el coche de manera que quedó a la sombra, apagó el motor y se puso a ojear un folleto.
      La turista debía tener una memoria de elefante porque no tomaba nota de todas las posibilidades, indicaciones y fechas que le sugería la otra y llevábamos nosotros más de media hora esperando, ellas ni sé cuánto hablando.
      Los niños del coche empezaron a pelearse. El hombre sacó a uno y se quedó con él a la sombra. El otro empezó a bramar. El hombre lo sacó del coche y metió al primero que, muy enfadado, comenzó a golpear las ventanillas, así que volvió a sacar al chiquillo, los dejó a los dos en la sombra, entró él al coche y se encerró.
      Unos momentos después apareció una pareja, probablemente, de jubilados. La mujer nos preguntó si esperábamos para ser atendidos. Le dijimos que sí, aunque igual perecíamos en el intento porque llevábamos más de cuarenta minutos de espera. La cara de terror del hombre fue tal que huyó despavorido llevándose de la mano a la esposa que no paraba de santiguarse mientras huía.
      Nuestros hijos andaban entretenidos observando a los otros niños que igual que ellos se amaban y odiaban a partes iguales y dividían su tiempo de espera entre jugar y pelearse, exactamente igual que ellos. Nosotros observábamos al hombre que se revolvía constantemente en su asiento. Bajó varias veces la ventanilla, llamó a su esposa otras tantas, quien lo ignoró las mismas veces porque bastante tenía con anotar mentalmente la inmensa cantidad de datos que la muchacha le vomitaba sin cesar.
      El hombre inició un balanceo rítmico, su cabeza comenzó a girar y estaba a punto de empezar a soltar espumarajos por su boca cuando decidió, en un ataque de cordura, volver a salir del coche. Amagó un acercamiento, pero desistió del intento repelido por la multitud de palabras, cifras, días de la semana y demás datos que envolvían a ambas mujeres. Un sonido gutural que reclamaba auxilio salió de sus labios y logró llegar a oídos de su esposa con la suficiente urgencia como para llamar su atención. Ella miró, vio todo en orden y siguió atendiendo cual alumna ávida de saber.
      El hombre se desesperó. Miró hacia todos lados, tanteó varias ramas de árbol hasta que encontró una que le gustó porque no cedía bajo su peso. Se dirigió al maletero de su coche, rebuscó desesperadamente pero no halló lo que buscaba. Sus ojos, al emerger, reflejaban la desolación más absoluta. Intentó despeñarse por el bordillo, pero no era lo suficientemente alto y ni siquiera se dobló el tobillo. Se arrodilló en el suelo, alzó ambas manos juntándolas en ángulo de noventa grados sobre su vientre y las llevó con fuerza hacia sí, pero la espada imaginaria sólo causó nuestras miradas compasivas. Llevó sus manos hacia el cuello pero tampoco sirvió de nada porque sus dedos se agarrotaron antes de poder apretar. Cuando, con lágrimas de desesperación rodándole por las mejillas, comenzó a escribir en un papel una carta de despedida que tanto podría  tratarse de un testamento, como de un abandono o de un divorcio, la mujer dejó de preguntar y la muchacha de explicar, se despidieron y la esposa llegó junto a lo que quedaba de su esposo, sonrió victoriosa agitando alegremente los infinitos folletos y mapas y él se alzó enfurecido, subió al coche y arrancó marchándose de allí con una furia que nos dejó envueltos en una nube negra. Llevábamos una hora en cola.
      Mis hijos tal vez recordarán de nuestras vacaciones del 2016 a Kira, la perra con la que jugaban o la pesca que nunca realizaron, pero ése es otro relato que les tocará escribir a ellos.

jueves, 25 de agosto de 2016

ESCENA QUINTA O DE CÓMO EL DEBATE SOBRE EL MACHISMO SE CUELA EN LA VIDA DIARIA

      Tras unos días de disfrutar de otros paisajes, regresamos al apartamento justo para asistir al último día de fiestas. Estaban disputando el torneo de dobles de tenis infantil. Todo parecía seguir en la misma línea que cuando nos marchamos: los jugadores, chicos; las animadoras, chicas; los entrenadores, padres; las avitualladoras, madres.
      De repente algo llama nuestra atención: ¡Hay chicas en la cancha! Contamos hasta seis chicas de la misma edad que los jugadores. Ninguno superaba los trece años. Ellas iban uniformadas –juraría que se habían puesto de acuerdo–, con un top y unas mallas deportivas cortas pero no llevaban raquetas. Sin embargo, se movían rítmicamente por la pista y cambiaban de sitio siguiendo un orden previamente establecido. Eran las recogepelotas. Los chicos que terminaban sus partidos se iban a la piscina o a jugar por ahí. Ellas permanecían en sus puestos solícitas a las órdenes de los nuevos muchachos que les pedían una pelota.
      Entonces se nos vinieron encima todos los comentarios, los artículos y las respuestas a los artículos que durante las olimpiadas han ido asaltando las redes sociales y que giraban en torno al tratamiento que reciben las deportistas en los medios de comunicación.
      Si ya es difícil practicar en este país cualquier deporte que no sea fútbol (tenis o baloncesto también son respetados aunque de lejos); si ya es complicado destacar –y más internacionalmente– en alguno de los deportes marginados, porque la exigencia del entrenamiento dificulta la compatibilización con otro trabajo y la exigüidad de las ayudas, que no sueldos, obliga a compatibilizarlos si uno quiere comer, las mujeres que han conseguido medallas olímpicas son heroínas que deberían merecer todo nuestro respeto.
      En una sociedad que relega a la mujer al rol de comparsa dentro de los deportes, la que practica algún deporte es rara avis y las que destacan internacionalmente, milagros de la naturaleza y ejemplo de constancia y esfuerzo a seguir.
      Y lo peor de todo es que en ningún momento he visto a esas niñas o mujeres incómodas en su papel, antes al contrario. Además, en concreto, las recogepelotas, vestidas todas iguales para la ocasión, me recordaban una y otra vez las imágenes y las palabras de una prensa deportiva que sólo ensalzaba una determinada concepción de la belleza física femenina. Que resulta paradójico –me decía mi Pepito Grillo particular–, que se les ponga como modelo a alcanzar el cuerpo esbelto y musculado de las deportistas, pero no se les muestre el esfuerzo y las horas de entrenamiento que hay detrás de ese cuerpo. Así se pasan la vida intentando estar delgadas y “buenorras” sin moverse de un banco de parque y con el único ejercicio de llevar pipas a la boca. Y luego se lamentan de no conseguirlo; y dejan de comer, o comen porquerías que alguien promete que adelgazan; y maldicen y critican a las que tienen el cuerpo de las revistas; y… Se sigue, en definitiva, fomentando el consumo femenino basándolo en la infelicidad que produce la necesidad de alcanzar metas inalcanzables impuestas por otros que, para colmo, ni siquiera son mujeres.
      No es de extrañar, pues, que esa mal-llamada prensa deportiva (que, creo, sólo era una prensa futbolera reciclada durante quince días) se dedicase a ningunear a unas mujeres que estaban –o no– consiguiendo éxitos (aunque llegar a una Olimpiada ya es un gran éxito). De esas mujeres impertinentes que se empeñan en contradecir la norma no escrita de servir al varón en cuantas necesidades pueda tener, sólo interesan sus cuerpos hermosos, si es que los tienen, si no, se las humilla sin compasión.
      Cuando, desolada, me alejé de las canchas de tenis, mi encontré con mi hijo pequeño junto a una niña de unos diez años que, sentada en un banco, se dedicaba a hacer pulseras. Mi hijo la miraba en silencio. De la nada apareció una pequeña de la edad del mío que le espetó, en un tono despótico y desagradable, que no vendían nada. Mi hijo vino a cobijarse a mis piernas mientras miraba desconcertado a la niña.
      ‒Ni él quiere comprar nada –contesté yo–. Sólo quiere aprender cómo se hacen ¿verdad? –Y
empujé levemente al niño hacia adelante para que se enfrentara a la situación.
       ‒Es que los niños no pueden estar aquí aprendiendo –dijo la niña con desparpajo–. A ellos los mandamos a recoger cosas por ahí y traérnoslas para que hagamos las pulseras.
       ‒¿Cosas? ¿Qué cosas? –me interesé yo.
       ‒Cosas. Lo que encuentren.
       ‒Basura –concluyó mi marido.
       ‒Reciclamos –le corrigió ella.
      Algo estamos haciendo mal, en algo nos estamos equivocando, cuando las niñas de seis años son las que llevan la voz cantante en las relaciones con sus compañeros masculinos y a los doce sólo son sus recogepelotas.

martes, 18 de agosto de 2015

DULCES VACACIONES

      Me encantan las vacaciones. Sobre todo las de verano. Me traen recuerdos de adolescencia. Cuando no tenía nada más que hacer que vivir, que no es poco. Igual que entonces, me paso el año deseando que lleguen. Ansiando ese momento en que desconectar del mundo e irme con mi familia donde nadie nos pueda encontrar.
      Este año parecía que nunca iban a llegar las vacaciones. Ha sido un año tan tremendo que no veía el fin. El mes de julio se ha hecho eterno, creía que no iba a acabar nunca y durante la última semana, mis fuerzas estaban tan menguadas que casi me arrastraba por los días. Pero por fin llegó el día 31. ¡Y estaba viva! Preparé las maletas llenas de ilusión, ropa de verano y porsiacasos. El día 3 de agosto, nos levantamos los cuatro pronto y con ganas de viajar adonde la vida nos llevara.
      No me gusta mucho programar las vacaciones. Lo justo para tener un lugar donde dormir (fundamental cuando viajas con niños) y tres destinos: uno cultural, otro gastronómico y otro donde comprar recuerdos. El resto, lo dejo al azar, que ahora suele incluir parques y cualquier medio acuático. Este año con mayor motivo porque necesitábamos como nunca un lugar en el que perdernos.
      Cargamos las maletas en el coche e iniciamos ruta. Treinta minutos después, comenzaron los “¿Cuándo llegamos?” y los “¿Falta mucho?” Pero aún teníamos todo el optimismo a flor de piel y lo zanjamos con un seco y tajante “Seis horas, controla el reloj tú mismo”.
      Empezamos a admirar el paisaje y a comentar cada cosa que nos encontrábamos. Sí, puede que seamos unos padres cargantes, pero si vemos molinos de viento, ¿por qué no hablar de la energía eólica? Si cruzamos un río, ¿por qué no decir dónde nace y desemboca? Si cambiamos de comunidad autónoma, ¿por qué no repasar las comunidades autónomas y  sus provincias y, de paso, anticipar si nos encontraremos o no con el mar? Y eso vimos: molinos de viento a babor. Los anunciamos con entusiasmo porque pasábamos muy cerca y se podía admirar su tamaño. Primer enfado de la mañana. A babor se sienta el pequeño y no soporta que su hermano mire por SU ventanilla. Discuten, se enfadan, se insultan… Tema zanjado con un “¡Se acabó!” contundente.
      Se acabó aparentemente, porque la guerra fría continuaba por lo bajinis y como toda guerra fría, volvió a calentarse y salir a la superficie hasta en tres ocasiones más antes de parar a almorzar, en otras dos durante el almuerzo y cuatro más en el trayecto hasta la siguiente parada a comer.
      Ahora era el mayor quien se quejaba de haber oído 40 veces la misma canción. Falso. La verdad es que había sonado 43 veces en las últimas dos horas y no parecía que el pequeño fuera a aborrecerla.
      Parada a comer en el lugar previsto, a la hora prevista. ¡Bien, somos unos hachas! Buscamos un sitio para comer con dos energumenitos odiándose y amándose a partes iguales. Los separas para que no discutan, se buscan porque se quieren con locura y no pueden vivir sin el otro. Les dejas que estén juntos, craso error, acabarán con tus nervios. Empezando a perder la paciencia, que traíamos bastante mermada, nos adentramos en el primer lugar que encontramos, sin atender a las señales. Error. Comimos unos bocatas bastante vulgares rodeados de moscas y con nuestros dos urbanitas gritando y huyendo despavoridos cada vez que una de ellas se posaba cerca de nosotros.
      Volvimos al coche con la esperanza de que se durmieran. Pero no. Escuchamos treinta y dos veces más la misma canción alternándola, esta vez, con la preferida del mayor tras una dura negociación con el pequeño. Señalamos los sucesivos cambios de paisaje, los cursos de los ríos, las poblaciones que atravesábamos y los cambios en la toponimia. Todo ello salpicado de amores fugaces y odios intempestivos. Llegué a la cabaña con la luz que indicaba que la paciencia estaba en reservas parpadeando en señal de urgencia y la garganta tocada por culpa de tres gritos a contratiempo (no consigo ser una madre sin gritos por más que me empeño, siempre acabo cayendo y luego me autofustigo mientras me duele la garganta).
      El sitio chulísimo, se respiraba paz y soledad, justo lo que necesitábamos. Bueno, lo necesitábamos mi marido y yo que estábamos agotados, porque los nanos tienen una extraña forma de manifestar su cansancio y es que cuando más cansados están, más activos se vuelven, de manera que entran en un círculo vicioso de pesadez suprema en el que uno lamenta no poder suministrar algún tipo de anestesia para que duerman de una puñetera vez.
      Exploramos el terreno, jugamos con la pelota y, gracias a que la comida había sido más bien escasa, pudimos convencerles de que había que encontrar una tienda para comprar el desayuno y un lugar en el que cenar. Llegamos al pueblo y, antes de entrar a la tienda, pagamos el peaje de la merienda en el bar del pueblo. No volvimos. Dos vasos de leche, cuatro madalenas, un café y un cortado costaron lo mismo que la comida del mediodía. Eso sí, también la compartimos con las moscas y los gritos de pánico.
      Cambiamos, pues, de pueblo para cenar. No servían cenas en ninguno de ellos si no era por encargo, y claro, las siete de la tarde ya no se considera hora de recibir encargos. Íbamos mejorando: un plato de jamón serrano (que imaginamos que estaría bueno porque el mayor lo devoró antes de que lo llegáramos a ver), uno de chorizo (que olía muy bien pero ignoramos cómo sabía porque el pequeño se hizo con él y lo defendía como a “su tesoro”) y un plato de queso con dos cañas y un agua acabaron con el presupuesto para comidas de dos días y encima ni nos sació el hambre canina que llevábamos, ni siquiera lo comimos a gusto, porque también lo compartimos con las moscas.
      El segundo día lo dedicamos al turismo cultural para quitárnoslo de encima antes de que los niños cogieran definitivamente el poder sobre las vacaciones. Un aperitivo en una plaza peatonal en la que pudieran correr, un poco de caminata en busca del muro perdido, un enfado porque nos negamos a comprar un juguete tan frágil como caro, otro porque nos negamos a llevar en brazos a nadie durante el paseo, una visita a una cerca que resultó de lo más gratificante porque se acercó un burrito y acabó con los enfados gracias a que comía cuanta hierba arrancaban los dos hermanos que, ahora sí, se amaban con locura. Algo de coche con las dos consabidas canciones que jamás lograré que se borren de mi cabeza, me invaden hasta los sueños. Comida algo cutre pero de cuchara junto a las consabidas moscas que estaban logrando ruralizar a mis urbanitas que empezaban a acostumbrarse a ellas. Paseo por la ciudad en busca de helados para postre mientras los críos jugaban a pillar, a correr o a saltar y cómo no, seguían enfadándose o queriéndose a cada poco. Más coche y visita muy recomendable a un monasterio. Regreso a la cabaña y cena allí, que ya habíamos aprendido la lección.
      Tercer día, visita a la capital y día de niños. Los padres sólo queríamos una leve visita gastronómica. Mañana en un parque junto al Ebro. No logré que el pequeño quisiera saber cómo es un rio. Harto de no poder ver ninguno desde SU ventanilla, les ha declarado su más profundo desprecio. Se niega en rotundo a mirar alguno. Simplemente, no le interesan. Eso sí, los maniquíes que señalan en la carretera la presencia de obras, son de lo más interesante. No se perdió ni uno e imitaba su cadencia cada vez que se cruzaba con un coche, con el consiguiente peligro de quedarse sin brazo, la bronca y su enfado monumental porque, encima de que los coches no le hacen caso, sus padres le riñen y no le dejan plantarse en medio de la carretera a mover el brazo como los señores-muñeco.
      Tras la mañana en el parque, nos tocaba el vermú a los padres. El placer de un pincho y una cerveza fresquita, una conversación intrascendente y plácida, la paz… Y la cara de mosqueo del mayor porque su hermano yoquésequé, la interrupción, convertida en costumbre, para atender a una emergencia del pequeño, los ojos estrábicos perdidos por seguir a cada uno que, en su fase de no te soporto, han emprendido direcciones opuestas, en fin, un "come rápido y nos vamos que molestamos".
      Por la tarde, la película prometida en el cine. Todo parecía ir de lujo, sentados juntos y sin discutir, sin que el pequeño saliera huyendo ni el mayor le agobiara contándole la siguiente escena un segundo antes de alcanzarla. La película, muy bonita, la verdad. Venció al sueño de la siesta, no digo más. Eso sí, fue encender las luces de la sala, y el pequeño explotar con toda la emoción contenida y su imperiosa necesidad de movimiento retenida durante la hora y media de película y, cómo no, en su explosión chocó con su hermano, quien se rebotó, y comenzó una pelea entre butacas que acabó con cuatro castigados en la cabaña sin más fiestas.
      El cuarto día transcurrió entre parques y pantano, todo cerca de la cabaña. Importante reseñar que el pequeño seguía con su desprecio más absoluto hacia los ríos, que descubrió un cadáver de avispa flotando en la orilla del pantano, razón por la cual tuvimos que emigrar a la otra orilla del embarcadero, que aprendió a girar colgando de unas anillas y que el mayor se enfadó con nosotros, los padres, porque no podía imitarlo, con lo que se negó a caminar y el pequeño, también, por solidaridad. ¡Ah! Se me olvidaba lo más importante, fue el único día en el que comimos muy bien. Buena comida y muy bien cocinada, raciones abundantes (quizá demasiado), sin moscas a la vista… Eso sí, justo al terminar el postre, el pequeño se me acercó y… me vomitó encima todo el plato de natillas que se acababa de comer.
      El quinto día fue algo más apacible. Se auguraba el final. Anduvimos de visita turística y ningún incidente ni disputa mencionable entre ellos. Todo amor y cordialidad. De hecho el único enfado fue con nosotros que vaya usted a saber por qué se enfadó el mayor, y, como el pequeño seguía solidario, nos abandonaron en mitad de la calle. Caminaban solos, de la mano, deteniéndose y escondiéndose si descubrían el escondite desde el que espiábamos su deambular. Hasta que una estatua les devolvió a la normalidad y se dedicaron a jugar a que les limpiara la estatua los zapatos en vez de jugar a Hansel y Grettel.
      El día de regreso amaneció frío y lluvioso, pero fue tranquilo. El pequeño mantuvo, durante media hora, despóticamente, al mayor, acariciándole el brazo para estar tranquilo porque, para no dormirme, yo había tenido la osadía de poner otro disco y otras canciones que no eran las suyas.
      La siguiente semana de vacaciones transcurrió entre piscina y apartamento. Poco a poco recargábamos fuerzas y nos acostumbrábamos a la convivencia durante veinticuatro horas. Ya no lamentábamos no habérnoslos comido cada vez que tuvimos la oportunidad. Y, de repente, en el mejor momento, amaneció el 17 de agosto y empezamos a trabajar. Y aquí estamos, echándolos de menos y mirando el reloj a cada poco para volver a casa, a los enfados, a los gritos y a la ardua tarea de educar.
      Ésa es la trampa. Uno se queda con ganas de más y comienza a desear que lleguen las vacaciones del año siguiente para poder descansar y disfrutar de los hijos. Para tener unas dulces vacaciones.

miércoles, 22 de julio de 2015

EL MAR

      Estaba de pie frente al mar. Las olas lamían suavemente sus pies. Olía a sal.
      Un grupo de niños jugaba alegremente con una pelota dentro del agua. Reían y gritaban. Jugaban. Algo más a la derecha había dos cabezas muy juntas subiendo y bajando al compás de las olas. Imaginó que sería una pareja. Cerca de la orilla niños más pequeños iban y volvían llenando sus cubos de agua que vaciaban en la arena.
      Se le hundían cada vez más los pies en el agua al ritmo que marcaban las olas. Ya no hacía demasiado calor y el agua estaba templada. El sol iba cayendo a su espalda. Olía a sal.
      Se quedó un rato mirando a los niños que jugaban a la pelota. Eran felices. Nada parecía tener poder para enturbiar el momento. Ningún pensamiento oscuro. Tenían la misma edad que ella tenía cuando su mundo alcanzó la mayoría de edad. Ella lo veía cambiar todo con sus ojos asombrados de preadolescente. La gente a su alrededor tampoco tenía consciencia de que el peligro acechaba a cada esquina. Vivían con la inconsciencia de la juventud. Pero caían. Vaya si caían. De repente faltaba alguien en el cuadro. Nadie hablaba en voz alta del tema, pero ella lograba oír retazos de historias que convergían en los baños de algún bar.
      Un día fue a ella a quien golpeó la vida. Y la vida le segó la adolescencia. Y jamás supo qué era sentirse inmortal. El miedo la atenazó. Llenó su casa de relojes para recordar que el tiempo se escapa entre los dedos y que, un día, la cuerda se rompe y, con ella, la vida.
      El tiempo se escapa entre los dedos como ahora la arena se le escapaba bajo los pies, hundiéndola. Olía a sal.
      Regresó a su toalla sobre la arena, se quitó la prótesis de su brazo izquierdo y la dejó junto a su ropa. Se encaminó de nuevo al mar, despacio, sin prisa, mirando al frente, sin perder de vista el horizonte. Recordó cómo le gustaba nadar con él paralelos a la línea que separa el mar del cielo, cuando el agua les llegaba a la altura del pecho. Dos lágrimas se fundieron con el mar, en el mismo momento que ella comenzó a nadar como antaño y, como antaño, se sintió una sirena nadando entre delfines. Y allí, nadando con ella, estaba él.

jueves, 27 de septiembre de 2012

HISTORIAS DE VERANO (III)

Hoy me he acordado de algo que pasó también en aquellas vacaciones de hace cinco años. Tras las lágrimas derramadas por la mañana al descubrir lo que habían hecho con el bosque de mi adolescencia, la tarde vino repleta de sonoras carcajadas. Éste es un mundo de contrastes y nadie sabe qué le espera a la vuelta de la esquina.
No teníamos pensado ir a esa localidad: Ribadavia. Llegamos allí porque nos lo recomendó la amable chica de la oficina de turismo del pueblo de mi adolescencia, justo antes de que mi gozo se hundiera en un pozo. Cambiamos, pues, la ruta prevista y nos acercamos a ese pequeño municipio de calles medievales y se supone que apasionante historia. Un lugar nuevo, virgen de recuerdos. Aparcamos y nos encaminamos hacia la oficina de turismo. Otra pareja se nos adelantó y les atendió una amable mujer que parecía conocer muy bien su oficio y la población. Al cabo de un tiempo indefinido entre los 10 minutos y el cuarto de hora, una jovencita que parecía recién salida del instituto aunque debía bordear la veintena tuvo a bien dejar de lado la observación de los gambusinos alojados en la nada y atendernos. ¡Vaya, qué mala suerte! No tenía demasiadas ganas y se le notó en la parca información que nos ofreció y que se limitó a un plano del pueblo donde, explicó, estaban indicados los lugares de interés. Yo acababa de escuchar cómo a la otra pareja les comentaban que había una visita guiada esa misma tarde, así que directamente le pregunté si no había visitas guiadas. Asintió de no muy buena gana y nos avisó de que comenzaba en 10 minutos y de que valía la "despreciable" cantidad de 3 euros por barba que pagamos religiosamente con la intención de que nos acompañaran en nuestra visita y nos explicaran todo aquello que debíamos saber y ver de la población.
Diez minutos más tarde, nos juntamos con otras ocho personas en el lugar de encuentro y con... tachín, tachán, la incalificable señorita que nos había ¿atendido? y cobrado los 6 euros que, por si alguien lo ha olvidado, son 1000 de las antiguas pesetas, usease, una pasta. "¡Vaya, qué mala suerte!" -volví a pensar-.
La muchachita en cuestión decidió de motu propio tutearnos sin importarle lo más mínimo la edad, más que avanzada, de algunos de los turistas a los que se disponía a ¿guiar? Se presentó y nos autorizó para plantearle cuantas preguntas quisiéramos formularle y nosotros, ingenuos, la creímos.
Comenzó a caminar sin encomendarse a dios ni al diablo, ni dignarse siquiera a hacernos una seña para que la siguiésemos, pero decidimos hacerlo cual ovejitas mansas que siguen al pastor. El silencio señoreaba en el grupo. Tres calles más abajo y algo cabreada decidí romperlo con uno de mis irónicos comentarios: "¡Uy, qué balcón más bonito! Seguro que ese artesonado tan rico significa algo, pero nunca lo sabremos porque no tiene a bien contárnoslo... ¡Oh, fíjate, costillo mío, un escudo sobre una puerta! Debe ser una casa importante, pero tampoco lo sabremos jamás, porque no lo considera digno de mención...".
El silencio fue lo que obtuve por toda respuesta. De repente, mientras giraba una esquina, encontró algo interesante que decir: "Ahí tenéis una tienda con productos típicos de Ribadavia". Dirigimos nuestras miradas hacia donde su dedo había señalado y allí había una planta baja con camisetas de ésas que hay en todas las tiendas turísticas colgadas en la puerta. Nos miramos sorprendidos. Vaya, las camisetas de algodón se hacen en Ribadavia, son típicas de allí y las exportan al resto del mundo. Mmmmm qué interesante.
Tras la esquina se alzaba una iglesia. Aquí quiero hacer un inciso. Vaya por delante que mi cultura en historia del arte se limita a lo que di en Historia de 1º y 3º de BUP como parte de la Historia del Mundo, porque en COU escogí Griego y no Historia del Arte, así que no voy a juzgar en absoluto los contenidos de la exposición de la muchacha (que por otra parte se juzgan por sí solos) sino que me limitaré a reproducir aproximadamente lo que nos explicó una y otra vez.
Se detuvo ante la fachada y nos detuvimos tras ella. "Ésta es la iglesia de la orden de los hospitalarios de San Juan. Se les llama hospitalarios porque tenían un hospital donde cuidaban... enfermos y así. Tiene un arco de medio punto, con dos columnas a los lados y está decorado con elementos decorativos vegetales y hojas de acanto y un rosetón arriba que da luminosidad al interior y arriba del todo hay la cabeza de un cordero que es porque son de San Juan que se le representaba con un cordero." Y abrió la puerta para que accediéramos al interior del templo. "La iglesia se ha mantenido tal y como estaba de siempre. Está dividida en tres partes que se ven en el techo: de madera, la bóveda de cañón y el altar".
Yo me asomé a ver qué diferenciaba el techo de piedra de la bóveda de cañón del que había sobre el altar, pero no descubrí nada.
-¿El dintel de la puerta no es más nuevo? -preguntó uno de los componentes del grupo. --Sí -dijo ella-.
-¿Y no decías que estaba igual? -insistió él-.
-La reformaron, pero no la tiraron abajo y la volvieron a hacer -se limitó a contestar con el mayor de los descaros.
La iglesia no debía tener nada más que le pareciera digno de indicar (porque como leéis se limitaba a señalar aquello que había, lo que cualquiera podía ver, sin explicación ninguna) y nos invitó a salir mudamente, es decir salió y metió las llaves en la cerradura en un claro signo de "o salís u os quedáis aquí encerrados, vosotros mismos, hatajo de fastidia-apacibles-y-calurosas-tardes".
Mis orejas comenzaron a ponerse puntiagudas, mi cara, a enrojecer, los ojos se me inyectaron en sangre, el pelo a erizarse, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de forma más que evidente, en concreto los del cuello que intentaban contener el claro ataque de ira que me estaba sobreviniendo. La miré furibunda y amenazante (yo también sé hacer signos tan claros como mudos, ¿qué se había creído?) mientras le decía sin hablar: “¿Me estás viendo? ¿Ves cómo me estoy transformando? Juega, juega, que estás jugando con fuego...” y salí de la iglesia.
Comenzamos a caminar, de nuevo abandonados a la soledad de las calles. De repente, se detuvo ante una fachada que nos cortaba el paso y nos dijo:
-Este era el hospital donde cuidaban... -Supongo que enfermos, vamos, digo yo que ésa es la misión de los hospitales, pero claro, no hagáis mucho caso porque son sólo suposiciones mías, ella lo dejó así, en el aire, a completar por nuestra fértil imaginación-. Los hospitalarios esos de la iglesia que acabamos de ver... –Supongo de nuevo que esos hospitalarios serían los cuidadores, pero también nosotros debíamos acabar la frase, porque, como se puede observar, era una visita para fomentar la imaginación de cada cual-. Ahora es el Consejo Regulador de la Denominación de Origen del vino de Ribeiro -las mayúsculas las pongo yo porque dudo que ella supiera que las llevaba, veréis por qué-, vaya, donde hacen las etiquetas -¡sí señor, eso es sintetizar, y lo demás son cuentos! ¡Dios mío lo que ha creado la LOGSE!-.
Y tras su elocuente explicación siguió caminando complacida por haber satisfecho mi necesidad de que se me comentase algo interesante del pueblo.
Un poco más adelante, doblamos una esquina y nos hizo detener para, en un alarde de generosidad, explicarnos que la casa que teníamos a nuestra derecha (la localización también la pongo yo, ella sólo señaló) había sido sede del Tribunal de la Santa Inquisición (también pongo yo las mayúsculas y lo de Tribunal de la Santa, que, aunque no me parece que sea muy apropiado, lo de santa digo, es como se llamaba). Y para que fuésemos conscientes de su generosidad nos dijo que comentarnos eso no entraba en la visita (¡de 3 euros!), pero que, bueno, lo comentaba.
Una incauta se escandalizó en vez de mostrar el más profundo de los agradecimientos y le preguntó que qué era, pues, lo que entraba. La magnánima guía que nos había tocado en ¿suerte?, le explicó con absoluta condescendencia a su supina ignorancia que la nuestra era una visita de iglesias, que la de las calles judías (también llamadas por algunos “pedantes” juderías) había sido por la mañana. Tras lo cual todos le dijimos cuán agradecidos estábamos por su generosidad y ella, en otro alarde de prodigalidad, nos explicó que en la fachada había tres escudos (debía pensar que además de idiotas por seguir a esas alturas todavía en la visita, éramos invidentes), uno de ellos, continuó pertenecía a la familia de los Sarmiento, señores de Ribadavia, que unas veces tiene trece puntos (no los conté) como símbolo de su fortuna y otras está en blanco.
-¿Por qué? –preguntó el mismo hombre del dintel de la puerta.
-Está documentado que no se sabe por qué.
Enarqué las cejas, en señal de asombro, bajé el párpado de un ojo, en señal de incredulidad y volví a mirarla furibunda. Ella continuó sin prestarme más atención de la de “espera que te voy a contar algo muy interesante”:
-El otro escudo es el de los dueños de la casa y el otro el de la Inquisición.
Y tras semejante esplendidez, siguió caminando orgullosa de sí misma, mientras insistía:
-Esto se ve mejor en la otra visita.
Todos nos arrodillamos y fuimos tras ella besando el suelo que pisaba como muestra de agradecimiento. Y entonces, ocurrió. Fue como un milagro. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta antes? La muchacha sólo necesitaba que le rindiésemos pleitesía para desbordarnos con su elocuencia y su saber. Así que siguió:
-Ribadavia era muy importante en la Edad Media. Aquí vinieron muchos judíos y se quedaron para explotar las viñas porque el vino era muy importante en esa época y se exportaba a Inglaterra sobre todo.
Que digo yo que debían ser los únicos judíos del mundo que en aquella época tenían tierras, porque yo tenía entendido que el derecho romano les prohibía poseer tierras desde que fueron expulsados de Jerusalén... Pero no dije nada por si acaso.
-Estas calles es donde vivían. Luego, cuando los echaron, algunos se marcharon y otros se quedaron. Por eso estas casas tienen los típicos patios de Ribadavia que son los típicos patios de las casas judías. -Que, vaya, era la primera noticia que tenía de que las casas podían profesar alguna religión-.
Yo miraba con curiosidad las jambas de las puertas de aquellas casas que nos señalaba y juro que no había ni rastro del hueco practicado en la piedra para introducir los rollos de La Torá que los judíos colocan para que protejan sus casas. Estos eran unos judíos muy, muy raros....
Volvió al silencio para que pudiera sumirme en estas reflexiones. De repente, y sin detener el paso señaló a su izquierda y, como el que no quiere la cosa, soltó:
-Ahí podéis ver uno de los patios típicos de los judíos de Ribadavia.
Mi costillo y yo, que íbamos justo detrás de ella en ese momento, miramos hacia donde señalaba y... Bien, voy a ver si soy capaz de explicar lo que vimos. No crean ustedes (regreso al ustedes porque veo que hay nuevas incorporaciones al blog) que es fácil describir el típico patio de una casa de judíos de Ribadavia y, sin embargo, me gustaría que a través de mis palabras ustedes también lo vieran. Por favor, hagan un esfuerzo para imaginar lo que les voy a contar y suplan mis deficiencias. A ver, allí había una casa de pueblo, con fachada de piedra gris y una puerta de madera de esas que puede abrirse la mitad de arriba y mantener cerrada la mitad inferior. Pues así mismo se encontraba ésa: abierta sólo la parte superior para que pudiésemos descubrir el típico patio de las casas de los judíos de Ribadavia. Miramos a través de la abertura y... vimos la oscuridad más absoluta que se puedan imaginar. Un agujero negro seguro que es más claro que la oscuridad que desbordaba aquella puerta y que devoraba cualquier rayo de luz que se aproximara a menos de diez metros a la redonda. Era la misma boca del lobo. En mi vida he visto nada más negro. Como dice mi costillo, era un patio en el que entras y no sabes cómo vas a salir de él sino es apaleado y desnudo como castigo a tu osadía. ¡Señor! Si daba miedo sólo mirarlo... ¿Cómo es posible que haya en el mundo algo tan oscuro? ¿Y eso era un patio? ¿No les dije que eran una gente muy rara?
Mi costillo y yo nos miramos y lo comprendimos todo en un instante: lo que habíamos pagado era una entrada para el circo en la calle. Tenía que ser eso. Comenzamos a reír, primero con cierto disimulo mal disimulado y luego a mandíbula batiente. Y así se me pasó el cabreo y pude disfrutar de lo que quedaba de visita.