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jueves, 31 de diciembre de 2015

MUCHA SUERTE, PABLO

      Ayer vino a despedirse. Se va a Chile por dos años. Allí sí tienen un proyecto de país que sabe aprovechar el talento. Maldigo al mío que no sabe hacerlo.
      Le conozco desde que él tenía diez años. Han pasado veintitrés. Era un niño tímido, con muchas más cualidades de las que jamás creyó tener.
      Entró en el ránking nacional a los 12 años. Corría y saltaba como pocos aunque su falta de confianza en sí mismo le jugó malas pasadas. El salto más largo de su vida lo hizo lesionado.
      Recuerdo cómo sus compañeros lo admiraban mientras él pensaba que no valía lo suficiente y se esforzaba por mejorar.
      Le he visto conseguir un premio al mejor expediente académico de B.U.P. y C.O.U., licenciarse en Biología y doctorarse. Se marchó a Inglaterra a estudiar…
      Le he visto crecer, hacerse el hombre culto, sabio y humilde que hoy es. Y se va. Se tiene que ir porque aquí no hay trabajo para él. No hay trabajo para los mejores. ¿En qué mierda de país vivimos?
      Tengo a casi toda mi gente, aquel grupo tan fantástico de atletas que tuve la suerte de entrenar desde que eran niños, repartidos por el mundo: Canadá, Francia, Suiza y, ahora, Chile.
      Ayer vino a despedirse, le hubiera abrazado hasta estrujarlo. Tuve que contener las lágrimas todo el tiempo, porque sé que es lo mejor para él, pero a mí me duele tanto…
      Ni te imaginas, Pablo, cuánto te agradezco que vinieras, me sentí afortunada por tener tu cariño. Te deseo todo lo mejor en esta nueva etapa. Te lo mereces. Ojalá la vida te dé ya, de una vez por todas, todo lo que te debe.
      Un besazo y buen viaje.

martes, 23 de junio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS I.

Los actantes.

Mi lealtad es para con los niños. Tal vez por eso yo estoy aquí, condenada al ostracismo profesional, porque nunca apoyé a los que miran para otro lado, a los que con su actitud o sus palabras permiten la barbarie o la instigan, a los que maltratan de palabra, obra u omisión a los niños que tienen a su cargo. Pero también por eso, porque nunca pagué servidumbres, puedo hablar con total libertad y conocimiento de causa.
Reconozcámoslo, esta profesión, la de maestro, o docente, como prefieren algunos, tiene infiltrado a mucho eterno aspirante a ser humano. Pero es algo que, como sociedad, nos hemos ganado a pulso. Cuando decidimos que no era necesario haber aprobado la selectividad para entrar a estudiar Magisterio ¿qué pensábamos que iba a ocurrir, que harían cola ante las Escuelas Universitarias los mejores expedientes académicos? Cuando decidimos desprestigiar la profesión y pregonar a los cuatro vientos que se aprobaba con la gorra a la vez que exigíamos carreras universitarias para cualquier trabajo, ¿qué creíamos, que se llenarían las aulas de gente con vocación? Cuando repetíamos a todo aquél que nos escuchara que los maestros no trabajaban nada y que tenían más fiestas que días, ¿qué suponíamos, que los aspirantes a maestros se caracterizarían por ser los más esforzados trabajadores del país? Cuando convertimos la carrera en una especie de estudios de cultura general, ¿qué imaginábamos, una legión de lumbreras estudiando para ser maestros? Y cuando decidimos bajar el nivel de exigencia, porque la sociedad entera decidió que saber escribir correctamente tampoco era tan necesario pero que hubiera un buen número de aprobados que alentase a mucha gente a matricularse sí que era imprescindible,  ¿qué creíamos, que nuestros hijos aprenderían a escribir por ciencia infusa?
Pues nos equivocamos y ahora pagamos las consecuencias de aquél cúmulo de despropósitos.
En todas las profesiones hay personas que se distinguen por su mala praxis. Entre el colectivo de maestros, también. Y si lo ético sería que, por el buen nombre de la profesión, se marginara o incluso expulsara al mal profesional, allá donde el componente vocacional debe regir  la práctica, esta exigencia debiera ser ley. Y no es así. Nunca es así. Admiramos a aquél que gana un dineral sin echar un palo al agua así que no vamos contra él, ¿cómo podríamos? Seremos cualquier cosa, pero incoherentes no. La pregunta que nos hacemos siempre es: ¿Qué hubiera hecho yo en esa situación? Y si la respuesta es: enchufar, desfalcar, robar, mirar hacia otro lado, aparentar que trabajo o ni eso, pero ir a trabajar y luego recoger el sobre… entonces, nadie condena a nadie. Lo que ocurre es que en profesiones como la de maestros, una actitud tan irresponsable es, si cabe, más lamentable porque las primeras víctimas son los niños a quienes deberían formar para que sean los adultos de mañana y puedan contribuir a formar un mundo más habitable y respetuoso. Y mal ejemplo se les da con profesores así.
El de los maestros es un colectivo poco corporativo, la verdad. Echamos pestes unos de otros, nadie es mejor profesor que uno mismo y el otro siempre es nefasto. Sobre todo si no lo es. Ahí sí que nos unimos cual falange romana a masacrar al incauto o incauta que trabaja, al que le gusta su profesión y se preocupa por sus alumnos. Y dejaremos de ser falange para convertirnos en las hordas bárbaras de Atila, si los alumnos muestran su aprecio por el infame. Así somos, aislamos, humillamos y acosamos laboralmente a aquél que nos hace sombra o, con su trabajo, muestra nuestra pereza o ineficiencia.
Y no sólo eso, como tenemos en nuestras filas a lo mejor de cada casa, algunos están en este maravilloso oficio para ganar un dinero, tener un buen horario y muchas vacaciones (¿les suena?) y como creen que enseñar es fácil porque ellos, los más listos del mundo mundial, saben más que la panda de mocosos que tienen a su cargo, ¿para qué van a prepararse una clase, una materia o unos materiales más acordes con el mundo al que pertenecen sus alumnos? Ellos van a pasar un rato, de 9:00 a 12:30 y de 15:00 a 16:30 de lunes a viernes, por poner un ejemplo, sin demasiada complicación. De manera que, si por la razón que sea, les toca una mosca cojonera en su clase, léase alumno con cualquier problema (alta capacidad, baja capacidad, enfermedad, discapacidad, baja atención, etc.), entonces sale el eterno aspirante a ser humano que en realidad es y se dedica a machacar –o a dejar que otros le machaquen, que es más limpio y perverso– al pobre niño hasta que desaparece literal o simbólicamente. Y si la mosca cojonera son los padres de la criatura que han descubierto lo que ocurre, pasamos al plan B, los aislamos, les etiquetamos de sobreprotectores y los ignoramos hasta que se aburran y desaparezcan. Es cuestión de tiempo y en la escuela pública es lo que les sobra, en la privada lo tienen más difícil si no son íntimos amigos de su propio jefe el cual también debe ser eterno aspirante a ser humano, pero son como las meigas, haberlos, haylos.
Contra esta panda de canallas habría que actuar, deberíamos desterrarlos de la docencia. Podríamos enviarlos todos juntitos a algún planeta remoto y deshabitado, no importa si no tiene las mismas condiciones de habitabilidad que la tierra, recuerden que no son seres humanos como nosotros (ningún ser humano al uso sería capaz de hacer daño a un niño o permitir que otro se lo haga impunemente). Deberíamos actuar, en primer lugar, porque son nuestros niños y, en segundo lugar, porque estos seres son los que también maltratan a los buenos maestros y se los pierden nuestros niños.
Y los buenos maestros existen, parece que no, pero sí. Están haciendo su trabajo en unas condiciones laborales y emocionales desesperantes, ayudan a crecer a nuestros hijos, se preocupan por su bienestar y por su futuro, les enseñan y les educan y nuestros hijos les quieren y les respetan.
A los padres que me leéis, os ruego que apoyéis a los maestros y luchéis contra los impostores y mucho más contra los eternos aspirantes a humanos.
A los maestros que me seguís, os pido que seáis fuertes para desterrar de las aulas a los impostores y, sobre todo, a los eternos aspirantes a ser humano.


A todos, que, por favor, vuestra lealtad, como la mía, esté con los niños. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

CORPORATIVISMO FEMENINO

Todo el mundo sabe que las mujeres no somos corporativas. Otro gallo les habría cantado a los hombres si lo hubiéramos sido, pero no, ni lo hemos sido ni lo somos.  Y de eso se aprovechan.
Quizá se deba a una razón antropológicamente explicable, ¿por qué no? Quizá, como los especímenes masculinos se empeñaban en ser minoría, ya sea porque nacieran menos, ya sea porque decidían ir a matarse entre ellos o por ambas cosas a la vez, el caso es que eran un bien escaso y había que competir por ellos. Así que nosotras nos dedicábamos a despellejarnos lingüísticamente (mucho más educado y civilizado que hacerlo literalmente, ¿dónde vamos a parar?) y no ha habido forma de reconocer la valía de la otra, porque antes muerta que por debajo, que los soldaditos han de ser para mí, faltaría plus.
Por eso, si una mujer destaca en algo, el resto se alía para machacarla. De ahí que me sorprendiera tanto el comentario que me hizo una clienta el otro día. Hablábamos de trabajo, de un escrito que yo había preparado y me dijo que estaba muy bien redactado. Yo, azorada, le di las gracias a lo que ella respondió:
-Gracias no, lo que es, es. Si algo está mal, hay que decirlo, pero si algo está bien, también.
Yo volví a agradecérselo porque no es común encontrar a alguien que te reconozca el trabajo y ella insistió:
-Mira, yo soy mujer y sé lo que cuesta que te reconozcan que sabes y que haces bien tu trabajo, o ¿no es así?
Y sí, sí lo es. Esto me recordó a un comentario que me hizo una vez mi ex. Me dijo que siempre estaba enfadada. Enfadada, no, -le contesté-, en guerra. Siempre estoy en guerra, peleando para que reconozcan que sé de qué hablo, para que reconozcan que sé hacer las cosas, para que reconozcan que soy una persona…
¡Menos mal que de cuando en cuando, una encuentra oasis donde descansar! 
Y ojalá todos los hombres supiesen ser el reposo de la guerrera...

viernes, 15 de febrero de 2013

Lo prometido es deuda

Una noche, en plenas vacaciones escolares de Navidad, mi hijo mayor me preguntó cuando le arropaba tras darle el beso de buenas noches:


-Mamá, ¿por qué te odian en tu trabajo?

-¿Odiarme? No me odian, cariño, ¿por qué dices eso?

-Porque no te dan vacaciones para que puedas estar con nosotros.

-¡Ah, bueno! No es que me odien, es que hay cosas que hacer y hay plazos que cumplir y una no puede cogerse vacaciones cuando quiere sino cuando se puede.

-Pero tú eres jefa…

-Ya, bueno, cariño, pero de una empresa pequeñita y todos tenemos que arrimar el hombro para que funcione.

Cómo explicarle a un niño que un autónomo no es exactamente lo que dicen en la tele sino el más pringao de los pringaos.

-Pero –continuó preguntando–, ¿te gusta tu trabajo?

-Unas cosas sí y otras no.

-¿Y te gusta más que estar con nosotros?

-No, cariño, no hay nada que me guste más que estar con vosotros.

-Pues búscate otro trabajo.

-Bueno, hay un problema. Ahora, ya sabes, estamos en crisis y no hay muchos trabajos donde elegir. Así que tenemos suerte de tener un trabajo que nos da dinero para poder seguir pagando la casa y teniendo lo que tenemos.

-Vale, pero prométeme que cuando se acabe la crisis y haya trabajos, buscarás uno que te guste y que te deje tiempo para estar con nosotros.

-De acuerdo, lo haré.

-Pero, si tú te buscas otro trabajo, ¿qué pasará con Jésica y Virginia?

-Bueno, ellas tendrán que buscarse también otro trabajo.

-Vale, pues borra lo que te he dicho, porque no quiero que para que el tete, el papá y yo estemos bien, haya gente que lo pase mal por no tener trabajo. Pero haz una crítica a los políticos, porque a ellos no les importa que la gente no tenga trabajo o no tenga tiempo para estar con sus hijos.

Dicho queda, hijo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

HISTORIAS DE VERANO (III)

Hoy me he acordado de algo que pasó también en aquellas vacaciones de hace cinco años. Tras las lágrimas derramadas por la mañana al descubrir lo que habían hecho con el bosque de mi adolescencia, la tarde vino repleta de sonoras carcajadas. Éste es un mundo de contrastes y nadie sabe qué le espera a la vuelta de la esquina.
No teníamos pensado ir a esa localidad: Ribadavia. Llegamos allí porque nos lo recomendó la amable chica de la oficina de turismo del pueblo de mi adolescencia, justo antes de que mi gozo se hundiera en un pozo. Cambiamos, pues, la ruta prevista y nos acercamos a ese pequeño municipio de calles medievales y se supone que apasionante historia. Un lugar nuevo, virgen de recuerdos. Aparcamos y nos encaminamos hacia la oficina de turismo. Otra pareja se nos adelantó y les atendió una amable mujer que parecía conocer muy bien su oficio y la población. Al cabo de un tiempo indefinido entre los 10 minutos y el cuarto de hora, una jovencita que parecía recién salida del instituto aunque debía bordear la veintena tuvo a bien dejar de lado la observación de los gambusinos alojados en la nada y atendernos. ¡Vaya, qué mala suerte! No tenía demasiadas ganas y se le notó en la parca información que nos ofreció y que se limitó a un plano del pueblo donde, explicó, estaban indicados los lugares de interés. Yo acababa de escuchar cómo a la otra pareja les comentaban que había una visita guiada esa misma tarde, así que directamente le pregunté si no había visitas guiadas. Asintió de no muy buena gana y nos avisó de que comenzaba en 10 minutos y de que valía la "despreciable" cantidad de 3 euros por barba que pagamos religiosamente con la intención de que nos acompañaran en nuestra visita y nos explicaran todo aquello que debíamos saber y ver de la población.
Diez minutos más tarde, nos juntamos con otras ocho personas en el lugar de encuentro y con... tachín, tachán, la incalificable señorita que nos había ¿atendido? y cobrado los 6 euros que, por si alguien lo ha olvidado, son 1000 de las antiguas pesetas, usease, una pasta. "¡Vaya, qué mala suerte!" -volví a pensar-.
La muchachita en cuestión decidió de motu propio tutearnos sin importarle lo más mínimo la edad, más que avanzada, de algunos de los turistas a los que se disponía a ¿guiar? Se presentó y nos autorizó para plantearle cuantas preguntas quisiéramos formularle y nosotros, ingenuos, la creímos.
Comenzó a caminar sin encomendarse a dios ni al diablo, ni dignarse siquiera a hacernos una seña para que la siguiésemos, pero decidimos hacerlo cual ovejitas mansas que siguen al pastor. El silencio señoreaba en el grupo. Tres calles más abajo y algo cabreada decidí romperlo con uno de mis irónicos comentarios: "¡Uy, qué balcón más bonito! Seguro que ese artesonado tan rico significa algo, pero nunca lo sabremos porque no tiene a bien contárnoslo... ¡Oh, fíjate, costillo mío, un escudo sobre una puerta! Debe ser una casa importante, pero tampoco lo sabremos jamás, porque no lo considera digno de mención...".
El silencio fue lo que obtuve por toda respuesta. De repente, mientras giraba una esquina, encontró algo interesante que decir: "Ahí tenéis una tienda con productos típicos de Ribadavia". Dirigimos nuestras miradas hacia donde su dedo había señalado y allí había una planta baja con camisetas de ésas que hay en todas las tiendas turísticas colgadas en la puerta. Nos miramos sorprendidos. Vaya, las camisetas de algodón se hacen en Ribadavia, son típicas de allí y las exportan al resto del mundo. Mmmmm qué interesante.
Tras la esquina se alzaba una iglesia. Aquí quiero hacer un inciso. Vaya por delante que mi cultura en historia del arte se limita a lo que di en Historia de 1º y 3º de BUP como parte de la Historia del Mundo, porque en COU escogí Griego y no Historia del Arte, así que no voy a juzgar en absoluto los contenidos de la exposición de la muchacha (que por otra parte se juzgan por sí solos) sino que me limitaré a reproducir aproximadamente lo que nos explicó una y otra vez.
Se detuvo ante la fachada y nos detuvimos tras ella. "Ésta es la iglesia de la orden de los hospitalarios de San Juan. Se les llama hospitalarios porque tenían un hospital donde cuidaban... enfermos y así. Tiene un arco de medio punto, con dos columnas a los lados y está decorado con elementos decorativos vegetales y hojas de acanto y un rosetón arriba que da luminosidad al interior y arriba del todo hay la cabeza de un cordero que es porque son de San Juan que se le representaba con un cordero." Y abrió la puerta para que accediéramos al interior del templo. "La iglesia se ha mantenido tal y como estaba de siempre. Está dividida en tres partes que se ven en el techo: de madera, la bóveda de cañón y el altar".
Yo me asomé a ver qué diferenciaba el techo de piedra de la bóveda de cañón del que había sobre el altar, pero no descubrí nada.
-¿El dintel de la puerta no es más nuevo? -preguntó uno de los componentes del grupo. --Sí -dijo ella-.
-¿Y no decías que estaba igual? -insistió él-.
-La reformaron, pero no la tiraron abajo y la volvieron a hacer -se limitó a contestar con el mayor de los descaros.
La iglesia no debía tener nada más que le pareciera digno de indicar (porque como leéis se limitaba a señalar aquello que había, lo que cualquiera podía ver, sin explicación ninguna) y nos invitó a salir mudamente, es decir salió y metió las llaves en la cerradura en un claro signo de "o salís u os quedáis aquí encerrados, vosotros mismos, hatajo de fastidia-apacibles-y-calurosas-tardes".
Mis orejas comenzaron a ponerse puntiagudas, mi cara, a enrojecer, los ojos se me inyectaron en sangre, el pelo a erizarse, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de forma más que evidente, en concreto los del cuello que intentaban contener el claro ataque de ira que me estaba sobreviniendo. La miré furibunda y amenazante (yo también sé hacer signos tan claros como mudos, ¿qué se había creído?) mientras le decía sin hablar: “¿Me estás viendo? ¿Ves cómo me estoy transformando? Juega, juega, que estás jugando con fuego...” y salí de la iglesia.
Comenzamos a caminar, de nuevo abandonados a la soledad de las calles. De repente, se detuvo ante una fachada que nos cortaba el paso y nos dijo:
-Este era el hospital donde cuidaban... -Supongo que enfermos, vamos, digo yo que ésa es la misión de los hospitales, pero claro, no hagáis mucho caso porque son sólo suposiciones mías, ella lo dejó así, en el aire, a completar por nuestra fértil imaginación-. Los hospitalarios esos de la iglesia que acabamos de ver... –Supongo de nuevo que esos hospitalarios serían los cuidadores, pero también nosotros debíamos acabar la frase, porque, como se puede observar, era una visita para fomentar la imaginación de cada cual-. Ahora es el Consejo Regulador de la Denominación de Origen del vino de Ribeiro -las mayúsculas las pongo yo porque dudo que ella supiera que las llevaba, veréis por qué-, vaya, donde hacen las etiquetas -¡sí señor, eso es sintetizar, y lo demás son cuentos! ¡Dios mío lo que ha creado la LOGSE!-.
Y tras su elocuente explicación siguió caminando complacida por haber satisfecho mi necesidad de que se me comentase algo interesante del pueblo.
Un poco más adelante, doblamos una esquina y nos hizo detener para, en un alarde de generosidad, explicarnos que la casa que teníamos a nuestra derecha (la localización también la pongo yo, ella sólo señaló) había sido sede del Tribunal de la Santa Inquisición (también pongo yo las mayúsculas y lo de Tribunal de la Santa, que, aunque no me parece que sea muy apropiado, lo de santa digo, es como se llamaba). Y para que fuésemos conscientes de su generosidad nos dijo que comentarnos eso no entraba en la visita (¡de 3 euros!), pero que, bueno, lo comentaba.
Una incauta se escandalizó en vez de mostrar el más profundo de los agradecimientos y le preguntó que qué era, pues, lo que entraba. La magnánima guía que nos había tocado en ¿suerte?, le explicó con absoluta condescendencia a su supina ignorancia que la nuestra era una visita de iglesias, que la de las calles judías (también llamadas por algunos “pedantes” juderías) había sido por la mañana. Tras lo cual todos le dijimos cuán agradecidos estábamos por su generosidad y ella, en otro alarde de prodigalidad, nos explicó que en la fachada había tres escudos (debía pensar que además de idiotas por seguir a esas alturas todavía en la visita, éramos invidentes), uno de ellos, continuó pertenecía a la familia de los Sarmiento, señores de Ribadavia, que unas veces tiene trece puntos (no los conté) como símbolo de su fortuna y otras está en blanco.
-¿Por qué? –preguntó el mismo hombre del dintel de la puerta.
-Está documentado que no se sabe por qué.
Enarqué las cejas, en señal de asombro, bajé el párpado de un ojo, en señal de incredulidad y volví a mirarla furibunda. Ella continuó sin prestarme más atención de la de “espera que te voy a contar algo muy interesante”:
-El otro escudo es el de los dueños de la casa y el otro el de la Inquisición.
Y tras semejante esplendidez, siguió caminando orgullosa de sí misma, mientras insistía:
-Esto se ve mejor en la otra visita.
Todos nos arrodillamos y fuimos tras ella besando el suelo que pisaba como muestra de agradecimiento. Y entonces, ocurrió. Fue como un milagro. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta antes? La muchacha sólo necesitaba que le rindiésemos pleitesía para desbordarnos con su elocuencia y su saber. Así que siguió:
-Ribadavia era muy importante en la Edad Media. Aquí vinieron muchos judíos y se quedaron para explotar las viñas porque el vino era muy importante en esa época y se exportaba a Inglaterra sobre todo.
Que digo yo que debían ser los únicos judíos del mundo que en aquella época tenían tierras, porque yo tenía entendido que el derecho romano les prohibía poseer tierras desde que fueron expulsados de Jerusalén... Pero no dije nada por si acaso.
-Estas calles es donde vivían. Luego, cuando los echaron, algunos se marcharon y otros se quedaron. Por eso estas casas tienen los típicos patios de Ribadavia que son los típicos patios de las casas judías. -Que, vaya, era la primera noticia que tenía de que las casas podían profesar alguna religión-.
Yo miraba con curiosidad las jambas de las puertas de aquellas casas que nos señalaba y juro que no había ni rastro del hueco practicado en la piedra para introducir los rollos de La Torá que los judíos colocan para que protejan sus casas. Estos eran unos judíos muy, muy raros....
Volvió al silencio para que pudiera sumirme en estas reflexiones. De repente, y sin detener el paso señaló a su izquierda y, como el que no quiere la cosa, soltó:
-Ahí podéis ver uno de los patios típicos de los judíos de Ribadavia.
Mi costillo y yo, que íbamos justo detrás de ella en ese momento, miramos hacia donde señalaba y... Bien, voy a ver si soy capaz de explicar lo que vimos. No crean ustedes (regreso al ustedes porque veo que hay nuevas incorporaciones al blog) que es fácil describir el típico patio de una casa de judíos de Ribadavia y, sin embargo, me gustaría que a través de mis palabras ustedes también lo vieran. Por favor, hagan un esfuerzo para imaginar lo que les voy a contar y suplan mis deficiencias. A ver, allí había una casa de pueblo, con fachada de piedra gris y una puerta de madera de esas que puede abrirse la mitad de arriba y mantener cerrada la mitad inferior. Pues así mismo se encontraba ésa: abierta sólo la parte superior para que pudiésemos descubrir el típico patio de las casas de los judíos de Ribadavia. Miramos a través de la abertura y... vimos la oscuridad más absoluta que se puedan imaginar. Un agujero negro seguro que es más claro que la oscuridad que desbordaba aquella puerta y que devoraba cualquier rayo de luz que se aproximara a menos de diez metros a la redonda. Era la misma boca del lobo. En mi vida he visto nada más negro. Como dice mi costillo, era un patio en el que entras y no sabes cómo vas a salir de él sino es apaleado y desnudo como castigo a tu osadía. ¡Señor! Si daba miedo sólo mirarlo... ¿Cómo es posible que haya en el mundo algo tan oscuro? ¿Y eso era un patio? ¿No les dije que eran una gente muy rara?
Mi costillo y yo nos miramos y lo comprendimos todo en un instante: lo que habíamos pagado era una entrada para el circo en la calle. Tenía que ser eso. Comenzamos a reír, primero con cierto disimulo mal disimulado y luego a mandíbula batiente. Y así se me pasó el cabreo y pude disfrutar de lo que quedaba de visita.

lunes, 30 de julio de 2012

Desde mi sillón burgués

Antes de empezar quisiera poner en común los conceptos que voy a emplear. En primer lugar, parto de la convicción de que en el mundo, en la historia del mundo, nada muere ni desaparece: se transforma.


Así pues, el término burgués, ya trasnochado, lo reconozco, no es más que el origen de lo que hoy preferimos llamar clase media, ésa en la que recae el sostén económico de un estado (antes nobleza y clero y hoy, además, políticos de cualquier condición e ideología) y a la que, en épocas de bonanza, se le permite engordar, en número de miembros y en abultamiento de bolsillo, mientras que, en época de vacas flacas, se la exprime hasta lo indecible, de forma que pierde tanto miembros como poder adquisitivo. Ojalá hoy siga siendo válido el dicho popular de “Dios aprieta pero no ahoga”, que la inteligencia de los que hoy ejercen de Dios sea al menos tan grande como la de quienes inventaron la sentencia, porque de la misma forma que Dios no puede ahogar, porque moriría al morir el último ser humano que lo piense, los que hoy ejercen de Dios tampoco deberían ahogarnos ya que corren el riesgo de morir ellos por inanición inmediatamente. Como ven, no contemplo el hecho de que se pongan a trabajar para ganarse el sustento.

En segundo lugar, de la misma forma que la clase media, en cuestiones económicas es heredera de los antaño llamados burgueses, también ha heredado, a mi forma de ver, sus valores (otrora llamados principios morales), su forma de ver el mundo e interpretarlo, sus prejuicios, etc. Se nos olvidó que fuimos el motor de un cambio y que, por tanto, podríamos volver a serlo, pero ésa es otra historia.

Dicho esto, quiero contarles lo que vi ayer sentada en mi sillón burgués sobre el que pende, cual espada de Damocles, la amenaza de caer y pasar a engrosar las filas de mendicantes, como tantos otros de mi clase ya lo han hecho y siguen haciendo cada día.

La escena que voy a contarles me dio tal sacudida que hizo que se me resquebrajara el alma. Entiéndase por alma, los cimientos ético-morales sobre los que se asienta mi vida.

Estaba sentada en un bar, tomándome un café con leche mientras leía un libro. Alcé la vista un momento y vi que entraba una mujer con una niña de unos cinco o seis años de la mano. La mirada de la mujer se cruzó con la mía. Yo la reconocí. Pocos días antes nos habíamos encontrado en la calle. Ella iba con la misma niña de la mano, ambas vestían igual que en ese momento. Me detuvo para pedirme unas monedas, en un castellano que indicaba que era extranjera, explicándome que era para comprar en la farmacia una pomada, dijo el nombre, para las rozaduras del pañal de su bebé, al que no llevaba consigo. Ayer tampoco lo llevaba. Me pregunté por él.

Ella entró hasta el fondo mientras yo recogía mis cosas para irme, sin embargo fue más rápida. Si pidió o no dinero a alguno de los ocupantes de las mesas del fondo del local, lo ignoro, pero dudo que le diera tiempo a hacerlo. Quizá la echaran, no sé.

Pagué y salí del bar. Ella caminaba delante de mí con paso lento y girándose a mirarme a cada paso. Me esperaba. Las alcancé. Ella me volvió a pedir dinero. Sonrió mostrando toda la dentadura dorada. Miré a la niña. Nunca he visto unos ojos tan tristes y vacíos como los de aquella niña. El alma me dio una sacudida y le pregunté si era su hija. No sé por qué lo hice. Las palabras me quemaban en los labios. Ella asintió y yo le dije que no podía pedir con la niña. Ella musitó algo como que ya lo sabía, no la entendí bien. Yo insistí en que no podía pedir con ella, que se la quitarían. La niña me miraba con esos ojos tan tristes y vacíos. Miraba como sin ver pero tenía los ojos fijos en mi rostro. Yo me volví a preguntar por el bebé mientras ella hablaba de que tenía que ir con la niña porque no la podía dejar en ningún sitio. Volví a sentir una sacudida. Yo le indiqué que acudiese a Servicios Sociales y le dije dónde podía encontrarlos. Dijo que había ido pero le habían dado cita para dos días más tarde y que la niña tenía que comer, que tenía hambre. Me pidió que entrara en el supermercado y comprara algo para la niña que seguía mirándome fijamente y partiéndome el alma. Nos separamos. Ella siguió caminando lentamente de la mano de la niña y yo tomé otra dirección. Me detuve y me giré a verlas marchar porque no sabía qué me estaba pasando y entonces vi a la niña. También ella se había girado mientras caminaba de la mano de la mujer. Seguía mirándome, los ojos tristes, fijos en la nada. Le hice una carantoña, le guiñé el ojo y sonreí. No reaccionó de ninguna manera. Siguió mirándome sin verme, tan triste… Comencé a llorar.

¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Si me encontrase en su situación y tuviera que pedir, ¿dónde dejaría a mis hijos? Tendría que llevarlos conmigo. Pero no es justo que un niño pase por eso. Ni bueno. No hay derecho. No debería ser así. Aunque quizá antes de pedir por las calles me hubiera desprendido del oro… Sin embargo puede que no fuera oro, o que cueste más quitarlo que dinero yo tuviera para hacerlo… ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Qué sé yo de estas cosas? ¿Y el bebé? ¿Qué ha sido de él? ¿Con quién está? ¿Por qué no está la niña junto con el bebé? Si se llevan a la niña por pedir con ella y es su madre… ¡dios, qué dolor más grande! ¿Quiénes somos nosotros para decidir que no puede estar con su madre? Yo sé lo que duele esa separación, sé las huellas que deja en los niños. No me quiero ni imaginar que nos ocurriese a mí y a mis hijos. Mis hijos… sabe dios qué hubiera sido de ellos si… Pero les dolió… o les dolerá. Aún con todo, podrán superarlo, están teniendo una oportunidad. Su oportunidad. Pero esa niña… sus ojos… ¿y si no fuera su madre?

Tomé una decisión aún sin saber muy bien qué me estaba pasando: mi lealtad estaba con la niña. Así que me encaminé al retén de policía e informé de lo que había visto.

Sé que no soy quién y sé que desde mi sillón burgués se ven las cosas de una manera que no tiene por qué ser la única, ni la mejor, ni la cierta, pero no puedo verlo de otra forma, no estoy en otro lugar. Y también sé que esa niña necesitaba ayuda. No sé cuál, pero la necesitaba. esos ojos... Y mi lealtad está con la niña. Ella también se merece una oportunidad.

domingo, 17 de octubre de 2010

Huelgas, abucheos y otras manifestaciones

Pongamos las cosas claras desde el principio porque voy a ser de nuevo políticamente incorrecta:

Yo no hice huelga el pasado 29 de septiembre, día en que se celebra la onomástica de los que comparten nombre con los arcángeles, en primer lugar porque no tengo derecho (la que escribe pertenece a esos seres normalmente calificados con los peores adjetivos posibles, casi siempre indicadores de una visión decimonónica e industrial de las relaciones laborales, que a nadie parece importar), pero sí temía que una huelga general montada a final de mes por una hábil mente pensante que debe haber olvidado que existen los trabajadores de mi sector, me obligase a hacer una especie de huelga a la japonesa y nos tuviese trabajando a destajo la noche del 29 y el día 30 para que todos los trabajadores –huelguistas o no– cuyas nóminas dependen de nosotras, pudiesen cobrar el día 30. Afortunadamente no fue así. Sólo 8 de los casi 650 trabajadores de distintos sectores que manejamos hicieron huelga. Agradecer a los 2 valientes trabajadores del siglo XXI que no tuvieron miedo de avisar de sus intenciones de secundar la huelga, que entendiesen la necesidad de los demás de organizarnos el trabajo para poder ir a casa a dormir la noche del 29 y mi incomprensión ante el miedo de los 6 restantes.

Durante la jornada de huelga, y las posteriores, escuché comentarios de todo tipo en cuanto al seguimiento de la misma, que si el consumo eléctrico demostraba que estaba resultando un éxito, que si dependía de sectores... La verdad es que ni entonces, ni durante los días posteriores, hasta hoy, he escuchado nada sobre el único dato fiable para saber si fue o no un éxito: el número de movimientos por huelga realizado en la Seguridad Social que es a quien comunicamos qué trabajadores han hecho huelga para que se tenga en cuenta a efecto de cotizaciones. Nada, se ve que los números de verdad tampoco interesan a nadie. Yo pregunté a compañeros del sector. La respuesta fue abrumadora: habían hecho los mismos o incluso menos movimientos que nosotras. Así que, para nosotros, los encargados de comunicar a la Seguridad Social el número de trabajadores que hizo huelga, el seguimiento fue ínfimo. Otra cosa es que algunas empresas, por prudencia, miedo o directamente imposibilidad, no abrieran sus puertas ese día. Y me refiero a las industrias ubicadas en polígonos donde la acción de los llamados piquetes informativos puede ser –de hecho en ocasiones es– más coercitiva que informativa y a los pequeños comercios que tuvieron la mala suerte de estar en el recorrido de las manifestaciones o de ser víctimas de los desmanes de algunos individuos poco respetuosos con los bienes ajenos que les sellaron las puertas con silicona o llenaron los escaparates de pegatinas y grafitis ignorando si había trabajadores en el pequeño comercio en cuestión o el único trabajador era el dueño, ese ser infame y sin derechos pero con un montón de obligaciones que ese día se lo pasó limpiando y arreglando los desperfectos.

Por otro lado, no llego a entender, perdonen mi supina ignorancia al respecto, la misión de los llamados piquetes informativos en pleno siglo XXI. ¿De verdad alguien cree que en plena era de las comunicaciones, cuando todo el mundo tiene televisión en su casa y se mantiene ante ella durante horas y horas viendo las imágenes y escuchando los sonidos que salen de la -no tan- pequeña pantalla, cuando en todas las cadenas televisivas y emisoras de radio se han dedicado horas y horas a hablar de la huelga, cuando ha salido el tema en toda la prensa escrita –incluso en la gratuita– y además en grandes titulares para que nadie pudiera evitar leerlo... de verdad alguien se cree que todavía es necesario informar a pie de fábrica, de calle o en la puerta del trabajo que es jornada de huelga? Si a pesar de toda la información recibida durante semanas, un trabajador -o trabajadora que no crean que me olvido de ellas, es que yo uso el genérico por economía del lenguaje, una de las primeras normas que aprendí en mi vida– decide acudir a trabajar el preciso día en que otros están haciendo huelga, no se me ocurre otra razón que explique tamaño suceso paranormal que el que esté ejerciendo su derecho al trabajo, tan respetable, por mucho que algunos lo lamenten, como el derecho a la huelga. De manera que no entiendo por qué este trabajador –y vuelvan a perdonar mi supina ignorancia– debe verse sometido a entrar ese día a trabajar atravesando un grupo más o menos nutrido de personas que, como mínimo, le miran con reprobación. Porque si es uno de los héroes de que hablaba en otro artículo, puede que entre a trabajar desafiando al grupo y sus miradas, pero si es uno de los simples humanos mantenedores de la especie (que somos los más numerosos), lo más probable es que regrese sobre sus pasos y se vea coaccionado a realizar una huelga que en principio no deseaba secundar por si entre los componentes del piquete se encuentra algún exaltado o violento que, creyendo que su pertenencia al piquete le da patente de corso, pase de las miradas a las palabras y de éstas a los hechos. Y es que el miedo es libre y el ser humano tiene memoria que le hace recordar sucesos acaecidos hace bastante (o no tanto) tiempo.

En segundo lugar, aunque hubiera podido hacer huelga, no la habría hecho. Ya avisé de que no iba a ser políticamente correcta. La razón es que no creo en las huelgas, manifestaciones o cualquier otro tipo de reivindicación masiva que me haga sentir miembro de grey. Llámenme lo que quieran, pero soy individualista. Mis lentejas me las busco yo y mis problemas me los soluciono yo y si no se pueden solucionar, que es lo que ocurre con las cuestiones que afectan a la política y las masas porque nos trascienden, pues aprendo a vivir con ellos. Me amoldo, señores, e intento sobrevivir. Y no soy la única, por lo que observo, que tiene como filosofía de vida lo que resume la frase de Bruce Lee que tan famosa hizo una campaña publicitaria, desde mucho antes de que la mencionada campaña la difundiera por doquier.

Esta lección la aprendí hace tiempo, cuando era más joven. Entonces acudí a manifestaciones y secundé muchas jornadas de huelga para evitar que la LOGSE saliera adelante. Por aquel entonces los maestros y los que estudiábamos para serlo, la veíamos como lo que ha resultado ser: un fracaso educativo de gravísimas consecuencias. Ni siquiera poniendo los medios adecuados para llevarla a cabo podría funcionar, cuánto menos sin la dotación económica suficiente. Dio igual, se impuso a pesar de tener en contra al colectivo que debía aplicarla (como tantas otras veces se hace). Visto que cuando un político toma una decisión de las de verdad, no de esas que lanzan como globos sonda para tantear la opinión de la gente y se pasan varios días diciendo cada uno de ellos una cosa para al final decir donde dije digo, digo Diego, siempre es irrevocable y más si es en materia económica porque normalmente tienen que obedecer las órdenes de los de arriba, es decir, de quienes juegan la partida de la que los de abajo sólo somos piezas del tablero, mi conclusión fue la del escepticismo grupal y opté por el individualismo. Así yo, durante los años que ejercí como maestra o profesora, intenté transmitir a mis alumnos el gusto por el saber, la necesidad del esfuerzo real para obtener resultados y otras muchas cosas que es evidente que estaban pasadas de moda e iban contracorriente, pues ya no ejerzo como tal.

Pero vaya, es que yo suelo ir a contracorriente normalmente porque, ya lo he dicho, no me gusta sentirme miembro de grey, me gusta formarme mi propia opinión que, a veces, concordará con la de la mayoría o con la de los que mandan, o no. Y por eso, a pesar de que no hubiera secundado lo huelga de haber podido hacerlo, también diré que estoy en contra de la Reforma que se pretendía evitar con la huelga. Pero estoy en contra porque me parece una reforma mojigata que no va a solucionar nada y que sólo parece fruto de una mala situación económica de las arcas del estado en la que se pretende, por una parte, recaudar más dinero a base de recortar las bonificaciones por contratación, y por otra hacernos comulgar con ruedas de molino vendiéndonos humo. Esta reforma, que no gusta a los sindicatos, dudo mucho que guste tampoco a la patronal. Les recomiendo que se la lean después de haberse leído las anteriores leyes y sus reformas. Verán cómo poco a poco fueron desapareciendo ventajas para todos, empresarios y trabajadores. Pero lean ustedes, vayan ustedes a las fuentes, no escuchen a los que, desde los micrófonos, intentan llevarse el ascua a su sardina contándonos verdades a medias o mentiras a espuertas.

Y hablando de cosas con las que estoy en desacuerdo, tampoco apruebo los abucheos en actos solemnes. Creo que cada cosa tiene su tiempo y su espacio. Y gritar: “Zapatero, dimisión” mientras desfila la Senyera el día de la Comunidad o mientras se realiza el homenaje a los caídos el día de la Hispanidad, miren, pueden llamarme retrógrada, estirada, o lo que quieran, pero lo considero una falta de respeto y una elección del momento, cuando menos, desafortunada. Las personas somos libres de expresar nuestra opinión, pero igual que no hay que confundir libertad con libertinaje, existen momentos y foros donde expresar nuestra opinión, y no es todo válido. Un momento solemne, en el que los políticos actúan en representación de toda la ciudadanía, les hayamos votado o no, y no actúan en representación propia, no es el foro para exponer reivindicaciones privadas. Y da igual lo cansado, harto o aburrido que esté uno de esos políticos. Se trata de educación, señores, y la estamos perdiendo a una velocidad vertiginosa y sin ella el mundo que nos espera es el de algunos vergonzosos programas televisivos, pero de eso, hablaré otro día.