Escuché ayer en la radio un anuncio que patrocinaba el Arzobispado de Valencia y en el que se nos decía que si queríamos entender la historia teníamos que estudiar religión.
¿Qué religión? ¿Qué parte de la religión?
Creo que tienen una especie de revoltijo en la cabeza, vamos, lo que viene siendo un totum revolutum, dicho sea con todos mis respetos.
Miren, si estamos hablando de estudiar las religiones tal y como estudiamos lo que se ha venido en llamar mitología, pues podría estar de acuerdo dado que forman parte de la cultura de un pueblo, del conjunto de sus tradiciones y ayudan a explicar su cosmovisión. Pero si estamos hablando de la enseñanza de dogmas, creencias, principios, moral y ritos de una religión en concreto, mezclando estos conceptos con la fe, pues no puedo estar de acuerdo, la verdad. Y creo que los que defienden la enseñanza de la religión tampoco lo estarían, si se pusieran por un momento en la piel de un agnóstico.
¿De veras me están diciendo que para entender la historia he de conocer la religión? ¿Que para entender por qué se conquistan los pueblos, por qué se realizan alianzas o cómo y por qué hemos evolucionado como especie, necesito que me expliquen la existencia de un dios y me enseñen a creer en sus mandamientos, preceptos y demás doctrina?
Vaya, pues yo prefiero explicar el origen de la Inquisición y su pervivencia durante siglos, a través de la ambición, la soberbia, la intolerancia, el miedo y otras formas de maldad humana, que no pensar que, de verdad, era un dios el que mandaba realizar esas calamidades.
Prefiero pensar que las Cruzadas –o las guerras santas, que me da igual cómo se quieran llamar y en qué siglo aparezcan– tenían su origen en un afán de dominio y conquista por parte de unos gobernantes muy humanos que no que existe un dios –o, peor aún, varios dioses– al que le parece que las guerras –y los asesinatos y las violaciones que las acompañan–, son la mejor forma de ganar adeptos.
Y, desde luego, no tengo ninguna necesidad de compartir fe con los arquitectos, escultores, pintores, escritores y demás artistas que han creado obras magníficas a lo largo de los siglos en los que el ser humano lleva habitando el planeta. Sólo necesito conocer los códigos. Y para eso me basta conocer las religiones tal y como me enseñaron la animista, la mitología griega y romana, las religiones precolombinas, y el resto de religiones que perviven en la actualidad y que, como no son la católica, no consideraron oportuno inculcarme la fe.
En resumen, que estudiar en las escuelas cualquier cosa que suponga cultura me parece un acierto, inculcar ideologías, no. Para eso hay otros lugares. Pero, francamente, mientras quienes impartan la asignatura de religión, sean creyentes contratados por la Iglesia Católica que, si no cumplen con el modo de vida que la propia Iglesia considera apropiada, son despedidos, no me parece que tengan fácil separar el hecho religioso, visto objetivamente, de la doctrina religiosa.
Para todos los que tenéis opinión propia, para los que os gusta debatir, para los que respetáis la opinión del otro, para los que sólo entráis por hacerme el favor y leerme... A todos, sed bienvenidos y muchas gracias por estar al otro lado.
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martes, 24 de mayo de 2016
lunes, 8 de febrero de 2016
¿CÓMO CONSEGUIR QUE LOS NIÑOS PRONUNCIEN CORRECTAMENTE?
Ya sé que ésta no es una entrada como a las que os tengo acostumbrados, pero es que el otro día me dijeron que por qué no patentaba el método y he pensado que, en vez de eso por qué no compartirlo con vosotros.
Todos conocemos algún niño que no es capaz de pronunciar bien algunos sonidos. Lo que habitualmente hacemos padres y profesores es pronunciar correctamente la palabra para que el niño la repita. Pero no siempre es fácil ni sale a la primera y, como el niño sea pundonoroso, la hemos liado porque se negará a repetirla.
Bueno, pues como yo me he encontrado a muchos niños pundonorosos a lo largo de mi vida como maestra, tía y, finalmente, madre, he ideado un sistema que funciona y que hace que el niño aprenda solo y se corrija sin tener que repetir la palabra maldita.
El sistema se basa en mis estudios de fonología. La mayor parte de estos errores fonéticos se producen porque el niño no sabe dónde articular el sonido. Me explico, los sonidos se describen atendiendo a unos rasgos distintivos que los hacen diferentes unos de otros. Unos tienen que ver con la participación o no de las fosas nasales en la emisión del sonido (sonidos nasales u orales); otros con la vibración o no de las cuerdas vocales (sonidos sordos o sonoros); otros en cómo pasa el aire a través de los distintos órganos cuando emitimos el sonido (sonidos oclusivos, fricativos, africados, laterales o vibrantes); y, por último, dónde se articula ese sonido, es decir, qué órganos intervienen para producirlo (sonidos bilabiales, labiodentales, alveolares, dentales, o velares).
Éste último grupo es el que lleva a error casi siempre, porque los niños no confunden sonidos orales con nasales (a menos que estén resfriados), ni sonidos sordos con sonidos sonoros (jueco en vez de juego), ni sonidos en los que el aire, por ejemplo, primero encuentra un obstáculo y luego pasa libre, con sonidos en los que el aire pasa rozando, (tuego en vez de juego). No. El problema se da cuando dos sonidos son casi iguales salvo por el pequeño detalle de que no se articula en ese sitio: por ejemplo dicen juebo en vez de juego.
Por eso, si sabemos dónde se articula el sonido, basta con señalar el punto concreto con la mano a los niños, ellos buscarán ese punto y pronunciarán correctamente. Pero lo mejor de todo es que cada vez que vayan a pronunciar ese sonido, y hasta que lo dominen, los veréis colocar sus dedos en ese punto y pronunciar el sonido a la perfección.
Os dejo la lista de signos que uso yo para que lo probéis y ya me diréis el resultado:
No os preocupéis si os parecen muchos gestos. Mi experiencia es que las confusiones más comunes son las del primer y último punto, con lo que los niños sólo tendrán que poner sus dedos en los labios o en la garganta.
Espero que os sea útil.
Todos conocemos algún niño que no es capaz de pronunciar bien algunos sonidos. Lo que habitualmente hacemos padres y profesores es pronunciar correctamente la palabra para que el niño la repita. Pero no siempre es fácil ni sale a la primera y, como el niño sea pundonoroso, la hemos liado porque se negará a repetirla.
Bueno, pues como yo me he encontrado a muchos niños pundonorosos a lo largo de mi vida como maestra, tía y, finalmente, madre, he ideado un sistema que funciona y que hace que el niño aprenda solo y se corrija sin tener que repetir la palabra maldita.
El sistema se basa en mis estudios de fonología. La mayor parte de estos errores fonéticos se producen porque el niño no sabe dónde articular el sonido. Me explico, los sonidos se describen atendiendo a unos rasgos distintivos que los hacen diferentes unos de otros. Unos tienen que ver con la participación o no de las fosas nasales en la emisión del sonido (sonidos nasales u orales); otros con la vibración o no de las cuerdas vocales (sonidos sordos o sonoros); otros en cómo pasa el aire a través de los distintos órganos cuando emitimos el sonido (sonidos oclusivos, fricativos, africados, laterales o vibrantes); y, por último, dónde se articula ese sonido, es decir, qué órganos intervienen para producirlo (sonidos bilabiales, labiodentales, alveolares, dentales, o velares).
Éste último grupo es el que lleva a error casi siempre, porque los niños no confunden sonidos orales con nasales (a menos que estén resfriados), ni sonidos sordos con sonidos sonoros (jueco en vez de juego), ni sonidos en los que el aire, por ejemplo, primero encuentra un obstáculo y luego pasa libre, con sonidos en los que el aire pasa rozando, (tuego en vez de juego). No. El problema se da cuando dos sonidos son casi iguales salvo por el pequeño detalle de que no se articula en ese sitio: por ejemplo dicen juebo en vez de juego.
Por eso, si sabemos dónde se articula el sonido, basta con señalar el punto concreto con la mano a los niños, ellos buscarán ese punto y pronunciarán correctamente. Pero lo mejor de todo es que cada vez que vayan a pronunciar ese sonido, y hasta que lo dominen, los veréis colocar sus dedos en ese punto y pronunciar el sonido a la perfección.
Os dejo la lista de signos que uso yo para que lo probéis y ya me diréis el resultado:
- Para pronunciar los sonidos /m/, /b/, /p/: llevarse la mano a los labios cerrados mientras se pronuncian.
- Para pronunciar el sonido /f/: llevarse el dedo índice al labio inferior mientras se pronuncia para que el niño sienta el aire sobre el dedo.
- Para pronunciar el sonido /ϑ / de zapatilla, cera o cielo: simular que cogemos nuestra lengua con dos dedos, mientras pronunciamos el sonido.
- Para pronunciar los sonidos /t/ y /d/: tocar con el dedo índice los dientes superiores cuando pronunciamos el sonido.
- Para pronunciar los sonidos /l/, /r/, /s/ y /n/: señalar con el índice dentro de la boca bien abierta para que el niño vea dónde se coloca la lengua.
- Y para pronunciar los sonidos /g/ de gato o guiso, /k/ de casa o queso y /x/ de jamón o gente: llevar los dedos al cuello y colocarlos en la garganta mientras pronunciamos el sonido.
No os preocupéis si os parecen muchos gestos. Mi experiencia es que las confusiones más comunes son las del primer y último punto, con lo que los niños sólo tendrán que poner sus dedos en los labios o en la garganta.
Espero que os sea útil.
jueves, 21 de enero de 2016
APRENDIZ DE MALA
Les confieso que tengo un problema. Tengo la manía de creer en la bondad apriorística de la gente y luego me meto unos trompazos que me dejan temblando varios días como si fuera uno de esos dibujos animados que, después de recibir un golpe, se pasan unos segundos vibrando por la pantalla.
Hace unos meses describí en otra entrada a los distintos especímenes de humanos (Pincha aquí) y hoy he conocido a una aprendiz de mala de cojones de alrededor de siete años. Ustedes me dirán: "¡Imposible que una criaturita sea tal cosa!" Y yo les contesto que eso pensaba yo hasta que me la encontré. Les cuento y juzguen ustedes si la niña apunta maneras o no.
Mi hijo que en ese momento aún no había cumplido seis años salió hace unas semanas del colegio contándonos una historia absurda de un tal Matacuchillos y que ha estado llorando. Como no entendíamos nada, se enfada y nos cuenta que era una broma pero que él se la había creído porque es tonto. Aún entendemos menos. Se acerca su profesora y nos explica que el niño se había asustado mucho en el patio porque unas niñas le han contado una historia de miedo. La historia en cuestión es que existe un tal Matacuchillos que, en vez de andar matando cuchillos como su nombre indica, va matando niños que están en los colegios y aprovecha para hacerlo cuando los niños entran al servicio. En concreto, ya ha matado, según las niñas en cuestión, a una nena en el baño de un colegio cercano. Como mi hijo, no sabía si creérselo o no, más bien supongo que estaba muertecito de miedo y buscaba una confirmación de la falsedad de lo narrado para poder respirar de nuevo, les preguntó si lo decían en serio, a lo que la aprendiza de mala de cojones, contestó que sí, que la acompañara al aseo de chicas y lo vería. Allí había mandado minutos antes a su amiga, que los esperaba haciéndose la muerta. Estarán conmigo que la niña es, por lo menos, retorcida.
No contenta con eso, persigue, desde entonces, a mi criatura todos los santos días con la historieta de marras; le amenaza con acusarle de haber hecho “gorrinadas” con otras niñas en el baño si no hace lo que ella le manda; le persigue por el patio para "obligarle" a ser su novio (con todo lo que ello conlleva) o el novio de su amiga…, vamos, que tiene a mi hijo aterrorizado.
Ayer tarde, salió mi hijo del colegio y me dijo que la nenita le había invitado a su cumpleaños para hacer las paces y ser amigos y me dio una nota escrita en un pañuelo de papel pero, claro, muy serio no parece. Ante mis reticencias, el nano me cuenta que se lo había dado en el patio y que era para que fuera su amigo. Como la niña estaba a unos dos metros de nosotros con su madre, envié a mi hijo a que le preguntase dónde era el evento. Mi peque fue y regresó unos segundos más tarde con cara de no entender nada diciéndome que era mentira y que él se lo había vuelto a creer.
¿Se puede ser más malvada? ¿Qué digo malvada? Mala de cojones. Y esperen a que crezca, porque su madre no le dijo ni mu.
Hace unos meses describí en otra entrada a los distintos especímenes de humanos (Pincha aquí) y hoy he conocido a una aprendiz de mala de cojones de alrededor de siete años. Ustedes me dirán: "¡Imposible que una criaturita sea tal cosa!" Y yo les contesto que eso pensaba yo hasta que me la encontré. Les cuento y juzguen ustedes si la niña apunta maneras o no.
Mi hijo que en ese momento aún no había cumplido seis años salió hace unas semanas del colegio contándonos una historia absurda de un tal Matacuchillos y que ha estado llorando. Como no entendíamos nada, se enfada y nos cuenta que era una broma pero que él se la había creído porque es tonto. Aún entendemos menos. Se acerca su profesora y nos explica que el niño se había asustado mucho en el patio porque unas niñas le han contado una historia de miedo. La historia en cuestión es que existe un tal Matacuchillos que, en vez de andar matando cuchillos como su nombre indica, va matando niños que están en los colegios y aprovecha para hacerlo cuando los niños entran al servicio. En concreto, ya ha matado, según las niñas en cuestión, a una nena en el baño de un colegio cercano. Como mi hijo, no sabía si creérselo o no, más bien supongo que estaba muertecito de miedo y buscaba una confirmación de la falsedad de lo narrado para poder respirar de nuevo, les preguntó si lo decían en serio, a lo que la aprendiza de mala de cojones, contestó que sí, que la acompañara al aseo de chicas y lo vería. Allí había mandado minutos antes a su amiga, que los esperaba haciéndose la muerta. Estarán conmigo que la niña es, por lo menos, retorcida.
No contenta con eso, persigue, desde entonces, a mi criatura todos los santos días con la historieta de marras; le amenaza con acusarle de haber hecho “gorrinadas” con otras niñas en el baño si no hace lo que ella le manda; le persigue por el patio para "obligarle" a ser su novio (con todo lo que ello conlleva) o el novio de su amiga…, vamos, que tiene a mi hijo aterrorizado.
Ayer tarde, salió mi hijo del colegio y me dijo que la nenita le había invitado a su cumpleaños para hacer las paces y ser amigos y me dio una nota escrita en un pañuelo de papel pero, claro, muy serio no parece. Ante mis reticencias, el nano me cuenta que se lo había dado en el patio y que era para que fuera su amigo. Como la niña estaba a unos dos metros de nosotros con su madre, envié a mi hijo a que le preguntase dónde era el evento. Mi peque fue y regresó unos segundos más tarde con cara de no entender nada diciéndome que era mentira y que él se lo había vuelto a creer.
¿Se puede ser más malvada? ¿Qué digo malvada? Mala de cojones. Y esperen a que crezca, porque su madre no le dijo ni mu.
martes, 1 de diciembre de 2015
CASTIGO VS. REFUERZO POSITIVO
Seguramente habrán oído hablar de distintas técnicas para educar a nuestros vástagos, para conseguir que dejen de ser salvajitos deambulando libremente por el mundo y se comporten de manera socialmente aceptable.
Y seguramente habrán oído hablar de que, para evitar que se repitan aquellas conductas no deseables ustedes pueden castigar a su vástago enviándolo al rincón de pensar o prohibiéndole que realice alguna actividad que al vástago le resulte agradable o apetecible.
De igual forma, es seguro que se habrán encontrado con representantes de la otra tendencia educativa. La que afirma que es mejor premiar las conductas deseables e ignorar las indeseables. Es decir, su vástago hallará en usted sonrisas, alabanzas y cualquier otro premio cada vez que su comportamiento sea el que usted espera de él, y la más absoluta indiferencia cada vez que actúe de manera inapropiada.
Bueno, esto era lo que yo creía, pero es que, en realidad, soy una ignorante que no sabe pedagogía, así que no me hagan mucho caso. Y, si por azar, ustedes opinaban lo mismo que yo, sigan leyendo y saldrán de su error... o no.
Mi costillo y yo tenemos la mala costumbre de apelar al sentido común en la educación de nuestros vástagos y, claro, en ocasiones chocamos con la lógica del común de los mortales y salimos electrocutados.
Es lo que nos ocurrió el otro día cuando tuvimos una conversación muy interesante sobre este tema del castigo vs. refuerzo positivo con la P.T. del colegio de nuestros hijos. Para los legos en la materia como era yo, hasta hace nada, les traduzco al castellano de a pie las siglas, para que también ustedes puedan ser modernos y hablar como ellos, P.T. corresponde a Pedagoga Terapéutica, es decir, la docente que atiende a los niños con alguna dificultad en el aprendizaje.
La conversación derivó a esos derroteros, tras pasar por las quejas de la profesional sobre la escasa atención de mi hijo pequeño, que se distrae con facilidad y se mueve mucho. Yo escuchaba sus quejas ojiplática y sin llegar a entender si la docente era consciente de los requisitos de su profesión. Es como si un médico se quejase de que el señor que ha entrado a su consulta está enfermo.
De repente, interrumpe su quejoso discurso para preguntarnos qué es lo que más le gusta a nuestro hijo.
-Los coches -responde mi costillo sin acabar de entender adónde nos quería llevar.
-Perfecto, pues vamos a utilizar el refuerzo positivo -dice ella- y le vamos a quitar los coches, si no atiende o no se porta bien, porque castigar no es bueno, es mejor el refuerzo positivo.
Sobre mi cabeza apareció un enorme interrogante y, tratando de disiparlo le insinué:
-Pero eso es un castigo ¿no?
-No -afirmó ella con rotundidad-. En pedagogía eso es un refuerzo positivo.
-Entonces, ¿qué es un castigo? -pregunté yo con verdadero interés en aprender.
-Un castigo sería dejarle sin patio -dijo ella-, porque a él le da igual pero yo me quedo también sin patio y encima él como no ha salido a desahogarse (que eso es muy malo para los niños), luego se porta aún peor porque necesita moverse, y, claro, yo tengo que lidiar con él y, claro.
Comprendo, un castigo es si la afectada es ella, es decir, si es ella la que padece los efectos del castigo, ahora si los efectos los padece el niño, se llama refuerzo positivo.
Intentaré explicarlo con su propio ejemplo a ver si lo consigo:
Castigo: dejo al niño sin patio y como el maldito no puede estar solo, me tengo que quedar con él y me auto-castigo sin patio. Encima, el puñetero se pone insoportable por no salir a correr y se porta peor, con lo que me vuelvo a castigar teniendo que aguantarle.
Refuerzo positivo: les digo a sus padres que se ha portado mal y que tienen que quitarle los coches, así que aguanten ellos sus lloros y sus rabietas que para eso son sus padres.
¿A que nos ha quedado muy claro? ¿No? Venga, cierren la boca que se les va a desencajar la mandíbula y les digo, por experiencia, que es muy doloroso y que entran moscas.
Y seguramente habrán oído hablar de que, para evitar que se repitan aquellas conductas no deseables ustedes pueden castigar a su vástago enviándolo al rincón de pensar o prohibiéndole que realice alguna actividad que al vástago le resulte agradable o apetecible.
De igual forma, es seguro que se habrán encontrado con representantes de la otra tendencia educativa. La que afirma que es mejor premiar las conductas deseables e ignorar las indeseables. Es decir, su vástago hallará en usted sonrisas, alabanzas y cualquier otro premio cada vez que su comportamiento sea el que usted espera de él, y la más absoluta indiferencia cada vez que actúe de manera inapropiada.
Bueno, esto era lo que yo creía, pero es que, en realidad, soy una ignorante que no sabe pedagogía, así que no me hagan mucho caso. Y, si por azar, ustedes opinaban lo mismo que yo, sigan leyendo y saldrán de su error... o no.
Mi costillo y yo tenemos la mala costumbre de apelar al sentido común en la educación de nuestros vástagos y, claro, en ocasiones chocamos con la lógica del común de los mortales y salimos electrocutados.
Es lo que nos ocurrió el otro día cuando tuvimos una conversación muy interesante sobre este tema del castigo vs. refuerzo positivo con la P.T. del colegio de nuestros hijos. Para los legos en la materia como era yo, hasta hace nada, les traduzco al castellano de a pie las siglas, para que también ustedes puedan ser modernos y hablar como ellos, P.T. corresponde a Pedagoga Terapéutica, es decir, la docente que atiende a los niños con alguna dificultad en el aprendizaje.
La conversación derivó a esos derroteros, tras pasar por las quejas de la profesional sobre la escasa atención de mi hijo pequeño, que se distrae con facilidad y se mueve mucho. Yo escuchaba sus quejas ojiplática y sin llegar a entender si la docente era consciente de los requisitos de su profesión. Es como si un médico se quejase de que el señor que ha entrado a su consulta está enfermo.
De repente, interrumpe su quejoso discurso para preguntarnos qué es lo que más le gusta a nuestro hijo.
-Los coches -responde mi costillo sin acabar de entender adónde nos quería llevar.
-Perfecto, pues vamos a utilizar el refuerzo positivo -dice ella- y le vamos a quitar los coches, si no atiende o no se porta bien, porque castigar no es bueno, es mejor el refuerzo positivo.
Sobre mi cabeza apareció un enorme interrogante y, tratando de disiparlo le insinué:
-Pero eso es un castigo ¿no?
-No -afirmó ella con rotundidad-. En pedagogía eso es un refuerzo positivo.
-Entonces, ¿qué es un castigo? -pregunté yo con verdadero interés en aprender.
-Un castigo sería dejarle sin patio -dijo ella-, porque a él le da igual pero yo me quedo también sin patio y encima él como no ha salido a desahogarse (que eso es muy malo para los niños), luego se porta aún peor porque necesita moverse, y, claro, yo tengo que lidiar con él y, claro.
Comprendo, un castigo es si la afectada es ella, es decir, si es ella la que padece los efectos del castigo, ahora si los efectos los padece el niño, se llama refuerzo positivo.
Intentaré explicarlo con su propio ejemplo a ver si lo consigo:
Castigo: dejo al niño sin patio y como el maldito no puede estar solo, me tengo que quedar con él y me auto-castigo sin patio. Encima, el puñetero se pone insoportable por no salir a correr y se porta peor, con lo que me vuelvo a castigar teniendo que aguantarle.
Refuerzo positivo: les digo a sus padres que se ha portado mal y que tienen que quitarle los coches, así que aguanten ellos sus lloros y sus rabietas que para eso son sus padres.
¿A que nos ha quedado muy claro? ¿No? Venga, cierren la boca que se les va a desencajar la mandíbula y les digo, por experiencia, que es muy doloroso y que entran moscas.
martes, 10 de noviembre de 2015
LOS CONSEJOS NO PEDIDOS Y LAS MODAS: EL TERROR DE LOS PADRES
¿Se acuerdan del cuento del padre y el hijo que van en burra y que todo el mundo tiene que decirles cómo han de ir? Yo lo recordé el otro día por una anécdota y, desde entonces, no paro de darle vueltas.
Está claro que en la educación de los niños participa la tribu. No puede ser de otra manera porque todo, absolutamente todo, influye en quiénes somos y en cómo somos. Pero también es cierto que, al menos en nuestra sociedad, los últimos responsables o al menos los principales responsables de la educación de nuestros hijos somos los padres. Que menuda tarea nos hemos buscado, la verdad, porque nadie nace aprendido, porque esto no se estudia en ninguna escuela o universidad y porque la única manera de aprender es el ensayo error. ¡Ah! Y porque hemos de asumir que nunca vamos a hacerlo bien y que nuestros hijos nos van a echar en cara el resto de sus vidas todos y cada uno de nuestros errores, así que, cada día hemos de tomar nuestra cucharada de humildad.
Yo creo que debemos estar haciéndolo realmente mal, porque la tribu se siente en la obligación de estar dándonos consejos constantemente y nadie aconseja al que lo hace bien. Pero lo cierto es que, a veces, estos consejos no pedidos están sometidos al imperio de las modas y hacen más mal que bien.
Voy a poner algunos ejemplos en los que seguramente se verán reflejados todos mis colegas de profesión (o voluntariado porque lo de ser padres no es retribuido, a pesar de que algunos maestros, a raíz del debate de los últimos días, proponen que a nosotros también se nos baje el sueldo, debe ser que no tienen hijos y no saben que son un saco sin fondo en que no para de entrar dinero pero de donde nunca se saca).
Parece ser que la cosa empieza cuando una mujer está embarazada. Me cuentan -ya saben que yo cambié el parto por una sentencia-, que últimamente los médicos, matronas y demás personal sanitario les explican los múltiples beneficios de la lactancia materna. Hasta aquí nada que objetar, si no fuera porque algunos profesionales se toman muy a pecho, nunca mejor dicho, la difusión de esta forma tradicional de alimentación y empiezan a gotear consejos, cual estalactitas, para alcanzar la maternidad óptima sobre las cabezas hormonadas de las futuras madres, quienes absorben y a su vez crean estalagmitas maternales que las distinguirán por excelentes frente a aquellas pésimas mujeres y peores madres que no pueden o no quieren dar el pecho a sus retoños.
Una vez nacida la criatura, se la lleva al pediatra para que la registre –quiero decir, controle–, y me cuenta una amiga que el pediatra le dijo que debía darle el pecho a demanda, así que la pobre iba todo el día con la teta fuera porque debía enchufársela al churumbel cada vez que éste hacía “uec”. Además este amable señor era de la liga antichupete y prefería que el niño de mi amiga chupara pezón, Así que como mi sobrino adoptivo nació en noviembre, mi amiga y casi hermana fue de pulmonía en pulmonía hasta que, en febrero, el pediatra fue sustituido, por ignotas razones, por otro colega al que estas recomendaciones le parecían una solemne tontería que iban a provocar que el niño no tuviese adquirido un horario de comida como dios manda, con lo que le pautó unas horas concretas de alimentación para gran pena del niño que se pasó días llorando sin parar y de la madre que no podía dormir con el llanto de su hijo. Ni qué decir tiene, que el resto de la tribu también opinaba al respecto, pero con la medicina hemos topado y el médico siempre tiene razón.
Eso sí, que el que no se consuela es porque no quiere y mi amiga decía que al menos ella, como no trabajaba fuera de casa no había tenido que usar ese invento llamado sacaleches.
¿Quién no ha oído las maravillosas recomendaciones que todo el mundo nos dedica sobre cómo y dónde debe dormir nuestro hijo? Que si en cama propia, que si en la nuestra, que si a oscuras, que si con luz, que de lado, que boca abajo… ¡Dios mío, cuánta complicación para dormir! Yo opté porque durmiese en su cuarto y le compré una bonita habitación pensando, incluso, en cuando tuviera amigos con los que hacer fiesta de pijamas. Todo iba bien hasta que llegaron los terrores nocturnos. En mitad de la noche, un grito desgarrador nos ponía en pie de un salto y, con los pelos de punta y los ojos cerrados, acudíamos a su habitación entre diez y quince veces por noche. Aguantamos estoicamente durante tres semanas sin más señales que unas ojeras permanentes, una boca siempre bostezante, un par de palillos decorando nuestras pestañas, varios moratones como resultado de las incursiones nocturnas a oscuras en campo enemigo y un mal genio creciente. A la cuarta semana, y viendo que el asunto llevaba trazas de eternizarse, nos reunimos en comité matrimonial para ajustar la estrategia. Lo más urgente: dormir. La solución lógica: pasar al crío gritón a nuestra cama, al menos evitaríamos los golpes. Funcionó. Fue dormir con nosotros y el nano se despertaba, nos abrazaba, pero no gritaba. Mano de santo, oigan.
La mala suerte quiso que en una visita al pediatra, me preguntasen por el sueño del niño. Al responder yo que no dormía de un tirón, pero que al menos ya no gritaba en mitad de la noche, al pediatra en cuestión comenzó a girarle la cabeza cual niña del exorcista, soltando espumarajos, sapos y culebras por la boca mientras me condenaba por haber cedido al chantaje de mi hijo, por no saber educarle y consentirle los caprichos y por estar rompiendo mi matrimonio por no poder cumplir con las obligaciones derivadas del mismo.
¡Horror! Vuelta a convocar asamblea matrimonial. Intentos y más intentos de dormir al niño en su cama. Imposible. El matrimonio no sé, pero mi vida (siempre he querido ser la Bella Durmiente, pero para poder dormir cien años) sí corría peligro: necesitaba dormir. Por fin encontramos una solución razonable: ¡un colchón por turnos! Dormimos al niño en nuestra cama y luego lo pasamos a la suya. Lo probamos y funcionó. El niño se durmió y no se despertó ni siquiera al pasarlo a su cama. Todo iba tan perfectamente que decidimos ponernos al tema y… en mitad de la faena, un grito desgarrador en mitad de la noche, de nuevo carreras por el pasillo a oscuras pero esta vez con la dificultad añadida de ponernos la ropa mientras volábamos a callar al niño antes de que los vecinos avisasen a la policía. Acabamos con una nariz hinchada por pretender entrar por donde no había puerta, un dedo meñique roto al chocar con el marco de la puerta, el niño de nuevo a nuestra cama y la libido a los pies.
¿Qué me dicen de los comentarios sobre si lo llevas en brazos o no? Recuerdo a un transeúnte desconocido que se auto-otorgó la libertad de decirme que no tenía que llevar a mi hijo en brazos porque era demasiado mayor (ignoro si se refería al niño o a mí). Pero también hay quien opina que llevarlo en carrito es tan nocivo como no darle el pecho porque no crea vínculo. Y ¿qué clase de madre soportaría no tener vínculo con su hijo?
Ni qué decir de los partidarios de la educación tradicional con cachete a tiempo incluido o los partidarios de la felicidad del niño ante todo.
¿Y cuando llega al colegio? Entonces entran también los profesores a opinar. Que si sobreproteges al niño, que si pasas de él, que si le apuntas a demasiadas extraescolares, que si no lo estimulas lo suficiente, que si los deberes son asunto del niño, que si no te responsabilizas de que los haga…
¡Basta ya! Esto de ser padres es muy difícil y no ayudan nada con tanto consejo contradictorio y tanta moda para ganar dinero vendiendo libros que no pueden proporcionarnos sentido común. Sean prudentes, por favor, nadie sabe con exactitud por qué hemos tomado una determinada decisión como padres, porque nadie está en nuestra piel, pero créannos, podemos ser unos zopencos redomados, unos ignorantes, un producto deformado de la sociedad en la que vivimos, o tan pésimas personas como ustedes quieran decir que somos, pero queremos a nuestros hijos y hacemos lo que, en cada momento, creemos que es lo mejor para ellos y, si nos equivocamos, créannos, somos los primeros en auto-fustigarnos y en padecer las consecuencias.
Así que, por favor, los consejos no pedidos, guárdenselos y las modas, úsenlas para el vestir. Gracias.
Está claro que en la educación de los niños participa la tribu. No puede ser de otra manera porque todo, absolutamente todo, influye en quiénes somos y en cómo somos. Pero también es cierto que, al menos en nuestra sociedad, los últimos responsables o al menos los principales responsables de la educación de nuestros hijos somos los padres. Que menuda tarea nos hemos buscado, la verdad, porque nadie nace aprendido, porque esto no se estudia en ninguna escuela o universidad y porque la única manera de aprender es el ensayo error. ¡Ah! Y porque hemos de asumir que nunca vamos a hacerlo bien y que nuestros hijos nos van a echar en cara el resto de sus vidas todos y cada uno de nuestros errores, así que, cada día hemos de tomar nuestra cucharada de humildad.
Yo creo que debemos estar haciéndolo realmente mal, porque la tribu se siente en la obligación de estar dándonos consejos constantemente y nadie aconseja al que lo hace bien. Pero lo cierto es que, a veces, estos consejos no pedidos están sometidos al imperio de las modas y hacen más mal que bien.
Voy a poner algunos ejemplos en los que seguramente se verán reflejados todos mis colegas de profesión (o voluntariado porque lo de ser padres no es retribuido, a pesar de que algunos maestros, a raíz del debate de los últimos días, proponen que a nosotros también se nos baje el sueldo, debe ser que no tienen hijos y no saben que son un saco sin fondo en que no para de entrar dinero pero de donde nunca se saca).
Parece ser que la cosa empieza cuando una mujer está embarazada. Me cuentan -ya saben que yo cambié el parto por una sentencia-, que últimamente los médicos, matronas y demás personal sanitario les explican los múltiples beneficios de la lactancia materna. Hasta aquí nada que objetar, si no fuera porque algunos profesionales se toman muy a pecho, nunca mejor dicho, la difusión de esta forma tradicional de alimentación y empiezan a gotear consejos, cual estalactitas, para alcanzar la maternidad óptima sobre las cabezas hormonadas de las futuras madres, quienes absorben y a su vez crean estalagmitas maternales que las distinguirán por excelentes frente a aquellas pésimas mujeres y peores madres que no pueden o no quieren dar el pecho a sus retoños.
Una vez nacida la criatura, se la lleva al pediatra para que la registre –quiero decir, controle–, y me cuenta una amiga que el pediatra le dijo que debía darle el pecho a demanda, así que la pobre iba todo el día con la teta fuera porque debía enchufársela al churumbel cada vez que éste hacía “uec”. Además este amable señor era de la liga antichupete y prefería que el niño de mi amiga chupara pezón, Así que como mi sobrino adoptivo nació en noviembre, mi amiga y casi hermana fue de pulmonía en pulmonía hasta que, en febrero, el pediatra fue sustituido, por ignotas razones, por otro colega al que estas recomendaciones le parecían una solemne tontería que iban a provocar que el niño no tuviese adquirido un horario de comida como dios manda, con lo que le pautó unas horas concretas de alimentación para gran pena del niño que se pasó días llorando sin parar y de la madre que no podía dormir con el llanto de su hijo. Ni qué decir tiene, que el resto de la tribu también opinaba al respecto, pero con la medicina hemos topado y el médico siempre tiene razón.
Eso sí, que el que no se consuela es porque no quiere y mi amiga decía que al menos ella, como no trabajaba fuera de casa no había tenido que usar ese invento llamado sacaleches.
¿Quién no ha oído las maravillosas recomendaciones que todo el mundo nos dedica sobre cómo y dónde debe dormir nuestro hijo? Que si en cama propia, que si en la nuestra, que si a oscuras, que si con luz, que de lado, que boca abajo… ¡Dios mío, cuánta complicación para dormir! Yo opté porque durmiese en su cuarto y le compré una bonita habitación pensando, incluso, en cuando tuviera amigos con los que hacer fiesta de pijamas. Todo iba bien hasta que llegaron los terrores nocturnos. En mitad de la noche, un grito desgarrador nos ponía en pie de un salto y, con los pelos de punta y los ojos cerrados, acudíamos a su habitación entre diez y quince veces por noche. Aguantamos estoicamente durante tres semanas sin más señales que unas ojeras permanentes, una boca siempre bostezante, un par de palillos decorando nuestras pestañas, varios moratones como resultado de las incursiones nocturnas a oscuras en campo enemigo y un mal genio creciente. A la cuarta semana, y viendo que el asunto llevaba trazas de eternizarse, nos reunimos en comité matrimonial para ajustar la estrategia. Lo más urgente: dormir. La solución lógica: pasar al crío gritón a nuestra cama, al menos evitaríamos los golpes. Funcionó. Fue dormir con nosotros y el nano se despertaba, nos abrazaba, pero no gritaba. Mano de santo, oigan.
La mala suerte quiso que en una visita al pediatra, me preguntasen por el sueño del niño. Al responder yo que no dormía de un tirón, pero que al menos ya no gritaba en mitad de la noche, al pediatra en cuestión comenzó a girarle la cabeza cual niña del exorcista, soltando espumarajos, sapos y culebras por la boca mientras me condenaba por haber cedido al chantaje de mi hijo, por no saber educarle y consentirle los caprichos y por estar rompiendo mi matrimonio por no poder cumplir con las obligaciones derivadas del mismo.
¡Horror! Vuelta a convocar asamblea matrimonial. Intentos y más intentos de dormir al niño en su cama. Imposible. El matrimonio no sé, pero mi vida (siempre he querido ser la Bella Durmiente, pero para poder dormir cien años) sí corría peligro: necesitaba dormir. Por fin encontramos una solución razonable: ¡un colchón por turnos! Dormimos al niño en nuestra cama y luego lo pasamos a la suya. Lo probamos y funcionó. El niño se durmió y no se despertó ni siquiera al pasarlo a su cama. Todo iba tan perfectamente que decidimos ponernos al tema y… en mitad de la faena, un grito desgarrador en mitad de la noche, de nuevo carreras por el pasillo a oscuras pero esta vez con la dificultad añadida de ponernos la ropa mientras volábamos a callar al niño antes de que los vecinos avisasen a la policía. Acabamos con una nariz hinchada por pretender entrar por donde no había puerta, un dedo meñique roto al chocar con el marco de la puerta, el niño de nuevo a nuestra cama y la libido a los pies.
¿Qué me dicen de los comentarios sobre si lo llevas en brazos o no? Recuerdo a un transeúnte desconocido que se auto-otorgó la libertad de decirme que no tenía que llevar a mi hijo en brazos porque era demasiado mayor (ignoro si se refería al niño o a mí). Pero también hay quien opina que llevarlo en carrito es tan nocivo como no darle el pecho porque no crea vínculo. Y ¿qué clase de madre soportaría no tener vínculo con su hijo?
Ni qué decir de los partidarios de la educación tradicional con cachete a tiempo incluido o los partidarios de la felicidad del niño ante todo.
¿Y cuando llega al colegio? Entonces entran también los profesores a opinar. Que si sobreproteges al niño, que si pasas de él, que si le apuntas a demasiadas extraescolares, que si no lo estimulas lo suficiente, que si los deberes son asunto del niño, que si no te responsabilizas de que los haga…
¡Basta ya! Esto de ser padres es muy difícil y no ayudan nada con tanto consejo contradictorio y tanta moda para ganar dinero vendiendo libros que no pueden proporcionarnos sentido común. Sean prudentes, por favor, nadie sabe con exactitud por qué hemos tomado una determinada decisión como padres, porque nadie está en nuestra piel, pero créannos, podemos ser unos zopencos redomados, unos ignorantes, un producto deformado de la sociedad en la que vivimos, o tan pésimas personas como ustedes quieran decir que somos, pero queremos a nuestros hijos y hacemos lo que, en cada momento, creemos que es lo mejor para ellos y, si nos equivocamos, créannos, somos los primeros en auto-fustigarnos y en padecer las consecuencias.
Así que, por favor, los consejos no pedidos, guárdenselos y las modas, úsenlas para el vestir. Gracias.
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miércoles, 4 de noviembre de 2015
ENFRENTADOS POR LOS DEBERES
Llevamos menos de dos meses de curso escolar y me han llegado, por todos los lados imaginables, multitud de artículos, entradas de blog, comentarios escritos o hablados refiriéndose a los deberes escolares, las tareas que deben llevarse los alumnos para casa. Sabes de qué hablo ¿verdad? A ti también te han llegado.
Me he puesto a leer toda esa opinión vertida desde una y otra parte y, una vez superado el complejo de espectadora de un partido de tenis, sólo se me ocurre hacerme una pregunta:
¿A quién, diablos, le interesa que nos pasemos el día peleando padres y profesores?
Yo soy muy de la teoría de la conspiración. Los que me conocen lo saben, pero es que… a veces me lo ponen muy difícil para no creer en manos ocultas que manejan los hilos de nuestras vidas.
No voy a incrementar el número de artículos a favor o en contra de los deberes, pretendo sólo reflexionar sobre la lucha que llevamos con las tareas escolares arriba y tareas escolares abajo. Honestamente no puedo hacer otra cosa porque fui maestra y soy madre, así que, como dice la canción, tengo el corazón partío.
Me gustaría que me acompañaras en esta reflexión y que, por favor, fueras sincero contigo mismo.
Empezaré con una pregunta que he formulado en repetidas ocasiones y para la que nunca encuentro respuestas sino silencios:
Empezaré con una pregunta que he formulado en repetidas ocasiones y para la que nunca encuentro respuestas sino silencios:
¿No se supone que a ambos colectivos, padres y maestros, buscamos lo mismo, que tenemos un interés común que no es otro que el bien y la educación de nuestros hijos y alumnos que, ¡oh casualidad!, son los mismos sujetos? Entonces, ¿qué puñetas hacemos peleándonos?
Ya sé. En la esencia del ser humano reside la idea de que nadie hace las cosas mejor que uno mismo y que cuando alguien dice en abstracto que algo está equivocado le está diciendo a ese uno mismo que ÉL, ese ser cuasiperfecto está equivocado, y, claro, el ego salta y se pone a la defensiva: ¿Quién puñetas se cree ese mindundi que es para decirme a mí, A MÍ, que estoy haciendo algo mal? ¡Qué sabrá él!
Venga, pongamos paz y alejemos a los egos durante un rato, que descansen o hagan lo que deseen, pero lejos de este lugar de reflexión y diálogo que pretendo crear.
Vamos a partir de la base de que en todos sitios cuecen habas y, por tanto, en ambos colectivos, padres y maestros, hay gente para todos los gustos, incluso para gustos pésimos.
De la misma manera que encontramos padres a los que la paternidad les pilló con el pie cambiado, se les quedó grande o simplemente estaban en el baño cuando en el mundo se repartió la responsabilidad, hay otros que se esfuerzan día a día para ser los padres que exigen los tiempos que corren, que se preocupan por el bienestar físico y emocional de sus hijos, que se informan e intentan aprender, padres que desayunan responsabilidad cada mañana y se acuestan sin que se les haya perdido ni un miligramo de ella por el camino. Así que resulta muy injusto que se les meta a todos en el mismo saco, que se les juzgue y condene con etiquetas peyorativas y que no se les reconozca una gran verdad: SER PADRES ES MUY DIFÍCIL Y NADIE NACE APRENDIDO, no hay libros ni prácticas controladas con las que aprender.
Igualmente, podemos encontrarnos con maestros y profesores que perdieron el tren de la humanidad y cogieron el de Chusmistán (para saber más de este tremendo país, leer la serie de entradas: MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS I, II, III, IV, V y VI), maestros y profesores cuya profesionalidad, interés por los niños o por aprender, brilla por su ausencia o maestros y profesores que deben su título a gentes sin escrúpulos que les aprobaron (que ellos carguen con sus conciencias que nosotros cargamos con sus consecuencias). Pero también hay maestros que son grandísimos profesionales y mejores personas, que se preocupan por sus alumnos y por su profesión, que buscan la mejor forma de llegar a nuestros hijos y que se pelean con los medios, los malos compañeros y los superiores tóxicos para ayudar a nuestros hijos a convertirse mañana en los adultos responsables y felices que todos queremos que sean. Así que no es justo que les metamos en el mismo saco que a los otros, ni que les obliguemos a pelear también contra nosotros, los padres, porque, pensemos aunque sea egoístamente, les restamos las fuerzas que necesitan para atender a los niños y chavales.
Bueno, ahora que ambas partes nos hemos legitimado como interlocutores para conversar y nos reconocemos como grupos, con nuestras luces y sombras en ambos colectivos, sentémonos y dialoguemos con una única norma: el respeto.
Y desde el respeto mutuo, expliquemos nuestras posturas y entendamos las del otro para lograr una zona de entendimiento:
Porque no hay nadie mejor preparado para enseñar a nuestros hijos que los maestros, y si alguien no lo está, exijamos más formación, pero hagámoslo juntos padres y docentes. Que se enteren los de arriba que nos importa la educación y que no vamos a dejar a nuestros niños en manos de cualquiera, que queremos a los mejores.
Porque no hay nadie que quiera más a los niños que sus padres, que se preocupe más por su presente y su futuro y nadie más responsable de su educación, y si alguien no se toma en serio esta tarea, afeemos su conducta, pero ambos colectivos juntos.
Y porque si nos enzarzamos en estas peleas absurdas, sólo va a haber un bando perdedor: el tercer vértice de este triángulo, los niños, que son aquéllos a quienes queremos proteger.
Y llegados a este punto y viendo que “a río revuelto, ganancia de pescadores”, vuelvo a preguntarme quiénes son los pescadores y qué ganan con nuestra pérdida. Y la respuesta, francamente, no me gusta.
viernes, 18 de septiembre de 2015
DOS SUGERENCIAS PARA QUE LOS PADRES NOVATOS NO NOS CONVIRTAMOS EN INCORDIOS
Ha empezado el nuevo curso escolar y soy por cuarta vez madre novata, o sea, que tengo experiencia en ello. Ya estoy siendo, de nuevo y a mi pesar, un incordio para profesores, directora y conserje y, aunque tengo experiencia en ser un incordio novato, sigo sintiéndome tan mal como la primera vez.
Este año he puesto las antenas a funcionar y he descubierto que la mayoría de novatos están como yo: desorientados y avergonzados. Y el caso es que esto se podría haber evitado poniendo en práctica las dos sugerencias que voy a proponer:
1. Organizar una sesión de bienvenida: unos días antes del inicio de curso, debería hacerse una reunión con los padres y tutores novatos, a la que pueden acudir los niños nuevos en la que:
a. Se les explicaría las normas básicas de funcionamiento del centro escolar:
• Horario
• Puertas de entrada y salida
• Autorizaciones
• Forma en la que se procederá a la recepción y entrega de los niños, si procede
• Qué hacer en caso de falta justificada
• Procedimiento de comunicación de incidencias al centro
• Ideario del centro escolar, su proyecto, su forma de entender la enseñanza/educación…
• Normativa básica de relación: funcionamiento en el patio, lo permitido y lo prohibido…
• Cuestiones referentes al comedor escolar
• Etc.
b. Se les presentaría al personal del centro y sus funciones: es desconcertante no saber el nombre y cargo de la persona con la que se está hablando y desolador escuchar a un niño decir: “Me ha dicho una señora…”.
c. Se les enseñaría el centro: es tremendo para un niño que le dejen en un lugar que no conoce y con unas personas desconocidas.
2. Organizar una reunión de curso: Antes de empezar el curso, debería hacerse una reunión con los tutores de cada curso en la que se pudiera explicar a los padres cuestiones primordiales del funcionamiento del aula:
a. Qué deben llevar el primer día
b. Horario de clase
c. Qué material deben tener y qué se va a hacer con él
d. Resumen de objetivos y contenidos por materia
e. Metodología
f. Sistema de evaluación
g. Procedimiento de comunicación padres/tutores
h. Horario de reuniones y procedimiento para solicitarlas
i. Presentación de los profesores especialistas que deberán también tomar la palabra para explicar lo mismo de sus materias.
j. Presentación de los nuevos compañeros, si los hubiese.
Claro, esto significa planificación y previsión y difícilmente puede hacerse si un centro no tiene suficiente personal, si es el mismo personal docente el que realiza funciones de administración o si no sabe hasta última hora qué profesores va a tener. Y si encima cambian muchos es muy difícil llevar adelante un proyecto o realizar un seguimiento de las actuaciones realizadas con los alumnos. Así que también la Administración tiene que ponerse las pilas y hacer bien su trabajo y a tiempo.
Y es que si pretendemos enseñar a los niños a no dejar todo para última hora pero entran a un colegio sin saber adónde tienen que dirigirse, ni dónde está su aula, el baño o el patio, ni quién es quién en ese colegio, ni qué material tienen que llevar el primer día, porque no hemos tenido tiempo… mala planificación vamos a enseñar.
Y es que señores, todo esto es perfectamente previsible. Todos los años vamos a tener niños nuevos y padres novatos que se nos van a convertir en un incordio deambulando como patos mareados por el colegio a la busca y captura del primer adulto identificable como trabajador para acribillarle a preguntas que no hacen sino incrementar el nivel de estrés de los primeros días de colegio. Y todos los años vamos a tener niños que lloran o se aíslan porque están desorientados, se sienten solos y tienen miedo. No es tan complicado acogerles. Y ¿ustedes saben lo bien que van a estar sin nosotros, esos padres novatos que somos un verdadero incordio?
Este año he puesto las antenas a funcionar y he descubierto que la mayoría de novatos están como yo: desorientados y avergonzados. Y el caso es que esto se podría haber evitado poniendo en práctica las dos sugerencias que voy a proponer:
1. Organizar una sesión de bienvenida: unos días antes del inicio de curso, debería hacerse una reunión con los padres y tutores novatos, a la que pueden acudir los niños nuevos en la que:
a. Se les explicaría las normas básicas de funcionamiento del centro escolar:
• Horario
• Puertas de entrada y salida
• Autorizaciones
• Forma en la que se procederá a la recepción y entrega de los niños, si procede
• Qué hacer en caso de falta justificada
• Procedimiento de comunicación de incidencias al centro
• Ideario del centro escolar, su proyecto, su forma de entender la enseñanza/educación…
• Normativa básica de relación: funcionamiento en el patio, lo permitido y lo prohibido…
• Cuestiones referentes al comedor escolar
• Etc.
b. Se les presentaría al personal del centro y sus funciones: es desconcertante no saber el nombre y cargo de la persona con la que se está hablando y desolador escuchar a un niño decir: “Me ha dicho una señora…”.
c. Se les enseñaría el centro: es tremendo para un niño que le dejen en un lugar que no conoce y con unas personas desconocidas.
2. Organizar una reunión de curso: Antes de empezar el curso, debería hacerse una reunión con los tutores de cada curso en la que se pudiera explicar a los padres cuestiones primordiales del funcionamiento del aula:
a. Qué deben llevar el primer día
b. Horario de clase
c. Qué material deben tener y qué se va a hacer con él
d. Resumen de objetivos y contenidos por materia
e. Metodología
f. Sistema de evaluación
g. Procedimiento de comunicación padres/tutores
h. Horario de reuniones y procedimiento para solicitarlas
i. Presentación de los profesores especialistas que deberán también tomar la palabra para explicar lo mismo de sus materias.
j. Presentación de los nuevos compañeros, si los hubiese.
Claro, esto significa planificación y previsión y difícilmente puede hacerse si un centro no tiene suficiente personal, si es el mismo personal docente el que realiza funciones de administración o si no sabe hasta última hora qué profesores va a tener. Y si encima cambian muchos es muy difícil llevar adelante un proyecto o realizar un seguimiento de las actuaciones realizadas con los alumnos. Así que también la Administración tiene que ponerse las pilas y hacer bien su trabajo y a tiempo.
Y es que si pretendemos enseñar a los niños a no dejar todo para última hora pero entran a un colegio sin saber adónde tienen que dirigirse, ni dónde está su aula, el baño o el patio, ni quién es quién en ese colegio, ni qué material tienen que llevar el primer día, porque no hemos tenido tiempo… mala planificación vamos a enseñar.
Y es que señores, todo esto es perfectamente previsible. Todos los años vamos a tener niños nuevos y padres novatos que se nos van a convertir en un incordio deambulando como patos mareados por el colegio a la busca y captura del primer adulto identificable como trabajador para acribillarle a preguntas que no hacen sino incrementar el nivel de estrés de los primeros días de colegio. Y todos los años vamos a tener niños que lloran o se aíslan porque están desorientados, se sienten solos y tienen miedo. No es tan complicado acogerles. Y ¿ustedes saben lo bien que van a estar sin nosotros, esos padres novatos que somos un verdadero incordio?
jueves, 9 de julio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS VI
Epílogo
Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.
Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.
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miércoles, 8 de julio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS V
Los daños colaterales.
Como en toda historia de dolor, en ésta también hay daños colaterales. En esta historia los daños colaterales son los padres y la familia de la víctima, de nuestra criatura, de aquél al que todos debiéramos proteger. Y lo son los amigos.
Hace poco leí un texto en el que preguntaban, ante el suicidio de una adolescente acosada, qué es lo que habían hecho sus padres ante el acoso escolar y alguna vez me lo han preguntado directamente. La respuesta de todas las madres de víctimas con las que he hablado de este tema ha sido unánime: intentar poner algo de cordura en esta tremenda historia. Escuchamos a nuestros hijos y a sus profesores y nos hacemos una idea de lo que ocurre analizando los puntos de coincidencia entre las versiones. Con la conclusión extraída, intentamos dar herramientas a nuestro hijo para que pueda moverse en ese mundo hostil en que se ha convertido la escuela. Hablamos con el colegio para encontrar soluciones. Aceptamos con resignación la opacidad del colegio que nos impide ser testigos y nos obliga a movernos en un mundo de versiones interesadas. Vemos las heridas físicas y psicológicas de nuestro hijo e intentamos curarlas, pero cuando comprendemos que nada va a arreglarse, buscamos documentarlas ya que nos encontramos ante la negación del colegio de cualquier evidencia. Lo niegan todo a pesar de que las heridas dejan huella. Y soportamos con estoicismo todos los juicios y prejuicios sobre nuestro hijo y sobre nosotros. Por último, nos toca tomar la última y más dura decisión, si es que nuestro hijo es pequeño: sacarlo del colegio, a pesar de lo injusto que es que sea la víctima quien tenga que abandonar su espacio, o dejarlo en él con las nefastas consecuencias que ya conocemos.
Permítanme que haga un inciso sobre el hecho de escuchar a nuestros hijos porque me toca muy de cerca, ya que me han acusado por la espalda varias veces de ello, a mí y a todas las madres con las que he hablado, y necesito dar la respuesta que me han negado sistemáticamente porque jamás nadie se ha atrevido a decírmelo a la cara. Sí. Escucho a mi hijo, como también escucho a sus profesores. Y además le curo las heridas producidas por los golpes y examino si es posible que se las haya hecho de forma fortuita, en cuyo caso, o en caso de que haya la más mínima duda, nunca iré a quejarme al colegio. Sólo he ido a contarles cuando es más que evidente que son heridas y moratones provocados por puñetazos y patadas.Ya sé que a ustedes, los habitantes de La Chusma, les gustaría que no le escuchase, que sólo les escuchase a ustedes y me creyese a pies juntillas su versión de los hechos. Pero no puedo evitarlo. Es mi obligación, como madre, escuchar a mi hijo, sobre todo cuando veo las señales producidas por las palizas o por los insultos y vejaciones. ¿Saben ustedes que también dejan señal la humillación y los desprecios constantes? Le escucho sobre todo cuando mi hijo se niega a contarme qué le ha ocurrido porque está aterrorizado, o qué es lo que le ha hecho cambiar su carácter; le escucho cuando se niega a estudiar, cuando le oigo llorar por las noches, o cuando se despierta aterrorizado por las pesadillas, le escucho cuando veo comportamientos extraños a su alrededor, o cuando me hace preguntas sobre qué pasaría si se muriera, o sobre si hubiese preferido otro hijo sin problemas. Le escucho a pesar de que no le creo todo, ¿cómo creerle si a veces cuenta cosas increíbles por absurdas? El problema está en que también les escucho a ustedes, eternos aspirantes a humanos, entidades carbónicas que imitaron perfectamente la forma humana pero se olvidaron de clonar nuestra esencia. Y al escucharles, descubro que mucho de lo que no creí porque me parecía absurdo, era cierto; que sus respuestas son, por supuesto, respuestas de parte; que me niegan información; descubro sus prejuicios y sus miedos; y descubro que ustedes no tienen miedo a maltratarme en público, de faltarme el respeto, así que infiero que tampoco lo tendrán en maltratar a mi hijo en privado o con sus compañeros de clase como únicos testigos. El problema, señores o lo que ustedes sean, es que tengo criterio, y eso a ustedes les molesta mucho, porque no me pueden manejar ni pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. Por eso ustedes se dedican a hablar mal de mí, a intentar destruir mi credibilidad. Nuestra credibilidad porque somos tantos los que coincidimos, los que somos sus daños colaterales... Pero bueno, tenemos algo que ustedes jamás podrán tener: humanidad.
Pero hay más daños colaterales, la familia que asiste muda a la degradación de uno de sus seres queridos: hermano, nieto, sobrino... ; que asiste impotente a la degradación del buen ambiente familiar, porque esto pasa factura; porque los ánimos se crispan; porque hay que mantener las normas y evitar la tendencia a caer en el victimismo, que, por otro lado es humana, aunque indeseable. Porque todo es muy difícil.
Y, por último los amigos de las víctimas. Sí, también existen. Son los valientes que no miran hacia otro lado pero a los que no se les da armas para rebelarse ante lo que consideran injusto. Recuerden que están al cargo del acosador y que muchos de los adultos que tienen cerca, la panda de secuaces del eterno aspirante a ser humano, miran hacia otro lado. Son los que hacen lo que pueden: contar lo que ven, intentar que no peguen a su amigo, hablar con él, empeñarse en que juegue... Ser sus AMIGOS. Gracias a ellos la víctima tiene momentos de paz y un espejo que le dice que no es mala persona. Ellos también viven en un ambiente donde la violencia física, psicológica y verbal rige las relaciones. No va dirigida a ellos, de momento, pero viven con el miedo a ser las siguientes víctimas. Y son los que pierden al amigo cuando se va del colegio... o se suicida.
Como en toda historia de dolor, en ésta también hay daños colaterales. En esta historia los daños colaterales son los padres y la familia de la víctima, de nuestra criatura, de aquél al que todos debiéramos proteger. Y lo son los amigos.
Hace poco leí un texto en el que preguntaban, ante el suicidio de una adolescente acosada, qué es lo que habían hecho sus padres ante el acoso escolar y alguna vez me lo han preguntado directamente. La respuesta de todas las madres de víctimas con las que he hablado de este tema ha sido unánime: intentar poner algo de cordura en esta tremenda historia. Escuchamos a nuestros hijos y a sus profesores y nos hacemos una idea de lo que ocurre analizando los puntos de coincidencia entre las versiones. Con la conclusión extraída, intentamos dar herramientas a nuestro hijo para que pueda moverse en ese mundo hostil en que se ha convertido la escuela. Hablamos con el colegio para encontrar soluciones. Aceptamos con resignación la opacidad del colegio que nos impide ser testigos y nos obliga a movernos en un mundo de versiones interesadas. Vemos las heridas físicas y psicológicas de nuestro hijo e intentamos curarlas, pero cuando comprendemos que nada va a arreglarse, buscamos documentarlas ya que nos encontramos ante la negación del colegio de cualquier evidencia. Lo niegan todo a pesar de que las heridas dejan huella. Y soportamos con estoicismo todos los juicios y prejuicios sobre nuestro hijo y sobre nosotros. Por último, nos toca tomar la última y más dura decisión, si es que nuestro hijo es pequeño: sacarlo del colegio, a pesar de lo injusto que es que sea la víctima quien tenga que abandonar su espacio, o dejarlo en él con las nefastas consecuencias que ya conocemos.
Permítanme que haga un inciso sobre el hecho de escuchar a nuestros hijos porque me toca muy de cerca, ya que me han acusado por la espalda varias veces de ello, a mí y a todas las madres con las que he hablado, y necesito dar la respuesta que me han negado sistemáticamente porque jamás nadie se ha atrevido a decírmelo a la cara. Sí. Escucho a mi hijo, como también escucho a sus profesores. Y además le curo las heridas producidas por los golpes y examino si es posible que se las haya hecho de forma fortuita, en cuyo caso, o en caso de que haya la más mínima duda, nunca iré a quejarme al colegio. Sólo he ido a contarles cuando es más que evidente que son heridas y moratones provocados por puñetazos y patadas.Ya sé que a ustedes, los habitantes de La Chusma, les gustaría que no le escuchase, que sólo les escuchase a ustedes y me creyese a pies juntillas su versión de los hechos. Pero no puedo evitarlo. Es mi obligación, como madre, escuchar a mi hijo, sobre todo cuando veo las señales producidas por las palizas o por los insultos y vejaciones. ¿Saben ustedes que también dejan señal la humillación y los desprecios constantes? Le escucho sobre todo cuando mi hijo se niega a contarme qué le ha ocurrido porque está aterrorizado, o qué es lo que le ha hecho cambiar su carácter; le escucho cuando se niega a estudiar, cuando le oigo llorar por las noches, o cuando se despierta aterrorizado por las pesadillas, le escucho cuando veo comportamientos extraños a su alrededor, o cuando me hace preguntas sobre qué pasaría si se muriera, o sobre si hubiese preferido otro hijo sin problemas. Le escucho a pesar de que no le creo todo, ¿cómo creerle si a veces cuenta cosas increíbles por absurdas? El problema está en que también les escucho a ustedes, eternos aspirantes a humanos, entidades carbónicas que imitaron perfectamente la forma humana pero se olvidaron de clonar nuestra esencia. Y al escucharles, descubro que mucho de lo que no creí porque me parecía absurdo, era cierto; que sus respuestas son, por supuesto, respuestas de parte; que me niegan información; descubro sus prejuicios y sus miedos; y descubro que ustedes no tienen miedo a maltratarme en público, de faltarme el respeto, así que infiero que tampoco lo tendrán en maltratar a mi hijo en privado o con sus compañeros de clase como únicos testigos. El problema, señores o lo que ustedes sean, es que tengo criterio, y eso a ustedes les molesta mucho, porque no me pueden manejar ni pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. Por eso ustedes se dedican a hablar mal de mí, a intentar destruir mi credibilidad. Nuestra credibilidad porque somos tantos los que coincidimos, los que somos sus daños colaterales... Pero bueno, tenemos algo que ustedes jamás podrán tener: humanidad.
Pero hay más daños colaterales, la familia que asiste muda a la degradación de uno de sus seres queridos: hermano, nieto, sobrino... ; que asiste impotente a la degradación del buen ambiente familiar, porque esto pasa factura; porque los ánimos se crispan; porque hay que mantener las normas y evitar la tendencia a caer en el victimismo, que, por otro lado es humana, aunque indeseable. Porque todo es muy difícil.
Y, por último los amigos de las víctimas. Sí, también existen. Son los valientes que no miran hacia otro lado pero a los que no se les da armas para rebelarse ante lo que consideran injusto. Recuerden que están al cargo del acosador y que muchos de los adultos que tienen cerca, la panda de secuaces del eterno aspirante a ser humano, miran hacia otro lado. Son los que hacen lo que pueden: contar lo que ven, intentar que no peguen a su amigo, hablar con él, empeñarse en que juegue... Ser sus AMIGOS. Gracias a ellos la víctima tiene momentos de paz y un espejo que le dice que no es mala persona. Ellos también viven en un ambiente donde la violencia física, psicológica y verbal rige las relaciones. No va dirigida a ellos, de momento, pero viven con el miedo a ser las siguientes víctimas. Y son los que pierden al amigo cuando se va del colegio... o se suicida.
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martes, 7 de julio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS IV
La víctima.
La criatura que sufre esto, no entiende por qué le están pasando esas cosas. No entiende qué hace mal. No sabe cómo agradar a ese alienígena que le ha tocado como profesor. No hace nada bien y eso es desolador. Su autoestima se va mermando a pasos agigantados porque no olvidemos que está formándose su autoimagen.
El aislamiento a que se ve sometido le va restando habilidades sociales y capacidad para desarrollarlas, además de contribuir a que la imagen que los coetáneos le transmiten también sea negativa. Todos se acostumbran a que sea el marginado y, como algunos hacen sus pinitos en rechazarle y maltratarle con el beneplácito del habitante de Chusmistán, los roles, las formas de relacionarse y los comportamientos tóxicos se consolidan.
La víctima puede reaccionar huyendo, intentando desaparecer o actuando con violencia. Cualquier camino lleva a una vía muerta. Desaparecer es imposible, huir genera victimización, la violencia engendra violencia y todo ello da razones a los acosadores. No hay salida.
La criatura que sufre esto, no entiende por qué le están pasando esas cosas. No entiende qué hace mal. No sabe cómo agradar a ese alienígena que le ha tocado como profesor. No hace nada bien y eso es desolador. Su autoestima se va mermando a pasos agigantados porque no olvidemos que está formándose su autoimagen.
El aislamiento a que se ve sometido le va restando habilidades sociales y capacidad para desarrollarlas, además de contribuir a que la imagen que los coetáneos le transmiten también sea negativa. Todos se acostumbran a que sea el marginado y, como algunos hacen sus pinitos en rechazarle y maltratarle con el beneplácito del habitante de Chusmistán, los roles, las formas de relacionarse y los comportamientos tóxicos se consolidan.
La víctima puede reaccionar huyendo, intentando desaparecer o actuando con violencia. Cualquier camino lleva a una vía muerta. Desaparecer es imposible, huir genera victimización, la violencia engendra violencia y todo ello da razones a los acosadores. No hay salida.
Su capacidad de aprendizaje se reduce, porque la víctima vive en un estado permanente de alerta que le garantiza la supervivencia y por todos es sabido que nadie filosofa mientras huye de los leones.
Comienza a tener miedo de cualquiera. Huye, se protege o se defiende cada vez que alguien se le acerca porque va perdiendo la capacidad de discernir si el acercamiento es amistoso o no.
Las noches se convierten en el momento más temido porque en ellas señorean la oscuridad y el sueño que permiten que campen a sus anchas las más terroríficas pesadillas.
Cada mañana, al despertar, se preguntará si llegará vivo a la noche. Y empezará a fantasear con la muerte a la que ve como única salida. La definitiva. Si él o ella muere, acaban los problemas.
Deja de jugar con otros niños, por decisión propia. Se rinde. No quiere seguir enfrentándose a los golpes, a las humillaciones, a los insultos, a las vejaciones, porque el recreo es una extensión del aula en el que tienen vía libre los continuadores de la obra de la chusma. Prefiere estar solo y así refuerza, sin quererlo, la imagen de raro, de distinto que sobre él tienen los demás.
Muchas de esas víctimas tuvieron que dejar ya un colegio por culpa del acoso escolar antes de los ocho años. Dejaron atrás algunos amigos, pero el maltrato ya ha hecho efecto en sus vidas y no les será fácil superarlo. En demasiadas ocasiones, vuelve a repetirse. En el nuevo colegio se encuentran con un eterno aspirante a ser humano que no logra entender las heridas de la víctima y que necesita tiempo, amor y respeto para curarlas, así que se iniciará el procedimiento acosador de nuevo. Será devastador para la criatura. Aprenderá que, efectivamente, no hay salida y asumirá que no merece ser respetado, que allá donde vaya será maltratado y que todo es culpa suya.
Podría seguir describiendo el infierno, pero si han llegado hasta aquí, es porque lo conocen o lo imaginan, así que lo dejaré aquí: el eterno aspirante a ser humano y sus acólitos logran anular y destruir a su víctima, que no es sino una criatura.
lunes, 6 de julio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS III
El procedimiento
Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
El acosador permitirá a sus alumnos “favoritos” (porque los tiene, recuerden que no es ni un maestro ni un ser humano que pretenda ser maestro, solamente quiere ganar un dinero y hacerse pasar por humano) que se comporten mal con la víctima, que le insulten y le vejen. Al fin y al cabo, se lo merece porque es el otro, el diferente, el nocivo y ellos tienen derecho a defenderse, no vaya a ser que les contagie la diferencia. Así hace escuela y ya no tiene que ensuciarse las manos con el maltrato, ya ha conseguido que otros le maltraten por él.
Poco a poco se teje en torno a la víctima un clima de malos tratos físicos y psicológicos, de aislamiento, de justificaciones buscadas y encontradas a propósito, de despropósitos y acusaciones absurdas, de dolor y soledad, de manera que su vida se va convirtiendo en un infierno del que no puede salir, del que no es fácil encontrar la salida, una salida digna.
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domingo, 5 de julio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS II
La creación del ambiente propicio.
Pongan ustedes en un colegio a
uno de esos profesores eternos aspirantes a ser humano de los que hablaba en el
otro artículo. Rodéenlo de profesores irresponsables o canallas que se dedican
a mirar hacia otro lado ante las actuaciones del compañero que nunca llegará a
ser humano. Y, como por arte de magia, tendrán ustedes el paraíso de los
acosadores.
Ahora sólo tienen que colocar
en la clase asignada al que tampoco merece ser llamado profesor, a un niño
cuyas capacidades no entren en la cuña de la media, o que tenga alguna
discapacidad física o sensorial, que tenga el síndrome de Asperger, o que tenga
un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o que sea inmaduro, o de
una etnia maldita, o que provenga de un país maldito, o que esté viviendo un
duelo, o que sea adoptado, o que en su casa algo no funcione bien, o que tenga
limitadas sus habilidades sociales o que sea muy tímido… Déjenlos convivir unos
cinco minutos en el aula y serán testigos de la gestación del acoso escolar.
Y es que todos tenemos nuestras
manías (ésas que según el dicho popular, no curan los médicos), nuestros miedos
inconfesables y nuestros prejuicios, sólo que algunos los controlamos y
mantenemos a raya porque son nuestros y nadie, y menos aún un niño, tiene por
qué cargar con nuestros miedos, manías o prejuicios o ser la víctima de ellos.
Sin embargo, el profesor
que sólo ha logrado tener apariencia humana, encontrará a su víctima, aquél al
que no puede soportar ver y dirigirá toda su mala leche alienígena contra el
desafortunado. Da igual lo que haga la víctima, es más, mejor que no haga nada
que pueda demostrar que su profesor está equivocado, porque aún cargará con más
furia contra él.
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martes, 23 de junio de 2015
MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS I.
Los actantes.
Mi lealtad es para con los niños. Tal vez por eso yo estoy aquí, condenada al ostracismo profesional, porque nunca apoyé a los que miran para otro lado, a los que con su actitud o sus palabras permiten la barbarie o la instigan, a los que maltratan de palabra, obra u omisión a los niños que tienen a su cargo. Pero también por eso, porque nunca pagué servidumbres, puedo hablar con total libertad y conocimiento de causa.
Mi lealtad es para con los niños. Tal vez por eso yo estoy aquí, condenada al ostracismo profesional, porque nunca apoyé a los que miran para otro lado, a los que con su actitud o sus palabras permiten la barbarie o la instigan, a los que maltratan de palabra, obra u omisión a los niños que tienen a su cargo. Pero también por eso, porque nunca pagué servidumbres, puedo hablar con total libertad y conocimiento de causa.
Reconozcámoslo,
esta profesión, la de maestro, o docente, como prefieren algunos, tiene
infiltrado a mucho eterno aspirante a ser humano. Pero es algo que, como
sociedad, nos hemos ganado a pulso. Cuando decidimos que no era necesario haber
aprobado la selectividad para entrar a estudiar Magisterio ¿qué pensábamos que iba
a ocurrir, que harían cola ante las Escuelas Universitarias los mejores
expedientes académicos? Cuando decidimos desprestigiar la profesión y pregonar
a los cuatro vientos que se aprobaba con la gorra a la vez que exigíamos
carreras universitarias para cualquier trabajo, ¿qué creíamos, que se llenarían
las aulas de gente con vocación? Cuando repetíamos a todo aquél que nos
escuchara que los maestros no trabajaban nada y que tenían más fiestas que
días, ¿qué suponíamos, que los aspirantes a maestros se caracterizarían por ser
los más esforzados trabajadores del país? Cuando convertimos la carrera en una
especie de estudios de cultura general, ¿qué imaginábamos, una legión de
lumbreras estudiando para ser maestros? Y cuando decidimos bajar el nivel de exigencia,
porque la sociedad entera decidió que saber escribir correctamente tampoco era
tan necesario pero que hubiera un buen número de aprobados que alentase a mucha
gente a matricularse sí que era imprescindible, ¿qué creíamos, que
nuestros hijos aprenderían a escribir por ciencia infusa?
Pues
nos equivocamos y ahora pagamos las consecuencias de aquél cúmulo de
despropósitos.
En
todas las profesiones hay personas que se distinguen por su mala praxis. Entre
el colectivo de maestros, también. Y si lo ético sería que, por el buen nombre
de la profesión, se marginara o incluso expulsara al mal profesional, allá
donde el componente vocacional debe regir la práctica, esta exigencia
debiera ser ley. Y no es así. Nunca es así. Admiramos a aquél que gana un dineral
sin echar un palo al agua así que no vamos contra él, ¿cómo podríamos? Seremos
cualquier cosa, pero incoherentes no. La pregunta que nos hacemos siempre es:
¿Qué hubiera hecho yo en esa situación? Y si la respuesta es: enchufar,
desfalcar, robar, mirar hacia otro lado, aparentar que trabajo o ni eso, pero
ir a trabajar y luego recoger el sobre… entonces, nadie condena a nadie. Lo que
ocurre es que en profesiones como la de maestros, una actitud tan irresponsable
es, si cabe, más lamentable porque las primeras víctimas son los niños a
quienes deberían formar para que sean los adultos de mañana y puedan contribuir
a formar un mundo más habitable y respetuoso. Y mal ejemplo se les da con
profesores así.
El
de los maestros es un colectivo poco corporativo, la verdad. Echamos pestes
unos de otros, nadie es mejor profesor que uno mismo y el otro siempre es
nefasto. Sobre todo si no lo es. Ahí sí que nos unimos cual falange romana a
masacrar al incauto o incauta que trabaja, al que le gusta su profesión y se preocupa
por sus alumnos. Y dejaremos de ser falange para convertirnos en las hordas
bárbaras de Atila, si los alumnos muestran su aprecio por el infame. Así somos,
aislamos, humillamos y acosamos laboralmente a aquél que nos hace sombra o, con
su trabajo, muestra nuestra pereza o ineficiencia.
Y
no sólo eso, como tenemos en nuestras filas a lo mejor de cada casa, algunos
están en este maravilloso oficio para ganar un dinero, tener un buen horario y
muchas vacaciones (¿les suena?) y como creen que enseñar es fácil porque ellos,
los más listos del mundo mundial, saben más que la panda de mocosos que tienen
a su cargo, ¿para qué van a prepararse una clase, una materia o unos materiales
más acordes con el mundo al que pertenecen sus alumnos? Ellos van a pasar un
rato, de 9:00 a 12:30 y de 15:00 a 16:30 de lunes a viernes, por poner un
ejemplo, sin demasiada complicación. De manera que, si por la razón que sea, les
toca una mosca cojonera en su clase, léase alumno con cualquier problema (alta
capacidad, baja capacidad, enfermedad, discapacidad, baja atención, etc.),
entonces sale el eterno aspirante a ser humano que en realidad es y se dedica a
machacar –o a dejar que otros le machaquen, que es más limpio y perverso– al
pobre niño hasta que desaparece literal o simbólicamente. Y si la mosca
cojonera son los padres de la criatura que han descubierto lo que ocurre,
pasamos al plan B, los aislamos, les etiquetamos de sobreprotectores y los
ignoramos hasta que se aburran y desaparezcan. Es cuestión de tiempo y en la escuela
pública es lo que les sobra, en la privada lo tienen más difícil si no son
íntimos amigos de su propio jefe el cual también debe ser eterno aspirante a
ser humano, pero son como las meigas, haberlos, haylos.
Contra
esta panda de canallas habría que actuar, deberíamos desterrarlos de la
docencia. Podríamos enviarlos todos juntitos a algún planeta remoto y
deshabitado, no importa si no tiene las mismas condiciones de habitabilidad que
la tierra, recuerden que no son seres humanos como nosotros (ningún ser humano
al uso sería capaz de hacer daño a un niño o permitir que otro se lo haga
impunemente). Deberíamos actuar, en primer lugar, porque son nuestros niños y, en
segundo lugar, porque estos seres son los que también maltratan a los buenos
maestros y se los pierden nuestros niños.
Y
los buenos maestros existen, parece que no, pero sí. Están haciendo su trabajo
en unas condiciones laborales y emocionales desesperantes, ayudan a crecer a
nuestros hijos, se preocupan por su bienestar y por su futuro, les enseñan y
les educan y nuestros hijos les quieren y les respetan.
A
los padres que me leéis, os ruego que apoyéis a los maestros y luchéis contra
los impostores y mucho más contra los eternos aspirantes a humanos.
A los maestros que me seguís,
os pido que seáis fuertes para desterrar de las aulas a los impostores y, sobre
todo, a los eternos aspirantes a ser humano.
A todos, que, por favor, vuestra lealtad, como la mía, esté con los
niños.
lunes, 16 de marzo de 2015
EL REY DE LA CHAPA
Hola familia bloguera:
Voy a continuar con mi serie de microrrelatos perdedores, que también ellos tienen derecho a ver la luz. Aquí va el siguiente:
Sin saber por qué, le di un puñetazo.
-¿Qué haces, tío? Ésa era la del Rober.
Demasiado tarde. La chapa ya estaba en el aire, girando sobre sí misma y, dibujando una parábola perfecta, se zambulló limpiamente en la birra del Mulo.
Se produjo un silencio. El Mulo me miró desafiante y pronunció
las palabras mágicas:
-¿A que no hay?
Sonreí aceptando el reto. Sabía que él, en el último momento, retiraría su
birra acercándosela, así que recalculé la trayectoria y coloqué en el sitio
adecuado el hueso de aceituna, el palillo y la chapa. Pum, fiiiuuuu, splash.
Una ovación me coronó como Rey de la Chapa y así es como conseguí dejar de ser un pringao.
martes, 3 de febrero de 2015
EL VALOR DE LAS PALABRAS
Interrumpo el ciclo de
microrrelatos perdedores para dar mi opinión sobre uno de los temas tratados
esta tarde en el programa La ventana de la Cadena Ser: la votación que ha
habido en el Parlamento británico sobre la reforma de la ley de reproducción
asistida.
En mi opinión el problema
está en las palabras que utilizamos. Y no es un problema del lenguaje, sino del
uso que hacemos de él.
Contaré una anécdota
propia para explicarme mejor:
Cuando mi hijo mayor
tenía seis años fui a su clase a hablar de la adopción. Empecé mi charla como
lo hago siempre, apelando al sentido del humor:
-Ya me han dicho que
vosotros ya sabéis que los niños nacen de las barrigas de... las mesas, -dije
yo.
Todos los niños rieron al
unísono mientras gritaban “noooo”.
-Entonces, ¿de quién?
-Pregunté.
-De las barrigas de las
mamás, dijeron ellos repitiendo lo aprendido en clase.
-Ah, pues... –empecé con cara de preocupación-, entonces... ¿yo quién soy?
-La mamá de Carlos
–respondieron ellos en tono de “vaya pregunta más tonta”.
-No puede ser –insistí-,
porque Carlos no ha estado en mi barriga.
Aquí empezaron las caras
de interés, sorpresa, incredulidad..., mientras repetían que sí era su mamá.
Yo les pregunté:
-¿Qué hacen las mamás?
Y ellos empezaron a detallar
las actividades de sus madres: nos dan de comer, nos duermen, nos cuidan cuando
estamos enfermos, nos vigilan en el parque, nos ayudan con los deberes, nos
riñen cuando nos portamos mal...
A cada cosa yo decía:
“Ah, pues sí, eso sí lo hago” y ellos insistían: “Porque eres su mamá”.
-Ya lo entiendo
–concluí-, lo que queréis decir es que los niños nacen de las barrigas de las
mujeres.
-¡Eso! –dijeron ellos.
Yo seguí:
-Es que hay mujeres que
pueden tener niños en la barriga, y pueden y saben ser mamás, otras mujeres
pueden tener niños en la barrigas pero o no pueden o no saben ser mamás y otras
que no pueden tener niños en la barriga pero sí saben y pueden ser mamás. Lo
importante, es que todos los niños necesitan unos papás o unas mamás.
Cuento esto porque
tenemos la costumbre de utilizar mal las palabras y en los libros de texto, por
ejemplo, o en la escuela, cuando tratan el tema de la reproducción humana,
suelen referirse a las mujeres como mamás o madres, depende de la edad del
público al que se dirigen. Y los medios de comunicación repiten este patrón cada vez que hablan de la maternidad o la paternidad. Pero ya la sabiduría popular dice que “Madre no es
la que pare sino la que cría” y esto ha sido así siempre. Por tanto, y dado que
tenemos palabras para referirnos a todos los conceptos, utilicémoslas
correctamente y así no nos llevaremos a engaño, no confundiremos términos y
será más fácil entendernos.
Yo propongo un
minidiccionario de términos:
Madre o padre son los que crían, educan y dan amor.
Engendradores son aquéllos que son capaces de engendrar un ser
al que le transmiten su carga genética.
Gracias a los avances
científicos, tenemos también:
Gestantes que son las mujeres que albergan
el embrión primero y feto después, en su útero.
Donantes, aquéllos que donan una parte de sí mismos para
que otros puedan vivir.
Y, supongo que podríamos
ir ampliando la lista de palabras para utilizarlas en el contexto adecuado.
Evitaríamos problemas, confusiones, incomprensión y dolor, porque no hay nada que duela más que una palabra mal dicha.
jueves, 27 de septiembre de 2012
HISTORIAS DE VERANO (III)
Hoy me he acordado de algo que pasó también en aquellas vacaciones de hace cinco años. Tras las lágrimas derramadas por la mañana al descubrir lo que habían hecho con el bosque de mi adolescencia, la tarde vino repleta de sonoras carcajadas. Éste es un mundo de contrastes y nadie sabe qué le espera a la vuelta de la esquina.
No teníamos pensado ir a esa localidad: Ribadavia. Llegamos allí porque nos lo recomendó la amable chica de la oficina de turismo del pueblo de mi adolescencia, justo antes de que mi gozo se hundiera en un pozo. Cambiamos, pues, la ruta prevista y nos acercamos a ese pequeño municipio de calles medievales y se supone que apasionante historia. Un lugar nuevo, virgen de recuerdos. Aparcamos y nos encaminamos hacia la oficina de turismo. Otra pareja se nos adelantó y les atendió una amable mujer que parecía conocer muy bien su oficio y la población. Al cabo de un tiempo indefinido entre los 10 minutos y el cuarto de hora, una jovencita que parecía recién salida del instituto aunque debía bordear la veintena tuvo a bien dejar de lado la observación de los gambusinos alojados en la nada y atendernos. ¡Vaya, qué mala suerte! No tenía demasiadas ganas y se le notó en la parca información que nos ofreció y que se limitó a un plano del pueblo donde, explicó, estaban indicados los lugares de interés. Yo acababa de escuchar cómo a la otra pareja les comentaban que había una visita guiada esa misma tarde, así que directamente le pregunté si no había visitas guiadas. Asintió de no muy buena gana y nos avisó de que comenzaba en 10 minutos y de que valía la "despreciable" cantidad de 3 euros por barba que pagamos religiosamente con la intención de que nos acompañaran en nuestra visita y nos explicaran todo aquello que debíamos saber y ver de la población.
Diez minutos más tarde, nos juntamos con otras ocho personas en el lugar de encuentro y con... tachín, tachán, la incalificable señorita que nos había ¿atendido? y cobrado los 6 euros que, por si alguien lo ha olvidado, son 1000 de las antiguas pesetas, usease, una pasta. "¡Vaya, qué mala suerte!" -volví a pensar-.
La muchachita en cuestión decidió de motu propio tutearnos sin importarle lo más mínimo la edad, más que avanzada, de algunos de los turistas a los que se disponía a ¿guiar? Se presentó y nos autorizó para plantearle cuantas preguntas quisiéramos formularle y nosotros, ingenuos, la creímos.
Comenzó a caminar sin encomendarse a dios ni al diablo, ni dignarse siquiera a hacernos una seña para que la siguiésemos, pero decidimos hacerlo cual ovejitas mansas que siguen al pastor. El silencio señoreaba en el grupo. Tres calles más abajo y algo cabreada decidí romperlo con uno de mis irónicos comentarios: "¡Uy, qué balcón más bonito! Seguro que ese artesonado tan rico significa algo, pero nunca lo sabremos porque no tiene a bien contárnoslo... ¡Oh, fíjate, costillo mío, un escudo sobre una puerta! Debe ser una casa importante, pero tampoco lo sabremos jamás, porque no lo considera digno de mención...".
El silencio fue lo que obtuve por toda respuesta. De repente, mientras giraba una esquina, encontró algo interesante que decir: "Ahí tenéis una tienda con productos típicos de Ribadavia". Dirigimos nuestras miradas hacia donde su dedo había señalado y allí había una planta baja con camisetas de ésas que hay en todas las tiendas turísticas colgadas en la puerta. Nos miramos sorprendidos. Vaya, las camisetas de algodón se hacen en Ribadavia, son típicas de allí y las exportan al resto del mundo. Mmmmm qué interesante.
Tras la esquina se alzaba una iglesia. Aquí quiero hacer un inciso. Vaya por delante que mi cultura en historia del arte se limita a lo que di en Historia de 1º y 3º de BUP como parte de la Historia del Mundo, porque en COU escogí Griego y no Historia del Arte, así que no voy a juzgar en absoluto los contenidos de la exposición de la muchacha (que por otra parte se juzgan por sí solos) sino que me limitaré a reproducir aproximadamente lo que nos explicó una y otra vez.
Se detuvo ante la fachada y nos detuvimos tras ella. "Ésta es la iglesia de la orden de los hospitalarios de San Juan. Se les llama hospitalarios porque tenían un hospital donde cuidaban... enfermos y así. Tiene un arco de medio punto, con dos columnas a los lados y está decorado con elementos decorativos vegetales y hojas de acanto y un rosetón arriba que da luminosidad al interior y arriba del todo hay la cabeza de un cordero que es porque son de San Juan que se le representaba con un cordero." Y abrió la puerta para que accediéramos al interior del templo. "La iglesia se ha mantenido tal y como estaba de siempre. Está dividida en tres partes que se ven en el techo: de madera, la bóveda de cañón y el altar".
Yo me asomé a ver qué diferenciaba el techo de piedra de la bóveda de cañón del que había sobre el altar, pero no descubrí nada.
-¿El dintel de la puerta no es más nuevo? -preguntó uno de los componentes del grupo. --Sí -dijo ella-.
-¿Y no decías que estaba igual? -insistió él-.
-La reformaron, pero no la tiraron abajo y la volvieron a hacer -se limitó a contestar con el mayor de los descaros.
La iglesia no debía tener nada más que le pareciera digno de indicar (porque como leéis se limitaba a señalar aquello que había, lo que cualquiera podía ver, sin explicación ninguna) y nos invitó a salir mudamente, es decir salió y metió las llaves en la cerradura en un claro signo de "o salís u os quedáis aquí encerrados, vosotros mismos, hatajo de fastidia-apacibles-y-calurosas-tardes".
Mis orejas comenzaron a ponerse puntiagudas, mi cara, a enrojecer, los ojos se me inyectaron en sangre, el pelo a erizarse, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de forma más que evidente, en concreto los del cuello que intentaban contener el claro ataque de ira que me estaba sobreviniendo. La miré furibunda y amenazante (yo también sé hacer signos tan claros como mudos, ¿qué se había creído?) mientras le decía sin hablar: “¿Me estás viendo? ¿Ves cómo me estoy transformando? Juega, juega, que estás jugando con fuego...” y salí de la iglesia.
Comenzamos a caminar, de nuevo abandonados a la soledad de las calles. De repente, se detuvo ante una fachada que nos cortaba el paso y nos dijo:
-Este era el hospital donde cuidaban... -Supongo que enfermos, vamos, digo yo que ésa es la misión de los hospitales, pero claro, no hagáis mucho caso porque son sólo suposiciones mías, ella lo dejó así, en el aire, a completar por nuestra fértil imaginación-. Los hospitalarios esos de la iglesia que acabamos de ver... –Supongo de nuevo que esos hospitalarios serían los cuidadores, pero también nosotros debíamos acabar la frase, porque, como se puede observar, era una visita para fomentar la imaginación de cada cual-. Ahora es el Consejo Regulador de la Denominación de Origen del vino de Ribeiro -las mayúsculas las pongo yo porque dudo que ella supiera que las llevaba, veréis por qué-, vaya, donde hacen las etiquetas -¡sí señor, eso es sintetizar, y lo demás son cuentos! ¡Dios mío lo que ha creado la LOGSE!-.
Y tras su elocuente explicación siguió caminando complacida por haber satisfecho mi necesidad de que se me comentase algo interesante del pueblo.
Un poco más adelante, doblamos una esquina y nos hizo detener para, en un alarde de generosidad, explicarnos que la casa que teníamos a nuestra derecha (la localización también la pongo yo, ella sólo señaló) había sido sede del Tribunal de la Santa Inquisición (también pongo yo las mayúsculas y lo de Tribunal de la Santa, que, aunque no me parece que sea muy apropiado, lo de santa digo, es como se llamaba). Y para que fuésemos conscientes de su generosidad nos dijo que comentarnos eso no entraba en la visita (¡de 3 euros!), pero que, bueno, lo comentaba.
Una incauta se escandalizó en vez de mostrar el más profundo de los agradecimientos y le preguntó que qué era, pues, lo que entraba. La magnánima guía que nos había tocado en ¿suerte?, le explicó con absoluta condescendencia a su supina ignorancia que la nuestra era una visita de iglesias, que la de las calles judías (también llamadas por algunos “pedantes” juderías) había sido por la mañana. Tras lo cual todos le dijimos cuán agradecidos estábamos por su generosidad y ella, en otro alarde de prodigalidad, nos explicó que en la fachada había tres escudos (debía pensar que además de idiotas por seguir a esas alturas todavía en la visita, éramos invidentes), uno de ellos, continuó pertenecía a la familia de los Sarmiento, señores de Ribadavia, que unas veces tiene trece puntos (no los conté) como símbolo de su fortuna y otras está en blanco.
-¿Por qué? –preguntó el mismo hombre del dintel de la puerta.
-Está documentado que no se sabe por qué.
Enarqué las cejas, en señal de asombro, bajé el párpado de un ojo, en señal de incredulidad y volví a mirarla furibunda. Ella continuó sin prestarme más atención de la de “espera que te voy a contar algo muy interesante”:
-El otro escudo es el de los dueños de la casa y el otro el de la Inquisición.
Y tras semejante esplendidez, siguió caminando orgullosa de sí misma, mientras insistía:
-Esto se ve mejor en la otra visita.
Todos nos arrodillamos y fuimos tras ella besando el suelo que pisaba como muestra de agradecimiento. Y entonces, ocurrió. Fue como un milagro. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta antes? La muchacha sólo necesitaba que le rindiésemos pleitesía para desbordarnos con su elocuencia y su saber. Así que siguió:
-Ribadavia era muy importante en la Edad Media. Aquí vinieron muchos judíos y se quedaron para explotar las viñas porque el vino era muy importante en esa época y se exportaba a Inglaterra sobre todo.
Que digo yo que debían ser los únicos judíos del mundo que en aquella época tenían tierras, porque yo tenía entendido que el derecho romano les prohibía poseer tierras desde que fueron expulsados de Jerusalén... Pero no dije nada por si acaso.
-Estas calles es donde vivían. Luego, cuando los echaron, algunos se marcharon y otros se quedaron. Por eso estas casas tienen los típicos patios de Ribadavia que son los típicos patios de las casas judías. -Que, vaya, era la primera noticia que tenía de que las casas podían profesar alguna religión-.
Yo miraba con curiosidad las jambas de las puertas de aquellas casas que nos señalaba y juro que no había ni rastro del hueco practicado en la piedra para introducir los rollos de La Torá que los judíos colocan para que protejan sus casas. Estos eran unos judíos muy, muy raros....
Volvió al silencio para que pudiera sumirme en estas reflexiones. De repente, y sin detener el paso señaló a su izquierda y, como el que no quiere la cosa, soltó:
-Ahí podéis ver uno de los patios típicos de los judíos de Ribadavia.
Mi costillo y yo, que íbamos justo detrás de ella en ese momento, miramos hacia donde señalaba y... Bien, voy a ver si soy capaz de explicar lo que vimos. No crean ustedes (regreso al ustedes porque veo que hay nuevas incorporaciones al blog) que es fácil describir el típico patio de una casa de judíos de Ribadavia y, sin embargo, me gustaría que a través de mis palabras ustedes también lo vieran. Por favor, hagan un esfuerzo para imaginar lo que les voy a contar y suplan mis deficiencias. A ver, allí había una casa de pueblo, con fachada de piedra gris y una puerta de madera de esas que puede abrirse la mitad de arriba y mantener cerrada la mitad inferior. Pues así mismo se encontraba ésa: abierta sólo la parte superior para que pudiésemos descubrir el típico patio de las casas de los judíos de Ribadavia. Miramos a través de la abertura y... vimos la oscuridad más absoluta que se puedan imaginar. Un agujero negro seguro que es más claro que la oscuridad que desbordaba aquella puerta y que devoraba cualquier rayo de luz que se aproximara a menos de diez metros a la redonda. Era la misma boca del lobo. En mi vida he visto nada más negro. Como dice mi costillo, era un patio en el que entras y no sabes cómo vas a salir de él sino es apaleado y desnudo como castigo a tu osadía. ¡Señor! Si daba miedo sólo mirarlo... ¿Cómo es posible que haya en el mundo algo tan oscuro? ¿Y eso era un patio? ¿No les dije que eran una gente muy rara?
Mi costillo y yo nos miramos y lo comprendimos todo en un instante: lo que habíamos pagado era una entrada para el circo en la calle. Tenía que ser eso. Comenzamos a reír, primero con cierto disimulo mal disimulado y luego a mandíbula batiente. Y así se me pasó el cabreo y pude disfrutar de lo que quedaba de visita.
No teníamos pensado ir a esa localidad: Ribadavia. Llegamos allí porque nos lo recomendó la amable chica de la oficina de turismo del pueblo de mi adolescencia, justo antes de que mi gozo se hundiera en un pozo. Cambiamos, pues, la ruta prevista y nos acercamos a ese pequeño municipio de calles medievales y se supone que apasionante historia. Un lugar nuevo, virgen de recuerdos. Aparcamos y nos encaminamos hacia la oficina de turismo. Otra pareja se nos adelantó y les atendió una amable mujer que parecía conocer muy bien su oficio y la población. Al cabo de un tiempo indefinido entre los 10 minutos y el cuarto de hora, una jovencita que parecía recién salida del instituto aunque debía bordear la veintena tuvo a bien dejar de lado la observación de los gambusinos alojados en la nada y atendernos. ¡Vaya, qué mala suerte! No tenía demasiadas ganas y se le notó en la parca información que nos ofreció y que se limitó a un plano del pueblo donde, explicó, estaban indicados los lugares de interés. Yo acababa de escuchar cómo a la otra pareja les comentaban que había una visita guiada esa misma tarde, así que directamente le pregunté si no había visitas guiadas. Asintió de no muy buena gana y nos avisó de que comenzaba en 10 minutos y de que valía la "despreciable" cantidad de 3 euros por barba que pagamos religiosamente con la intención de que nos acompañaran en nuestra visita y nos explicaran todo aquello que debíamos saber y ver de la población.
Diez minutos más tarde, nos juntamos con otras ocho personas en el lugar de encuentro y con... tachín, tachán, la incalificable señorita que nos había ¿atendido? y cobrado los 6 euros que, por si alguien lo ha olvidado, son 1000 de las antiguas pesetas, usease, una pasta. "¡Vaya, qué mala suerte!" -volví a pensar-.
La muchachita en cuestión decidió de motu propio tutearnos sin importarle lo más mínimo la edad, más que avanzada, de algunos de los turistas a los que se disponía a ¿guiar? Se presentó y nos autorizó para plantearle cuantas preguntas quisiéramos formularle y nosotros, ingenuos, la creímos.
Comenzó a caminar sin encomendarse a dios ni al diablo, ni dignarse siquiera a hacernos una seña para que la siguiésemos, pero decidimos hacerlo cual ovejitas mansas que siguen al pastor. El silencio señoreaba en el grupo. Tres calles más abajo y algo cabreada decidí romperlo con uno de mis irónicos comentarios: "¡Uy, qué balcón más bonito! Seguro que ese artesonado tan rico significa algo, pero nunca lo sabremos porque no tiene a bien contárnoslo... ¡Oh, fíjate, costillo mío, un escudo sobre una puerta! Debe ser una casa importante, pero tampoco lo sabremos jamás, porque no lo considera digno de mención...".
El silencio fue lo que obtuve por toda respuesta. De repente, mientras giraba una esquina, encontró algo interesante que decir: "Ahí tenéis una tienda con productos típicos de Ribadavia". Dirigimos nuestras miradas hacia donde su dedo había señalado y allí había una planta baja con camisetas de ésas que hay en todas las tiendas turísticas colgadas en la puerta. Nos miramos sorprendidos. Vaya, las camisetas de algodón se hacen en Ribadavia, son típicas de allí y las exportan al resto del mundo. Mmmmm qué interesante.
Tras la esquina se alzaba una iglesia. Aquí quiero hacer un inciso. Vaya por delante que mi cultura en historia del arte se limita a lo que di en Historia de 1º y 3º de BUP como parte de la Historia del Mundo, porque en COU escogí Griego y no Historia del Arte, así que no voy a juzgar en absoluto los contenidos de la exposición de la muchacha (que por otra parte se juzgan por sí solos) sino que me limitaré a reproducir aproximadamente lo que nos explicó una y otra vez.
Se detuvo ante la fachada y nos detuvimos tras ella. "Ésta es la iglesia de la orden de los hospitalarios de San Juan. Se les llama hospitalarios porque tenían un hospital donde cuidaban... enfermos y así. Tiene un arco de medio punto, con dos columnas a los lados y está decorado con elementos decorativos vegetales y hojas de acanto y un rosetón arriba que da luminosidad al interior y arriba del todo hay la cabeza de un cordero que es porque son de San Juan que se le representaba con un cordero." Y abrió la puerta para que accediéramos al interior del templo. "La iglesia se ha mantenido tal y como estaba de siempre. Está dividida en tres partes que se ven en el techo: de madera, la bóveda de cañón y el altar".
Yo me asomé a ver qué diferenciaba el techo de piedra de la bóveda de cañón del que había sobre el altar, pero no descubrí nada.
-¿El dintel de la puerta no es más nuevo? -preguntó uno de los componentes del grupo. --Sí -dijo ella-.
-¿Y no decías que estaba igual? -insistió él-.
-La reformaron, pero no la tiraron abajo y la volvieron a hacer -se limitó a contestar con el mayor de los descaros.
La iglesia no debía tener nada más que le pareciera digno de indicar (porque como leéis se limitaba a señalar aquello que había, lo que cualquiera podía ver, sin explicación ninguna) y nos invitó a salir mudamente, es decir salió y metió las llaves en la cerradura en un claro signo de "o salís u os quedáis aquí encerrados, vosotros mismos, hatajo de fastidia-apacibles-y-calurosas-tardes".
Mis orejas comenzaron a ponerse puntiagudas, mi cara, a enrojecer, los ojos se me inyectaron en sangre, el pelo a erizarse, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron de forma más que evidente, en concreto los del cuello que intentaban contener el claro ataque de ira que me estaba sobreviniendo. La miré furibunda y amenazante (yo también sé hacer signos tan claros como mudos, ¿qué se había creído?) mientras le decía sin hablar: “¿Me estás viendo? ¿Ves cómo me estoy transformando? Juega, juega, que estás jugando con fuego...” y salí de la iglesia.
Comenzamos a caminar, de nuevo abandonados a la soledad de las calles. De repente, se detuvo ante una fachada que nos cortaba el paso y nos dijo:
-Este era el hospital donde cuidaban... -Supongo que enfermos, vamos, digo yo que ésa es la misión de los hospitales, pero claro, no hagáis mucho caso porque son sólo suposiciones mías, ella lo dejó así, en el aire, a completar por nuestra fértil imaginación-. Los hospitalarios esos de la iglesia que acabamos de ver... –Supongo de nuevo que esos hospitalarios serían los cuidadores, pero también nosotros debíamos acabar la frase, porque, como se puede observar, era una visita para fomentar la imaginación de cada cual-. Ahora es el Consejo Regulador de la Denominación de Origen del vino de Ribeiro -las mayúsculas las pongo yo porque dudo que ella supiera que las llevaba, veréis por qué-, vaya, donde hacen las etiquetas -¡sí señor, eso es sintetizar, y lo demás son cuentos! ¡Dios mío lo que ha creado la LOGSE!-.
Y tras su elocuente explicación siguió caminando complacida por haber satisfecho mi necesidad de que se me comentase algo interesante del pueblo.
Un poco más adelante, doblamos una esquina y nos hizo detener para, en un alarde de generosidad, explicarnos que la casa que teníamos a nuestra derecha (la localización también la pongo yo, ella sólo señaló) había sido sede del Tribunal de la Santa Inquisición (también pongo yo las mayúsculas y lo de Tribunal de la Santa, que, aunque no me parece que sea muy apropiado, lo de santa digo, es como se llamaba). Y para que fuésemos conscientes de su generosidad nos dijo que comentarnos eso no entraba en la visita (¡de 3 euros!), pero que, bueno, lo comentaba.
Una incauta se escandalizó en vez de mostrar el más profundo de los agradecimientos y le preguntó que qué era, pues, lo que entraba. La magnánima guía que nos había tocado en ¿suerte?, le explicó con absoluta condescendencia a su supina ignorancia que la nuestra era una visita de iglesias, que la de las calles judías (también llamadas por algunos “pedantes” juderías) había sido por la mañana. Tras lo cual todos le dijimos cuán agradecidos estábamos por su generosidad y ella, en otro alarde de prodigalidad, nos explicó que en la fachada había tres escudos (debía pensar que además de idiotas por seguir a esas alturas todavía en la visita, éramos invidentes), uno de ellos, continuó pertenecía a la familia de los Sarmiento, señores de Ribadavia, que unas veces tiene trece puntos (no los conté) como símbolo de su fortuna y otras está en blanco.
-¿Por qué? –preguntó el mismo hombre del dintel de la puerta.
-Está documentado que no se sabe por qué.
Enarqué las cejas, en señal de asombro, bajé el párpado de un ojo, en señal de incredulidad y volví a mirarla furibunda. Ella continuó sin prestarme más atención de la de “espera que te voy a contar algo muy interesante”:
-El otro escudo es el de los dueños de la casa y el otro el de la Inquisición.
Y tras semejante esplendidez, siguió caminando orgullosa de sí misma, mientras insistía:
-Esto se ve mejor en la otra visita.
Todos nos arrodillamos y fuimos tras ella besando el suelo que pisaba como muestra de agradecimiento. Y entonces, ocurrió. Fue como un milagro. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta antes? La muchacha sólo necesitaba que le rindiésemos pleitesía para desbordarnos con su elocuencia y su saber. Así que siguió:
-Ribadavia era muy importante en la Edad Media. Aquí vinieron muchos judíos y se quedaron para explotar las viñas porque el vino era muy importante en esa época y se exportaba a Inglaterra sobre todo.
Que digo yo que debían ser los únicos judíos del mundo que en aquella época tenían tierras, porque yo tenía entendido que el derecho romano les prohibía poseer tierras desde que fueron expulsados de Jerusalén... Pero no dije nada por si acaso.
-Estas calles es donde vivían. Luego, cuando los echaron, algunos se marcharon y otros se quedaron. Por eso estas casas tienen los típicos patios de Ribadavia que son los típicos patios de las casas judías. -Que, vaya, era la primera noticia que tenía de que las casas podían profesar alguna religión-.
Yo miraba con curiosidad las jambas de las puertas de aquellas casas que nos señalaba y juro que no había ni rastro del hueco practicado en la piedra para introducir los rollos de La Torá que los judíos colocan para que protejan sus casas. Estos eran unos judíos muy, muy raros....
Volvió al silencio para que pudiera sumirme en estas reflexiones. De repente, y sin detener el paso señaló a su izquierda y, como el que no quiere la cosa, soltó:
-Ahí podéis ver uno de los patios típicos de los judíos de Ribadavia.
Mi costillo y yo, que íbamos justo detrás de ella en ese momento, miramos hacia donde señalaba y... Bien, voy a ver si soy capaz de explicar lo que vimos. No crean ustedes (regreso al ustedes porque veo que hay nuevas incorporaciones al blog) que es fácil describir el típico patio de una casa de judíos de Ribadavia y, sin embargo, me gustaría que a través de mis palabras ustedes también lo vieran. Por favor, hagan un esfuerzo para imaginar lo que les voy a contar y suplan mis deficiencias. A ver, allí había una casa de pueblo, con fachada de piedra gris y una puerta de madera de esas que puede abrirse la mitad de arriba y mantener cerrada la mitad inferior. Pues así mismo se encontraba ésa: abierta sólo la parte superior para que pudiésemos descubrir el típico patio de las casas de los judíos de Ribadavia. Miramos a través de la abertura y... vimos la oscuridad más absoluta que se puedan imaginar. Un agujero negro seguro que es más claro que la oscuridad que desbordaba aquella puerta y que devoraba cualquier rayo de luz que se aproximara a menos de diez metros a la redonda. Era la misma boca del lobo. En mi vida he visto nada más negro. Como dice mi costillo, era un patio en el que entras y no sabes cómo vas a salir de él sino es apaleado y desnudo como castigo a tu osadía. ¡Señor! Si daba miedo sólo mirarlo... ¿Cómo es posible que haya en el mundo algo tan oscuro? ¿Y eso era un patio? ¿No les dije que eran una gente muy rara?
Mi costillo y yo nos miramos y lo comprendimos todo en un instante: lo que habíamos pagado era una entrada para el circo en la calle. Tenía que ser eso. Comenzamos a reír, primero con cierto disimulo mal disimulado y luego a mandíbula batiente. Y así se me pasó el cabreo y pude disfrutar de lo que quedaba de visita.
lunes, 9 de julio de 2012
Tiempo de estupideces
Intento no ser soez pero no puedo evitar indicarles que hubiera preferido otro sustantivo mucho más contundente para el complemento del nombre del título. Seguro que me entienden a pesar de lo mal que me explico y seguro que cuando acaben de leer, estarán de acuerdo conmigo en que merecía algo más fuerte –o no–, pero ¿qué le vamos a hacer? La impronta de mis años de escolarización es imborrable.
A lo que vamos, no sé si es por el calor que dicen que hace (yo, que comparto genes con los lagartos, no lo siento) y que licua las neuronas, no sé si es algo estacional y puesto que nos bombardean con que el verano es tiempo de desinhibición y relax, se desinhibe la lengua y se relaja el filtro, no sé si es que tengo los oídos especialmente sensibles y detectan y magnifican cualquier signo de estupidez, no sé si es que yo soy la rara y el resto de personal totalmente normal, que es lo más probable… De cualquier forma, aquí les dejo una selección de las perlas que he ido escuchando estos días y juzguen por sí mismos:
1. Estaba yo intranquilamente en el parque con mis hijos. No puedo entender al resto de progenitores que están tan tranquilos charlando mientras yo observo con un ojo cómo el mayor recorre los pasadizos, puentes tibetanos y resto de artilugios que les ponen a los niños en los parques, con el otro, al pequeño que va tras cualquier juguete que le resulte apetecible, de reojo, controlo el cochecito del pequeño, juego a pillar con el mayor y cuantos críos se apuntan, persigo al pequeño para que no salga corriendo tras coger un juguete que no es suyo, evito que los espabilados que bamban sin vigilancia de ningún adulto se propasen con los míos a los que impongo un respeto a todas luces pasado de moda… Vaya, que el parque es lo más estresante que conozco, la verdad. Pues eso, estaba yo intranquilamente en el parque con mis hijos y el pequeño se pone a jugar con una niña de su edad. La madre me pregunta si ha entrado en el cole para el año que viene (como hay carestía de plazas, es el tema estrella en esta época), le digo que sí e inmediatamente comienza a contarme la suerte que ha tenido ella porque su hija ha podido entrar en el colegio X y no la han metido en el colegio Y. Yo, con los ojos a la virulé porque ya sólo faltaba tener que atender a una desconocida que me habla, le digo que parecía que el colegio X se había puesto de moda y todo el mundo quería ir allí y no al Y. No le dije, pero me sorprendía porque cuando yo estuve mirando colegios el año pasado, el colegio X era como si a mi colegio (al que fui en la década de los 70) no le hubieran hecho ni un solo retoque desde entonces, todo lleno de desconchados, viejo como el mundo y con unos libros en la biblioteca… era como entrar en el pasado de repente, mientras que el colegio Y había sido reformado, estaba limpio, con aulas enormes recién pintadas, mesas y sillas nuevas… La tipa, entonces va y me contesta toda pita ella que claro que todo el mundo quería ir al colegio X porque a una pobre niña (pobre por su desgracia no por causas económicas) de su patio, le había tocado el colegio Y y estaban ella y otra niña solas. Mis ojos se convirtieron en dos huevos fritos en mi cara que detuvo su girar compulsivo siempre tras mis hijos, para mirarla con tal mezcla de incredulidad, asombro y perplejidad que debía ser un poema. Ella prosiguió tras una breve pausa: “Todo lo demás son inmigrantes”. Acabáramos, pensé yo, pobrecitas niñas urbanitas que han tenido la mala suerte de ser admitidas en una granja escuela con 28 bichos, en vez de en un colegio de “humanos” como sus padres querían…
2. Me cuenta mi amiga que su hermana ha tenido la primera reunión en el que será el cole de su sobrino el año próximo y que ya ha tenido su primer desencuentro con la profesora porque entre las normas impuestas en el centro escolar está la prohibición de llevar ropa, calzado o material escolar alguno “de marca” (a lo mejor se piensa esta señora que nisupu no es una marca…) para “evitar que los niños sepan que hay clases sociales”… Ni clases sociales, ni bichos ¡Ah!, perdón, seres venidos de otros lugares del mundo, ni historia, ni lengua castellana, ni literatura, ni geografía de más allá de su terruño ni nada de nada, no vaya a ser que piensen por sí mismos y sufran evitando ser tratados como borregos…
3. Recibo un correo electrónico en el que me informa una clienta de que va a dejar de serlo. Dado que ya su abuelo era cliente de mi padre y que con ella he tenido mucho trato, profesional, se entiende. La llamo por teléfono para decirle que me doy por enterada pero que me sorprende que no me lo haya dicho personalmente. Empieza a quejarse por vicio y a mentir cual bellaca respecto a mi trabajo y como le rebato todas y cada una de las mentiras, puesto que ambas sabíamos que lo eran, la individua, procedente de los arrabales de cualquier ciudad, a quien en otro tiempo hubieran obligado a vestir con prendas acabadas en picos, que, por supuesto y dada su procedencia, hubieran sido pardos, me suelta que no me lo quería decir pero que no quiere trabajar conmigo porque no le gusta cómo hablo (entiéndase que le diga que no es legal algo o que yo no soy su enemiga y no me tiene porque insultar o maltratar verbalmente si la ley no le permite hacer algo). Pues no pasa nada, le contesto tranquila y suavemente, a mí también hay cosas que no me gustan. Ella contesta soltando sapos y culebras por su boca que como ella me paga puede hablarme como le dé la gana y yo tengo que aguantar, cumpliéndose de nuevo el dicho de no sirvas a quien sirvió, pues a pesar de ser ahora (aunque por poco tiempo a tenor de lo rápido que está acabando con la empresa que ha heredado) una empresaria antes trabajó en trabajos para los que no se requería ninguna cualificación ya que no podía acceder a ningún otro puesto. Pues bien doña arrabalera que a tu lado las dependientas de las verdulerías se convierten en damas, no es cierto que el dinero te permita ser soez, maleducada y déspota, porque, como te dije, yo tengo el derecho de no querer como clientas a gente como tú que me espantan a los buenos clientes. Y es que la imagen es muy importante…
4. Caminaba el otro día por la calle y delante de mí iba una pareja cogida de la mano. De repente ella tropieza con el bordillo de la acera y se cae al suelo. Él le pregunta muy enfadado: “¿Es que no has visto el escalón?” Claro que lo ha visto, so merluzo, ¿cómo no lo ha de ver si va marcado con banderines rojos y un luminoso intermitente que señala parpadeante: “escalón”? Lo que ocurre es que la chica ha querido probar la experiencia de caerse en mitad de la calle, dejarse manos y rodillas como las del ecce homo, los dientes en la acera, la falda por capa… y ver la cara de imbécil que se te queda cuando te das cuenta de que el tanga tan chulo que le regalaste ha dejado de ser una prenda íntima y la hemos podido ver todos los transeúntes, incluido ese jovenassssso que ha acudido presto a ayudarla a levantarse mirándola con ojos golositos y al que ella ha respondido con una sonrisa de agradecimiento, mitad pícara, mitad coqueta, mientras que a ti te ha fulminado con la mirada. Y sí, tal vez, repita la experiencia, o tal vez no porque decida irse con el jovenassssssso y dejarte plantado.
A lo que vamos, no sé si es por el calor que dicen que hace (yo, que comparto genes con los lagartos, no lo siento) y que licua las neuronas, no sé si es algo estacional y puesto que nos bombardean con que el verano es tiempo de desinhibición y relax, se desinhibe la lengua y se relaja el filtro, no sé si es que tengo los oídos especialmente sensibles y detectan y magnifican cualquier signo de estupidez, no sé si es que yo soy la rara y el resto de personal totalmente normal, que es lo más probable… De cualquier forma, aquí les dejo una selección de las perlas que he ido escuchando estos días y juzguen por sí mismos:
1. Estaba yo intranquilamente en el parque con mis hijos. No puedo entender al resto de progenitores que están tan tranquilos charlando mientras yo observo con un ojo cómo el mayor recorre los pasadizos, puentes tibetanos y resto de artilugios que les ponen a los niños en los parques, con el otro, al pequeño que va tras cualquier juguete que le resulte apetecible, de reojo, controlo el cochecito del pequeño, juego a pillar con el mayor y cuantos críos se apuntan, persigo al pequeño para que no salga corriendo tras coger un juguete que no es suyo, evito que los espabilados que bamban sin vigilancia de ningún adulto se propasen con los míos a los que impongo un respeto a todas luces pasado de moda… Vaya, que el parque es lo más estresante que conozco, la verdad. Pues eso, estaba yo intranquilamente en el parque con mis hijos y el pequeño se pone a jugar con una niña de su edad. La madre me pregunta si ha entrado en el cole para el año que viene (como hay carestía de plazas, es el tema estrella en esta época), le digo que sí e inmediatamente comienza a contarme la suerte que ha tenido ella porque su hija ha podido entrar en el colegio X y no la han metido en el colegio Y. Yo, con los ojos a la virulé porque ya sólo faltaba tener que atender a una desconocida que me habla, le digo que parecía que el colegio X se había puesto de moda y todo el mundo quería ir allí y no al Y. No le dije, pero me sorprendía porque cuando yo estuve mirando colegios el año pasado, el colegio X era como si a mi colegio (al que fui en la década de los 70) no le hubieran hecho ni un solo retoque desde entonces, todo lleno de desconchados, viejo como el mundo y con unos libros en la biblioteca… era como entrar en el pasado de repente, mientras que el colegio Y había sido reformado, estaba limpio, con aulas enormes recién pintadas, mesas y sillas nuevas… La tipa, entonces va y me contesta toda pita ella que claro que todo el mundo quería ir al colegio X porque a una pobre niña (pobre por su desgracia no por causas económicas) de su patio, le había tocado el colegio Y y estaban ella y otra niña solas. Mis ojos se convirtieron en dos huevos fritos en mi cara que detuvo su girar compulsivo siempre tras mis hijos, para mirarla con tal mezcla de incredulidad, asombro y perplejidad que debía ser un poema. Ella prosiguió tras una breve pausa: “Todo lo demás son inmigrantes”. Acabáramos, pensé yo, pobrecitas niñas urbanitas que han tenido la mala suerte de ser admitidas en una granja escuela con 28 bichos, en vez de en un colegio de “humanos” como sus padres querían…
2. Me cuenta mi amiga que su hermana ha tenido la primera reunión en el que será el cole de su sobrino el año próximo y que ya ha tenido su primer desencuentro con la profesora porque entre las normas impuestas en el centro escolar está la prohibición de llevar ropa, calzado o material escolar alguno “de marca” (a lo mejor se piensa esta señora que nisupu no es una marca…) para “evitar que los niños sepan que hay clases sociales”… Ni clases sociales, ni bichos ¡Ah!, perdón, seres venidos de otros lugares del mundo, ni historia, ni lengua castellana, ni literatura, ni geografía de más allá de su terruño ni nada de nada, no vaya a ser que piensen por sí mismos y sufran evitando ser tratados como borregos…
3. Recibo un correo electrónico en el que me informa una clienta de que va a dejar de serlo. Dado que ya su abuelo era cliente de mi padre y que con ella he tenido mucho trato, profesional, se entiende. La llamo por teléfono para decirle que me doy por enterada pero que me sorprende que no me lo haya dicho personalmente. Empieza a quejarse por vicio y a mentir cual bellaca respecto a mi trabajo y como le rebato todas y cada una de las mentiras, puesto que ambas sabíamos que lo eran, la individua, procedente de los arrabales de cualquier ciudad, a quien en otro tiempo hubieran obligado a vestir con prendas acabadas en picos, que, por supuesto y dada su procedencia, hubieran sido pardos, me suelta que no me lo quería decir pero que no quiere trabajar conmigo porque no le gusta cómo hablo (entiéndase que le diga que no es legal algo o que yo no soy su enemiga y no me tiene porque insultar o maltratar verbalmente si la ley no le permite hacer algo). Pues no pasa nada, le contesto tranquila y suavemente, a mí también hay cosas que no me gustan. Ella contesta soltando sapos y culebras por su boca que como ella me paga puede hablarme como le dé la gana y yo tengo que aguantar, cumpliéndose de nuevo el dicho de no sirvas a quien sirvió, pues a pesar de ser ahora (aunque por poco tiempo a tenor de lo rápido que está acabando con la empresa que ha heredado) una empresaria antes trabajó en trabajos para los que no se requería ninguna cualificación ya que no podía acceder a ningún otro puesto. Pues bien doña arrabalera que a tu lado las dependientas de las verdulerías se convierten en damas, no es cierto que el dinero te permita ser soez, maleducada y déspota, porque, como te dije, yo tengo el derecho de no querer como clientas a gente como tú que me espantan a los buenos clientes. Y es que la imagen es muy importante…
4. Caminaba el otro día por la calle y delante de mí iba una pareja cogida de la mano. De repente ella tropieza con el bordillo de la acera y se cae al suelo. Él le pregunta muy enfadado: “¿Es que no has visto el escalón?” Claro que lo ha visto, so merluzo, ¿cómo no lo ha de ver si va marcado con banderines rojos y un luminoso intermitente que señala parpadeante: “escalón”? Lo que ocurre es que la chica ha querido probar la experiencia de caerse en mitad de la calle, dejarse manos y rodillas como las del ecce homo, los dientes en la acera, la falda por capa… y ver la cara de imbécil que se te queda cuando te das cuenta de que el tanga tan chulo que le regalaste ha dejado de ser una prenda íntima y la hemos podido ver todos los transeúntes, incluido ese jovenassssso que ha acudido presto a ayudarla a levantarse mirándola con ojos golositos y al que ella ha respondido con una sonrisa de agradecimiento, mitad pícara, mitad coqueta, mientras que a ti te ha fulminado con la mirada. Y sí, tal vez, repita la experiencia, o tal vez no porque decida irse con el jovenassssssso y dejarte plantado.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Churras y Merinas
Que soy una defensora de causas perdidas, lo sé desde pequeña, desde que descubrí que, en las películas de indios y vaqueros, jamás ganaban los indios. Así que de antemano sabía que ésta iba a ser una batalla perdida. O no, ¿quién sabe? En esta vida que bambolea según las modas, todo es cuestión de tiempo y dado que tengo intención de que la muerte de Matusalén sea considerada prematura, tiempo es lo que me sobra… Además, qué leches, que me gusta batallar.
Bueno, al grano, cuando yo iba a la escuela, hace relativamente poco tiempo aunque parezca una eternidad si tenemos en cuenta que en este intervalo los políticos, en un sano y legítimo intento de empeorar las cosas, han llevado a cabo varias reformas educativas y que pedagogos, psicólogos, sociólogos y demás estudiosos han instaurado y desinstaurado varias modas en este corto lapso, en el boletín de notas había una columna para las calificaciones obtenidas en el área cognitiva y otra columna para las obtenidas en el área actitudinal. Es decir, que por un lado se evaluaban los conocimientos y por otro el comportamiento en clase.
Sin embargo, la primera vez que tuve yo que evaluar a otros, fui apercibida de que debía subir la nota, dejándola en un 9, a una santificable alumna que había sacado un 3’5 en el examen, porque era muy buena muchacha y se esforzaba mucho. Me negué aduciendo que yo no estaba cualificada para evaluar bondades ni cantidad de esfuerzo, sólo conocimientos en Lengua Española, que, por cierto, es como se llamaba la asignatura, no Puertas del Cielo, y que en Lengua Española, la susodicha muchacha, de la que no dudo que sea merecedora del honor de entrar en el cielo por la puerta grande, había demostrado saber sólo un 35% de lo explicado en clase. Obviamente, por obstinada y reincidente, fui dada de baja en la empresa-colegio al finalizar mi mísero contrato basura.
Tres años más tarde, daba yo clase a futuros maestros y, como fuera que esa moda continuaba en vigor y empezaban a llegarme las consecuencias de tan peregrina práctica, me empeciné en explicar a mis alumnos que ellos aspiraban a ser maestros (y ésa es la formación que estaban recibiendo), no a sucesor de San Pedro y, por tanto, debían evaluar lo más objetivamente posible los contenidos que exigía la ley que supiesen los alumnos, porque, de lo contrario, nos seguiríamos encontrando con universitarios de los que no dudo de su capacidad de esfuerzo o de su intrínseca bondad, pero cuya capacitación para haber accedido al mundo universitario y mucho menos para obtener un título era más que deficiente. Sé que esto, de nuevo, no es políticamente correcto, pero a las pruebas me remito y si no me creen revisen los informes sobre nivel educativo y los reportajes de los telediarios y otros programas que periódicamente sacan los micrófonos a la calle a preguntar por cuestiones de cultura general entre las que se incluye la ortografía…
Vano intento el mío. La moda está condenada a perpetuarse por exigencias del guión ya que aquellos aspirantes a maestros que llegaron a serlo gracias a su carácter afable, a demostrar que se esforzaban (lo hicieran o no) o a empatizar con los profesores, hoy lo son ya; y de donde no hay, no se puede sacar…
Así que lejos quedó el intento de lograr la objetivización, de erradicar la sempiterna excusa de “me han suspendido porque el profesor me tiene manía” porque ahora resulta que puede ser cierta. Sí, como lo leen. Hasta ahora yo siempre me había topado con aprobados por su bondad, pero este camino tiene doble sentido: el del aprobado fácil y el del suspenso injusto. Acabo de comprobar cómo a un niño de seis años, mi hijo, los 9’25, 9’5, 9’75 y 10 que ha sacado en los exámenes que hemos visto se han convertido en NOTABLE en la hoja de calificaciones, debido a no haber caído en gracia. Y eso en las asignaturas de que tenemos noticia o que son objetivables, porque no puedo imaginar cómo ha sido evaluado en Ed. Artística por alguien que, dicho sea de paso, no sabe escribir sin cometer faltas de ortografía y que ha sido incapaz de exponer sus criterios evaluativos.
Así que sí, ténganlo en cuenta, padres presentes y futuros, nunca fue más cierto el refrán de “A perro flaco, todo son pulgas”, porque si su hijo no cae bien al profesor, si es víctima de acoso escolar, si tiene algún problema, si es tímido, no es guapo, se aburre en clase, etc., pero le gusta estudiar y aprender, pónganse a temblar, porque, en un sano y legítimo intento de convertir a todos en bondadosos asnos, los profesores le bajarán la nota hasta que su autoestima se resienta y, o aprende a disimular y a caer bien, o abandona los estudios.
Y, por favor, si, por uno de esos misterios de la vida, ustedes tienen un nivel cultural alto a pesar del sistema educativo, nunca, nunca, enseñen a escribir bien a sus hijos, ni les transmitan conocimientos, porque entonces, la manía del profesor les estará asegurada. Si ya lo han hecho, corran, contraten a un psicólogo que enseñe habilidades sociales a su hijo para que aprenda lo único que es importante en el colegio desde que se mezclan churras con merinas: aparentar que se es bondadoso y fingir que uno se está esforzando mucho.
Bueno, al grano, cuando yo iba a la escuela, hace relativamente poco tiempo aunque parezca una eternidad si tenemos en cuenta que en este intervalo los políticos, en un sano y legítimo intento de empeorar las cosas, han llevado a cabo varias reformas educativas y que pedagogos, psicólogos, sociólogos y demás estudiosos han instaurado y desinstaurado varias modas en este corto lapso, en el boletín de notas había una columna para las calificaciones obtenidas en el área cognitiva y otra columna para las obtenidas en el área actitudinal. Es decir, que por un lado se evaluaban los conocimientos y por otro el comportamiento en clase.
Sin embargo, la primera vez que tuve yo que evaluar a otros, fui apercibida de que debía subir la nota, dejándola en un 9, a una santificable alumna que había sacado un 3’5 en el examen, porque era muy buena muchacha y se esforzaba mucho. Me negué aduciendo que yo no estaba cualificada para evaluar bondades ni cantidad de esfuerzo, sólo conocimientos en Lengua Española, que, por cierto, es como se llamaba la asignatura, no Puertas del Cielo, y que en Lengua Española, la susodicha muchacha, de la que no dudo que sea merecedora del honor de entrar en el cielo por la puerta grande, había demostrado saber sólo un 35% de lo explicado en clase. Obviamente, por obstinada y reincidente, fui dada de baja en la empresa-colegio al finalizar mi mísero contrato basura.
Tres años más tarde, daba yo clase a futuros maestros y, como fuera que esa moda continuaba en vigor y empezaban a llegarme las consecuencias de tan peregrina práctica, me empeciné en explicar a mis alumnos que ellos aspiraban a ser maestros (y ésa es la formación que estaban recibiendo), no a sucesor de San Pedro y, por tanto, debían evaluar lo más objetivamente posible los contenidos que exigía la ley que supiesen los alumnos, porque, de lo contrario, nos seguiríamos encontrando con universitarios de los que no dudo de su capacidad de esfuerzo o de su intrínseca bondad, pero cuya capacitación para haber accedido al mundo universitario y mucho menos para obtener un título era más que deficiente. Sé que esto, de nuevo, no es políticamente correcto, pero a las pruebas me remito y si no me creen revisen los informes sobre nivel educativo y los reportajes de los telediarios y otros programas que periódicamente sacan los micrófonos a la calle a preguntar por cuestiones de cultura general entre las que se incluye la ortografía…
Vano intento el mío. La moda está condenada a perpetuarse por exigencias del guión ya que aquellos aspirantes a maestros que llegaron a serlo gracias a su carácter afable, a demostrar que se esforzaban (lo hicieran o no) o a empatizar con los profesores, hoy lo son ya; y de donde no hay, no se puede sacar…
Así que lejos quedó el intento de lograr la objetivización, de erradicar la sempiterna excusa de “me han suspendido porque el profesor me tiene manía” porque ahora resulta que puede ser cierta. Sí, como lo leen. Hasta ahora yo siempre me había topado con aprobados por su bondad, pero este camino tiene doble sentido: el del aprobado fácil y el del suspenso injusto. Acabo de comprobar cómo a un niño de seis años, mi hijo, los 9’25, 9’5, 9’75 y 10 que ha sacado en los exámenes que hemos visto se han convertido en NOTABLE en la hoja de calificaciones, debido a no haber caído en gracia. Y eso en las asignaturas de que tenemos noticia o que son objetivables, porque no puedo imaginar cómo ha sido evaluado en Ed. Artística por alguien que, dicho sea de paso, no sabe escribir sin cometer faltas de ortografía y que ha sido incapaz de exponer sus criterios evaluativos.
Así que sí, ténganlo en cuenta, padres presentes y futuros, nunca fue más cierto el refrán de “A perro flaco, todo son pulgas”, porque si su hijo no cae bien al profesor, si es víctima de acoso escolar, si tiene algún problema, si es tímido, no es guapo, se aburre en clase, etc., pero le gusta estudiar y aprender, pónganse a temblar, porque, en un sano y legítimo intento de convertir a todos en bondadosos asnos, los profesores le bajarán la nota hasta que su autoestima se resienta y, o aprende a disimular y a caer bien, o abandona los estudios.
Y, por favor, si, por uno de esos misterios de la vida, ustedes tienen un nivel cultural alto a pesar del sistema educativo, nunca, nunca, enseñen a escribir bien a sus hijos, ni les transmitan conocimientos, porque entonces, la manía del profesor les estará asegurada. Si ya lo han hecho, corran, contraten a un psicólogo que enseñe habilidades sociales a su hijo para que aprenda lo único que es importante en el colegio desde que se mezclan churras con merinas: aparentar que se es bondadoso y fingir que uno se está esforzando mucho.
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