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martes, 27 de diciembre de 2016

DOS LECCIONES DE EMPATÍA Y UNA DE ECONOMÍA DE ANDAR POR CASA

Señor Alfonso Dastis:

      Como estamos en Navidad y ya sabe que es tiempo de regalar, yo quisiera entregarle esta reflexión para que usted pueda crecer como ministro y ampliar sus miras.
      Verá, señor, usted es un representante de la ciudadanía, la que le ha votado y la que no. Por tanto es necesario que empatice con sus representados para saber qué necesitan. Así que ahí va la lección de empatía número uno, usted no es el centro del universo ni la medida de todas las cosas, de manera que, considerar algo como una tragedia o no, dependiendo de su experiencia personal, no ayuda a que sus compatriotas le vean una persona que les representa sino, más bien, como un ser lejano que se cree por encima de los demás.
      Lección de empatía número dos: negar los sentimientos del otro no ayuda en absoluto a que éste confíe en usted y se sienta respetado. Puede que para usted no fuera una tragedia marcharse al extranjero y separarse de amigos y familia, no voy a entrar a valorar ni a discutir sobre si la voluntariedad u obligatoriedad del hecho en sí tiene algo que ver o no en la consideración –o no- de tragedia. Acepto barco como animal acuático y que a usted le pareció de lo más divertido y emocionante marcharse y que no sintió ni un ápice de morriña. Bien, afortunadamente, el mundo es diverso. Eso es lo que realmente nos enriquece, juntarnos con seres distintos a nosotros y aceptarlos y entenderlos. Observo que a usted la experiencia no le sirvió para enriquecerse conociendo gentes distintas a usted porque, de sus declaraciones se desprende que usted no reconoce que haya puntos de vista distintos y personas con sentimientos distintos. Abra los ojos y observe, pero sobre todo, respete a quien no piensa o siente como usted. No le niegue su derecho a sentir porque estará impidiendo cualquier posibilidad de comunicación.
      No hay que ser un economista para saber que cuando uno invierte en algo, espera que dé frutos y recuperar con creces lo invertido. Espera obtener beneficios. Así el agricultor prepara la tierra con esfuerzo, planta una semilla, la riega y la cuida mientras crece protegiéndola de plagas, de malas hierbas, de la climatología adversa, etc. Y todo ello porque espera recoger el fruto y poderlo vender y obtener beneficios. Lo mismo podríamos decir de cualquier oficio. Ahora ¿qué pensaría usted del agricultor, del carpintero o del emprendedor que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en cultivar un campo, fabricar un mueble o levantar un negocio y cuando éste está a punto de dar beneficios se lo regala a la primera persona que pasaba por ahí? Como poco que o estaba loco o tonto ¿no? Y en cualquier caso que era un pésimo inversor. Pues eso es lo que pensamos muchos de un país que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en formar jóvenes universitarios con grandes conocimientos y que después los regala al primer país que aparece en el horizonte.

viernes, 1 de julio de 2016

SOY ESPAÑOLA

      Soy española porque nací en España, como lo hicieron mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos y así hasta donde puedo remontarme, pero eso, a estas alturas de la vida, no debería tener importancia. Esto sí:
      Soy española porque pago aquí todos mis impuestos, porque cuando cobro o pago aplico todos los impuestos que establece el gobierno de turno.
      Soy española porque aporto a este país toda mi capacidad intelectual, cultural, profesional y humana.
      Soy española porque conozco y respeto, además de mi lengua materna, la que compartimos todos los españoles y nunca me oirán, en un contexto formal, atentar contra ella.
      Soy española porque conozco y respeto la cultura de este país, la haya creado quien la haya creado.
      Soy española porque respeto la diversidad cultural, lingüística e ideológica de mi país y, además, pienso que lo enriquece.
      Y es que se puede ser española y de la periferia, es decir, se puede ser española y valenciana o murciana o andaluza o extremeña o gallega o asturiana o cántabra o vasca o navarra o aragonesa o catalana.
      Como se puede ser española y no ser de derechas ni católica ni neoliberal.
      Se puede ser española y pagar los impuestos que correspondan sin intentar trampear. Se puede ser española y no pertenecer a la cultura de la picaresca, ni ser condescendiente con los que engañan o intentan engañar, con los que se aprovechan de su cargo, de su puesto o de los demás.
      Se puede ser española y muchas cosas a la vez, porque la nacionalidad y el sentimiento patrio no son inherentes a una ideología, a una clase social ni a una determinada forma de ver el mundo. Por eso, ningún partido político puede apoderarse de los símbolos que nos unen a todos, del sentimiento de pertenencia a una nación, porque, de hacerlo, estarán rompiendo la unidad de España.

viernes, 4 de marzo de 2016

LOS DISCURSOS DEL PRESIDENTE EN FUNCIONES

      Yo no dudo de que usted, señor Rajoy, o quien le hace los discursos, sean personas de una gran cultura. Así que no hace falta que alardee de ella sembrando el texto de florituras y referentes culturales que, lamentablemente,  ya no poseen la mayoría de sus conciudadanos como consecuencia de los lamentables planes de estudio que nos vienen imponiendo los de su clase. Le reconozco la cultura y, mire usted (esta expresión seguro que le es familiar), la compartimos, será porque soy de naturaleza rebelde y me empeciné en estudiar lo que no se me recomendaba porque no iba a convertirme en máquina de producir en serie.
      Sin embargo, señor Rajoy, sí le recrimino su falta de oratoria, requisito que considero indispensable para el puesto que ha ocupado y parece que pretende seguir ocupando, así, sin hacer nada para conseguirlo, porque le pertenece por derecho propio o como diríamos los ciudadanos de abajo, porque usted lo vale. Vaya, que usted parece creerse un presidente Loreal. Ya imagino que a usted le importa muy poco lo que yo le recrimine o lo que yo considere requisito indispensable y, como mucho, lo despachará con un "¿con qué derecho?" Pues con el que me concede ser uno de sus pagadores. 
      Señor Rajoy, a estas alturas, hasta usted es conocedor de que no sabe hablar en público, ni cuando improvisa, ni cuando repite un discurso que debía haberse aprendido. Y en estos años no ha hecho nada por corregir este defecto, lo cual, en cualquier empresa privada sería motivo de despido, sobre todo por el daño que causan sus errores en la imagen de este país.
      Pero no quiero tampoco a extenderme sobre la forma de los discursos de las sesiones de investidura, voy a hablar del contenido. Francamente,  su soberbia es imperdonable. Y más viniendo de una persona que debería ser humilde, primero porque es un servidor público y segundo porque parece ser el heredero de un ilustre linaje al que también pertenecieron Jaimito, Fernando Morán o los habitantes de Lepe. Es usted una persona que se ha hecho más famosa por sus meteduras de pata, sus comentarios incoherentes o sus lapsus linguae, que por su gobierno del país, un país que, a la fuerza ahorcan, ha aprendido a reírse hasta de sí mismo y le ha convertido en protagonista de sus chistes.
      Sus discursos han resultado prepotentes y faltos de respeto. Así que, según usted, hasta sus colegas le van a entender porque usted se explica muy bien. ¡Pero qué ceguera la suya y qué falta de respeto! Evidentemente, si usted se explica bien, los demás le entenderemos. Y eso hemos hecho: ustedes nos engañaron. ¿A que le he entendido bien? ¿Ve? Cuando habla correctamente,  le entendemos. Otra cosa es que nos guste lo que oimos.

miércoles, 24 de febrero de 2016

EN EL PUNTO DE MIRA (última parte).

      Asúmalo, Sra. Carmena, su gobierno va a estar mirado con lupa y microscopio de altísima precisión. Da igual lo que haga. No se puede actuar a gusto de todos, debería saberlo. ¿Quiere que le cuente el cuento del hombre, el hijo y el burro?
      Se lo resumo pero que quede claro que es un cuento y, por tanto, ficción, no vaya a ser que a alguien no le guste y me enchirone:

      Había una vez un hombre que viajaba con su hijo y con un burro. Iban padre e hijo caminando y llevaban al burro de las riendas cuando se encontraron con unos tipos que comentaron: “Mira qué bobos, pudiendo ir en el burro tranquilamente y sin cansarse y, sin embargo, van los dos caminando”. Así que padre e hijo se miraron y decidieron montarse en el burro. Al poco tiempo se cruzaron con otros dos que se escandalizaron y les recriminaron el hecho de ir los dos montados en el pobre animal con todo lo que debían pesar. El padre miró al muchacho y se apeó del burro. Un poco más allá, otro hombre comentó que qué cara más dura la del muchacho, ir montado en el burro mientras el pobre anciano caminaba, a lo que el pobre muchacho, avergonzado, reaccionó cediendo el sitio a su padre. Un trecho más adelante, cuando atravesaban un río, se cruzaron con otro hombre que reprochó al padre que fuese tranquilamente sobre el burro mientras el chiquillo caminaba. Presos de la desesperación por poco tiran al burro al río y ellos detrás cuando en el último momento decidieron cargar al burro entre los dos y así entraron al pueblo ante las carcajadas de los vecinos.

      Bueno, pues asuman que no pueden gobernar al gusto de todos y que, además tienen ustedes unos Pepitos Grillos con altavoces pregonando -y retorciendo o deformando- cada cosa que ustedes hagan y no sea de su agrado, para ¿incitar al odio? No, que a ustedes se les puede odiar sin que sea delito.
      No pueden ustedes estar cambiando de opinión, ni virando el barco cada vez que suenen las sirenas del miedo y la maledicencia. Tengan ustedes su opinión bien fundada y argumentada y defiéndanla y apechuguen con las consecuencias.
       ¿Contrataron a una compañía de teatro de títeres para un espectáculo apto para todos los públicos en el que aparecían escenas que a algunos les parecían inapropiadas para los niños? Pues como en muchos sitios, oiga, que lo que a uno le parece inapropiado para otro puede no serlo. A mí no me parecen apropiados para niños determinados dibujos animados, ni para todos los públicos determinados programas televisivos y no por eso voy a pedir que los censuren. Pero si decisiones como esta las pagan en las urnas, asúmanlas.
      Y desde luego, quien monta semejante parafernalia por lo que dicen o hacen unos personajes literarios es para que se lo haga ver.

lunes, 22 de febrero de 2016

INCITACIÓN AL ODIO Y ENALTECIMIENTO DEL TERRORISMO (3ª parte)

      Dejando al margen, durante un momento, que se trataba de una representación teatral y que no logro entender por qué puñetas me tengo que creer a pies juntillas todo lo que allí se diga ni mucho menos dejarme convencer por nada de lo que diga un muñeco, estos delitos me han resultado inquietantes.
      El primero de ellos resulta tan abstracto que me fui a la ley a ver si me lo aclaraba y no. ¿Qué diantres significa incitación al odio? Me parece un delito puesto ahí de manera capciosa. Una especie de cajón de sastre en el que puedo meter al que me caiga mal.
       Porque digo yo, para que haya incitación al odio debe haber dos ¿no? El que incita y el que se deja incitar, y si nadie se deja incitar, ¿qué importancia tiene el incitador? Quiero decir, por mucho que alguien me diga que debo odiar a los melones, si no me da la gana odiarlos no tiene ninguna importancia lo que me digan, es lo que se llama predicar en el desierto. ¿Y te pueden encarcelar por predicar en el desierto? Y si decido odiar a los melones y los parto en rodajas con rabia y en tajos no uniformes y los dejo en el plato llenos de pepitas, seré yo la culpable del hecho, no el predicador.¿ O vamos a castigar sólo al incitador y no al tonto que ejecuta?
      ¿Y qué delito hay en odiar sin hacer mal a nadie? Yo puedo odiar encontrarme cagadas de perro por la calle, y puedo incluso hacer proselitismo y conseguir seguidores, pero mientras no nos dediquemos a recolectar las cagadas y lanzárselas a los señores que pasean a sus perros, ¿qué más da que nos provoquemos una úlcera con nuestro odio?
      Y respecto del segundo delito, ¿a qué tipo de terrorismo se refieren? Porque yo he oído a algunas personas ante un micrófono -no títeres dentro de una representación teatral- enaltecer terrorismos que quizá podríamos definir como más domésticos y ni siquiera se las ha llamado al orden por un juez o un fiscal. Y estaremos de acuerdo todas las gentes de bien que los niños abusados por adultos viven en el terror que esos adultos han creado a su alrededor, así que supongo que justificar a esos adultos culpabilizando a las víctimas de provocarles también es enaltecimiento del terrorismo. Y lo mismo se podría decir de los mensajes voceados en algún que otro campo de fútbol para alabar la malinterpretada hombría de alguno.
      Ahora que lo pienso, también hay quien incita al odio a determinados colectivos (refugiados, homosexuales, mujeres que defienden sus derechos, formaciones políticas…) ante micrófonos y no son títeres y nunca han pasado una noche en el calabozo por hacerlo.
      Entonces, ¿debo entender que el problema no está en qué se dice sino en quién lo dice? Porque supongo yo que no habrá terrorismos de primera y terrorismos de segunda, ni odios más importantes que otros. Y si el problema radica en quién lo dice, entonces, ¿el delito se comete sólo si se trata de ficción?
      Extraño país éste.

domingo, 21 de febrero de 2016

CUESTIÓN DE GUSTOS (2ª parte)

      Hay un refrán que dice que Sobre gustos no hay nada escrito. Así que tener buen o mal gusto va a depender del color del cristal con el que se mira y, por tanto, no debería ser condenable. Al menos no para que a uno lo denuncien y llamen a la policía para que se lo lleve al calabozo.
      No sé si la obra de los titiriteros era de buen o de mal gusto. No lo sé y no tengo intención de juzgarla, como no juzgo tantas otras cosas. Pero es obvio que, si a mí algo no me gusta, nadie me obliga a verlo. Si algo no me parece apropiado para mis hijos, me los llevo de allí. No se me ocurriría jamás llamar a la policía ni montar un espectáculo porque lo que se está representando me parezca de mal gusto o inapropiado. Ni aunque esté pagado con dinero público.
      Y no lo digo por decir. Miren, hace cinco años, fuimos a pasar unos días a Asturias. Para que el viaje formase parte de la aventura de viajar, hicimos noche en Burgos, para disfrutar de las tierras del Cid que, por aquel entonces era el personaje favorito de mi hijo mayor. Entramos al museo para ver la Tizona y la Colada y la amable mujer de la entrada nos dijo que también podíamos ver una exposición de pintura religiosa. Lo hicimos. Entramos a la sala con el niño de seis años de la mano y nos topamos de frente con un cuadro en el que se representaba un destripamiento, después otro con una decapitación, otro en el que aparecía una autopsia, crucifixiones y martirios por doquier pintados con esmero y todo lujo de detalles. Pues qué quieren que les diga, en ese momento y ante la multitud de preguntas que me lanzaba mi hijo, la verdad es que pensé que la pintura religiosa, al menos la cristiana de la Edad Media y el Renacimiento, era lo más parecido al cine gore.
      Como a los niños de esa edad les fascinan ese tipo de imágenes para poder recrearlas por la noche y así poblar de pesadillas sus sueños, no había quién moviese a mi hijo de esa sala. Para minimizar el impacto de esas imágenes, comencé a contarle la vida de esos santos mártires para que quedase todo dentro del Érase una vez y del Colorín colorado y, cuando logramos salir del museo, nos despedimos amablemente de la señora. Y esta aventura se ha convertido en una más de las anécdotas de nuestros viajes, sin más relevancia ni misión que la de echarnos unas risas.
      Y sí, era un museo público y no, no había restricción de edad para entrar en ninguna de las salas, ni carteles anunciando que las imágenes podían herir la sensibilidad del espectador. Como no las hay en las iglesias o catedrales en las que entran los niños con sus padres y pueden ver estatuas y pinturas que representan todo tipo de escenas cruentas. Que digo yo, que esos señores que se escandalizan de lo representado por los títeres no llevarán a sus hijos a ver los pasos de Semana Santa, ¿no?

viernes, 19 de febrero de 2016

ÉRASE UNA VEZ… COLORÍN, COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO (1ª parte)

      Ahora que ya he podido leer todo lo que se ha publicado, escuchar todo lo que se ha dicho y reflexionar sobre este asunto que, lo reconozco, me ha tenido –y me tiene– preocupada, voy a plasmar por escrito mi opinión.
      Hace mucho, mucho tiempo, escuché una anécdota que narraba, en tono de burla, que cuando a Orson Welles, la noche del 30 de octubre de 1938, se le ocurrió narrar a través de la radio, la adaptación a guión radiofónico que había hecho de la novela La guerra de los mundos, las gentes de Nueva York y Nueva Jersey entraron en un estado de histeria colectiva, el pánico se adueñó de ellos, los teléfonos de la policía se bloquearon por la cantidad de llamadas recibidas, etc.
      Bien, yo creía, como quien me lo contaba, que esas cosas sólo podían ocurrir en Estados Unidos, pero no, también hemos importado esto, pero casi ochenta años después y, como aquí somos más papistas que el papa, además de creernos un teatro, encarcelamos a los comediantes por los delitos de los personajes.
      Vaya por delante que no asistí a la representación teatral con títeres motivo de la polémica, lo único que he visto es un vídeo que han mostrado en algunas cadenas de televisión y en las redes sociales y ni siquiera sé si pertenece a ese día o no, así que no lo voy a tener en consideración. Pero lo que sí sé como persona que consume literatura desde que me alcanza la memoria es que todo lo que se cuenta entre el “Érase una vez” y el “Colorín, colorado, este cuento se ha acabado” es ficción, es falso, no es verdad, es producto de la imaginación, como ustedes prefieran llamarlo. Y lo mismo ocurre con lo narrado o contado entre las tapas de un libro de cualquiera de los géneros literarios, con lo representado entre que se abre y se cierra el telón, con lo que puede verse en una pantalla desde que se apagan las luces hasta que se encienden de nuevo, con lo emitido entre el título y el final o la aparición de los créditos… En fin, en cualquier producto de la imaginación y creación artística humana. Puede parecer verdad, de hecho muchas veces quiere parecerse muchísimo a la verdad, pero no lo es. En eso consiste el pacto que hacemos los usuarios del arte con los creadores. Y el que no lo entienda es que su nivel cultural no alcanza el de cualquier niño pequeño al que le cuentan un cuento y ya sabe que el lobo feroz desaparecerá tras la fórmula de salida que más se use en su tierra del estilo de nuestro “colorín colorado”.
      Yo creía que alguien como un juez o un fiscal debía tener el suficiente sentido común, la suficiente cultura, como para entender algo tan simple y tan viejo como la humanidad. Y me asusta que no lo tengan, porque no me gusta el camino que estamos emprendiendo.
      Cuando era pequeña aprendí que podía pensar lo que quisiera pero no decirlo. Pero es que yo nací cuando aún había una dictadura y me eduqué en un colegio de monjas que no se enteraron de que había llegado la democracia, al menos mientras yo estudié allí. Sentía verdadero terror a que las monjas pudieran leer mi pensamiento, a que mis ojos retransmitieran lo que mi boca callaba y aprendí a mirar al suelo. Luego salí de allí y en el instituto, los profesores me obligaron a manifestar mi opinión y, a partir de entonces, he podido decir lo que pensaba sin miedo a ser castigada por ello.
      Esto se rompió el pasado 6 de febrero cuando me enteré de que dos titiriteros habían sido detenidos y estaban en prisión sin fianza por haber representado una obra de teatro en la que aparecía una pancarta que portaba un títere (imagino que su tamaño sería más el de un cartelito porque los títeres son más bien pequeños) en donde ponía “gora alka-eta”.
      No entendía nada. ¿Qué diablos estaba ocurriendo? Parecía que alguien me hubiese cogido por los hombros y, de un empujón, me hubiese trasladado a 1950. Intentaba escuchar, leer, entender y no salía de mi asombro. No era capaz de entender nada. Sólo sentía miedo, el mismo terror que cuando era niña y miraba al suelo para que nadie pudiera leer en mis ojos lo que pensaba. Tanto miedo que, cuando el viernes 12 de febrero fui a contar cuentos a la biblioteca, comencé recordando a todo el mundo que lo que ocurre entre el “Pues señor, esto era una vez” y el “Colorín, colorado, este cuento se ha acabado” es pura ficción, que nada es cierto y que ningún monstruo se saldrá del cuento, por malo que sea. Francamente, no me sentí libre ni a gusto. Y no quiero perder este derecho. Yo no sé ustedes, pero yo no quiero dejar de ser libre, quiero poder expresar mi opinión, leer, contar las historias que me apetezca, caminar con quien quiera, vestir como quiera, estudiar lo que quiera, trabajar donde quiera, besar a quien quiera y donde quiera… poder escoger a quienes quiero que gobiernen mi país.

jueves, 28 de enero de 2016

SE LLAMABA ALICIA

      Se llamaba Alicia y tenía diecisiete meses. Debía tener la energía y la ilusión de quien acaba de llegar al mundo y lo tiene todo por descubrir. Contaba con el amor de su madre y tenía derecho a ser querida, cuidada y respetada. De repente, todo terminó contra el duro suelo de la acera, una madrugada.
      Puedo sentir su turbación porque no entendía qué estaba ocurriendo. Puedo sentir su miedo. Puedo sentir cómo el miedo se convierte en terror. Puedo oír su llanto, su corazón latiendo acelerado. Puedo ver sus ojos. Puedo sentir el golpe seco contra su cabeza. Luego nada.
      Puedo ponerme en la piel de su madre y sentir su desconcierto al despertar y no ver a su hija donde la dejó. Puedo sentir su miedo, oler su preocupación mientras recorre la casa buscando a su bebé. Puedo imaginar su incredulidad al descubrir la escena. Noto cómo sus párpados se abren y sus ojos se salen de las órbitas. Mi cerebro recorre el mismo camino que el suyo hasta llegar al horror de entender qué está ocurriendo. Mi sangre hierve como la suya y sé cómo sus músculos se pusieron en marcha para librar a su hijita del agresor. Imagino cómo el enfado dio paso al terror, al recibir el primer golpe, sé cuándo supo que se trataba de una lucha a vida o muerte. Sé cómo su instinto maternal la empujó una y otra vez contra el agresor para salvar a su niña, para arrebatársela de las manos. Siento el dolor de cada uno de los golpes, de cada uno de los cortes. Nada dolió tanto, sin embargo, como ver caer a su hija, como ver que la lanzaba por la ventana. Oigo el desgarro de su corazón. La siento escaleras abajo para abalanzarse sobre su hija, siento sus brazos rodeando su cuerpecito inerte, su cara ensangrentada cubriéndolo de lágrimas.
      No puedo -ni quiero- ponerme en la piel de esa cosa que abusa de un bebé. No puedo entender qué tiene en su cabeza, qué depravado resorte le impele a buscar placer agrediendo a una niña, qué extraño mecanismo provoca que, en vez de huir avergonzado al ser descubierto, opte por atacar a quien le ha pillado in fraganti y por matar a una criatura indefensa, violentada y abusada. Él sabía que obraba mal, por eso se escondía. Lo sabía y aun así. Lo sabía y lo empeoró.
      Sólo puedo sentir horror, pero es que yo soy un ser humano y él, una alimaña.

      Se llamaba Alicia y estaba estrenando la vida cuando un miserable se la arrancó de cuajo.

jueves, 31 de diciembre de 2015

CARTA A LOS REYES MAGOS (o mis deseos para el 2016)

      Queridos Magos:

      Ya sé que llevo mucho tiempo sin escribiros, pero como parece que algunos ciudadanos hemos recuperado la ilusión perdida y os considero más magos que reyes, quiero recuperar esta tradición a ver si, con un poco de nuestra parte y algo de la vuestra, conseguimos un país en el que se pueda vivir.
      Lo primero que me pido para este año son unos políticos preparados. No puede ser que se le pida más a un auxiliar administrativo que a alguien que pretende gobernar un país.
      Quiero que todos tengan estudios universitarios, Ciencias Políticas obligatoriamente (¡qué menos!) y se valorará que tengan otros títulos universitarios.
      Quiero que dominen, además de todas las lenguas del estado (es lo mínimo si nos quieren representar a todos), dos lenguas extranjeras.
      Quiero que sepan debatir y comunicar. No quiero volver a escuchar insultos ni palabras soeces, estoy harta del infantil “y tú más”. Quiero poder escuchar las argumentaciones de cada uno sin tener que discriminarlas entre la algarabía que se forma con las constantes interrupciones.
      Quiero que las personas que pretenden gobernar mi país lo hagan con humildad y respeto, porque nosotros les pagamos, así que, por favor, que no vuelvan a mentirnos, ni a insultar nuestra inteligencia, ni a tratarnos con desprecio.
      Quiero que tengan los pies en el suelo, que vivan como cualquier ciudadano, que sepan cuánto cuesta llegar a fin de mes para que valoren el esfuerzo que hacemos pagándoles el salario.
      Quiero que sean capaces de consensuar unas políticas comunes en educación, bienestar social y sanidad para que todos los españoles seamos iguales y caminemos juntos hacia el futuro. Esto es demasiado serio como para seguir bailando la Yenka.
      Y, por favor, que se les borre la cara de prepotencia y soberbia, ya no toca.
      Quiero un país en el que esté erradicada la desfachatez. Comentarios como los que hemos tenido que oír en grabaciones telefónicas, en declaraciones ante los jueces, ante las cámaras, etc., pueden ser graciosas en un chiste, fuera de ese contexto, son una desvergüenza que, como sociedad, no podemos ya tolerar.
      Quiero un país en el que contribuya todo el mundo según sus ingresos, quiero que se elimine, por justicia, el fraude fiscal y la ingeniería fiscal, que será legal pero no ética. No es justo que el país lo llevemos sobre nuestras espaldas los que tenemos un poco. Y si alguien ha defraudado, que pague lo que debe y contribuya como buen ciudadano. Ya está bien de patriotas a voz en grito pero con el monedero cerrado o en otra parte.
      Quiero tantas cosas: justicia social, derechos mínimos garantizados, que se erradique cualquier forma de violencia…, pero bueno, empecemos por aquí, y poco a poco, que somos una gente con muchos recursos y, si nos dejan, sabremos salir de ésta.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL SILENCIO DE MILENA

      Milena no entendía nada.
      - ¿Por qué a mí? –Se preguntaba.
      Su cabeza era un torbellino de ideas, imágenes y recuerdos en el que lo único que se repetía incesantemente era esa pregunta: “¿Por qué a mí?” Tanto, que se ancló en su cerebro sin dejarla ni avanzar ni retroceder.
      Sonrió un instante al verse a sí misma de niña, tan mona, tan formal. Con su uniforme de colegiala o su vestido de domingo, siempre tan pulcro, tan planchado. Fue una buena niña, buena hija y buena alumna. No recuerda haber hecho ninguna trastada que mereciera un castigo ejemplar, ninguna mala nota. Al contrario, era la niña de la que todo el mundo hablaba con admiración y cariño.
      -¿Por qué a mí?
      Nada cambió con la adolescencia. Nunca una palabra fuera de lugar ni de tono. Buena estudiante, buena hija, buena amiga. Escuchaba las conversaciones de adultos en silencio. Su habitación impecable. Su melena larga.
      -¿Por qué a mí?
      Se ve a sí misma, carpeta en mano, entrando en la universidad. Pantalón vaquero, jersey amplio, melena al viento. Estudió una licenciatura a curso por año, mientras trabajaba en verano y vacaciones para sacarse unas pelas. Nunca una palabra más alta que otra, nunca una palabra fuera de lugar.
      -¿Por qué a mí?
      Tuvo dos novios antes de encontrar al hombre con el que se casó. Un noviazgo formal, sin sustos ni contratiempos. Una boda normal rodeada de familia y amigos. Un trabajo en las oficinas de una empresa, un puesto intermedio.
      -¿Por qué a mí?
      Se le agolpan las frases. “Se te ha desabrochado el botón de la blusa”. “Tendrás que recoser el ojal del segundo botón, porque siempre se desabrocha”. “Así mejor”. “Mejor ese vestido, que con el otro parece que andes buscando guerra”. “Esa amiga tuya no es buena compañía, le caigo mal y quiere separarnos”. “¿Quién era ése?” “Los hombres no son amigos de las mujeres, buscan sexo. Sois tontas y os lo creéis, y de eso se aprovechan. En cuanto te lleve al huerto dejará de ser tu amigo”. “Tus padres me miran raro, no les caigo bien”. “Prefiero que no hables delante de mis amigos, porque les humillas”. “¡Te he dicho que no hables delante de ellos, y menos si no vas a opinar lo mismo!” “¿Por qué no haces lo que las otras mujeres y te vas a la cocina a hablar de vuestras cosas?” “¿Dónde te has creído tú que vas con esa pinta?” “¡Estoy harto de tus dolores de cabeza!” “¡Ven acá!” “¡Quita las manos!”  “¡Levántate!” “¡Apártate de mi vista!”
      -¿Por qué a mí?

      El enfermero le quita la vía y se retira un instante. En ese momento, Milena puede ver que el pitido que lleva tanto rato metido en su cabeza proviene de la raya horizontal del monitor. Luego, NADA.

jueves, 12 de noviembre de 2015

LOS PECADOS DE LA OMS

       Nada, que no hay forma, cuando uno creía haberse liberado del yugo de los pecados capitales de la Santa Madre Iglesia, nos llega la OMS, que, en lugar de amenazarnos con una vida eterna, más allá de la muerte, llena de calamidades y en el infierno, nos amenaza con una muerte horrible, tras una vida llena de dolores varios y con unos dudosos remedios con más efectos secundarios que primarios. Y oiga, no sé qué decirle, pero casi prefiero el pisito en el averno.
       El otro día fue la sal, ahora la carne roja y la procesada… Ya les aviso, cuando acaben con la gula, empezarán por la lujuria, y seguirán, porque ya se han puesto de acuerdo con sus amigos de la OCDE y nos acusan de pereza, los unos con que somos poco productivos y los otros con su matización sobre que el consumo de la carne sólo es mortal si se une al poco ejercicio físico.
       Pero aquí hay gato encerrado, seguro. Y no creo que el problema sea quién está detrás del estudio, como apuntan algunos malpensados, no. El problema radica en otro pecado capital: la envidia.
         Piensen ustedes, ¿dónde está la sede de la OMS? En Ginebra, Suiza. Allí hace una temperatura media inferior a los 10º, según la web Climatedata.eu y tienen unas 1.700  horas de sol al año, y los países en los que, con toda seguridad, viven los representantes de los países miembros que cortan el bacalao están por un estilo. Mientras que en Valencia (España), por ejemplo, la temperatura media es de 18º y subiendo y tenemos unas 3.000 horas anuales de sol. ¿Cómo vas a comparar?
      A esos sesudos señores, que viven en un lugar frío y oscuro, les llega un estudio en el que dice que España es el tercer país del mundo, detrás de San Marino y Japón, en esperanza de vida, y les da un yuyu. Sobre todo cuando se dan un paseo por nuestras tierras para robarnos el secreto de la longevidad y se encuentran con las terrazas de los bares llenas de gente tomando unas cañas con una ración de morro, bien saladito, unos cacaos -cacahuetes para el resto del territorio español- o almendras con más sal que frutos secos, una ración de jamón serrano, queso curado o una de chorizos del infierno. Y, para más inri, todos vociferando eufóricos, a pesar de la que está cayendo en el país. Así que, no sólo comemos lo que nos da la gana y vivimos mucho, sino que, además, nos lo pasamos genial. Una desfachatez.
       Nuestra esperanza de vida y nuestro clima privilegiado serían tolerables si nuestros mayores fueran unos despojos achacosos y no esa panda de descerebrados vejetes bailando todo lo bailable y siguiendo incesantemente la ruta del colesterol, que no es la que existe a las afueras de todos y cada uno de los pueblos de España con el objetivo de que los abuelos paseen, si no la que siguen los autobuses del IMSERSO en sus viajes gastronómicos para catar todas las delicias de este país en el que se come de vicio, la verdad. Y nuestros venerables ancianos pueden ser muchas cosas, pero achacosos no. Están tan en forma que ni Usain Bolt consigue ganar uno de estos abuelos en los 50 metros lisos hacia la barra del bufé libre cuando sacan el jamón.
      Por eso, los sesudos señores de la OMS, verdes de envidia, se han reunido para encontrar la forma de acabar con nosotros y no han encontrado nada mejor que criminalizar nuestros contrastados hábitos saludables y cambiárnoslos por su gastronomía tan triste como sus días cortos y oscuros pensando que así, nos moriremos, aunque sea de aburrimiento.
      Pues conmigo que no cuenten. Hoy es viernes y, para celebrarlo, esta tarde me tomaré una cervecita con una ración de morro a la salud de la OMS, mañana comeré un buen cocido madrileño con su chorizo, su tocino y tantos huesos y carne como quepa en la olla, y el domingo, paella, siesta y, para merendar, una caña y unos cacaos bien rebozaditos de sal.

miércoles, 28 de octubre de 2015

ROMPO UNA LANZA A FAVOR DE LAS TRES PERIODISTAS

     A mí también me ha dejado un sabor agrio ese acuerdo, pero es que yo no soy parte y me puedo permitir ese lujo. Quizás ellas tengan ahora un regusto amargo y no puedan deshacerse de él. Si ése es el caso, flaco favor les hacen gentes que llenan las redes sociales con comentarios en los que expresan su desconcierto o su desilusión.
     ¿Quién sabe qué pasó en la antesala del juicio? ¿Quién sabe cómo se sintieron las tres periodistas demandantes? ¿Quién sabe si solamente pudieron elegir entre malo o peor?
     Si algo he aprendido en los juzgados es que, a veces, es mejor “perder que más perder” y que lo justo, lo ético y lo legal son conceptos que no siempre van unidos. Así que no es fácil ponerse en la piel de las personas que, siendo parte, han de decidir en cuestión de minutos y basándose en las impresiones que dejan el lenguaje no verbal y las palabras dejadas caer.
     No yo quisiera encontrarme en una tesitura en la que tuviera que decidir entre mis valores o la nada. ¿Y ustedes?
     Claro que nos queda un sabor agrio. Claro que no nos gusta este final. Claro que nos deja perplejos o desolados y que sentimos que se traiciona la lucha de tantas mujeres, de los valores en que nos sustentamos como sociedad. Pero esto es así y las quejas, al sistema judicial, no a las mujeres porque ellas estaban allí y eran parte, nosotros no.

domingo, 4 de octubre de 2015

¿DÓNDE ESTÁN LOS REFUGIADOS?

      ¿Han desaparecido tragados por las fauces de algún animal mitológico? ¿Han regresado a sus casas cambiando el sentido de sus propias caravanas? ¿Han sido aceptados e integrados por todos y cada uno de los gobiernos y habitantes de los países por los que pasaban o hacia los que se dirigían?
      Tras la entrada en la que me quejaba de que ésta no es la Europa que yo quiero, empecé a alegrarme porque salieron a los medios de comunicación y a las redes sociales multitud de ejemplos de gente como tú y como yo que se organizaba para atenderles y llevarles agua y alimentos; porque había gente mejor que yo que arriesgaba su libertad ofreciéndose a trasladarles gratis hacia el país que tenían como destino final; voluntarios médicos les atendían y curaban; cuentacuentos y payasos jugaban con los niños logrando hacerles sonreír...
      Los ciudadanos de la Europa que yo tengo como modelo daban una lección magistral a sus políticos mostrándoles cuán inútiles son y cuán alejados están del sentir de la gente a la que dicen representar pero a la que, obviamente no representan. Y, claro, algunos, los que disimulan un poco más, se dieron cuenta de que había que hacer algo con esta crisis que les estaba estallando en la cara. Muy en su papel, decidieron hacer lo de siempre: una reunión. ¡Ah, no!, que se llama cumbre porque ellos son “altos” dignatarios y están arriba, en la cumbre, por eso no se juntan con nosotros, los de abajo, que sólo servimos para pagarles esos sueldazos, perdón, sueldos acordes con la responsabilidad que tienen, pero no servimos para pedirles que nos rindan cuentas. Pues eso, montaron una cumbre en la que habla, bla, bla, blan durante horas y horas para no llegar a ningún acuerdo y quedan para seguir en su cumbre otro día más para seguir habla, bla, bla, blando hasta que a los de abajo, que somos de memoria frágil, se nos olvida el tema y ellos, los de arriba, pueden irse tranquilamente a su casa. Y si, como ha pasado esta vez, somos muy pero que muy pesados y nos da por actuar y juntarnos para ser más efectivos, cogen a sus amigos de la prensa y les dan la consigna: “no se hable más”. Asunto zanjado, lo que no se ve, de lo que no se habla, no existe.
      Pero mirad, yo soy muy pesada y sigo preguntando: ¿Dónde están los refugiados? ¿Qué ha sido de ellos?

viernes, 29 de agosto de 2014

IMAGÍNENSE

Imagínense a una pareja con su hijo en brazos. Es un bebé tan deseado…
Imagínense sus rostros, transmiten una dicha que contagia.
Imagínense cómo lo miran, una mezcla de ternura e incredulidad porque ese nuevo ser tan esperado ha llegado por fin a sus vidas, una mezcla de alegría y de susto ante la responsabilidad de cuidar como se merece a esa criatura tan indefensa.
Imagínense el orgullo en sus miradas ante lo guapo que es, sus manitas tan perfectas, sus ojitos tan lindos…
Imagínense el torbellino de sentimientos que se encierran bajo el concepto amor hacia un hijo.
Imagínense cómo les mira el bebé, cómo se aferra a ellos para aferrarse a la vida.
Imagínense cómo cierra sus manos apretando el enorme dedo que se le antoja su tabla de salvación en este mar que es la vida.
Imagínense su sonrisa al ver saciada su hambre, al sentirse amado.
Imagínense las ganas que tienen de llegar a su casa, al calor de su hogar donde poder fortalecer el vínculo que se ha creado entre ellos.
Imagínenselos preparando la maleta sin dejar de mirarse. La ilusión en sus ojos.
Ahora imagínense que aparece un hombre, agarra al bebé y se lo lleva diciendo que ya no es su hijo, que se olviden de él.
Imagínense el pasmo y el terror en sus ojos, el dolor y el desgarro.
Imagínense a esos padres corriendo por los pasillos gritando para que les devuelvan a su hijo.
Imagínenselos rotos por el dolor pero intentando sobreponerse para hacer lo que cualquier padre, cualquier ser humano haría por su hijo: luchar hasta recuperarlo.
Imagínenselos recorriendo organismos oficiales en busca de ayuda y encontrando las puertas cerradas.
¿Se los imaginan? ¿Sienten su dolor?

Ahora imagínense que el bebé es adoptado.
Díganme, ¿de verdad importa cómo se ha formado esa familia? ¿De verdad importa que ese hijo no lleve los genes de sus padres?

Y, por último, imagínense, por favor, que el bebé tiene uno, dos, tres, o más años. ¿Se imaginan el dolor de esa criatura a la que le han arrebatado a sus padres, a los que reconoce como tales y los recuerda y va a recordar para siempre? ¿Cómo no va a luchar un padre para recuperar a su hijo y explicarle que jamás le abandonó? ¿Cómo va a valerle a un padre la solución de “adopten otro”? ¿Cómo alguien que ha sido padre puede pensar que un hijo puede ser sustituido por otro? ¿Cómo alguien puede aconsejar que se abandone a un hijo?

Señor Margallo, nosotros somos PADRES y nuestros hijos NO SON CROMOS.
En respuesta a: artículo de prensa

viernes, 15 de febrero de 2013

Lo prometido es deuda

Una noche, en plenas vacaciones escolares de Navidad, mi hijo mayor me preguntó cuando le arropaba tras darle el beso de buenas noches:


-Mamá, ¿por qué te odian en tu trabajo?

-¿Odiarme? No me odian, cariño, ¿por qué dices eso?

-Porque no te dan vacaciones para que puedas estar con nosotros.

-¡Ah, bueno! No es que me odien, es que hay cosas que hacer y hay plazos que cumplir y una no puede cogerse vacaciones cuando quiere sino cuando se puede.

-Pero tú eres jefa…

-Ya, bueno, cariño, pero de una empresa pequeñita y todos tenemos que arrimar el hombro para que funcione.

Cómo explicarle a un niño que un autónomo no es exactamente lo que dicen en la tele sino el más pringao de los pringaos.

-Pero –continuó preguntando–, ¿te gusta tu trabajo?

-Unas cosas sí y otras no.

-¿Y te gusta más que estar con nosotros?

-No, cariño, no hay nada que me guste más que estar con vosotros.

-Pues búscate otro trabajo.

-Bueno, hay un problema. Ahora, ya sabes, estamos en crisis y no hay muchos trabajos donde elegir. Así que tenemos suerte de tener un trabajo que nos da dinero para poder seguir pagando la casa y teniendo lo que tenemos.

-Vale, pero prométeme que cuando se acabe la crisis y haya trabajos, buscarás uno que te guste y que te deje tiempo para estar con nosotros.

-De acuerdo, lo haré.

-Pero, si tú te buscas otro trabajo, ¿qué pasará con Jésica y Virginia?

-Bueno, ellas tendrán que buscarse también otro trabajo.

-Vale, pues borra lo que te he dicho, porque no quiero que para que el tete, el papá y yo estemos bien, haya gente que lo pase mal por no tener trabajo. Pero haz una crítica a los políticos, porque a ellos no les importa que la gente no tenga trabajo o no tenga tiempo para estar con sus hijos.

Dicho queda, hijo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El otro también es un ser humano


Vaya por delante que entiendo que para ejercer ciertas profesiones sin caer en una profunda depresión uno debe distanciarse del otro y que sé perfectamente qué es un argot, pero tanto la distancia como el lenguaje deben estar sometidos al respeto y por tanto debemos exigirlo. Fíjense que no pretendo la empatía, sino sólo el respeto.

Comenzaré por poner un ejemplo que creo que, precisamente por resultar muy bestia, puede ser muy clarificador:

En una situación de guerra mi enemigo es eso: mi enemigo. Y es lógico que si nos encontramos, todo se reduzca a un o tú o yo. De manera que no pretendo que antes de matarme se pare a pensar en si tengo o no hijos que alimentar, padres a los que cuidar o pareja a la que amar. No pretendo que analice si la causa por la que estamos enfrentados vale realmente la pena o no, no le pido que me mire a los ojos y decida dejarme vivir. No, le pido que si ha de matarme, lo haga, pero con respeto. Que no me torture, ni me viole ni arrastre mi cadáver o lo pisotee, porque eso sólo le convertirá en un ser miserable.

Dicho esto, sigo con otras profesiones:

Entiendo que para algunos sólo seamos números y que no quieran ver al ser que tiene asignado ese número para que las circunstancias que rodean a cada persona no alteren su misión. Pero si has decidido que yo sea una más de tantas víctimas económicas de esta guerra, no insultes mi inteligencia con explicaciones que no hay quien se crea, ni me restriegues por la cara tu larga y esplendorosa vida mientras me das el tiro de gracia para acabar con la mía; no me quites la palabra ni me prohíbas la queja porque lo único que me queda es el derecho al pataleo. Teniendo en cuenta que la atalaya en la que estás subido y desde la que ni siquiera logras verme está cimentada sobre los cuerpos de miles de seres como yo, negar la evidencia sólo te hace resultar patético.

Si soy atendida por algún tipo de personal sanitario, no espero que empaticen conmigo y mi enfermedad y me digan algo así como “¡pobrecita mía, con lo malita que está y lo poquito que se queja!”, ni que me den la mano para aliviar mi mal. Pretendo que comiencen por presentarse para que yo sepa si me está atendiendo un médico, un enfermero, un auxiliar o un celador; pretendo que me miren y me escuchen, que crean lo que les cuento y no me prejuzguen; pretendo que me expliquen qué creen que tengo con palabras que pueda entender y qué tengo que hacer para curarme, si es que me puedo curar, y si no saben qué tengo, que me lo digan, porque nadie es omnisciente y puedo comprenderlo; pretendo que sean profesionales y hagan bien su labor; pretendo que me hablen con respeto porque yo soy una persona, no un cuerpo sobre el que elucubrar. Y no, señores que dicen tener un título, no soy una desquiciada, soy una mujer que puedo o no tener problemas que alteren mi conducta; no soy un borracho, soy alguien que ha bebido demasiado y necesita atención sanitaria; y, sobre todo, no soy “esto”. Soy una persona que se ha muerto y que tiene familia que llorará su ausencia. Cosificarme no le convierte a usted en más capaz de soportar los envites de su profesión, le convierte en alguien despreciable.

lunes, 30 de julio de 2012

Desde mi sillón burgués

Antes de empezar quisiera poner en común los conceptos que voy a emplear. En primer lugar, parto de la convicción de que en el mundo, en la historia del mundo, nada muere ni desaparece: se transforma.


Así pues, el término burgués, ya trasnochado, lo reconozco, no es más que el origen de lo que hoy preferimos llamar clase media, ésa en la que recae el sostén económico de un estado (antes nobleza y clero y hoy, además, políticos de cualquier condición e ideología) y a la que, en épocas de bonanza, se le permite engordar, en número de miembros y en abultamiento de bolsillo, mientras que, en época de vacas flacas, se la exprime hasta lo indecible, de forma que pierde tanto miembros como poder adquisitivo. Ojalá hoy siga siendo válido el dicho popular de “Dios aprieta pero no ahoga”, que la inteligencia de los que hoy ejercen de Dios sea al menos tan grande como la de quienes inventaron la sentencia, porque de la misma forma que Dios no puede ahogar, porque moriría al morir el último ser humano que lo piense, los que hoy ejercen de Dios tampoco deberían ahogarnos ya que corren el riesgo de morir ellos por inanición inmediatamente. Como ven, no contemplo el hecho de que se pongan a trabajar para ganarse el sustento.

En segundo lugar, de la misma forma que la clase media, en cuestiones económicas es heredera de los antaño llamados burgueses, también ha heredado, a mi forma de ver, sus valores (otrora llamados principios morales), su forma de ver el mundo e interpretarlo, sus prejuicios, etc. Se nos olvidó que fuimos el motor de un cambio y que, por tanto, podríamos volver a serlo, pero ésa es otra historia.

Dicho esto, quiero contarles lo que vi ayer sentada en mi sillón burgués sobre el que pende, cual espada de Damocles, la amenaza de caer y pasar a engrosar las filas de mendicantes, como tantos otros de mi clase ya lo han hecho y siguen haciendo cada día.

La escena que voy a contarles me dio tal sacudida que hizo que se me resquebrajara el alma. Entiéndase por alma, los cimientos ético-morales sobre los que se asienta mi vida.

Estaba sentada en un bar, tomándome un café con leche mientras leía un libro. Alcé la vista un momento y vi que entraba una mujer con una niña de unos cinco o seis años de la mano. La mirada de la mujer se cruzó con la mía. Yo la reconocí. Pocos días antes nos habíamos encontrado en la calle. Ella iba con la misma niña de la mano, ambas vestían igual que en ese momento. Me detuvo para pedirme unas monedas, en un castellano que indicaba que era extranjera, explicándome que era para comprar en la farmacia una pomada, dijo el nombre, para las rozaduras del pañal de su bebé, al que no llevaba consigo. Ayer tampoco lo llevaba. Me pregunté por él.

Ella entró hasta el fondo mientras yo recogía mis cosas para irme, sin embargo fue más rápida. Si pidió o no dinero a alguno de los ocupantes de las mesas del fondo del local, lo ignoro, pero dudo que le diera tiempo a hacerlo. Quizá la echaran, no sé.

Pagué y salí del bar. Ella caminaba delante de mí con paso lento y girándose a mirarme a cada paso. Me esperaba. Las alcancé. Ella me volvió a pedir dinero. Sonrió mostrando toda la dentadura dorada. Miré a la niña. Nunca he visto unos ojos tan tristes y vacíos como los de aquella niña. El alma me dio una sacudida y le pregunté si era su hija. No sé por qué lo hice. Las palabras me quemaban en los labios. Ella asintió y yo le dije que no podía pedir con la niña. Ella musitó algo como que ya lo sabía, no la entendí bien. Yo insistí en que no podía pedir con ella, que se la quitarían. La niña me miraba con esos ojos tan tristes y vacíos. Miraba como sin ver pero tenía los ojos fijos en mi rostro. Yo me volví a preguntar por el bebé mientras ella hablaba de que tenía que ir con la niña porque no la podía dejar en ningún sitio. Volví a sentir una sacudida. Yo le indiqué que acudiese a Servicios Sociales y le dije dónde podía encontrarlos. Dijo que había ido pero le habían dado cita para dos días más tarde y que la niña tenía que comer, que tenía hambre. Me pidió que entrara en el supermercado y comprara algo para la niña que seguía mirándome fijamente y partiéndome el alma. Nos separamos. Ella siguió caminando lentamente de la mano de la niña y yo tomé otra dirección. Me detuve y me giré a verlas marchar porque no sabía qué me estaba pasando y entonces vi a la niña. También ella se había girado mientras caminaba de la mano de la mujer. Seguía mirándome, los ojos tristes, fijos en la nada. Le hice una carantoña, le guiñé el ojo y sonreí. No reaccionó de ninguna manera. Siguió mirándome sin verme, tan triste… Comencé a llorar.

¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Si me encontrase en su situación y tuviera que pedir, ¿dónde dejaría a mis hijos? Tendría que llevarlos conmigo. Pero no es justo que un niño pase por eso. Ni bueno. No hay derecho. No debería ser así. Aunque quizá antes de pedir por las calles me hubiera desprendido del oro… Sin embargo puede que no fuera oro, o que cueste más quitarlo que dinero yo tuviera para hacerlo… ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Qué sé yo de estas cosas? ¿Y el bebé? ¿Qué ha sido de él? ¿Con quién está? ¿Por qué no está la niña junto con el bebé? Si se llevan a la niña por pedir con ella y es su madre… ¡dios, qué dolor más grande! ¿Quiénes somos nosotros para decidir que no puede estar con su madre? Yo sé lo que duele esa separación, sé las huellas que deja en los niños. No me quiero ni imaginar que nos ocurriese a mí y a mis hijos. Mis hijos… sabe dios qué hubiera sido de ellos si… Pero les dolió… o les dolerá. Aún con todo, podrán superarlo, están teniendo una oportunidad. Su oportunidad. Pero esa niña… sus ojos… ¿y si no fuera su madre?

Tomé una decisión aún sin saber muy bien qué me estaba pasando: mi lealtad estaba con la niña. Así que me encaminé al retén de policía e informé de lo que había visto.

Sé que no soy quién y sé que desde mi sillón burgués se ven las cosas de una manera que no tiene por qué ser la única, ni la mejor, ni la cierta, pero no puedo verlo de otra forma, no estoy en otro lugar. Y también sé que esa niña necesitaba ayuda. No sé cuál, pero la necesitaba. esos ojos... Y mi lealtad está con la niña. Ella también se merece una oportunidad.

martes, 8 de junio de 2010

Perdón por ser humana

Estamos en las cavernas. Los lobos, o cualquier otro animal salvaje hambriento, amenazan con entrar a saciar su hambre. Nosotros somos su alimento. Tenemos miedo. Mucho miedo. Vamos a morir. Menos mal que hay entre nosotros un héroe. Un valiente –o temerario, según se vea- que no teme al enemigo. Sale dispuesto a luchar contra él. Le siguen otros héroes, fanáticos o locos que quieren emular al héroe. Ser como él. La lucha es cruenta, encarnizada. Los héroes mueren en las fauces de los animales salvajes mucho más fuertes que ellos, que no tardan en devorarlos. Se olvidan de nosotros. Los cobardes –o prudentes, según se mire- que quedamos en la cueva. Ya no tienen hambre. Nos hemos salvado. Honramos a nuestros muertos y, mientras construimos un refugio mejor para protegernos de los animales, contamos la historia de lo ocurrido a nuestros hijos que escuchan maravillados cómo aquellos valientes llegaron a disfrutar de la mejor de las vidas junto a los dioses de los que descienden. Somos cobardes pero agradecidos. Así que mientras concedemos la inmortalidad (la única que conocemos, la de permanecer en la memoria de los que quedan) a los que se autoinmolaron por la supervivencia de la especie, plantamos la semilla del sacrificio heroico en las frágiles e impresionables mentes de nuestros pequeños, deseando, eso sí, que germine en los hijos de otros.

La humanidad ha crecido. Ya hay distintos grupos, tribus, colonias o pueblos. Ahora el enemigo es otro grupo, tribu, colonia o pueblo. Luchamos por el alimento, el territorio o la posibilidad de vivir mejor. Ah, no, que esto suena muy feo, nos defendemos de los enemigos que son malos malísimos y, por no tener, no tienen ni familia que les llore, y porque si no atacamos, nos atacarán ellos.
Ya tenemos una clase dirigente que son los que envían a nuestros hombres a la guerra (ahora se llama así) mientras ellos se quedan en casa con las mujeres, niños y ancianos (que es a los que nos está permitido ser cobardes). Hemos descubierto el poder de la guerra y lo beneficiosa que es para alguno, qué casualidad que siempre lo es para los que mandan, que cada vez se hacen más ricos, pero apenas importa porque ellos también lloran. Nuestros hombres, decía, acompañan a un héroe en busca de paz (¡qué paradoja!), libertad, poder o riqueza y, sobre todo, en busca de honor y fama…, de inmortalidad. A cambio de aguantar el tipo ante el miedo lógico, les está permitido cometer contra el enemigo, ese malo malísimo que se merece todo lo que le pase porque por no tener, no tiene ni quien le llore, todo tipo de desmanes y tropelías, amén de dejarse llevar por la lujuria y la sed de sangre que parece consustancial a cualquier acto violento de esa calaña. Y claro, los que quedamos en casa y los que lograron regresar vivos seguimos contando a nuestros hijos las hazañas bélicas de aquellos hombres –alguna mujer ha habido, pero nosotras no hemos escrito la Historia- que, aunque jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico), dieron su vida por que la nuestra fuera mejor. Y seguimos sembrando la semilla con el deseo de que germine en los hijos de otros.
Pero los tiempos avanzan y una vez descubiertas las ¿bondades? de la guerra, ¿por qué no usarla con la frecuencia que la economía (la de quienes mandan, claro) requiera? Y mejor aún, ¿qué tal si la planteamos lejos de nuestra casa? Así se benefician, los que mandan, claro, de todas las ventajas pero no sufrimos más inconveniente que el de llorar a los caídos en tan honroso acto de servicio, que, bueno, no deja de ser un daño colateral perfectamente asumible e inevitable.
Así pues, los enemigos malos malísimos que por no tener, no tienen ni quien les llore son aquéllos que piensan, viven o creen distinto a nosotros, los mejores del mundo mundial, los únicos con derecho a vivir tranquilos en el planeta porque tenemos la razón y el conocimiento absoluto (ni qué decir tiene si, además, nos viene por concesión divina). ¡Bueno! Pues no somos nadie, nosotros, los humanos, buscando excusas. Los héroes que jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico) ya no arengan a nuestros hombres para que defiendan el territorio, la vida o la riqueza de quienes mandan, ni siquiera para que busquen la propia inmortalidad, ahora defienden nuestra forma de vida tan civilizada, frente al bárbaro enemigo que pretende imponer modelos de vida arcaicos por los que cayeron nuestros mártires.
Y es que los que mandan, a veces, también cometen desmanes contra nosotros, los de abajo, los que sólo pretendemos vivir una larga y tranquila vida acompañada de nuestros seres queridos, los de nuestro clan. Por eso surgió un subtipo de héroe, el mártir. Aquél que se alza contra el poder establecido y tiránico en busca de justicia y libertad. Pero, claro, estos héroes son molestos. Muy molestos. Y, antes, el poder acababa con ellos bruscamente. Los barría sin darse cuenta de que los convertía en mártires de una causa, con lo que llegaba la segunda fila de combatientes enfervorizados y luego la tercera, y la cuarta… y así hordas y hordas de exaltados con los que, aprendieron, era mejor pactar. O pervertirlos, pero ésa es otra historia.
De manera que, estos mártires cargados de buena voluntad que residen en lugares cómodamente habitables, hoy ponen sus ojos en aquellos lugares, alejados normalmente del centro, donde la injusticia y el hambre campan por sus respetos y la vida es más difícil. Allí suelen molestar menos a los que mandan, sobre todo si dedican sus esfuerzos a mejorar, con su trabajo, la vida de los de allí. Porque si lo que hacen es empuñar palabras escritas o gritadas… la cosa cambia. Vuelven a ser molestos y dejan de ser héroes para pasar a ser activistas (léase peligrosas moscas cojoneras, y perdón por la expresión, susceptibles de ser violentos) y se alinean con los terroristas (héroes venidos a menos por pertenecer al enemigo malo malísimo que por no tener no tiene ni quien le llore) y entonces los que mandan se ven en la obligación de decidir si los convierten en mártires con todo lo que eso conlleva o los pervierten (que mira que es difícil en ocasiones) porque lo de pactar con ellos es lento, lentísimo y no está el mundo para aguantar molestos moscardones. Aunque si quien manda es el que manda en este mundo mundial no hay tal disyuntiva, se opta por barrerlos y listo, porque ¿quién es el guapo que se enfrenta a la decisión del supermandamás por muy bárbara que ésta sea? Nadie que tema perder su silla, su estatus, su clan…, en definitiva, ninguno de los cobardes que quedamos en este mundo, porque hoy el lobo no sacia nunca su hambre y ¿quién quiere ser el próximo en convertirse en su alimento?
Hace tiempo que se dejaron de contar historias de héroes, se dejó de sembrar la semilla y hoy, hay carestía de héroes y superpoblación de lobos… y de cobardes.
Por eso, yo, que soy una de esas cobardes de rancia estirpe, aprendí de mis mayores (que fueron todos buenos hijos, cónyuges y padres, por eso estoy aquí) a mirar hacia otro lado cuando se trata de buscar héroes para así salvar la propia vida o la de la progenie. Y, aunque no me caso con nadie, agradezco la existencia de héroes, contaré al gran público las hazañas de aquéllos que dieron su vida por llevar alimentos, esperanza o altavoces a los desfavorecidos, pero, en privado, transmitiré mi herencia de mirar hacia otro lado para preservar mi especie. Sin embargo, prometo que si alguna vez caigo, cual torpe Goliat, intentaré medir bien mi caída para que mi último aliento no apeste al hábil David, ni un mechón de mis enmarañados cabellos ose herir su pseudodivina piel, porque no hay nada de peor gusto que morir traicionando la buena fe de tu verdugo.