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jueves, 28 de enero de 2016

SE LLAMABA ALICIA

      Se llamaba Alicia y tenía diecisiete meses. Debía tener la energía y la ilusión de quien acaba de llegar al mundo y lo tiene todo por descubrir. Contaba con el amor de su madre y tenía derecho a ser querida, cuidada y respetada. De repente, todo terminó contra el duro suelo de la acera, una madrugada.
      Puedo sentir su turbación porque no entendía qué estaba ocurriendo. Puedo sentir su miedo. Puedo sentir cómo el miedo se convierte en terror. Puedo oír su llanto, su corazón latiendo acelerado. Puedo ver sus ojos. Puedo sentir el golpe seco contra su cabeza. Luego nada.
      Puedo ponerme en la piel de su madre y sentir su desconcierto al despertar y no ver a su hija donde la dejó. Puedo sentir su miedo, oler su preocupación mientras recorre la casa buscando a su bebé. Puedo imaginar su incredulidad al descubrir la escena. Noto cómo sus párpados se abren y sus ojos se salen de las órbitas. Mi cerebro recorre el mismo camino que el suyo hasta llegar al horror de entender qué está ocurriendo. Mi sangre hierve como la suya y sé cómo sus músculos se pusieron en marcha para librar a su hijita del agresor. Imagino cómo el enfado dio paso al terror, al recibir el primer golpe, sé cuándo supo que se trataba de una lucha a vida o muerte. Sé cómo su instinto maternal la empujó una y otra vez contra el agresor para salvar a su niña, para arrebatársela de las manos. Siento el dolor de cada uno de los golpes, de cada uno de los cortes. Nada dolió tanto, sin embargo, como ver caer a su hija, como ver que la lanzaba por la ventana. Oigo el desgarro de su corazón. La siento escaleras abajo para abalanzarse sobre su hija, siento sus brazos rodeando su cuerpecito inerte, su cara ensangrentada cubriéndolo de lágrimas.
      No puedo -ni quiero- ponerme en la piel de esa cosa que abusa de un bebé. No puedo entender qué tiene en su cabeza, qué depravado resorte le impele a buscar placer agrediendo a una niña, qué extraño mecanismo provoca que, en vez de huir avergonzado al ser descubierto, opte por atacar a quien le ha pillado in fraganti y por matar a una criatura indefensa, violentada y abusada. Él sabía que obraba mal, por eso se escondía. Lo sabía y aun así. Lo sabía y lo empeoró.
      Sólo puedo sentir horror, pero es que yo soy un ser humano y él, una alimaña.

      Se llamaba Alicia y estaba estrenando la vida cuando un miserable se la arrancó de cuajo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL SILENCIO DE MILENA

      Milena no entendía nada.
      - ¿Por qué a mí? –Se preguntaba.
      Su cabeza era un torbellino de ideas, imágenes y recuerdos en el que lo único que se repetía incesantemente era esa pregunta: “¿Por qué a mí?” Tanto, que se ancló en su cerebro sin dejarla ni avanzar ni retroceder.
      Sonrió un instante al verse a sí misma de niña, tan mona, tan formal. Con su uniforme de colegiala o su vestido de domingo, siempre tan pulcro, tan planchado. Fue una buena niña, buena hija y buena alumna. No recuerda haber hecho ninguna trastada que mereciera un castigo ejemplar, ninguna mala nota. Al contrario, era la niña de la que todo el mundo hablaba con admiración y cariño.
      -¿Por qué a mí?
      Nada cambió con la adolescencia. Nunca una palabra fuera de lugar ni de tono. Buena estudiante, buena hija, buena amiga. Escuchaba las conversaciones de adultos en silencio. Su habitación impecable. Su melena larga.
      -¿Por qué a mí?
      Se ve a sí misma, carpeta en mano, entrando en la universidad. Pantalón vaquero, jersey amplio, melena al viento. Estudió una licenciatura a curso por año, mientras trabajaba en verano y vacaciones para sacarse unas pelas. Nunca una palabra más alta que otra, nunca una palabra fuera de lugar.
      -¿Por qué a mí?
      Tuvo dos novios antes de encontrar al hombre con el que se casó. Un noviazgo formal, sin sustos ni contratiempos. Una boda normal rodeada de familia y amigos. Un trabajo en las oficinas de una empresa, un puesto intermedio.
      -¿Por qué a mí?
      Se le agolpan las frases. “Se te ha desabrochado el botón de la blusa”. “Tendrás que recoser el ojal del segundo botón, porque siempre se desabrocha”. “Así mejor”. “Mejor ese vestido, que con el otro parece que andes buscando guerra”. “Esa amiga tuya no es buena compañía, le caigo mal y quiere separarnos”. “¿Quién era ése?” “Los hombres no son amigos de las mujeres, buscan sexo. Sois tontas y os lo creéis, y de eso se aprovechan. En cuanto te lleve al huerto dejará de ser tu amigo”. “Tus padres me miran raro, no les caigo bien”. “Prefiero que no hables delante de mis amigos, porque les humillas”. “¡Te he dicho que no hables delante de ellos, y menos si no vas a opinar lo mismo!” “¿Por qué no haces lo que las otras mujeres y te vas a la cocina a hablar de vuestras cosas?” “¿Dónde te has creído tú que vas con esa pinta?” “¡Estoy harto de tus dolores de cabeza!” “¡Ven acá!” “¡Quita las manos!”  “¡Levántate!” “¡Apártate de mi vista!”
      -¿Por qué a mí?

      El enfermero le quita la vía y se retira un instante. En ese momento, Milena puede ver que el pitido que lleva tanto rato metido en su cabeza proviene de la raya horizontal del monitor. Luego, NADA.

lunes, 23 de noviembre de 2015

EL ABUSO NUESTRO DE CADA DÍA o el machismo de baja intensidad

      ¡Eh tú! Sí, tú, el tipo que hace más de un lustro que cumplió los setenta. El que me acaba de dar un repaso ocular de arriba abajo con más lascivia en los ojos que la que su cuerpo aguanta. A ti te digo, al que se ha girado, después de habernos cruzado, para mirarme el culo. Mira, baboso, porque casi te resbalas con todo lo que ha caído por tu boca, deja de musitar una y mil formas de quitarme esta falda porque todo lo que vas a conseguir es que te dé un jamacuco por el subidón de lujuria. Esta falda, pedazo de pretencioso, no me la he puesto por ti. ¿De qué vas? Si tú no existías en mi vida hasta hace unos minutos y dejarás de existir en cuanto te diga lo que pienso de ti y de todos los de tu especie. No voy buscando nada, ignorante. Esta falda me la he puesto porque… ¿Y a ti qué puñetas te importa por qué me la he puesto? Porque me ha dado la gana, que no tengo por qué dar explicaciones a nadie.
      ¿Qué derecho crees que tienes para mirarme de esa manera? Quita tus sucios ojos de mi cuerpo y no vuelvas a ponerlos jamás ni en mí, ni en ninguna otra mujer, a menos que ella te haya dado permiso para hacerlo.
      Vete con tus amigos, esos que van en transporte público y deben creer que tienen los testículos de una ballena y se despatarran ocupando su asiento y el de la mujer que tienen al lado; ésos que aprovechan cualquier aglomeración para frotarse contra una mujer, cual osos contra un árbol. Cogeos todos de la mano e id a aliviaros juntos o en solitario, que a estas alturas de la vida ya deberíais saber que lo de los granos o la ceguera es un bulo.
      Y dile al mandril de tu hijo, ése que, conduciendo con la ventanilla bajada y el brazo por fuera, le ha soltado, a una chiquilla de unos quince años, que podía ser su hija, una ristra de obscenidades que harían sonrojar a cualquiera de los que trabajan en la industria del porno, dile que tiene la gracia donde la espalda pierde su honesto nombre y que, como es obvio que su lengua está llena de productos de desecho, la boca no es su sitio, así que dile que se la meta en el orificio al efecto.
También puedes decirle al pandillero de tu nieto mayor que andar tocando las tetas y los culos de las chicas que pasan por su lado, o de las que han tenido que caminar por el pasillo que él y sus monos ríe-gracias les han dejado, es tan divertido como que les den una patada en la zona de la entrepierna donde ellos tienen alojado el cerebro.
Y al pequeñajo, aprendiz de abusador, dile de mi parte que levantarle la falda a las niñas no es un juego divertido; que decirle a niñas más pequeñas que él que, si quieren ser guays, le tienen que enseñar las braguitas, no es de hombres; explícale que el modelo de hombre al que perteneces es un modelo a extinguir, como los dinosaurios, y que su futuro es  la soledad, la infelicidad y el miedo. Dile que si quiere que una mujer esté con él por amor y no por miedo, que si quiere ser respetado y no temido, que si quiere ser aceptado y no mirado con asco, como te miramos a ti, tiene que seguir el camino de los hombres, no el tuyo, de los que respetan y aman, de los que tratan como quieren ser tratados.
      No voy a entrar a explicarte ahora que las mujeres no somos objetos que pertenezcamos a nadie, o que estemos en el mundo para que nos cojan y dejen una vez satisfecha la necesidad puntual que a un macho le pueda sobrevenir. No voy a explicarte que el mundo está cambiando, porque eso tú ya lo sabes, porque tú eres de los que celebras cada asesinato pensando que algo habría hecho la víctima, porque ahora mismo debes estar pensando que te estoy importunando y que merezco que alguien me ponga firme, me meta en vereda. Así que paso de ti porque tú no tienes solución, tú sólo tienes que esperar tu meteorito (o tu sanmartín, tú decides). Escribo esto porque las mujeres estamos hartas de tener que lidiar con babosos, obscenos, abusadores y maltratadores, porque estamos hartas de tener que enseñar a nuestras hijas cómo lidiar con ellos y porque no queremos seguir muriendo a manos de gentuza como esa que, un día se les va la mano, y se auto conceden el derecho de acabar con nuestras vidas. Escribo esto porque aún hay mujeres a las que les habéis robado la conciencia y quisiera que la recobrasen.
      Eso sí, sólo un último mensaje a todos los de tu especie, os agradecemos la lección sobre los usos sexuales de los gorilas, mandriles y otros tipos menos evolucionados de primates, pero os informamos de que las mujeres no tenemos por costumbre aparearnos con especímenes de otras especies y, caso de interesarnos la zoología, la estudiaríamos en las aulas. Muchas gracias.

jueves, 20 de agosto de 2015

¿HASTA CUÁNDO?

       Ayer sentí miedo. Un miedo que debió instalarse hace mucho, mucho tiempo, en mi código genético. Un miedo irracional, como todos, pero que en otro lugar, en otro tiempo, hubiera marcado la diferencia entre la vida y la muerte, entre salir indemne o marcada para siempre.
       Caminaba por un aparcamiento distraída. De repente vi que tres chicos jóvenes y fuertes se acercaban hacia mí. Mi cuerpo se tensó y mis ojos descubrieron que no había nadie más que ellos y yo. Sentí la adrenalina recorriendo mi cuerpo, todas las señales de alarma activadas, mi cuerpo preparado para la lucha porque ya no había tiempo para huir. Les miré a los ojos para detectar el primer aviso. No hubo nada. Pasaron por mi lado sin mirarme siquiera.
       El miedo cedió paso al enfado. En otro lugar, en otro tiempo yo habría sido una víctima. Como miles de mujeres antes, ahora y…  ¿hasta cuándo?
       Ayer sentí miedo. Un miedo aprendido y heredado. Un miedo de mujer. Miedo por ser una mujer. ¿Hasta cuándo?

jueves, 9 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS VI

Epílogo

      Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
            Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
      Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
      Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
      Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.

miércoles, 8 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS V

Los daños colaterales.

       Como en toda historia de dolor, en ésta también hay daños colaterales. En esta historia los daños colaterales son los padres y la familia de la víctima, de nuestra criatura, de aquél al que todos debiéramos proteger. Y lo son los amigos.
       Hace poco leí un texto en el que preguntaban, ante el suicidio de una adolescente acosada, qué es lo que habían hecho sus padres ante el acoso escolar y alguna vez me lo han preguntado directamente. La respuesta de todas las madres de víctimas con las que he hablado de este tema ha sido unánime: intentar poner algo de cordura en esta tremenda historia. Escuchamos a nuestros hijos y a sus profesores y nos hacemos una idea de lo que ocurre analizando los puntos de coincidencia entre las versiones. Con la conclusión extraída, intentamos dar herramientas a nuestro hijo para que pueda moverse en ese mundo hostil en que se ha convertido la escuela. Hablamos con el colegio para encontrar soluciones. Aceptamos con resignación la opacidad del colegio que nos impide ser testigos y nos obliga a movernos en un mundo de versiones interesadas. Vemos las heridas físicas y psicológicas de nuestro hijo e intentamos curarlas, pero cuando comprendemos que nada va a arreglarse, buscamos documentarlas ya que nos encontramos ante la negación del colegio de cualquier evidencia. Lo niegan todo a pesar de que las heridas dejan huella. Y soportamos con estoicismo todos los juicios y prejuicios sobre nuestro hijo y sobre nosotros. Por último, nos toca tomar la última y más dura decisión, si es que nuestro hijo es pequeño: sacarlo del colegio, a pesar de lo injusto que es que sea la víctima quien tenga que abandonar su espacio, o dejarlo en él con las nefastas consecuencias que ya conocemos.
       Permítanme que haga un inciso sobre el hecho de escuchar a nuestros hijos porque me toca muy de cerca, ya que me han acusado por la espalda varias veces de ello, a mí y a todas las madres con las que he hablado, y necesito dar la respuesta que me han negado sistemáticamente porque jamás nadie se ha atrevido a decírmelo a la cara. Sí. Escucho a mi hijo, como también escucho a sus profesores. Y además le curo las heridas producidas por los golpes y examino si es posible que se las haya hecho de forma fortuita, en cuyo caso, o en caso de que haya la más mínima duda, nunca iré a quejarme al colegio. Sólo he ido a contarles cuando es más que evidente que son heridas y moratones provocados por puñetazos y patadas.Ya sé que a ustedes, los habitantes de La Chusma, les gustaría que no le escuchase, que sólo les escuchase a ustedes y me creyese a pies juntillas su versión de los hechos. Pero no puedo evitarlo. Es mi obligación, como madre, escuchar a mi hijo, sobre todo cuando veo las señales producidas por las palizas o por los insultos y vejaciones. ¿Saben ustedes que también dejan señal la humillación y los desprecios constantes? Le escucho sobre todo cuando mi hijo se niega a contarme qué le ha ocurrido porque está aterrorizado, o qué es lo que le ha hecho cambiar su carácter; le escucho cuando se niega a estudiar, cuando le oigo llorar por las noches, o cuando se despierta aterrorizado por las pesadillas, le escucho cuando veo comportamientos extraños a su alrededor, o cuando me hace preguntas sobre qué pasaría si se muriera, o sobre si hubiese preferido otro hijo sin problemas. Le escucho a pesar de que no le creo todo, ¿cómo creerle si a veces cuenta cosas increíbles por absurdas? El problema está en que también les escucho a ustedes, eternos aspirantes a humanos, entidades carbónicas que imitaron perfectamente la forma humana pero se olvidaron de clonar nuestra esencia. Y al escucharles, descubro que mucho de lo que no creí porque me parecía absurdo, era cierto; que sus respuestas son, por supuesto, respuestas de parte; que me niegan información; descubro sus prejuicios y sus miedos; y descubro que ustedes no tienen miedo a maltratarme en público, de faltarme el respeto, así que infiero que tampoco lo tendrán en maltratar a mi hijo en privado o con sus compañeros de clase como únicos testigos. El problema, señores o lo que ustedes sean, es que tengo criterio, y eso a ustedes les molesta mucho, porque no me pueden manejar ni pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. Por eso ustedes se dedican a hablar mal de mí, a intentar destruir mi credibilidad. Nuestra credibilidad porque somos tantos los que coincidimos, los que somos sus daños colaterales... Pero bueno, tenemos algo que ustedes jamás podrán tener: humanidad.
       Pero hay más daños colaterales, la familia que asiste muda a la degradación de uno de sus seres queridos: hermano, nieto, sobrino... ; que asiste impotente a la degradación del buen ambiente familiar, porque esto pasa factura; porque los ánimos se crispan; porque hay que mantener las normas y evitar la tendencia a caer en el victimismo, que, por otro lado es humana, aunque indeseable. Porque todo es muy difícil.
       Y, por último los amigos de las víctimas. Sí, también existen. Son los valientes que no miran hacia otro lado pero a los que no se les da armas para rebelarse ante lo que consideran injusto. Recuerden que están al cargo del acosador y que muchos de los adultos que tienen cerca, la panda de secuaces del eterno aspirante a ser humano, miran hacia otro lado. Son los que hacen lo que pueden: contar lo que ven, intentar que no peguen a su amigo, hablar con él, empeñarse en que juegue... Ser sus AMIGOS. Gracias a ellos la víctima tiene momentos de paz y un espejo que le dice que no es mala persona. Ellos también viven en un ambiente donde la violencia física, psicológica y verbal rige las relaciones. No va dirigida a ellos, de momento, pero viven con el miedo a ser las siguientes víctimas. Y son los que pierden al amigo cuando se va del colegio... o se suicida.

martes, 7 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS IV

       La víctima.

      La criatura que sufre esto, no entiende por qué le están pasando esas cosas. No entiende qué hace mal. No sabe cómo agradar a ese alienígena que le ha tocado como profesor. No hace nada bien y eso es desolador. Su autoestima se va mermando a pasos agigantados porque no olvidemos que está formándose su autoimagen.
      El aislamiento a que se ve sometido le va restando habilidades sociales y capacidad para desarrollarlas, además de contribuir a que la imagen que los coetáneos le transmiten también sea negativa. Todos se acostumbran a que sea el marginado y, como algunos hacen sus pinitos en rechazarle y maltratarle con el beneplácito del habitante de Chusmistán, los roles, las formas de relacionarse y los comportamientos tóxicos se consolidan.
       La víctima puede reaccionar huyendo, intentando desaparecer o actuando con violencia. Cualquier camino lleva a una vía muerta. Desaparecer es imposible, huir genera victimización, la violencia engendra violencia y todo ello da razones a los acosadores. No hay salida.
      Su capacidad de aprendizaje se reduce, porque la víctima vive en un estado permanente de alerta que le garantiza la supervivencia y por todos es sabido que nadie filosofa mientras huye de los leones. 
      Comienza a tener miedo de cualquiera. Huye, se protege o se defiende cada vez que alguien se le acerca porque va perdiendo la capacidad de discernir si el acercamiento es amistoso o no. 
      Las noches se convierten en el momento más temido porque en ellas señorean la oscuridad y el sueño que permiten que campen a sus anchas las más terroríficas pesadillas.
      Cada mañana, al despertar, se preguntará si llegará vivo a la noche. Y empezará a fantasear con la muerte a la que ve como única salida. La definitiva. Si él o ella muere, acaban los problemas. 
      Deja de jugar con otros niños, por decisión propia. Se rinde. No quiere seguir enfrentándose a los golpes, a las humillaciones, a los insultos, a las vejaciones, porque el recreo es una extensión del aula en el que tienen vía libre los continuadores de la obra de la chusma. Prefiere estar solo y así refuerza, sin quererlo, la imagen de raro, de distinto que sobre él tienen los demás.
       Muchas de esas víctimas tuvieron que dejar ya un colegio por culpa del acoso escolar antes de los ocho años. Dejaron atrás algunos amigos, pero el maltrato ya ha hecho efecto en sus vidas y no les será fácil superarlo. En demasiadas ocasiones, vuelve a repetirse. En el nuevo colegio se encuentran con un eterno aspirante a ser humano que no logra entender las heridas de la víctima y que necesita tiempo, amor y respeto para curarlas, así que se iniciará el procedimiento acosador de nuevo. Será devastador para la criatura. Aprenderá que, efectivamente, no hay salida y asumirá que no merece ser respetado, que allá donde vaya será maltratado y que todo es culpa suya.
      Podría seguir describiendo el infierno, pero si han llegado hasta aquí, es porque lo conocen o lo imaginan, así que lo dejaré aquí: el eterno aspirante a ser humano y sus acólitos logran anular y destruir a su víctima, que no es sino una criatura.



lunes, 6 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS III

     El procedimiento

       Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
       El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
       Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
       En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
       Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
       En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
       Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
       El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
       El acosador permitirá a sus alumnos “favoritos” (porque los tiene, recuerden que no es ni un maestro ni un ser humano que pretenda ser maestro, solamente quiere ganar un dinero y hacerse pasar por humano) que se comporten mal con la víctima, que le insulten y le vejen. Al fin y al cabo, se lo merece porque es el otro, el diferente, el nocivo y ellos tienen derecho a defenderse, no vaya a ser que les contagie la diferencia. Así hace escuela y ya no tiene que ensuciarse las manos con el maltrato, ya ha conseguido que otros le maltraten por él.
       Poco a poco se teje en torno a la víctima un clima de malos tratos físicos y psicológicos, de aislamiento, de justificaciones buscadas y encontradas a propósito, de despropósitos y acusaciones absurdas, de dolor y soledad, de manera que su vida se va convirtiendo en un infierno del que no puede salir, del que no es fácil encontrar la salida, una salida digna.

domingo, 5 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS II

La creación del ambiente propicio.

Pongan ustedes en un colegio a uno de esos profesores eternos aspirantes a ser humano de los que hablaba en el otro artículo. Rodéenlo de profesores irresponsables o canallas que se dedican a mirar hacia otro lado ante las actuaciones del compañero que nunca llegará a ser humano. Y, como por arte de magia, tendrán ustedes el paraíso de los acosadores.
Ahora sólo tienen que colocar en la clase asignada al que tampoco merece ser llamado profesor, a un niño cuyas capacidades no entren en la cuña de la media, o que tenga alguna discapacidad física o sensorial, que tenga el síndrome de Asperger, o que tenga un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o que sea inmaduro, o de una etnia maldita, o que provenga de un país maldito, o que esté viviendo un duelo, o que sea adoptado, o que en su casa algo no funcione bien, o que tenga limitadas sus habilidades sociales o que sea muy tímido… Déjenlos convivir unos cinco minutos en el aula y serán testigos de la gestación del acoso escolar.
Y es que todos tenemos nuestras manías (ésas que según el dicho popular, no curan los médicos), nuestros miedos inconfesables y nuestros prejuicios, sólo que algunos los controlamos y mantenemos a raya porque son nuestros y nadie, y menos aún un niño, tiene por qué cargar con nuestros miedos, manías o prejuicios o ser la víctima de ellos.
Sin embargo, el profesor que sólo ha logrado tener apariencia humana, encontrará a su víctima, aquél al que no puede soportar ver y dirigirá toda su mala leche alienígena contra el desafortunado. Da igual lo que haga la víctima, es más, mejor que no haga nada que pueda demostrar que su profesor está equivocado, porque aún cargará con más furia contra él.

miércoles, 10 de junio de 2015

SALTO DE LONGITUD

La vida arreciaba como nunca. Ella estaba en lo más profundo de su oscuro bosque, maniatada y con los ojos vendados, sin más escudo que su cuerpo para defenderse de los envites. De vez en cuando, lograba escupir alguna palabra cargada de ira o dar alguna dentellada de ironía, pero nada parecía capaz de parar aquella tormenta de golpes que llevaba meses soportando.

Entonces sus fuerzas comenzaron a flaquear y empezó a fantasear con la idea de la muerte. ¿Cómo sería su entierro? ¿Quiénes asistirían? ¿Cómo dejar preparado a quién avisar? ¿De qué hablarían? ¿Qué dirían de ella?

Y fue en ese momento cuando sus ojos miraron atrás y rebuscaron en el pasado. Y llegaron a aquel lugar en el que la vida le había dado un respiro, en el que había podido sonreír, en el que cualquier camino todavía era posible porque aún no había llegado a la encrucijada. Y se instaló allí.

No pretendía cambiar su vida, sólo sentir que un día fue feliz, para saber que algún día podría volver a serlo. Y sintió paz.

Recorrió el camino hacia atrás y allí estaban sus fuerzas, sus deseos, sus esperanzas. Se sintió querida, añorada y los golpes se hicieron más llevaderos. Ansiaba la llegada del anochecer, cuando el sueño le permitía habitar su pasado, ese lugar ya transitado y conocido en el que no cabía la incertidumbre.

Cada amanecer, el sol la devolvía al presente y a los golpes, y cada noche, la luna la trasladaba al confortable rincón de su memoria en el que se reencontraba con aquéllos que una vez la quisieron, aquéllos que no podían faltar a su entierro porque su vida no habría sido la misma sin ellos.

Un día no anocheció y la vida no se detuvo. Intentó en vano conciliar el sueño, pero el anclaje al presente era fuerte. Había que hacer algo para salir de ese oscuro bosque, soltar sus ataduras y correr. Y sonrió. Aquello se parecía a un salto de longitud, en el que tras colocarse en el punto señalado por el talonamiento, uno da unos pasos atrás antes de empezar la carrera. Así que respiró hondo cerrando los ojos para conectar la que ahora era, con la que fue y, soltando el aire con fuerza, comenzó a correr tan rápido como pudo y, cuando sintió la tabla bajo sus pies, saltó hacia el futuro.

jueves, 27 de noviembre de 2014

CAMBIO DE TERCIO

Pero ya nada sería igual. Ni el sonido de la llave en la cerradura, ni su voz, ni su mirada, ni el tacto de su mano en su piel, ni el ambiente de una conversación intrascendente...
Aunque le estuviera diciendo la verdad, aunque de su cuerpo se borraran esas cicatrices..., todo estaría sometido al miedo.
Cerró los ojos, respiró hondo y dijo: No.