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martes, 7 de febrero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Cuarta y última parte)

      -¡Ale, ya está todo tranquilo! Llamo a mi padre para que baje mientras voy cerrando.
      -¿Van a bajar Víctor y Ángel también?
      -¿Quieres que les diga que baje, Raquel? Estás ya aburrida, ¿verdad, cielo?
      -Un poco. Es que mi hermano aún no sabe jugar.
      -Bueno, pues ya estamos todos. ¿Quién quiere café? Pedro, ¿nos traes seis cafés y tres cortados, por favor? Padre, ¿usted quiere un carajillo? Hoy es un día especial.
      -¡Vamos a brindar por el pequeño Iván que ha conseguido juntar a casi toda la pandilla!
      -Y ha conseguido que Pepe y don Luis se sienten con nosotros, que mira que es difícil.
      -¡Enhorabuena, familia!
      -¡Felicidades!
      -Un beso, guapa, que seáis muy felices.
      -Gracias.
      -Muchas gracias.

      Quien dijo que el amor se apaga con el paso del tiempo, con la llegada de los niños o con la rutina, no nos conocía. La complicidad que se crea es tan fuerte que nos basta una mirada o una sonrisa para entendernos. Construir un proyecto de vida en común e ir realizándolo día a día, ayudándonos cuando las fuerzas flaquean, ha fortalecido nuestra relación. Yo la miro y me muero de ganas de ir a casa y comernos a besos.

      -Dime, cariño, ¿qué quieres?
      -¿Mami y tú os queréis?
      -Con toda el alma, corazón. Ven, sube, siéntate en mis rodillas. Y a ti también te queremos mucho, lo sabes, ¿verdad? Eres nuestra niña…
      -Pero, mamá, entonces… ¿por qué mami y tú nunca os besáis en público?

viernes, 3 de febrero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Tercera parte)

      -¿Habéis terminado?
      -Sí, gracias.
      -¿Queréis postre?
      -Pero, ¿te vas a sentar con nosotros a tomarlo?
      -El postre no, que aún hay mucha gente y me siguen necesitando en cocina, pero el café y el cava, seguro. He llamado a mi padre para que venga también.
      -¿Cómo está? Hace tiempo que no le vemos y le echamos de menos. Sobre todo Raquel. Echa de menos sus cuentos ¿verdad?
      -Está bien, como siempre. No baja tanto porque se queda cuidando de los nietos. Pero hoy vendrá. Se ha puesto muy contento cuando le he dicho que habíais tenido un niño y que veníais aquí a celebrarlo. Casi se pone a llorar cuando le he dado vuestra invitación.

      Don Luis es un buen hombre. Cuando empezamos a venir al Tío Nelo, él tomaba nota en las mesas de la parte izquierda del local. Eran las mesas más complicadas porque las llenábamos los grupos grandes y siempre había que juntar varias mesas. Pepe estaba en la cocina, siempre ha estado en la cocina. Al principio no le conocíamos, pero cuando descubrimos que solo era algo mayor que nosotros, algunos viernes le hacíamos salir para felicitarle en público por su comida y él se vengaba haciéndonos probar sus experimentos antes de ponerlos en carta. Don Luis siempre reía. Se acabó encariñando de la pandilla y lloraba cuando alguno tenía que emigrar.”Maldito país este”, decía con la voz quebrada. Y se le volvían a llenar de lágrimas los ojos cuando lográbamos juntarnos de nuevo. 
      Un viernes, cuando llegamos Sara y yo al Tío Nelo, don Luis estaba tomando nota a las mesas de los sillones con respaldos altos:
      -Hoy os atiendo yo, que para eso sois de la familia –nos dijo.
      Y así empezamos a ser parte de esta familia. Siempre fueron discretos así que nos sentíamos bien allí. Aquí celebramos nuestra boda cuando pudimos juntar a la pandilla, aquí celebramos nuestros aniversarios Sara y yo, aquí celebramos la llegada de Raquel y aquí seguimos cenando los viernes. Siempre en la misma mesa que nos preparó don Luis el primer día que acudimos en solitario. Siempre, menos dos viernes, no me acuerdo en qué años, que, cuando llegamos, nos habían cogido el sitio dos abueletes que debían amarse tanto que desprendían pasión. Sara y yo decidimos que de mayores queríamos ser como ellos.
      A veces yo también rozaba su mano como quien no quiere y nuestras pieles se erizaban. O ella me miraba de una forma que un escalofrío recorría mi espalda.
      Y es que es tan hermosa por dentro y por fuera. Cuando ríe, logra que desaparezcan las tormentas, su mirada siempre me trae la paz y oír su voz cuando el suelo se hunde hace que siempre encuentre el saliente al que agarrarme. Como cuando no encontraba trabajo y me desesperaba. Ella siempre estuvo a mi lado segura de que acabaría saliendo algo y ayudándome a levantarme cada vez que un portazo me derrumbaba.
      Cuando avisamos a la pandilla de que nos casábamos, nadie se sorprendió. Parecían esperarlo a pesar de que jamás habíamos dicho nada, nunca nos habían visto besarnos ni cogernos siquiera de la mano. Únicamente Juanjo comentó algo muy en su línea: se acercó a Sara y le dijo sonriendo:
      -Ya sabía yo que tenía que haber una razón muy poderosa para que me rechazaras una y otra vez. Ven aquí que te abrace. 
      Yo me acercaba en ese momento y él bromeó:
      -A ti no te abrazo por haberme robado a la chica de mis sueños.
      Pero nos abrazamos fuerte y me deseó toda la felicidad del mundo.
      Ellos se conocían desde B.U.P. y he de reconocer que durante algún tiempo pensé que eran novios. Sara le quiere mucho. Dice que es su antihéroe. No salía mucho con la pandilla. Solo si venía Sara. Es uno de los que se quedó en España porque estudió Informática y nunca le ha faltado trabajo. Cuando llegó Raquel a nuestras vidas, Juanjo fue el primero en conocerla y, desde entonces, rara es la semana que falta a verla y siempre le trae algún detalle: un cuento, un cuaderno, una merienda especial… De hecho, es el tío favorito de Raquel.
      A Sara le costó mucho adaptarse a Raquel. Aunque no lo pareciera, la responsabilidad la consumía y adelgazó mucho. Ella se veía bien y le restaba importancia. Pero todo el ajetreo que conlleva una criatura y que recayó fundamentalmente en ella porque yo acababa de empezar a trabajar y no podía conciliar, fue mucho para Sara. Nunca la he visto tan delgada pero tampoco tan feliz. Luego, poco a poco fue recuperándose y con Iván todo es más tranquilo, primero por la experiencia y segundo porque esta vez me toca a mí la parte pesada de la crianza (levantarme por las noches, preparar papillas, estar con él a la vez que llevar a Raquel al cole…).

lunes, 30 de enero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Segunda parte)

      -¿Cómo va todo?
      -Perfecto. Está todo buenísimo, como siempre.
      -Gracias por celebrar aquí el nacimiento del pequeño de la familia.
      -¡Ni se nos pasó por la cabeza en ningún momento celebrarlo en otro lado!

      Pepe es ya un amigo de la familia. Nos conoce desde hace quince años. Era viernes y habíamos quedado toda la pandilla para cenar. A alguien le habían hablado de este sitio y decidimos probar. Las mejores patatas bravas que he probado nunca y unas berenjenas rebozadas con miel que no paré hasta que no logré que Pepe me diera la receta. Los bocatas también eran espectaculares así que los zampones del grupo le dieron el visto bueno y cogimos la costumbre de venir a cenar los viernes.
      Estuvimos cenando todos los viernes en el Tío Nelo durante tres años, hasta que los trabajos, las parejas y tener que buscarse la vida en el extranjero fue acabando con la pandilla.
      La tarde que despedimos a Joan en el aeropuerto, Sara me guiñó un ojo antes de bajarse del coche y me dijo:
      -Ya solo quedamos tú y yo. ¿El viernes en el Tío Nelo?
      -¡Por supuesto!
      Lo nuestro debía ser muy evidente para todos aunque nadie lo nombraba. De hecho, cuando llegamos al Tío Nelo, don Luis, el padre de Pepe, nos miró con una sonrisa pícara y nos sentó en la última mesa, protegida de las miradas indiscretas por los altos respaldos de los asientos.
      Fue allí donde me declaré uno de tantos viernes. Temblaba de los pies a la cabeza y el nudo en el estómago amenazaba con partirme en dos. Le hablé de cómo me enamoré de ella nada más verla; de cómo ella ganaba a César todas las batallas de La guerra de las Galias; de cómo conseguí entrar en la pandilla que se estaba formando entre los nuevos de su clase y de la mía sólo porque ella estaba allí; de cómo busqué compatibilizar mi horario en la facultad con el suyo para coincidir a la entrada y a la salida y poder acompañarla a casa o a clase; de cómo buscaba sentarme frente a ella para poder mirarla...
      No contestó enseguida. Ni siquiera levantó la mirada de sus manos, adonde había permanecido mientras duró todo mi parloteo. Respiró hondo y me miró con sus profundos ojos negros y sólo me preguntó:
      -¿Y ahora qué?
      -No lo sé –contesté– puedes odiarme, levantarte y dar por zanjada aquí y ahora nuestra amistad o podemos seguir adelante con ella como si nunca hubiera hablado del tema.
      -No puedo. No puedo hacer ninguna de las dos cosas. 
      Yo no sabía qué más decir, los ojos se me enturbiaron y bajé la cabeza para que no viera las lágrimas.
      -¿Tanto que me has mirado y no has sido capaz de ver nada?
      Yo no entendía nada. Levanté los ojos y la miré.
      -¿Me has conocido alguna pareja? –negué con la cabeza y ella prosiguió–. ¿Nunca has visto cómo te miraba? ¿Cómo buscaba conversar contigo? ¿Cómo me hacía la encontradiza en la acera de tu facultad o de tu casa? ¿Nunca?
       Yo solo negaba una y otra vez mientras en mi cabeza se iban juntando las piezas del puzle que ella me ofrecía con las que yo tenía sobre la mesa encajando a la perfección. Cuando terminó de poner sus piezas, sólo pude sonreír y decir:
      -¡Vaya par de dos!
      Estuvimos un buen rato riéndonos cada vez que nos mirábamos y exclamando:
      -¡Vaya par de dos!

martes, 24 de enero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Primera parte)

      Es tan hermosa… No puedo dejar de mirarla. Me enamoré de ella la primera vez que la vi. 
      Fue en el instituto, hace dieciocho años más o menos. Ella llegaba tarde y entró a clase cuando ya estábamos todos sentados y la profesora ya tenía la lista en las manos. Llamó a la puerta mientras la abría y pedía permiso para entrar. Era el primer día de clase y se excusó diciendo que se había perdido. La profesora bromeó y ella se sonrojó, se colocó detrás de la oreja los mechones rebeldes que se le habían escapado de la trenza y se sentó en el primer sitio libre que encontró. 
      Yo la veía desde atrás. Su pelo brillaba al sol. Parecía que un hada había esparcido polvos mágicos sobre su cabeza y había dejado hueca la mía porque era incapaz de atender a la profesora que nos hablaba entusiasmada sobre el programa de la asignatura y el sistema de evaluación.
      Sólo coincidía con ella en Latín y me costaba tanto centrarme en César que casi suspendo una de mis materias preferidas. Tenía que poner remedio a esta situación. Tenía que atreverme a hablar con ella. Estuve observándola y descubrí que se hizo amiga de unas chicas de mi clase de griego así que me acerqué a ellas y conseguí entrar en su círculo de amigos.
      Yo era un bicho raro, pero ellos también eran un poco marcianos así que encajé bastante bien y mantuvimos la amistad aunque no todos coincidimos en la facultad. 

jueves, 5 de enero de 2017

EL RINCÓN DE LAURA (Cuarta y última parte)

       Fue entonces cuando, a la hora del café, apareció la compañera de Laura. Iba con dos tipos altos y trajeados. Pidieron dos solos y un cortado. Cuando los sirvió, la miró interrogante pero no se atrevió a preguntar nada. Ella captó la mirada pero esperó a quedarse sola en la barra, con la excusa de pagar, para mirarle a los ojos y contestar a su mirada con otra pregunta:

      -¿Te enteraste de lo de Laura?

      Pedro sintió una punzada en el corazón. Los ojos de la chica no presagiaban nada bueno. Negó con la cabeza porque la voz se negó a salir de su garganta.

      -Salió en los periódicos. Fue un accidente terrible.

      La sangre se le heló, su rostro se tornó lívido. Recordaba haberlo leído, incluso haber visto las imágenes de una cámara de la autopista y haber pensado en esa familia cuyo viaje de fin de semana se había convertido en un viaje a ninguna parte, o al cielo para los creyentes.

      Bajó al almacén, aún guardaba el periódico de aquel lunes porque no le había dado tiempo a completar el crucigrama. Buscó la página de sucesos. Allí estaba: un camionero había perdido el control de su vehículo y se había cruzado en la autopista justo en el momento en que un turismo, ocupado por una familia con dos niños de 2 y seis años, le adelantaba. No había sobrevivido ningún miembro de la familia. Se dirigían hacia un fin de semana de vacaciones para los niños. Nunca llegaron.

       Cuando regresó a la barra, aprovechó que no había nadie en el local, colocó un cartel de “Vuelvo en diez minutos” y salió hacia la tienda de la esquina. Compró una vela con olor a lavanda, unos lirios morados, un pequeño búcaro de cristal y una pizarra con cierto aire vintage. Entró en la cafetería, se dirigió a la mesa en la que se sentaba Laura, colocó los lirios en el búcaro y los puso sobre la mesa. Colgó la pizarra sobre el pequeño estante en el que hasta entonces había un reloj viejo que a ella le recordaba al de casa de sus abuelos. Detuvo el reloj en la hora del accidente, encendió la vela y la dejó junto al reloj. Y escribió en la pizarra con letra de caligrafía: “El rincón de Laura”.

miércoles, 4 de enero de 2017

EL RINCÓN DE LAURA (Tercera parte)

       La echaba de menos. No es que tuvieran grandes conversaciones, pero sentía su ausencia. El rincón en el que solía sentarse estaba vacío, frío. A ella le gustaba el silencio. No solía iniciar una conversación. Él tampoco, aunque conversar era una de las cosas que más le gustaban de su trabajo. Saludaba con afecto a los clientes de todos los días, les preguntaba qué tal el día, pero poco más a no ser que ellos iniciasen la conversación. Si lo hacían, le encantaba comentar y descubrir nuevos puntos de vista.

       -Siempre se aprenden cosas –solía decir.

       Sin embargo, con ella nunca había hablado más allá del tiempo, a pesar de que llevaba meses acudiendo al café. No parecía antipática, sólo una mujer en busca de silencio y de un espacio para ella. Por eso se sorprendió cuando ella empezó a hablarle aquella mañana.

       Estaba atendiendo a don Tomás que ese día estaba especialmente cascarrabias. Era un juego diario, él le servía el café con leche y un bollo y don Tomás se quejaba de que había algo que no era de su gusto: o demasiado caliente o demasiado frío o demasiado cargado o muy poco; que el bollo tenía demasiado azúcar o muy poco… Un ritual que le obligaba a preparar dos veces cada día el desayuno de aquel cliente y soportar sus gruñidos mientras se disculpaba por nada.

       Ese día iba a preparar el tercer desayuno cuando ella cruzó la mirada con él poniendo los ojos en blanco. En cuanto el cliente se hubo marchado, ella le dijo:

       -Bendita paciencia la tuya, ni el santo Job… ¡Qué difícil es tu trabajo!

       -A mí me gusta. Yo sé que nunca le voy a atinar con el café con leche, porque siempre encontrará alguna pega, pero también sé que le gusta, porque sigue viniendo. Es un juego. Se aburre y quiere jugar. Pues juego a que nunca atino y él juega a protestar.

       -Por eso digo que bendita tu paciencia, porque este juego se repite día tras día y tú siempre sales malparado.

       -No creas, yo hago como que le cambio el desayuno y él hace como que le gusta más “el cambio”. Aunque los dos sabemos que se toma el primer desayuno.

       -Te gusta tu trabajo ¿verdad?

       -La verdad es que sí, me encanta.

       -Se nota, eres bueno. Me gusta este sitio por el ambiente que creas.

       Él se sonrojó. Era una mujer muy guapa, de las que uno piensa que jamás se fijarán en él.

       -Por cierto, me llamo Laura –le dijo cuando se iba.

       -Yo, Pedro.

       Sonrió y se marchó. Con el tiempo supo que trabajaba en una oficina, era jefa de personal y daba cursos y conferencias sobre la gestión de su área.

       -Estaba harta de que los empresarios y mandos intermedios se dedicaran a exprimir a su gente en vez de sacar lo mejor de cada uno de sus trabajadores –le comentó un día.

       Era jueves ya y Laura no había aparecido.

       Nunca la vio acompañada de ningún hombre que no fuera asunto de trabajo. Con ellos era cordial y distante a la vez. Al principio él se preguntaba si habría un hombre en su vida. Sabía que había hijos. No sabía cuántos, pero existían. Alguna vez la había visto rebuscar en su bolso y sacar coches y juguetes infantiles. Durante un tiempo odió imaginarla con otro hombre, aunque jamás se permitió reconocerlo. Prefería pensar que estaba divorciada. No llevaba alianza, aunque eso no quería decir nada. Podía haberla perdido o no estar casada. Luego se acostumbró a ser sólo Pedro de la misma manera que estaba acostumbrándose a su ausencia y resignándose a la falta de explicaciones. Laura llevaba tres semanas sin aparecer por la cafetería y él ya no miraba hacia la puerta con ansiedad cada vez que alguien entraba al local.

martes, 3 de enero de 2017

EL RINCÓN DE LAURA (Segunda parte)

       El martes tampoco acudió a la cafetería. Ni el miércoles. Era extraño, nunca había estado tanto tiempo sin ir. Llegó por primera vez al poco de que él se quedara con el traspaso y volviese a abrir después de reformar el local. Ella le confesó que andaba buscando un sitio tranquilo en el que tomarse un café. Porque donde solía ir era muy ruidoso y, como siempre tenían las puertas abiertas, ella se quedaba helada. Era muy friolera. En verano solía ponerse una chaqueta porque le molestaba el aire acondicionado, así que si estaban solos, él lo apagaba. Al parecer había probado en varias cafeterías, pero ninguna le gustaba. Entró porque le había parecido acogedora, le dijo. Y se quedó por la onza de chocolate, sonrió pícara.

       Él se sentía orgulloso. Le gustaba su trabajo y le gustaba que sus clientes se sintieran a gusto. Era discreto, les dejaba su espacio, pero les observaba desde esa distancia autoimpuesta y parapetado tras la barra. A fuerza de observar a la gente, había aprendido a identificar sus gustos, su carácter, sus necesidades. Por eso supo el primer día que a esa mujer que se había sentado al fondo de la cafetería y que leía y escribía en el móvil le gustaba el chocolate negro. Fue una intuición y se dejó llevar por ella. Así que, cuando vio cómo lo saboreaba, sonrió con complacencia.

       Tenía carácter, parecía fuerte pero dulce, uno se sentía a gusto con ella, escuchado y aceptado. Siempre sonreía con dulzura, como comprendiendo cualquier cosa.

       -El ser humano es complejo –le dijo una vez–. Todos tenemos una historia que mediatiza nuestros actos. No podemos juzgar, sólo entender, porque nadie está completamente en la piel del otro, ni siquiera del ser que era él mismo en otro momento cualquiera de su propia vida.

       Era elegante hasta cuando iba con unos vaqueros rotos. Pero a veces acudía vestida de una forma que imponía respeto con sólo mirarla. La primera vez que la vio tan elegante y sobria, con una falda de tubo, zapatos de tacón de aguja, blusa de media manga, americana y el pelo recogido en un moño que dejaba escapar algunas mechas rebeldes, no pudo evitar abrir los ojos en señal de sorpresa y hacer un gesto de admiración. Ella sonrió complaciente.

       -Tengo una reunión importante. He de impresionarles y la imagen SÍ es importante, es mi carta de presentación.

       -Pues les vas a dejar impresionados. No sé si conseguirán escuchar algo de lo que les tengas que contar.

       -Espero que sí, porque es muy importante –y sonrió divertida.

       La había visto muchas veces vestida de una manera formal, pero nunca de esa guisa. Después tuvo ocasión de verla más veces así. Supuso que trabajaba en un cargo de responsabilidad atendiendo a personas y con personas. Porque las personas eran su fuerte. Por eso congeniaron. Ella también conocía a la gente. Al principio no compartían confidencias, pero poco a poco se fueron soltando.

lunes, 2 de enero de 2017

EL RINCÓN DE LAURA (Primera parte)

       Aquel lunes ella no acudió a desayunar. A él no le extrañó. A veces fallaba al desayuno pero acudía al café de después de comer. Un cortado corto de café y una onza de chocolate negro que comía lentamente, deleitándose a cada bocadito. Sin embargo, tampoco acudió al cortado. Bueno, pensó, tendrá mucho trabajo o alguna reunión fuera.

       Casi siempre iba sola. Se sentaba en la última mesa de la cafetería, con la espalda pegada a la pared. Si la mesa estaba ocupada, buscaba sentarse lo más lejos de la puerta y siempre mirando hacia ella.

       -Reminiscencias de un ex-novio policía –le dijo un día–, me da cosa no poder ver la puerta, saber quién entra o qué pasa fuera.

        A veces, una chica la acompañaba al cortado vespertino, trabajaban juntas, pero no parecían amigas, no había complicidad entre ellas. En seguida imaginó que sólo serían compañeras de trabajo. En cambio, el desayuno lo hacía siempre sola. Se sentaba y sacaba su móvil en el que leía y escribía mientras se tomaba su café con leche bien caliente con tostadas de mantequilla y mermelada de melocotón.

        -Es nuestra hora de chicas –le comentó a modo de disculpa una vez que él la pilló riéndose de lo que leía-. Desde que tenemos niños, no coincidimos nunca y no podemos charlar, así que quedamos cada mañana a desayunar y hablamos por whatsApp. Hoy estamos un poco locas. Es viernes y, o nos lo tomamos a risas, o estallamos.

       No hablaban mucho, pero después de tres años sirviéndole, de lunes a viernes, el desayuno y el cortado, tenían cierta complicidad. Ella llegaba siempre con su sonrisa puesta, saludaba tímida pero cordial y buscaba su sitio. Se percataba de cualquier cambio en el ánimo de él. Él se daba cuenta porque dejaba de atender al móvil y le perseguía con la mirada, escrutando cada gesto. Un día que él estaba nervioso, derramó algo del café con leche al dejarlo sobre la mesa. Ella levantó la mirada y en vez de darle las gracias, como todos los días, le preguntó:

       -¿Todo bien?

       -No mucho, la verdad.

       -Esto también pasará y un día sonreirás al recordarlo.

       Él sonrió entre agradecido e incrédulo, pero acabó siendo cierto. Eso pasó y, en muchas ocasiones, sonreía al recordar que aquella historia fue la que rompió el hielo entre ellos dos.

       Al día siguiente él le dibujó una flor en el café con leche y ella sonrió dando las gracias.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO IV

      Ella llegaba cada mañana a la piscina a eso de las once y media. A veces la acompañaban su hermana y su madre, otras acudía sin más compañía que su libro. Su hermana tendría unos diez años, ella debía tener la misma edad que yo: quince. Cuando bajaban juntas, siempre acababan enfadadas con su madre. Ellas se divertían tirándose al agua de mil maneras diferentes, a cual más tonta y más cómica (nada que ver con las perfectas piruetas de los perfectos ni con la perfecta postura corporal de las perfectas); o jugaban a hacerse aguadillas. Su madre siempre reñía a la pequeña: “Cuidado que vas a hacer daño a tu hermana”, “¿Por qué no juegas a otra cosa, que tu hermana se puede hacer daño?” Y ella acababa discutiendo con su madre: “¡Déjala en paz, que no soy de cristal!” Y recogían sus bártulos, enojadas, para alejarse de su mirada y sus comentarios sobreprotectores.
      Una mañana de las que apareció sólo con su libro, esperé, como otras veces, a que su danza finalizara con su desplome sobre la toalla para levantarme de mi silla y seguir observándola desde el escondite que me proporcionaba mi habitación. Sin embargo, nada más ponerme en pie, ella levantó sus ojos hacia mí y me clavó una mirada inquisitiva. Mi primer instinto fue el de retroceder rápidamente para esconderme, pero, inmediatamente me arrepentí avergonzado. Di un paso adelante, le sostuve la mirada mientras le sonreí y levanté la cabeza a modo de saludo. Ella no se inmutó y siguió mirándome fijamente. Yo me di media vuelta, entré corriendo a mi habitación y salí con mi bañador nuevo, la toalla que me regaló el único amigo que tenía en mi anterior colegio y con mi camiseta preferida.
      Me asomé a la cocina, mis padres andaban ocupados preparando la comida. Les dije:
      -Me bajo a la piscina, chao.
      Mi padre me miró desconcertado, mi madre sonrió y asintió con la cabeza.
      -Pásalo bien, hijo.
      Volví sobre mis pasos, le di un beso en la mejilla y, azorado, corrí hacia la puerta.
      Ella estaba mirando hacia mi portal. Cuando me vio aparecer sonrió triunfal.
       -Por fin bajas –se limitó a decir cuando me planté a su lado.
      -Me llamo Sergio.
       Asintió:
       -Tú ya sabes mi nombre ¿no?
       -Elsa –le dije mientras me sentaba a su lado.
       De repente fuimos conscientes de que la pandilla se había quedado en silencio y nos miraban con curiosidad.
      -Son imbéciles –dijo saludándoles con la mano y una mueca.
      Ellos desviaron sus miradas pero siguieron pendientes de la escena. Yo me estaba poniendo nervioso. No estaba acostumbrado a ser yo el objeto del interés de nadie. Tampoco sabía muy bien qué decir y no estaba dispuesto a ser el hazmerreír con tanto público así que me armé de valor y le dije:
       -¿Te vienes a la playa?

lunes, 12 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO III

La pandilla ya llevaba un buen rato haciendo sus monadas y yo iba a volverme hacia mi cuarto, como cada día, para mi venganza particular: cuando me cansaba de sus cuerpos perfectos y sus vidas de película americana, me encerraba en mi habitación, cogía los lápices y el carbón y me dedicaba a caricaturizarles en las páginas de mi bloc de dibujo. Pero ese día, cuando me levantaba de la silla, la vi entrar. Caminaba como si bailase siguiendo el ritmo de una música que sólo ella oyera. Llevaba la toalla sobre el hombro izquierdo. Se detuvo frente a mi terraza, bastante alejada de ellos que ocupaban siempre la zona más próxima a la parte más honda de la piscina, monopolizándola con sus cabriolas. Ella dejó caer su toalla al césped y, mientras bailaba, la fue estirando. Cuando hubo acabado de arreglarla, se dejó caer sobre ella como si los últimos acordes hubieran acabado con su vida de bailarina. Luego, abrió el libro que llevaba en la mano derecha y se puso a leer.
Ellos observaron todo el ritual con menos sorpresa que yo. Deduje por sus gestos cómplices que la conocían. Ella ni les miró y ellos dejaron de hacerlo en cuanto se acabó la novedad de su presencia. Yo no pude dejar de mirarla. Era la chica más guapa que había visto nunca y, además, leía. Me esforcé por descifrar el título pero no lo conseguí.
Se ignoraron mutuamente durante toda la mañana. Por los cuchicheos de la pandilla perfecta, concluí que la conocían pero no hicieron nada por integrarla, por conversar siquiera con ella. Incluso me pareció percibir cierto desprecio cuando la miraban de reojo. “Normal –pensé yo–, ella es infinitamente más guapa y perfecta que todos ellos juntos. Eso se llama envidia”. 
Tampoco ella hizo ningún gesto que delatara el más mínimo interés por formar parte del grupo. En su desentendimiento de lo que ocurría al otro lado de la piscina había algo de desdén. Sonreí. Cada vez me gustaba más esa chica. Tenía lo que a mí me faltaba: valentía para que me importase un comino que me despreciasen y, además, mostrar públicamente lo poco que me afectaba.

domingo, 11 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO II

      Aquel verano del 82 yo tenía quince años y estaba enfadado con la vida, con el mundo, con todo el mundo y también con mis padres porque no entendían nada, porque me habían traído a esta mierda de mundo y no me dejaban irme. Así que mientras la gente se preparaba para salir de casa a ver el primer partido de España en el mundial de fútbol, yo preparaba las maletas para el cambio de cárcel. Y mientras todos disfrutaban en el campo o en las calles, yo emprendía el camino hacia el lugar perfecto.
      La mañana siguiente amaneció soleada, pero me negué a salir de mi habitación. El tira y afloja con mis padres duró alrededor de una semana, creo, luego me venció el aburrimiento y opté por salir a la terraza. Estaba enfadado conmigo por la rendición y ni siquiera saludé a mi madre. La mañana era limpia y cálida. Aún no había nadie en la piscina y el sol reverberaba en el mar. Cogí una silla y me senté pegado a la barandilla dejando que mi vista se perdiera en el horizonte junto a mis pensamientos, con la respiración ronca de las olas al fondo. Poco a poco la mía se fue acompasando con la del mar y llegó la paz. Hacía mucho tiempo que no sentía paz. Era tan plácida que me adormecí escuchando el ronquido del mar, mi respiración y los latidos de mi corazón. Pero no duró mucho porque unas voces rompieron el encanto.
       Habían abierto la piscina y había entrado un grupo de chicos y chicas muy ruidosos. Tenía razón mi madre: eran perfectitos. Todos sonreían con dientes blancos; ellos con el pelo cortado a la moda, ellas con las melenas al viento; ellos con cuerpos atléticos que exhibían haciendo cabriolas de todo tipo y ellas, delgadas, bronceadas, riéndoles las gracias.
      Todos los días repetían el ritual: aparecían por la piscina a eso de las diez y media y se pasaban la mañana entre baños, juegos y charlas; desaparecían a mediodía y volvían a aparecer sobre las cuatro de la tarde. A eso de las seis, ellos cambiaban la piscina por cualquiera de las pistas deportivas y ellas se sentaban a animarles mientras comían pipas.
       No entendía de dónde se había sacado mi madre que yo podía encajar en esa pandilla. No pensaba darles el lujo de rechazarme. Ellos ocupando el espacio público y yo, en mi casa. Todos contentos.
       Cuando ya me había resignado a que cada mañana aquel grupo de seres perfectos y ajenos a cualquier cosa que no fuera su felicidad vinieran a recordarme que estaba enfadado con el mundo, apareció ella.

viernes, 9 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO I

      En el verano del 82, mientras, afuera, la gente jaleaba a sus equipos nacionales y celebraba, eufórica, cada gol marcado en la portería contraria, yo estrenaba lugar de veraneo y lo convertía en mi cárcel particular.
      Mis padres habían comprado el apartamento unos meses antes y llegaron a casa, emocionados, mostrándome las llaves y los planos.
      -Es perfecto, Sergio, te va a encantar. Está frente al mar. De hecho, se ve desde la terraza y desde las habitaciones.
      -Vas a tener una habitación para ti y es grande; podrás llevar tus cosas.
      -El edificio hace una U, ¿lo ves? Y en el centro está la piscina con césped alrededor. A los lados tiene un campo de fútbol, una cancha de baloncesto y una pista de tenis –mi padre me iba señalando cada cosa que nombraba en los planos, como si a mí me interesara lo más mínimo.
      -Hay muchos chicos de tu edad, los hemos visto. Es una buena pandilla. Te vas a divertir y harás amigos nuevos. Es perfecto, de verdad.
      Yo les escuchaba con una mezcla de cabreo e incredulidad.
      “No me va a encantar. Yo no quiero ir a ningún sitio. ¿Quién les manda comprar nada? Pues allí tampoco voy a salir de casa. De mi cuarto, a la cocina para comer y ya. ¿Con que va a ser perfecto? Nada es perfecto. ¡Bah, amigos! ¿Quién necesita amigos? Yo tengo bastante con mis cosas.”
       ¡Mis cosas! Mis cosas se llamaban caballete, óleos, carbones y pinceles y formaban parte de mi terapia.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

ALBA

Alba y Luis eran novios desde la cuna. Sus padres los recuerdan cogidos de la mano en la sillita de bebés mientras paseaban por la calle, jugando juntos en el parque, durmiendo la siesta uno al lado del otro… Fueron juntos al colegio y se esperaban a la salida al patio o regresaban juntos a casa. Salían con la misma pandilla y nunca nadie les vio discutir ni enfadarse. Se amaban y se respetaban.
Por eso, a nadie le extrañó que decidieran estudiar en la misma universidad y marcharse a vivir juntos a otra ciudad.
Fueron juntos a buscar piso y a matricularse, la ilusión reflejada en unas sonrisas que iluminaba sus rostros.
Era miércoles. Alba estaba preparando la maleta: ropa, libros, sus cd’s favoritos… Canturreaba la última canción de moda, mientras iba y venía por la habitación recogiendo cosas. Sonrió al detenerse frente a la maleta y se recogió un par de mechones rebeldes que se empeñaban es escapar de su coleta. Echó un último vistazo a la habitación y cerró la cremallera. Cogió el osito de peluche que le había regalado Luis con la primera paga semanal, lo besó y lo metió en el bolso.
-Tú, conmigo, Laureano.
Llevó la maleta al salón y se sentó en el sofá a esperar a que Luis bajara a por ella. Las cuentas, como siempre: ella estaba preparada con cinco minutos de antelación y él tardaría otros cinco en bajar. Disponía de diez minutos para intentar que ni su madre ni su hermana pequeña lloraran.
-¡Pero si me vais a tener aquí cada fin de semana! Y te dejo que uses la ropa que he dejado en el armario.
Abrazó a su hermana y la besó, luego a su madre. Miró a su padre y se abalanzó sobre él como cuando era pequeña, frotando las narices como los gnomos. Miró el reloj y dijo:
-Tres, dos, uno –y se detuvo señalando la puerta.
Pero el timbre no sonó. Su cara mostró extrañeza durante un segundo, pero se repuso, se encogió de hombros y se dijo:
-Hoy toca despedidas, es normal que tarde más.
Esperó cinco minutos más, luego diez y tras quince minutos de retraso, cogió su maleta y su bolso y subió al piso de arriba. Llamó al timbre y esperó con gesto burlón que la puerta se abriera. Nada. Volvió a llamar con una mezcla de desconcierto y miedo a partes iguales. La puerta permaneció cerrada y no parecía haber signos de vida al otro lado. Buscó el móvil en el bolso y llamó a Luis pero se encontró con el buzón de voz. Lo intentó con su madre, primero y su padre, después. Sólo el maldito mensaje que decía que esos móviles no se hallaban operativos.
Regresó a su casa. Abrió la puerta y las caras de sus padres le hicieron comprender que algo grave pasaba.
-Se han ido.
No había explicaciones ni despedidas. No hubo nada, sólo vacío y dolor.
Alba se marchó sola a la universidad. Perdió el piso. Alguien había anulado el alquiler. Mejor así porque todo le hubiera recordado a él. Pasó a compartir un piso con otras estudiantes desconocidas que nunca dejaron de serlo.
Deambulaba por el campus sin rumbo. No sabía adónde dirigir su vida. Nada tenía sentido porque todo giraba en torno al abandono.
Luis perdió su nombre. Pasó a ser él y él se convirtió en un fantasma que le seguía a todas partes robándole el aliento, la alegría, la esperanza. Era un fantasma que asaltaba sus sueños usurpando el rostro de su amado justo en el momento en que él iba a besarla. Sus labios rozaban el hielo, sus ojos se abrían para descubrir que justo antes de desaparecer, el rostro amado se transformaba en una mueca horrible.
Alba perdió el curso y cambió de ciudad y de universidad huyendo de sus recuerdos, de su amor, de su miedo.
En la nueva ciudad todo era nuevo. Estrenó piso y amigos. Nadie supo de sus noches en vela acosada por el fantasma de él; del camino que recorrían sus pensamientos cuando a pesar de estar rodeada de amigos, sus ojos miraban a ninguna parte y el silencio se apoderaba de sus labios. Creían que era una chica tímida, reservada. Nadie preguntó hasta que apareció Héctor.
Estaban acabando la carrera y este compañero de clase que fue abriendo las puertas a la alegría, poco a poco, con tanto cuidado y sigilo que ni siquiera Alba fue consciente de ello, se convirtió en ese amigo que siempre está y que no parece pedir nada a cambio.
Héctor obtuvo la respuesta que Alba podía darle: se marchó; y la explicación que Alba había inventado: fue mi culpa. Héctor descubrió sus miedos, asistió perplejo a sus inseguridades, la acompañó en el proceso de reordenar su vida y se enamoró de ella.
Alba permitió que Héctor asistiera, abrazándola, a los momentos en que el terror se apoderaba de ella; a aquellos momentos en que creía que se volvía loca por el dolor; en los que sentía que ella no valía nada; en los que la vida se abría bajo sus pies. Permitió que la acompañara mientras aprendía a confiar y le agradeció la paciencia infinita que le concedió el tiempo necesario hasta que su corazón sanó; hasta que su cerebro autorizó a su corazón a sentir amor. Y entonces miró a Héctor y sus ojos descubrieron al hombre que era y le amó.
Héctor esperaba el día de la graduación para besarla por primera vez. Estaba tan hermosa, sonreía sin parar. Se acercó a saludarla y vio que sus ojos miraban más allá de él. Los siguió y descubrió cómo se juntaban con los de un chico de su edad al que jamás había visto. La miró. Los ojos de Alba se tiñeron de miedo, de desolación y de amor a partes iguales. Sus labios dejaron escapar un suspiro y el nombre de Luis.
Aquel desconocido se acercó a ellos sonriente y seguro de sí mismo, la cogió por la cintura y, tras decirle lo guapa que estaba, la besó en los labios. Héctor se retiró al rincón de los amigos y casi se volvió invisible.
Alba disparó tantas preguntas como era capaz de pronunciar, Luis sonreía y pedía tiempo, que las cosas no eran tan sencillas, que había mucho que contar. Le dijo que la amaba, que siempre la había amado, que no era culpa suya, que no lo pudo evitar y que nadie los separaría ya nunca más.
Alba sonreía transportada al pasado por unos recuerdos felices, se encontró en un lugar confortable donde nada había ocurrido, donde todo era posible, donde ella era ella: aquella chica fuerte y segura.
Entonces lo vio. Sus ojos se cruzaron durante un instante con los de Héctor y recorrió en un instante todo el dolor de los años de abandono; y sintió la seguridad de la nueva Alba, la que había caído y se había levantado; y supo que lo amaba.
Se soltó del abrazo de Luis y se quedó en medio de los dos. Se enfadó con ambos, con el uno por regresar justo ahora y con el otro por quedarse mirando en un rincón, por no luchar por ella. Y se sintió culpable por traicionar a los dos, a cualquiera de los dos.


Aquí acaba el relato. ¿Con quién debe quedarse Alba? ¿Con quién te irías tú? ¿Vuelve con su primer amor? ¿Sigue adelante con su vida junto al hombre que la ha ayudado a volver a amar? Haga lo que haga Alba, la entenderemos y la respetaremos, seguro. Tiene derecho a decidir igual que tiene derecho a rehacer su vida. ¿Verdad? ¿Y por qué nos cuesta tanto entenderlo si se trata de una criatura la que ha sido abandonada por sus padres? ¿No tiene derecho a rehacer su vida?

viernes, 17 de junio de 2016

UNA TARDE PARA ELLOS

      EPÍLOGO:


      Un reguero de ropa hablaba de la prisa, de la necesidad, de la pasión. La cama deshecha. El pelo de ambos revuelto. La sonrisa plácida.
      El reloj del campanario de la iglesia del final de la calle marcó las nueve. Ella se levantó despacio, perezosa.
      -Es la hora –se lamentó–.
      -Espera –la detuvo–. Un beso por cada año que llevamos juntos.
      -¿Tantos? No me iré nunca –río ella–.
      -Mejor –respondió él y empezó a contar mientras la besaba–. Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
      Ella respondía a cada beso con una sonrisa.
      -Cuarenta y siete. Ya está. Dentro de tres: medio siglo juntos.
      -¡Calla, qué viejos! –bromeó ella–.
      -No creas –corrigió él–. Aún nos queda por aprender.
      -Y por vivir… ¿Te imaginas si algún día…?
      -Éste de regalo, para que lo guardes hasta el año que viene –le selló los labios con un beso largo y suave que ella le devolvió acariciándole con su pecho–. No seas malvada que ya no tengo veinte años –bromeó con una sonrisa triste–.
      Ella se vistió con calma. No quería irse. Cada año le costaba más despedirse. La sombra de que fuera el último le atenazaba el corazón y la garganta. Lo miró. Él se había vuelto a tumbar en la cama y la contemplaba. Sonrieron. Ella se sentó en el borde peinándose y sin dejar de mirarle. Volvieron a besarse.
      Se colocó los zapatos y la chaqueta y se dirigió a la puerta.
      -Hasta el año que viene, cariño –se despidió lanzándole un beso–.
      -Hasta el año que viene, amor.
      Cerró la puerta y él escuchó el golpeteo de los tacones alejándose. Fuera, la luna competía con las farolas. La gente regresaba presurosa a sus hogares. Ella también.
      Él salió diez minutos más tarde. Miró a ambos lados de la calle y se levantó el cuello de la chaqueta antes de comenzar a andar. La humedad se colaba por cualquier resquicio y últimamente no la soportaba bien. Se encaminó hacia la avenida, las luces de los coches y autobuses rayaban la noche. Detuvo un taxi, indicó la dirección al conductor y dejó que su mirada vagara mientras le conducían a casa.

jueves, 16 de junio de 2016

UNA TARDE PARA ELLOS

      ELLOS


      Los ojos de él pugnaban por perderse en el contoneo y soñar con otros balanceos o quedarse fijos en aquellos grandes ojos que le sonreían divertidos y le invitaban a convertir en realidad los sueños.
      Entonces ella se mordisqueó el labio inferior y él sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Él se levantó para saludarla mientras ella se inclinaba para besar su mejilla, de manera que los ojos de él se toparon con el escote premeditado de ella. Intentó apartar la mirada pero ya era tarde: aquel botón desabrochado dejaba atisbar una promesa a punto de ser descubierta y sus ojos no pudieron resistir el afán de aventura.
      Él le cedió el sitio y se sentó al exterior del banco. Ella se quitó la chaqueta antes de ocupar su lugar y la dejó, junto al bolso, a su derecha.
      Llegó el camarero, ella se pidió un vermut blanco, seco. Se lo sirvieron en una copa con el borde azucarado y con una aceituna sin hueso, pinchada en un palillo, flotando dentro. Cuando se quedaron solos, brindaron sin palabras y sin dejar de mirarse.
      Como cada siete de noviembre, el silencio se adueñó de los primeros minutos. Se miraban conociéndose y reconociéndose; comprobando si el año había traído algo nuevo o eliminado algo viejo; sonriendo, felices, mientras se recorrían con los ojos concluyendo que todo estaba en orden, que el otro era el de siempre y que nada faltaba entre ellos.
      Poco a poco las palabras ocuparon su sitio. Al principio, atropelladas, porque pretendían ponerse al día rápidamente. Después, sosegadas, bajaban el tono hasta convertirse en una caricia que allanaba el camino a las manos quienes, tímidas, aún no se atrevían a entrar en escena.
      Sus dedos eran pura energía contenida. Temían tocar al otro y que no soportase la descarga así que ambos los retenían como podían: ella recorría de arriba abajo su copa una u otra vez, dibujando el contorno con los índices; él jugueteaba con una servilleta.
      Fue ella la que empezó. Sin previo aviso, su mano se escapó, presurosa, para dar un furtivo apretón al brazo de él mientras reía por algo que le había susurrado. Él aprovechó para retener esa mano e impedirle la fuga. Ella la dejó reposar cayendo rendida ante el flujo eléctrico que trepó desde sus dedos hasta sus hombros. Se le agitó la respiración y su pecho subía y bajaba pugnando por deshacerse de las ataduras.
      El dorso del índice de él descendió, junto con sus ojos, desde la sien palpitante de ella, por su mejilla y cuello, hasta detenerse enroscándose en la cadena que ella siempre llevaba con un pequeño colgante. Aún no. Paciencia.
      La mano de ella ascendió lentamente por el brazo de él hasta el hombro. Las yemas de sus dedos apenas si le rozaban a través de la camisa, pero iban levantando el vello a su paso como si de un imán se tratase. Al llegar al hombro se entretuvo dibujando un par de círculos antes de dejarse resbalar por el pecho de él.
      Las palabras casi habían desaparecido y eran las manos quienes hablaban ya. De vez en cuando algún “Te quiero” apenas musitado lograba abrirse camino y escapar aliviando la tensión que se apoderaba de ellos.
      La mano de él regresó al rostro de ella y con el índice delineó con sus labios. Ella intentó mordisquearle y él huyó travieso y lo dirigió hacia la barbilla deslizándolo mentón abajo.
      Enlazaron los pulgares y comenzaron a acariciarse las manos, pero sus cuerpos pedían más, así que él se levantó. Ella lo siguió. Él se detuvo frente a la máquina de discos y escogió uno. Ella le esperó. Se abrazaron y comenzaron a bailar muy juntos, sintiendo cada milímetro del cuerpo del otro. Sonaba El día que me quieras y ellos giraban lentamente, los dedos rozando la piel del otro, los labios susurrando palabras de amor, convertidos en uno solo.

miércoles, 15 de junio de 2016

UNA TARDE PARA ELLOS

      ELLA


      Ella caminaba con paso firme y sosegado por la acera. Pisaba el suelo con seguridad para intentar evitar ese temblor fatal de los tobillos que le provocaban, casi sin remedio, los tacones de aguja. Parecía interpretar una suave melodía en la que el ritmo lo llevaban los tacones golpeando el suelo. Se centró en el bamboleo de sus caderas acentuado por la falda de tubo. Se sintió hermosa y sensual.
      Consultó el reloj. No quería llegar demasiado pronto. Ni demasiado tarde. La hora exacta eran las seis y diez: diez minutos de cortesía que cada año cumplía como si de un ritual se tratase.
      Respiró hondo evocando su rostro sonriente y aliviado cada vez que ella aparecía bajo el dintel de la puerta; su mirada de reproche disolviéndose en deseo; su perfume envolviéndola y anticipándose a las manos; la leve caricia electrizante; el cosquilleo que descendía desde su vientre hacia sus piernas.
      Consultó el reloj de nuevo. Se detuvo en el portal contiguo. Se alisó la falda, estiró la chaqueta, sacó un espejo del bolso y comprobó su peinado. Perfecto. Los mechones que debían estar en su sitio, permanecían en él y los que nunca debieron estarlo continuaban libres. Revisó sus labios. Optó por no retocarlos no fuera a ser peor el remedio que la enfermedad y el temblor nervioso de su mano desdibujara el perfil. Los humedeció. Una última mirada y decidió desabrochar otro botón de la blusa. Así mejor. Volvió a sentirse hermosa y sensual. Soltó con fuerza el aire con la esperanza de expulsar con él la ansiedad y entró.
      Como cada siete de noviembre, se detuvo un instante en el umbral, miró al fondo del local y sus miradas se cruzaron. Ella se dirigió hacia él apresurando un poco el paso, lo que enfatizaba el vaivén de sus caderas, mientras esbozaba un gesto de disculpa por el retraso que pretendía esconder su incapacidad de soportar la angustia de ser ella la primera en llegar y esperar a su amado en vano.
      Instintivamente, llevó su mano izquierda a su oreja y jugueteó con el pendiente mientras sonreía y encogía los hombros, coqueta. Estaba realmente guapo. Era muy guapo. Sintió un hormigueo en la boca del estómago y apretó metiendo el vientre hacia dentro. Tomó aire hinchando el pecho y lo sintió luchar contra la blusa desabrochada. Le imaginó como tantos otros siete de noviembre y las fuerzas le resbalaron por los brazos hasta concentrarse en sus manos.

lunes, 13 de junio de 2016

UNA TARDE PARA ELLOS

      ÉL


      Como cada siete de noviembre, él la esperaba sentado en la última mesa del bar, bebiendo una copa de vino tinto. El mismo bar en el que se conocieron. Una barra a la izquierda de la puerta que llegaba hasta la mitad del local, dos hileras de bancos enfrentados clavados al suelo con las mesas en medio, los altos respaldos que protegen de las miradas indiscretas, una antigua máquina de discos frente a la barra, luz tenue.
      Sus manos apenas podían ocultar la ansiedad cada vez que sobrevolaban las páginas del periódico intentando coger una esquina para pasar la hoja. Sus ojos saltaban de los titulares a la puerta con tanta rapidez que le era imposible saber con certeza ni lo que había sucedido ni lo que estaba por suceder.
      Él llegaba siempre con diez minutos de antelación y ella se retrasaba siempre diez minutos, de manera que aquéllos eran los peores veinte minutos del año.
      Los primeros diez minutos los pasaba imaginándola llegar, tejiendo cada instante de aquella tarde o recordando cada segundo de las tardes anteriores. Su corazón latía acelerado al ritmo de los recuerdos: su sonrisa al llegar, el roce se su piel, su risa juguetona, su mirada invadida por el deseo; y al ritmo de su imaginación: el vaivén de sus caderas al entrar, el nacimiento de sus pechos apenas vislumbrado a través del escote, la antesala del abandono en sus manos. Y un instante después se detenía bruscamente cada vez que la puerta se abría y no era ella.
      Durante los últimos diez minutos, era sacudido por calambrazos de sentimientos. Tan pronto sonreía feliz al imaginarla entrar, como maldecía, un segundo más tarde, la maldita coquetería que cada año le robaba diez minutos de disfrute, o le invadía la angustia imaginando que cualquier calamidad era la culpable del retraso, o se abrumaba por la culpa por haber fantaseado con su muerte, o se encogía de dolor cuando le aguijoneaba la idea del abandono. ¿Y si este año no acudía a la cita?
      Se obligaba a cerrar las puertas de su corazón a la duda contraponiendo imágenes de su amor y su cuerpo reaccionaba a estos recuerdos: se le agitaba la respiración, sus piernas se derretían y notaba como su sangre se agolpaba y fluía desbocadamente casi a la vez.
      La puerta se abrió a las seis y diez. El corazón se le detuvo durante unos segundos y luego aceleró el ritmo para recuperar el latido perdido. Las piernas perdieron definitivamente el tono muscular que le hubiera permitido ponerse en pie. Y sintió la placidez del alivio.

miércoles, 11 de mayo de 2016

LOS OJOS VERDE OLIVA IX

-¿Por qué buscáis a Gimeno? ¿A Lucas? -Cambié de tema.

Se produjo un silencio espeso.

-Mi madre ha muerto -musitó-. Tiene derecho a saberlo. Y tiene derecho a saber que existo.

Clavé mis ojos en ella inquisitoriamente.

-No busco nada -aclaró con rapidez-. Él es mi padre -cogió la mano del hombre y la apretó mientras le sonreía-. Pero Lucas tiene derecho a saber que existo.

Moví la cabeza afirmativamente intentando asimilar todo lo que estaba escuchando.

-¿No lo sabe?

-No se lo dijo.

Sacó una de las libretas, la abrió casi por el final y leyó:

"No se lo he dicho.

Después de cenar fuimos a su casa, como siempre. Nada más entrar supe que algo había cambiado. Puede que fuera el olor. Olía diferente. Puede que fuera alguna cosa cambiada de sitio. No sé. Lo sentí. Por eso no me extrañó ver, bajo la mesita de noche, las zapatillas de estar por casa de ella. Así que tomé una decisión: No se lo diría. 

Me quité la ropa y me acosté en mi lado de la cama, pero dándole la espalda. Él intentó llamar mi atención varias veces. Al final desistió. Se acurrucó a mi lado y me abrazó. Su mano tocaba mi vientre y yo sonreí pensando que, sin saberlo estaba acariciando a su hija. Porque será niña, lo sé, lo siento. Y ella, mi niña, supo que era la mano de su padre, porque la sentí tranquila.

Dormimos así toda la noche: abrazados. Por la mañana, en el baño, en el cajón donde guardo mi peine y mi cepillo de dientes, encontré una carta de ella. Se van a casar pero ella no puede ser feliz, dice que por mi culpa. Los ojos con los que dice que Lucas me mira, sólo deberían mirarla a ella; las palabras que me escribe en sus cartas, sólo debería dirigírselas a ella; la alegría con que espera mi regreso, sólo debería sentirla por ella. Yo soy sólo una sombra del pasado que se resiste a desaparecer, un fantasma que se empeña en permanecer en un mundo al que ya no pertenece, unas cadenas que les impiden ser felices.

Pasamos juntos todo el día. Recorrimos los lugares de nuestra infancia. Y volvimos a dormir abrazados.

Esta mañana le he acompañado al trabajo. Me he despedido de él con el beso más triste que he dado en mi vida. Sabía a sal, como las lágrimas que no he dejado que salieran. Lo he visto alejarse sin mirar atrás. 

También he perdido a un AMIGO, a mi mejor amigo".

Nos quedamos los tres en silencio durante un par de minutos. Saqué el móvil del bolsillo. Marqué un número y esperé.

-¿Gimeno? Baja al café de la plaza. Hay alguien a quien debes conocer.

Lo vimos salir del periódico y cruzar la plaza. Al llegar a la terraza me buscó con la mirada. Me levanté y él se quedó clavado en el suelo con la misma cara que debía tener yo un rato antes. Sus ojos saltaban de ella a mí intentando encontrar la clave. Me acerqué a él, sonriendo con calma. Le golpeé amistosamente en el hombro y lo llevé hacia la mesa.

Me retiré despacio, sin hacer ruido. Desde el centro de la plaza, me giré para echar una última ojeada. Estaban los tres sentados, sobre la mesa, una espesa nube de sentimientos.

Ni siquiera se habían dado cuenta de que yo ya no estaba. Normal, yo nunca fui otra cosa que un par de líneas sueltas en la historia de esa familia.

lunes, 9 de mayo de 2016

LOS OJOS VERDE OLIVA VIII

Yo los miraba sin entender nada. Él me tendió la mano.

-Soy Pedro Millán, el marido de Paula. Encantado.

¿Paula? ¿Quién diablos era Paula? ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo puñetas podía estar la chica de ojos verdes delante de mí veinticinco años después sin que el tiempo la hubiera cambiado? Mis ojos iban sin parar de los ojos verdes de la fotografía a los que tenía frente a mí. Sentí vértigo. Me sujeté con fuerza al respaldo de la silla para no caer.

Ella vino en mi auxilio:

-Siéntese, hombre, que parece que ha visto un fantasma -dijo divertida.

Se burlaba de mí igual que lo hizo durante aquel desayuno, como lo hizo la última vez que la vi.

Respiré hondo y me senté. Seguía sin poder desprender mis ojos de los suyos, de los de hoy y de los que me miraban desde aquel trozo de papel.

-Los conoce ¿verdad?

Fijé mi mirada en ella.

-No se asuste, no soy yo. Es mi madre. No nos parecemos tanto ¿no?

Las miré de nuevo. Quizá el pelo no tan claro ahora, los rizos no tan marcados, los pómulos más afilados.

-Hace mucho tiempo y sólo la vi dos veces -me disculpé.

-¿Dos veces? ¿Cuándo? -Quiso saber.

-Hace mucho. Estuvo toda la tarde del sábado sentada en esta misma mesa. Esperaba a Gimeno.

-¿Gimeno?

-Lucas -aclaré-. Yo bajé ya de noche. Intercambiamos un par de frases. La volví a ver el lunes por la mañana. Me invitó a compartir su mesa para desayunar.

-¡Ah, era usted! -Exclamó con los ojos abiertos de par en par-. ¡Qué casualidad!

-¿Yo? ¿Quién? ¿Qué? -Cada vez entendía menos.

-Mi madre escribía -me explicó-. Escribía cuentos, pero también una especie de diario.

Abrió la mochila que tenía a su lado y me enseñó un montón de libretas como aquella en la que le había visto escribir durante horas aquel sábado. Como la que tenía ella sobre la mesa en aquel momento.

Asentí en silencio.

-¿Y qué decía de mí?

-Que quiso ligar con ella -de nuevo usaba el mismo tono burlón que su madre-, que usted estaba muy bien, pero que ella no tenía claro qué le interesaba más a usted, si ella por sí misma o fastidiar a Lucas.

Miré, avergonzado, el suelo.

-Al principio, más lo segundo, la verdad. Sin embargo, después de aquella mañana, ella, sin ninguna duda.  La busqué durante mucho tiempo, pero nunca más volvió.

-Ya no había nada que la retuviese aquí -intervino el hombre.

Me miraba fijamente y yo sentí una punzada. No sé qué me hirió más, si su comentario o sus ojos.

domingo, 8 de mayo de 2016

LOS OJOS VERDE OLIVA VII

Apuré el café, pagué y, cuando pasaba cerca de la mesa que ocupaba la chica de los ojos verdes, me detuvo un colega para felicitarme por el artículo que acababa de salir en el periódico. Mientras lo comentábamos, mis ojos se escapaban a cada poco para encontrarse con los de ella.

-Disculpe, señor -me dijo cuando me despedí de mi colega-, ¿es usted periodista? ¿Trabaja en ese periódico? -Preguntó señalando con la cabeza el edificio de enfrente.

Asentí.

 -¿Le conoce? -Inquirió mostrándome una fotografía.

Noté cómo la sangre se me atoraba en las venas, cómo las preguntas se agolpaban en mi garganta sin que lograran ordenarse para salir, cómo el corazón se me encogía y brincaba desbocado. En la fotografía estaba ella, quizá algo más joven que cuando la conocí. No llevaba la gorra y los rizos rubios caían sobre sus hombros. Sonreía pícara y feliz. Era tan hermosa...

A su lado estaba...

-Se llama Lucas, es periodista y trabajaba ahí -escuché a lo lejos, desde 2016, pero su voz no logró rescatarme del pasado.

¡Gimeno! Sí era él. Estaba más joven que cuando empezó a trabajar, pero tenía esa misma mirada que prometía muchas vidas y sus ojos sonreían mientras la miraban de reojo. Había tanta complicidad entre ellos. Estaban enamorados el uno del otro.
Quizás ellos aún no lo sabían, pero era evidente para cualquiera que los mirara.

De repente, otra voz, esta masculina me arrancó de 1991 y me dejó caer de golpe en la realidad del día que había empezado antes de entrar en el café.

-Hola, cariño, ¿has descubierto algo?

Parpadeé intentando detener la inercia del mundo. Un hombre se había acercado a la mesa y se había inclinado para besarla en la mejilla. Era aproximadamente de mi edad. Vestía elegante pero informal. Debía ser más alto que yo y era muy atractivo.

-Le estaba preguntando ahora mismo a este señor. Es periodista y trabaja ahí. O trabajaba.