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viernes, 4 de marzo de 2016

LOS DISCURSOS DEL PRESIDENTE EN FUNCIONES

      Yo no dudo de que usted, señor Rajoy, o quien le hace los discursos, sean personas de una gran cultura. Así que no hace falta que alardee de ella sembrando el texto de florituras y referentes culturales que, lamentablemente,  ya no poseen la mayoría de sus conciudadanos como consecuencia de los lamentables planes de estudio que nos vienen imponiendo los de su clase. Le reconozco la cultura y, mire usted (esta expresión seguro que le es familiar), la compartimos, será porque soy de naturaleza rebelde y me empeciné en estudiar lo que no se me recomendaba porque no iba a convertirme en máquina de producir en serie.
      Sin embargo, señor Rajoy, sí le recrimino su falta de oratoria, requisito que considero indispensable para el puesto que ha ocupado y parece que pretende seguir ocupando, así, sin hacer nada para conseguirlo, porque le pertenece por derecho propio o como diríamos los ciudadanos de abajo, porque usted lo vale. Vaya, que usted parece creerse un presidente Loreal. Ya imagino que a usted le importa muy poco lo que yo le recrimine o lo que yo considere requisito indispensable y, como mucho, lo despachará con un "¿con qué derecho?" Pues con el que me concede ser uno de sus pagadores. 
      Señor Rajoy, a estas alturas, hasta usted es conocedor de que no sabe hablar en público, ni cuando improvisa, ni cuando repite un discurso que debía haberse aprendido. Y en estos años no ha hecho nada por corregir este defecto, lo cual, en cualquier empresa privada sería motivo de despido, sobre todo por el daño que causan sus errores en la imagen de este país.
      Pero no quiero tampoco a extenderme sobre la forma de los discursos de las sesiones de investidura, voy a hablar del contenido. Francamente,  su soberbia es imperdonable. Y más viniendo de una persona que debería ser humilde, primero porque es un servidor público y segundo porque parece ser el heredero de un ilustre linaje al que también pertenecieron Jaimito, Fernando Morán o los habitantes de Lepe. Es usted una persona que se ha hecho más famosa por sus meteduras de pata, sus comentarios incoherentes o sus lapsus linguae, que por su gobierno del país, un país que, a la fuerza ahorcan, ha aprendido a reírse hasta de sí mismo y le ha convertido en protagonista de sus chistes.
      Sus discursos han resultado prepotentes y faltos de respeto. Así que, según usted, hasta sus colegas le van a entender porque usted se explica muy bien. ¡Pero qué ceguera la suya y qué falta de respeto! Evidentemente, si usted se explica bien, los demás le entenderemos. Y eso hemos hecho: ustedes nos engañaron. ¿A que le he entendido bien? ¿Ve? Cuando habla correctamente,  le entendemos. Otra cosa es que nos guste lo que oimos.

lunes, 23 de noviembre de 2015

EL ABUSO NUESTRO DE CADA DÍA o el machismo de baja intensidad

      ¡Eh tú! Sí, tú, el tipo que hace más de un lustro que cumplió los setenta. El que me acaba de dar un repaso ocular de arriba abajo con más lascivia en los ojos que la que su cuerpo aguanta. A ti te digo, al que se ha girado, después de habernos cruzado, para mirarme el culo. Mira, baboso, porque casi te resbalas con todo lo que ha caído por tu boca, deja de musitar una y mil formas de quitarme esta falda porque todo lo que vas a conseguir es que te dé un jamacuco por el subidón de lujuria. Esta falda, pedazo de pretencioso, no me la he puesto por ti. ¿De qué vas? Si tú no existías en mi vida hasta hace unos minutos y dejarás de existir en cuanto te diga lo que pienso de ti y de todos los de tu especie. No voy buscando nada, ignorante. Esta falda me la he puesto porque… ¿Y a ti qué puñetas te importa por qué me la he puesto? Porque me ha dado la gana, que no tengo por qué dar explicaciones a nadie.
      ¿Qué derecho crees que tienes para mirarme de esa manera? Quita tus sucios ojos de mi cuerpo y no vuelvas a ponerlos jamás ni en mí, ni en ninguna otra mujer, a menos que ella te haya dado permiso para hacerlo.
      Vete con tus amigos, esos que van en transporte público y deben creer que tienen los testículos de una ballena y se despatarran ocupando su asiento y el de la mujer que tienen al lado; ésos que aprovechan cualquier aglomeración para frotarse contra una mujer, cual osos contra un árbol. Cogeos todos de la mano e id a aliviaros juntos o en solitario, que a estas alturas de la vida ya deberíais saber que lo de los granos o la ceguera es un bulo.
      Y dile al mandril de tu hijo, ése que, conduciendo con la ventanilla bajada y el brazo por fuera, le ha soltado, a una chiquilla de unos quince años, que podía ser su hija, una ristra de obscenidades que harían sonrojar a cualquiera de los que trabajan en la industria del porno, dile que tiene la gracia donde la espalda pierde su honesto nombre y que, como es obvio que su lengua está llena de productos de desecho, la boca no es su sitio, así que dile que se la meta en el orificio al efecto.
También puedes decirle al pandillero de tu nieto mayor que andar tocando las tetas y los culos de las chicas que pasan por su lado, o de las que han tenido que caminar por el pasillo que él y sus monos ríe-gracias les han dejado, es tan divertido como que les den una patada en la zona de la entrepierna donde ellos tienen alojado el cerebro.
Y al pequeñajo, aprendiz de abusador, dile de mi parte que levantarle la falda a las niñas no es un juego divertido; que decirle a niñas más pequeñas que él que, si quieren ser guays, le tienen que enseñar las braguitas, no es de hombres; explícale que el modelo de hombre al que perteneces es un modelo a extinguir, como los dinosaurios, y que su futuro es  la soledad, la infelicidad y el miedo. Dile que si quiere que una mujer esté con él por amor y no por miedo, que si quiere ser respetado y no temido, que si quiere ser aceptado y no mirado con asco, como te miramos a ti, tiene que seguir el camino de los hombres, no el tuyo, de los que respetan y aman, de los que tratan como quieren ser tratados.
      No voy a entrar a explicarte ahora que las mujeres no somos objetos que pertenezcamos a nadie, o que estemos en el mundo para que nos cojan y dejen una vez satisfecha la necesidad puntual que a un macho le pueda sobrevenir. No voy a explicarte que el mundo está cambiando, porque eso tú ya lo sabes, porque tú eres de los que celebras cada asesinato pensando que algo habría hecho la víctima, porque ahora mismo debes estar pensando que te estoy importunando y que merezco que alguien me ponga firme, me meta en vereda. Así que paso de ti porque tú no tienes solución, tú sólo tienes que esperar tu meteorito (o tu sanmartín, tú decides). Escribo esto porque las mujeres estamos hartas de tener que lidiar con babosos, obscenos, abusadores y maltratadores, porque estamos hartas de tener que enseñar a nuestras hijas cómo lidiar con ellos y porque no queremos seguir muriendo a manos de gentuza como esa que, un día se les va la mano, y se auto conceden el derecho de acabar con nuestras vidas. Escribo esto porque aún hay mujeres a las que les habéis robado la conciencia y quisiera que la recobrasen.
      Eso sí, sólo un último mensaje a todos los de tu especie, os agradecemos la lección sobre los usos sexuales de los gorilas, mandriles y otros tipos menos evolucionados de primates, pero os informamos de que las mujeres no tenemos por costumbre aparearnos con especímenes de otras especies y, caso de interesarnos la zoología, la estudiaríamos en las aulas. Muchas gracias.

martes, 10 de noviembre de 2015

LOS CONSEJOS NO PEDIDOS Y LAS MODAS: EL TERROR DE LOS PADRES

      ¿Se acuerdan del cuento del padre y el hijo que van en burra y que todo el mundo tiene que decirles cómo han de ir? Yo lo recordé el otro día por una anécdota y, desde entonces, no paro de darle vueltas.
       Está claro que en la educación de los niños participa la tribu. No puede ser de otra manera porque todo, absolutamente todo, influye en quiénes somos y en cómo somos. Pero también es cierto que, al menos en nuestra sociedad, los últimos responsables o al menos los principales responsables de la educación de nuestros hijos somos los padres. Que menuda tarea nos hemos buscado, la verdad, porque nadie nace aprendido, porque esto no se estudia en ninguna escuela o universidad y porque la única manera de aprender es el ensayo error. ¡Ah! Y porque hemos de asumir que nunca vamos a hacerlo bien y que nuestros hijos nos van a echar en cara el resto de sus vidas todos y cada uno de nuestros errores, así que, cada día hemos de tomar nuestra cucharada de humildad.
       Yo creo que debemos estar haciéndolo realmente mal, porque la tribu se siente en la obligación de estar dándonos consejos constantemente y nadie aconseja al que lo hace bien. Pero lo cierto es que, a veces, estos consejos no pedidos están sometidos al imperio de las modas y hacen más mal que bien.
       Voy a poner algunos ejemplos en los que seguramente se verán reflejados todos mis colegas de profesión (o voluntariado porque lo de ser padres no es retribuido, a pesar de que algunos maestros, a raíz del debate de los últimos días, proponen que a nosotros también se nos baje el sueldo, debe ser que no tienen hijos y no saben que son un saco sin fondo en que no para de entrar dinero pero de donde nunca se saca).
        Parece ser que la cosa empieza cuando una mujer está embarazada. Me cuentan -ya saben que yo cambié el parto por una sentencia-, que últimamente los médicos, matronas y demás personal sanitario les explican los múltiples beneficios de la lactancia materna. Hasta aquí nada que objetar, si no fuera porque algunos profesionales se toman muy a pecho, nunca mejor dicho, la difusión de esta forma tradicional de alimentación y empiezan a gotear consejos, cual estalactitas, para alcanzar la maternidad óptima sobre las cabezas hormonadas de las futuras madres, quienes absorben y a su vez crean estalagmitas maternales que las distinguirán por excelentes frente a aquellas pésimas mujeres y peores madres que no pueden o no quieren dar el pecho a sus retoños.
       Una vez nacida la criatura, se la lleva al pediatra para que la registre –quiero decir, controle–, y me cuenta una amiga que el pediatra le dijo que debía darle el pecho a demanda, así que la pobre iba todo el día con la teta fuera porque debía enchufársela al churumbel cada vez que éste hacía “uec”. Además este amable señor era de la liga antichupete y prefería que el niño de mi amiga chupara pezón, Así que como mi sobrino adoptivo nació en noviembre, mi amiga y casi hermana fue de pulmonía en pulmonía hasta que, en febrero, el pediatra fue sustituido, por ignotas razones, por otro colega al que estas recomendaciones le parecían una solemne tontería que iban a provocar que el niño no tuviese adquirido un horario de comida como dios manda, con lo que le pautó unas horas concretas de alimentación para gran pena del niño que se pasó días llorando sin parar y de la madre que no podía dormir con el llanto de su hijo. Ni qué decir tiene, que el resto de la tribu también opinaba al respecto, pero con la medicina hemos topado y el médico siempre tiene razón.
       Eso sí, que el que no se consuela es porque no quiere y mi amiga decía que al menos ella, como no trabajaba fuera de casa no había tenido que usar ese invento llamado sacaleches.
       ¿Quién no ha oído las maravillosas recomendaciones que todo el mundo nos dedica sobre cómo y dónde debe dormir nuestro hijo? Que si en cama propia, que si en la nuestra, que si a oscuras, que si con luz, que de lado, que boca abajo… ¡Dios mío, cuánta complicación para dormir! Yo opté porque durmiese en su cuarto y le compré una bonita habitación pensando, incluso, en cuando tuviera amigos con los que hacer fiesta de pijamas. Todo iba bien hasta que llegaron los terrores nocturnos. En mitad de la noche, un grito desgarrador nos ponía en pie de un salto y, con los pelos de punta y los ojos cerrados, acudíamos a su habitación entre diez y quince veces por noche. Aguantamos estoicamente durante tres semanas sin más señales que unas ojeras permanentes, una boca siempre bostezante, un par de palillos decorando nuestras pestañas, varios moratones como resultado de las incursiones nocturnas a oscuras en campo enemigo y un mal genio creciente. A la cuarta semana, y viendo que el asunto llevaba trazas de eternizarse, nos reunimos en comité matrimonial para ajustar la estrategia. Lo más urgente: dormir. La solución lógica: pasar al crío gritón a nuestra cama, al menos evitaríamos los golpes. Funcionó. Fue dormir con nosotros y el nano se despertaba, nos abrazaba, pero no gritaba. Mano de santo, oigan.
      La mala suerte quiso que en una visita al pediatra, me preguntasen por el sueño del niño. Al responder yo que no dormía de un tirón, pero que al menos ya no gritaba en mitad de la noche, al pediatra en cuestión comenzó a girarle la cabeza cual niña del exorcista, soltando espumarajos, sapos y culebras por la boca mientras me condenaba por haber cedido al chantaje de mi hijo, por no saber educarle y consentirle los caprichos y por estar rompiendo mi matrimonio por no poder cumplir con las obligaciones derivadas del mismo.
       ¡Horror! Vuelta a convocar asamblea matrimonial. Intentos y más intentos de dormir al niño en su cama. Imposible. El matrimonio no sé, pero mi vida (siempre he querido ser la Bella Durmiente, pero para poder dormir cien años) sí corría peligro: necesitaba dormir. Por fin encontramos una solución razonable: ¡un colchón por turnos! Dormimos al niño en nuestra cama y luego lo pasamos a la suya. Lo probamos y funcionó. El niño se durmió y no se despertó ni siquiera al pasarlo a su cama. Todo iba tan perfectamente que decidimos ponernos al tema y… en mitad de la faena, un grito desgarrador en mitad de la noche, de nuevo carreras por el pasillo a oscuras pero esta vez con la dificultad añadida de ponernos la ropa mientras volábamos a callar al niño antes de que los vecinos avisasen a la policía. Acabamos con una nariz hinchada por pretender entrar por donde no había puerta, un dedo meñique roto al chocar con el marco de la puerta, el niño de nuevo a nuestra cama y la libido a los pies.
       ¿Qué me dicen de los comentarios sobre si lo llevas en brazos o no? Recuerdo a un transeúnte desconocido que se auto-otorgó la libertad de decirme que no tenía que llevar a mi hijo en brazos porque era demasiado mayor (ignoro si se refería al niño o a mí). Pero también hay quien opina que llevarlo en carrito es tan nocivo como no darle el pecho porque no crea vínculo. Y  ¿qué clase de madre soportaría no tener vínculo con su hijo?
       Ni qué decir de los partidarios de la educación tradicional con cachete a tiempo incluido o los partidarios de la felicidad del niño ante todo.
       ¿Y cuando llega al colegio? Entonces entran también los profesores a opinar. Que si sobreproteges al niño, que si pasas de él, que si le apuntas a demasiadas extraescolares, que si no lo estimulas lo suficiente, que si los deberes son asunto del niño, que si no te responsabilizas de que los haga…
      ¡Basta ya! Esto de ser padres es muy difícil y no ayudan nada con tanto consejo contradictorio y tanta moda para ganar dinero vendiendo libros que no pueden proporcionarnos sentido común. Sean prudentes, por favor, nadie sabe con exactitud por qué hemos tomado una determinada decisión como padres, porque nadie está en nuestra piel, pero créannos, podemos ser unos zopencos redomados, unos ignorantes, un producto deformado de la sociedad en la que vivimos, o tan pésimas personas como ustedes quieran decir que somos, pero queremos a nuestros hijos y hacemos lo que, en cada momento, creemos que es lo mejor para ellos y, si nos equivocamos, créannos, somos los primeros en auto-fustigarnos y en padecer las consecuencias.
       Así que, por favor, los consejos no pedidos, guárdenselos y las modas, úsenlas para el vestir. Gracias.

lunes, 24 de agosto de 2015

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

      ¿Se imaginan ustedes que la selección española de fútbol fuera campeona del mundo otra vez y que en las noticias de La 1 dieran la noticia, en la sección de deportes,  y el relato durara alrededor de dos minutos? No ¿verdad? Es impensable. Y lo es porque no se llega a ser campeón del mundo todos los días, ni siquiera todos los años, porque no es fácil ser campeón del mundo y, por tanto, representa una gesta.
       El deportista que llega a ser campeón del mundo ha sido el mejor preparado física y mentalmente de entre todos sus rivales. Ha demostrado ser más fuerte y tener más resistencia física y mental. Ha demostrado tener una mejor estrategia, ser más inteligente y adaptarse mejor a las exigencias de cada momento de la competición. Y la noticia debería dar cuenta de todo ello.
       Además es una alegría para todos que un, o unos compatriotas sea los mejores del mundo.  Es una satisfacción porque, como país, invertimos mucho dinero en la formación y desarrollo de nuestros deportistas, porque llevarlos a un campeonato del mundo cuesta mucho dinero y, en concreto, en este país, no andamos sobrados, así que nos supone un grandísimo esfuerzo que, sentimos bien invertido en ese momento. Nos hace sentirnos orgullosos.  Así que damos por bien empleado el tiempo y el dinero y nos gusta escuchar todo lo ocurrido durante la competición, saber qué ocurrió, cómo resolvieron los problemas y, sobre todo nos emociona compartir, aunque sea por televisión, los momentos de celebración y euforia.
       Dicho esto, yo entiendo que el fútbol es el deporte que más dinero y emociones mueve, pero pongamos las cosas en su sitio:
       Que Miguel Ángel López haya sido campeón del mundo en 20km Marcha es infinitamente más importante que la llegada del F.C. Barcelona al hotel de Bilbao donde ayer jugó; o que el Real Madrid C.F. hiciera lo propio en Gijón. Bastante más importante que el hecho de que no sé qué club jugara de nuevo en primera división y más importante que los resultados de la jornada anterior de la liga. Así que el lugar dedicado a dar tan importantísima noticia y el hecho de que le dedicaran menos de cinco minutos a comentarla y apenas unos segundos a las imágenes de una prueba que duró 1 hora y 19 minutos y 14 segundos y que, además, supone un récord personal, es, fundamentalmente, INSULTANTE.
       Resulta un desprecio al atleta, a su deporte, a su entrenador y a todos los españoles. Además de resultar discriminatorio e indignante por tratarse de una televisión que pagamos entre todos. Todos los deportistas son iguales y su esfuerzo merece la misma recompensa de reconocimiento público.

lunes, 6 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS III

     El procedimiento

       Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
       El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
       Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
       En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
       Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
       En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
       Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
       El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
       El acosador permitirá a sus alumnos “favoritos” (porque los tiene, recuerden que no es ni un maestro ni un ser humano que pretenda ser maestro, solamente quiere ganar un dinero y hacerse pasar por humano) que se comporten mal con la víctima, que le insulten y le vejen. Al fin y al cabo, se lo merece porque es el otro, el diferente, el nocivo y ellos tienen derecho a defenderse, no vaya a ser que les contagie la diferencia. Así hace escuela y ya no tiene que ensuciarse las manos con el maltrato, ya ha conseguido que otros le maltraten por él.
       Poco a poco se teje en torno a la víctima un clima de malos tratos físicos y psicológicos, de aislamiento, de justificaciones buscadas y encontradas a propósito, de despropósitos y acusaciones absurdas, de dolor y soledad, de manera que su vida se va convirtiendo en un infierno del que no puede salir, del que no es fácil encontrar la salida, una salida digna.

domingo, 5 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS II

La creación del ambiente propicio.

Pongan ustedes en un colegio a uno de esos profesores eternos aspirantes a ser humano de los que hablaba en el otro artículo. Rodéenlo de profesores irresponsables o canallas que se dedican a mirar hacia otro lado ante las actuaciones del compañero que nunca llegará a ser humano. Y, como por arte de magia, tendrán ustedes el paraíso de los acosadores.
Ahora sólo tienen que colocar en la clase asignada al que tampoco merece ser llamado profesor, a un niño cuyas capacidades no entren en la cuña de la media, o que tenga alguna discapacidad física o sensorial, que tenga el síndrome de Asperger, o que tenga un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o que sea inmaduro, o de una etnia maldita, o que provenga de un país maldito, o que esté viviendo un duelo, o que sea adoptado, o que en su casa algo no funcione bien, o que tenga limitadas sus habilidades sociales o que sea muy tímido… Déjenlos convivir unos cinco minutos en el aula y serán testigos de la gestación del acoso escolar.
Y es que todos tenemos nuestras manías (ésas que según el dicho popular, no curan los médicos), nuestros miedos inconfesables y nuestros prejuicios, sólo que algunos los controlamos y mantenemos a raya porque son nuestros y nadie, y menos aún un niño, tiene por qué cargar con nuestros miedos, manías o prejuicios o ser la víctima de ellos.
Sin embargo, el profesor que sólo ha logrado tener apariencia humana, encontrará a su víctima, aquél al que no puede soportar ver y dirigirá toda su mala leche alienígena contra el desafortunado. Da igual lo que haga la víctima, es más, mejor que no haga nada que pueda demostrar que su profesor está equivocado, porque aún cargará con más furia contra él.

jueves, 29 de agosto de 2013

DESPRECIO INTELECTUAL

Viniendo, como vengo, de una familia en la que todos –menos yo-  son de ciencias, estoy más que acostumbrada a escuchar el consabido “El que vale, a ciencias y el que no, a letras” así que ya estoy inmunizada contra ese tipo de comentarios. Por eso, ayer me limité a sonreír cuando alguien se metió en tremendo berenjenal e, intentando ensalzar la asignatura que estaba preparando y a sus futuros alumnos, comentó que éstos eran ingenieros técnicos, no filólogos...
Mi pregunta “¿Qué tienes tú contra los filólogos?” formulada sin ninguna acritud y todavía con la media sonrisa puesta, le hizo caer en la cuenta de la metedura de pata. Seguimos hablando: ella no tenía ni idea de lo que se estudia en Filología, como yo no la tengo de lo que se estudia en una Ingeniería. La diferencia entre nosotras radica en que yo no pienso que lo que se estudie allí sea fácil, baladí o inútil y, obviamente, ella sí.
Ella comenzó basando su argumentación sobre la supuesta facilidad con la que se puede obtener el título de filólogo en la supuesta también subjetividad de los conocimientos impartidos en Filología y que amplió, en busca de salida rápida del berenjenal, a Historia o Filosofía (que, para más inri, son, siempre según ella, estudios básicamente memorísticos), frente a la objetividad de los datos en una ingeniería. Por supuesto, respondí y lo hice con una calma y pedagogía que hasta a mí me sorprendió, la verdad.
Ya empezamos desde puntos de partida distantes:
Ni considero que sean estudios básicamente memorísticos, ni creo que memorizar sea fácil. Lo será para quien tenga una memoria impresionante y ganas de invertir su tiempo memorizando datos, pero si no se dan ambas cuestiones, memorizar puede ser una tortura. Es más, yo reconozco haber memorizado todos y cada uno de los resultados de los problemas del libro de Física de 2º de B.U.P. pero se debía a mi absoluta incapacidad para entender la Física, no a que esos estudios fuesen “básicamente memorísticos”  y menos aún se me ocurriría de tacharlos de fáciles.
Pero es que además, y si me centro en lo que conozco, que es la Filología, sus estudios se basan en unos códigos que hay que interpretar, como todos los estudios, vaya. Así que de igual modo que, donde yo veo una sucesión de letras, números y otros signos sin sentido alguno y colocados, al parecer, de forma aleatoria, ella ve un código que transmite una orden para que una máquina actúe de una determinada manera, donde ella sólo ve una sucesión de palabras colocadas de una forma más o menos armoniosa (si es que es capaz de detectar la armonía), yo veo un código que transmite un mensaje que va a modificar la conducta, la percepción o la voluntad del que lo recibe.
En cualquier caso, para poder interpretar los códigos se necesita en principio cierta estructura mental, y después, años de estudio que nos permitan conocer los mencionados códigos.
Entonces surgió lo que yo creo que es el verdadero origen de su pensamiento: ella suspendió (muy suspendido) un examen sobre un comentario de texto cuando el "más zopenco" de su clase sacó un notable, y ella sólo encuentra justificación para tal injusticia en el hecho de que ella redacta mal y él redactaba bien y, como un comentario de texto es subjetivo, le convenció más al profesor el examen del susodicho "zopenco". De ahí su rabia y desprecio, supongo yo, hacia lo subjetivo.  
Miren, fue el único momento en que se me borró la sonrisa condescendiente de los labios y mi tono adquirió la firmeza que, en mi humilde opinión, merecía la respuesta:
-Jamás me han suspendido un comentario de texto por opinar distinto a como opinaba el profesor y jamás he suspendido a un alumno por no estar de acuerdo con su opinión. Cualquier opinión, si está lo suficientemente argumentada, es válida, la compartamos o no. Evidentemente, una buena redacción ayuda mucho a entender el hilo de la argumentación y una mala redacción, probablemente, sea pobre en argumentos y explicaciones. Es como si uno se dejase las operaciones sin resolver sólo porque ya las ha planteado. En cualquier caso, para hacer un comentario de texto, sólo hay que saber leer e interpretar el código que hay escrito y una muchacha en una fuente siempre ha significado lo mismo porque así lo decidimos los humanos en su día, de igual modo que, también en su día, decidimos que a 3’141592 le llamaríamos π.
Una de las cosas que aprendí en Filología y que me hizo crecer como ser humano es el respeto hacia el otro. Lo aprendí como se aprenden las cosas realmente importantes de la vida, a través del ejemplo. Mis profesores más sabios eran, a la vez, los más respetuosos  (incluso con los alumnos de primer curso, de quienes también he oído menosprecios). Denigrar cualquier estudio, oficio o habilidad, dice muy poco de quien lo hace, y lo poco que dice no es nada halagüeño.