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martes, 2 de octubre de 2018

RECUPERANDO PALABRAS PERDIDAS

No hay nada que me guste más que las palabras, ni siquiera el chocolate. Las palabras son la base de nuestra comunicación, las herramientas con las que explicamos el mundo, el material con que expresamos nuestras emociones…

Me gustan tanto que he hecho de ellas mi profesión y trato de transmitirles ese amor y respeto a mis hijos, así que, en muchas ocasiones, hablamos de las palabras, de su significado, de su uso…

La semana pasada, el pequeño, que tiene ocho años, me sometió a una batalla dialéctica en cuatro asaltos:


PRIMER ASALTO:

Domingo por la tarde al salir de la ducha.

-Mamá, necesito hablar contigo en privado. ¿Puedes venir?

-Claro, dime.

-Ven, pasa. Siéntate –me ordenó señalándome la tapa cerrada del váter mientras él se iba secando–. No quiero que te enfades, pero es que necesito saber qué significan unas palabras, pero, claro, si no te las digo, tú no puedes saber cuáles son y el caso es que yo no puedo decirlas, así que tenemos un problema. He pensado que si te las digo para que sepas cuáles son y me digas qué significan, no es muy grave, pero, por favor, no te enfades ¿vale?

Yo me puse el chubasquero temiéndome lo peor ante tal circunloquio.

-Vale, dime –le animé tranquilizándole ante lo que él imaginaba mi reacción iracunda.

-No te enfadarás, ¿verdad?

-No, pregúntame, anda.

-Mamá –me dijo–, ¿qué significa “gilipollas”?

Yo le expliqué y él continuó:

-¿Y qué significa “puta”?

Y “puto”, y “cabrón” y “cojones”, fue preguntando cada vez que yo respondía, lo más asépticamente posible, a cada una de sus dudas hasta que concluyó el asalto con un:

-¡Gracias, mamá!


SEGUNDO ASALTO:

Lunes a mediodía regresando a casa en el coche, él sentado en el asiento de atrás; yo, conduciendo.

-Mamá, tengo que contarte una cosa. Sé que no te va a gustar pero te lo tengo que contar porque creo que tú, como mi madre que eres, debes estar informada de las cosas que yo escucho, así que te las voy a decir, pero no te enfades porque solo te las digo para que las sepas.

Yo no sabía si reír o echarme a temblar mientras procuraba que él no apreciase ninguna reacción en mi cara a través del espejo retrovisor y me preparaba para escuchar la ristra de palabrotas que, por segundo día consecutivo, mi hijo había encontrado la fórmula para poder soltarlas de golpe sin ser castigado.

Y, efectivamente, las fue colocando de canto para que cupieran más y cuando terminó de soltar sapos y culebras por esa boquita para que “yo estuviera enterada, como madre suya que soy, de lo que él escucha”, le conminé a contárselo a su tutora si esas palabras le ofendían.

-No, mamá. Si a mí no me ofenden. ¡Qué va!

-¡Ah, vale! Pues si no te ofenden, no he dicho nada.

-No me ofenden porque no me las dicen a mí pero si alguien me dijera…

Y comenzó de nuevo con la retahíla de tacos al por mayor para, sin solución de continuidad pasar a enumerar otra serie de insultos que él proferiría contra aquél que osase agredirle verbalmente.

-“Schissst”. No puedes decirle todo eso a nadie porque, entonces, te pones a su nivel y pierdes la razón que podías tener.

-¿Ah, no? ¿Entonces qué quieres que haga, que dejen que me insulten y yo me quede mirando sin hacer nada? Porque yo tengo muy mala leche cuando me enfado. Se dice mal genio, lo sé, pero cuando estás enfadado es mejor decir mala leche porque suena peor y se asustan más.

-No, cariño, no pretendo eso. Si alguien te insulta, tienes dos opciones: si no te ofende, te das media vuelta y pasas de esa persona porque, como decía mi abuelita, “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”; y, si te ofende, se lo dices a tu tutora y que ella lo castigue como la profesora manda –iba a decir como “dios manda” pero en el último momento recordé su conversación con mi madre el domingo a mediodía sobre asuntos celestiales y decidí que era mejor cambiar al sujeto que manda y no liarla más.

-Si la profesora manda ponerle dieciocho partes, me parecerá bien –se conformó todo chulito él.

-Bueno, el número de partes dependerá de la gravedad del asunto ¿no crees?

Y así acabó el segundo asalto.


TERCER ASALTO:

Martes por la tarde. En el coche, camino de su clase de batería. Para variar, me pidió que le pusiera su canción pero como era la quinta vez en menos de dos horas que iba a escuchar Ain’t it fun de Guns and roses y temía no poder sobrevivir a ello (la escuchamos cada vez que subimos al coche) le pedí que me dejara poner la radio hasta el primer semáforo y luego le ponía el disco. En qué mala hora se me ocurrió tal pacto. Sonaba La ventana, el programa de la Cadena Ser, y estaban comentando el penúltimo audio filtrado de las conversaciones de la ministra de justicia y el ex - comisario Villarejo.

-Mamá, ¿qué significa “maricón”? –atacó esta vez sin preámbulos.

Le contesté maldiciendo mentalmente el momento en que no quise escuchar su canción favorita de la temporada.

-Si a mí me llaman eso, bueno, no me ofendería porque no lo soy, pero si me ofendiese…

Hala, de nuevo la retahíla de sapos y culebras escupidos.

-Que no, que no puedes contestar esas palabrotas porque te pones a su nivel.

-¿Pues qué digo?

Esta es la mía, pensé:

-Puedes decirle: “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, así que no la digas”.

-¿Qué significa “no tener ni pajolera idea”?

-Que ignora lo que significa, que no sabe qué significa esa palabra.

-Mamá, la mayoría de la gente diría “no tienes ni puta idea”. Lo sabes ¿no?

-Ya, bueno, pero esa es una expresión soez y nosotros no la usamos.

-Vale. ¿Entonces puedo decir “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, ignorante”? ¿No me castigarán?

-No, porque no has dicho ningún taco.

-Vale. ¿Y si quiero llamar a alguien “gilipollas”, cómo le puedo llamar para que no me castiguen?

-Mentecato.

-¿Y si le quiero llamar “imbécil”?

-Cretino.

-¿Y alguna palabra más?

-Petimetre.

-Gracias, mamá.


CUARTO ASALTO:

Miércoles por la mañana camino del colegio:

-Mamá, ¿repasamos las palabras que puedo decir? Pajolera idea, ignorante, cretino, mentecato y ¿cómo era la otra?

-Petimetre.

-¡Ah, vale! Gracias.

Nota: Avisar a la tutora del rescate de palabras perdidas.

lunes, 8 de febrero de 2016

¿CÓMO CONSEGUIR QUE LOS NIÑOS PRONUNCIEN CORRECTAMENTE?

      Ya sé que ésta no es una entrada como a las que os tengo acostumbrados, pero es que el otro día me dijeron que por qué no patentaba el método y he pensado que, en vez de eso por qué no compartirlo con vosotros.
      Todos conocemos algún niño que no es capaz de pronunciar bien algunos sonidos. Lo que habitualmente hacemos padres y profesores es pronunciar correctamente la palabra para que el niño la repita. Pero no siempre es fácil ni sale a la primera y, como el niño sea pundonoroso, la hemos liado porque se negará a repetirla.
      Bueno, pues como yo me he encontrado a muchos niños pundonorosos a lo largo de mi vida como maestra, tía y, finalmente, madre, he ideado un sistema que funciona y que hace que el niño aprenda solo y se corrija sin tener que repetir la palabra maldita.
      El sistema se basa en mis estudios de fonología. La mayor parte de estos errores fonéticos se producen porque el niño no sabe dónde articular el sonido. Me explico, los sonidos se describen atendiendo a unos rasgos distintivos que los hacen diferentes unos de otros. Unos tienen que ver con la participación o no de las fosas nasales en la emisión del sonido (sonidos nasales u orales); otros con la vibración o no de las cuerdas vocales (sonidos sordos o sonoros); otros en cómo pasa el aire a través de los distintos órganos cuando emitimos el sonido (sonidos oclusivos, fricativos, africados, laterales o vibrantes); y, por último, dónde se articula ese sonido, es decir, qué órganos intervienen para producirlo (sonidos bilabiales, labiodentales, alveolares, dentales, o velares).
      Éste último grupo es el que lleva a error casi siempre, porque los niños no confunden sonidos orales con nasales (a menos que estén resfriados), ni sonidos sordos con sonidos sonoros (jueco en vez de juego), ni sonidos en los que el aire, por ejemplo, primero encuentra un obstáculo y luego pasa libre, con sonidos en los que el aire pasa rozando, (tuego en vez de juego). No. El problema se da cuando dos sonidos son casi iguales salvo por el pequeño detalle de que no se articula en ese sitio: por ejemplo dicen juebo en vez de juego.
      Por eso, si sabemos dónde se articula el sonido, basta con señalar el punto concreto con la mano a los niños, ellos buscarán ese punto y pronunciarán correctamente. Pero lo mejor de todo es que cada vez que vayan a pronunciar ese sonido, y hasta que lo dominen, los veréis colocar sus dedos en ese punto y pronunciar el sonido a la perfección.
      Os dejo la lista de signos que uso yo para que lo probéis y ya me diréis el resultado:

  • Para pronunciar los sonidos /m/, /b/, /p/: llevarse la mano a los labios cerrados mientras se pronuncian.
  • Para pronunciar el sonido /f/: llevarse el dedo índice al labio inferior mientras se pronuncia para que el niño sienta el aire sobre el dedo.
  • Para pronunciar el sonido /ϑ / de zapatilla, cera o cielo: simular que cogemos nuestra lengua con dos dedos, mientras pronunciamos el sonido.
  • Para pronunciar los sonidos /t/ y /d/: tocar con el dedo índice los dientes superiores cuando pronunciamos el sonido.
  • Para pronunciar los sonidos /l/, /r/, /s/ y /n/: señalar con el índice dentro de la boca bien abierta para que el niño vea dónde se coloca la lengua.
  • Y para pronunciar los sonidos /g/ de gato o guiso, /k/ de casa o queso y /x/ de jamón o gente: llevar los dedos al cuello y colocarlos en la garganta mientras pronunciamos el sonido.

      No os preocupéis si os parecen muchos gestos. Mi experiencia es que las confusiones más comunes son las del primer y último punto, con lo que los niños sólo tendrán que poner sus dedos en los labios o en la garganta.
      Espero que os sea útil.