viernes, 2 de septiembre de 2016

ESCENA OCTAVA O DE CÓMO LA ALEGRÍA DE LAS PEQUEÑAS COSAS ACABA IMPONIÉNDOSE

      No me he reído mucho durante estas vacaciones, la verdad. He hablado bien poco, he escrito contándoles lo que veía y me he dedicado a observar una realidad que no me gusta pero que convive conmigo, aunque en invierno permanece oculta. Ahora entiendo algo mejor este país, la verdad. Sin embargo, echaba de menos la risa. Tras leer el artículo de Luis García Montero (@lgm_com) y regresar a tierras conocidas, la risa llegó sola.
      Volvíamos a casa por un camino rodeado de naranjos. Era de noche y la luna estaba en cuarto menguante. Llevábamos las linternas de los móviles para alumbrar el camino y evitar, tanto que cayéramos a las acequias, como que pisáramos algún excremento canino. De repente, mi linterna iluminó a una cucaracha que cruzaba delante de nuestros pies. Mi hijo mayor comenzó a manifestar su aversión hacia el animalito en cuestión de todas las maneras imaginables.
      Resulta curioso cómo las cucarachas son unos insectos que provocan aversión a un gran número de personas. Y eso que convivimos con ellas en multitud de espacios y nos las encontramos más veces de las que quisiéramos. De hecho, todos sabemos de su preferencia por pasear de noche y en solitario, de su rapidez para huir de nuestros pies y de cuantos artilugios inventemos para acabar con su vida, de su capacidad para encontrar escondites inexpugnables…
      A pesar de que les gusta pasear en solitario, no son seres asociales. Dicen los expertos que toman sus decisiones basándose en las necesidades del grupo. Así que yo las imagino como un grupo homogéneo y organizado, capaz de aprender y adaptarse. Y cuando las veo huir con tanta precisión y encontrar a la primera el recoveco por el que esconderse, no puedo menos que pensar que tienen algún mando militar que las entrena en técnicas de supervivencia y las prepara físicamente para que, llegado el momento de ser descubiertas por un humano, sean capaces de ejecutar ordenadamente todo lo aprendido y lograr escapar con vida.
      Dicen que solo tienen actividad nocturna, pero yo no lo creo. Creo que durante el día están dentro de sus guaridas entrenándose duramente para sobrevivirnos. Y, por cierto, desconfíen de una cucaracha panza arriba. Han aprendido a simular su muerte para que las dejemos en paz.
      Bueno, sigo con mi relato. Vimos cruzar a aquella cucaracha, rauda y veloz, por delante de nuestros pies y el camino dejó de ser un plácido paseo nocturno para convertirse en un calvario para él y el momento más divertido de todo el verano para mí.
      Me pasé todo el trayecto hasta casa iluminando, a cada poco, cualquier mancha sobre el asfalto a la voz de: “¡Una cucaracha!” Lo que provocaba una respuesta inmediata de mi hijo en forma de aspavientos y palabras, primero de asco, después, al comprobar que era una falsa alarma, de protesta.
      Una de las veces, en pleno ataque de aspavientos y movimientos involuntarios provocados por el miedo y el asco a partes iguales, mi hijo acabó de espaldas al sentido de la marcha, brazos en alto y moviendo sus pies en saltitos de derecha a izquierda mientras yo le iluminaba los pies, de forma que parecía ejecutar un baile que consistiera en sortear el haz de luz. Fue entonces cuando una segunda –y última– cucaracha apareció en escena. Se movía rápido para cruzar la carretera por detrás de mi hijo. Pero al verlo bailar, comenzó a moverse a un lado y a otro, nerviosa, desesperada, buscando rápidamente la forma de salir indemne. Pero siempre se hallaba con un pie del niño taponándole la huída. Entonces se detuvo. Respiró profundamente y cerró sus antenas buscando aislarse del mundo para concentrarse mejor. Las palabras de su maestro vinieron entonces a su mente. Analizó los movimientos del pequeño humano y comprendió la jugada: derecha izquierda, derecha izquierda, derecha derecha izquierda y vuelta a empezar. Puso en marcha todo lo aprendido durante sus horas de entrenamiento bajo las órdenes del Coronel Cucaracha y ejecutó a la perfección su plan de huida: se alejó como un palmo de los talones del muchacho y comenzó a correr en línea recta hacia la cuneta.
      En ese momento, mi hijo, ajeno a todo lo que ocurría tras él y por razones ignotas, decidió dar un pequeño paso hacia atrás con su pie derecho. Al apoyarlo en el suelo, sonó un leve crujido que conmovió a la noche y a todas sus criaturas y las sumió en el silencio.
      -¿Qué ha sido eso? –preguntó.
      -Espera y verás –le dijimos.
      Nos alejamos un poco, apagamos las linternas y unos minutos después, bajo la leve luz de la luna, vimos aparecer, desde nuestro escondite, al Coronel Cucaracha, quien se acercó al cadáver aplastado de su mejor recluta y llamó al resto de la compañía que se aproximó en silencio y, tras presentar sus respetos a la compañera caída, iniciaron una comitiva fúnebre portando a sus espaldas los restos mortales de la víctima.
      Nosotros, nos fuimos de allí tan rápido como pudimos y sin dejar rastro para evitar que nuestro hijo fuera juzgado por un tribunal cucarachil. Y desde entonces vivimos escondidos como cualquier otro prófugo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

ESCENA SÉPTIMA O DEL RELATO DE UNAS VACACIONES EN LAS QUE CUPO DE TODO

      De mi viaje por Asturias y Galicia recordaré siempre dos cosas:
      Los ojos amables de la señora Celia, la dueña del restaurante Riobo en Vilaboa, provincia de Pontevedra; y el rato que estuvimos esperando a que nos atendiera la chica de la oficina de turismo de Castropol (Asturias).
      Los primeros porque se mantienen fieles a sí mismos a lo largo de los años; porque en ellos se muestra toda la bondad y sabiduría de una mujer que siempre ha trabajado duro, que ama su trabajo y lo hace con tanto esmero y cuidado que, al parecer, no somos los únicos en recorrer cientos de kilómetros para ir a verla. Ya no nos puede dar de comer, se ha jubilado con todo el derecho del mundo, pero en nuestro corazón, Galicia estará siempre unida a ella, su sonrisa, sus ojos, su cariño y su comida.
      El segundo porque, sin duda fue el momento más divertido del viaje. Por fin un día logramos salir antes de las diez de la mañana del hotel, que llegamos sobre las 10:15 a nuestro destino, buena hora para realizar las actividades previstas, en este caso acuáticas. Estábamos contentos y llenos de expectativas. Sin embargo, llegamos al destino, aparcamos el coche y nos dirigimos al puerto bajando una cuesta que auguraba un regreso temible. Alcanzamos el puerto justo frente a una señal que indicaba que la oficina de turismo estaba a nuestra derecha. No había nadie más en el puerto. Si acaso unos bares abiertos pero nadie en las terrazas. Emprendimos el camino de la derecha.
      A cada poco los niños se abalanzaban sobre el pretil porque un pez había llamado su atención. Discutían sobre qué especie de pez era. Seguían su camino tras recordarnos que querían pescar y que no les afectaba lo más mínimo nuestra advertencia de que tendrían que desenganchar al pez del anzuelo, una vez muerto, limpiarlo, quitarle las tripas y cocinarlo. Es más, ¿acaso dudábamos de que lo iban a hacer? Terrible pregunta que mejor que fuera retórica porque cualquier respuesta era mala. Un poco más adelante fueron los cangrejos quienes llamaron su atención. Y así fuimos caminando durante algo más de media hora, entre pasos y paradas, bajo un sol que ya picaba y un camino que, salvo a bordear Castropol, no parecía que fuera a conducirnos a ningún otro sitio. Los niños empezaron a impacientarse y nosotros a temer que la caminata fuera en balde y viendo cómo se esfumaban las posibilidades de hacer nada de la misma manera que se había esfumado nuestro tiempo.
      Cuando ya pensábamos en volver sobre nuestros pasos y volver a enfrentarnos a los cangrejos, peces e islas desaparecidas por la subida de la marea, nos adelantó una mujer que corría por vocación, no por necesidad. Le preguntamos y nos indicó que siguiéramos adelante, que ya quedaba poco, como un kilómetro más o menos. Que teníamos que subir un repecho y, frente a un restaurante, encontraríamos la oficina de turismo. Reanudamos, pues, la marcha ya sin tanta alegría, con más discusiones y teniendo que arrastrar al pequeño que ya sólo quería pescar.
      Subimos el repecho, dimos con el restaurante y descubrimos que habíamos pasado por delante de la oficina de turismo con el coche antes de aparcar arriba, casi en las nubes. Nos dirigimos a ella pensando que sólo habíamos perdido tres cuartos de hora y riéndonos de nuestra ceguera. Era una caseta de madera dejada caer sobre el césped de un parque de manera que el mostrador en el que se atendía asomaba justo sobre la acera de aproximadamente medio metro de ancho. Y allí estaba ella. La mujer a la que estaba atendiendo la amable muchacha.
      Nos detuvimos entre dos coches aparcados, dejando una distancia prudencial y sobre un charco que hizo las delicias de los niños que empezaron jugando a saltar sobre él y acabaron enfadados y saltando dentro de él para mojar al otro porque “mira lo que me ha hecho”.
      Al cabo de un cuarto de hora de no saber qué hacer con el maldito charco que no se secaba a pesar del sol que empezaba a ser de justicia y de esperar en vano a que nos tocara el turno, empezamos a hablar lo suficientemente alto para que se dieran cuenta de que había cola; después a azuzar a los niños para que molestaran y, por último, a mirar alrededor para descubrir la cámara oculta. No la descubrimos. Sin embargo, descubrimos un coche grande y negro que estaba aparcado a unos diez metros de nosotros, al sol y con el motor encendido. Dentro, había un hombre y dos niños de entre ocho y diez años. El hombre miraba hacia la caseta de turismo insistentemente, los niños parecían jugar con unas tabletas.
      No sé cuánto tiempo después, el hombre, paró el motor, se apeó del coche, miró hacia las dos mujeres que seguían haciendo planes para lo menos ya una semana, carraspeó. Al cabo de unos minutos tosió. Visto que no obtenía respuesta alguna por parte de las mujeres, que ni se dignaron a mirarle, subió de nuevo al coche, arrancó el motor e inició la marcha atrás para desaparcar, luego movió el coche de manera que quedó a la sombra, apagó el motor y se puso a ojear un folleto.
      La turista debía tener una memoria de elefante porque no tomaba nota de todas las posibilidades, indicaciones y fechas que le sugería la otra y llevábamos nosotros más de media hora esperando, ellas ni sé cuánto hablando.
      Los niños del coche empezaron a pelearse. El hombre sacó a uno y se quedó con él a la sombra. El otro empezó a bramar. El hombre lo sacó del coche y metió al primero que, muy enfadado, comenzó a golpear las ventanillas, así que volvió a sacar al chiquillo, los dejó a los dos en la sombra, entró él al coche y se encerró.
      Unos momentos después apareció una pareja, probablemente, de jubilados. La mujer nos preguntó si esperábamos para ser atendidos. Le dijimos que sí, aunque igual perecíamos en el intento porque llevábamos más de cuarenta minutos de espera. La cara de terror del hombre fue tal que huyó despavorido llevándose de la mano a la esposa que no paraba de santiguarse mientras huía.
      Nuestros hijos andaban entretenidos observando a los otros niños que igual que ellos se amaban y odiaban a partes iguales y dividían su tiempo de espera entre jugar y pelearse, exactamente igual que ellos. Nosotros observábamos al hombre que se revolvía constantemente en su asiento. Bajó varias veces la ventanilla, llamó a su esposa otras tantas, quien lo ignoró las mismas veces porque bastante tenía con anotar mentalmente la inmensa cantidad de datos que la muchacha le vomitaba sin cesar.
      El hombre inició un balanceo rítmico, su cabeza comenzó a girar y estaba a punto de empezar a soltar espumarajos por su boca cuando decidió, en un ataque de cordura, volver a salir del coche. Amagó un acercamiento, pero desistió del intento repelido por la multitud de palabras, cifras, días de la semana y demás datos que envolvían a ambas mujeres. Un sonido gutural que reclamaba auxilio salió de sus labios y logró llegar a oídos de su esposa con la suficiente urgencia como para llamar su atención. Ella miró, vio todo en orden y siguió atendiendo cual alumna ávida de saber.
      El hombre se desesperó. Miró hacia todos lados, tanteó varias ramas de árbol hasta que encontró una que le gustó porque no cedía bajo su peso. Se dirigió al maletero de su coche, rebuscó desesperadamente pero no halló lo que buscaba. Sus ojos, al emerger, reflejaban la desolación más absoluta. Intentó despeñarse por el bordillo, pero no era lo suficientemente alto y ni siquiera se dobló el tobillo. Se arrodilló en el suelo, alzó ambas manos juntándolas en ángulo de noventa grados sobre su vientre y las llevó con fuerza hacia sí, pero la espada imaginaria sólo causó nuestras miradas compasivas. Llevó sus manos hacia el cuello pero tampoco sirvió de nada porque sus dedos se agarrotaron antes de poder apretar. Cuando, con lágrimas de desesperación rodándole por las mejillas, comenzó a escribir en un papel una carta de despedida que tanto podría  tratarse de un testamento, como de un abandono o de un divorcio, la mujer dejó de preguntar y la muchacha de explicar, se despidieron y la esposa llegó junto a lo que quedaba de su esposo, sonrió victoriosa agitando alegremente los infinitos folletos y mapas y él se alzó enfurecido, subió al coche y arrancó marchándose de allí con una furia que nos dejó envueltos en una nube negra. Llevábamos una hora en cola.
      Mis hijos tal vez recordarán de nuestras vacaciones del 2016 a Kira, la perra con la que jugaban o la pesca que nunca realizaron, pero ése es otro relato que les tocará escribir a ellos.

lunes, 29 de agosto de 2016

ESCENA SEXTA O DE CÓMO LA CULTURA NOS LLEVA A LUGARES CONFORTABLES

      Anteayer llegó a mis manos este artículo de Luis García Montero: Culturas de España
      Lo leí con curiosidad durante uno de esos escasos momentos de paz que nos otorga el verano. Cuando llegué al final me invadió un sentimiento reconfortante, tierno. Respiré hondo y sonreí. Me sentí cercana a un desconocido que acababa de dejar de serlo para mí, porque había descubierto que compartíamos algo que, durante todo el verano, me había separado del resto de gente con la que me encontraba: una visión del mundo, una forma de entenderlo y, sobre todo, de vivirlo. Me reconocí en el amor hacia todas las lenguas y las culturas de España que se respira en ese artículo y que se concreta en los usos familiares de distintas expresiones.
      En mi familia comemos quesus y nos avisamos, felices, si por la ventanilla vemos vaques o muiños; mis hijos se han dormido al son de “El meu xiquet és l’amo” o bromeamos con que kalea no es el nombre de una sino de todas las calles de San Sebastián. Miro con cariño y orgullo materno a mis hijos y lo mismo les llamo alhaja, que perla del Turia a mi mayor o el mi guaje a mi pequeño mientras les aprieto los carrillos o les abrazo.
      Yo siempre he defendido que en todas las escuelas de España debería enseñarse la lengua y cultura de todos los pueblos que componemos este país; una asignatura que nos ayudara a entendernos, a aceptarnos y a respetarnos. Creo que es imprescindible que nuestros hijos sean capaces de aprovechar la riqueza de este país nuestro para sacarlo adelante sin malgastar las fuerzas en luchas intestinas.
      En abril, mi hijo mayor se entrevistó con el jefe de estudios del colegio al que irá el próximo curso, cuando empiece primero de E.S.O. El hombre se dirigió a mi hijo en castellano para saludarle. Mi hijo, que le había escuchado hablar con una profesora en valenciano, le preguntó en qué idioma prefería hablar. El profesor le contestó que en el que él quisiese y mi hijo contestó que él era bilingüe y le daba lo mismo uno que otro, que hablaría en el que el profesor se sintiese más cómodo. El jefe de estudios me miró sonriendo y yo fui la madre más orgullosa del mundo.
      Como lo fui en el castillo de Soutomaior, ante la mujer que había en la recepción, cuando mi hijo, que entonces tendría 8 años, le pidió que le falase en galego porque quería aprender ya que tenía un amigo gallego y quería sorprenderle.
      Si fuésemos capaces de ver riqueza en vez de problemas; si fuésemos capaces de ver oportunidades en vez de contratiempos; si la diversidad fuera una ventaja y no una amenaza, otro gallo nos cantara. Pero para eso, voces como la de Luis García Montero son las que deberíamos oír a diario, no las que oímos.
      Muchas gracias D. Luis por haber hecho del final de mi verano, un lugar confortable.

jueves, 25 de agosto de 2016

ESCENA QUINTA O DE CÓMO EL DEBATE SOBRE EL MACHISMO SE CUELA EN LA VIDA DIARIA

      Tras unos días de disfrutar de otros paisajes, regresamos al apartamento justo para asistir al último día de fiestas. Estaban disputando el torneo de dobles de tenis infantil. Todo parecía seguir en la misma línea que cuando nos marchamos: los jugadores, chicos; las animadoras, chicas; los entrenadores, padres; las avitualladoras, madres.
      De repente algo llama nuestra atención: ¡Hay chicas en la cancha! Contamos hasta seis chicas de la misma edad que los jugadores. Ninguno superaba los trece años. Ellas iban uniformadas –juraría que se habían puesto de acuerdo–, con un top y unas mallas deportivas cortas pero no llevaban raquetas. Sin embargo, se movían rítmicamente por la pista y cambiaban de sitio siguiendo un orden previamente establecido. Eran las recogepelotas. Los chicos que terminaban sus partidos se iban a la piscina o a jugar por ahí. Ellas permanecían en sus puestos solícitas a las órdenes de los nuevos muchachos que les pedían una pelota.
      Entonces se nos vinieron encima todos los comentarios, los artículos y las respuestas a los artículos que durante las olimpiadas han ido asaltando las redes sociales y que giraban en torno al tratamiento que reciben las deportistas en los medios de comunicación.
      Si ya es difícil practicar en este país cualquier deporte que no sea fútbol (tenis o baloncesto también son respetados aunque de lejos); si ya es complicado destacar –y más internacionalmente– en alguno de los deportes marginados, porque la exigencia del entrenamiento dificulta la compatibilización con otro trabajo y la exigüidad de las ayudas, que no sueldos, obliga a compatibilizarlos si uno quiere comer, las mujeres que han conseguido medallas olímpicas son heroínas que deberían merecer todo nuestro respeto.
      En una sociedad que relega a la mujer al rol de comparsa dentro de los deportes, la que practica algún deporte es rara avis y las que destacan internacionalmente, milagros de la naturaleza y ejemplo de constancia y esfuerzo a seguir.
      Y lo peor de todo es que en ningún momento he visto a esas niñas o mujeres incómodas en su papel, antes al contrario. Además, en concreto, las recogepelotas, vestidas todas iguales para la ocasión, me recordaban una y otra vez las imágenes y las palabras de una prensa deportiva que sólo ensalzaba una determinada concepción de la belleza física femenina. Que resulta paradójico –me decía mi Pepito Grillo particular–, que se les ponga como modelo a alcanzar el cuerpo esbelto y musculado de las deportistas, pero no se les muestre el esfuerzo y las horas de entrenamiento que hay detrás de ese cuerpo. Así se pasan la vida intentando estar delgadas y “buenorras” sin moverse de un banco de parque y con el único ejercicio de llevar pipas a la boca. Y luego se lamentan de no conseguirlo; y dejan de comer, o comen porquerías que alguien promete que adelgazan; y maldicen y critican a las que tienen el cuerpo de las revistas; y… Se sigue, en definitiva, fomentando el consumo femenino basándolo en la infelicidad que produce la necesidad de alcanzar metas inalcanzables impuestas por otros que, para colmo, ni siquiera son mujeres.
      No es de extrañar, pues, que esa mal-llamada prensa deportiva (que, creo, sólo era una prensa futbolera reciclada durante quince días) se dedicase a ningunear a unas mujeres que estaban –o no– consiguiendo éxitos (aunque llegar a una Olimpiada ya es un gran éxito). De esas mujeres impertinentes que se empeñan en contradecir la norma no escrita de servir al varón en cuantas necesidades pueda tener, sólo interesan sus cuerpos hermosos, si es que los tienen, si no, se las humilla sin compasión.
      Cuando, desolada, me alejé de las canchas de tenis, mi encontré con mi hijo pequeño junto a una niña de unos diez años que, sentada en un banco, se dedicaba a hacer pulseras. Mi hijo la miraba en silencio. De la nada apareció una pequeña de la edad del mío que le espetó, en un tono despótico y desagradable, que no vendían nada. Mi hijo vino a cobijarse a mis piernas mientras miraba desconcertado a la niña.
      ‒Ni él quiere comprar nada –contesté yo–. Sólo quiere aprender cómo se hacen ¿verdad? –Y
empujé levemente al niño hacia adelante para que se enfrentara a la situación.
       ‒Es que los niños no pueden estar aquí aprendiendo –dijo la niña con desparpajo–. A ellos los mandamos a recoger cosas por ahí y traérnoslas para que hagamos las pulseras.
       ‒¿Cosas? ¿Qué cosas? –me interesé yo.
       ‒Cosas. Lo que encuentren.
       ‒Basura –concluyó mi marido.
       ‒Reciclamos –le corrigió ella.
      Algo estamos haciendo mal, en algo nos estamos equivocando, cuando las niñas de seis años son las que llevan la voz cantante en las relaciones con sus compañeros masculinos y a los doce sólo son sus recogepelotas.

lunes, 22 de agosto de 2016

ESCENA CUARTA O DE CÓMO HE DESCUBIERTO QUE NO ENCAJO.

      Es verano, así que paso mis tardes en el apartamento de mi adolescencia junto con mi marido y mis hijos. La urbanización tendrá más de doscientas viviendas que habitan otras tantas familias, lo cual podría servir para observar distintos tipos humanos. Pues no. El único tipo humano distinto lo compone mi familia.
       Las tardes transcurren entre partidos de fútbol que juegan los varones y partidos de tenis que juegan los mismos. Las mujeres se limitan a animar y avituallar a sus maridos o vástagos. Si no hay partidos, se establecen corrillos (generalmente unisexuales) y se habla de no sé qué porque nunca estoy invitada a un corrillo y me enseñaron que es de mala educación meterse donde a una no la llaman.
       Las mujeres no hacen deporte. A lo sumo se van a caminar en grupos rosas. Tenía razón el dependiente del año pasado, si no me visto de rosa no soy mujer y no puedo caminar junto a otras mujeres porque desentono (leer entrada).
       Esta semana están de fiestas. Los hombres organizan los torneos de tenis, fútbol o natación en los que los participantes son todos masculinos. Los padres se realizan entrenando, animando y supervisando a sus hijos. Las madres les llevan el agua a los niños y a sus maridos que también juegan como si les fuera en ello la vida.
      Las madres se realizan preparando y ensayando la coreografía del playback, lo único en lo que participan las niñas. Luego, las visten y maquillan y disfrutan siendo las directoras desde abajo del escenario.
      Este año no hay ajedrez, pero eso a las niñas no les importa porque ya me explicaron el año pasado que el ajedrez es para listos porque hay que pensar así que es un juego de chicos y ellos ya tienen suficiente diversión. Ellas jugaban al parchís, pero este año no hay, así que se van al campo de fútbol o se sientan frente a las pistas de tenis para animar a sus amigos.
      Ha habido merienda para niños que han servido las madres que, como buenas progenitoras que son, han preparado también las manualidades que adornan las mesas y sus cuerpos.
      Mis hijos prefieren el baloncesto, pero, aunque hay cancha, no hay torneo. Mi marido no tiene ninguna intención de pelear por una pelota de fútbol como si tuviese doce años y a mí se me debe notar a la legua que no sé hacer manualidades y que prefiero estar jugando al baloncesto o a hacer el bobo en la piscina antes que estar detrás de mis hombres con el bocadillo o la botella de agua, de manera que vemos pasar los días desde nuestro rincón.

domingo, 21 de agosto de 2016

ESCENA TERCERA O DE CÓMO DONDE HAY PÍCAROS TAMBIÉN HAY QUIJOTES

      Yo tengo un gran amigo. Grande de tamaño (y menos mal que lo es, porque de no serlo, se habría quedado en nada tras entablar esta encarnizada lucha contra la enfermedad y su remedio) y grande en ternura, sabiduría y corazón. Se llama Vicent, san Vicent en mi casa.
       Vicent y yo nos conocimos gracias al Romancero y nuestros caminos han seguido sus versos antiguos pero recién transmitidos. Podría contar muchas cosas de él: lo bien que canta y que cuenta, todo lo que sabe, cómo encandila a niños y adultos con su música, cómo sabe encontrar el instrumento musical que vive en cualquier objeto… Podría hablar de su dulzura al hablar, de sus grandes manos que hipnotizan al que escucha, de sus barbas y su pelo que, a pesar de sus intentos, no logran asustar a los niños porque su sonrisa le da un aspecto bonachón. Pero voy a contar cómo Vicent llegó a convertirse en san Vicent porque es quizá el único momento de nuestra historia que yo no he vivido directamente y, no obstante, me parece el más tierno.
      Era el curso 2009/10. Mi hijo mayor tenía cinco años y cursaba tercero de infantil y a su colegio iban a ir a Trencaclosques o Rodamons, como queramos llamar al grupo en el que canta y cuenta Vicent. Nosotros en casa les llamábamos Trencaclosques, porque así los conocí. En ese momento el grupo lo componían, Eva, Laura, Teresa y Vicent. Lo supimos por ellos antes que por el colegio y se lo dijimos al chiquillo, que ya los conocía y que sentía un cariño muy especial, sobre todo hacia Vicent.
      El día de la actuación mi hijo estaba muy ilusionado y nervioso. Así que, según me contó su profesor, entró en clase diciendo que ese día iba a ir al colegio san Vicent. El tutor no sabía cómo explicarle a un niño de cinco años que era harto improbable que san Vicent (Ferrer o mártir, porque en Valencia son los primeros en venirnos a la cabeza) fuera a acudir a ningún sitio porque todos los santos que él conocía estaban muertos pero sin utilizar esa maldita palabra no fuera a ser que lo traumatizase. Lo intentó con todas las sutilezas posibles pero sólo lograba que el niño se empecinase más y más en que ese día iba a ir al colegio san Vicent porque su madre se lo había dicho. Me imagino las ganas que debía tener el profesor de pillarme por banda para sugerirme que dejase de contarle al niño historias de mitología y hagiografía que luego el niño andaba creyéndose la versión masculina de Bernadette.
      Por la tarde, de repente, se abrió la puerta del aula y apareció un hombretón de largas melena y barba, seguido por tres chicas más jóvenes. Un niño brincó de su asiento y, todo su rostro, una sonrisa, agitó los brazos mientras gritaba:
      -¡San Vicent!
      El hombretón se giró hacia el niño, sonrió y abrió los brazos mientras decía:
      -¡San Amic!
      Esa fue la contraseña que necesitaba el niño para correr hacia a él y fundirse en un abrazo.
      Desde entonces, Vicent está en los altares sin la intervención papal.
      Que haya gente como Laura, Teresa y san Vicent me reconcilia con este país en el que junto a los pícaros, conviven los quijotes como Trencaclosques dispuestos a pelear para mantener vivo aquello que nos ha hecho ser quienes somos y estar donde estamos.
      Gracias por ser y por estar i un bes molt gran per a tu, san Vicent.

jueves, 18 de agosto de 2016

ESCENA SEGUNDA O DE QUIÉN DECIDE LO QUE SE EMITE POR TELEVISIÓN

      La otra noche andaba yo leyendo mientras la televisión, ese aparato que habla sin necesidad de que le hagas caso, estaba emitiendo uno de esos programas veraniegos que no sé quién los inventa pero algún individuo que debe pensar que durante el verano sufrimos una transformación/atontamiento y no nos importa un pimiento tragarnos cualquier birria. Del programa sé poco. Se escuchaban risas por doquier, sólo eso.
      Sin embargo, de repente, sobre las risas escuché claramente un verso recitado por una voz femenina: “otro que le estoy bordando y otro que le bordaré”. Mis orejas se alzaron cual las de un perro de caza que detecta la presencia de una presa. Mis ojos se centraron en la pantalla. Una mujer mayor, sentada en el asiento más cercano a la escalera que separaba varias hileras de sillas y a la que una mujer joven y delgada, que estaba de pie sobre el escalón más cercano, le enchufaba el micrófono mientras se desternillaba, seguía recitando los versos del romance Las señas del esposo constantemente interrumpida por las risas de todo el público asistente, la presentadora y demás personal de la sala. Por si fuera poco, el programa que yo no estaba viendo y que, al parecer, se limitaba a poner vídeos de otros programas de los que reírse, le añadía risas enlatadas, con lo que seguir el curso del romance era harto complicado.
      Y ahí estábamos, unidas por un extraño hilo capaz de salvar el tiempo y la distancia, la mujer empecinada en recitar un romance y yo empecinada en escucharlo a pesar, ambas, de las risas ignorantes de quienes no sabían qué nos traíamos entre manos.
      Cuando la mujer desapareció de la pantalla, silenciada por quienes, incapaces de apreciar la joya que se les ofrecía gratuitamente, la despreciaban y se burlaban, me invadió una nostalgia indignada.        
      Recordé a mis compañeros de viaje durante mis años de investigación sobre el Romancero y les eché de menos. Nos imaginé juntos asistiendo, espantados a la escena; sintiendo el mismo pavor, desconcierto y furia que debió sentir don Quijote cuando quemaban sus libros.
      Y entre todos me acordé de ti, Vicent, que ni te imaginas la ilusión que me hace saber que me lees, pero eso merece otra entrada.