lunes, 11 de marzo de 2019

ESAS MUCHACHAS DE VIDA REGALADA

      Ya pasó el 8 de marzo y las calles de las principales ciudades se llenaron de miles de mujeres reclamando un mundo más igualitario.
      Sin embargo, leo con estupefacción en las redes sociales mensajes despectivos que comentan que quienes estuvieron allí, inundando las calles, plazas y avenidas eran chicas jóvenes que, según ellos, no han tenido un problema serio en su vida.
      Pues bien, esas muchachas de vida regalada de las que hablan, ya han salido a la calle en más de una ocasión y han sentido miedo al cruzarse con un hombre desconocido en un lugar solitario, han apretado los dientes y las llaves por si él decidía atacarlas.
      Esas muchachas de vida regalada ya han salido a divertirse y han sentido el asco de ser sobadas por manos desconocidas en la pista de baile aprovechando el anonimato que da la multitud.
      Esas muchachas de vida regalada han subido más de una vez a un transporte público y han sentido el asco de notar el cuerpo de un desconocido frotándose contra ellas o masturbándose mientras las mira con ojos lascivos. Y el terror al buscar en vano una mirada amiga en un vagón o autobús repleto de gente.
       Esas muchachas de vida regalada ya han visto a un hombre esperándolas desnudo al girar una esquina y han sentido esa mezcla de asco y terror por si no son lo suficientemente rápidas para huir de la escena.
       Esas muchachas de vida regalada ya han sentido la vergüenza de saberse un trozo de carne a los ojos de un degenerado que se relame pensando en las diferentes formas de comérsela.
       Esas muchachas de vida regalada ya se han sentido violentadas por las palabras de un tipo incapaz de contener su lengua.
       Y esas muchachas de vida regalada tienen oídos y saben leer que hay mujeres cuyas vidas son mucho más duras que las de ellas porque, además, se enfrentan a la violencia física y psicológica, a la falta de recursos, a la falta de libertad, a la posibilidad de recibir formación… Esas muchachas de vida regalada saben que cuando quieran incorporarse al mercado de trabajo lo tendrán más difícil que sus compañeros para entrar, mantenerse y cobrar el mismo salario por el mismo trabajo.
      Así que esas muchachas de vida regalada decidieron el pasado 8 de marzo salir a la calle –sí, al espacio público por excelencia, al territorio masculino por tradición– a gritar que tienen los mismos derechos y que quieren las mismas oportunidades que los hombres, a exigir un mundo más igualitario. Y lo han hecho como en los juegos recién olvidados en el patio del colegio:

POR MÍ Y POR TODAS MIS COMPAÑERAS

      Por cierto, que esas muchachas de vida regalada iban acompañadas por algunos compañeros de igual condición y no he leído nada sobre ellos. Huele mal, ¿no creen?

jueves, 11 de octubre de 2018

ODIO A PRIMERA VISTA

    Me encontré en Facebook un hilo que abrió Marlen MH a partir de un vídeo que compartió (Pincha aquí para ver de qué hablo).

    La primera vez que me ocurrió, me traumatizó, la verdad, porque la recuerdo perfectamente. Era una tarde soleada y calurosa de un verano cualquiera de hace muchos, no sé cuántos.
 
    No sé a vosotros, pero a mí me sucedió que, a partir de una cierta edad (no recuerdo cuál), los años se convirtieron en una sucesión de días con cosas que hacer por los que transito. Y como yo, en mi conciencia, soy siempre yo, igual a la que soy ahora, me refiero a igual de alta, con lo que veo lo que me rodea desde la misma perspectiva, y tampoco hay ya ninguna otra cosa que distinga un año de otro, como pudiera ser el curso académico, los compañeros, el lugar de veraneo…, me resulta imposible saber cuándo ocurrió algo, hace cuántos años. Así, desde entonces, los acontecimientos ocurren como en los cuentos tradicionales: “hace mucho, mucho tiempo”.
 
    A lo que iba: Hace mucho, mucho tiempo, una tarde soleada de verano, estaba yo nadando en la piscina del apartamento y la compartía con dos chavales. A decir verdad –y eso me tenía que haber puesto en sobreaviso–, el sol lo inundaba todo menos la piscina que permanecía en la sombra. Regresaba yo de la parte más honda hacia la que menos cubría cuando uno de los muchachos se lanzó al agua cerca de mí. Fue en ese momento cuando el otro, educado donde los haya, amonestó a su amigo diciéndole:

    -¡Cuidado con la señora! No la molestes.

    Coincidió que yo giraba la cabeza hacia el lado en el que se encontraba el chico educado y la sacaba para coger aire. Entonces le vi, plantado sobre el pretil de la piscina mirando a su compañero y reprendiéndolo con la mirada. Y en ese mismo instante sentí, por primera y única vez en mi vida, el odio a primera vista.

    Todos conocemos el amor a primera vista. Yo no recuerdo haberlo sentido nunca, pero no es difícil averiguar qué se siente tras haber leído tanto sobre él o haberlo visto reflejado en tantas películas, pero el odio a primera vista… Eso fue algo que me sobrevino, me atacó por sorpresa y que, todavía hoy, me produce cierto malestar en el estómago al recordarlo.

    Poco a poco me acostumbré a la existencia de esos seres quasi imberbes o de caderas sin vestigios de celulitis que hacían gala de su buena educación hablándome de usted. Sin embargo, varios días después del hilo abierto por Marlen MH, me volvió a ocurrir.

    Me invitaron, a la fuerza, a entrar en una sesión de puertas abiertas de una actividad que resultó ser mágica y muy interesante. El profesor era –y digo bien, era– un chico joven que supo conducir la clase y captar los variados intereses del resto de participantes y vencer mi resistencia educada a permanecer donde creía que sobraba por carecer de las habilidades necesarias.

    Una semana más tarde, hablando con el dueño del local donde se realizó la sesión, al cual conozco desde hace algún tiempo (que quiere decir que no sé cuánto pero no parece demasiado lejano en mi memoria), me comentó que el chaval –nótese el cambio de nomenclatura que nada tiene que ver con evitar la reiteración– le había dicho que “la señora” le había hecho un comentario que le había emocionado.

    A ver, entiendo que estoy lejos de ser considerada una chica (¡mis años me ha costado dejar de ser una “nena” para mis compañeros de profesión!) y más desde su corta experiencia vital, seguramente para un nonagenario sería una chica y para Matusalén una niña. Pero ¿qué tal mujer? Yo, en sensu contrario, utilizo la palabra hombre para referirme al espécimen masculino de mediana edad, calvo o no, canoso o no, pero al cual la palabra chico se le ha quedado estrecha. Y lo mismo hago con mis coetáneas a las que dedico la categoría de mujeres. ¿Le habría costado algún soponcio evitar el mío y utilizar la palabra mujer para describirme?

    Pero sin duda alguna, lo peor es tener que estar agradecida al muchacho –nótese de nuevo el sustantivo escogido con el que intento colocarme en su nivel de educación a la par que intento darle una lección de empatía– porque no me llamó anciana decrépita, cortesía a la que respondo no usando el apelativo de “yogurín” para referirme a él.

martes, 2 de octubre de 2018

RECUPERANDO PALABRAS PERDIDAS

No hay nada que me guste más que las palabras, ni siquiera el chocolate. Las palabras son la base de nuestra comunicación, las herramientas con las que explicamos el mundo, el material con que expresamos nuestras emociones…

Me gustan tanto que he hecho de ellas mi profesión y trato de transmitirles ese amor y respeto a mis hijos, así que, en muchas ocasiones, hablamos de las palabras, de su significado, de su uso…

La semana pasada, el pequeño, que tiene ocho años, me sometió a una batalla dialéctica en cuatro asaltos:


PRIMER ASALTO:

Domingo por la tarde al salir de la ducha.

-Mamá, necesito hablar contigo en privado. ¿Puedes venir?

-Claro, dime.

-Ven, pasa. Siéntate –me ordenó señalándome la tapa cerrada del váter mientras él se iba secando–. No quiero que te enfades, pero es que necesito saber qué significan unas palabras, pero, claro, si no te las digo, tú no puedes saber cuáles son y el caso es que yo no puedo decirlas, así que tenemos un problema. He pensado que si te las digo para que sepas cuáles son y me digas qué significan, no es muy grave, pero, por favor, no te enfades ¿vale?

Yo me puse el chubasquero temiéndome lo peor ante tal circunloquio.

-Vale, dime –le animé tranquilizándole ante lo que él imaginaba mi reacción iracunda.

-No te enfadarás, ¿verdad?

-No, pregúntame, anda.

-Mamá –me dijo–, ¿qué significa “gilipollas”?

Yo le expliqué y él continuó:

-¿Y qué significa “puta”?

Y “puto”, y “cabrón” y “cojones”, fue preguntando cada vez que yo respondía, lo más asépticamente posible, a cada una de sus dudas hasta que concluyó el asalto con un:

-¡Gracias, mamá!


SEGUNDO ASALTO:

Lunes a mediodía regresando a casa en el coche, él sentado en el asiento de atrás; yo, conduciendo.

-Mamá, tengo que contarte una cosa. Sé que no te va a gustar pero te lo tengo que contar porque creo que tú, como mi madre que eres, debes estar informada de las cosas que yo escucho, así que te las voy a decir, pero no te enfades porque solo te las digo para que las sepas.

Yo no sabía si reír o echarme a temblar mientras procuraba que él no apreciase ninguna reacción en mi cara a través del espejo retrovisor y me preparaba para escuchar la ristra de palabrotas que, por segundo día consecutivo, mi hijo había encontrado la fórmula para poder soltarlas de golpe sin ser castigado.

Y, efectivamente, las fue colocando de canto para que cupieran más y cuando terminó de soltar sapos y culebras por esa boquita para que “yo estuviera enterada, como madre suya que soy, de lo que él escucha”, le conminé a contárselo a su tutora si esas palabras le ofendían.

-No, mamá. Si a mí no me ofenden. ¡Qué va!

-¡Ah, vale! Pues si no te ofenden, no he dicho nada.

-No me ofenden porque no me las dicen a mí pero si alguien me dijera…

Y comenzó de nuevo con la retahíla de tacos al por mayor para, sin solución de continuidad pasar a enumerar otra serie de insultos que él proferiría contra aquél que osase agredirle verbalmente.

-“Schissst”. No puedes decirle todo eso a nadie porque, entonces, te pones a su nivel y pierdes la razón que podías tener.

-¿Ah, no? ¿Entonces qué quieres que haga, que dejen que me insulten y yo me quede mirando sin hacer nada? Porque yo tengo muy mala leche cuando me enfado. Se dice mal genio, lo sé, pero cuando estás enfadado es mejor decir mala leche porque suena peor y se asustan más.

-No, cariño, no pretendo eso. Si alguien te insulta, tienes dos opciones: si no te ofende, te das media vuelta y pasas de esa persona porque, como decía mi abuelita, “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”; y, si te ofende, se lo dices a tu tutora y que ella lo castigue como la profesora manda –iba a decir como “dios manda” pero en el último momento recordé su conversación con mi madre el domingo a mediodía sobre asuntos celestiales y decidí que era mejor cambiar al sujeto que manda y no liarla más.

-Si la profesora manda ponerle dieciocho partes, me parecerá bien –se conformó todo chulito él.

-Bueno, el número de partes dependerá de la gravedad del asunto ¿no crees?

Y así acabó el segundo asalto.


TERCER ASALTO:

Martes por la tarde. En el coche, camino de su clase de batería. Para variar, me pidió que le pusiera su canción pero como era la quinta vez en menos de dos horas que iba a escuchar Ain’t it fun de Guns and roses y temía no poder sobrevivir a ello (la escuchamos cada vez que subimos al coche) le pedí que me dejara poner la radio hasta el primer semáforo y luego le ponía el disco. En qué mala hora se me ocurrió tal pacto. Sonaba La ventana, el programa de la Cadena Ser, y estaban comentando el penúltimo audio filtrado de las conversaciones de la ministra de justicia y el ex - comisario Villarejo.

-Mamá, ¿qué significa “maricón”? –atacó esta vez sin preámbulos.

Le contesté maldiciendo mentalmente el momento en que no quise escuchar su canción favorita de la temporada.

-Si a mí me llaman eso, bueno, no me ofendería porque no lo soy, pero si me ofendiese…

Hala, de nuevo la retahíla de sapos y culebras escupidos.

-Que no, que no puedes contestar esas palabrotas porque te pones a su nivel.

-¿Pues qué digo?

Esta es la mía, pensé:

-Puedes decirle: “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, así que no la digas”.

-¿Qué significa “no tener ni pajolera idea”?

-Que ignora lo que significa, que no sabe qué significa esa palabra.

-Mamá, la mayoría de la gente diría “no tienes ni puta idea”. Lo sabes ¿no?

-Ya, bueno, pero esa es una expresión soez y nosotros no la usamos.

-Vale. ¿Entonces puedo decir “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, ignorante”? ¿No me castigarán?

-No, porque no has dicho ningún taco.

-Vale. ¿Y si quiero llamar a alguien “gilipollas”, cómo le puedo llamar para que no me castiguen?

-Mentecato.

-¿Y si le quiero llamar “imbécil”?

-Cretino.

-¿Y alguna palabra más?

-Petimetre.

-Gracias, mamá.


CUARTO ASALTO:

Miércoles por la mañana camino del colegio:

-Mamá, ¿repasamos las palabras que puedo decir? Pajolera idea, ignorante, cretino, mentecato y ¿cómo era la otra?

-Petimetre.

-¡Ah, vale! Gracias.

Nota: Avisar a la tutora del rescate de palabras perdidas.

lunes, 31 de julio de 2017

Primera medalla de oro olímpica en el atletismo español

      Hoy he leído este artículo:
      https://elpais.com/deportes/2017/07/30/actualidad/1501434247_635178.html?id_externo_rsoc=FB_CC

      Yo recuerdo perfectamente dónde estaba aquella tarde del 31 de julio de 1992. Estaba en mi piso recién alquilado. En un comedor lleno de cajas porque aún no habían llegado los muebles que había comprado. Sobre una de las cajas, el televisor, yo, frente a él, sentada en una de las incómodas sillas que había conseguido hasta que llegaran las mías.
      Conocía a los tres atletas que participaban en los 20km Marcha, pero reconozco que tenía mi favorito.
      Dani y yo éramos amigos, aún lo somos, en la distancia, porque la nuestra es una relación en la que, aunque pasen años sin vernos ni hablarnos, nos vemos y es como si nos hubiésemos despedido el día anterior. Pero además, ese año de 1992 yo entrenaba con Jordi Llopart y estuve en la concentración deportiva de febrero en Ribes de Freser y asistí a esas conversaciones en las que Jordi le decía que si quería adelantarle, tenía que ser campeón olímpico. Cada vez que Jordi, medio en broma, medio en serio, le retaba a superarle, a hacer historia, Dani sonreía y miraba al suelo.
      Yo sabía –y supongo que los demás, también– que si alguien era capaz de conseguirlo, era Dani. Tenía todo lo necesario física y psicológicamente para ser campeón olímpico, a las pruebas me remito y, si la suerte estaba de su lado, ¿por qué no soñar?
      Suerte. Por suerte entiendo todos los factores externos que deben darse para que, coincidiendo con todo lo que uno aporta, se alcancen los objetivos planeados y soñados. Este es un deporte complicado y depende, además, de muchos factores externos. Dani era uno de los grandes de la marcha y se había preparado a fondo. El sueño, la gloria, estaba ahí, prácticamente se podía rozar con las puntas de los dedos.
      Al principio de la prueba de los 20km Marcha, yo todavía podía apoyar la espalda en el respaldo. A medida que la competición avanzaba, me iba desplazando hacia el borde de la silla y los últimos veinte minutos los pasé de pié, animando, empujando mentalmente a Dani, mordiéndome los puños, gritando de felicidad.
      Lo había conseguido. Había hecho historia. Porque aunque algunos crean que el primer oro olímpico español en atletismo fue el de Fermín Cacho en 1.500m.l., lo cierto es que la primera medalla de oro olímpica para el atletismo español la consiguió Daniel Plaza Montero, Dani, en los 20km Marcha.
      Imagino lo que debió sentir al entrar en el estadio, lo que debió sentir su padre al abrazarlo o su madre y también a mí se me eriza la piel.
      Y sobre la calidad humana de Dani, ¿qué puedo decir yo? Baste leer lo que cuenta de Valentí Massana, de su relación con él, de cómo fue ese día de gloria para uno y de desilusión para el otro.

jueves, 30 de marzo de 2017

QUOUSQUE TANDEM

      Así comienza la primera Catilinaria. Cicerón se preguntaba hasta cuándo pensaba Catilina abusar de la paciencia del Senado. Yo la utilizo en contextos similares, pero me viene también a la cabeza cada vez que alguien se pregunta un “¿Hasta cuándo?”
      La recordé cuando, hace un par de semanas, Pablo Iglesias preguntó a Rajoy con cuántos casos aislados de corrupción, la corrupción deja de ser aislada. Al escuchar la respuesta me vino a la cabeza la frase de Cicerón, “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina –léase Rajoy-, de nuestra paciencia?”
      Pero no es de política de lo que quiero reflexionar hoy. Es de educación, cultura y deporte. No del Ministerio, claro, sino de esos conceptos. Y viene a colación la entradilla porque en los mismos días en que Pablo Iglesias le preguntaba a Rajoy con cuántos casos aislados, yo leía un artículo del año pasado que me llegó a través de las redes sociales y en el que se contaba cómo y por qué un niño concreto de doce años explicaba que dejaba el fútbol a su entrenador, un hombre muy atareado y poco empático con sus pupilos, a tenor de lo expuesto, ya que solo accede a escuchar al niño porque “nota cierta seriedad en el jugador”. El niño, comenta el artículo, destaca en ese deporte, pero se queja de no aguantar más porque ya no se divierte jugando porque, al parecer, el entrenador solo quiere que ganen, les habla de Mouriño o de Pep Guardiola y les trata como profesionales. Continuaba el niño quejándose de que el entrenador les gritaba y no porque hubiera tenido un mal día, sino por costumbre. Los gritos y las faltas de respeto, parecen ser habituales en su manera de comunicarse con los niños a los que entrena.  También nos cuenta que el entrenador falta el respeto a los árbitros, que mira con odio a los rivales, que enseña a sus jugadores a hacer trampas para poder ganar. Bueno, el entrenador las llama tácticas y trucos propios del juego. Luego, el artículo sigue con quejas y reproches mutuos sobre el rendimiento: que si los chavales no rinden lo suficiente, decía el entrenador, que si el entrenador no se preocupa por las personas que son los niños, sino que los trata como fichas de una gran partida, decía el niño.
      Había un comentario al final que decía que este artículo debería ser de obligada lectura para todos los entrenadores. Así que me apliqué el cuento y lo leí.
      Mi primer pensamiento fue que no todos los entrenadores somos iguales, claro, una, como entrenadora no quiere verse reflejada en semejante espejo y echa balones fuera. El segundo, que esas cosas pasan en el fútbol y no en mi deporte: el atletismo. Pero ¿quién me dice a mí que no hemos acabado copiando?
      La primera vez que tuve contacto con el fútbol fue en una concentración deportiva con mis atletas. Coincidíamos a la hora de entrenar con un grupo enorme de futbolistas. Nosotros ocupábamos las pistas de atletismo y ellos, la pradera, en donde habían colocado unas porterías. Los futbolistas eran más pequeños que mis atletas y eso que los más pequeños de los míos tenían trece años. Nunca había oído hasta entonces tantos insultos, tantos tacos y tanta falta de respeto junta delante de unos niños. Pero sobre todo me traumatizó el entrenador de porteros. Tenía cinco o seis niños a su cargo y en ningún momento le oí dirigirse a ellos por su nombre. Todos tenían un mote, a cada cual más despectivo, y si no, les llamaba con insultos dirigidos a ellos o a sus madres que son las que siempre acaban pagando el pato en el repertorio de insultos.
      Durante el tiempo que yo practiqué atletismo como atleta y durante el tiempo que fui entrenadora, entre 1986 y 2004, conocí a muchos entrenadores y compartí entrenamientos y competiciones con ellos y, aunque los había bruscos, indiferentes e incluso malencarados, jamás les oí insultar de esa manera a sus atletas o a los rivales de sus atletas.
      Un día, mucho tiempo después, cuando yo ya no era entrenadora, hablando con el padre de un amigo de mi hijo que jugaba al fútbol, le comenté aquella experiencia traumática. Él me contestó que era normal que los entrenadores hablaran así a los jugadores, pero que los padres de los niños eran mucho peores. Me contó que solía sentarse separado del resto de padres porque sentía vergüenza ajena no sólo por los insultos que dedicaban a sus hijos, sino también, por los improperios lanzados contra los niños del equipo rival. Y me habló también de los trucos (trampas, diría yo) para ganar tiempo, para engañar al árbitro, para intentar ganar... Tuve ocasión, este verano, de comprobar cómo en un partido de simple juego entre niños para matar el tiempo de una de las largas tardes de agosto, se utilizaban estas trampas y, la verdad, me quedé perpleja al ver cómo un niño se tiraba al suelo gritando como si lo estuvieran matando mientras llevaba sus manos a la cara para hacer creer que el balón que había pasado a más de un metro de su cintura, le había golpeado en el rostro. A partir de ahí, se desplegaron ante mis ojos toda una retahíla de malas prácticas.
      Hablando con aquel padre, recordé que había un entrenador de atletismo famoso por enseñar a sus atletas a chupar rueda siempre y no tirar nunca; había otro que siempre andaba gritando, enfadado, a los propios, si no corrían lo que él consideraba apropiado y a los ajenos, si corrían más que los propios. Aunque también es cierto que este señor tenía recursos lingüísticos más que suficientes para no utilizar insultos ni  palabras soeces. Pero no logré recordar ningún otro entrenador de ese tipo.
      Sin embargo algo ha pasado desde entonces.
      En enero de 2016 regresé a las pistas de atletismo como entrenadora. En marzo, durante el Campeonato de España de Marcha en Ruta, pude ver, en varias ocasiones, a un chaval de la categoría cadete trotar para que no le dejaran atrás los marchadores del grupo en el que iba. La segunda vez que le vi trotar se lo recriminé y se revolvió diciéndome que a mí qué me importaba. Pues mucho, la verdad, porque eso es una trampa que ensucia una especialidad que amo.
      Meses más tarde, uno de mis atletas fue víctima de un comportamiento que, si no era antideportivo (yo creo que sí), desde luego era feo, humillante para con la víctima y, sobre todo, absolutamente innecesario.
       Este año, durante el Campeonato Autonómico de Marcha en Ruta, escuché a un entrenador decir a sus marchadores que, mientras no tuvieran dos avisos en la pizarra, podían correr todo lo que quisieran. Desconozco si era una de las atletas de este entrenador la que recibió la amonestación de una veterana que le dijo que ya la había visto trotar dos veces.
      En una competición en pista, dos de mis atletas me contaron, sin dar crédito a lo que habían vivido, que se habían cambiado de sitio porque había una entrenadora mentando a la madre de una de las competidoras, no sabían si a la de su atleta o a la de la mía que iba justo delante.
       En esa misma competición, en la prueba de marcha, un niño daba una carrerita para alcanzar al que llevaba delante cada vez que este se le escapaba. Eso sí, el niño disimulaba haciendo como que tropezaba, pero claro, o era muy torpe o, a la tercera vez que una lo ve tropezar y alcanzar al rival tras cuatro o cinco pasos al trote, se fija en el muchacho en cuestión y ve la trampa, que no estrategia, no nos confundamos. El caso es que, como yo, también los jueces detectaron el modus operandi del niño y empezaron a sacarle avisos. En la última vuelta, el niño que iba delante de él se había alejado lo suficiente como para entrar en segunda posición sin problemas, pero el de las carreras prefirió intentar ser plata antes que conformarse con el bronce y comenzó a marchar perdiendo contacto de una manera muy descarada. Los jueces lo vieron y lo descalificaron en la recta de meta. El niño se lanzó al suelo pataleando y dando puñetazos a la pista mientras insultaba a los jueces con todo tipo de improperios y, ¡cómo no! a sus madres. El espectáculo duró más de 5 minutos durante los cuales ni su entrenador ni ningún adulto responsable de aquel niño hizo nada por detenerlo. Imagino que cuando el dolor en manos y pies fue más grande que su enfado, se levantó y siguió con su ristra de insultos durante otros cinco minutos más sin que nadie le dijera aquel niño que su actitud no era la correcta. Y es que son niños, entra dentro de lo esperable que no actúen adecuadamente, que se equivoquen, que no toleren la frustración… pero para eso estamos los entrenadores, para reconducir esas conductas.
      Así que empecé a preguntarme con cuántos casos aislados de entrenadores tramposos o maleducados o ausentes, los casos dejaban de ser aislados. Y, sobre todo, a preguntarme hasta cuándo íbamos a consentir que este tipo de personas ensuciasen nuestro deporte. Que conste que voy a hablar del atletismo porque es el deporte que conozco, pero seguramente esta reflexión podría extenderse a otros deportes, a otros entrenadores y a otros deportistas.
       Estoy segura, porque este argumento ya lo he escuchado muchas veces, que algunos dirán que ningún deportista llega a la élite si está entre algodones, si no se le presiona, si no se le lleva al límite, si no aprende a trampear. Pero no estoy de acuerdo. Desde mi humilde opinión, y me consta que no soy la única que piensa así, los atletas son, antes que atletas, personas, y como tales tienen sus días buenos y sus días malos, sus problemas y sus emociones y es necesario respetarles, aceptarles y ayudarles. Estoy convencida de que si saben que su entrenador confía en ellos; que es el compañero que va a llorar junto a él en los días malos y reír en los días buenos; que le va a apoyar cuando lo necesite y que va a respetar sus decisiones en competición, porque no nos olvidemos, desde fuera podemos tener más perspectiva, pero también desde la barrera, todos somos Manolete; si saben que siempre vamos a ver tanto lo que han hecho bien como lo que tienen que mejorar, van a rendir mucho mejor.
      Yo funciono así, o al menos lo intento, que no soy perfecta. No tolero una trampa y mis atletas no hacen trampas a sabiendas. No les insulto, ¡faltaría más!, es que ni se me ocurre y tampoco consiento que se insulten o se falten el respeto entre ellos o hacia otros. Atiendo sus miedos, sus dudas, sus desconsuelos o su tristeza de la misma manera que disfruto con ellos de sus victorias… Y algunos de ellos tienen marcas que los sitúan en muy buenas posiciones en el ránking nacional. Es más, creo que algunos de ellos no lo hubieran logrado con las tácticas y estrategias del otro tipo de entrenadores.
      Así pues, tras reflexionar varios días sobre estas cuestiones, viajé con mis atletas al Campeonato de España de Marcha en Ruta. Allí vi a una marchadora juvenil trotar todas y cada una de las veces que pasó por donde yo estaba. Y me pregunté: “Quosque tandem?” ¿Hasta cuándo vamos a permitir que abusen de nuestra paciencia, de nuestra honradez? Así que fui en busca del juez árbitro y del juez de la prueba y denuncié.
       En estos últimos días de vorágine personal en los que no había podido repasar y publicar este artículo, ha saltado a la luz pública una escena lamentable: unos padres enzarzados en una pelea y persecución que si ya resulta bochornosa en niños, mucho más lo es en adultos. Y todo ello por un incidente durante un partido de fútbol en el que, al parecer, jugaban los hijos.
       Y entonces me vino a la cabeza el recuerdo de la pataleta de aquel niño. Durante todo ese tiempo yo estuve pensando en lo que, como entrenadora, hubiera hecho yo. Aunque me es difícil saberlo porque jamás me he visto en tal tesitura. Yo no imagino a los padres de mis atletas, los de entonces y los de ahora, comportándose como los de la noticia. Así que mis atletas son –y han sido– dignos hijos de sus padres y nunca han montado un espectáculo como ese. Y alguna vez todos, velocistas y marchadores, han estado en desacuerdo con la decisión de un juez. A mis marchadores también les han sacado avisos e incluso a alguno lo han descalificado. A veces hemos estado de acuerdo con los avisos, otras no. Pero la opinión que vale ahí es la del juez y mi misión es la de conseguir que los marchadores salgan a la pista lo mejor preparados posible, que lo hagan bien y que marchen lo más rápido que les permita la técnica. Así que la opinión de los expertos, es bienvenida. Y así se lo transmito a los chavales.
       Nunca he visto a los padres de mis atletas cuestionar la decisión de un juez, mucho menos insultarle, de manera que sus hijos tampoco lo hacen. Pero si alguno, alguna vez, se hubiera comportado como el niño de la rabieta, seguramente, desde la grada, con una palabra, lo hubiera cortado. Y luego hubiéramos tenido una conversación mi atleta y yo. Y también sé que los padres no interferirían. Sólo en dos ocasiones, hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era muy joven, un padre me preguntó por qué había actuado de esa manera y en las dos ocasiones se lo expliqué. Yo soy María Explicaciones porque creo que es una cuestión de respeto hacia el otro, porque creo que se consigue más cuando el otro te entiende y porque el “ordeno y mando” o “los actos de fe” los dejo para otros ámbitos.
       Esas imágenes son de vergüenza ajena. Lo importante allí –y en cualquier evento o entrenamiento deportivo– son los niños y padres y entrenadores debemos trabajar para ayudarles a convertirse en adultos maduros y responsables mientras se divierten y aprenden los valores que da el deporte. Y, desde luego, no es pegándose e insultándose como se consigue.

martes, 7 de febrero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Cuarta y última parte)

      -¡Ale, ya está todo tranquilo! Llamo a mi padre para que baje mientras voy cerrando.
      -¿Van a bajar Víctor y Ángel también?
      -¿Quieres que les diga que baje, Raquel? Estás ya aburrida, ¿verdad, cielo?
      -Un poco. Es que mi hermano aún no sabe jugar.
      -Bueno, pues ya estamos todos. ¿Quién quiere café? Pedro, ¿nos traes seis cafés y tres cortados, por favor? Padre, ¿usted quiere un carajillo? Hoy es un día especial.
      -¡Vamos a brindar por el pequeño Iván que ha conseguido juntar a casi toda la pandilla!
      -Y ha conseguido que Pepe y don Luis se sienten con nosotros, que mira que es difícil.
      -¡Enhorabuena, familia!
      -¡Felicidades!
      -Un beso, guapa, que seáis muy felices.
      -Gracias.
      -Muchas gracias.

      Quien dijo que el amor se apaga con el paso del tiempo, con la llegada de los niños o con la rutina, no nos conocía. La complicidad que se crea es tan fuerte que nos basta una mirada o una sonrisa para entendernos. Construir un proyecto de vida en común e ir realizándolo día a día, ayudándonos cuando las fuerzas flaquean, ha fortalecido nuestra relación. Yo la miro y me muero de ganas de ir a casa y comernos a besos.

      -Dime, cariño, ¿qué quieres?
      -¿Mami y tú os queréis?
      -Con toda el alma, corazón. Ven, sube, siéntate en mis rodillas. Y a ti también te queremos mucho, lo sabes, ¿verdad? Eres nuestra niña…
      -Pero, mamá, entonces… ¿por qué mami y tú nunca os besáis en público?

viernes, 3 de febrero de 2017

SI ES TAN SOLO AMOR (Tercera parte)

      -¿Habéis terminado?
      -Sí, gracias.
      -¿Queréis postre?
      -Pero, ¿te vas a sentar con nosotros a tomarlo?
      -El postre no, que aún hay mucha gente y me siguen necesitando en cocina, pero el café y el cava, seguro. He llamado a mi padre para que venga también.
      -¿Cómo está? Hace tiempo que no le vemos y le echamos de menos. Sobre todo Raquel. Echa de menos sus cuentos ¿verdad?
      -Está bien, como siempre. No baja tanto porque se queda cuidando de los nietos. Pero hoy vendrá. Se ha puesto muy contento cuando le he dicho que habíais tenido un niño y que veníais aquí a celebrarlo. Casi se pone a llorar cuando le he dado vuestra invitación.

      Don Luis es un buen hombre. Cuando empezamos a venir al Tío Nelo, él tomaba nota en las mesas de la parte izquierda del local. Eran las mesas más complicadas porque las llenábamos los grupos grandes y siempre había que juntar varias mesas. Pepe estaba en la cocina, siempre ha estado en la cocina. Al principio no le conocíamos, pero cuando descubrimos que solo era algo mayor que nosotros, algunos viernes le hacíamos salir para felicitarle en público por su comida y él se vengaba haciéndonos probar sus experimentos antes de ponerlos en carta. Don Luis siempre reía. Se acabó encariñando de la pandilla y lloraba cuando alguno tenía que emigrar.”Maldito país este”, decía con la voz quebrada. Y se le volvían a llenar de lágrimas los ojos cuando lográbamos juntarnos de nuevo. 
      Un viernes, cuando llegamos Sara y yo al Tío Nelo, don Luis estaba tomando nota a las mesas de los sillones con respaldos altos:
      -Hoy os atiendo yo, que para eso sois de la familia –nos dijo.
      Y así empezamos a ser parte de esta familia. Siempre fueron discretos así que nos sentíamos bien allí. Aquí celebramos nuestra boda cuando pudimos juntar a la pandilla, aquí celebramos nuestros aniversarios Sara y yo, aquí celebramos la llegada de Raquel y aquí seguimos cenando los viernes. Siempre en la misma mesa que nos preparó don Luis el primer día que acudimos en solitario. Siempre, menos dos viernes, no me acuerdo en qué años, que, cuando llegamos, nos habían cogido el sitio dos abueletes que debían amarse tanto que desprendían pasión. Sara y yo decidimos que de mayores queríamos ser como ellos.
      A veces yo también rozaba su mano como quien no quiere y nuestras pieles se erizaban. O ella me miraba de una forma que un escalofrío recorría mi espalda.
      Y es que es tan hermosa por dentro y por fuera. Cuando ríe, logra que desaparezcan las tormentas, su mirada siempre me trae la paz y oír su voz cuando el suelo se hunde hace que siempre encuentre el saliente al que agarrarme. Como cuando no encontraba trabajo y me desesperaba. Ella siempre estuvo a mi lado segura de que acabaría saliendo algo y ayudándome a levantarme cada vez que un portazo me derrumbaba.
      Cuando avisamos a la pandilla de que nos casábamos, nadie se sorprendió. Parecían esperarlo a pesar de que jamás habíamos dicho nada, nunca nos habían visto besarnos ni cogernos siquiera de la mano. Únicamente Juanjo comentó algo muy en su línea: se acercó a Sara y le dijo sonriendo:
      -Ya sabía yo que tenía que haber una razón muy poderosa para que me rechazaras una y otra vez. Ven aquí que te abrace. 
      Yo me acercaba en ese momento y él bromeó:
      -A ti no te abrazo por haberme robado a la chica de mis sueños.
      Pero nos abrazamos fuerte y me deseó toda la felicidad del mundo.
      Ellos se conocían desde B.U.P. y he de reconocer que durante algún tiempo pensé que eran novios. Sara le quiere mucho. Dice que es su antihéroe. No salía mucho con la pandilla. Solo si venía Sara. Es uno de los que se quedó en España porque estudió Informática y nunca le ha faltado trabajo. Cuando llegó Raquel a nuestras vidas, Juanjo fue el primero en conocerla y, desde entonces, rara es la semana que falta a verla y siempre le trae algún detalle: un cuento, un cuaderno, una merienda especial… De hecho, es el tío favorito de Raquel.
      A Sara le costó mucho adaptarse a Raquel. Aunque no lo pareciera, la responsabilidad la consumía y adelgazó mucho. Ella se veía bien y le restaba importancia. Pero todo el ajetreo que conlleva una criatura y que recayó fundamentalmente en ella porque yo acababa de empezar a trabajar y no podía conciliar, fue mucho para Sara. Nunca la he visto tan delgada pero tampoco tan feliz. Luego, poco a poco fue recuperándose y con Iván todo es más tranquilo, primero por la experiencia y segundo porque esta vez me toca a mí la parte pesada de la crianza (levantarme por las noches, preparar papillas, estar con él a la vez que llevar a Raquel al cole…).