miércoles, 27 de mayo de 2015

EL ZOO

-Usted es el primero que la abre. Llevo esperando en ese banco tres horas. Venga a pasar gente arriba y abajo y todos sorteaban la caja sin mirarla siquiera. Y eso que el llanto del bebé suena fuerte. Lo tengo grabado en el cerebro. Por cierto, ¿por qué la ha abierto?
-Creía que había un bebé abandonado.
-Ya sabía yo que todavía debía quedar vivo algún espécimen de ser humano. Ande, entre en la jaula. Será un reclamo estupendo para el zoo.

EL OSITO DE PELUCHE

A cada vuelta del tambor de la lavadora sentía que la vida se le desteñía. Odiaba a aquella horrible giganta que, con un rictus de repugnancia y a la voz de “está asqueroso”, lo había arrancado de las manos de su amigo, a quien todavía oía berrear, y lo había metido en ese artilugio infernal.
Primero un aguacero que hacía crecer la espuma, después una riada, luego más agua sucia y azul y, por último, un torbellino.
Jamás volvió a ser el mismo tras la tortura, por más que su amigo se empeñara en negarlo, en colmarle de besos, o quizá por eso mismo, ambos buscaban al ausente, a aquél que una vez fue.

LA REBELIÓN DE LOS LABIOS

La intención de seguir siendo sólo amigos se diluyó como una gota de lluvia en un vaso de agua. Era la tercera vez que se hacían la promesa y la tercera que la rompían porque sus labios iban por libre y se negaban a seguir la disciplina de abstinencia impuesta por sus cerebros. Nada había conseguido someter a ese par de rebeldes que, cada vez que el azar los juntaba, corrían a unirse y arrastraban con su pasión, primero a las lenguas, después a las manos y, finalmente, al resto de sus cuerpos hasta convencer a la razón de que lo razonable era dejarse llevar.

OBJETIVO: DESHACERSE DEL MUERTO

El incómodo cadáver del mediador familiar sonrió para sus adentros:
-A ver cómo se deshacen de mí ahora –se dijo falcándose al suelo con todas sus fuerzas–.
-¡Joder, cómo pesa! –Dijo el marido–.
-¿Qué quieres? Está muerto –reprochó la mujer–.
-¿Me ayudáis?
El marido y la mujer le cogieron por los brazos, los hijos, por las piernas, hasta el pequeño ayudaba sujetándole la cabeza. El mediador sonrió con satisfacción:
-Objetivo conseguido –se dijo–, por fin están haciendo algo juntos, como una familia.

DESHUMANIZACIÓN

Sin saber por qué, le di un puñetazo. Y entonces vi sus ojos mirándome con una mezcla de pasmo, miedo y dolor, como preguntándome en silencio por qué. Pues porque tienes cara de gilipollas. Solté una carcajada y seguí golpeando una y otra vez, ebrio de ira. Hasta que oí una voz que repetía: “Déjalo ya, no respira”. Lo siguiente que oí fue un chasquido y sentí algo frío rodeando mis muñecas.

ÚLTIMO SALTO

Le faltarán, al menos, un par de centímetros para llegar a la barra del trapecio. Sus músculos y articulaciones se estirarán al máximo para intentar alcanzarla. No lo logrará. Su sonrisa se transformará en una mueca de terror y desesperación. Su cuerpo se moverá instintivamente para amortiguar la caída, mientras, irá viendo lo que creerá que son escenas de su vida y que, en realidad, son los momentos que éste y yo vamos colocando, cada uno, en nuestro plato de la balanza. La ganaré yo.

jueves, 21 de mayo de 2015

A DIOS PONGO POR TESTIGO

Ayer comencé haciendo referencia a la literatura picaresca aludiendo a Lázaro de Tormes, hoy, si me lo permiten, haré referencia al cine y, emulando a Scarlet O’Hara, diré:

¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré... a dar una explicación!

A todos aquellos que por no haber parido y amamantado a mis hijos:

Me consideran una madre de segunda categoría.
Creen que no existe vínculo entre mis hijos y yo.
Consideran que no puedo quererles como una madre.
Piensan o me dicen que estoy haciendo una obra de caridad.
Me compadecen porque no he llegado a ser una mujer completa.
Se refieren a la engendradora de mis hijos como su madre verdadera, como si yo fuera la madre falsa.
Hablan de sus hijos como hijos propios como si los míos fueran impropios o robados.
Me preguntan si son hermanos de verdad, como si se pudiera ser hermanos de mentira.
Se atreven a opinar sobre mi forma de educar a mis hijos dándome consejos no pedidos.
Afirman que los sobreprotejo porque me consideran incapaz de educarlos.
Aseguran que mis hijos me manipulan porque, al ser media mujer, también debo ser medio tonta.
Se permiten el lujo de pensar que mis hijos son monstruos malvados que se aprovechan de mí y por tanto sienten lástima.
Creen que soy mala persona y seguro que escondo algo o maltrato a mis hijos...
A todos ellos y otros semejantes, iba dirigido mi escrito de ayer. Y a todos ellos prometo contestarles a partir de ahora que yo al menos he conseguido ser algo importante en la vida, justo lo que quería ser: la reina de las madrastras. ¿Os animáis el resto de madres?

miércoles, 20 de mayo de 2015

LA REINA DE LAS MADRASTRAS

Me han descubierto. Lo sé por cómo me miran, por cómo me hablan, por sus silencios... Así que, cual Lázaro de Tormes, les explicaré cómo llegué hasta aquí, por ver si me gano, al menos, su compasión.
Yo de pequeña no jugaba a las muñecas, ni a papás y a mamás. Leía.
Mis primeras historias fueron los cuentos tradicionales, Blancanieves, La Cenicienta... ya saben, los que se cuentan a todos los niños. Sin embargo, nunca me parecieron historias simples. A mí me provocaban infinidad de preguntas, tantas que volvía a esos cuentos una y otra vez.
Por ejemplo, no entendía por qué todo el mundo creía que las protagonistas eran esas muchachas insulsas que, en la mayoría de las ocasiones apenas hablaban en todo el cuento, ni por qué se condenaba a las verdaderas protagonistas que ocupaban gran parte de la escena y que tenían siempre una personalidad compleja y un conflicto interno que intentaban resolver con las armas que les concedía el argumento.
Porque no me dirán ustedes que no es fascinante el personaje de la madrastra de Blancanieves. Tan bella, tan hermosa, preocupada únicamente por mostrarse siempre tan espléndida que bien podría ser la representante del colectivo de las que antes estériles que culonas. Ahí estaba ella, recién ascendida a reina sin nada mejor que hacer que pasear palmito y mostrar al mundo lo bien que quedaba de florero de ese rey que no debía ser muy buen gobernante ya que como padre dejaba mucho que desear. Menos mal que tenía ese amigo incondicional para recordarle que era la mujer más bella del reino cada vez que su ego, debilitado por la ausencia del esposo, necesitaba reafirmarse. Su vida habría resultado plácidamente aburrida de no ser por aquella mocosa a la que le dio por crecer y rivalizar en belleza con ella, la reina. Pues nada, a por la aspirante presumida y boba que no para de abrir la puerta a desconocidos.
¿Y qué me dicen de la madrastra de La Cenicienta? ¿No es la mujer más ingeniosa de la historia? Esta mujer bien podría representar el lema: Soluciones para todo. Que mi vida es un asco porque soy una viuda pobre: me caso con un rico comerciante viudo; que me endosan a una niña con pocas luces y muy llorona, pues le doy un oficio y de paso gano una criada que el tacaño de mi marido se ha largado de viaje y me ha dejado sin servicio; que el príncipe busca esposa: pues yo tengo dos hijas si no es una, la otra y me aseguro la vejez;  que el zapato no entra en el pie de mi hija mayor porque tiene un talón que parece un espolón de barco: cojo el cuchillo y fuera talón; que el dedo gordo del pie de mi hija pequeña parece un puño de Goliat y no permite que entre el dichoso zapatito: cojo el cuchillo y ¡zas! fuera dedo. Lo único que le faltó es haber inventado la técnica del enviscado para deshacerse de esos pajaritos bocazas que consiguen que el cegato del príncipe se case con la boba e insulsa Cenicienta. O bien pensado, Dios los cría y ellos se juntan. Así que igual, visto lo visto, es probable que dejara pasar la oportunidad en busca de yernos más avispados.
Otra de mis favoritas es la bruja de Rapónchigo (Rapuntzel para los de la era Disney). Una mujer que vivía sola y sin que se le conociese varón que la acompañara, o sea una bruja, a la que le empieza a hacer tic-tac el reloj biológico y quiere tener un hijo. Así que toda ella determinación y porque ella lo vale, consigue una hija a la que cuida, quiere y, sobre todo protege encerrándola en una torre para que no la embauque un tipo sin escrúpulos como lo había sido su engendrador, le haga un hijo y después lo canjee por un puñado de rapónchigos y desaparezca para siempre jamás.
O mamá pata la del patito feo que es la versión animal del belenestebanismo más literal, yo por mis hijos mato, a los demás, que les den morcilla.
Así transcurrió mi infancia y mi adolescencia entre brujas y madrastras de cuento. Luego empecé a ver películas y series de televisión, sobre todo las del fin de semana en Antena 3 y casi todas las mujeres que aparecían se parecían a las de los cuentos infantiles: mujeres con historia y personalidad compleja.

Entonces, cuando a mí también me hizo tic-tac el reloj biológico, busqué en mi interior... y me hice madre adoptiva. Así es como he llegado a ser la reina de las madrastras.