miércoles, 28 de septiembre de 2016

ALBA

Alba y Luis eran novios desde la cuna. Sus padres los recuerdan cogidos de la mano en la sillita de bebés mientras paseaban por la calle, jugando juntos en el parque, durmiendo la siesta uno al lado del otro… Fueron juntos al colegio y se esperaban a la salida al patio o regresaban juntos a casa. Salían con la misma pandilla y nunca nadie les vio discutir ni enfadarse. Se amaban y se respetaban.
Por eso, a nadie le extrañó que decidieran estudiar en la misma universidad y marcharse a vivir juntos a otra ciudad.
Fueron juntos a buscar piso y a matricularse, la ilusión reflejada en unas sonrisas que iluminaba sus rostros.
Era miércoles. Alba estaba preparando la maleta: ropa, libros, sus cd’s favoritos… Canturreaba la última canción de moda, mientras iba y venía por la habitación recogiendo cosas. Sonrió al detenerse frente a la maleta y se recogió un par de mechones rebeldes que se empeñaban es escapar de su coleta. Echó un último vistazo a la habitación y cerró la cremallera. Cogió el osito de peluche que le había regalado Luis con la primera paga semanal, lo besó y lo metió en el bolso.
-Tú, conmigo, Laureano.
Llevó la maleta al salón y se sentó en el sofá a esperar a que Luis bajara a por ella. Las cuentas, como siempre: ella estaba preparada con cinco minutos de antelación y él tardaría otros cinco en bajar. Disponía de diez minutos para intentar que ni su madre ni su hermana pequeña lloraran.
-¡Pero si me vais a tener aquí cada fin de semana! Y te dejo que uses la ropa que he dejado en el armario.
Abrazó a su hermana y la besó, luego a su madre. Miró a su padre y se abalanzó sobre él como cuando era pequeña, frotando las narices como los gnomos. Miró el reloj y dijo:
-Tres, dos, uno –y se detuvo señalando la puerta.
Pero el timbre no sonó. Su cara mostró extrañeza durante un segundo, pero se repuso, se encogió de hombros y se dijo:
-Hoy toca despedidas, es normal que tarde más.
Esperó cinco minutos más, luego diez y tras quince minutos de retraso, cogió su maleta y su bolso y subió al piso de arriba. Llamó al timbre y esperó con gesto burlón que la puerta se abriera. Nada. Volvió a llamar con una mezcla de desconcierto y miedo a partes iguales. La puerta permaneció cerrada y no parecía haber signos de vida al otro lado. Buscó el móvil en el bolso y llamó a Luis pero se encontró con el buzón de voz. Lo intentó con su madre, primero y su padre, después. Sólo el maldito mensaje que decía que esos móviles no se hallaban operativos.
Regresó a su casa. Abrió la puerta y las caras de sus padres le hicieron comprender que algo grave pasaba.
-Se han ido.
No había explicaciones ni despedidas. No hubo nada, sólo vacío y dolor.
Alba se marchó sola a la universidad. Perdió el piso. Alguien había anulado el alquiler. Mejor así porque todo le hubiera recordado a él. Pasó a compartir un piso con otras estudiantes desconocidas que nunca dejaron de serlo.
Deambulaba por el campus sin rumbo. No sabía adónde dirigir su vida. Nada tenía sentido porque todo giraba en torno al abandono.
Luis perdió su nombre. Pasó a ser él y él se convirtió en un fantasma que le seguía a todas partes robándole el aliento, la alegría, la esperanza. Era un fantasma que asaltaba sus sueños usurpando el rostro de su amado justo en el momento en que él iba a besarla. Sus labios rozaban el hielo, sus ojos se abrían para descubrir que justo antes de desaparecer, el rostro amado se transformaba en una mueca horrible.
Alba perdió el curso y cambió de ciudad y de universidad huyendo de sus recuerdos, de su amor, de su miedo.
En la nueva ciudad todo era nuevo. Estrenó piso y amigos. Nadie supo de sus noches en vela acosada por el fantasma de él; del camino que recorrían sus pensamientos cuando a pesar de estar rodeada de amigos, sus ojos miraban a ninguna parte y el silencio se apoderaba de sus labios. Creían que era una chica tímida, reservada. Nadie preguntó hasta que apareció Héctor.
Estaban acabando la carrera y este compañero de clase que fue abriendo las puertas a la alegría, poco a poco, con tanto cuidado y sigilo que ni siquiera Alba fue consciente de ello, se convirtió en ese amigo que siempre está y que no parece pedir nada a cambio.
Héctor obtuvo la respuesta que Alba podía darle: se marchó; y la explicación que Alba había inventado: fue mi culpa. Héctor descubrió sus miedos, asistió perplejo a sus inseguridades, la acompañó en el proceso de reordenar su vida y se enamoró de ella.
Alba permitió que Héctor asistiera, abrazándola, a los momentos en que el terror se apoderaba de ella; a aquellos momentos en que creía que se volvía loca por el dolor; en los que sentía que ella no valía nada; en los que la vida se abría bajo sus pies. Permitió que la acompañara mientras aprendía a confiar y le agradeció la paciencia infinita que le concedió el tiempo necesario hasta que su corazón sanó; hasta que su cerebro autorizó a su corazón a sentir amor. Y entonces miró a Héctor y sus ojos descubrieron al hombre que era y le amó.
Héctor esperaba el día de la graduación para besarla por primera vez. Estaba tan hermosa, sonreía sin parar. Se acercó a saludarla y vio que sus ojos miraban más allá de él. Los siguió y descubrió cómo se juntaban con los de un chico de su edad al que jamás había visto. La miró. Los ojos de Alba se tiñeron de miedo, de desolación y de amor a partes iguales. Sus labios dejaron escapar un suspiro y el nombre de Luis.
Aquel desconocido se acercó a ellos sonriente y seguro de sí mismo, la cogió por la cintura y, tras decirle lo guapa que estaba, la besó en los labios. Héctor se retiró al rincón de los amigos y casi se volvió invisible.
Alba disparó tantas preguntas como era capaz de pronunciar, Luis sonreía y pedía tiempo, que las cosas no eran tan sencillas, que había mucho que contar. Le dijo que la amaba, que siempre la había amado, que no era culpa suya, que no lo pudo evitar y que nadie los separaría ya nunca más.
Alba sonreía transportada al pasado por unos recuerdos felices, se encontró en un lugar confortable donde nada había ocurrido, donde todo era posible, donde ella era ella: aquella chica fuerte y segura.
Entonces lo vio. Sus ojos se cruzaron durante un instante con los de Héctor y recorrió en un instante todo el dolor de los años de abandono; y sintió la seguridad de la nueva Alba, la que había caído y se había levantado; y supo que lo amaba.
Se soltó del abrazo de Luis y se quedó en medio de los dos. Se enfadó con ambos, con el uno por regresar justo ahora y con el otro por quedarse mirando en un rincón, por no luchar por ella. Y se sintió culpable por traicionar a los dos, a cualquiera de los dos.


Aquí acaba el relato. ¿Con quién debe quedarse Alba? ¿Con quién te irías tú? ¿Vuelve con su primer amor? ¿Sigue adelante con su vida junto al hombre que la ha ayudado a volver a amar? Haga lo que haga Alba, la entenderemos y la respetaremos, seguro. Tiene derecho a decidir igual que tiene derecho a rehacer su vida. ¿Verdad? ¿Y por qué nos cuesta tanto entenderlo si se trata de una criatura la que ha sido abandonada por sus padres? ¿No tiene derecho a rehacer su vida?

viernes, 9 de septiembre de 2016

EPISODIOS DE UNA GUERRA INTERMINABLE de Almudena Grandes. MIS LECTURAS DE ESTE VERANO

      Hacía mucho tiempo que no leía LITERATURA, así, con mayúsculas. Y ojo, que novelas más o menos buenas o interesantes hay a porrillo y, para gustos, los colores. Pero para calificar una novela como LITERATURA se necesita mucho más que una historia interesante.
      Llevo mucho tiempo leyendo novelas que se venden muy bien, que tienen títulos que prometen, que cuentan historias interesantes y que utilizan a la perfección la técnica de las teleseries para enganchar al lector, pero en las que no encontraba ninguna sorpresa, ni siquiera el final, que era previsible desde el mismo planteamiento, y donde el autor o la autora no corre ningún riesgo. Son novelas con una estructura lineal y sencilla de planteamiento, nudo y desenlace, sin juegos estructurales o saltos en el espacio o el tiempo; con personajes que no evolucionan, que sólo están ahí y a los que sólo les ocurren cosas porque son el pretexto para que el autor pueda contarnos la historia que quería contar; en las que el autor rompe el pacto de verosimilitud con el lector, probablemente de manera inconsciente, porque ni siquiera se plantea que lo que nos cuenta no es creíble o es radicalmente imposible, porque le da igual que no lo sea ya que sólo es un elemento secundario para la gran historia que nos quiere contar. Reconozco que esto último me resulta insoportable, me parece una falta de respeto y me cabrea sobremanera.
      Nada de esto ocurre en cada una de las tres novelas que, por ahora, componen los Episodios de una Guerra Interminable y, ni siquiera, en las tres novelas en conjunto. El relato se teje con un cuidado exquisito; el trabajo de documentación es impecable, de manera que en cada novela se plantea una escena sobre el periodo correspondiente a la guerra civil española y a la posguerra, que nos permite asistir a esa parte de nuestra historia que no nos han contado; los personajes toman decisiones basadas en su experiencia vital, aprenden y evolucionan, y lo que más me ha gustado, algunos de ellos saltan de una novela a otra, tanto para que entendamos su trayectoria vital como para que las escenas individuales encajen a la perfección en el gran cuadro que la autora quiere mostrarnos sobre ese periodo y así podamos asistir a todo un despliegue de una realidad que, hasta ahora, había permanecido oculta pero que, a través del gran relato, podemos ir desentrañando.  Está tan bien tejido este relato que todo en él tiene un por qué y un para qué.
      Yo llegué a los Episodios de una Guerra Interminable casi por casualidad. Escuché a Almudena Grandes en una entrevista sobre Las tres bodas de Manolita y me entró mucha curiosidad por saber más de esta guerra de la que casi no se habla. En realidad, quería saber aquello que nunca nos han contado pero que subyacía en las conversaciones en voz baja y entre adultos, que apenas intuíamos los niños y que encerraban a familiares y amigos en un halo de misterio. Me llevó a leerlos el mismo interés que, a pesar del castigo, no consiguió erradicar aquella profesora que tuve a los tres años y que un día comenzó a hablarnos de Dios y los angelitos y a la que interrumpí diciéndole: “Mire, seño, yo es que de Dios y de los ángeles ya me lo sé todo porque me lo cuenta mi abuelita; hábleme, por favor, del demonio porque de ése no me cuentan nada y parece interesante”. Pues eso, siempre he sabido que había mucho que no se contaba y, por fin, alguien parecía querer hablar de ello.
      Tuve suerte y los Reyes Magos me trajeron los libros, pero no el tiempo para leerlos, así que tuvieron que esperar al verano.
      Reconozco que leí Inés y la alegría con una mezcla de sorpresa y expectación. Era evidente que lo que tenía en mis manos no era una novela cualquiera. Me reconocí en las alusiones a la historia y a la Historia; disfruté comprobando (sí, sé que soy muy tiquismiquis) que la Historia que se me contaba se correspondía con lo ocurrido, para ello leía con san Google a mano; me gustó mucho la historia, su planteamiento y su verosimilitud; me alegré al encontrarme con una estructura compleja y con una autora que corría riesgos.
      Devoré El lector de Julio Verne. Su historia me cautivó desde el primer momento y no podía soltar el libro. No sabía nada de la Historia en la que se ambienta la historia así que aprendí mucho y seguí comprobando que podía fiarme de Almudena Grandes. Comencé a comprobar que no estaba asistiendo a escenas sueltas sino a retazos de un gran tapiz en el que podría encontrar a la España oculta y silenciada y que esos retazos encajaban a la perfección. Y, por supuesto, el final. No desvelaré nada pero sí diré que es un gran final.
      Las tres bodas de Manolita fue la novela que me hizo decidir escribir esta reseña y agradecerle a la autora el buen rato que me había hecho pasar con su buen hacer. En ella una comprueba cómo las piezas del tapiz encajan pero no sólo para descubrir eso que también ocurrió, sino para que esos personajes que parecen secundarios cobren fuerza, para que sepamos por qué estaban ahí y por qué actuaron de esa manera. Es sencillamente genial la construcción de los personajes, su evolución los hace creíbles, humanos, cercanos… Y de nuevo el final.
      Pero claro, es que una NOVELA no se teje en cuatro días.
      Gracias Almudena Grandes por asumir el reto, por asumir los riesgos, por hacer LITERATURA y por hacernos disfrutar.

viernes, 2 de septiembre de 2016

ESCENA OCTAVA O DE CÓMO LA ALEGRÍA DE LAS PEQUEÑAS COSAS ACABA IMPONIÉNDOSE

      No me he reído mucho durante estas vacaciones, la verdad. He hablado bien poco, he escrito contándoles lo que veía y me he dedicado a observar una realidad que no me gusta pero que convive conmigo, aunque en invierno permanece oculta. Ahora entiendo algo mejor este país, la verdad. Sin embargo, echaba de menos la risa. Tras leer el artículo de Luis García Montero (@lgm_com) y regresar a tierras conocidas, la risa llegó sola.
      Volvíamos a casa por un camino rodeado de naranjos. Era de noche y la luna estaba en cuarto menguante. Llevábamos las linternas de los móviles para alumbrar el camino y evitar, tanto que cayéramos a las acequias, como que pisáramos algún excremento canino. De repente, mi linterna iluminó a una cucaracha que cruzaba delante de nuestros pies. Mi hijo mayor comenzó a manifestar su aversión hacia el animalito en cuestión de todas las maneras imaginables.
      Resulta curioso cómo las cucarachas son unos insectos que provocan aversión a un gran número de personas. Y eso que convivimos con ellas en multitud de espacios y nos las encontramos más veces de las que quisiéramos. De hecho, todos sabemos de su preferencia por pasear de noche y en solitario, de su rapidez para huir de nuestros pies y de cuantos artilugios inventemos para acabar con su vida, de su capacidad para encontrar escondites inexpugnables…
      A pesar de que les gusta pasear en solitario, no son seres asociales. Dicen los expertos que toman sus decisiones basándose en las necesidades del grupo. Así que yo las imagino como un grupo homogéneo y organizado, capaz de aprender y adaptarse. Y cuando las veo huir con tanta precisión y encontrar a la primera el recoveco por el que esconderse, no puedo menos que pensar que tienen algún mando militar que las entrena en técnicas de supervivencia y las prepara físicamente para que, llegado el momento de ser descubiertas por un humano, sean capaces de ejecutar ordenadamente todo lo aprendido y lograr escapar con vida.
      Dicen que solo tienen actividad nocturna, pero yo no lo creo. Creo que durante el día están dentro de sus guaridas entrenándose duramente para sobrevivirnos. Y, por cierto, desconfíen de una cucaracha panza arriba. Han aprendido a simular su muerte para que las dejemos en paz.
      Bueno, sigo con mi relato. Vimos cruzar a aquella cucaracha, rauda y veloz, por delante de nuestros pies y el camino dejó de ser un plácido paseo nocturno para convertirse en un calvario para él y el momento más divertido de todo el verano para mí.
      Me pasé todo el trayecto hasta casa iluminando, a cada poco, cualquier mancha sobre el asfalto a la voz de: “¡Una cucaracha!” Lo que provocaba una respuesta inmediata de mi hijo en forma de aspavientos y palabras, primero de asco, después, al comprobar que era una falsa alarma, de protesta.
      Una de las veces, en pleno ataque de aspavientos y movimientos involuntarios provocados por el miedo y el asco a partes iguales, mi hijo acabó de espaldas al sentido de la marcha, brazos en alto y moviendo sus pies en saltitos de derecha a izquierda mientras yo le iluminaba los pies, de forma que parecía ejecutar un baile que consistiera en sortear el haz de luz. Fue entonces cuando una segunda –y última– cucaracha apareció en escena. Se movía rápido para cruzar la carretera por detrás de mi hijo. Pero al verlo bailar, comenzó a moverse a un lado y a otro, nerviosa, desesperada, buscando rápidamente la forma de salir indemne. Pero siempre se hallaba con un pie del niño taponándole la huída. Entonces se detuvo. Respiró profundamente y cerró sus antenas buscando aislarse del mundo para concentrarse mejor. Las palabras de su maestro vinieron entonces a su mente. Analizó los movimientos del pequeño humano y comprendió la jugada: derecha izquierda, derecha izquierda, derecha derecha izquierda y vuelta a empezar. Puso en marcha todo lo aprendido durante sus horas de entrenamiento bajo el Coronel Cucaracha y ejecutó a la perfección su plan de huida: se alejó como un palmo de los talones del muchacho y comenzó a correr en línea recta hacia la cuneta.
      En ese momento, mi hijo, ajeno a todo lo que ocurría tras él y por razones ignotas, decidió dar un pequeño paso hacia atrás con su pie derecho. Al apoyarlo en el suelo, sonó un leve crujido que conmovió a la noche y a todas sus criaturas y las sumió en el silencio.
      -¿Qué ha sido eso? –preguntó.
      -Espera y verás –le dijimos.
      Nos alejamos un poco, apagamos las linternas y unos minutos después, bajo la leve luz de la luna, vimos aparecer, desde nuestro escondite, al Coronel Cucaracha, se acercó al cadáver aplastado de su mejor recluta y llamó al resto de la compañía que se aproximó en silencio y, tras presentar sus respetos a la compañera caída, iniciaron una comitiva fúnebre portando a sus espaldas los restos mortales de la víctima.
      Nosotros, nos fuimos de allí tan rápido como pudimos y sin dejar rastro para evitar que nuestro hijo fuera juzgado por un tribunal cucarachil. Y desde entonces vivimos escondidos como cualquier otro prófugo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

ESCENA SÉPTIMA O DEL RELATO DE UNAS VACACIONES EN LAS QUE CUPO DE TODO

      De mi viaje por Asturias y Galicia recordaré siempre dos cosas:
      Los ojos amables de la señora Celia, la dueña del restaurante Riobo en Vilaboa, provincia de Pontevedra; y el rato que estuvimos esperando a que nos atendiera la chica de la oficina de turismo de Castropol (Asturias).
      Los primeros porque se mantienen fieles a sí mismos a lo largo de los años; porque en ellos se muestra toda la bondad y sabiduría de una mujer que siempre ha trabajado duro, que ama su trabajo y lo hace con tanto esmero y cuidado que, al parecer, no somos los únicos en recorrer cientos de kilómetros para ir a verla. Ya no nos puede dar de comer, se ha jubilado con todo el derecho del mundo, pero en nuestro corazón, Galicia estará siempre unida a ella, su sonrisa, sus ojos, su cariño y su comida.
      El segundo porque, sin duda fue el momento más divertido del viaje. Por fin un día logramos salir antes de las diez de la mañana del hotel, que llegamos sobre las 10:15 a nuestro destino, buena hora para realizar las actividades previstas, en este caso acuáticas. Estábamos contentos y llenos de expectativas. Sin embargo, llegamos al destino, aparcamos el coche y nos dirigimos al puerto bajando una cuesta que auguraba un regreso temible. Alcanzamos el puerto justo frente a una señal que indicaba que la oficina de turismo estaba a nuestra derecha. No había nadie más en el puerto. Si acaso unos bares abiertos pero nadie en las terrazas. Emprendimos el camino de la derecha.
      A cada poco los niños se abalanzaban sobre el pretil porque un pez había llamado su atención. Discutían sobre qué especie de pez era. Seguían su camino tras recordarnos que querían pescar y que no les afectaba lo más mínimo nuestra advertencia de que tendrían que desenganchar al pez del anzuelo, una vez muerto, limpiarlo, quitarle las tripas y cocinarlo. Es más, ¿acaso dudábamos de que lo iban a hacer? Terrible pregunta que mejor que fuera retórica porque cualquier respuesta era mala. Un poco más adelante fueron los cangrejos quienes llamaron su atención. Y así fuimos caminando durante algo más de media hora, entre pasos y paradas, bajo un sol que ya picaba y un camino que, salvo a bordear Castropol, no parecía que fuera a conducirnos a ningún otro sitio. Los niños empezaron a impacientarse y nosotros a temer que la caminata fuera en balde y viendo cómo se esfumaban las posibilidades de hacer nada de la misma manera que se había esfumado nuestro tiempo.
      Cuando ya pensábamos en volver sobre nuestros pasos y volver a enfrentarnos a los cangrejos, peces e islas desaparecidas por la subida de la marea, nos adelantó una mujer que corría por vocación, no por necesidad. Le preguntamos y nos indicó que siguiéramos adelante, que ya quedaba poco, como un kilómetro más o menos. Que teníamos que subir un repecho y, frente a un restaurante, encontraríamos la oficina de turismo. Reanudamos, pues, la marcha ya sin tanta alegría, con más discusiones y teniendo que arrastrar al pequeño que ya sólo quería pescar.
      Subimos el repecho, dimos con el restaurante y descubrimos que habíamos pasado por delante de la oficina de turismo con el coche antes de aparcar arriba, casi en las nubes. Nos dirigimos a ella pensando que sólo habíamos perdido tres cuartos de hora y riéndonos de nuestra ceguera. Era una caseta de madera dejada caer sobre el césped de un parque de manera que el mostrador en el que se atendía asomaba justo sobre la acera de aproximadamente medio metro de ancho. Y allí estaba ella. La mujer a la que estaba atendiendo la amable muchacha.
      Nos detuvimos entre dos coches aparcados, dejando una distancia prudencial y sobre un charco que hizo las delicias de los niños que empezaron jugando a saltar sobre él y acabaron enfadados y saltando dentro de él para mojar al otro porque “mira lo que me ha hecho”.
      Al cabo de un cuarto de hora de no saber qué hacer con el maldito charco que no se secaba a pesar del sol que empezaba a ser de justicia y de esperar en vano a que nos tocara el turno, empezamos a hablar lo suficientemente alto para que se dieran cuenta de que había cola; después a azuzar a los niños para que molestaran y, por último, a mirar alrededor para descubrir la cámara oculta. No la descubrimos. Sin embargo, descubrimos un coche grande y negro que estaba aparcado a unos diez metros de nosotros, al sol y con el motor encendido. Dentro, había un hombre y dos niños de entre ocho y diez años. El hombre miraba hacia la caseta de turismo insistentemente, los niños parecían jugar con unas tabletas.
      No sé cuánto tiempo después, el hombre, paró el motor, se apeó del coche, miró hacia las dos mujeres que seguían haciendo planes para lo menos ya una semana, carraspeó. Al cabo de unos minutos tosió. Visto que no obtenía respuesta alguna por parte de las mujeres, que ni se dignaron a mirarle, subió de nuevo al coche, arrancó el motor e inició la marcha atrás para desaparcar, luego movió el coche de manera que quedó a la sombra, apagó el motor y se puso a ojear un folleto.
      La turista debía tener una memoria de elefante porque no tomaba nota de todas las posibilidades, indicaciones y fechas que le sugería la otra y llevábamos nosotros más de media hora esperando, ellas ni sé cuánto hablando.
      Los niños del coche empezaron a pelearse. El hombre sacó a uno y se quedó con él a la sombra. El otro empezó a bramar. El hombre lo sacó del coche y metió al primero que, muy enfadado, comenzó a golpear las ventanillas, así que volvió a sacar al chiquillo, los dejó a los dos en la sombra, entró él al coche y se encerró.
      Unos momentos después apareció una pareja, probablemente, de jubilados. La mujer nos preguntó si esperábamos para ser atendidos. Le dijimos que sí, aunque igual perecíamos en el intento porque llevábamos más de cuarenta minutos de espera. La cara de terror del hombre fue tal que huyó despavorido llevándose de la mano a la esposa que no paraba de santiguarse mientras huía.
      Nuestros hijos andaban entretenidos observando a los otros niños que igual que ellos se amaban y odiaban a partes iguales y dividían su tiempo de espera entre jugar y pelearse, exactamente igual que ellos. Nosotros observábamos al hombre que se revolvía constantemente en su asiento. Bajó varias veces la ventanilla, llamó a su esposa otras tantas, quien lo ignoró las mismas veces porque bastante tenía con anotar mentalmente la inmensa cantidad de datos que la muchacha le vomitaba sin cesar.
      El hombre inició un balanceo rítmico, su cabeza comenzó a girar y estaba a punto de empezar a soltar espumarajos por su boca cuando decidió, en un ataque de cordura, volver a salir del coche. Amagó un acercamiento, pero desistió del intento repelido por la multitud de palabras, cifras, días de la semana y demás datos que envolvían a ambas mujeres. Un sonido gutural que reclamaba auxilio salió de sus labios y logró llegar a oídos de su esposa con la suficiente urgencia como para llamar su atención. Ella miró, vio todo en orden y siguió atendiendo cual alumna ávida de saber.
      El hombre se desesperó. Miró hacia todos lados, tanteó varias ramas de árbol hasta que encontró una que le gustó porque no cedía bajo su peso. Se dirigió al maletero de su coche, rebuscó desesperadamente pero no halló lo que buscaba. Sus ojos, al emerger, reflejaban la desolación más absoluta. Intentó despeñarse por el bordillo, pero no era lo suficientemente alto y ni siquiera se dobló el tobillo. Se arrodilló en el suelo, alzó ambas manos juntándolas en ángulo de noventa grados sobre su vientre y las llevó con fuerza hacia sí, pero la espada imaginaria sólo causó nuestras miradas compasivas. Llevó sus manos hacia el cuello pero tampoco sirvió de nada porque sus dedos se agarrotaron antes de poder apretar. Cuando, con lágrimas de desesperación rodándole por las mejillas, comenzó a escribir en un papel una carta de despedida que tanto podría  tratarse de un testamento, como de un abandono o de un divorcio, la mujer dejó de preguntar y la muchacha de explicar, se despidieron y la esposa llegó junto a lo que quedaba de su esposo, sonrió victoriosa agitando alegremente los infinitos folletos y mapas y él se alzó enfurecido, subió al coche y arrancó marchándose de allí con una furia que nos dejó envueltos en una nube negra. Llevábamos una hora en cola.
      Mis hijos tal vez recordarán de nuestras vacaciones del 2016 a Kira, la perra con la que jugaban o la pesca que nunca realizaron, pero ése es otro relato que les tocará escribir a ellos.