miércoles, 28 de diciembre de 2016

EL REENCUENTRO

      Besó la postal de su nieto. "Esto es precioso, abuelita, te va a encantar. Mamá ha encontrado trabajo en una peletería y yo tengo muchos amigos y vamos todas las tardes al bosque a trepar árboles. ¿Cuándo vendrás?"
      Hacía siete meses que se marcharon a Galicia y le extrañaba tanto...
      La gente a su alrededor miraba las pantallas y corría de un lado a otro. Ella sonreía y esperaba.
      -¡Abuelita, por fin has venido! ¡Qué ganas tenía de verte!
      El niño se le abalanzó abrazándola. Al separarse, le vio la herida en la cabeza.
      -¿Duele, cielo?
      -¡Qué va! Fue una inocentada. Ven, tengo mucho que enseñarte. Esto te va a encantar. ¡Vamos, corre! -dijo tirando de ella.
      -Ya voy -reía-. ¡Cuidado, que me vas a tirar!
      El pitido que había estado sonando en sus oídos hasta ese momento se detuvo. Hora de la muerte: quince y trece minutos.

martes, 27 de diciembre de 2016

DOS LECCIONES DE EMPATÍA Y UNA DE ECONOMÍA DE ANDAR POR CASA

Señor Alfonso Dastis:

      Como estamos en Navidad y ya sabe que es tiempo de regalar, yo quisiera entregarle esta reflexión para que usted pueda crecer como ministro y ampliar sus miras.
      Verá, señor, usted es un representante de la ciudadanía, la que le ha votado y la que no. Por tanto es necesario que empatice con sus representados para saber qué necesitan. Así que ahí va la lección de empatía número uno, usted no es el centro del universo ni la medida de todas las cosas, de manera que, considerar algo como una tragedia o no, dependiendo de su experiencia personal, no ayuda a que sus compatriotas le vean una persona que les representa sino, más bien, como un ser lejano que se cree por encima de los demás.
      Lección de empatía número dos: negar los sentimientos del otro no ayuda en absoluto a que éste confíe en usted y se sienta respetado. Puede que para usted no fuera una tragedia marcharse al extranjero y separarse de amigos y familia, no voy a entrar a valorar ni a discutir sobre si la voluntariedad u obligatoriedad del hecho en sí tiene algo que ver o no en la consideración –o no- de tragedia. Acepto barco como animal acuático y que a usted le pareció de lo más divertido y emocionante marcharse y que no sintió ni un ápice de morriña. Bien, afortunadamente, el mundo es diverso. Eso es lo que realmente nos enriquece, juntarnos con seres distintos a nosotros y aceptarlos y entenderlos. Observo que a usted la experiencia no le sirvió para enriquecerse conociendo gentes distintas a usted porque, de sus declaraciones se desprende que usted no reconoce que haya puntos de vista distintos y personas con sentimientos distintos. Abra los ojos y observe, pero sobre todo, respete a quien no piensa o siente como usted. No le niegue su derecho a sentir porque estará impidiendo cualquier posibilidad de comunicación.
      No hay que ser un economista para saber que cuando uno invierte en algo, espera que dé frutos y recuperar con creces lo invertido. Espera obtener beneficios. Así el agricultor prepara la tierra con esfuerzo, planta una semilla, la riega y la cuida mientras crece protegiéndola de plagas, de malas hierbas, de la climatología adversa, etc. Y todo ello porque espera recoger el fruto y poderlo vender y obtener beneficios. Lo mismo podríamos decir de cualquier oficio. Ahora ¿qué pensaría usted del agricultor, del carpintero o del emprendedor que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en cultivar un campo, fabricar un mueble o levantar un negocio y cuando éste está a punto de dar beneficios se lo regala a la primera persona que pasaba por ahí? Como poco que o estaba loco o tonto ¿no? Y en cualquier caso que era un pésimo inversor. Pues eso es lo que pensamos muchos de un país que invierte tiempo, dinero y esfuerzo en formar jóvenes universitarios con grandes conocimientos y que después los regala al primer país que aparece en el horizonte.

viernes, 16 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO V y última parte.

      Ella me miró intentando descifrar mis motivos y debió verlos muy claros porque me contestó:
      -Con una condición.
      -Dime.
       -Que no me cojas de la mano ni me ayudes a levantarme cuando me caiga.
       -Eso son dos condiciones.
       -Bueno, pues con dos condiciones.
       -No tengo intención de cogerte de la mano…, por ahora. Lo de ayudarte si te caes, es más complicado porque tengo por costumbre ayudar a quien está en apuros. Se llama educación. Y espero que si me caigo yo, tú me ayudes.
       Ella me miró divertida.
      -Bueno, yo te ayudaré si te caes aunque lo más probable es que acabemos los dos en el suelo. Pero, desde luego, a ti ni se te ocurra ayudarme porque será lo último que hagamos juntos.
       -Está bien –dije encogiéndome de hombros–, tú ganas.
       Cogimos nuestras toallas y nos encaminamos hacia la playa, seguidos por las miradas curiosas y el intercambio de codazos de la pandilla.
       Nada más llegar a la arena, Elsa cayó por primera vez. Yo metí las manos en los bolsillos y esperé a que se levantara con la misma encantadora gracia que lo hacen los títeres: primero alzó sus caderas hasta superar la línea de sus hombros, dio un pequeño salto para que las yemas de los dedos de sus pies se apoyaran en la arena, que ya empezaba a estar caliente, y despegó sus manos de la arena izando los brazos por encima de su cabeza y luego bajándolos grácilmente hasta dejarlos junto a su cuerpo.
       Entonces me miró. Yo sonreí y saqué mis manos de los bolsillos.
      -Gracias –dijo ella.
      -No hay de qué.
      Seguimos caminando hacia la orilla lentamente y yo tuve que meter mis manos en los bolsillos cuatro veces más.
      -Lo que me extraña –le dije al llegar a la orilla–, es que tengas las rodillas tan bonitas. Las mías están llenas de cicatrices y no me caigo tanto.
       Ella me miró divertida:
      -Soy de buena calidad.
      -¿Nos sentamos? Lo que más me gusta es ver el mar.
       -A mí bañarme y nadar.
       -Bueno, pues déjame que lo mire un rato y luego nos bañamos, que no vas a ganar siempre tú.
       -No soy de cristal.
       -Es evidente. Yo sí.
       Estuvimos mucho rato hablando. Yo le conté por qué estaba allí y por qué no salía de casa. Ella me contó por qué no pensaba quedarse encerrada nunca. Era tan hermosa y tenía tanta fuerza que me enamoré de ella ese mismo día.
        El sol estaba bien alto cuando decidimos bañarnos. Entrar en el mar con ella fue toda una aventura: las olas la derribaban a cada paso, así que la cogí en brazos y corrí con ella contra las olas tan rápido como me permitieron las piernas, saltando cada ola hasta que caímos los dos envueltos en la espuma y la besé. Fue un beso apresurado, apretando mis labios contra los suyos, con la premura que da un beso robado y la inocencia de quien no ha besado nunca antes. Cuando me separé de ella, desvié la mirada avergonzado, pero ella me sujetó la barbilla y me besó. El suyo fue dulce, largo, suave.
       Cuando regresábamos a la urbanización, ella me cogió de la mano.
       -Sujétame bien que no me caiga.
       Ya nunca nos hemos vuelto a soltar. Camino cada día de su mano, yo torpemente y procurando no tropezar con nada porque soy incapaz de escuchar la música que la mueve a ella, siempre de puntillas, con los pies y las rodillas sin perderse jamás de vista y bamboleando las caderas y los hombros con una gracia infinita.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO IV

      Ella llegaba cada mañana a la piscina a eso de las once y media. A veces la acompañaban su hermana y su madre, otras acudía sin más compañía que su libro. Su hermana tendría unos diez años, ella debía tener la misma edad que yo: quince. Cuando bajaban juntas, siempre acababan enfadadas con su madre. Ellas se divertían tirándose al agua de mil maneras diferentes, a cual más tonta y más cómica (nada que ver con las perfectas piruetas de los perfectos ni con la perfecta postura corporal de las perfectas); o jugaban a hacerse aguadillas. Su madre siempre reñía a la pequeña: “Cuidado que vas a hacer daño a tu hermana”, “¿Por qué no juegas a otra cosa, que tu hermana se puede hacer daño?” Y ella acababa discutiendo con su madre: “¡Déjala en paz, que no soy de cristal!” Y recogían sus bártulos, enojadas, para alejarse de su mirada y sus comentarios sobreprotectores.
      Una mañana de las que apareció sólo con su libro, esperé, como otras veces, a que su danza finalizara con su desplome sobre la toalla para levantarme de mi silla y seguir observándola desde el escondite que me proporcionaba mi habitación. Sin embargo, nada más ponerme en pie, ella levantó sus ojos hacia mí y me clavó una mirada inquisitiva. Mi primer instinto fue el de retroceder rápidamente para esconderme, pero, inmediatamente me arrepentí avergonzado. Di un paso adelante, le sostuve la mirada mientras le sonreí y levanté la cabeza a modo de saludo. Ella no se inmutó y siguió mirándome fijamente. Yo me di media vuelta, entré corriendo a mi habitación y salí con mi bañador nuevo, la toalla que me regaló el único amigo que tenía en mi anterior colegio y con mi camiseta preferida.
      Me asomé a la cocina, mis padres andaban ocupados preparando la comida. Les dije:
      -Me bajo a la piscina, chao.
      Mi padre me miró desconcertado, mi madre sonrió y asintió con la cabeza.
      -Pásalo bien, hijo.
      Volví sobre mis pasos, le di un beso en la mejilla y, azorado, corrí hacia la puerta.
      Ella estaba mirando hacia mi portal. Cuando me vio aparecer sonrió triunfal.
       -Por fin bajas –se limitó a decir cuando me planté a su lado.
      -Me llamo Sergio.
       Asintió:
       -Tú ya sabes mi nombre ¿no?
       -Elsa –le dije mientras me sentaba a su lado.
       De repente fuimos conscientes de que la pandilla se había quedado en silencio y nos miraban con curiosidad.
      -Son imbéciles –dijo saludándoles con la mano y una mueca.
      Ellos desviaron sus miradas pero siguieron pendientes de la escena. Yo me estaba poniendo nervioso. No estaba acostumbrado a ser yo el objeto del interés de nadie. Tampoco sabía muy bien qué decir y no estaba dispuesto a ser el hazmerreír con tanto público así que me armé de valor y le dije:
       -¿Te vienes a la playa?

lunes, 12 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO III

La pandilla ya llevaba un buen rato haciendo sus monadas y yo iba a volverme hacia mi cuarto, como cada día, para mi venganza particular: cuando me cansaba de sus cuerpos perfectos y sus vidas de película americana, me encerraba en mi habitación, cogía los lápices y el carbón y me dedicaba a caricaturizarles en las páginas de mi bloc de dibujo. Pero ese día, cuando me levantaba de la silla, la vi entrar. Caminaba como si bailase siguiendo el ritmo de una música que sólo ella oyera. Llevaba la toalla sobre el hombro izquierdo. Se detuvo frente a mi terraza, bastante alejada de ellos que ocupaban siempre la zona más próxima a la parte más honda de la piscina, monopolizándola con sus cabriolas. Ella dejó caer su toalla al césped y, mientras bailaba, la fue estirando. Cuando hubo acabado de arreglarla, se dejó caer sobre ella como si los últimos acordes hubieran acabado con su vida de bailarina. Luego, abrió el libro que llevaba en la mano derecha y se puso a leer.
Ellos observaron todo el ritual con menos sorpresa que yo. Deduje por sus gestos cómplices que la conocían. Ella ni les miró y ellos dejaron de hacerlo en cuanto se acabó la novedad de su presencia. Yo no pude dejar de mirarla. Era la chica más guapa que había visto nunca y, además, leía. Me esforcé por descifrar el título pero no lo conseguí.
Se ignoraron mutuamente durante toda la mañana. Por los cuchicheos de la pandilla perfecta, concluí que la conocían pero no hicieron nada por integrarla, por conversar siquiera con ella. Incluso me pareció percibir cierto desprecio cuando la miraban de reojo. “Normal –pensé yo–, ella es infinitamente más guapa y perfecta que todos ellos juntos. Eso se llama envidia”. 
Tampoco ella hizo ningún gesto que delatara el más mínimo interés por formar parte del grupo. En su desentendimiento de lo que ocurría al otro lado de la piscina había algo de desdén. Sonreí. Cada vez me gustaba más esa chica. Tenía lo que a mí me faltaba: valentía para que me importase un comino que me despreciasen y, además, mostrar públicamente lo poco que me afectaba.

domingo, 11 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO II

      Aquel verano del 82 yo tenía quince años y estaba enfadado con la vida, con el mundo, con todo el mundo y también con mis padres porque no entendían nada, porque me habían traído a esta mierda de mundo y no me dejaban irme. Así que mientras la gente se preparaba para salir de casa a ver el primer partido de España en el mundial de fútbol, yo preparaba las maletas para el cambio de cárcel. Y mientras todos disfrutaban en el campo o en las calles, yo emprendía el camino hacia el lugar perfecto.
      La mañana siguiente amaneció soleada, pero me negué a salir de mi habitación. El tira y afloja con mis padres duró alrededor de una semana, creo, luego me venció el aburrimiento y opté por salir a la terraza. Estaba enfadado conmigo por la rendición y ni siquiera saludé a mi madre. La mañana era limpia y cálida. Aún no había nadie en la piscina y el sol reverberaba en el mar. Cogí una silla y me senté pegado a la barandilla dejando que mi vista se perdiera en el horizonte junto a mis pensamientos, con la respiración ronca de las olas al fondo. Poco a poco la mía se fue acompasando con la del mar y llegó la paz. Hacía mucho tiempo que no sentía paz. Era tan plácida que me adormecí escuchando el ronquido del mar, mi respiración y los latidos de mi corazón. Pero no duró mucho porque unas voces rompieron el encanto.
       Habían abierto la piscina y había entrado un grupo de chicos y chicas muy ruidosos. Tenía razón mi madre: eran perfectitos. Todos sonreían con dientes blancos; ellos con el pelo cortado a la moda, ellas con las melenas al viento; ellos con cuerpos atléticos que exhibían haciendo cabriolas de todo tipo y ellas, delgadas, bronceadas, riéndoles las gracias.
      Todos los días repetían el ritual: aparecían por la piscina a eso de las diez y media y se pasaban la mañana entre baños, juegos y charlas; desaparecían a mediodía y volvían a aparecer sobre las cuatro de la tarde. A eso de las seis, ellos cambiaban la piscina por cualquiera de las pistas deportivas y ellas se sentaban a animarles mientras comían pipas.
       No entendía de dónde se había sacado mi madre que yo podía encajar en esa pandilla. No pensaba darles el lujo de rechazarme. Ellos ocupando el espacio público y yo, en mi casa. Todos contentos.
       Cuando ya me había resignado a que cada mañana aquel grupo de seres perfectos y ajenos a cualquier cosa que no fuera su felicidad vinieran a recordarme que estaba enfadado con el mundo, apareció ella.

viernes, 9 de diciembre de 2016

UN LUGAR PERFECTO I

      En el verano del 82, mientras, afuera, la gente jaleaba a sus equipos nacionales y celebraba, eufórica, cada gol marcado en la portería contraria, yo estrenaba lugar de veraneo y lo convertía en mi cárcel particular.
      Mis padres habían comprado el apartamento unos meses antes y llegaron a casa, emocionados, mostrándome las llaves y los planos.
      -Es perfecto, Sergio, te va a encantar. Está frente al mar. De hecho, se ve desde la terraza y desde las habitaciones.
      -Vas a tener una habitación para ti y es grande; podrás llevar tus cosas.
      -El edificio hace una U, ¿lo ves? Y en el centro está la piscina con césped alrededor. A los lados tiene un campo de fútbol, una cancha de baloncesto y una pista de tenis –mi padre me iba señalando cada cosa que nombraba en los planos, como si a mí me interesara lo más mínimo.
      -Hay muchos chicos de tu edad, los hemos visto. Es una buena pandilla. Te vas a divertir y harás amigos nuevos. Es perfecto, de verdad.
      Yo les escuchaba con una mezcla de cabreo e incredulidad.
      “No me va a encantar. Yo no quiero ir a ningún sitio. ¿Quién les manda comprar nada? Pues allí tampoco voy a salir de casa. De mi cuarto, a la cocina para comer y ya. ¿Con que va a ser perfecto? Nada es perfecto. ¡Bah, amigos! ¿Quién necesita amigos? Yo tengo bastante con mis cosas.”
       ¡Mis cosas! Mis cosas se llamaban caballete, óleos, carbones y pinceles y formaban parte de mi terapia.