martes, 28 de julio de 2015

EL SUEÑO DEL HIJO

       El silencio de la noche inunda el hogar. Mientras los ojos de la madre ceden al cansancio, la ternura se instala en su corazón. Se acerca sigilosamente a la habitación del hijo para espiar su sueño. La luna ilumina levemente el rostro del niño. La madre lo mira, se sienta a su lado y le acaricia mientras se cobija en la placidez del sueño del hijo. Sonríe y cierra los ojos recorriendo con la yema de sus dedos la cara y el pelo del pequeño que también sonríe en sueños.
       Entonces, ambos, madre e hijo, viajan juntos a los momentos dulces que tejieron su amor.
       Entonces, ella descansa de la madre que debe ser y vive la madre que quiere ser.

miércoles, 22 de julio de 2015

EL MAR

      Estaba de pie frente al mar. Las olas lamían suavemente sus pies. Olía a sal.
      Un grupo de niños jugaba alegremente con una pelota dentro del agua. Reían y gritaban. Jugaban. Algo más a la derecha había dos cabezas muy juntas subiendo y bajando al compás de las olas. Imaginó que sería una pareja. Cerca de la orilla niños más pequeños iban y volvían llenando sus cubos de agua que vaciaban en la arena.
      Se le hundían cada vez más los pies en el agua al ritmo que marcaban las olas. Ya no hacía demasiado calor y el agua estaba templada. El sol iba cayendo a su espalda. Olía a sal.
      Se quedó un rato mirando a los niños que jugaban a la pelota. Eran felices. Nada parecía tener poder para enturbiar el momento. Ningún pensamiento oscuro. Tenían la misma edad que ella tenía cuando su mundo alcanzó la mayoría de edad. Ella lo veía cambiar todo con sus ojos asombrados de preadolescente. La gente a su alrededor tampoco tenía consciencia de que el peligro acechaba a cada esquina. Vivían con la inconsciencia de la juventud. Pero caían. Vaya si caían. De repente faltaba alguien en el cuadro. Nadie hablaba en voz alta del tema, pero ella lograba oír retazos de historias que convergían en los baños de algún bar.
      Un día fue a ella a quien golpeó la vida. Y la vida le segó la adolescencia. Y jamás supo qué era sentirse inmortal. El miedo la atenazó. Llenó su casa de relojes para recordar que el tiempo se escapa entre los dedos y que un día, la cuerda se rompe y, con ella, la vida.
      El tiempo se escapa entre los dedos como ahora la arena se le escapaba bajo los pies, hundiéndola. Olía a sal.
      Regresó a su toalla sobre la arena, se quitó la prótesis de su brazo izquierdo y la dejó junto a su ropa. Se encaminó de nuevo al mar, despacio, sin prisa, mirando al frente, sin perder de vista el horizonte. Recordó cómo le gustaba nadar con él paralelos a la línea que separa el mar del cielo, cuando el agua les llegaba a la altura del pecho. Dos lágrimas se fundieron con el mar, en el mismo momento que ella comenzó a nadar como antaño y, como antaño, se sintió una sirena nadando entre delfines. Y allí, nadando con ella, estaba él.

sábado, 18 de julio de 2015

SEGURO QUE NO SOY LA ÚNICA

       Ayer fui de compras. Es la cuarta vez que lo hago desde que empezó el verano. Y volví, por cuarta vez, con las manos vacías. Y no fue por culpa de la dependienta, una amable muchacha que, en su intento de vender, me enseñó la tienda entera, producto tras producto, para mi desesperación, porque ninguno coincidía con lo que yo le había pedido. Sus inútiles esfuerzos conseguían, eso sí, que mi rostro se fuera transformando en el de una ogra a punto de escupir sapos y culebras por la boca y rayos y centellas, por los ojos. ¿Cómo es posible tanta estupidez? Esto no se parece ni de lejos a lo que le he pedido, ¿para qué me lo enseña? ¿Y esta porquería, qué pasa que cree que soy imbécil o es que cree que soy tan rara que me ha de gustar esa cosa? ¡Niña, no me hagas perder el tiempo ni pretendas hacerme sentir marciana, si no tienes lo que busco, me lo dices y punto!
       Dado que en ninguna de las veintisiete tiendas visitadas tienen lo que busco, entiendo que es un problema de diseño, así que dirigiré mi carta a los responsables del asunto.

       Señores diseñadores de bikinis (en masculino porque me niego a pensar que una mujer pueda ser tan insensible a las necesidades de su propio género):

       Yo imagino que ustedes tienen un modelo de mujer en su cabeza que es la que plasman en sus dibujos y a la que visten con sus diseños. Y allí queda ella, ese modelo de  mujer, monísima de la muerte, quietecita para siempre en su papel o pantalla de ordenador. 
       Y no digo yo que no haya mujeres así en el mundo. Es posible que sí, es más, si ustedes lo dicen, es seguro que sí. Ellas aparecen en la playa o la piscina, como por arte de magia, no acuden, no caminan, se personifican. Y se quedan allí, en su tumbona, estáticas, tal cual ustedes las piensan y dibujan, por horas, hasta que, de repente, desaparecen. No se marchan, se desvanecen. 
       Ellas no tienen ni una pizca de grasa ni de celulitis en ninguna parte de sus exiguos cuerpos. Sus largas y esbeltas piernas acaban en respingonas nalgas. Sus vientres son extraordinariamente planos y sus pechos redondos y firmes. 
       Y, claro, así es muy fácil. Así cualquiera cabe en los bikinis que ustedes diseñan. Así lucen espléndidos en las chicas de los anuncios, también inmóviles de por vida, también retocadas sus imágenes, para que ellos, los bikinis, sus maravillosos bikinis, sean los auténticos protagonistas.
       Pero no todas las mujeres encajamos en su imagen de mujer; en el modelo femenino que se escapa de sus cerebros y, a través de sus dedos, aterriza en el papel. Miren que siento darles este disgusto, pero les aseguro que hay vida más allá de sus cuadernos y ordenadores. Pero vida de la de verdad, con movimiento, con sentimientos, con deseos y… con imperfecciones. ¡Quizá les parecerá extraño, incluso increíble, pero la vida es así: imperfecta!
       Ya sé que a ustedes esto les puede parecer una soberana estupidez o una vulgaridad de enormes proporciones, una nimiedad carente de interés para ustedes, trabajadores incansables en resaltar la Belleza. Pero como imagino que ustedes también tendrán la mala costumbre de comer a diario, quizá pueda interesarles este nicho de mercado al que vender sus productos: el de las mujeres de carne y hueso.
       Les comento por si les interesa o por si alguna de sus colegas de profesión ve el filón que podría resultar esta industria, porque lo que es innegable es que nos gusta estar guapas, aunque sea en bikini, o quizá más precisamente en bikini.
       Algunas mujeres tenemos curvas acentuadas en nuestro cuerpo y no sólo en los pechos, de manera que no estaría de más que los bikinis contemplaran ese pequeño detalle para que nuestras carnes no desbordaran los diminutos trozos de tela con los que pretendemos cubrir nuestras vergüenzas.
       Además, pasada la adolescencia, las nalgas de la mayoría de las mujeres caen por efecto de la gravedad y se rellenan por efecto de las hormonas. Hay mujeres a las que les importa un pimiento cuán de gordo y caído sea su culo, pero a otras, digo yo que no seré la única, no nos resulta estético el efecto producido por un irrisorio trocito de tela que no llega a cubrir ni la mitad de esas posaderas que más bien parecen dos orondas lunas, con sus cráteres y todo, asomándose, curiosas, a observar el mundo. ¿Sería mucho pedir que usaran un poco más de tela en sus diseños para que nos recogiese salva sea la parte y disimulase su decadencia? No pido la braga-faja de cuello alto que me enseñó la solícita, a la par que perdida, dependienta, sino algo intermedio, elegante, bonito, ya saben, que esconda las imperfecciones y resalte las virtudes, que las tenemos, no crean.
       Otra cosa importante es que las mujeres de carne y hueso tenemos el terrible vicio de movernos. Ya ven, con lo divinas que quedaríamos plantadas, cual hermosos y sonrientes pasmarotes, y no, va y nos desplazamos con más o menos garbo y elegancia. Lo cual no sería un problema si no fuera porque utilizamos esos desplazamientos –y supongo que no seré la única– para cosas tan peregrinas como zambullirnos en el agua (perdón, no sabía que la piscina o el mar eran puros adornos, creí que podía refrescarme igual que el resto de seres humanos), o jugar con los amigos o con nuestros hijos o sobrinos (¡qué manía la nuestra de parecernos a los otros mortales que nos rodean cuando, según su imaginario estamos predestinadas a permanecer hieráticas en los pedestales!)… Y claro, sus bikinis resultan un problema. Son preciosos, la verdad, no seré yo quien diga lo contrario, pero cuando una se lanza de cabeza a la piscina con uno de ellos, lo más probable es que acabe con la braga en los tobillos y el sostén en la cintura, o a la altura del diafragma si consigue encontrar uno de tirantes. Con lo que, si el agua no está verdosa, lo más probable es que el triángulo oculto de la luna que tiene por pandero, brille con todo su esplendor. No mejora el tema si una, intentando ser muy femenina, cae de pie al agua, porque entonces se le pondrá el sujetador de corbata. Lo mismo ocurre si levanta los brazos para alcanzar una pelota (ese artilugio masculino donde los haya), las tetas se le escaparán por debajo del mínimo sujetador. Y si salta para cogerla, la braga decidirá no saltar, así que tendrá que emplear las manos en evitar el desnudo en vez del gol.
       ¿Pero qué pasa si en vez de ser un espécimen masculinizado es una maternal mujer? Tres cuartas partes de lo mismo, porque tendrá más veces el pecho fuera que dentro de los triangulitos o bandas del bikini que se desplazarán inmisericordes con cada manotazo infantil.
        Y me pregunto yo ¿no habría forma de poner unos elásticos más resistentes? Como los de la ropa interior, por ejemplo. No parece muy difícil.
       Pero vayamos al material con el que fabrican los bikinis y, en general, toda la ropa de baño femenina. ¿De verdad es tan difícil encontrar una tela como la de los bañadores de los hombres, que seque rápido, para ejecutar sus diseños? ¿Por qué puñetas hemos de permanecer húmedas durante horas como castigo por haber salido de su dibujo para darnos un ligero chapuzón? Y desde hace unos años, aún es peor, encima de que no hay dios que seque esa tela, la ponen doble. ¿Por qué? La tela de los bañadores masculinos no se transparenta y seca rápido. Utilicen la tecnología, por favor. Sean compasivos…
       ¿Y qué me dicen de la moda de poner a Bob Esponja dentro de las cazuelas de los sostenes de los bikinis? ¿Qué pretenden, que nos quedemos con toda el agua bajo las lolas? Así no hay forma de dejar de ser miss camiseta mojada durante horas.
       Yo buscaba un bikini, ya ven, me gusta que me dé el sol y tener pocas rayas; que fuera de tirantes (parezco snob, lo sé, pero es que lo que vaya atado al cuello acaba provocándome dolor cervical, delicada que es una); sin relleno; que se sujetase bien al cuerpo porque no soy nudista (rarita que es una); que tapase, al menos el 75% de mi culo (que, en mi opinión, ya no está para ir mostrándolo alegremente); que fuera bonito y me sentase bien. Una utopía, vamos. Así que regresé a casa y a mi raído pero seguro bikini de hace un lustro con el firme propósito de demostrar al mundo de la moda que hay otros tipos de mujeres, además de las de los dibujos de los diseñadores. 
       Así que, como supongo que no seré la única, aprovechen, por favor, este estudio de mercado que les he hecho gratuitamente y diseñen y pongan a la venta bikinis bonitos para las hermosas mujeres de carne y hueso que vivimos en el mundo real, porque dudo que mi bikini sobreviva a este verano.
       Atentamente, alguien que se resiste a ser condenada por escándalo público.

jueves, 9 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS VI

Epílogo

      Si usted es un ser humano que escogió ser maestro y tiene la mala suerte de compartir espacio con ese habitante de La Chusma, en cuanto sea testigo de alguno de los pasos del procedimiento, denúncielo, por favor. Usted es bueno y quiso ser maestro porque amaba su profesión y quiere a los niños, proteja a esa criatura y sepárela de su agresor. Él ofende su profesión y también a usted le perjudica.
            Si usted es un ser humano que escogió tener control sobre cualquiera de los aspectos educativos y sobre las personas implicadas en la educación, tenga en cuenta que esto no es una patata caliente, es un niño que tiene derecho a crecer con dignidad y que tiene derecho a ser respetado. No mire hacia otro lado, por favor, sus subordinados tienen el deber de educar y enseñar, y el que no lo hace, incumple con su obligación. Él es quien actúa mal y a quien hay que alejar, no a la víctima. Usted está ahí porque quería velar para que todo funcionase correctamente, no permita que le impidan cumplir con su función.
      Si usted es un ser humano a quien su hijo le cuenta que tiene un compañero al que le pegan o insultan o que este niño se comporta de una manera que, su sentido común de adulto, no puede comprender, hable con los padres del niño y póngase en alerta: su hijo no está en un ambiente adecuado y la culpa no es del otro niño. Algo le ocurre a esa criatura y está pidiendo ayuda a gritos. Y sobre todo, piense que esa criatura podría ser su hijo o podría ser el próximo acosado.
      Si usted es un ser humano cuyo hijo es acosado, no está sólo, no es culpa de su hijo y usted tampoco tiene la culpa, todo ello a pesar de lo que quieran hacerle creer los eternos aspirantes a humano que se empeñan en destruir a nuestros niños.
      Y si eres un ser humano al que está acosando esa chusma, tú no eres el problema, no eres raro, ni nocivo. Puede que seas distinto, pero todos somos distintos, afortunadamente. Eres maravillosamente distinto y te damos las gracias por enriquecernos. Sé fuerte, pide ayuda y aléjate de esos eternos aspirantes a ser humano, porque ellos son los tóxicos. Y llegará el día, en el que tú brillarás como el extraordinario ser humano que eres.

miércoles, 8 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS V

Los daños colaterales.

       Como en toda historia de dolor, en ésta también hay daños colaterales. En esta historia los daños colaterales son los padres y la familia de la víctima, de nuestra criatura, de aquél al que todos debiéramos proteger. Y lo son los amigos.
       Hace poco leí un texto en el que preguntaban, ante el suicidio de una adolescente acosada, qué es lo que habían hecho sus padres ante el acoso escolar y alguna vez me lo han preguntado directamente. La respuesta de todas las madres de víctimas con las que he hablado de este tema ha sido unánime: intentar poner algo de cordura en esta tremenda historia. Escuchamos a nuestros hijos y a sus profesores y nos hacemos una idea de lo que ocurre analizando los puntos de coincidencia entre las versiones. Con la conclusión extraída, intentamos dar herramientas a nuestro hijo para que pueda moverse en ese mundo hostil en que se ha convertido la escuela. Hablamos con el colegio para encontrar soluciones. Aceptamos con resignación la opacidad del colegio que nos impide ser testigos y nos obliga a movernos en un mundo de versiones interesadas. Vemos las heridas físicas y psicológicas de nuestro hijo e intentamos curarlas, pero cuando comprendemos que nada va a arreglarse, buscamos documentarlas ya que nos encontramos ante la negación del colegio de cualquier evidencia. Lo niegan todo a pesar de que las heridas dejan huella. Y soportamos con estoicismo todos los juicios y prejuicios sobre nuestro hijo y sobre nosotros. Por último, nos toca tomar la última y más dura decisión, si es que nuestro hijo es pequeño: sacarlo del colegio, a pesar de lo injusto que es que sea la víctima quien tenga que abandonar su espacio, o dejarlo en él con las nefastas consecuencias que ya conocemos.
       Permítanme que haga un inciso sobre el hecho de escuchar a nuestros hijos porque me toca muy de cerca, ya que me han acusado por la espalda varias veces de ello, a mí y a todas las madres con las que he hablado, y necesito dar la respuesta que me han negado sistemáticamente porque jamás nadie se ha atrevido a decírmelo a la cara. Sí. Escucho a mi hijo, como también escucho a sus profesores. Y además le curo las heridas producidas por los golpes y examino si es posible que se las haya hecho de forma fortuita, en cuyo caso, o en caso de que haya la más mínima duda, nunca iré a quejarme al colegio. Sólo he ido a contarles cuando es más que evidente que son heridas y moratones provocados por puñetazos y patadas.Ya sé que a ustedes, los habitantes de La Chusma, les gustaría que no le escuchase, que sólo les escuchase a ustedes y me creyese a pies juntillas su versión de los hechos. Pero no puedo evitarlo. Es mi obligación, como madre, escuchar a mi hijo, sobre todo cuando veo las señales producidas por las palizas o por los insultos y vejaciones. ¿Saben ustedes que también dejan señal la humillación y los desprecios constantes? Le escucho sobre todo cuando mi hijo se niega a contarme qué le ha ocurrido porque está aterrorizado, o qué es lo que le ha hecho cambiar su carácter; le escucho cuando se niega a estudiar, cuando le oigo llorar por las noches, o cuando se despierta aterrorizado por las pesadillas, le escucho cuando veo comportamientos extraños a su alrededor, o cuando me hace preguntas sobre qué pasaría si se muriera, o sobre si hubiese preferido otro hijo sin problemas. Le escucho a pesar de que no le creo todo, ¿cómo creerle si a veces cuenta cosas increíbles por absurdas? El problema está en que también les escucho a ustedes, eternos aspirantes a humanos, entidades carbónicas que imitaron perfectamente la forma humana pero se olvidaron de clonar nuestra esencia. Y al escucharles, descubro que mucho de lo que no creí porque me parecía absurdo, era cierto; que sus respuestas son, por supuesto, respuestas de parte; que me niegan información; descubro sus prejuicios y sus miedos; y descubro que ustedes no tienen miedo a maltratarme en público, de faltarme el respeto, así que infiero que tampoco lo tendrán en maltratar a mi hijo en privado o con sus compañeros de clase como únicos testigos. El problema, señores o lo que ustedes sean, es que tengo criterio, y eso a ustedes les molesta mucho, porque no me pueden manejar ni pueden hacerme comulgar con ruedas de molino. Por eso ustedes se dedican a hablar mal de mí, a intentar destruir mi credibilidad. Nuestra credibilidad porque somos tantos los que coincidimos, los que somos sus daños colaterales... Pero bueno, tenemos algo que ustedes jamás podrán tener: humanidad.
       Pero hay más daños colaterales, la familia que asiste muda a la degradación de uno de sus seres queridos: hermano, nieto, sobrino... ; que asiste impotente a la degradación del buen ambiente familiar, porque esto pasa factura; porque los ánimos se crispan; porque hay que mantener las normas y evitar la tendencia a caer en el victimismo, que, por otro lado es humana, aunque indeseable. Porque todo es muy difícil.
       Y, por último los amigos de las víctimas. Sí, también existen. Son los valientes que no miran hacia otro lado pero a los que no se les da armas para rebelarse ante lo que consideran injusto. Recuerden que están al cargo del acosador y que muchos de los adultos que tienen cerca, la panda de secuaces del eterno aspirante a ser humano, miran hacia otro lado. Son los que hacen lo que pueden: contar lo que ven, intentar que no peguen a su amigo, hablar con él, empeñarse en que juegue... Ser sus AMIGOS. Gracias a ellos la víctima tiene momentos de paz y un espejo que le dice que no es mala persona. Ellos también viven en un ambiente donde la violencia física, psicológica y verbal rige las relaciones. No va dirigida a ellos, de momento, pero viven con el miedo a ser las siguientes víctimas. Y son los que pierden al amigo cuando se va del colegio... o se suicida.

martes, 7 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS IV

       La víctima.

      La criatura que sufre esto, no entiende por qué le están pasando esas cosas. No entiende qué hace mal. No sabe cómo agradar a ese alienígena que le ha tocado como profesor. No hace nada bien y eso es desolador. Su autoestima se va mermando a pasos agigantados porque no olvidemos que está formándose su autoimagen.
      El aislamiento a que se ve sometido le va restando habilidades sociales y capacidad para desarrollarlas, además de contribuir a que la imagen que los coetáneos le transmiten también sea negativa. Todos se acostumbran a que sea el marginado y, como algunos hacen sus pinitos en rechazarle y maltratarle con el beneplácito del habitante de Chusmistán, los roles, las formas de relacionarse y los comportamientos tóxicos se consolidan.
       La víctima puede reaccionar huyendo, intentando desaparecer o actuando con violencia. Cualquier camino lleva a una vía muerta. Desaparecer es imposible, huir genera victimización, la violencia engendra violencia y todo ello da razones a los acosadores. No hay salida.
      Su capacidad de aprendizaje se reduce, porque la víctima vive en un estado permanente de alerta que le garantiza la supervivencia y por todos es sabido que nadie filosofa mientras huye de los leones. 
      Comienza a tener miedo de cualquiera. Huye, se protege o se defiende cada vez que alguien se le acerca porque va perdiendo la capacidad de discernir si el acercamiento es amistoso o no. 
      Las noches se convierten en el momento más temido porque en ellas señorean la oscuridad y el sueño que permiten que campen a sus anchas las más terroríficas pesadillas.
      Cada mañana, al despertar, se preguntará si llegará vivo a la noche. Y empezará a fantasear con la muerte a la que ve como única salida. La definitiva. Si él o ella muere, acaban los problemas. 
      Deja de jugar con otros niños, por decisión propia. Se rinde. No quiere seguir enfrentándose a los golpes, a las humillaciones, a los insultos, a las vejaciones, porque el recreo es una extensión del aula en el que tienen vía libre los continuadores de la obra de la chusma. Prefiere estar solo y así refuerza, sin quererlo, la imagen de raro, de distinto que sobre él tienen los demás.
       Muchas de esas víctimas tuvieron que dejar ya un colegio por culpa del acoso escolar antes de los ocho años. Dejaron atrás algunos amigos, pero el maltrato ya ha hecho efecto en sus vidas y no les será fácil superarlo. En demasiadas ocasiones, vuelve a repetirse. En el nuevo colegio se encuentran con un eterno aspirante a ser humano que no logra entender las heridas de la víctima y que necesita tiempo, amor y respeto para curarlas, así que se iniciará el procedimiento acosador de nuevo. Será devastador para la criatura. Aprenderá que, efectivamente, no hay salida y asumirá que no merece ser respetado, que allá donde vaya será maltratado y que todo es culpa suya.
      Podría seguir describiendo el infierno, pero si han llegado hasta aquí, es porque lo conocen o lo imaginan, así que lo dejaré aquí: el eterno aspirante a ser humano y sus acólitos logran anular y destruir a su víctima, que no es sino una criatura.



lunes, 6 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS III

     El procedimiento

       Una vez obtenido el ambiente propicio para que surja el paraíso de los acosadores, puesta la semilla, dejada en reposo en el aula junto al eterno aspirante a ser humano y regada con el clan de canallas que corean al susodicho no humano, podremos sentarnos a observar cómo crece y se reproduce el acoso escolar.
       El procedimiento es tan parecido en todos los casos que los acosadores parecen seguir un protocolo previamente establecido y memorizado. Tanto es así que estoy empezando a pensar que proceden todos del mismo sitio, allá de donde nunca debieron salir. Y dado que desconozco el nombre del lugar, le asignaré uno que lo describa. ¿Qué tal Chusmistán? Me gusta, Chusmistán, tierra de Chusma. Así se llamará.
       Prosigo, estas últimas semanas he estado conversando con más madres de víctimas de acoso escolar. No hay nada como salir del armario para darse cuenta de que uno no está solo en el mundo. Y lo más sorprendente de todo es que las vidas de nuestros hijos eran aterradoramente paralelas. Tremendo. Y todo empezaba con el desafortunado encuentro de la criatura (porque esto empieza en los primeros años de colegio) con un habitante de Chusmistán.
       En cuanto el acosador pone sus ojos en su víctima, comienza su estrategia.
       Primero marcará a la criatura como “el otro”, “el diferente”, “el nocivo”. Para ello, comenzará justificando lo injustificable (su propio miedo, prejuicio o manía) con lo que, a cualquiera que no sea su grupo de canallas, parecería absurdo e increíble. De hecho así es. Cuando justifica su miserable actitud ante los padres de la criatura, estos asistirán, perplejos, a una sarta de estupideces a las que, a nada que sean gentes con sentido común, no podrán dar crédito y lo que es peor, estarán seguros de que nadie les creerá cuando lo cuenten, así que no lo contarán. He oído de todo, créanme, y todo sandeces: que si la criatura se empecinó en explicar por qué debía usar un estuche y no el que la profesora le proporcionaba, que si lanzó hojas secas a unos niños que le perseguían, para que le dejaran en paz, que si se negaba a orinar de la manera “oficial”, que si no aceptaba las trampas en el juego, que si no le gustaba el fútbol, que si se empeñaba en leer en el patio y no quería jugar, que si prefería jugar con criaturas del otro sexo, que si se distraía y miraba por la ventana o cantaba, que si le daban ataques de estornudos...
       En segundo lugar, lo apartará del grupo física y psicológicamente. El supuesto comportamiento monstruoso del niño o niña en cuestión será castigado con el aislamiento. Pondrá su mesa apartada de la del resto, lo castigará sacándolo al pasillo o enviándolo a otra clase o enviándolo al “rincón de pensar” con tanta asiduidad y duración que ese rincón más bien parecerá su sitio, incluso puede que lo decore para hacerlo suyo poniendo aquello que lo define (o al menos es lo que él cree) aunque para su profesor o profesora sólo es basura, como él. Por supuesto, cada castigo irá acompañado de la consabida bronca pública que servirá de plus de humillación y de aviso a navegantes. Cuando se hable de la víctima delante de los compañeros de clase o de cualquier otra persona o aspirante a serlo, se dirá únicamente lo negativo, de manera que todo el mundo creerá que jamás hace nada bien, que no tiene ninguna virtud.
       Este trato logrará el objetivo final del eterno aspirante a ser humano devenido en acosador: que la víctima comience a tener un comportamiento disruptivo. Los niños tienen una forma peculiar de hacernos saber que algo va mal en sus vidas y no es otro que el mal comportamiento. A falta de recursos lingüísticos para expresar su miedo, preocupación, malestar... se expresan con el lenguaje no verbal, pero eso va en su contra, porque ante sus lógicas reacciones a la humillación y marginación injustificadas, el emigrado de Chusmistán encontrará, por fin, las razones que necesitaba para mostrar al mundo cuánta razón tenía. Y su coro de canallas se encargarán de vocearlo por doquier para ganar adeptos a la causa: destrozarle la vida a una criatura.
       El acosador se reunirá con los padres de la criatura para contarles, esta vez sí, todo un rosario de malos comportamientos de su vástago, de manera que ahora, menos aún, podrán entender nada y compartir lo que ocurre. Seguirán en silencio intentando solucionar lo imposible de solucionar.
       El acosador permitirá a sus alumnos “favoritos” (porque los tiene, recuerden que no es ni un maestro ni un ser humano que pretenda ser maestro, solamente quiere ganar un dinero y hacerse pasar por humano) que se comporten mal con la víctima, que le insulten y le vejen. Al fin y al cabo, se lo merece porque es el otro, el diferente, el nocivo y ellos tienen derecho a defenderse, no vaya a ser que les contagie la diferencia. Así hace escuela y ya no tiene que ensuciarse las manos con el maltrato, ya ha conseguido que otros le maltraten por él.
       Poco a poco se teje en torno a la víctima un clima de malos tratos físicos y psicológicos, de aislamiento, de justificaciones buscadas y encontradas a propósito, de despropósitos y acusaciones absurdas, de dolor y soledad, de manera que su vida se va convirtiendo en un infierno del que no puede salir, del que no es fácil encontrar la salida, una salida digna.

domingo, 5 de julio de 2015

MI LEALTAD ES PARA CON LOS NIÑOS II

La creación del ambiente propicio.

Pongan ustedes en un colegio a uno de esos profesores eternos aspirantes a ser humano de los que hablaba en el otro artículo. Rodéenlo de profesores irresponsables o canallas que se dedican a mirar hacia otro lado ante las actuaciones del compañero que nunca llegará a ser humano. Y, como por arte de magia, tendrán ustedes el paraíso de los acosadores.
Ahora sólo tienen que colocar en la clase asignada al que tampoco merece ser llamado profesor, a un niño cuyas capacidades no entren en la cuña de la media, o que tenga alguna discapacidad física o sensorial, que tenga el síndrome de Asperger, o que tenga un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o que sea inmaduro, o de una etnia maldita, o que provenga de un país maldito, o que esté viviendo un duelo, o que sea adoptado, o que en su casa algo no funcione bien, o que tenga limitadas sus habilidades sociales o que sea muy tímido… Déjenlos convivir unos cinco minutos en el aula y serán testigos de la gestación del acoso escolar.
Y es que todos tenemos nuestras manías (ésas que según el dicho popular, no curan los médicos), nuestros miedos inconfesables y nuestros prejuicios, sólo que algunos los controlamos y mantenemos a raya porque son nuestros y nadie, y menos aún un niño, tiene por qué cargar con nuestros miedos, manías o prejuicios o ser la víctima de ellos.
Sin embargo, el profesor que sólo ha logrado tener apariencia humana, encontrará a su víctima, aquél al que no puede soportar ver y dirigirá toda su mala leche alienígena contra el desafortunado. Da igual lo que haga la víctima, es más, mejor que no haga nada que pueda demostrar que su profesor está equivocado, porque aún cargará con más furia contra él.