viernes, 6 de septiembre de 2013

CORPORATIVISMO FEMENINO

Todo el mundo sabe que las mujeres no somos corporativas. Otro gallo les habría cantado a los hombres si lo hubiéramos sido, pero no, ni lo hemos sido ni lo somos.  Y de eso se aprovechan.
Quizá se deba a una razón antropológicamente explicable, ¿por qué no? Quizá, como los especímenes masculinos se empeñaban en ser minoría, ya sea porque nacieran menos, ya sea porque decidían ir a matarse entre ellos o por ambas cosas a la vez, el caso es que eran un bien escaso y había que competir por ellos. Así que nosotras nos dedicábamos a despellejarnos lingüísticamente (mucho más educado y civilizado que hacerlo literalmente, ¿dónde vamos a parar?) y no ha habido forma de reconocer la valía de la otra, porque antes muerta que por debajo, que los soldaditos han de ser para mí, faltaría plus.
Por eso, si una mujer destaca en algo, el resto se alía para machacarla. De ahí que me sorprendiera tanto el comentario que me hizo una clienta el otro día. Hablábamos de trabajo, de un escrito que yo había preparado y me dijo que estaba muy bien redactado. Yo, azorada, le di las gracias a lo que ella respondió:
-Gracias no, lo que es, es. Si algo está mal, hay que decirlo, pero si algo está bien, también.
Yo volví a agradecérselo porque no es común encontrar a alguien que te reconozca el trabajo y ella insistió:
-Mira, yo soy mujer y sé lo que cuesta que te reconozcan que sabes y que haces bien tu trabajo, o ¿no es así?
Y sí, sí lo es. Esto me recordó a un comentario que me hizo una vez mi ex. Me dijo que siempre estaba enfadada. Enfadada, no, -le contesté-, en guerra. Siempre estoy en guerra, peleando para que reconozcan que sé de qué hablo, para que reconozcan que sé hacer las cosas, para que reconozcan que soy una persona…
¡Menos mal que de cuando en cuando, una encuentra oasis donde descansar! 
Y ojalá todos los hombres supiesen ser el reposo de la guerrera...

jueves, 29 de agosto de 2013

DESPRECIO INTELECTUAL

Viniendo, como vengo, de una familia en la que todos –menos yo-  son de ciencias, estoy más que acostumbrada a escuchar el consabido “El que vale, a ciencias y el que no, a letras” así que ya estoy inmunizada contra ese tipo de comentarios. Por eso, ayer me limité a sonreír cuando alguien se metió en tremendo berenjenal e, intentando ensalzar la asignatura que estaba preparando y a sus futuros alumnos, comentó que éstos eran ingenieros técnicos, no filólogos...
Mi pregunta “¿Qué tienes tú contra los filólogos?” formulada sin ninguna acritud y todavía con la media sonrisa puesta, le hizo caer en la cuenta de la metedura de pata. Seguimos hablando: ella no tenía ni idea de lo que se estudia en Filología, como yo no la tengo de lo que se estudia en una Ingeniería. La diferencia entre nosotras radica en que yo no pienso que lo que se estudie allí sea fácil, baladí o inútil y, obviamente, ella sí.
Ella comenzó basando su argumentación sobre la supuesta facilidad con la que se puede obtener el título de filólogo en la supuesta también subjetividad de los conocimientos impartidos en Filología y que amplió, en busca de salida rápida del berenjenal, a Historia o Filosofía (que, para más inri, son, siempre según ella,  estudios básicamente memorísticos), frente a la objetividad de los datos en una ingeniería. Por supuesto, respondí y lo hice con una calma y pedagogía que hasta a mí me sorprendió, la verdad.
Ya empezamos desde puntos de partida distantes:
Ni considero que sean estudios básicamente memorísticos, ni creo que memorizar sea fácil. Lo será para quien tenga una memoria impresionante y ganas de invertir su tiempo memorizando datos, pero si no se dan ambas cuestiones, memorizar puede ser una tortura. Es más, yo reconozco haber memorizado todos y cada uno de los resultados de los problemas del libro de Física de 2º de B.U.P. pero se debía a mi absoluta incapacidad para entender la Física, no a que esos estudios fuesen “básicamente memorísticos”  y menos aún se me ocurriría de tacharlos de fáciles.
Pero es que además, y si me centro en lo que conozco, que es la Filología, sus estudios se basan en unos códigos que hay que interpretar, como todos los estudios, vaya. Así que de igual modo que, donde yo veo una sucesión de letras, números y otros signos sin sentido alguno y colocados, al parecer, de forma aleatoria, ella ve un código que transmite una orden para que una máquina actúe de una determinada manera, donde ella sólo ve una sucesión de palabras colocadas de una forma más o menos armoniosa (si es que es capaz de detectar la armonía), yo veo un código que transmite un mensaje que va a modificar la conducta, la percepción o la voluntad del que lo recibe.
En cualquier caso, para poder interpretar los códigos se necesita en principio cierta estructura mental, y después, años de estudio que nos permitan conocer los mencionados códigos.
Entonces surgió lo que yo creo que es el verdadero origen de su pensamiento: ella suspendió (muy suspendido) un examen sobre un comentario de texto cuando el más zopenco de su clase sacó un notable, y ella sólo encuentra justificación para tal injusticia en el hecho de que ella redacta mal y él redactaba bien y, como un comentario de texto es subjetivo, le convenció más al profesor el examen del susodicho zopenco. De ahí su rabia y desprecio, supongo yo, hacia lo subjetivo.  
Miren, fue el único momento en que se me borró la sonrisa condescendiente de los labios y mi tono adquirió la firmeza que, en mi humilde opinión, merecía la respuesta:
-Jamás me han suspendido un comentario de texto por opinar distinto a como opinaba profesor y jamás he suspendido a un alumno por no estar de acuerdo con su opinión. Cualquier opinión, si está lo suficientemente argumentada, es válida, la compartamos o no. Evidentemente, una buena redacción ayuda mucho a entender el hilo de la argumentación y una mala redacción, probablemente, sea pobre en argumentos y explicaciones. Es como si uno se dejase las operaciones sin resolver sólo porque ya las ha planteado. En cualquier caso, para hacer un comentario de texto, sólo hay que saber leer e interpretar el código que hay escrito y una muchacha en una fuente siempre ha significado lo mismo porque así lo decidimos los humanos en su día, de igual modo que, también en su día, decidimos que a 3’141592 le llamaríamos π.
Una de las cosas que aprendí en Filología y que me hizo crecer como ser humano es el respeto hacia el otro. Lo aprendí como se aprenden las cosas realmente importantes de la vida, a través del ejemplo. Mis profesores más sabios eran, a la vez, los más respetuosos  (incluso con los alumnos de primer curso, de quienes también he oído menosprecios). Denigrar cualquier estudio, oficio o habilidad, dice muy poco de quien lo hace, y lo poco que dice no es nada halagüeño.

miércoles, 10 de abril de 2013

LAS BICICLETAS Y EL BUEN TIEMPO

Ahora que se acerca el buen tiempo, apetece salir a pasear con las bicicletas, lo que me recuerda una historia que sucedió hace tiempo:
Un sábado por la tarde, mi costillo y yo decidimos sobre la marcha de la compra habitual para la semana, comprarnos por fin las bicicletas que llevábamos tanto tiempo deseando comprar para volver a hacer algo de ejercicio así como para empezar a oxigenarnos de nuevo tras el año y pico de parón en nuestras vidas a la espera de que llegara el retoño remolón y escurridizo.

Como somos unos seres tan absolutamente racionales y razonables decidimos estrenar inmediatamente las bicicletas y pedalear durante 16 km desenfrenadamente (porque, por supuesto, íbamos cronometrando y, ¡cómo no!, teníamos que hacer record a la vuelta y no somos de los que nos lo ponemos fácil para empezar). Como quien tuvo, retuvo y los dioses perdonan las imprudencias de los valientes (más bien locos), fuimos librados de las agujetas esperables, no así del dolor en salva sea la parte mía en contacto con la piedra de sillín sobre la que me ¿sentaba?
Pero a lo que iba, estrenamos las bicis con el decidido empeño de repetir –e incluso aumentar- la aventura todos los fines de semana, pero ¡oh! nuestro gozo en un pozo. El fin de semana siguiente diluvió, así que aplazamos la excursión para el tercer domingo tras la compra. Pero más oh’s y más gozos nuestros en el pozo. No estaba el horno para bollos ese fin de semana porque teníamos en mente la decisión más importante de nuestra vida y estábamos en jornada de reflexión.
Fruto de la citada reflexión fue la llegada de nuestro primer vástago que dio al traste con nuestras intenciones excursionistas porque comenzó la desde entonces llamada “ruta del vástago” por la que transitaban, cual elefantes por su senda, todos los familiares habidos y por haber ansiosos de conocer al nuevo miembro de la familia.
Y allí estaban las pobres bicicletas muertas de aburrimiento y perdiendo aire –que no aceite- en el trastero hasta que dieron a luz una bicicletita que aún no tiene edad de emprender excursiones con sus progenitores, con lo cual tampoco es que sirviera de mucho su llegada si no es para reducir, aún más si cabe, el mínimo espacio del que disponían en el trasterito en cuestión.
Y llegó Papá Noel y nos trajo un terrible alien –en forma de rinitis alérgica- que se incrustó en mis fosas nasales y una sillita transporta-vástagos en las bicicletas. Pero claro, ahora era el turno del alien y no tenía intención de dejarme que saliera a hacer el brutico con mi bici casi nueva por ahí y que en una respiración jadeosa lo mandara a tomar viento, así que las pobres bicis fueron acumulando trastos en el trastero, léase sillita, cuentakilómetros, herramientas, caballetes, maletitas y demás zarandajas que trajeron Papá Noel y los Reyes Magos en sus múltiples visitas a nuestro dulce hogar ( dulce porque está pintado de color de helado de pistacho y mora) y reduciendo hasta límites insospechados el espacio disponible, hasta el punto de que la semana pasada, mientras aparcaba el coche escuché una conversación entre ellas en la que daban por perdida la posibilidad de salir de aquel agujero porque dudaban de que pudiéramos acceder a ellas, caso de recordar que las teníamos.
Y puesto que no estaba dispuesta a soportar sobre mis espaldas el peso de un par de depresiones bicicletiles, fundamentalmente porque el primer coche que recibiría los efectos de la inundación del garaje por derramamiento de lágrimas de manillar iba a ser el mío, ese fin de semana, aprovechando el único rato de sol que nos concedió la climatología (a la que tuvimos que engañar ocultándole nuestros propósitos excursioniles), salimos furtivamente a pasear con nuestras flamantes, aunque pasadas de moda, bicicletas con sillita para vástago incorporada que menos mal que pudo estrenar porque una fiebre más y ya no hubiese cabido. Y allá que nos fuimos, yo todo piernas y brazos sobre una bicicleta cargada de artefactos porsiacasos y una mochila repleta de más porsiacasos; costillo temblequeante por el peso del vástago que, una vez descubierto que desequilibraba a su padre cada vez que se movía, le cogió gusto al temita y parecía bailar el baile de San Vito, pero encorvado, porque tras el último estirón el pobre llevaba a tope de extendidos los tirantes sujeta-vástagos, y aún así, parecía soportar el peso del mundo sobre sus frágiles hombros. Dicho sea de paso, que en uno de los movimientos, su bocadillo salió por los aires y fue a parar a un charco, con profundo desconsuelo para el vástago, cuyo estómago rugía hambrient, y profundo dolor de cabeza para nosotros porque aún hoy, cinco años después, recuerda el día que se quedó sin almuerzo.
Pero salimos, por supuesto que sí, y paseamos por todo el pueblo en una vuelta ciclista que tardarán años en olvidar mis paisanos. Faltaba la banda de música abriéndonos paso, aunque no la necesitábamos porque se corría la voz de nuestra presencia y la gente (coches incluidos) desaparecían de nuestro camino en menos que canta un gallo.
¡Ay! Deberíais haber visto la felicidad reflejada en manillares y pedales de nuestras bicis cuando las volvimos a encerrar...

viernes, 15 de febrero de 2013

Lo prometido es deuda

Una noche, en plenas vacaciones escolares de Navidad, mi hijo mayor me preguntó cuando le arropaba tras darle el beso de buenas noches:


-Mamá, ¿por qué te odian en tu trabajo?

-¿Odiarme? No me odian, cariño, ¿por qué dices eso?

-Porque no te dan vacaciones para que puedas estar con nosotros.

-¡Ah, bueno! No es que me odien, es que hay cosas que hacer y hay plazos que cumplir y una no puede cogerse vacaciones cuando quiere sino cuando se puede.

-Pero tú eres jefa…

-Ya, bueno, cariño, pero de una empresa pequeñita y todos tenemos que arrimar el hombro para que funcione.

Cómo explicarle a un niño que un autónomo no es exactamente lo que dicen en la tele sino el más pringao de los pringaos.

-Pero –continuó preguntando–, ¿te gusta tu trabajo?

-Unas cosas sí y otras no.

-¿Y te gusta más que estar con nosotros?

-No, cariño, no hay nada que me guste más que estar con vosotros.

-Pues búscate otro trabajo.

-Bueno, hay un problema. Ahora, ya sabes, estamos en crisis y no hay muchos trabajos donde elegir. Así que tenemos suerte de tener un trabajo que nos da dinero para poder seguir pagando la casa y teniendo lo que tenemos.

-Vale, pero prométeme que cuando se acabe la crisis y haya trabajos, buscarás uno que te guste y que te deje tiempo para estar con nosotros.

-De acuerdo, lo haré.

-Pero, si tú te buscas otro trabajo, ¿qué pasará con Jésica y Virginia?

-Bueno, ellas tendrán que buscarse también otro trabajo.

-Vale, pues borra lo que te he dicho, porque no quiero que para que el tete, el papá y yo estemos bien, haya gente que lo pase mal por no tener trabajo. Pero haz una crítica a los políticos, porque a ellos no les importa que la gente no tenga trabajo o no tenga tiempo para estar con sus hijos.

Dicho queda, hijo.