viernes, 2 de septiembre de 2016

ESCENA OCTAVA O DE CÓMO LA ALEGRÍA DE LAS PEQUEÑAS COSAS ACABA IMPONIÉNDOSE

      No me he reído mucho durante estas vacaciones, la verdad. He hablado bien poco, he escrito contándoles lo que veía y me he dedicado a observar una realidad que no me gusta pero que convive conmigo, aunque en invierno permanece oculta. Ahora entiendo algo mejor este país, la verdad. Sin embargo, echaba de menos la risa. Tras leer el artículo de Luis García Montero (@lgm_com) y regresar a tierras conocidas, la risa llegó sola.
      Volvíamos a casa por un camino rodeado de naranjos. Era de noche y la luna estaba en cuarto menguante. Llevábamos las linternas de los móviles para alumbrar el camino y evitar, tanto que cayéramos a las acequias, como que pisáramos algún excremento canino. De repente, mi linterna iluminó a una cucaracha que cruzaba delante de nuestros pies. Mi hijo mayor comenzó a manifestar su aversión hacia el animalito en cuestión de todas las maneras imaginables.
      Resulta curioso cómo las cucarachas son unos insectos que provocan aversión a un gran número de personas. Y eso que convivimos con ellas en multitud de espacios y nos las encontramos más veces de las que quisiéramos. De hecho, todos sabemos de su preferencia por pasear de noche y en solitario, de su rapidez para huir de nuestros pies y de cuantos artilugios inventemos para acabar con su vida, de su capacidad para encontrar escondites inexpugnables…
      A pesar de que les gusta pasear en solitario, no son seres asociales. Dicen los expertos que toman sus decisiones basándose en las necesidades del grupo. Así que yo las imagino como un grupo homogéneo y organizado, capaz de aprender y adaptarse. Y cuando las veo huir con tanta precisión y encontrar a la primera el recoveco por el que esconderse, no puedo menos que pensar que tienen algún mando militar que las entrena en técnicas de supervivencia y las prepara físicamente para que, llegado el momento de ser descubiertas por un humano, sean capaces de ejecutar ordenadamente todo lo aprendido y lograr escapar con vida.
      Dicen que solo tienen actividad nocturna, pero yo no lo creo. Creo que durante el día están dentro de sus guaridas entrenándose duramente para sobrevivirnos. Y, por cierto, desconfíen de una cucaracha panza arriba. Han aprendido a simular su muerte para que las dejemos en paz.
      Bueno, sigo con mi relato. Vimos cruzar a aquella cucaracha, rauda y veloz, por delante de nuestros pies y el camino dejó de ser un plácido paseo nocturno para convertirse en un calvario para él y el momento más divertido de todo el verano para mí.
      Me pasé todo el trayecto hasta casa iluminando, a cada poco, cualquier mancha sobre el asfalto a la voz de: “¡Una cucaracha!” Lo que provocaba una respuesta inmediata de mi hijo en forma de aspavientos y palabras, primero de asco, después, al comprobar que era una falsa alarma, de protesta.
      Una de las veces, en pleno ataque de aspavientos y movimientos involuntarios provocados por el miedo y el asco a partes iguales, mi hijo acabó de espaldas al sentido de la marcha, brazos en alto y moviendo sus pies en saltitos de derecha a izquierda mientras yo le iluminaba los pies, de forma que parecía ejecutar un baile que consistiera en sortear el haz de luz. Fue entonces cuando una segunda –y última– cucaracha apareció en escena. Se movía rápido para cruzar la carretera por detrás de mi hijo. Pero al verlo bailar, comenzó a moverse a un lado y a otro, nerviosa, desesperada, buscando rápidamente la forma de salir indemne. Pero siempre se hallaba con un pie del niño taponándole la huída. Entonces se detuvo. Respiró profundamente y cerró sus antenas buscando aislarse del mundo para concentrarse mejor. Las palabras de su maestro vinieron entonces a su mente. Analizó los movimientos del pequeño humano y comprendió la jugada: derecha izquierda, derecha izquierda, derecha derecha izquierda y vuelta a empezar. Puso en marcha todo lo aprendido durante sus horas de entrenamiento bajo el Coronel Cucaracha y ejecutó a la perfección su plan de huida: se alejó como un palmo de los talones del muchacho y comenzó a correr en línea recta hacia la cuneta.
      En ese momento, mi hijo, ajeno a todo lo que ocurría tras él y por razones ignotas, decidió dar un pequeño paso hacia atrás con su pie derecho. Al apoyarlo en el suelo, sonó un leve crujido que conmovió a la noche y a todas sus criaturas y las sumió en el silencio.
      -¿Qué ha sido eso? –preguntó.
      -Espera y verás –le dijimos.
      Nos alejamos un poco, apagamos las linternas y unos minutos después, bajo la leve luz de la luna, vimos aparecer, desde nuestro escondite, al Coronel Cucaracha, se acercó al cadáver aplastado de su mejor recluta y llamó al resto de la compañía que se aproximó en silencio y, tras presentar sus respetos a la compañera caída, iniciaron una comitiva fúnebre portando a sus espaldas los restos mortales de la víctima.
      Nosotros, nos fuimos de allí tan rápido como pudimos y sin dejar rastro para evitar que nuestro hijo fuera juzgado por un tribunal cucarachil. Y desde entonces vivimos escondidos como cualquier otro prófugo.

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