lunes, 22 de agosto de 2016

ESCENA CUARTA O DE CÓMO HE DESCUBIERTO QUE NO ENCAJO.

      Es verano, así que paso mis tardes en el apartamento de mi adolescencia junto con mi marido y mis hijos. La urbanización tendrá más de doscientas viviendas que habitan otras tantas familias, lo cual podría servir para observar distintos tipos humanos. Pues no. El único tipo humano distinto lo compone mi familia.
       Las tardes transcurren entre partidos de fútbol que juegan los varones y partidos de tenis que juegan los mismos. Las mujeres se limitan a animar y avituallar a sus maridos o vástagos. Si no hay partidos, se establecen corrillos (generalmente unisexuales) y se habla de no sé qué porque nunca estoy invitada a un corrillo y me enseñaron que es de mala educación meterse donde a una no la llaman.
       Las mujeres no hacen deporte. A lo sumo se van a caminar en grupos rosas. Tenía razón el dependiente del año pasado, si no me visto de rosa no soy mujer y no puedo caminar junto a otras mujeres porque desentono.
       Esta semana están de fiestas. Los hombres organizan los torneos de tenis, fútbol o natación en los que los participantes son todos masculinos. Los padres se realizan entrenando, animando y supervisando a sus hijos. Las madres les llevan el agua a los niños y a sus maridos que también juegan como si les fuera en ello la vida.
      Las madres se realizan preparando y ensayando la coreografía del playback, lo único en lo que participan las niñas. Luego las visten y maquillan y disfrutan siendo las directoras desde abajo del escenario.
      Este año no hay ajedrez, pero eso a las niñas no les importa porque ya me explicaron el año pasado que el ajedrez es para listos porque hay que pensar así que es un juego de chicos y ellos ya tienen suficiente diversión. Ellas jugaban al parchís, pero este año no hay, así que se van al campo de fútbol o se sientan frente a las pistas de tenis para animar a sus amigos.
      Ha habido merienda para niños que han servido las madres que, como buenas madres que son, han preparado también las manualidades que adornan las mesas y sus cuerpos.
      Mis hijos prefieren el baloncesto, pero, aunque hay cancha, no hay torneo. Mi marido no tiene ninguna intención de pelear por una bola como si tuviese doce años y a mí se me debe notar a la legua que no sé hacer manualidades y que prefiero estar jugando al baloncesto o a hacer el bobo en la piscina antes que estar detrás de mis hombres con el bocadillo o la botella de agua, de manera que vemos pasar los días desde nuestro rincón.

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