Ahora lo entiendo. Llevaba días viendo vídeos en redes sociales de hombres y mujeres de distintas nacionalidades quitando barro en las calles de poblaciones afectadas por la riada o la barrancada del 29 de octubre y no entendía la razón por la cual el algoritmo había decidido hacérmelos llegar casi cinco meses después. Para mí era una información redundante: los vi en directo y en el momento en que estaba ocurriendo. Sin embargo, miraba intrigada esos vídeos intentando esclarecer la razón de su aparición en mi móvil, pero los designios del algoritmo son inescrutables y no fue hasta varios días después que vi la noticia que les había devuelto la actualidad: Sabéis cuál era, ¿verdad? Exacto, Carlos Mazón había comparecido para anunciar que había pactado con Vox los presupuestos para la Generalitat Valenciana y había leído un comunicado en el que, entre otras cosas, pedía que se hiciera pública la nacionalidad de las personas que habían estado saqueando los comercios durante los primeros días tras las inundaciones.
He intentado ver entero el comunicado y no he podido, así que no puedo saber el contexto en el que se formuló esa petición, pero he dejado pasar una semana en la que se han sucedido los comentarios a esas declaraciones tildándolas de xenófobas y nadie se ha defendido de tal acusación, por lo que debo entender que lo son y al emisor no le importa serlo.
Ya escribí sobre los saqueos, (Pincha aquí, si quieres leerlo) los vi desde mi balcón. Imagino que a aquellos que quieren creer que fueron inmigrantes quienes los cometieron les importará un pimiento lo que yo diga. Pero, al Cesar lo que es del César:
Estuve observando aterrorizada el saqueo asomada a la barandilla durante toda la mañana del día 30 de octubre. No me escondía por si mi presencia les persuadía de deponer su actitud. Por si, al sentirse observados, se avergonzaban y dejaban de robar. Pero no. Me miraban con insolencia, incluso algunos amenazadoramente, y seguían llevándose objetos de toda clase, llenando carros...
Así que vi a muchos saqueadores. No les conocía, pero eso es normal en mí. No conozco a casi nadie del pueblo, ni siquiera conozco a todos mis vecinos. Soy una despistada. Sin embargo, sí puedo afirmar, que, de todos los rostros que vi entrar y salir del supermercado, no había ninguno que tuviera rasgos que me hicieran sospechar que fuera inmigrante. Es más, como hablaban en voz alta comentando las diferentes jugadas, puedo asegurar que hablaban un castellano o un valenciano sin ningún acento que me llamara la atención.
Por contra, los días siguientes sí pude ver rostros de diferentes colores y escuchar palabras en diferentes lenguas y con diferentes acentos limpiando las calles de lodo, todos juntos, sin que a nadie le importase de dónde venía el compañero.
Este pueblo, el pueblo valenciano, ya ha padecido los efectos del fango en las calles, en las casas, en la ropa, en las manos y, a tenor de los vídeos publicados en las redes sociales, nos negamos a que se nos ensucie también el alma con el barro, con la inmundicia de quienes escupen lo peor del ser humano para esconder, entre tanta suciedad, su podredumbre.
Los que saquearon, obraron mal, punto. Pretender ahora achacar ese episodio vergonzante a un colectivo determinado, el de los migrantes pobres, es un acto miserable; es pretender que los de abajo nos peleemos por unas migajas y hagamos el trabajo sucio a los que, desde arriba, se burlan de nosotros mientras se llenan los bolsillos de dinero.
No soy tonta. No somos tontos ni manipulables. Nosotros SÍ estábamos aquí y vimos qué pasó. Sabemos qué pasó. Sabemos quién estaba limpiando el fango y quién no.
Creía que no se podía caer más bajo, pero veo que sí. Marchaos de una vez, no nos representáis.