martes, 28 de diciembre de 2010

Maternidad frustrada

Ella está sentada en un banco en un parque. Los niños juegan con su alegre algarabía. Ella no ve ni oye nada. Menos mal.
Desea ser madre desde hace cinco años. Pero su hijo no llega. Al principio trató de no darle demasiada importancia, pero acabó impacientándose cuando ya no quedaban amigas -ni conocidas- sin embarazar o sin hijos. Entonces acudió al médico en busca de explicaciones y de ayuda y comenzó un calvario de pruebas, plazos y recomendaciones. Nada funcionaba así que acabó en un hospital donde, tras otra larga espera, inició el tratamiento para una inseminación artificial.
Hoy le han dado los resultados de la analítica para comprobar si su segunda inseminación artificial ha resultado exitosa: negativa de nuevo. Y está mal, muy mal. Esta vez creía que sí. Bueno, una siempre lo cree ¿no? Pero esta vez ella quería ser muy positiva y que no se colase un no que pudiese gafar su intento. Cuando la ciencia no sabe dar respuestas y falla una y otra vez, el ser humano regresa a sus orígenes donde residen la magia y la superstición. A pesar de todos sus esfuerzos, los racionales y los irracionales, esta vez tampoco ha sido. En su rostro, la desesperación, el desencanto, la incredulidad y el desconcierto: “Pues, ya está. Negativa, un mes de descanso porque deben limpiar el laboratorio, con lo que probablemente perderé mi cuarta oportunidad y a esperar dos reglas más.” Repite mentalmente una y otra vez las únicas palabras que ha escuchado en la consulta por ver si, de tanto repetirlas, logra desentrañar el misterio que la convierte en una mujer estéril.
Se ve a sí misma de pie, en el mínimo habitáculo que hace las funciones de consulta, frente a una mesa con un ordenador que observan varios médicos sin reparar siquiera en ella que ha llegado hace ya un rato y espera, espera con la emoción contenida desbordándosele por el alma y los ojos. De pronto uno de ellos alza la cabeza y, por fin, la ve. “¡Ah!, por cierto, ha salido negativa...”. Ella sigue en pie, inmóvil, negando con la cabeza como idiotizada. No se lo puede creer. ¿Negativa? ¿Cómo que negativa? ¿Qué ha salido mal esta vez? ¿No era todo tan perfecto? Y después: “No pasa nada” dice con un susurro de voz. El que parece que es el jefe toma la palabra, le dice que tiene que descansar un mes, con lo que, como para entonces estará a punto de cumplir la edad máxima que admite la Seguridad Social para estos casos, probablemente sólo le restará un intento más. Se lo dice con un tono que denota fastidio quizá porque ella sigue allí en pie, pasmada, mirándole sin verle, tragándose el dolor. ¿A qué espera? ¿Por qué no se va de una vez? “Tienen que limpiar el laboratorio” refunfuña el que parece el jefe. “¡Ah! No es culpa mía... la espera” susurra ella. Él gruñe un “No. Espera dos reglas y vuelves” que ella siente despectivo. Ella por fin logra mover los pies para salir de allí. No ha habido ni una palabra de consuelo, de explicación, nada que muestre la más mínima empatía.
No sabe cómo ha llegado hasta ese banco y no quiere moverse de allí. No quiere hablar con nadie, quiere estar a solas con su dolor. No quiere ir a trabajar ni hacer nada. Quiere llorar, sólo eso. No quiere negar más que sí que pasa algo, que le duele, que siente que nadie que no haya pasado por lo mismo que ella puede entenderla y que quiere que la dejen en paz. A la vez que necesita urgentemente el hombro de su marido para llorar. Pero él no está y si llora con él, ella sabe que él se sentirá mal y llorará también. Y no quiere que se sienta mal y se odia por preocuparse tanto por los demás y no por ella misma. Por tener que fingir siempre que está bien, que lo controla todo, que es fuerte y que puede con todo. Y se pregunta qué pasaría si un día no pudiese con algo, si se acabaría el mundo o si se acabaría ella.
Piensa en su madre. Tiene ganas de llorar en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Está a punto de llamarla por teléfono, pero se acuerda de la última vez. Sabe que su madre no sabe qué decirle. Y que le duele. Pero ni punto de comparación con lo que le duele a ella. Con lo que les duele a los dos. Su madre no entiende nada; gracias al cielo, no sabe. ¿Chafada? No, jodida. Hecha polvo.
Ella no entiende nada, y eso es casi lo peor. Se le junta un dolor del alma, un dolor visceral, antropológico, de especie, un dolor sordo de entrañas, con un dolor racional, intelectual. Un pasmo idiotizado que dejó de anestesiar para romperse en mil pedazos ante una realidad no comprensible. Siente ganas de dejarse caer y caer y caer hacia un abismo de dolor y autocompasión a la vez que nota un impulso hacia buscar lo bueno de esta situación (siempre hay un lado bueno, todo es cuestión de encontrarlo), un impulso que le impide dejarse caer pero tampoco sabe si es bueno que no se deje...
Quiere gritar, pero tiene los labios sellados y pocas fuerzas para abrirlos. Quiere cerrar los ojos y dormir...
Mientras, los niños siguen con sus juegos en el parque.

viernes, 22 de octubre de 2010

¡Qué poca imaginación!

Miren, pues sí. Yo también me siento ofendida como mujer, más allá de la ideología, las preferencias, gustos o intereses, la ofensa, típica y tópica por otra parte, es una ofensa contra todas las mujeres, por sexista y por recurrente.
Imagínense que a mí, presa de un ataque de histeria (que es muy femenina) y privada completamente de mi capacidad de control verborreico me diera por afirmar que existe una subespecie de hombres mononeuronales afectados por el síndrome de la neurona desubicada, que cada vez que tienen una erección, padecen una encefalitis y que cada vez que llegan a un orgasmo, se les produce un derrame cerebral y que además son el perfecto ejemplo de la ley que afirma que cuando uno alcanza su nivel de incompetencia, es ascendido de categoría. Y que, por tanto, como se les supone que al llegar a la edad adulta, han debido alcanzar varios orgasmos (aunque sea en solitario) con las nefastas consecuencias que todos conocemos, sus declaraciones deberían ser consideradas como propias de un descerebrado.

Aunque una vez superado el ataque de histeria y recuperado el control sobre mis palabras, presentara mis disculpas alegando que fueron unas declaraciones desafortunadas fruto de la pérdida de la autocensura que evita que mis pensamientos se me escapen por la boca, ustedes, con toda la razón me dirían que las disculpas no son válidas y que es precisamente ese tipo de pensamientos lo que me convierte en una persona detestable.
Pues eso, que no cuela.

domingo, 17 de octubre de 2010

Huelgas, abucheos y otras manifestaciones

Pongamos las cosas claras desde el principio porque voy a ser de nuevo políticamente incorrecta:

Yo no hice huelga el pasado 29 de septiembre, día en que se celebra la onomástica de los que comparten nombre con los arcángeles, en primer lugar porque no tengo derecho (la que escribe pertenece a esos seres normalmente calificados con los peores adjetivos posibles, casi siempre indicadores de una visión decimonónica e industrial de las relaciones laborales, que a nadie parece importar), pero sí temía que una huelga general montada a final de mes por una hábil mente pensante que debe haber olvidado que existen los trabajadores de mi sector, me obligase a hacer una especie de huelga a la japonesa y nos tuviese trabajando a destajo la noche del 29 y el día 30 para que todos los trabajadores –huelguistas o no– cuyas nóminas dependen de nosotras, pudiesen cobrar el día 30. Afortunadamente no fue así. Sólo 8 de los casi 650 trabajadores de distintos sectores que manejamos hicieron huelga. Agradecer a los 2 valientes trabajadores del siglo XXI que no tuvieron miedo de avisar de sus intenciones de secundar la huelga, que entendiesen la necesidad de los demás de organizarnos el trabajo para poder ir a casa a dormir la noche del 29 y mi incomprensión ante el miedo de los 6 restantes.

Durante la jornada de huelga, y las posteriores, escuché comentarios de todo tipo en cuanto al seguimiento de la misma, que si el consumo eléctrico demostraba que estaba resultando un éxito, que si dependía de sectores... La verdad es que ni entonces, ni durante los días posteriores, hasta hoy, he escuchado nada sobre el único dato fiable para saber si fue o no un éxito: el número de movimientos por huelga realizado en la Seguridad Social que es a quien comunicamos qué trabajadores han hecho huelga para que se tenga en cuenta a efecto de cotizaciones. Nada, se ve que los números de verdad tampoco interesan a nadie. Yo pregunté a compañeros del sector. La respuesta fue abrumadora: habían hecho los mismos o incluso menos movimientos que nosotras. Así que, para nosotros, los encargados de comunicar a la Seguridad Social el número de trabajadores que hizo huelga, el seguimiento fue ínfimo. Otra cosa es que algunas empresas, por prudencia, miedo o directamente imposibilidad, no abrieran sus puertas ese día. Y me refiero a las industrias ubicadas en polígonos donde la acción de los llamados piquetes informativos puede ser –de hecho en ocasiones es– más coercitiva que informativa y a los pequeños comercios que tuvieron la mala suerte de estar en el recorrido de las manifestaciones o de ser víctimas de los desmanes de algunos individuos poco respetuosos con los bienes ajenos que les sellaron las puertas con silicona o llenaron los escaparates de pegatinas y grafitis ignorando si había trabajadores en el pequeño comercio en cuestión o el único trabajador era el dueño, ese ser infame y sin derechos pero con un montón de obligaciones que ese día se lo pasó limpiando y arreglando los desperfectos.

Por otro lado, no llego a entender, perdonen mi supina ignorancia al respecto, la misión de los llamados piquetes informativos en pleno siglo XXI. ¿De verdad alguien cree que en plena era de las comunicaciones, cuando todo el mundo tiene televisión en su casa y se mantiene ante ella durante horas y horas viendo las imágenes y escuchando los sonidos que salen de la -no tan- pequeña pantalla, cuando en todas las cadenas televisivas y emisoras de radio se han dedicado horas y horas a hablar de la huelga, cuando ha salido el tema en toda la prensa escrita –incluso en la gratuita– y además en grandes titulares para que nadie pudiera evitar leerlo... de verdad alguien se cree que todavía es necesario informar a pie de fábrica, de calle o en la puerta del trabajo que es jornada de huelga? Si a pesar de toda la información recibida durante semanas, un trabajador -o trabajadora que no crean que me olvido de ellas, es que yo uso el genérico por economía del lenguaje, una de las primeras normas que aprendí en mi vida– decide acudir a trabajar el preciso día en que otros están haciendo huelga, no se me ocurre otra razón que explique tamaño suceso paranormal que el que esté ejerciendo su derecho al trabajo, tan respetable, por mucho que algunos lo lamenten, como el derecho a la huelga. De manera que no entiendo por qué este trabajador –y vuelvan a perdonar mi supina ignorancia– debe verse sometido a entrar ese día a trabajar atravesando un grupo más o menos nutrido de personas que, como mínimo, le miran con reprobación. Porque si es uno de los héroes de que hablaba en otro artículo, puede que entre a trabajar desafiando al grupo y sus miradas, pero si es uno de los simples humanos mantenedores de la especie (que somos los más numerosos), lo más probable es que regrese sobre sus pasos y se vea coaccionado a realizar una huelga que en principio no deseaba secundar por si entre los componentes del piquete se encuentra algún exaltado o violento que, creyendo que su pertenencia al piquete le da patente de corso, pase de las miradas a las palabras y de éstas a los hechos. Y es que el miedo es libre y el ser humano tiene memoria que le hace recordar sucesos acaecidos hace bastante (o no tanto) tiempo.

En segundo lugar, aunque hubiera podido hacer huelga, no la habría hecho. Ya avisé de que no iba a ser políticamente correcta. La razón es que no creo en las huelgas, manifestaciones o cualquier otro tipo de reivindicación masiva que me haga sentir miembro de grey. Llámenme lo que quieran, pero soy individualista. Mis lentejas me las busco yo y mis problemas me los soluciono yo y si no se pueden solucionar, que es lo que ocurre con las cuestiones que afectan a la política y las masas porque nos trascienden, pues aprendo a vivir con ellos. Me amoldo, señores, e intento sobrevivir. Y no soy la única, por lo que observo, que tiene como filosofía de vida lo que resume la frase de Bruce Lee que tan famosa hizo una campaña publicitaria, desde mucho antes de que la mencionada campaña la difundiera por doquier.

Esta lección la aprendí hace tiempo, cuando era más joven. Entonces acudí a manifestaciones y secundé muchas jornadas de huelga para evitar que la LOGSE saliera adelante. Por aquel entonces los maestros y los que estudiábamos para serlo, la veíamos como lo que ha resultado ser: un fracaso educativo de gravísimas consecuencias. Ni siquiera poniendo los medios adecuados para llevarla a cabo podría funcionar, cuánto menos sin la dotación económica suficiente. Dio igual, se impuso a pesar de tener en contra al colectivo que debía aplicarla (como tantas otras veces se hace). Visto que cuando un político toma una decisión de las de verdad, no de esas que lanzan como globos sonda para tantear la opinión de la gente y se pasan varios días diciendo cada uno de ellos una cosa para al final decir donde dije digo, digo Diego, siempre es irrevocable y más si es en materia económica porque normalmente tienen que obedecer las órdenes de los de arriba, es decir, de quienes juegan la partida de la que los de abajo sólo somos piezas del tablero, mi conclusión fue la del escepticismo grupal y opté por el individualismo. Así yo, durante los años que ejercí como maestra o profesora, intenté transmitir a mis alumnos el gusto por el saber, la necesidad del esfuerzo real para obtener resultados y otras muchas cosas que es evidente que estaban pasadas de moda e iban contracorriente, pues ya no ejerzo como tal.

Pero vaya, es que yo suelo ir a contracorriente normalmente porque, ya lo he dicho, no me gusta sentirme miembro de grey, me gusta formarme mi propia opinión que, a veces, concordará con la de la mayoría o con la de los que mandan, o no. Y por eso, a pesar de que no hubiera secundado lo huelga de haber podido hacerlo, también diré que estoy en contra de la Reforma que se pretendía evitar con la huelga. Pero estoy en contra porque me parece una reforma mojigata que no va a solucionar nada y que sólo parece fruto de una mala situación económica de las arcas del estado en la que se pretende, por una parte, recaudar más dinero a base de recortar las bonificaciones por contratación, y por otra hacernos comulgar con ruedas de molino vendiéndonos humo. Esta reforma, que no gusta a los sindicatos, dudo mucho que guste tampoco a la patronal. Les recomiendo que se la lean después de haberse leído las anteriores leyes y sus reformas. Verán cómo poco a poco fueron desapareciendo ventajas para todos, empresarios y trabajadores. Pero lean ustedes, vayan ustedes a las fuentes, no escuchen a los que, desde los micrófonos, intentan llevarse el ascua a su sardina contándonos verdades a medias o mentiras a espuertas.

Y hablando de cosas con las que estoy en desacuerdo, tampoco apruebo los abucheos en actos solemnes. Creo que cada cosa tiene su tiempo y su espacio. Y gritar: “Zapatero, dimisión” mientras desfila la Senyera el día de la Comunidad o mientras se realiza el homenaje a los caídos el día de la Hispanidad, miren, pueden llamarme retrógrada, estirada, o lo que quieran, pero lo considero una falta de respeto y una elección del momento, cuando menos, desafortunada. Las personas somos libres de expresar nuestra opinión, pero igual que no hay que confundir libertad con libertinaje, existen momentos y foros donde expresar nuestra opinión, y no es todo válido. Un momento solemne, en el que los políticos actúan en representación de toda la ciudadanía, les hayamos votado o no, y no actúan en representación propia, no es el foro para exponer reivindicaciones privadas. Y da igual lo cansado, harto o aburrido que esté uno de esos políticos. Se trata de educación, señores, y la estamos perdiendo a una velocidad vertiginosa y sin ella el mundo que nos espera es el de algunos vergonzosos programas televisivos, pero de eso, hablaré otro día.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Hábitos saludables

Lunes 8:10 a.m.
Despierto a mi hijo. Sonríe mientras me da los buenos días y se levanta de la cama. Sonrío. Es buen augurio. Se levanta de buen humor y rápido. Parece que la mañana irá bien. Toco madera. De repente, mientras se pone la camiseta, recuerda la clase que tuvo el viernes y comienza a contármela. La asignatura que antes se llamaba Alternativa a la Religión y ahora Atención Educativa es sobre la que versa su charla. Me comenta que le han explicado que el desayuno es la comida más importante del día y que si no desayunan bien, no tendrán fuerzas para rendir en el colegio. A medida que avanza en su discurso, éste se va transformando en una arenga y en el enfervorizado discurso de quien pretende ganar acólitos, todo ello mientras detalla los ingredientes del desayuno ideal que, por supuesto, él debía empezar a tomar hoy mismo y yo preparar. Yo escucho en silencio haciendo uso de las artes aprendidas a lo largo de mis muchos años en un colegio de monjas en el que nos predicaban sobre el espíritu crítico sin darse cuenta de que podía ser usado en doble dirección y que yo aprendí, tras la primera bofetada, que en la dirección contraria a la establecida por las monjas se podía hacer uso del espíritu crítico sólo en el pensamiento. Es decir, que le escucho con cara de póquer, fingiendo estar absolutamente de acuerdo con las palabras que han grabado en su tierna cabecita mientras, en silencio me pregunto cómo diantres va a caber tan pantagruélico desayuno en su estómago de 6 años, y, sobre todo, cómo diantres va a almorzar un bocadillo apenas hora y media después de haber ingerido un tazón de leche, dos tostadas de pan con mantequilla, queso fresco con miel y un zumo de frutas recién exprimidas. ¡Dios mío, me tenía que haber levantado dos horas antes para poder tenerlo todo preparado a tiempo!

Lunes 8:20 a.m.
Mi hijo, mientras prepara la mesa para el desayuno, insiste en todos y cada uno de los ingredientes de tan importante comida y se saca cuchillo y tenedor. Yo me atrevo a comentarle que a él no le suele apetecer tanta comida de buena mañana (eufemismo por "te sienta mal comer tanto tan pronto"), pero él, con la lección bien aprendida (no hay nada como predicar desde un púlpito, estrado o ante a una pizarra para que a todo lo predicado se le diga amén), insiste en la inminente falta de fuerzas que le sobrevendrá caso de desobedecer y no atiborrarse a comida. Me rindo. No tiene sentido iniciar tan temprano una discusión filosófica que sólo acabará cuando la experiencia demuestre o no las bondades del susodicho desayuno. Así que dedico mis esfuerzos a negociar con él los ingredientes argumentando que, al no haber sido preavisada con la suficiente antelación, no los hemos comprado. Cuela, gracias nevera por ser tan alta. La negociación concluye con el tazón de leche y cereales. Le pongo pocos y tampoco protesta. Si conoceré yo su cuerpo serrano...

Lunes 8:30 a.m.
Finaliza el desayuno e inicia tareas de higiene personal. Bueno, no van mal las cosas. No hemos perdido mucho tiempo.

Lunes 8:40 a.m.
Preparados para salir hacia el cole. ¡Objetivo conseguido! Hoy llegamos sin prisas ni estrés. Mientras abro la puerta de casa para salir, oigo un ruido lamentablemente conocido tras de mí. Me giro y no sé por qué, no me sorprende lo que veo: a mi hijo vomitando el desayuno en mitad del recibidor. Cierro la puerta, cuento hasta diez mientras le aparto, lo meto en el baño más cercano y le digo con toda la calma que puedo que se quite toda la ropa. Voy a la cocina, lleno un cubo de agua, cojo el mocho, limpio el desastre, corro a su cuarto, cojo ropa limpia, le lavo, le ayudo a vestirse para ir más deprisa. Le envío a lavarse los dientes de nuevo mientras yo lavo la ropa y las zapatillas. Me cambio yo de ropa y me lavo. Y le digo que para él no es bueno desayunar tanto tan temprano. Él insiste tímidamente en que es lo que le han dicho. Yo replico que si esa persona le conoce a él personalmente, si sabe de sus tolerancias y costumbres, si le levanta cada mañana. Claro, no. Pues qué bien está ella tranquilamente esperando a que lleguen los alumnos a clase mientras yo me dedico a deshacer a toda prisa el entuerto en que me ha metido con su bienintencionada pero ignorante recomendación.

Lunes 8:55 a.m.
A la mierda la tranquilidad y las buenas intenciones del primer día de la semana. En estos momentos ya no puede ser considerado es-tres, hemos alcanzado el es-veinte porque estamos saliendo ahora de casa y hay que llegar al cole antes de 5 minutos porque a las nueve en punto cierran. Vísteme despacio que tengo prisa. Todos los semáforos en rojo. Coches lentos por doquier. Transeúntes parsimoniosos. Mamá, ¿me cuentas un cuento? Sí cariño, claro ¿el de María Sarmiento va bien? Porque es el único que me viene a la mente en este momento.

Lunes 9:01 a.m.
La calle cortada por entrada de niños al colegio. Abandono el coche en el primer lugar que puedo. Salgo cual gacela a la que le va la vida en la carrera. Cargo al niño en brazos con mochilón incluido. Llego a la puerta 9:02. Cerrada. Llamo, acude el conserje y me regaña por llegar tarde. Tomo aire, él no tiene la culpa. Pido hablar con la profesora que me recibe, menos mal, sonriente. Le explico el motivo de la tardanza, sonríe y me dice: Sí, es que estamos inculcándoles hábitos saludables.

¿Saludables? ¿Para quién? Él ha vomitado y en estos momentos ambos estamos a punto del infarto... ¿Saludables? Pero por el amor de Dios que estamos en España, que aquí toda la vida de Dios ha habido gente que ha desayunado ligero, ha parado para un buen almuerzo (de hecho los niños tienen recreo donde toman un bocadillo), después ha vuelto a parar para degustar una suculenta comida (en ocasiones de un solo pero completísimo plato, léase lentejas, fabada o arroz al horno, vaya que no es necesario comer siempre dos platos más ensalada) y luego, si son niños, merienda y si no, una cena ligera antes de dormir. Y oye, que hemos sobrevivido durante generaciones sin niguna malformación. Que esto de las modas es muy peligroso y no se pueden cambiar los hábitos de la noche a la mañana sin un motivo serio y menos sin tener en cuenta las peculiaridades personales, que por mucho que quieran somos individuos diferenciados, no clones. ¿No se educaba en la tolerancia? Pues tolérennos a los diferentes, coñe, y no nos obliguen a ser como no se sabe quién ni por qué, desea que seamos.

Lunes 9:10 a.m.
Regreso al coche. Me encierro en él y respiro hondo varias veces para volver a la normalidad antes de iniciar el trayecto para mi trabajo al que he de llegar antes de las 9:30 y en el que hoy me espera un día horribilis.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Víctimas del sistema

Tengo, desde hace mucho tiempo, una teoría: el sistema sólo quiere mediocres -o de mediocres para abajo, como se quiera-.
Hace ya mucho tiempo que nuestro sistema educativo, en aras de la universalización de la enseñanza, causa absolutamente loable y necesaria, optó por bajar el nivel de exigencia argumentando que, de esa forma, todos, tuvieran los estímulos que tuvieran, podrían acceder a unos contenidos mínimos y obligatorios. Lo que no encontraron, quizá porque no buscaron bien debido, en mi opinión, a la falta de interés, es la fórmula para que aquellos alumnos más avanzados o más capacitados pudieran aprovechar el tiempo empleado en su formación de manera acorde a sus posibilidades, con lo que, a la larga, la sociedad entera se beneficiaría.
El problema se agravó a medida que ampliábamos nuestro concepto de "enseñanza obligatoria" y creímos que todo el mundo debía acceder al BUP porque si uno hacía FP era inmediatamente considerado ciudadano con bajo coeficiente intelectual. Más tarde, se hizo necesario que todos los estudiantes cursaran una carrera universitaria, no fuera a ser que se dudase de su capacidad intelectual...
Pero, francamente, ni todo el mundo está capacitado para realizar estudios superiores (ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto pero me da igual), ni todo el mundo está capacitado para reparar un coche, por poner un ejemplo. Y, desde luego, se ha hecho más que evidente desde hace lustros, que nuestro mercado laboral es incapaz de absorber tanto universitario como tenemos.
Y si mezclamos sistema educativo con el factor económico… el resultado es: lo que tenemos. Me explico: por un lado tenemos colegios privados que, lejos de buscar la excelencia en cuanto a nivel académico de sus alumnos, pretenden engrosar las carteras de los dueños y, pintándolo más o menos bonito (en cuanto a gustos no hay nada escrito), atraen a alumnos –y padres- que hacen suyo el dicho de “el cliente tiene razón” y “yo pago para que me aprueben”. Este tipo de institución académica lamentablemente la podemos encontrar en cualquier nivel de enseñanza, desde Educación Primaria hasta la Universidad. Y lo peor es que las entidades públicas encargadas de velar por el cumplimiento de la legislación hacen la vista gorda porque mientras haya gente que libremente acude a esos centros, se dispersará la población en edad estudiantil y, por tanto, no se verán en la obligación absoluta de dedicar fondos a construir y dotar de material a los centros públicos. Y por otro lado, al menos en el ámbito universitario, dado que hay tanta competencia entre Universidades, porque la sociedad que permite que sus jóvenes sean lo suficientemente maduros para salir con quien y hasta cuando deseen, no considera que sean lo suficientemente maduros para salir de casa antes de los treintaytantos y por tanto exige que en cada esquina haya una universidad para que los nenes no se tengan que desplazar, decía que, como hay tanta competencia y reciben fondos públicos en función del número de alumnos, también han ido abandonando la política de la búsqueda del prestigio que, francamente, en una sociedad del mínimo esfuerzo para el máximo rendimiento como es la nuestra, no tiene futuro, por la política de captar alumnos que deseen acabar con un título sin demasiado esfuerzo.
Con todo, tenemos un país con un número increíble de titulados universitarios que permite a los políticos empavonarse con la frasecita de que nunca nuestros jóvenes han estado tan preparados, como si la obtención de un título fuera hoy en día garantía de buena preparación, pero con un analfabetismo funcional que es más que preocupante y un nivel cultural que asusta.
Pero nada de esto es fortuito. Mi teoría es que estaba perfectamente planeado desde hace mucho, mucho tiempo, como en los cuentos.
Y es que al sistema no le interesan los mejores. No quiere formar intelectuales que se conviertan en gente con criterio (también llamados vulgarmente “moscas cojoneras”) que pongan en tela de juicio las actuaciones de quienes mandan o gobiernan, que no permitan semejantes tejemanejes y sobre todo, ya que estamos con la ley del mínimo esfuerzo, que les pongan en entredicho o les obliguen a cultivarse.
Y así, el fracaso escolar en gente con un coeficiente intelectual alto es impresionante y se debe al aburrimiento. Lo realmente peligroso es que, como los chavales son inteligentes y les dejan demasiado tiempo para pensar y muy poco aliciente para pensar en algo productivo, se dedican a pensar maldades y molestar en clase a los pobres mediocres.
Algunos logran escapar, con sangre, sudor y lágrimas de tan indeseable destino y logran finalizar estudios superiores destacando siempre por unos excelentes resultados académicos. De estos conozco unos cuantos, pero me referiré a dos de ellos. Sin embargo, y una vez finalizada con sobresaliente éxito su formación, se encuentran las puertas laborales cerradas –o entreabiertas, que no sé qué es peor, porque se les exprime al máximo por nada-. Si todo fuera como debe ser, esto no resultaría un problema, porque, por lógica, los talentos deberían quedarse en el ámbito universitario (centros de saber) para que siguieran investigando y analizando para que nuestra vida de simples mortales fuera cada vez un poco mejor. Pero tampoco es así. Porque nuestras Universidades cuentan con pocos fondos para la investigación y por tanto ni siquiera pueden pagarles un sueldo digno para que se queden. Y los mejores, nuestros mejores, de los que deberíamos sentirnos orgullosos porque son nuestros aunque no ganen copas del mundo, se ven abocados a la nada y la frustración.
Y no hay derecho. No es justo que a los mejores se les reserve el peor de los futuros. Yo sí estoy orgullosa de ellos y exijo que se les coloque en el lugar que merecen y que tengan acceso a una vida digna, como la de cualquier otro ser humano.

martes, 3 de agosto de 2010

Qué semanita llevo...

Envejezco. Hay que afrontarlo. Hace tiempo ya que todos mis movimientos van acompañados de algún sonido tipo uf, ay, buf y ahora acabo de descubrir que mi brazo comienza a no ser lo suficientemente largo como para alejar el texto que tengo que leer. Así que no hay otra que ir al oculista.

Y de allí vengo. Decidida a enfrentarme a la cruda realidad del bendito envejecimiento (bendito porque es prueba evidente de que sigo viva), salgo del despacho monísima de la muerte, señorita hasta la médula y encamino mis pasos hacia la óptica más cercana. Llego, saludo y explico mi problema al amable dependiente con una sonrisa resignada y él me acompaña hasta un taburete frente a una máquina con reposabarbillas para ver los ojos. Me invita a sentarme. La persona que se sentó antes era un liliputiense y la máquina me llega a la altura del ombligo. El amable dependiente me dice que tire de la palanca que hay bajo el asiento. Tiro. El asiento no se mueve. Vuelvo a tirar. No baja ni un centímetro. Me indica que tire con fuerza. Lo hago. Y de repente me siento en el subsuelo a punto de ser arrollada por el metro y con el codo dolorido por el golpe que le he propinado a lo que antes de mi aparición era una mesa y ahora un montón de astillas.

El amable dependiente me ayuda a salir del socavón mientras yo, muy digna, me retoco el peinado descompuesto por el viento que provoca el metro y sonrío admirando que haya sido yo la causante de tal desaguisado. Menos mal que a las ancianitas se nos perdona todo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Confesiones

Lo confieso: pertenezco a la tribu de los pies grandes. Somos personas más o menos normales, como todos. Quiero decir que sentimos, trabajamos y pagamos nuestros impuestos como cualquier otro ciudadano de bien, pero tenemos los pies grandes, ¿qué le vamos a hacer? Tampoco es como para condenarnos al ostracismo.

En concreto yo, soy mujer y calzo un número 41 (antes era un 40, pero me ascendieron con la nueva numeración). En mi defensa diré que no es que parezca que llevo por zapatos un par de transatlánticos –en realidad, como mi pie es lo que llaman “romano”, estaría más cómoda con un par de portaaviones–, mido 1’77 metros, así que tengo el pie adecuado para no parecer una mujer peonza y, desde luego, no me hace falta llevar banderines rojos para avisar de mi presencia en las esquinas. Hasta la fecha, nadie ha tropezado jamás con mis pies sin embestirme de paso, lo más que me ha ocurrido ha sido, al trabajar con niños pequeños, que se suban a mis pies intentando reducir la distancia que separaba nuestras cabezas. Vano intento, por otro lado, puesto que apenas la reducían en dos o tres centímetros, porque, vale, lo confieso también, además de romano, mi pie es parecido al de los patos (largo, ancho y aplastado).

Normalmente no pienso mucho en mis pies ya que, afortunadamente no me suelen dar más problemas que cuando he de ir a comprarme zapatos, por eso intento espaciar al máximo mis visitas a las zapaterías y alargo lo indecible la vida del calzado que, al fin, consigo, tras un periplo lleno de calamidades.

Aún recuerdo con dolor, disgusto y cierto sabor amargo cuando, recién cumplidos los doce años y calzando ya un número 38, tenía que acabar siempre comprando zapatos de tacón y diseño que tal vez mi abuela llevara con agrado porque, tras recorrer todas las tiendas conocidas y por conocer, nunca encontraba zapatos de niña –o adolescente, según se quiera ver– de ese número. Y en esa tesitura llegué a los 17 años, fecha en la que se popularizó la bendita manoletina para todos los gustos, edades y números.

Más adelante, rondando ya la veintena, ocurrió que un sábado por la tarde vi en un escaparate de un centro comercial varios zapatos que me gustaron, así que entré en la tienda y le pedí a la dependienta que me acompañara fuera para mostrarle los modelos de mi interés. Tomó nota de las referencias, me preguntó el número y, al decirle que el 40, me miró horrorizada y, horrorizada, se puso a gritar en mitad del pasillo de aquel centro comercial atestado de gente: “¡¡¡¿Cuarenta?!!! ¡¡¡Qué barbaridad!!! ¡Aquí no tenemos números tan grandes! Esto es una zapatería de mujeres.” Y, por supuesto, yo, gastando ese número, era imposible que fuese una mujer. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi cuerpo me engañaba, aparentaba ser mujer, pero no lo era. Como entonces no lo sabía y mi autoestima estaba lo suficientemente picada por el sometimiento a escarnio público que acababa de recibir, muy ofendida le espeté un: “¿Y qué número crees que usan las modelos, pedazo de ignorante?” Me di media vuelta y qué decir tiene que jamás regresé a esa zapatería.

Sin embargo aquel episodio me marcó más de lo que podía entonces imaginar. A partir de ese momento comencé a entrar a las tiendas preguntando primero si tenían cuarentas y qué modelos tenían. Y me encontraba con que muchas zapaterías no tenían ninguno y unas pocas tenían un pequeño expositor al fondo de la tienda, medio oculto y avergonzado, con unos pocos y feos zapatos pasados de moda del número cuarenta (luego pasó a ser cuarenta y uno) que, para mayor sufrimiento, esta vez de la cartera, eran mucho más caros que los demás. Jamás a un centímetro se le sacó mayor rendimiento.

Así pues, la que suscribe gastaba un dineral en unos zapatos horrorosos que llevaba a disgusto y que siempre le hacían, no ya rozaduras, sino terribles heridas en los talones que, a causa de su constante repetición, lograron crearle unos bultos perennes en dicha parte del pie que era lo que le faltaba a la belleza del miembro (largo, ancho, plano y con un bulto huesudo en su parte posterior).

Después apareció en mi vida el deporte y me dediqué en cuerpo y alma a las zapatillas deportivas especializadas con las que, aunque fuera de las que se vendían para hombre (no, si aquella estúpida dependienta acabaría teniendo razón), nunca tuve problema para encontrar número. Y puestos a pedir, pedía un número más y así evitaba rozaduras. ¡Qué placer, caminar sin dolor e importándome un comino si el calzado era bonito o no! Eso sí, mis pies añadieron una nota más a su peculiar belleza: se muscularon. Se hicieron más planos, si cabe, para poder impulsar más y agrandar al máximo mi zancada, se les marcaron los potentes músculos y tendones de los dedos y les salió un músculo oculto hasta el momento: el extensor corto de los dedos, que como un segundo tobillo externo algo adelantado y caído se mostraba arrogante a todo aquel que descendiera su vista a mis pies.

Fui creciendo y cambié de profesión, y por ende, de calzado. Y regresé a la busca y captura de zapaterías que tuvieran algún feo, caro y pasado de moda modelo del 41 para descubrir que apenas quedaban un par de ellas. Luego se extrañan de que no llegue a apreciar la estética del calzado…

Así llegamos a rondar los cuarenta cuando, por fin, descubro, fuera de los circuitos de moda, alguna tienda que suele tener zapatos de mi número bonitos y de temporada. Pero, observen lo que me ha ocurrido esta misma mañana:

Andaba yo en busca de unos zapatos para asistir a una boda y he visto en el escaparate dos o tres modelos que me gustaban y, como soy gata escaldada (cómo no serlo con semejante historial), me he acercado a la puerta y le he preguntado a la mujer que me ha salido al encuentro (ignoro si dependienta o dueña) si había alguno de mi número, a lo que ella me responde con una amable sonrisa que no, que no les llegan zapatos de fiesta del 41. Estupefacta, le pregunto si acaso piensan que no somos invitados a fiestas por tener los pies grandes, a lo que ella, con una sonrisa de conmiseración contesta que no es eso, es que piensan que, como es un número alto, no nos gusta llevar tacones.

¡Ah, acabáramos! Eso es otra cosa, claro que sí, ya no se duda de nuestra femineidad, se trata de que los fabricantes de zapatos aún no han descubierto la tecnología naval del bulbo para la quilla y no saben que flotaremos igual con nuestros transatlánticos o portaaviones lo lleven o no y, caso de no caminar sobre las aguas, ignoran que, precisamente el tamaño de nuestros pies va a hacer que la pendiente del tacón sea menos inclinada y, por tanto, seremos más estables.

O, quizá sea que los fabricantes de zapatos a los que presupongo varones y bajitos –puestos a especular, hagámoslo todos–, de lo que sí son conscientes es de la proporción de las formas y, sabedores de que un pie grande suele pertenecer a una mujer alta, lo que no pueden soportar (cuestión de complejo, supongo) es que existan mujeres altas, orgullosas de serlo, a las que no les importe subirse a los andamios que proporcionan los tacones para ver el mundo (suponen ellos) desde más arriba y, que, de paso, les vean las calvas. Olvidan, sin embargo, que a esas mujeres, a las que de ninguna manera quieren a su lado, puede que el tamaño –digo, la estatura– no les importe, aunque todo siga la supuesta ley de la proporción.

De cualquier forma, ruego encarecidamente al gobierno de este país, que tantas leyes en favor de los derechos y libertades de sus ciudadanos promulga, que recuerde que entre sus votantes puede haber algún pie grande y, por tanto, formule, al menos, una Orden, por la cual se obligue a los fabricantes y vendedores a tener zapatos de todas las tallas y de las tres B.