viernes, 29 de mayo de 2020

REFLEXIONES MITOLÓGICAS (Primera parte)


Estoy contando desde Facebook la guerra de Troya. No es la primera vez que cuento esta historia porque me gusta mucho. Cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, me escuchó comparar lo que cuenta Homero en la Iliada con lo que nos cuenta la película Troya y me pidió más porque le parecía muy interesante, así que empecé como lo estoy haciendo ahora, narrando el suceso de la Manzana de la discordia. Ahora, aprovecho y se la cuento también al pequeño, que tiene diez años, porque también le parece interesante.
Cuando le contaba qué prometía cada una de las tres diosas a Paris si era elegida como la diosa más hermosa, le pregunté a cuál hubiera elegido él, teniendo en cuenta los dones que le ofrecían. Él me preguntó a su vez si no podía escoger dos dones.
―No ―respondí―. Sólo puedes escoger un don.
―Es que ser un general que gane muchas guerras mola, pero sólo un tiempo. Toda la vida, no. Y tener un matrimonio feliz que dure siempre también está bien, pero ahora mismo, no me apetece casarme. Tengo que ser más mayor y hacer muchas cosas antes.
Como me di cuenta de que obviaba el amor de la mujer más hermosa del mundo, le pregunté si es que no le interesaba ese don.
―Es que no sé si me va a parecer hermosa la mujer que la diosa escoja. Igual a mí no me gusta.
―¡Ah, bueno! No te preocupes, porque lo que la diosa te ofrece es el amor de la mujer que a ti te parezca la más hermosa del mundo.
―Pues escojo ese don y me caso con ella y que sea un matrimonio largo y feliz.
―¡Buff! No sé si eso podrá ser. Igual te casas con ella pero el matrimonio no es largo y feliz, porque ése era otro don.
―Pues escojo el matrimonio largo y feliz y me caso con la mujer que a mí me guste.
―Es que igual no te puedes casar con la que tú quieres…
―Pues no me pienso casar con alguien que no me guste. Así que no escojo a ninguna diosa.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Mea culpa

      -¡Marchaos! ¡Dejadme solo! Tú también, César.
      Es culpa mía. Todo ha sido por mi culpa, hijo mío. Mi hijo querido. Aquél en quien deposité todas mis esperanzas, quien debía ser mi heredero. ¿Qué te han hecho? No te concedieron ninguna oportunidad. ¡Pobre hijo mío! Y todo por mi culpa. Te quise tanto… Ya desde niño te distinguí sobre tus hermanos. Eras tan despierto, tan valiente, tan fuerte… ¡Cuán orgulloso estaba de ti, mi hijo amado!
      Eras mi segundo hijo, pero el más amado, por eso no te encomendé a nuestro Señor. Te eduqué para gobernar tus dominios y para la guerra y a fe mía que tu carácter lo valía: valiente, fuerte, ducho en las armas y seductor en la cama. Todo lo que un hombre de mundo puede desear. Pero no te eduqué en la firmeza de ánimo ni en la templanza como sí hice con tu hermano César. Fuiste mi consentido y por eso hoy yaces aquí, a mi lado, con la espalda cosida a puñaladas y tu bolsa con treinta monedas, intacta en tu cintura.
      Te di mis mejores posesiones, incluido el ducado de Gandía, a la muerte de mi primogénito. Te confié la dirección de los ejércitos vaticanos. Pero nada te interesaba más que los juegos de naipes y las peleas de taberna. Te emparenté con la Casa Real de Castilla, mas tu esposa no era suficiente, necesitabas otras mujeres que hablasen de tu hombría. Y mira que te avisó tu hermano: escoge a las mujeres por sus esposos. No le escuchaste, Juan, tú nunca escuchabas. ¿Por qué tuviste que seducir a Sancha? Jofre no es valiente, cierto, pero era previsible que defendiera su honra. ¿Que cómo lo sé? ¿Acaso crees que no sé lo que ocurre en mi propia casa? ¿Acaso ignoras que tengo confidentes entre mi propia gente?
      César aceptará esa cruz. Me bastó con mirarle para saberlo, así como para saber que él ya había valorado los beneficios que le aportaría soportar su peso. Él no lo hizo. Nunca te hubiera atacado por la espalda. No lo necesitaba. Ni él ni sus hombres. Pero aceptará la cruz sobre sus hombros y yo la del peso de la culpa. Tu muerte quedará sin castigo porque el último culpable ya lleva consigo la penitencia.

viernes, 26 de abril de 2019

DE SENTENCIAS Y LEYES

    Leo, con estupor, fragmentos de sentencias sobre crímenes que afectan a las mujeres y que publican los medios de comunicación, así como comentarios sobre estas sentencias. Hay muchas que rayan el absurdo, dicho sea desde el punto de vista de esta mujer que ignora las leyes que justifican dichas sentencias y que solo lee lo que los medios quieren que sepamos. Pero voy a hacer, por esta vez, acto de fe y creerme aquello de que los jueces interpretan las leyes y dictan sentencia con arreglo a lo legislado y son capaces de abstraerse de su ideología, cultura y cosmovisión.
     Voy a creer que, en el código penal, la línea que separa el abuso sexual de la violación es tan fina y sutil que solo seres que jamás han sido violados y carentes de empatía pueden distinguir. Porque yo, como mujer y como otras muchas mujeres, considero que cualquier acercamiento a mi cuerpo con intenciones sexuales que yo no deseo, es una violación de mi libertad sexual y, luego, si se da el caso, habrá que ir añadiendo agravantes. Pero claro, la ley hace distinciones basadas en ¿el punto de vista masculino que es quien legisló en su momento?
     Y, así las cosas, entonces, quizás, lo que habría que cambiar es la legislación para que todos, víctimas, agresores, policía y jueces, tuvieran claro a qué atenerse porque lo que se percibe de la situación actual es un barullo importante.
     Verán, yo nací a finales de los 60, de manera que, en los albores de la democracia, era una preadolescente educada en un colegio de monjas que aún no habían salido de la dictadura y que se veían como el último reducto de los valores que Dios manda, mientras en la televisión, en la prensa escrita y en la radio se debatía sobre libertades y derechos. Respecto del tema que nos ocupa, a principios de los 80, diferentes cargos policiales salieron a la palestra explicándonos a las mujeres cómo actuar frente a una violación. Según sus palabras, que quedaron grabadas a fuego en mi mente, en parte por la crudeza y en parte por el desconocimiento sustituido por la imaginación, debíamos decir claramente que no queríamos hacer nada con el agresor y después relajarnos y dejarle hacer, porque cualquier tipo de resistencia sería peor para nosotras, ya que podía aparejar, lesiones físicas (tales como magulladuras, fracturas, cortes o heridas punzantes) provocadas por el individuo para conseguir someternos, desgarros en la zona íntima e incluso nuestra muerte.
     Obviamente las monjas no estaban de acuerdo con los consejos de policías y médicos forenses y nos recordaban una y otra vez las historias de Laura Vicuña y tantas mártires de la iglesia que preferían morir antes de “mancillar su virtud”.
     Parece, a tenor de lo publicado sobre las últimas sentencias, que las monjas ganaron aquella batalla. El problema radica en que han transcurrido más de treinta años de aquel debate y no parece que las mujeres estemos por la labor de regresar al pasado. Así que, humildemente, voy a dar quienes legislan unas pistas para que la nueva ley nos aclare los términos:
     Para empezar, habría que eliminar esa figura que inventó alguna mente bienintencionada para con el género violador. Me refiero al abuso sexual. ¿Qué diablos es eso? Cuando alguien mantiene relaciones sexuales con alguien que no ha consentido explícita o implícitamente (si no puede hacerlo explícito) es violación, déjense de sandeces, por favor, porque las mujeres no entendemos la diferencia, la verdad. Miren, somos así de tontas, ¿qué le vamos a hacer? Nos estimamos nuestro cuerpo y nuestra intimidad de igual manera y nos resulta igual de repugnante ser manoseadas que ser penetradas sin consentimiento. Es como si a uno le roban y el ladrón le roba el dinero pero no las joyas. ¿Sería considerado menos robo? No, ¿verdad? Pues que se haya detenido en el manoseo y no haya habido penetración, fíjense ustedes, señores, a las mujeres nos parece el mismo caso que el del robo. Llámennos pejigueras, si quieren, pero como es nuestro cuerpo y es una agresión que se nos hace a nosotras, digo yo que quizás debería tenerse en cuenta nuestra opinión. Si, además, para alcanzar su propósito, el violador usa la fuerza, amenaza a su víctima o la droga etc., pues le añaden ustedes agravantes.
     Lo mismo que si es la víctima quien ha consumido, por propia voluntad, cualquier sustancia que le impida estar en plenas facultades para poder negarse explícitamente a ser tocada, manoseada, desnudada, penetrada o lo que sea que se le ocurra a la mente incalificable del homúnculo en cuestión. Que digo yo que las mujeres tenemos el mismo derecho que los hombres a cometer errores que nos lleven a consumir sustancias tóxicas que nos hagan perder el control. No es que sea recomendable que ocurra, pero para ninguno de los dos sexos ¿no? Y supongo que si para cualquier otra situación, el común de los mortales consideraríamos aún más canalla al que se aprovechara del estado de indefensión de su víctima, en este delito que nos ocupa también debería ser así y que tal aprovechamiento se considerara un agravante. Y podríamos erradicar de una vez, que ya toca, el dichoso “ella se lo ha buscado”. No, ella no se busca nada. Se lo encuentra porque tiene la mala suerte de toparse con un delincuente.
     Según lo leído, pedir que me dejen en paz no es suficiente muestra de que no quiero hacer algo. Yo, tonta de mí, siempre había pensado que un “déjame en paz” es la quintaesencia del NO, que era un “no quiero tener nada contigo, ni siquiera quiero verte cerca de mí porque tu presencia me molesta”, vaya, la forma educada de mandar a la mierda a alguien. Pero dado que no es así y que hay también dudas sobre si el sentirnos intimidadas puede justificar o no que no nos neguemos explícitamente, me declaro incompetente para dar ningún consejo al legislador sobre el tema del consentimiento como he venido haciendo con los otros temas. Partimos de unas realidades tan opuestas que lo único que puedo hacer es rogarle que, cuando legisle, sea lo más minucioso posible a la hora de establecer la casuística, porque las mujeres necesitamos que nos especifiquen qué palabras exactas son las que el legislador necesita para entender que NO es NO. Y, dado que, según se desprende de las sentencias, el tono también es importante, ruego se nos especifique también el tono en que debemos decir esas palabras. O mejor aún, grábenlas, ahora la tecnología lo permite. Graben qué palabras debemos decir y díganlas en el tono en que deseen que las pronunciemos. Así bastará con llevarlas en el móvil o cualquier otro dispositivo y, cuando se acerque un individuo –o varios– con intenciones de tener sexo con nosotras, consintamos o no, solo tendremos que poner en marcha el dispositivo y reproducirlas. Así no le quedará duda al individuo en cuestión de que si persiste en su empeño, habrá comenzado a caminar por la senda que le llevará a convertirse en un violador. Y si el miedo nos amordaza, la grabación sustituirá nuestra voz.
     Ya que parece que hemos comenzado el regreso al pasado, como a mí me convencieron las recomendaciones de los policías y médicos forenses de mi adolescencia y, fíjense ustedes, tengo en alta estima mi vida y mi cuerpo pero recuerdo bien las lecciones de las monjas, necesito que se me expliquen las cosas detalladamente. Es decir, si el tipejo en cuestión persiste en su empeño de tener sexo no consentido conmigo y tengo que oponer resistencia, necesitaría saber en qué limites de resistencia me puedo mover para evitar ser violada (o al menos intentarlo), evitar ser asesinada de paso y evitar ser encarcelada yo, si, por uno de aquellos envites de la vida, resulta que logro evitarlo a costa de hacer daño al agresor. ¿Puedo morderle, golpearle con mis manos o con algún objeto que tenga a mi alcance? Si un golpe no es suficiente para convencerle de que debe deponer su empeño, ¿hasta cuántos puedo dar sin que se considere que me estoy ensañando con el pobre presunto violador?
     Y si no puedo agredirle en defensa propia, ¿cómo puedo demostrar a un tribunal que he opuesto resistencia? ¿Cuántos hematomas debo tener en las piernas para que quede claro que no las abrí de buen grado? ¿Debo tener heridas en las muñecas y brazos para que se entienda que me tenían agarrada? ¿Me debe faltar algún diente como respuesta al mordisco que he de dar? ¿Necesita el legislador –o el tribunal– saber que sufrí uno o varios desgarros en mis partes íntimas? ¿Cuántos exactamente? ¿Cuántos golpes debo soportar para que se entienda que estoy aterrada y temo por mi vida? ¿Diez, veinte? ¿Cuántas cuchilladas? ¿Una? ¿Dos? ¿Cuántas?
     ¿Puedo sobrevivir al ataque? Y en caso afirmativo, ¿me puedo reponer?

lunes, 11 de marzo de 2019

ESAS MUCHACHAS DE VIDA REGALADA

      Ya pasó el 8 de marzo y las calles de las principales ciudades se llenaron de miles de mujeres reclamando un mundo más igualitario.
      Sin embargo, leo con estupefacción en las redes sociales mensajes despectivos que comentan que quienes estuvieron allí, inundando las calles, plazas y avenidas eran chicas jóvenes que, según ellos, no han tenido un problema serio en su vida.
      Pues bien, esas muchachas de vida regalada de las que hablan, ya han salido a la calle en más de una ocasión y han sentido miedo al cruzarse con un hombre desconocido en un lugar solitario, han apretado los dientes y las llaves por si él decidía atacarlas.
      Esas muchachas de vida regalada ya han salido a divertirse y han sentido el asco de ser sobadas por manos desconocidas en la pista de baile aprovechando el anonimato que da la multitud.
      Esas muchachas de vida regalada han subido más de una vez a un transporte público y han sentido el asco de notar el cuerpo de un desconocido frotándose contra ellas o masturbándose mientras las mira con ojos lascivos. Y el terror al buscar en vano una mirada amiga en un vagón o autobús repleto de gente.
       Esas muchachas de vida regalada ya han visto a un hombre esperándolas desnudo al girar una esquina y han sentido esa mezcla de asco y terror por si no son lo suficientemente rápidas para huir de la escena.
       Esas muchachas de vida regalada ya han sentido la vergüenza de saberse un trozo de carne a los ojos de un degenerado que se relame pensando en las diferentes formas de comérsela.
       Esas muchachas de vida regalada ya se han sentido violentadas por las palabras de un tipo incapaz de contener su lengua.
       Y esas muchachas de vida regalada tienen oídos y saben leer que hay mujeres cuyas vidas son mucho más duras que las de ellas porque, además, se enfrentan a la violencia física y psicológica, a la falta de recursos, a la falta de libertad, a la posibilidad de recibir formación… Esas muchachas de vida regalada saben que cuando quieran incorporarse al mercado de trabajo lo tendrán más difícil que sus compañeros para entrar, mantenerse y cobrar el mismo salario por el mismo trabajo.
      Así que esas muchachas de vida regalada decidieron el pasado 8 de marzo salir a la calle –sí, al espacio público por excelencia, al territorio masculino por tradición– a gritar que tienen los mismos derechos y que quieren las mismas oportunidades que los hombres, a exigir un mundo más igualitario. Y lo han hecho como en los juegos recién olvidados en el patio del colegio:

POR MÍ Y POR TODAS MIS COMPAÑERAS

      Por cierto, que esas muchachas de vida regalada iban acompañadas por algunos compañeros de igual condición y no he leído nada sobre ellos. Huele mal, ¿no creen?

jueves, 11 de octubre de 2018

ODIO A PRIMERA VISTA

    Me encontré en Facebook un hilo que abrió Marlen MH a partir de un vídeo que compartió (Pincha aquí para ver de qué hablo).

    La primera vez que me ocurrió, me traumatizó, la verdad, porque la recuerdo perfectamente. Era una tarde soleada y calurosa de un verano cualquiera de hace muchos, no sé cuántos.
 
    No sé a vosotros, pero a mí me sucedió que, a partir de una cierta edad (no recuerdo cuál), los años se convirtieron en una sucesión de días con cosas que hacer por los que transito. Y como yo, en mi conciencia, soy siempre yo, igual a la que soy ahora, me refiero a igual de alta, con lo que veo lo que me rodea desde la misma perspectiva, y tampoco hay ya ninguna otra cosa que distinga un año de otro, como pudiera ser el curso académico, los compañeros, el lugar de veraneo…, me resulta imposible saber cuándo ocurrió algo, hace cuántos años. Así, desde entonces, los acontecimientos ocurren como en los cuentos tradicionales: “hace mucho, mucho tiempo”.
 
    A lo que iba: Hace mucho, mucho tiempo, una tarde soleada de verano, estaba yo nadando en la piscina del apartamento y la compartía con dos chavales. A decir verdad –y eso me tenía que haber puesto en sobreaviso–, el sol lo inundaba todo menos la piscina que permanecía en la sombra. Regresaba yo de la parte más honda hacia la que menos cubría cuando uno de los muchachos se lanzó al agua cerca de mí. Fue en ese momento cuando el otro, educado donde los haya, amonestó a su amigo diciéndole:

    -¡Cuidado con la señora! No la molestes.

    Coincidió que yo giraba la cabeza hacia el lado en el que se encontraba el chico educado y la sacaba para coger aire. Entonces le vi, plantado sobre el pretil de la piscina mirando a su compañero y reprendiéndolo con la mirada. Y en ese mismo instante sentí, por primera y única vez en mi vida, el odio a primera vista.

    Todos conocemos el amor a primera vista. Yo no recuerdo haberlo sentido nunca, pero no es difícil averiguar qué se siente tras haber leído tanto sobre él o haberlo visto reflejado en tantas películas, pero el odio a primera vista… Eso fue algo que me sobrevino, me atacó por sorpresa y que, todavía hoy, me produce cierto malestar en el estómago al recordarlo.

    Poco a poco me acostumbré a la existencia de esos seres quasi imberbes o de caderas sin vestigios de celulitis que hacían gala de su buena educación hablándome de usted. Sin embargo, varios días después del hilo abierto por Marlen MH, me volvió a ocurrir.

    Me invitaron, a la fuerza, a entrar en una sesión de puertas abiertas de una actividad que resultó ser mágica y muy interesante. El profesor era –y digo bien, era– un chico joven que supo conducir la clase y captar los variados intereses del resto de participantes y vencer mi resistencia educada a permanecer donde creía que sobraba por carecer de las habilidades necesarias.

    Una semana más tarde, hablando con el dueño del local donde se realizó la sesión, al cual conozco desde hace algún tiempo (que quiere decir que no sé cuánto pero no parece demasiado lejano en mi memoria), me comentó que el chaval –nótese el cambio de nomenclatura que nada tiene que ver con evitar la reiteración– le había dicho que “la señora” le había hecho un comentario que le había emocionado.

    A ver, entiendo que estoy lejos de ser considerada una chica (¡mis años me ha costado dejar de ser una “nena” para mis compañeros de profesión!) y más desde su corta experiencia vital, seguramente para un nonagenario sería una chica y para Matusalén una niña. Pero ¿qué tal mujer? Yo, en sensu contrario, utilizo la palabra hombre para referirme al espécimen masculino de mediana edad, calvo o no, canoso o no, pero al cual la palabra chico se le ha quedado estrecha. Y lo mismo hago con mis coetáneas a las que dedico la categoría de mujeres. ¿Le habría costado algún soponcio evitar el mío y utilizar la palabra mujer para describirme?

    Pero sin duda alguna, lo peor es tener que estar agradecida al muchacho –nótese de nuevo el sustantivo escogido con el que intento colocarme en su nivel de educación a la par que intento darle una lección de empatía– porque no me llamó anciana decrépita, cortesía a la que respondo no usando el apelativo de “yogurín” para referirme a él.

martes, 2 de octubre de 2018

RECUPERANDO PALABRAS PERDIDAS

No hay nada que me guste más que las palabras, ni siquiera el chocolate. Las palabras son la base de nuestra comunicación, las herramientas con las que explicamos el mundo, el material con que expresamos nuestras emociones…

Me gustan tanto que he hecho de ellas mi profesión y trato de transmitirles ese amor y respeto a mis hijos, así que, en muchas ocasiones, hablamos de las palabras, de su significado, de su uso…

La semana pasada, el pequeño, que tiene ocho años, me sometió a una batalla dialéctica en cuatro asaltos:


PRIMER ASALTO:

Domingo por la tarde al salir de la ducha.

-Mamá, necesito hablar contigo en privado. ¿Puedes venir?

-Claro, dime.

-Ven, pasa. Siéntate –me ordenó señalándome la tapa cerrada del váter mientras él se iba secando–. No quiero que te enfades, pero es que necesito saber qué significan unas palabras, pero, claro, si no te las digo, tú no puedes saber cuáles son y el caso es que yo no puedo decirlas, así que tenemos un problema. He pensado que si te las digo para que sepas cuáles son y me digas qué significan, no es muy grave, pero, por favor, no te enfades ¿vale?

Yo me puse el chubasquero temiéndome lo peor ante tal circunloquio.

-Vale, dime –le animé tranquilizándole ante lo que él imaginaba mi reacción iracunda.

-No te enfadarás, ¿verdad?

-No, pregúntame, anda.

-Mamá –me dijo–, ¿qué significa “gilipollas”?

Yo le expliqué y él continuó:

-¿Y qué significa “puta”?

Y “puto”, y “cabrón” y “cojones”, fue preguntando cada vez que yo respondía, lo más asépticamente posible, a cada una de sus dudas hasta que concluyó el asalto con un:

-¡Gracias, mamá!


SEGUNDO ASALTO:

Lunes a mediodía regresando a casa en el coche, él sentado en el asiento de atrás; yo, conduciendo.

-Mamá, tengo que contarte una cosa. Sé que no te va a gustar pero te lo tengo que contar porque creo que tú, como mi madre que eres, debes estar informada de las cosas que yo escucho, así que te las voy a decir, pero no te enfades porque solo te las digo para que las sepas.

Yo no sabía si reír o echarme a temblar mientras procuraba que él no apreciase ninguna reacción en mi cara a través del espejo retrovisor y me preparaba para escuchar la ristra de palabrotas que, por segundo día consecutivo, mi hijo había encontrado la fórmula para poder soltarlas de golpe sin ser castigado.

Y, efectivamente, las fue colocando de canto para que cupieran más y cuando terminó de soltar sapos y culebras por esa boquita para que “yo estuviera enterada, como madre suya que soy, de lo que él escucha”, le conminé a contárselo a su tutora si esas palabras le ofendían.

-No, mamá. Si a mí no me ofenden. ¡Qué va!

-¡Ah, vale! Pues si no te ofenden, no he dicho nada.

-No me ofenden porque no me las dicen a mí pero si alguien me dijera…

Y comenzó de nuevo con la retahíla de tacos al por mayor para, sin solución de continuidad pasar a enumerar otra serie de insultos que él proferiría contra aquél que osase agredirle verbalmente.

-“Schissst”. No puedes decirle todo eso a nadie porque, entonces, te pones a su nivel y pierdes la razón que podías tener.

-¿Ah, no? ¿Entonces qué quieres que haga, que dejen que me insulten y yo me quede mirando sin hacer nada? Porque yo tengo muy mala leche cuando me enfado. Se dice mal genio, lo sé, pero cuando estás enfadado es mejor decir mala leche porque suena peor y se asustan más.

-No, cariño, no pretendo eso. Si alguien te insulta, tienes dos opciones: si no te ofende, te das media vuelta y pasas de esa persona porque, como decía mi abuelita, “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”; y, si te ofende, se lo dices a tu tutora y que ella lo castigue como la profesora manda –iba a decir como “dios manda” pero en el último momento recordé su conversación con mi madre el domingo a mediodía sobre asuntos celestiales y decidí que era mejor cambiar al sujeto que manda y no liarla más.

-Si la profesora manda ponerle dieciocho partes, me parecerá bien –se conformó todo chulito él.

-Bueno, el número de partes dependerá de la gravedad del asunto ¿no crees?

Y así acabó el segundo asalto.


TERCER ASALTO:

Martes por la tarde. En el coche, camino de su clase de batería. Para variar, me pidió que le pusiera su canción pero como era la quinta vez en menos de dos horas que iba a escuchar Ain’t it fun de Guns and roses y temía no poder sobrevivir a ello (la escuchamos cada vez que subimos al coche) le pedí que me dejara poner la radio hasta el primer semáforo y luego le ponía el disco. En qué mala hora se me ocurrió tal pacto. Sonaba La ventana, el programa de la Cadena Ser, y estaban comentando el penúltimo audio filtrado de las conversaciones de la ministra de justicia y el ex - comisario Villarejo.

-Mamá, ¿qué significa “maricón”? –atacó esta vez sin preámbulos.

Le contesté maldiciendo mentalmente el momento en que no quise escuchar su canción favorita de la temporada.

-Si a mí me llaman eso, bueno, no me ofendería porque no lo soy, pero si me ofendiese…

Hala, de nuevo la retahíla de sapos y culebras escupidos.

-Que no, que no puedes contestar esas palabrotas porque te pones a su nivel.

-¿Pues qué digo?

Esta es la mía, pensé:

-Puedes decirle: “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, así que no la digas”.

-¿Qué significa “no tener ni pajolera idea”?

-Que ignora lo que significa, que no sabe qué significa esa palabra.

-Mamá, la mayoría de la gente diría “no tienes ni puta idea”. Lo sabes ¿no?

-Ya, bueno, pero esa es una expresión soez y nosotros no la usamos.

-Vale. ¿Entonces puedo decir “No tienes ni pajolera idea de lo que significa esa palabra, ignorante”? ¿No me castigarán?

-No, porque no has dicho ningún taco.

-Vale. ¿Y si quiero llamar a alguien “gilipollas”, cómo le puedo llamar para que no me castiguen?

-Mentecato.

-¿Y si le quiero llamar “imbécil”?

-Cretino.

-¿Y alguna palabra más?

-Petimetre.

-Gracias, mamá.


CUARTO ASALTO:

Miércoles por la mañana camino del colegio:

-Mamá, ¿repasamos las palabras que puedo decir? Pajolera idea, ignorante, cretino, mentecato y ¿cómo era la otra?

-Petimetre.

-¡Ah, vale! Gracias.

Nota: Avisar a la tutora del rescate de palabras perdidas.

lunes, 31 de julio de 2017

Primera medalla de oro olímpica en el atletismo español

      Hoy he leído este artículo:
      https://elpais.com/deportes/2017/07/30/actualidad/1501434247_635178.html?id_externo_rsoc=FB_CC

      Yo recuerdo perfectamente dónde estaba aquella tarde del 31 de julio de 1992. Estaba en mi piso recién alquilado. En un comedor lleno de cajas porque aún no habían llegado los muebles que había comprado. Sobre una de las cajas, el televisor, yo, frente a él, sentada en una de las incómodas sillas que había conseguido hasta que llegaran las mías.
      Conocía a los tres atletas que participaban en los 20km Marcha, pero reconozco que tenía mi favorito.
      Dani y yo éramos amigos, aún lo somos, en la distancia, porque la nuestra es una relación en la que, aunque pasen años sin vernos ni hablarnos, nos vemos y es como si nos hubiésemos despedido el día anterior. Pero además, ese año de 1992 yo entrenaba con Jordi Llopart y estuve en la concentración deportiva de febrero en Ribes de Freser y asistí a esas conversaciones en las que Jordi le decía que si quería adelantarle, tenía que ser campeón olímpico. Cada vez que Jordi, medio en broma, medio en serio, le retaba a superarle, a hacer historia, Dani sonreía y miraba al suelo.
      Yo sabía –y supongo que los demás, también– que si alguien era capaz de conseguirlo, era Dani. Tenía todo lo necesario física y psicológicamente para ser campeón olímpico, a las pruebas me remito y, si la suerte estaba de su lado, ¿por qué no soñar?
      Suerte. Por suerte entiendo todos los factores externos que deben darse para que, coincidiendo con todo lo que uno aporta, se alcancen los objetivos planeados y soñados. Este es un deporte complicado y depende, además, de muchos factores externos. Dani era uno de los grandes de la marcha y se había preparado a fondo. El sueño, la gloria, estaba ahí, prácticamente se podía rozar con las puntas de los dedos.
      Al principio de la prueba de los 20km Marcha, yo todavía podía apoyar la espalda en el respaldo. A medida que la competición avanzaba, me iba desplazando hacia el borde de la silla y los últimos veinte minutos los pasé de pié, animando, empujando mentalmente a Dani, mordiéndome los puños, gritando de felicidad.
      Lo había conseguido. Había hecho historia. Porque aunque algunos crean que el primer oro olímpico español en atletismo fue el de Fermín Cacho en 1.500m.l., lo cierto es que la primera medalla de oro olímpica para el atletismo español la consiguió Daniel Plaza Montero, Dani, en los 20km Marcha.
      Imagino lo que debió sentir al entrar en el estadio, lo que debió sentir su padre al abrazarlo o su madre y también a mí se me eriza la piel.
      Y sobre la calidad humana de Dani, ¿qué puedo decir yo? Baste leer lo que cuenta de Valentí Massana, de su relación con él, de cómo fue ese día de gloria para uno y de desilusión para el otro.