Envejezco. Hay que afrontarlo. Hace tiempo ya que todos mis movimientos van acompañados de algún sonido tipo uf, ay, buf y ahora acabo de descubrir que mi brazo comienza a no ser lo suficientemente largo como para alejar el texto que tengo que leer. Así que no hay otra que ir al oculista.
Y de allí vengo. Decidida a enfrentarme a la cruda realidad del bendito envejecimiento (bendito porque es prueba evidente de que sigo viva), salgo del despacho monísima de la muerte, señorita hasta la médula y encamino mis pasos hacia la óptica más cercana. Llego, saludo y explico mi problema al amable dependiente con una sonrisa resignada y él me acompaña hasta un taburete frente a una máquina con reposabarbillas para ver los ojos. Me invita a sentarme. La persona que se sentó antes era un liliputiense y la máquina me llega a la altura del ombligo. El amable dependiente me dice que tire de la palanca que hay bajo el asiento. Tiro. El asiento no se mueve. Vuelvo a tirar. No baja ni un centímetro. Me indica que tire con fuerza. Lo hago. Y de repente me siento en el subsuelo a punto de ser arrollada por el metro y con el codo dolorido por el golpe que le he propinado a lo que antes de mi aparición era una mesa y ahora un montón de astillas.
El amable dependiente me ayuda a salir del socavón mientras yo, muy digna, me retoco el peinado descompuesto por el viento que provoca el metro y sonrío admirando que haya sido yo la causante de tal desaguisado. Menos mal que a las ancianitas se nos perdona todo.
Para todos los que tenéis opinión propia, para los que os gusta debatir, para los que respetáis la opinión del otro, para los que sólo entráis por hacerme el favor y leerme... A todos, sed bienvenidos y muchas gracias por estar al otro lado.
martes, 3 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
Confesiones
Lo confieso: pertenezco a la tribu de los pies grandes. Somos personas más o menos normales, como todos. Quiero decir que sentimos, trabajamos y pagamos nuestros impuestos como cualquier otro ciudadano de bien, pero tenemos los pies grandes, ¿qué le vamos a hacer? Tampoco es como para condenarnos al ostracismo.
En concreto yo, soy mujer y calzo un número 41 (antes era un 40, pero me ascendieron con la nueva numeración). En mi defensa diré que no es que parezca que llevo por zapatos un par de transatlánticos –en realidad, como mi pie es lo que llaman “romano”, estaría más cómoda con un par de portaaviones–, mido 1’77 metros, así que tengo el pie adecuado para no parecer una mujer peonza y, desde luego, no me hace falta llevar banderines rojos para avisar de mi presencia en las esquinas. Hasta la fecha, nadie ha tropezado jamás con mis pies sin embestirme de paso, lo más que me ha ocurrido ha sido, al trabajar con niños pequeños, que se suban a mis pies intentando reducir la distancia que separaba nuestras cabezas. Vano intento, por otro lado, puesto que apenas la reducían en dos o tres centímetros, porque, vale, lo confieso también, además de romano, mi pie es parecido al de los patos (largo, ancho y aplastado).
Normalmente no pienso mucho en mis pies ya que, afortunadamente no me suelen dar más problemas que cuando he de ir a comprarme zapatos, por eso intento espaciar al máximo mis visitas a las zapaterías y alargo lo indecible la vida del calzado que, al fin, consigo, tras un periplo lleno de calamidades.
Aún recuerdo con dolor, disgusto y cierto sabor amargo cuando, recién cumplidos los doce años y calzando ya un número 38, tenía que acabar siempre comprando zapatos de tacón y diseño que tal vez mi abuela llevara con agrado porque, tras recorrer todas las tiendas conocidas y por conocer, nunca encontraba zapatos de niña –o adolescente, según se quiera ver– de ese número. Y en esa tesitura llegué a los 17 años, fecha en la que se popularizó la bendita manoletina para todos los gustos, edades y números.
Más adelante, rondando ya la veintena, ocurrió que un sábado por la tarde vi en un escaparate de un centro comercial varios zapatos que me gustaron, así que entré en la tienda y le pedí a la dependienta que me acompañara fuera para mostrarle los modelos de mi interés. Tomó nota de las referencias, me preguntó el número y, al decirle que el 40, me miró horrorizada y, horrorizada, se puso a gritar en mitad del pasillo de aquel centro comercial atestado de gente: “¡¡¡¿Cuarenta?!!! ¡¡¡Qué barbaridad!!! ¡Aquí no tenemos números tan grandes! Esto es una zapatería de mujeres.” Y, por supuesto, yo, gastando ese número, era imposible que fuese una mujer. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi cuerpo me engañaba, aparentaba ser mujer, pero no lo era. Como entonces no lo sabía y mi autoestima estaba lo suficientemente picada por el sometimiento a escarnio público que acababa de recibir, muy ofendida le espeté un: “¿Y qué número crees que usan las modelos, pedazo de ignorante?” Me di media vuelta y qué decir tiene que jamás regresé a esa zapatería.
Sin embargo aquel episodio me marcó más de lo que podía entonces imaginar. A partir de ese momento comencé a entrar a las tiendas preguntando primero si tenían cuarentas y qué modelos tenían. Y me encontraba con que muchas zapaterías no tenían ninguno y unas pocas tenían un pequeño expositor al fondo de la tienda, medio oculto y avergonzado, con unos pocos y feos zapatos pasados de moda del número cuarenta (luego pasó a ser cuarenta y uno) que, para mayor sufrimiento, esta vez de la cartera, eran mucho más caros que los demás. Jamás a un centímetro se le sacó mayor rendimiento.
Así pues, la que suscribe gastaba un dineral en unos zapatos horrorosos que llevaba a disgusto y que siempre le hacían, no ya rozaduras, sino terribles heridas en los talones que, a causa de su constante repetición, lograron crearle unos bultos perennes en dicha parte del pie que era lo que le faltaba a la belleza del miembro (largo, ancho, plano y con un bulto huesudo en su parte posterior).
Después apareció en mi vida el deporte y me dediqué en cuerpo y alma a las zapatillas deportivas especializadas con las que, aunque fuera de las que se vendían para hombre (no, si aquella estúpida dependienta acabaría teniendo razón), nunca tuve problema para encontrar número. Y puestos a pedir, pedía un número más y así evitaba rozaduras. ¡Qué placer, caminar sin dolor e importándome un comino si el calzado era bonito o no! Eso sí, mis pies añadieron una nota más a su peculiar belleza: se muscularon. Se hicieron más planos, si cabe, para poder impulsar más y agrandar al máximo mi zancada, se les marcaron los potentes músculos y tendones de los dedos y les salió un músculo oculto hasta el momento: el extensor corto de los dedos, que como un segundo tobillo externo algo adelantado y caído se mostraba arrogante a todo aquel que descendiera su vista a mis pies.
Fui creciendo y cambié de profesión, y por ende, de calzado. Y regresé a la busca y captura de zapaterías que tuvieran algún feo, caro y pasado de moda modelo del 41 para descubrir que apenas quedaban un par de ellas. Luego se extrañan de que no llegue a apreciar la estética del calzado…
Así llegamos a rondar los cuarenta cuando, por fin, descubro, fuera de los circuitos de moda, alguna tienda que suele tener zapatos de mi número bonitos y de temporada. Pero, observen lo que me ha ocurrido esta misma mañana:
Andaba yo en busca de unos zapatos para asistir a una boda y he visto en el escaparate dos o tres modelos que me gustaban y, como soy gata escaldada (cómo no serlo con semejante historial), me he acercado a la puerta y le he preguntado a la mujer que me ha salido al encuentro (ignoro si dependienta o dueña) si había alguno de mi número, a lo que ella me responde con una amable sonrisa que no, que no les llegan zapatos de fiesta del 41. Estupefacta, le pregunto si acaso piensan que no somos invitados a fiestas por tener los pies grandes, a lo que ella, con una sonrisa de conmiseración contesta que no es eso, es que piensan que, como es un número alto, no nos gusta llevar tacones.
¡Ah, acabáramos! Eso es otra cosa, claro que sí, ya no se duda de nuestra femineidad, se trata de que los fabricantes de zapatos aún no han descubierto la tecnología naval del bulbo para la quilla y no saben que flotaremos igual con nuestros transatlánticos o portaaviones lo lleven o no y, caso de no caminar sobre las aguas, ignoran que, precisamente el tamaño de nuestros pies va a hacer que la pendiente del tacón sea menos inclinada y, por tanto, seremos más estables.
O, quizá sea que los fabricantes de zapatos a los que presupongo varones y bajitos –puestos a especular, hagámoslo todos–, de lo que sí son conscientes es de la proporción de las formas y, sabedores de que un pie grande suele pertenecer a una mujer alta, lo que no pueden soportar (cuestión de complejo, supongo) es que existan mujeres altas, orgullosas de serlo, a las que no les importe subirse a los andamios que proporcionan los tacones para ver el mundo (suponen ellos) desde más arriba y, que, de paso, les vean las calvas. Olvidan, sin embargo, que a esas mujeres, a las que de ninguna manera quieren a su lado, puede que el tamaño –digo, la estatura– no les importe, aunque todo siga la supuesta ley de la proporción.
De cualquier forma, ruego encarecidamente al gobierno de este país, que tantas leyes en favor de los derechos y libertades de sus ciudadanos promulga, que recuerde que entre sus votantes puede haber algún pie grande y, por tanto, formule, al menos, una Orden, por la cual se obligue a los fabricantes y vendedores a tener zapatos de todas las tallas y de las tres B.
En concreto yo, soy mujer y calzo un número 41 (antes era un 40, pero me ascendieron con la nueva numeración). En mi defensa diré que no es que parezca que llevo por zapatos un par de transatlánticos –en realidad, como mi pie es lo que llaman “romano”, estaría más cómoda con un par de portaaviones–, mido 1’77 metros, así que tengo el pie adecuado para no parecer una mujer peonza y, desde luego, no me hace falta llevar banderines rojos para avisar de mi presencia en las esquinas. Hasta la fecha, nadie ha tropezado jamás con mis pies sin embestirme de paso, lo más que me ha ocurrido ha sido, al trabajar con niños pequeños, que se suban a mis pies intentando reducir la distancia que separaba nuestras cabezas. Vano intento, por otro lado, puesto que apenas la reducían en dos o tres centímetros, porque, vale, lo confieso también, además de romano, mi pie es parecido al de los patos (largo, ancho y aplastado).
Normalmente no pienso mucho en mis pies ya que, afortunadamente no me suelen dar más problemas que cuando he de ir a comprarme zapatos, por eso intento espaciar al máximo mis visitas a las zapaterías y alargo lo indecible la vida del calzado que, al fin, consigo, tras un periplo lleno de calamidades.
Aún recuerdo con dolor, disgusto y cierto sabor amargo cuando, recién cumplidos los doce años y calzando ya un número 38, tenía que acabar siempre comprando zapatos de tacón y diseño que tal vez mi abuela llevara con agrado porque, tras recorrer todas las tiendas conocidas y por conocer, nunca encontraba zapatos de niña –o adolescente, según se quiera ver– de ese número. Y en esa tesitura llegué a los 17 años, fecha en la que se popularizó la bendita manoletina para todos los gustos, edades y números.
Más adelante, rondando ya la veintena, ocurrió que un sábado por la tarde vi en un escaparate de un centro comercial varios zapatos que me gustaron, así que entré en la tienda y le pedí a la dependienta que me acompañara fuera para mostrarle los modelos de mi interés. Tomó nota de las referencias, me preguntó el número y, al decirle que el 40, me miró horrorizada y, horrorizada, se puso a gritar en mitad del pasillo de aquel centro comercial atestado de gente: “¡¡¡¿Cuarenta?!!! ¡¡¡Qué barbaridad!!! ¡Aquí no tenemos números tan grandes! Esto es una zapatería de mujeres.” Y, por supuesto, yo, gastando ese número, era imposible que fuese una mujer. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Mi cuerpo me engañaba, aparentaba ser mujer, pero no lo era. Como entonces no lo sabía y mi autoestima estaba lo suficientemente picada por el sometimiento a escarnio público que acababa de recibir, muy ofendida le espeté un: “¿Y qué número crees que usan las modelos, pedazo de ignorante?” Me di media vuelta y qué decir tiene que jamás regresé a esa zapatería.
Sin embargo aquel episodio me marcó más de lo que podía entonces imaginar. A partir de ese momento comencé a entrar a las tiendas preguntando primero si tenían cuarentas y qué modelos tenían. Y me encontraba con que muchas zapaterías no tenían ninguno y unas pocas tenían un pequeño expositor al fondo de la tienda, medio oculto y avergonzado, con unos pocos y feos zapatos pasados de moda del número cuarenta (luego pasó a ser cuarenta y uno) que, para mayor sufrimiento, esta vez de la cartera, eran mucho más caros que los demás. Jamás a un centímetro se le sacó mayor rendimiento.
Así pues, la que suscribe gastaba un dineral en unos zapatos horrorosos que llevaba a disgusto y que siempre le hacían, no ya rozaduras, sino terribles heridas en los talones que, a causa de su constante repetición, lograron crearle unos bultos perennes en dicha parte del pie que era lo que le faltaba a la belleza del miembro (largo, ancho, plano y con un bulto huesudo en su parte posterior).
Después apareció en mi vida el deporte y me dediqué en cuerpo y alma a las zapatillas deportivas especializadas con las que, aunque fuera de las que se vendían para hombre (no, si aquella estúpida dependienta acabaría teniendo razón), nunca tuve problema para encontrar número. Y puestos a pedir, pedía un número más y así evitaba rozaduras. ¡Qué placer, caminar sin dolor e importándome un comino si el calzado era bonito o no! Eso sí, mis pies añadieron una nota más a su peculiar belleza: se muscularon. Se hicieron más planos, si cabe, para poder impulsar más y agrandar al máximo mi zancada, se les marcaron los potentes músculos y tendones de los dedos y les salió un músculo oculto hasta el momento: el extensor corto de los dedos, que como un segundo tobillo externo algo adelantado y caído se mostraba arrogante a todo aquel que descendiera su vista a mis pies.
Fui creciendo y cambié de profesión, y por ende, de calzado. Y regresé a la busca y captura de zapaterías que tuvieran algún feo, caro y pasado de moda modelo del 41 para descubrir que apenas quedaban un par de ellas. Luego se extrañan de que no llegue a apreciar la estética del calzado…
Así llegamos a rondar los cuarenta cuando, por fin, descubro, fuera de los circuitos de moda, alguna tienda que suele tener zapatos de mi número bonitos y de temporada. Pero, observen lo que me ha ocurrido esta misma mañana:
Andaba yo en busca de unos zapatos para asistir a una boda y he visto en el escaparate dos o tres modelos que me gustaban y, como soy gata escaldada (cómo no serlo con semejante historial), me he acercado a la puerta y le he preguntado a la mujer que me ha salido al encuentro (ignoro si dependienta o dueña) si había alguno de mi número, a lo que ella me responde con una amable sonrisa que no, que no les llegan zapatos de fiesta del 41. Estupefacta, le pregunto si acaso piensan que no somos invitados a fiestas por tener los pies grandes, a lo que ella, con una sonrisa de conmiseración contesta que no es eso, es que piensan que, como es un número alto, no nos gusta llevar tacones.
¡Ah, acabáramos! Eso es otra cosa, claro que sí, ya no se duda de nuestra femineidad, se trata de que los fabricantes de zapatos aún no han descubierto la tecnología naval del bulbo para la quilla y no saben que flotaremos igual con nuestros transatlánticos o portaaviones lo lleven o no y, caso de no caminar sobre las aguas, ignoran que, precisamente el tamaño de nuestros pies va a hacer que la pendiente del tacón sea menos inclinada y, por tanto, seremos más estables.
O, quizá sea que los fabricantes de zapatos a los que presupongo varones y bajitos –puestos a especular, hagámoslo todos–, de lo que sí son conscientes es de la proporción de las formas y, sabedores de que un pie grande suele pertenecer a una mujer alta, lo que no pueden soportar (cuestión de complejo, supongo) es que existan mujeres altas, orgullosas de serlo, a las que no les importe subirse a los andamios que proporcionan los tacones para ver el mundo (suponen ellos) desde más arriba y, que, de paso, les vean las calvas. Olvidan, sin embargo, que a esas mujeres, a las que de ninguna manera quieren a su lado, puede que el tamaño –digo, la estatura– no les importe, aunque todo siga la supuesta ley de la proporción.
De cualquier forma, ruego encarecidamente al gobierno de este país, que tantas leyes en favor de los derechos y libertades de sus ciudadanos promulga, que recuerde que entre sus votantes puede haber algún pie grande y, por tanto, formule, al menos, una Orden, por la cual se obligue a los fabricantes y vendedores a tener zapatos de todas las tallas y de las tres B.
martes, 27 de julio de 2010
Con mis mejores deseos.
Estaba sentada frente a mí, preguntando, escuchando, como siempre. Hacía años que no nos veíamos pero el tiempo no pasa para nosotras, para el cariño que nos tenemos. Nos estábamos poniendo al día. Yo la miraba. Un atisbo de emoción contenida se vislumbraba a través de sus manos que a duras penas se mantenían quietas apretando el vaso de refresco, o a través de una leve sonrisa que, de cuando en cuando, lograba escapar de entre sus labios. Si algo la definió desde siempre fue la mesura, la templanza. Algo oculta.
Sus ojos, como siempre, chispeantes, pícaros, inteligentes, sonreían lo que no le permitía a su boca. Siempre fue así. Su mirada lo decía todo, incluso aquello que ella prefería que permaneciese oculto: una preocupación, una tristeza, un desengaño, el dolor...
Es curiosa esta vida que se empeña en poner a prueba el aguante de los mejores, su capacidad de sufrir y reponerse al sufrimiento sin perder ni un ápice de su esencia. Demasiado dolor para alguien tan joven, demasiada vida para haber sido vivida en tan poco tiempo, y, sin embargo, sólo quien la conoce desde siempre puede decir que allá, en el fondo de esos ojos que siempre sonríen, se aprecia un punto de madurez no serena sino amarga, el resto únicamente puede ver la placidez de quien ha vivido intensamente extrayendo todo el jugo a cada experiencia, rumiándola hasta convertirla en puro saber.
La conocí hace casi dieciocho años. ¡Una mayoría de edad! Entonces ella tenía once años recién cumplidos (yo catorce más) y ya era así: madura, inteligente, mesurada, divertida, conciliadora, simpática y alegre hasta la médula... La conocí cuando ella apenas era una adolescente, casi una niña, y sin embargo estábamos hablando con la naturalidad de dos mujeres adultas, de dos amigas.
Vino a decirme que se casaba. ¿Tan pronto? ¡Ah, no! Ha pasado mucho tiempo... Es lo que tiene no haberla tratado jamás como a una cría, una pierde la noción del tiempo. Se casa. Y es feliz. Suspiro. Soy feliz. La miro. Sí, es feliz. Sonrío. ¡Por fin mi niña logra ser feliz! Le miro a él. La ama, es evidente. Bien. Sonrío. Tampoco yo soy propensa a las manifestaciones grandilocuentes de los sentimientos. Ella lo sabe. Aún así me maldigo por ello. Quisiera poder expresarle cuánto me alegra verla feliz, saber que se casa. Sonrío de nuevo. Ella lo sabe. Nos miramos. Sobran las palabras.La semana pasada fue su cumpleaños. Quiero regalarle mis palabras y, con ellas, mi deseo de que encadene tantos momentos de felicidad como para que al final de la vida, cuando aparezca el enanito cabrón cuya misión es preguntarle si volvería a vivir su vida una y mil veces más, exactamente igual a como la ha vivido esta vez, pueda decir con sus ojos vivarachos y la sonrisa colgada de las orejas que: POR SUPUESTO QUE SÍ.
Enhorabuena, Julia, corazón. Que seáis muy felices.
Sus ojos, como siempre, chispeantes, pícaros, inteligentes, sonreían lo que no le permitía a su boca. Siempre fue así. Su mirada lo decía todo, incluso aquello que ella prefería que permaneciese oculto: una preocupación, una tristeza, un desengaño, el dolor...
Es curiosa esta vida que se empeña en poner a prueba el aguante de los mejores, su capacidad de sufrir y reponerse al sufrimiento sin perder ni un ápice de su esencia. Demasiado dolor para alguien tan joven, demasiada vida para haber sido vivida en tan poco tiempo, y, sin embargo, sólo quien la conoce desde siempre puede decir que allá, en el fondo de esos ojos que siempre sonríen, se aprecia un punto de madurez no serena sino amarga, el resto únicamente puede ver la placidez de quien ha vivido intensamente extrayendo todo el jugo a cada experiencia, rumiándola hasta convertirla en puro saber.
La conocí hace casi dieciocho años. ¡Una mayoría de edad! Entonces ella tenía once años recién cumplidos (yo catorce más) y ya era así: madura, inteligente, mesurada, divertida, conciliadora, simpática y alegre hasta la médula... La conocí cuando ella apenas era una adolescente, casi una niña, y sin embargo estábamos hablando con la naturalidad de dos mujeres adultas, de dos amigas.
Vino a decirme que se casaba. ¿Tan pronto? ¡Ah, no! Ha pasado mucho tiempo... Es lo que tiene no haberla tratado jamás como a una cría, una pierde la noción del tiempo. Se casa. Y es feliz. Suspiro. Soy feliz. La miro. Sí, es feliz. Sonrío. ¡Por fin mi niña logra ser feliz! Le miro a él. La ama, es evidente. Bien. Sonrío. Tampoco yo soy propensa a las manifestaciones grandilocuentes de los sentimientos. Ella lo sabe. Aún así me maldigo por ello. Quisiera poder expresarle cuánto me alegra verla feliz, saber que se casa. Sonrío de nuevo. Ella lo sabe. Nos miramos. Sobran las palabras.La semana pasada fue su cumpleaños. Quiero regalarle mis palabras y, con ellas, mi deseo de que encadene tantos momentos de felicidad como para que al final de la vida, cuando aparezca el enanito cabrón cuya misión es preguntarle si volvería a vivir su vida una y mil veces más, exactamente igual a como la ha vivido esta vez, pueda decir con sus ojos vivarachos y la sonrisa colgada de las orejas que: POR SUPUESTO QUE SÍ.
Enhorabuena, Julia, corazón. Que seáis muy felices.
viernes, 9 de julio de 2010
Va de animales (con todos mis respetos a las especies animales)
Últimamente, cuando paseo por la calle con mi hijo, la gente nos mira raro.
Mi hijo es pequeño aún. Bueno, seguramente él no estará de acuerdo con esa afirmación porque todo es relativo y él se compara con él mismo cuando era aún más pequeño, pero para los que pueden estar leyendo este artículo, él es aún pequeño. Por eso, porque es pequeño, camino por la calle cogiéndole de la mano. Normalmente vamos hablando. Pero cuando nos cruzamos con gente siempre se nos quedan mirando con cara de extrañeza.
Todo comenzó hará como medio año. Cuando la cabeza de mi hijo llegaba a la altura de las manos de los transeúntes. Caminábamos por la acera cuando nos cruzamos con un tipo al que se le quemaba el arroz. Iba luchando contra sus pies que no conseguían ir más rápido y no apartaba de ellos su mirada furibunda. Como para darles alas, braceaba con fuerza. Al llegar a nuestra altura, uno de sus balanceantes puños golpeó la cabeza de mi hijo de tal suerte que el pobre se tambaleó durante unos segundos cual bolo pensándose si se dejaba derribar o no por la bola y de no ser porque le aferré con fuerza, de seguro que habría sucumbido ante el ataque enemigo que huyó a la velocidad del rayo sin musitar siquiera unas palabras de disculpa.
Escenas similares ocurrieron más veces. En otra ocasión nos cruzamos con un grupo. ¿Os habéis fijado que cuando las personas paseamos en grupo nunca nos separamos? Conformamos algo así como un pelotón ciclista apretujado para no perdernos ni un fonema de la conversación conjunta y si por azar nos cruzamos con alguien será ese individuo quien tenga que encontrar los intersticios del pelotón para lograr atravesarlo indemne. Pero si nos cruzamos con más de un individuo... ¡ah, cómo cambia la cosa! Entonces recuperamos el instinto bélico de la manada y nos convertimos en una falange que avanza sin piedad contra el enemigo. Solo que esta vez el enemigo lo componían una mujer y un niño pequeño. El general de la falange sopesó el encontronazo y decidió que ante la estatura superior a la media de la mujer y la posible filiación del niño, sería mejor atacar al débil y así someter al adulto. De manera que con un leve cambio de orientación, enfilaron contra la criatura. Por más que intenté protegerle con mi cuerpo sólo logré evitarle algunos manotazos en la cabeza que me llevé yo en las nalgas y los riñones. Y salimos maltrechos del lance.
A partir de ese momento, me dediqué a caminar junto a mi hijo como si mi brazo libre fuese un rabo espanta-moscas apartando de un manotazo a todo aquel puño que pretendiera impactar contra su cabeza. No era muy cómodo caminar así, pero sí bastante efectivo.
Pero mi hijo creció. Dio lo que se llama un estirón –es lo que tienen los niños, que crecen de manera abrupta– y rebasó la altura de las manos para alcanzar la de los bolsos de las señoras. Bueno, era un paso importante, porque reducíamos considerablemente el número de posibles agresores. Sin embargo los bolsos femeninos contienen una serie de utensilios duros y puntiagudos que pueden hacer más daño que los puños o manos de peatones distraídos. Y doy fe porque en mi afán de seguir protegiéndole la cabeza de cuanto objeto amenazante se le acercara, me llevé más de un golpe que me dejó la mano dolorida por varios días.
Ni qué decir tiene que jamás escuchamos una disculpa, ni nunca nadie se preocupó por nuestra salud después de habernos agredido sin mediar provocación alguna por nuestra parte. El golpe venía sin aviso verbal y sin despedida se marchaba.
Un día mi hijo ya no pudo más. Paseábamos charlando –y es que lo nuestro no tiene nombre por reincidentes–, yo mirando al frente ojo avizor ante cualquier ataque furtivo cuando él puso la galga y por poco me descoyunta el brazo en su frenada. No hubo forma de hacerlo avanzar. Como si tirase de una terca mula, allí me teníais intentando hacerle andar mientras él se negaba obstinadamente señalando al frente con la mirada. Seguí sus ojos y vi que a unos 20 metros había una pareja que caminaba despacio y acaramelada hacia nosotros. Con palabras tranquilizadoras le convencí de que no había amenaza real y él comenzó a caminar justo cuando la pareja nos alcanzaba y el hombre agarró por la cintura a la mujer tirando de ella para sí besándola apasionadamente a la vez que el bolso de ella, con la fuerza centrífuga del giro, se separaba de su cuerpo para ir a estamparse contra la cara de mi hijo. El beso se truncó casi nada más comenzar cuando la mujer buscó al posible ladrón de su bolso y fulminó a mi hijo con la mirada, que musitó un “perdón” mientras huía despavorido.
Nunca más conseguí caminar con él por la calle con tranquilidad. Se frenaba y buscaba un refugio seguro cada vez que alguien compartía la acera con nosotros.
Entonces tuve una idea. Busqué una tienda y le compré un casco de motorista y se lo pongo cada vez que salimos a la calle. Nosotros caminamos tranquilos, pero la gente nos mira raro...
Mi hijo es pequeño aún. Bueno, seguramente él no estará de acuerdo con esa afirmación porque todo es relativo y él se compara con él mismo cuando era aún más pequeño, pero para los que pueden estar leyendo este artículo, él es aún pequeño. Por eso, porque es pequeño, camino por la calle cogiéndole de la mano. Normalmente vamos hablando. Pero cuando nos cruzamos con gente siempre se nos quedan mirando con cara de extrañeza.
Todo comenzó hará como medio año. Cuando la cabeza de mi hijo llegaba a la altura de las manos de los transeúntes. Caminábamos por la acera cuando nos cruzamos con un tipo al que se le quemaba el arroz. Iba luchando contra sus pies que no conseguían ir más rápido y no apartaba de ellos su mirada furibunda. Como para darles alas, braceaba con fuerza. Al llegar a nuestra altura, uno de sus balanceantes puños golpeó la cabeza de mi hijo de tal suerte que el pobre se tambaleó durante unos segundos cual bolo pensándose si se dejaba derribar o no por la bola y de no ser porque le aferré con fuerza, de seguro que habría sucumbido ante el ataque enemigo que huyó a la velocidad del rayo sin musitar siquiera unas palabras de disculpa.
Escenas similares ocurrieron más veces. En otra ocasión nos cruzamos con un grupo. ¿Os habéis fijado que cuando las personas paseamos en grupo nunca nos separamos? Conformamos algo así como un pelotón ciclista apretujado para no perdernos ni un fonema de la conversación conjunta y si por azar nos cruzamos con alguien será ese individuo quien tenga que encontrar los intersticios del pelotón para lograr atravesarlo indemne. Pero si nos cruzamos con más de un individuo... ¡ah, cómo cambia la cosa! Entonces recuperamos el instinto bélico de la manada y nos convertimos en una falange que avanza sin piedad contra el enemigo. Solo que esta vez el enemigo lo componían una mujer y un niño pequeño. El general de la falange sopesó el encontronazo y decidió que ante la estatura superior a la media de la mujer y la posible filiación del niño, sería mejor atacar al débil y así someter al adulto. De manera que con un leve cambio de orientación, enfilaron contra la criatura. Por más que intenté protegerle con mi cuerpo sólo logré evitarle algunos manotazos en la cabeza que me llevé yo en las nalgas y los riñones. Y salimos maltrechos del lance.
A partir de ese momento, me dediqué a caminar junto a mi hijo como si mi brazo libre fuese un rabo espanta-moscas apartando de un manotazo a todo aquel puño que pretendiera impactar contra su cabeza. No era muy cómodo caminar así, pero sí bastante efectivo.
Pero mi hijo creció. Dio lo que se llama un estirón –es lo que tienen los niños, que crecen de manera abrupta– y rebasó la altura de las manos para alcanzar la de los bolsos de las señoras. Bueno, era un paso importante, porque reducíamos considerablemente el número de posibles agresores. Sin embargo los bolsos femeninos contienen una serie de utensilios duros y puntiagudos que pueden hacer más daño que los puños o manos de peatones distraídos. Y doy fe porque en mi afán de seguir protegiéndole la cabeza de cuanto objeto amenazante se le acercara, me llevé más de un golpe que me dejó la mano dolorida por varios días.
Ni qué decir tiene que jamás escuchamos una disculpa, ni nunca nadie se preocupó por nuestra salud después de habernos agredido sin mediar provocación alguna por nuestra parte. El golpe venía sin aviso verbal y sin despedida se marchaba.
Un día mi hijo ya no pudo más. Paseábamos charlando –y es que lo nuestro no tiene nombre por reincidentes–, yo mirando al frente ojo avizor ante cualquier ataque furtivo cuando él puso la galga y por poco me descoyunta el brazo en su frenada. No hubo forma de hacerlo avanzar. Como si tirase de una terca mula, allí me teníais intentando hacerle andar mientras él se negaba obstinadamente señalando al frente con la mirada. Seguí sus ojos y vi que a unos 20 metros había una pareja que caminaba despacio y acaramelada hacia nosotros. Con palabras tranquilizadoras le convencí de que no había amenaza real y él comenzó a caminar justo cuando la pareja nos alcanzaba y el hombre agarró por la cintura a la mujer tirando de ella para sí besándola apasionadamente a la vez que el bolso de ella, con la fuerza centrífuga del giro, se separaba de su cuerpo para ir a estamparse contra la cara de mi hijo. El beso se truncó casi nada más comenzar cuando la mujer buscó al posible ladrón de su bolso y fulminó a mi hijo con la mirada, que musitó un “perdón” mientras huía despavorido.
Nunca más conseguí caminar con él por la calle con tranquilidad. Se frenaba y buscaba un refugio seguro cada vez que alguien compartía la acera con nosotros.
Entonces tuve una idea. Busqué una tienda y le compré un casco de motorista y se lo pongo cada vez que salimos a la calle. Nosotros caminamos tranquilos, pero la gente nos mira raro...
jueves, 24 de junio de 2010
La lluvia no es el problema
Ayer llovió. No un aguacero de esos que a veces caen como si se fuera a acabar el mundo. Sólo llovió. Comenzó como un calabobos que, de cuando en cuando, se crecía arreciando levemente, para luego, mitigada la bravuconada, regresar a su condición inicial.
Me encantan los días de lluvia. Hay ciudades que se tornan aún más bellas los días de lluvia. San Sebastián o Pamplona, por ejemplo. Los edificios cobran un nuevo brillo y color a través de las gotas de agua y se pueden descubrir infinidad de variedades del verde en los jardines mojados. Valencia, sin embargo, no. Cuando llueve, Valencia se convierte en una ciudad gris y apagada. Claro, que en cuanto caen cuatro gotas los valencianos salen a las calles abriendo sus multicolores paraguas en un vano intento de atraer al sol con su luz y color característicos de esta tierra.
Ayer llovió. Me encantan los días de lluvia. Me invade una felicidad primitiva cuando llueve: el olor a tierra mojada, las gotas resbalando por mi cara.... las gentes embozadas como si cayeran témpanos, parapetadas tras unos paraguas que empuñan cual extrañas lanzas de ocho puntas contra los ojos (vengan desde donde vengan, no podrán escapar) de los incautos transeúntes como yo, que caminamos sin paraguas para sentir el agua sobre nuestras cabezas y que tenemos una estatura superior a la media (que nos den, para qué hemos crecido tanto).
En uno de los momentos bravucones de la lluvia, caminaba yo refugiada por el voladizo de los edificios cuando un caballero andante enfiló hacia mí, esgrimiendo su lanza -digo paraguas- y bajando la mirada a falta de visera. Mi primera intención fue la de mantener mi posición cual soldado de infantería. A ver, yo caminaba por la acera de la derecha según la dirección de los coches, es decir, que no podía comprobar si había riesgo de que me atropellaran si no giraba la cabeza, mientras que él sólo tenía que levantar la vista para saberlo, además, yo no llevaba paraguas y él sí, así que, para qué diablos necesitaba él el voladizo... Pero claro, su aspecto amenazador y el extraño apego que yo siento por mis ojos me hizo girar la cabeza y, tras comprobar que no había más peligro que el que venía por delante, me apeé de la acera cediéndole el sitio a tan gentil caballero.
Poco después me detuve en un semáforo. Lamentablemente no era el único peatón, así que me pasé los aproximadamente dos minutos que tardó en cambiar el color esquivando varillas puntiagudas. Es curioso, si charlan, gesticulan también con la mano del paraguas con lo que ese arma letal se mueve sin control y no hay forma humana de saber por dónde te sacará el ojo; y si van solos se dedican a pasar el tiempo que dura el semáforo en rojo haciendo girar el paraguas como si se tratase de una mezcla de bayoneta y metralleta. No hay forma de escapar. Sólo puedes caminar protegiéndote los ojos con las manos y ver el mundo a través del estrecho espacio que abres entre los dedos. Porque no se te ocurra tocar un paraguas para evitar el contacto: cien miradas furiosas se clavarán sobre ti exigiéndote disculpas por tamaño atrevimiento y, claro, cómo no presentarlas, si las miradas van acompañadas de esas curiosas armas...
¡Qué hermosos son los días de lluvia! ¿no?
Me encantan los días de lluvia. Hay ciudades que se tornan aún más bellas los días de lluvia. San Sebastián o Pamplona, por ejemplo. Los edificios cobran un nuevo brillo y color a través de las gotas de agua y se pueden descubrir infinidad de variedades del verde en los jardines mojados. Valencia, sin embargo, no. Cuando llueve, Valencia se convierte en una ciudad gris y apagada. Claro, que en cuanto caen cuatro gotas los valencianos salen a las calles abriendo sus multicolores paraguas en un vano intento de atraer al sol con su luz y color característicos de esta tierra.
Ayer llovió. Me encantan los días de lluvia. Me invade una felicidad primitiva cuando llueve: el olor a tierra mojada, las gotas resbalando por mi cara.... las gentes embozadas como si cayeran témpanos, parapetadas tras unos paraguas que empuñan cual extrañas lanzas de ocho puntas contra los ojos (vengan desde donde vengan, no podrán escapar) de los incautos transeúntes como yo, que caminamos sin paraguas para sentir el agua sobre nuestras cabezas y que tenemos una estatura superior a la media (que nos den, para qué hemos crecido tanto).
En uno de los momentos bravucones de la lluvia, caminaba yo refugiada por el voladizo de los edificios cuando un caballero andante enfiló hacia mí, esgrimiendo su lanza -digo paraguas- y bajando la mirada a falta de visera. Mi primera intención fue la de mantener mi posición cual soldado de infantería. A ver, yo caminaba por la acera de la derecha según la dirección de los coches, es decir, que no podía comprobar si había riesgo de que me atropellaran si no giraba la cabeza, mientras que él sólo tenía que levantar la vista para saberlo, además, yo no llevaba paraguas y él sí, así que, para qué diablos necesitaba él el voladizo... Pero claro, su aspecto amenazador y el extraño apego que yo siento por mis ojos me hizo girar la cabeza y, tras comprobar que no había más peligro que el que venía por delante, me apeé de la acera cediéndole el sitio a tan gentil caballero.
Poco después me detuve en un semáforo. Lamentablemente no era el único peatón, así que me pasé los aproximadamente dos minutos que tardó en cambiar el color esquivando varillas puntiagudas. Es curioso, si charlan, gesticulan también con la mano del paraguas con lo que ese arma letal se mueve sin control y no hay forma humana de saber por dónde te sacará el ojo; y si van solos se dedican a pasar el tiempo que dura el semáforo en rojo haciendo girar el paraguas como si se tratase de una mezcla de bayoneta y metralleta. No hay forma de escapar. Sólo puedes caminar protegiéndote los ojos con las manos y ver el mundo a través del estrecho espacio que abres entre los dedos. Porque no se te ocurra tocar un paraguas para evitar el contacto: cien miradas furiosas se clavarán sobre ti exigiéndote disculpas por tamaño atrevimiento y, claro, cómo no presentarlas, si las miradas van acompañadas de esas curiosas armas...
¡Qué hermosos son los días de lluvia! ¿no?
martes, 8 de junio de 2010
Perdón por ser humana
Estamos en las cavernas. Los lobos, o cualquier otro animal salvaje hambriento, amenazan con entrar a saciar su hambre. Nosotros somos su alimento. Tenemos miedo. Mucho miedo. Vamos a morir. Menos mal que hay entre nosotros un héroe. Un valiente –o temerario, según se vea- que no teme al enemigo. Sale dispuesto a luchar contra él. Le siguen otros héroes, fanáticos o locos que quieren emular al héroe. Ser como él. La lucha es cruenta, encarnizada. Los héroes mueren en las fauces de los animales salvajes mucho más fuertes que ellos, que no tardan en devorarlos. Se olvidan de nosotros. Los cobardes –o prudentes, según se mire- que quedamos en la cueva. Ya no tienen hambre. Nos hemos salvado. Honramos a nuestros muertos y, mientras construimos un refugio mejor para protegernos de los animales, contamos la historia de lo ocurrido a nuestros hijos que escuchan maravillados cómo aquellos valientes llegaron a disfrutar de la mejor de las vidas junto a los dioses de los que descienden. Somos cobardes pero agradecidos. Así que mientras concedemos la inmortalidad (la única que conocemos, la de permanecer en la memoria de los que quedan) a los que se autoinmolaron por la supervivencia de la especie, plantamos la semilla del sacrificio heroico en las frágiles e impresionables mentes de nuestros pequeños, deseando, eso sí, que germine en los hijos de otros.
La humanidad ha crecido. Ya hay distintos grupos, tribus, colonias o pueblos. Ahora el enemigo es otro grupo, tribu, colonia o pueblo. Luchamos por el alimento, el territorio o la posibilidad de vivir mejor. Ah, no, que esto suena muy feo, nos defendemos de los enemigos que son malos malísimos y, por no tener, no tienen ni familia que les llore, y porque si no atacamos, nos atacarán ellos.
Ya tenemos una clase dirigente que son los que envían a nuestros hombres a la guerra (ahora se llama así) mientras ellos se quedan en casa con las mujeres, niños y ancianos (que es a los que nos está permitido ser cobardes). Hemos descubierto el poder de la guerra y lo beneficiosa que es para alguno, qué casualidad que siempre lo es para los que mandan, que cada vez se hacen más ricos, pero apenas importa porque ellos también lloran. Nuestros hombres, decía, acompañan a un héroe en busca de paz (¡qué paradoja!), libertad, poder o riqueza y, sobre todo, en busca de honor y fama…, de inmortalidad. A cambio de aguantar el tipo ante el miedo lógico, les está permitido cometer contra el enemigo, ese malo malísimo que se merece todo lo que le pase porque por no tener, no tiene ni quien le llore, todo tipo de desmanes y tropelías, amén de dejarse llevar por la lujuria y la sed de sangre que parece consustancial a cualquier acto violento de esa calaña. Y claro, los que quedamos en casa y los que lograron regresar vivos seguimos contando a nuestros hijos las hazañas bélicas de aquellos hombres –alguna mujer ha habido, pero nosotras no hemos escrito la Historia- que, aunque jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico), dieron su vida por que la nuestra fuera mejor. Y seguimos sembrando la semilla con el deseo de que germine en los hijos de otros.
Pero los tiempos avanzan y una vez descubiertas las ¿bondades? de la guerra, ¿por qué no usarla con la frecuencia que la economía (la de quienes mandan, claro) requiera? Y mejor aún, ¿qué tal si la planteamos lejos de nuestra casa? Así se benefician, los que mandan, claro, de todas las ventajas pero no sufrimos más inconveniente que el de llorar a los caídos en tan honroso acto de servicio, que, bueno, no deja de ser un daño colateral perfectamente asumible e inevitable.
Así pues, los enemigos malos malísimos que por no tener, no tienen ni quien les llore son aquéllos que piensan, viven o creen distinto a nosotros, los mejores del mundo mundial, los únicos con derecho a vivir tranquilos en el planeta porque tenemos la razón y el conocimiento absoluto (ni qué decir tiene si, además, nos viene por concesión divina). ¡Bueno! Pues no somos nadie, nosotros, los humanos, buscando excusas. Los héroes que jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico) ya no arengan a nuestros hombres para que defiendan el territorio, la vida o la riqueza de quienes mandan, ni siquiera para que busquen la propia inmortalidad, ahora defienden nuestra forma de vida tan civilizada, frente al bárbaro enemigo que pretende imponer modelos de vida arcaicos por los que cayeron nuestros mártires.
Y es que los que mandan, a veces, también cometen desmanes contra nosotros, los de abajo, los que sólo pretendemos vivir una larga y tranquila vida acompañada de nuestros seres queridos, los de nuestro clan. Por eso surgió un subtipo de héroe, el mártir. Aquél que se alza contra el poder establecido y tiránico en busca de justicia y libertad. Pero, claro, estos héroes son molestos. Muy molestos. Y, antes, el poder acababa con ellos bruscamente. Los barría sin darse cuenta de que los convertía en mártires de una causa, con lo que llegaba la segunda fila de combatientes enfervorizados y luego la tercera, y la cuarta… y así hordas y hordas de exaltados con los que, aprendieron, era mejor pactar. O pervertirlos, pero ésa es otra historia.
De manera que, estos mártires cargados de buena voluntad que residen en lugares cómodamente habitables, hoy ponen sus ojos en aquellos lugares, alejados normalmente del centro, donde la injusticia y el hambre campan por sus respetos y la vida es más difícil. Allí suelen molestar menos a los que mandan, sobre todo si dedican sus esfuerzos a mejorar, con su trabajo, la vida de los de allí. Porque si lo que hacen es empuñar palabras escritas o gritadas… la cosa cambia. Vuelven a ser molestos y dejan de ser héroes para pasar a ser activistas (léase peligrosas moscas cojoneras, y perdón por la expresión, susceptibles de ser violentos) y se alinean con los terroristas (héroes venidos a menos por pertenecer al enemigo malo malísimo que por no tener no tiene ni quien le llore) y entonces los que mandan se ven en la obligación de decidir si los convierten en mártires con todo lo que eso conlleva o los pervierten (que mira que es difícil en ocasiones) porque lo de pactar con ellos es lento, lentísimo y no está el mundo para aguantar molestos moscardones. Aunque si quien manda es el que manda en este mundo mundial no hay tal disyuntiva, se opta por barrerlos y listo, porque ¿quién es el guapo que se enfrenta a la decisión del supermandamás por muy bárbara que ésta sea? Nadie que tema perder su silla, su estatus, su clan…, en definitiva, ninguno de los cobardes que quedamos en este mundo, porque hoy el lobo no sacia nunca su hambre y ¿quién quiere ser el próximo en convertirse en su alimento?
Hace tiempo que se dejaron de contar historias de héroes, se dejó de sembrar la semilla y hoy, hay carestía de héroes y superpoblación de lobos… y de cobardes.
Por eso, yo, que soy una de esas cobardes de rancia estirpe, aprendí de mis mayores (que fueron todos buenos hijos, cónyuges y padres, por eso estoy aquí) a mirar hacia otro lado cuando se trata de buscar héroes para así salvar la propia vida o la de la progenie. Y, aunque no me caso con nadie, agradezco la existencia de héroes, contaré al gran público las hazañas de aquéllos que dieron su vida por llevar alimentos, esperanza o altavoces a los desfavorecidos, pero, en privado, transmitiré mi herencia de mirar hacia otro lado para preservar mi especie. Sin embargo, prometo que si alguna vez caigo, cual torpe Goliat, intentaré medir bien mi caída para que mi último aliento no apeste al hábil David, ni un mechón de mis enmarañados cabellos ose herir su pseudodivina piel, porque no hay nada de peor gusto que morir traicionando la buena fe de tu verdugo.
La humanidad ha crecido. Ya hay distintos grupos, tribus, colonias o pueblos. Ahora el enemigo es otro grupo, tribu, colonia o pueblo. Luchamos por el alimento, el territorio o la posibilidad de vivir mejor. Ah, no, que esto suena muy feo, nos defendemos de los enemigos que son malos malísimos y, por no tener, no tienen ni familia que les llore, y porque si no atacamos, nos atacarán ellos.
Ya tenemos una clase dirigente que son los que envían a nuestros hombres a la guerra (ahora se llama así) mientras ellos se quedan en casa con las mujeres, niños y ancianos (que es a los que nos está permitido ser cobardes). Hemos descubierto el poder de la guerra y lo beneficiosa que es para alguno, qué casualidad que siempre lo es para los que mandan, que cada vez se hacen más ricos, pero apenas importa porque ellos también lloran. Nuestros hombres, decía, acompañan a un héroe en busca de paz (¡qué paradoja!), libertad, poder o riqueza y, sobre todo, en busca de honor y fama…, de inmortalidad. A cambio de aguantar el tipo ante el miedo lógico, les está permitido cometer contra el enemigo, ese malo malísimo que se merece todo lo que le pase porque por no tener, no tiene ni quien le llore, todo tipo de desmanes y tropelías, amén de dejarse llevar por la lujuria y la sed de sangre que parece consustancial a cualquier acto violento de esa calaña. Y claro, los que quedamos en casa y los que lograron regresar vivos seguimos contando a nuestros hijos las hazañas bélicas de aquellos hombres –alguna mujer ha habido, pero nosotras no hemos escrito la Historia- que, aunque jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico), dieron su vida por que la nuestra fuera mejor. Y seguimos sembrando la semilla con el deseo de que germine en los hijos de otros.
Pero los tiempos avanzan y una vez descubiertas las ¿bondades? de la guerra, ¿por qué no usarla con la frecuencia que la economía (la de quienes mandan, claro) requiera? Y mejor aún, ¿qué tal si la planteamos lejos de nuestra casa? Así se benefician, los que mandan, claro, de todas las ventajas pero no sufrimos más inconveniente que el de llorar a los caídos en tan honroso acto de servicio, que, bueno, no deja de ser un daño colateral perfectamente asumible e inevitable.
Así pues, los enemigos malos malísimos que por no tener, no tienen ni quien les llore son aquéllos que piensan, viven o creen distinto a nosotros, los mejores del mundo mundial, los únicos con derecho a vivir tranquilos en el planeta porque tenemos la razón y el conocimiento absoluto (ni qué decir tiene si, además, nos viene por concesión divina). ¡Bueno! Pues no somos nadie, nosotros, los humanos, buscando excusas. Los héroes que jamás fueron buenos hijos, maridos o padres (gajes del oficio heroico) ya no arengan a nuestros hombres para que defiendan el territorio, la vida o la riqueza de quienes mandan, ni siquiera para que busquen la propia inmortalidad, ahora defienden nuestra forma de vida tan civilizada, frente al bárbaro enemigo que pretende imponer modelos de vida arcaicos por los que cayeron nuestros mártires.
Y es que los que mandan, a veces, también cometen desmanes contra nosotros, los de abajo, los que sólo pretendemos vivir una larga y tranquila vida acompañada de nuestros seres queridos, los de nuestro clan. Por eso surgió un subtipo de héroe, el mártir. Aquél que se alza contra el poder establecido y tiránico en busca de justicia y libertad. Pero, claro, estos héroes son molestos. Muy molestos. Y, antes, el poder acababa con ellos bruscamente. Los barría sin darse cuenta de que los convertía en mártires de una causa, con lo que llegaba la segunda fila de combatientes enfervorizados y luego la tercera, y la cuarta… y así hordas y hordas de exaltados con los que, aprendieron, era mejor pactar. O pervertirlos, pero ésa es otra historia.
De manera que, estos mártires cargados de buena voluntad que residen en lugares cómodamente habitables, hoy ponen sus ojos en aquellos lugares, alejados normalmente del centro, donde la injusticia y el hambre campan por sus respetos y la vida es más difícil. Allí suelen molestar menos a los que mandan, sobre todo si dedican sus esfuerzos a mejorar, con su trabajo, la vida de los de allí. Porque si lo que hacen es empuñar palabras escritas o gritadas… la cosa cambia. Vuelven a ser molestos y dejan de ser héroes para pasar a ser activistas (léase peligrosas moscas cojoneras, y perdón por la expresión, susceptibles de ser violentos) y se alinean con los terroristas (héroes venidos a menos por pertenecer al enemigo malo malísimo que por no tener no tiene ni quien le llore) y entonces los que mandan se ven en la obligación de decidir si los convierten en mártires con todo lo que eso conlleva o los pervierten (que mira que es difícil en ocasiones) porque lo de pactar con ellos es lento, lentísimo y no está el mundo para aguantar molestos moscardones. Aunque si quien manda es el que manda en este mundo mundial no hay tal disyuntiva, se opta por barrerlos y listo, porque ¿quién es el guapo que se enfrenta a la decisión del supermandamás por muy bárbara que ésta sea? Nadie que tema perder su silla, su estatus, su clan…, en definitiva, ninguno de los cobardes que quedamos en este mundo, porque hoy el lobo no sacia nunca su hambre y ¿quién quiere ser el próximo en convertirse en su alimento?
Hace tiempo que se dejaron de contar historias de héroes, se dejó de sembrar la semilla y hoy, hay carestía de héroes y superpoblación de lobos… y de cobardes.
Por eso, yo, que soy una de esas cobardes de rancia estirpe, aprendí de mis mayores (que fueron todos buenos hijos, cónyuges y padres, por eso estoy aquí) a mirar hacia otro lado cuando se trata de buscar héroes para así salvar la propia vida o la de la progenie. Y, aunque no me caso con nadie, agradezco la existencia de héroes, contaré al gran público las hazañas de aquéllos que dieron su vida por llevar alimentos, esperanza o altavoces a los desfavorecidos, pero, en privado, transmitiré mi herencia de mirar hacia otro lado para preservar mi especie. Sin embargo, prometo que si alguna vez caigo, cual torpe Goliat, intentaré medir bien mi caída para que mi último aliento no apeste al hábil David, ni un mechón de mis enmarañados cabellos ose herir su pseudodivina piel, porque no hay nada de peor gusto que morir traicionando la buena fe de tu verdugo.
miércoles, 2 de junio de 2010
Cuando tener un hijo no es tan fácil
Ahora que estamos a la espera de que llegue nuestro segundo hijo -o hija, hagamos caso por un momento a la moda y dejemos de lado la economía del lenguaje que, como todas las economías, está de capa caída-, alguien me ha recordado lo que escribí cuando supe quién era mi hijo, el primero.
A veces tener un hijo no es fácil. A veces las cosas se complican. A veces cuidar a un hijo no es fácil. A veces la vida se complica. Y una criatura llega a un mundo hostil. Y unos adultos jamás lograrán ser padres si no es gracias al dolor de esa criatura y de otros adultos que tuvieron que enfrentarse al dolor de abandonarle en el duro camino que seguían sus vidas. Extraña situación ésta que parte del dolor para llegar a cumplir un deseo. Paradójica alegría que hunde sus raíces en el dolor ajeno, principalmente en el dolor de aquel inocente a quien se pretende hacer también feliz, a quien se pretende resarcir del dolor de no entender nada, del dolor del abandono...
Por eso, porque le debo a mi hijo la felicidad de ser madre, porque me duele el alma saber que para que haya sido posible mi felicidad, él ha sufrido lo indecible, porque esta vida, a veces, es endiabladamente complicada pero siempre acabamos saliendo de todo, porque todos merecemos ser felices sea a la primera, a la segunda, a la tercera o cuando puñetas sea, porque cuando logramos ser felices nos olvidamos de cuánto nos ha costado, porque al fin y al cabo esto es vivir y lo demás son cuentos... por todo eso, voy a colgar aquí lo que escribí entonces:
Nos han llamado. Hay un niño esperándonos, pero tiene un “pero”. Alegría contenida. Gajes de las necesidades especiales, supongo. Uno desearía poder ser feliz, pero le vence el temor a no ser capaz de asumir ese “pero”. Ansiedad por descubrir de qué se trata. Todos los sentimientos se quedan retenidos, salvo los nervios que bamban a sus anchas.
Por fin llega el día en que te cuentan en qué consiste ese “pero”. A simple vista no parece grave, pero uno desconoce el significado del nombre de la enfermedad que tiene la criatura. Uno pregunta, busca información. Jarro de agua helada. No es algo banal, es muy serio y hay muchos grados. Hay que saber dónde se ubica exactamente la criatura. Podemos estar hablando de algo invalidante. Entonces uno llora, llora amargamente. Llora por la criatura y llora por no poder ser el padre o la madre que el niño necesita, por tener que reconocer que le supera, que no está preparado. Es un dolor profundo, sordo, insoportable... Uno no quiere escuchar y sin embargo tiene que prepararse para lo peor. Uno llora porque no quiere verse en la situación de tener que decir que es incapaz y teme no saberlo decir y hacer desgraciado a un pequeño que se merece lo mejor. Uno no puede parar de llorar porque el mundo se le ha caído encima.
Luego uno se levanta y empieza a buscar información concreta sobre el niño, al que no quiere llamar hijo para que su corazón no se haga más añicos de lo que ya está pero al que siente como tal. Y remueve cielo y tierra en su busca. Por fin la encuentra. Los peores presagios, gracias a Dios, no se han cumplido. La enfermedad es grave, pero el niño la padece en el grado más leve. Uno respira por primera vez en tres días. Ahora hay que plantearse muchas cosas. Uno tiene que plantearse si será el padre o la madre idóneo, si será capaz de proporcionarle herramientas a su hijo para que su enfermedad no sea un obstáculo insalvable. Uno tiene que enfrentarse a sus miedos, incluso a aquéllos inconfesables, y uno tiene que vencer. Además hay que replantearse las expectativas sobre los hijos y uno tiene que aprender en cuestión de horas la lección de vida más difícil, aunque parezca una perogrullada: los hijos no son la extensión de uno, son seres independientes y puede que uno quiera que jueguen con otros niños y puede que el niño no pueda jugar, pero puede que, aunque pudiera, no quisiera, así que qué más da, a qué plantearse esas cosas si no hay respuesta para ellas. Uno tiene que aprender que el hijo le dará alegrías, y más alegrías cuantas menos expectativas estén puestas sobre él. Y de repente uno se da cuenta de que ya ama a ese hijo y que sus miedos son los mismos que los de cualquier otro padre o madre, así que uno se da cuenta de que ya ha decidido y que ahora le queda aprender a vivir sin que sus miedos afecten a su hijo.
Entonces uno siente en su corazón cuánto le debe a una criatura a la que aún no conoce y desea verla y tenerla en sus brazos y se siente profundamente agradecido porque la vida le haya permitido ser el padre o la madre de ese ser tan maravilloso.
Deseo con todo mi corazón que llegue mañana y pueda por fin, ver su cara, tenerlo junto a mí, junto a nosotros.
El mañana llegó y escuché lo más hermoso que alguien puede escuchar: la voz de mi hijo diciendo "Han venido a verme mis papás". Y desde entonces, cada mañana doy gracias al cielo por el regalo tan hermoso y doy gracias a mi hijo por la lección de vida.
A veces tener un hijo no es fácil. A veces las cosas se complican. A veces cuidar a un hijo no es fácil. A veces la vida se complica. Y una criatura llega a un mundo hostil. Y unos adultos jamás lograrán ser padres si no es gracias al dolor de esa criatura y de otros adultos que tuvieron que enfrentarse al dolor de abandonarle en el duro camino que seguían sus vidas. Extraña situación ésta que parte del dolor para llegar a cumplir un deseo. Paradójica alegría que hunde sus raíces en el dolor ajeno, principalmente en el dolor de aquel inocente a quien se pretende hacer también feliz, a quien se pretende resarcir del dolor de no entender nada, del dolor del abandono...
Por eso, porque le debo a mi hijo la felicidad de ser madre, porque me duele el alma saber que para que haya sido posible mi felicidad, él ha sufrido lo indecible, porque esta vida, a veces, es endiabladamente complicada pero siempre acabamos saliendo de todo, porque todos merecemos ser felices sea a la primera, a la segunda, a la tercera o cuando puñetas sea, porque cuando logramos ser felices nos olvidamos de cuánto nos ha costado, porque al fin y al cabo esto es vivir y lo demás son cuentos... por todo eso, voy a colgar aquí lo que escribí entonces:
Nos han llamado. Hay un niño esperándonos, pero tiene un “pero”. Alegría contenida. Gajes de las necesidades especiales, supongo. Uno desearía poder ser feliz, pero le vence el temor a no ser capaz de asumir ese “pero”. Ansiedad por descubrir de qué se trata. Todos los sentimientos se quedan retenidos, salvo los nervios que bamban a sus anchas.
Por fin llega el día en que te cuentan en qué consiste ese “pero”. A simple vista no parece grave, pero uno desconoce el significado del nombre de la enfermedad que tiene la criatura. Uno pregunta, busca información. Jarro de agua helada. No es algo banal, es muy serio y hay muchos grados. Hay que saber dónde se ubica exactamente la criatura. Podemos estar hablando de algo invalidante. Entonces uno llora, llora amargamente. Llora por la criatura y llora por no poder ser el padre o la madre que el niño necesita, por tener que reconocer que le supera, que no está preparado. Es un dolor profundo, sordo, insoportable... Uno no quiere escuchar y sin embargo tiene que prepararse para lo peor. Uno llora porque no quiere verse en la situación de tener que decir que es incapaz y teme no saberlo decir y hacer desgraciado a un pequeño que se merece lo mejor. Uno no puede parar de llorar porque el mundo se le ha caído encima.
Luego uno se levanta y empieza a buscar información concreta sobre el niño, al que no quiere llamar hijo para que su corazón no se haga más añicos de lo que ya está pero al que siente como tal. Y remueve cielo y tierra en su busca. Por fin la encuentra. Los peores presagios, gracias a Dios, no se han cumplido. La enfermedad es grave, pero el niño la padece en el grado más leve. Uno respira por primera vez en tres días. Ahora hay que plantearse muchas cosas. Uno tiene que plantearse si será el padre o la madre idóneo, si será capaz de proporcionarle herramientas a su hijo para que su enfermedad no sea un obstáculo insalvable. Uno tiene que enfrentarse a sus miedos, incluso a aquéllos inconfesables, y uno tiene que vencer. Además hay que replantearse las expectativas sobre los hijos y uno tiene que aprender en cuestión de horas la lección de vida más difícil, aunque parezca una perogrullada: los hijos no son la extensión de uno, son seres independientes y puede que uno quiera que jueguen con otros niños y puede que el niño no pueda jugar, pero puede que, aunque pudiera, no quisiera, así que qué más da, a qué plantearse esas cosas si no hay respuesta para ellas. Uno tiene que aprender que el hijo le dará alegrías, y más alegrías cuantas menos expectativas estén puestas sobre él. Y de repente uno se da cuenta de que ya ama a ese hijo y que sus miedos son los mismos que los de cualquier otro padre o madre, así que uno se da cuenta de que ya ha decidido y que ahora le queda aprender a vivir sin que sus miedos afecten a su hijo.
Entonces uno siente en su corazón cuánto le debe a una criatura a la que aún no conoce y desea verla y tenerla en sus brazos y se siente profundamente agradecido porque la vida le haya permitido ser el padre o la madre de ese ser tan maravilloso.
Deseo con todo mi corazón que llegue mañana y pueda por fin, ver su cara, tenerlo junto a mí, junto a nosotros.
El mañana llegó y escuché lo más hermoso que alguien puede escuchar: la voz de mi hijo diciendo "Han venido a verme mis papás". Y desde entonces, cada mañana doy gracias al cielo por el regalo tan hermoso y doy gracias a mi hijo por la lección de vida.
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