jueves, 7 de agosto de 2014

MÁS HISTORIAS DE VERANO (Viajes e idiomas)

Unos amigos estuvieron en Holanda de vacaciones. Ninguno de los dos hablaba holandés. Tampoco inglés. Sólo un poco de francés de cuando eran estudiantes.
Una noche, él se percató de que había perdido la cartera con el dinero, la documentación, las tarjetas y (sí, ya sé que muy hábil no es, pero qué le vamos a hacer, él es así) una cuartilla perfectamente doblada con una tabla en la que estaban anotados todos y cada uno de los números secretos de las tarjetas, asociados al número y entidad emisora de cada una para no tener que aprenderse los números “secretos” de memoria.
Buscó y rebuscó la cartera en el coche, en la tienda de campaña, en las mochilas… Lo puso todo patas arriba y nada. No apareció.
Llamó a los bancos para anular las tarjetas, se acostó de una mala leche impresionante y se levantó aún peor porque no había pegado ojo intentando recordar cuándo sacó por última vez la cartera de su bolsillo trasero del vaquero (sí, también lo sé, estaba pidiendo a gritos que se la robaran), porque a pesar de todo no lograba recordarlo, porque se habían quedado sin un euro ya que él se había empeñado en ser el tesorero, porque no tenía documentación para regresar a casa y, supongo que porque se sentía tonto aunque jamás lo reconocerá públicamente.
Mi amiga intentaba calmarlo, pero aún le ponía de peor humor, porque sí, ella pensaba que él era tonto y que se lo tenía merecido por ir de listillo: “Tú no cojas el dinero porque el bolso te lo pueden robar en cualquier momento o te lo puedes dejar en cualquier sitio, que no te enteras de nada”. La leche caliente le ayudó a recordar que la última vez que fue consciente de que tenía la cartera fue en la estación de trenes.
Se arreglaron y se fueron a una comisaría a poner una denuncia. Primer escollo a salvar. La comisaría no era un lugar de puertas abiertas al que uno entra y busca alguien que le pueda ayudar. Era un edificio muy moderno, eso sí, con grandes puertas de cristal, más parecido a un bloque de viviendas que a un lugar de asentamiento para un organismo público. Y había que llamar al timbre. Una voz al otro lado del telefonillo pronunció algo que debía ser un ¿quién es? Y ellos, en perfecto castellano, explicaron quiénes eran, que necesitaban poner una denuncia por el extravío de una cartera, que si eso era una comisaría de policía…
Ante tal profusión de algarabía, quien fuera que estuviese al otro lado decidió abrir la puerta y permitirles el acceso. Una vez dentro, el que resultó ser un policía machucho, les preguntó si hablaban inglés. No. Mueca de desagrado. Ellos tentaron: ¿francés? No. El machucho se encogió de hombros y dijo: Italiano. Se dio media vuelta y voceó un nombre.
Al momento apareció un policía de uniforme que, según mi amiga, era joven, alto, guapo, atlético…  y que, al verla, sonrió abierta y francamente. Les indicó una mesa y se sentaron. Mi amigo tomó la iniciativa y empezó a explicarle lo ocurrido con palabras pausadas y vociferadas a las que acompañaba una exagerada gesticulación.
El policía joven, alto, guapo, atlético… se limitó a ignorar a mi amigo y mirar amablemente a mi amiga con aquellos enormes ojos  azules con que la naturaleza le había dotado. Mi amigo vociferó y gesticuló más aún si cabe para llamar la atención de aquel maldito guaperas que miraba con ojos de lobo hambriento a SU novia. Pero el policía joven, alto, guapo, atlético… siguió ignorándolo y le preguntó a mi amiga por el motivo que les había llevado allí. Ella buscó en su almacén de datos inútiles palabras en castellano que compartieran raíz con el italiano y fue explicando  poco a poco lo ocurrido. Ellos, mi amiga y el policía… (¿dije ya que era joven, alto, guapo y atlético? Mi amiga tampoco paraba de repetirlo), parecían entenderse de maravilla. Se miraban y se sonreían. Él redactó la denuncia y ella le pidió que le escribiese en holandés una nota en la que explicase lo ocurrido para poder enseñarla en la oficina de objetos perdidos de la estación. Él sonrió y se puso a redactarla. Para aquél entonces mi amigo se había rendido y había dejado de gritar, pero su cara reflejaba que había encontrado el objeto contra el que descargar todo su enfado: mi amiga.
En cuanto salieron de la comisaría empezaron los reproches. ¿Por qué puñetas a ella sí la entendía y a él no? Estaba claro: porque pretendía ligar y la tonta de mi amiga no se había dado cuenta de nada y le seguía el juego como una boba. Éste es el razonamiento de mi amigo porque él jamás reconocerá que la carrera que compartimos mi amiga y yo no es tan inútil como muchos –incluido él creen y nos ha dado algún conocimiento de las lenguas románicas. Y vale, aceptamos barco como animal acuático y admitiremos que mi emparejada amiga no debería haber estado tan encantada con la situación, pero estaréis conmigo en que a nadie le amarga un dulce y en que a todos nos gusta que nos miren con ojos golositos y más si quien nos mira es, objetivamente, un portento de la naturaleza.
Tras media hora de matraca que mi amiga soportó estoicamente llegaron a la estación del tren. Mi enfurecido amigo se negó a hacer la pertinente cola para acceder al mostrador de INFORMACIÓN y prefirió deambular cual león enjaulado por la estación en busca de la oficina de objetos perdidos. Pero la oficina también se había perdido, o estaba tan escondida que no hubo forma de encontrarla así que llegó a tiempo de ser testigo de la escena que se desarrollaba entre mi amiga y la mujer joven que había en el mostrador de INFORMACIÓN.
Cuando le llegó el turno a mi amiga, la mujer la miró con ojos inquisitivos. Mi amiga le preguntó si hablaba francés, como había aprendido a decirlo en inglés, es decir, pronunciando macarrónicamente la palabra francés en lo que pretendía ser inglés, la mujer negó con la cabeza y pronunció la palabra inglés. Mi amiga entonces le presentó la carta redactada por el policía joven, alto, guapo y atlético y la otra la leyó en silencio. Al acabar miró de nuevo inquisitoriamente a mi amiga sin pronunciar una palabra. Mi amiga le intentó explicar con la ayuda de cuantos gestos pudo que habían perdido el día anterior una cartera de hombre con dinero y documentación y que habían puesto una denuncia y que el policía le había redactado la carta para explicarlo allí. La cola seguía creciendo cual serpiente encantada. Mi amiga no lograba que la cara de interrogante de la mujer que tenía enfrente desapareciera y se deshacía en vanos intentos de hacerse entender mientras maldecía no haber aprendido más idiomas o haber viajado a un sitio cuyo idioma desconocía. Mi amigo se divertía enormemente viendo que esta vez era ella la que fracasaba. Al final mi amiga se rindió y, mirando a mi amigo, le dijo: 
-Vámonos porque no hay forma.
Entonces, como si hubiera activado un resorte en la joven mujer que tenía enfrente, la cara que llevaba un buen rato observándola dejó de ser un enorme interrogante y, visiblemente enfadada, preguntó:
-¡¡¡¡¿Pero qué quieres, mi amol?!!!!
La tipa, que resultó ser cubana, le dijo que no había oficina de objetos perdidos y que si alguien la había encontrado, la entregaría a la policía, porque allí eran todos muy honrados.

La historia terminó bien: la cartera apareció esa misma tarde. Alguien la encontró en un andén a pesar de que mis amigos nunca habían pasado de la entrada de la estación; llamó a la policía para decir que la tenía y dar su dirección; la policía llamó al consulado para decir que alguien había encontrado una cartera de un ciudadano español; el consulado llamó a mi amigo para decirle que habían encontrado su cartera pero que había que ir a recogerla a casa del honrado hallador porque la costumbre del país era que los primeros nosécuántos días el objeto perdido se quedaba en el domicilio de quien lo encontraba pasados los cuales ya lo llevaba a la policía. Así que alguien del consulado les acompañó a recoger la cartera y comprobaron que sólo habían desaparecido papeluchos sin importancia pero no las tarjetas ni el dinero, tampoco el papelito con los números secretos. El no tan honrado ciudadano que la tiró al andén debió hacerlo con prisa porque ese día había un partido de fútbol de alto riesgo en la ciudad y nada más entrar mis amigos en la estación se vieron sorprendidos por una multitud de jóvenes que corrían delante de la policía. Tal vez la misma aparición que hizo que el no tan honrado ciudadano no tuviera tiempo de revisar bien la cartera antes de deshacerse de ella.

Y por cierto, mi amiga hoy está felizmente casada con un joven, alto, guapo y atlético, que no es policía, que habla perfecto castellano y que la trata como a una reina.

lunes, 28 de julio de 2014

TIPOS DE FAMILIA

Hay familias de sangre y familias de corazón. A veces, las familias son las dos cosas: de sangre y de corazón. Otras veces, no.  
Nos han enseñado a pensar que la familia de sangre es la más importante, por aquello de “los lazos de sangre”. Sin embargo, el corazón es imprescindible para que la sangre fluya y sintamos el calor que nos hace estar vivos. De manera que yo elijo un corazón que bombee amor  y le dejo que elija el medio en el que quiere transmitirlo, energía, sangre o lo que él prefiera.

A mi familia de corazón (con o sin sangre de por medio), gracias por responder cada vez que os necesito, gracias por ayudarme a sonreír, gracias por estar.

jueves, 2 de enero de 2014

Vuelvo a cumplir una promesa

Hola a todos.
Como casi todos los que me siguen sabrán, tengo dos hijos. El mayor, que tiene nueve años, tenía que hacer, como deber de vacaciones de Navidad, un comentario sobre una noticia. Él escogió hablar sobre la Ley del aborto que está siendo noticia en los últimos días. Leyó, se informó, reflexionó y se formó una opinión.
Cuando me la contó, me preguntó si podría hacerla pública. Le prometí que lo haría si él redactaba correctamente y con buena letra lo que me estaba contando. Él cumplió con su parte y yo, con mi promesa. Así que ahí va, la he transcrito para facilitar su lectura, pero no he cambiado ni una sola coma. Es su opinión y su trabajo y así se lo presento a ustedes:

LA LEY DEL ABORTO

Voy a hablar del aborto porque llevo varios días oyendo hablar de ello y me parece muy interesante.
Esta ley va a sustituir a la que había antes. Antes las mujeres podían abortar durante las primeras 14 semanas sin dar explicaciones y ellas eran responsables de su decisión.
Ahora, con la nueva ley, las mujeres sólo podrán abortar:
a)    Si han sido violadas.
b)    Si unos médicos dicen que tiene una enfermedad física o mental duradera en el tiempo que le impida ser madre.
c)    Si el feto tiene malformaciones incompatibles con la vida, pero aún no se ha explicado cuáles son.

Además, las mujeres no serán responsables del aborto ya que la decisión no la han tomado ellas sino los médicos.

Lo que no me gusta de esta ley es que no dejan a las mujeres tomar sus propias decisiones ni ser responsables de ellas, por tanto, las tratan como si fueran niñas pequeñas.

Lo que me gusta de la ley es que se preocupa por los derechos de los no nacidos.

Yo soy un niño adoptado y por experiencia, sé que es mejor nacer que no, porque si naces puedes ver el mundo. En el mundo hay algo muy importante que ver, unos padres que te quieren, la familia, los amigos…

Las mujeres, antes de abortar, deberían pensar que los niños tienen derecho a nacer. Las madres también deberían pensar en dejar a los niños nacer pero llevarlos a adopción, porque aunque duele mucho saber que alguien no te quiso, todos merecemos una segunda oportunidad para querer y ser queridos y vale la pena vivir.

viernes, 6 de septiembre de 2013

CORPORATIVISMO FEMENINO

Todo el mundo sabe que las mujeres no somos corporativas. Otro gallo les habría cantado a los hombres si lo hubiéramos sido, pero no, ni lo hemos sido ni lo somos.  Y de eso se aprovechan.
Quizá se deba a una razón antropológicamente explicable, ¿por qué no? Quizá, como los especímenes masculinos se empeñaban en ser minoría, ya sea porque nacieran menos, ya sea porque decidían ir a matarse entre ellos o por ambas cosas a la vez, el caso es que eran un bien escaso y había que competir por ellos. Así que nosotras nos dedicábamos a despellejarnos lingüísticamente (mucho más educado y civilizado que hacerlo literalmente, ¿dónde vamos a parar?) y no ha habido forma de reconocer la valía de la otra, porque antes muerta que por debajo, que los soldaditos han de ser para mí, faltaría plus.
Por eso, si una mujer destaca en algo, el resto se alía para machacarla. De ahí que me sorprendiera tanto el comentario que me hizo una clienta el otro día. Hablábamos de trabajo, de un escrito que yo había preparado y me dijo que estaba muy bien redactado. Yo, azorada, le di las gracias a lo que ella respondió:
-Gracias no, lo que es, es. Si algo está mal, hay que decirlo, pero si algo está bien, también.
Yo volví a agradecérselo porque no es común encontrar a alguien que te reconozca el trabajo y ella insistió:
-Mira, yo soy mujer y sé lo que cuesta que te reconozcan que sabes y que haces bien tu trabajo, o ¿no es así?
Y sí, sí lo es. Esto me recordó a un comentario que me hizo una vez mi ex. Me dijo que siempre estaba enfadada. Enfadada, no, -le contesté-, en guerra. Siempre estoy en guerra, peleando para que reconozcan que sé de qué hablo, para que reconozcan que sé hacer las cosas, para que reconozcan que soy una persona…
¡Menos mal que de cuando en cuando, una encuentra oasis donde descansar! 
Y ojalá todos los hombres supiesen ser el reposo de la guerrera...

jueves, 29 de agosto de 2013

DESPRECIO INTELECTUAL

Viniendo, como vengo, de una familia en la que todos –menos yo-  son de ciencias, estoy más que acostumbrada a escuchar el consabido “El que vale, a ciencias y el que no, a letras” así que ya estoy inmunizada contra ese tipo de comentarios. Por eso, ayer me limité a sonreír cuando alguien se metió en tremendo berenjenal e, intentando ensalzar la asignatura que estaba preparando y a sus futuros alumnos, comentó que éstos eran ingenieros técnicos, no filólogos...
Mi pregunta “¿Qué tienes tú contra los filólogos?” formulada sin ninguna acritud y todavía con la media sonrisa puesta, le hizo caer en la cuenta de la metedura de pata. Seguimos hablando: ella no tenía ni idea de lo que se estudia en Filología, como yo no la tengo de lo que se estudia en una Ingeniería. La diferencia entre nosotras radica en que yo no pienso que lo que se estudie allí sea fácil, baladí o inútil y, obviamente, ella sí.
Ella comenzó basando su argumentación sobre la supuesta facilidad con la que se puede obtener el título de filólogo en la supuesta también subjetividad de los conocimientos impartidos en Filología y que amplió, en busca de salida rápida del berenjenal, a Historia o Filosofía (que, para más inri, son, siempre según ella, estudios básicamente memorísticos), frente a la objetividad de los datos en una ingeniería. Por supuesto, respondí y lo hice con una calma y pedagogía que hasta a mí me sorprendió, la verdad.
Ya empezamos desde puntos de partida distantes:
Ni considero que sean estudios básicamente memorísticos, ni creo que memorizar sea fácil. Lo será para quien tenga una memoria impresionante y ganas de invertir su tiempo memorizando datos, pero si no se dan ambas cuestiones, memorizar puede ser una tortura. Es más, yo reconozco haber memorizado todos y cada uno de los resultados de los problemas del libro de Física de 2º de B.U.P. pero se debía a mi absoluta incapacidad para entender la Física, no a que esos estudios fuesen “básicamente memorísticos”  y menos aún se me ocurriría de tacharlos de fáciles.
Pero es que además, y si me centro en lo que conozco, que es la Filología, sus estudios se basan en unos códigos que hay que interpretar, como todos los estudios, vaya. Así que de igual modo que, donde yo veo una sucesión de letras, números y otros signos sin sentido alguno y colocados, al parecer, de forma aleatoria, ella ve un código que transmite una orden para que una máquina actúe de una determinada manera, donde ella sólo ve una sucesión de palabras colocadas de una forma más o menos armoniosa (si es que es capaz de detectar la armonía), yo veo un código que transmite un mensaje que va a modificar la conducta, la percepción o la voluntad del que lo recibe.
En cualquier caso, para poder interpretar los códigos se necesita en principio cierta estructura mental, y después, años de estudio que nos permitan conocer los mencionados códigos.
Entonces surgió lo que yo creo que es el verdadero origen de su pensamiento: ella suspendió (muy suspendido) un examen sobre un comentario de texto cuando el "más zopenco" de su clase sacó un notable, y ella sólo encuentra justificación para tal injusticia en el hecho de que ella redacta mal y él redactaba bien y, como un comentario de texto es subjetivo, le convenció más al profesor el examen del susodicho "zopenco". De ahí su rabia y desprecio, supongo yo, hacia lo subjetivo.  
Miren, fue el único momento en que se me borró la sonrisa condescendiente de los labios y mi tono adquirió la firmeza que, en mi humilde opinión, merecía la respuesta:
-Jamás me han suspendido un comentario de texto por opinar distinto a como opinaba el profesor y jamás he suspendido a un alumno por no estar de acuerdo con su opinión. Cualquier opinión, si está lo suficientemente argumentada, es válida, la compartamos o no. Evidentemente, una buena redacción ayuda mucho a entender el hilo de la argumentación y una mala redacción, probablemente, sea pobre en argumentos y explicaciones. Es como si uno se dejase las operaciones sin resolver sólo porque ya las ha planteado. En cualquier caso, para hacer un comentario de texto, sólo hay que saber leer e interpretar el código que hay escrito y una muchacha en una fuente siempre ha significado lo mismo porque así lo decidimos los humanos en su día, de igual modo que, también en su día, decidimos que a 3’141592 le llamaríamos π.
Una de las cosas que aprendí en Filología y que me hizo crecer como ser humano es el respeto hacia el otro. Lo aprendí como se aprenden las cosas realmente importantes de la vida, a través del ejemplo. Mis profesores más sabios eran, a la vez, los más respetuosos  (incluso con los alumnos de primer curso, de quienes también he oído menosprecios). Denigrar cualquier estudio, oficio o habilidad, dice muy poco de quien lo hace, y lo poco que dice no es nada halagüeño.

miércoles, 10 de abril de 2013

LAS BICICLETAS Y EL BUEN TIEMPO

Ahora que se acerca el buen tiempo, apetece salir a pasear con las bicicletas, lo que me recuerda una historia que sucedió hace tiempo:
Un sábado por la tarde, mi costillo y yo decidimos sobre la marcha de la compra habitual para la semana, comprarnos por fin las bicicletas que llevábamos tanto tiempo deseando comprar para volver a hacer algo de ejercicio así como para empezar a oxigenarnos de nuevo tras el año y pico de parón en nuestras vidas a la espera de que llegara el retoño remolón y escurridizo.

Como somos unos seres tan absolutamente racionales y razonables decidimos estrenar inmediatamente las bicicletas y pedalear durante 16 km desenfrenadamente (porque, por supuesto, íbamos cronometrando y, ¡cómo no!, teníamos que hacer record a la vuelta y no somos de los que nos lo ponemos fácil para empezar). Como quien tuvo, retuvo y los dioses perdonan las imprudencias de los valientes (más bien locos), fuimos librados de las agujetas esperables, no así del dolor en salva sea la parte mía en contacto con la piedra de sillín sobre la que me ¿sentaba?
Pero a lo que iba, estrenamos las bicis con el decidido empeño de repetir –e incluso aumentar- la aventura todos los fines de semana, pero ¡oh! nuestro gozo en un pozo. El fin de semana siguiente diluvió, así que aplazamos la excursión para el tercer domingo tras la compra. Pero más oh’s y más gozos nuestros en el pozo. No estaba el horno para bollos ese fin de semana porque teníamos en mente la decisión más importante de nuestra vida y estábamos en jornada de reflexión.
Fruto de la citada reflexión fue la llegada de nuestro primer vástago que dio al traste con nuestras intenciones excursionistas porque comenzó la desde entonces llamada “ruta del vástago” por la que transitaban, cual elefantes por su senda, todos los familiares habidos y por haber ansiosos de conocer al nuevo miembro de la familia.
Y allí estaban las pobres bicicletas muertas de aburrimiento y perdiendo aire –que no aceite- en el trastero hasta que dieron a luz una bicicletita que aún no tiene edad de emprender excursiones con sus progenitores, con lo cual tampoco es que sirviera de mucho su llegada si no es para reducir, aún más si cabe, el mínimo espacio del que disponían en el trasterito en cuestión.
Y llegó Papá Noel y nos trajo un terrible alien –en forma de rinitis alérgica- que se incrustó en mis fosas nasales y una sillita transporta-vástagos en las bicicletas. Pero claro, ahora era el turno del alien y no tenía intención de dejarme que saliera a hacer el brutico con mi bici casi nueva por ahí y que en una respiración jadeosa lo mandara a tomar viento, así que las pobres bicis fueron acumulando trastos en el trastero, léase sillita, cuentakilómetros, herramientas, caballetes, maletitas y demás zarandajas que trajeron Papá Noel y los Reyes Magos en sus múltiples visitas a nuestro dulce hogar ( dulce porque está pintado de color de helado de pistacho y mora) y reduciendo hasta límites insospechados el espacio disponible, hasta el punto de que la semana pasada, mientras aparcaba el coche escuché una conversación entre ellas en la que daban por perdida la posibilidad de salir de aquel agujero porque dudaban de que pudiéramos acceder a ellas, caso de recordar que las teníamos.
Y puesto que no estaba dispuesta a soportar sobre mis espaldas el peso de un par de depresiones bicicletiles, fundamentalmente porque el primer coche que recibiría los efectos de la inundación del garaje por derramamiento de lágrimas de manillar iba a ser el mío, ese fin de semana, aprovechando el único rato de sol que nos concedió la climatología (a la que tuvimos que engañar ocultándole nuestros propósitos excursioniles), salimos furtivamente a pasear con nuestras flamantes, aunque pasadas de moda, bicicletas con sillita para vástago incorporada que menos mal que pudo estrenar porque una fiebre más y ya no hubiese cabido. Y allá que nos fuimos, yo todo piernas y brazos sobre una bicicleta cargada de artefactos porsiacasos y una mochila repleta de más porsiacasos; costillo temblequeante por el peso del vástago que, una vez descubierto que desequilibraba a su padre cada vez que se movía, le cogió gusto al temita y parecía bailar el baile de San Vito, pero encorvado, porque tras el último estirón el pobre llevaba a tope de extendidos los tirantes sujeta-vástagos, y aún así, parecía soportar el peso del mundo sobre sus frágiles hombros. Dicho sea de paso, que en uno de los movimientos, su bocadillo salió por los aires y fue a parar a un charco, con profundo desconsuelo para el vástago, cuyo estómago rugía hambriento, y profundo dolor de cabeza para nosotros porque aún hoy, cinco años después, recuerda el día que se quedó sin almuerzo.
Pero salimos, por supuesto que sí, y paseamos por todo el pueblo en una vuelta ciclista que tardarán años en olvidar mis paisanos. Faltaba la banda de música abriéndonos paso, aunque no la necesitábamos porque se corría la voz de nuestra presencia y la gente (coches incluidos) desaparecían de nuestro camino en menos que canta un gallo.
¡Ay! Deberíais haber visto la felicidad reflejada en manillares y pedales de nuestras bicis cuando las volvimos a encerrar...

viernes, 15 de febrero de 2013

Lo prometido es deuda

Una noche, en plenas vacaciones escolares de Navidad, mi hijo mayor me preguntó cuando le arropaba tras darle el beso de buenas noches:


-Mamá, ¿por qué te odian en tu trabajo?

-¿Odiarme? No me odian, cariño, ¿por qué dices eso?

-Porque no te dan vacaciones para que puedas estar con nosotros.

-¡Ah, bueno! No es que me odien, es que hay cosas que hacer y hay plazos que cumplir y una no puede cogerse vacaciones cuando quiere sino cuando se puede.

-Pero tú eres jefa…

-Ya, bueno, cariño, pero de una empresa pequeñita y todos tenemos que arrimar el hombro para que funcione.

Cómo explicarle a un niño que un autónomo no es exactamente lo que dicen en la tele sino el más pringao de los pringaos.

-Pero –continuó preguntando–, ¿te gusta tu trabajo?

-Unas cosas sí y otras no.

-¿Y te gusta más que estar con nosotros?

-No, cariño, no hay nada que me guste más que estar con vosotros.

-Pues búscate otro trabajo.

-Bueno, hay un problema. Ahora, ya sabes, estamos en crisis y no hay muchos trabajos donde elegir. Así que tenemos suerte de tener un trabajo que nos da dinero para poder seguir pagando la casa y teniendo lo que tenemos.

-Vale, pero prométeme que cuando se acabe la crisis y haya trabajos, buscarás uno que te guste y que te deje tiempo para estar con nosotros.

-De acuerdo, lo haré.

-Pero, si tú te buscas otro trabajo, ¿qué pasará con Jésica y Virginia?

-Bueno, ellas tendrán que buscarse también otro trabajo.

-Vale, pues borra lo que te he dicho, porque no quiero que para que el tete, el papá y yo estemos bien, haya gente que lo pase mal por no tener trabajo. Pero haz una crítica a los políticos, porque a ellos no les importa que la gente no tenga trabajo o no tenga tiempo para estar con sus hijos.

Dicho queda, hijo.