viernes, 20 de mayo de 2011

Nueva maternidad

Yo sabía que uno de mis hijos nacería en el lugar donde las montañas desembocan en el mar. Por eso, cuando se produjo la llamada, me limité a sonreír.
Dicen que no hay dos embarazos –ni dos partos- iguales. Tampoco hay dos adopciones iguales. Esta vez la llamada fue sólo para preguntar si podían enviar el expediente a aquel lugar. Yo ya sabía que era mi hijo, daba igual cuántos trámites más hubiera que pasar, cada noche, durante aquellos dos largos meses, cerraba los ojos pensando: “Una noche más que mi niño pasa fuera de casa”.
Tan cerca y a la vez tan lejos...
No hubo temor, no hubo lágrimas, no hubo dolor ni desgarro. Sólo nervios. Muchos nervios y ansiedad. Una impaciencia creciente que uno trata en vano de refrenar, de sosegar.
Hubo otra llamada para concertar una entrevista. Y tuvimos que viajar con el corazón en un puño para que Vetusta nos examinara. Cada paso nos acercaba a nuestro hijo, pero la espera se hacía por momentos insoportable. Y el miedo, la alegría y el convencimiento de que lo que hubiera de ser, sería, nos acompañó durante aquel viaje relámpago a la ciudad verde y gris.
Regresamos con una sonrisa en los labios que borraba la fatiga. El paisaje era agreste, pero sus gentes, dulces y suaves.
La impaciencia se apoderaba de nosotros: ¿seríamos los elegidos para ser los padres? Mi niño, mi nenín, tan chiquito y ajeno mientras se decidía su futuro...
Y al final fue cierto: nuestro hijo llegó de donde las montañas desembocan en el mar. El teléfono volvió a sonar para que descansáramos ese fin de semana. Después se sucedieron las llamadas: trámites, fotografías, una carta, una historia compartida..., nada que no imagináramos. Luego, su sonrisa en un papel, esa risa contagiosa que ha llenado nuestra casa. La sonrisa en los ojos de nuestro hijo mayor, nuestra mirada iluminada, el deseo de fundirnos en un abrazo.
Y fuimos a por él cuando el verde de las montañas se tiñó de blanco. Viajamos tres y volvimos cuatro.
Sus ojos, su ternura, su sonrisa, el sonido de las risas de los hermanos jugando juntos por primera vez, su candidez durmiendo en mis brazos, el soniquete repetido de esa canción infantil con la que nos unimos, la mirada entre tierna y orgullosa de su padre… cierro los ojos y lo revivo con la misma mezcla de nitidez y bruma con que lo viví. Así se grabó en mi corazón.
Fuera, Vetusta lloraba a ratos y a ratos sonreía con un sol aguado al vernos juntos por fin.
Todo fue más rápido de lo previsto porque nuestro hijo, nuestros hijos, hicieron fácil lo difícil, o lo que los adultos suponíamos difícil. Así que abandonamos pronto aquella hermosa tierra con la firme promesa de regresar a ella en cuanto fuera posible.
Y Vetusta lloró por la pérdida de uno de sus hijos pero nuestra tierra nos recibió desplegando todo su sol, su luz y su calor, como si el otoño cediese su sitio a la primavera.
Ahora, en casa, se conjuntan la fuerza del mar contra las montañas con la suavidad de la orilla lamiendo la playa… Es precioso.

jueves, 31 de marzo de 2011

Lugares de esparcimiento ciudadano

En algunos sitios se llaman simplemente paseos. Son unos lugares agradables, con árboles que protegen de los rigores estivales y, a veces, incluso tienen setos más o menos floreados para hacer más amena la actividad para la que fueron pensados y que no es otra que, como su propio nombre indica, pasear.
En otros se les pone detrás el calificativo marítimo porque, obviamente, transcurren paralelos al mar. También ellos suelen estar salpicados de árboles y otra vegetación, sólo que de especies resistentes a los envites de la brisa marina y del salitre.
En otros, en clara alusión al tipo de árboles más abundantes, se abrevian en alamedas.
Incluso, en algunos, haciendo alarde de modernidad y adaptación a los tiempos, llevan el complemento “del colesterol” por ser el lugar recorrido una y otra vez por quienes, por prescripción médica, deben sustituir el sedentarismo que conlleva nuestro estado del bienestar por el paseo, a falta de otra actividad física más productiva.
En cualquier caso, todos ellos tienen en común ser un lugar ameno donde las personas procuran su solaz, o donde, hasta no hace mucho, los jóvenes festejaban.
De manera que, si con el transcurso de los siglos y la aparición de las ciudades, los huertos se convirtieron en la versión domesticada de los bosques como lugares propicios para los encuentros amorosos, ¿por qué no ha de ser, en la segunda década del siglo XXI, el aeropuerto la versión urbanitas de los anticuados paseos? Imagínenlos, tan monos ellos, perfectamente asfaltados para que puedan ser recorridos con cualquier tipo de calzado y sustituyendo los caducos árboles y setos por modernas y multicolores rayas y por balizas de señalización último diseño. Si lo tienen todo pensado…, hasta tienen una torre de control a modo de atalaya desde donde las antiguamente llamadas sujeta-velas pueden ejercer sus funciones cómodamente sentadas y con todo un sistema de megafonía último modelo a su disposición:

-Ding, dong, dang. A ver, Yónatan, sácale la lengua de la garganta de la Yessi que la vas a ahogar.
-Ding, dong, dang. Vane, hija, ya te vale, deja de magrear el culo al Güili que al pobre le va a reventar la bragueta.

Por otra parte, en esta comunidad autónoma ya estamos acostumbrados a que nuestros políticos lleven a cabo proyectos arquitectónicos multifuncionales. Recuerdo el día de la inauguración de la pista de atletismo del Tramo III del Turia en el que se invitaba a los valencianos a pasear por las nuevas instalaciones y presenciar una competición de atletismo. Los ciudadanos se lo tomaron al pie de la letra y los corredores de 100 metros lisos, al levantar la cabeza en plena fase de aceleración, pudieron comprobar cómo su prueba se convertía en 100 metros con obstáculos móviles y tuvieron que sortear a un padre, su hijo y el balón con el que jugaban al fútbol en plena recta de llegadas; o los de 1.500 metros que, al salir de una curva se toparon con una cuadrilla de señoras emperifolladas y con sus mejores zapatos de tacón alto paseando por las calles 1 a 4 mientras maldecían en arameo porque sus maravillosos tacones de aguja se clavaban en el sintético de la pista. Todo acabó cuando por megafonía una voz tronó:

-¡Eh! Los de atletismo, corred un poco más lento que os podéis llevar a alguien por delante. Hay que joderse, que vais como locos.

De manera que, cuando lleguen los aviones al aeropuerto-paseo, en caso de surgir alguna incidencia que impida que se comparta el espacio de forma armoniosa, bastará con una voz desde la atalaya-torre de control que suene por todo el sistema de altavoces preparado al efecto:

-Ding, dong, dang. El Boeing 747 procedente de Estocolmo, que sea la última vez que vuela tan bajo como para que el tío Vicent pierda su boina.
-Ding, dong, dang. El Airbus A380 procedente de Berlín, como le vea otra vez molestando a la Yeni y al Kevin mientras se dan el lote, lo enviaré rumbo a Bahrein.

Si es que con un poquito de organización, sobra.

lunes, 28 de marzo de 2011

¿Bien o te cuento?

Mi amiga y yo conocimos hace tiempo a una mujer con la que trabamos amistad. Un día coincidimos en el pasillo de la facultad. Una de nosotras, no recuerdo cuál, le preguntó que qué tal estaba y ella contestó sonriendo “¿Bien o te cuento?”
Nos reímos al percatarnos de una realidad tan evidente e invisible a un tiempo y mi amiga y yo todavía comentamos aquella frase y seguimos riéndonos. Y es que hay frases que se dicen por cortesía, por quedar bien, pero están vacías de cualquier contenido semántico que, a priori, pudieran tener.
La mayoría de las veces, el que pregunta a otro que qué tal está, no espera más respuesta que un “bien”. Es más, si pudiera, tras la pregunta saldría corriendo como alma que lleva el diablo para evitar la tentación de su interlocutor de compartir con el incauto preguntón sus cuitas, venturas y desventuras y si no lo hace es, seguramente, por que el diablo le ha clavado los pies al suelo pero mentalmente, fijo que está poniendo velas a todos los santos para que se cumpla su deseo. Por eso, la contrapregunta de “¿Bien o te cuento?” es muy útil para aclarar los términos a quienes no gozamos de las suficientes habilidades sociales como para descubrir de un vistazo si quien pregunta de veras está interesado en nuestra vida o sólo pregunta por educación.
Otra de las frases corteses pero huecas es la que se dice al despedirse de alguien a quien hace mucho que no se ve y que tiene dos versiones: “Tenemos que quedar un día” o “Nos llamamos y quedamos”. El día que descubrí que ésta tampoco quería decir lo que dice me llevé un gran disgusto. Me encontré en el autobús con una amiga de la infancia. Charlamos de mil cosas, pero el trayecto era corto y no nos dio tiempo a ponernos completamente al día, sin embargo mientras se apeaba en su parada, me dijo lo que resultó ser mi gran decepción: “Tenemos que quedar y seguir hablando, nos llamamos y quedamos”. Cuando la puerta del autobús se cerró tras ella y el vehículo reemprendió la marcha comprendí con amarga tristeza que era imposible, a menos que el azar decidiera volver a juntar nuestros caminos, que tal cosa sucediera porque no habíamos intercambiado los números de teléfono. Desde entonces, siempre que me sueltan la consabida frasecita, contesto con un “cuando quieras, éste es mi número de teléfono. Llámame y quedamos” y hala, la pelota en su tejado.
Sin embargo, acabo de descubrir que se está poniendo de moda otra de estas expresiones y no he encontrado aún respuesta tan buena como el “¿Bien o te cuento?”, para que, los que carecemos de habilidades sociales no nos llevemos desilusiones, así que se admiten sugerencias. Me refiero al “Si me necesitas, me llamas”.
Estábamos tomando un café el otro día unas amigas y una de ellas, cuya madre ha muerto recientemente, nos comentó indignada –y con razón desde mi humilde parecer–, que su suegra la había llamado por teléfono después de varias semanas sin noticias de ella, para preguntarle (supongo yo que aleccionada por el novio de mi amiga) qué cómo estaba. Mi amiga, que aún no ha aprendido lo del “¿Bien o te cuento?”, le contestó con sinceridad, es decir, que sobrellevándolo como podía, unos días mejor y otros peor. La suegra se aprestó a informarla de que si necesitaba algo que la llamase porque –y atención– como ella (la suegra) estaba “así” igual no se acordaba de llamarla para preguntar. Claro mis ojos se abrieron como platos. ¡¡¡¿Así de qué, de sinvergüenza?!!! Evidentemente mi amiga entendió entre líneas y se apuntó que en caso de necesidad, nunca, pero NUNCA, podía contar con la suegra.
Pues mi sorpresa fue mayúscula cuando otra de las presentes alegó que su suegra era reincidente en ese tipo de frases y explicó que hace unos dos meses su hijo pequeño, que acababa de cumplir un año, tuvo que ser ingresado de urgencias en mitad de la noche. A la mañana siguiente, cuando ya el peligro había pasado relativamente y el bebé estaba en planta en observación, ella se fue a casa a cambiarse de ropa y recoger al mayor (que tampoco estaba muy bien pero era un catarro fuerte) del colegio para darle de comer. Su marido se quedó con el pequeño a la espera de que ella regresara al hospital después de dejar de nuevo en el colegio al mayor. El marido aprovechó su ausencia para llamar a su madre (la de él) y contarle lo que había ocurrido con el pequeño. A lo que su madre (la de él) respondió, con la frasecita de los huevos de “Si me necesitas me llamas”. El marido de mi amiga, ducho en trances semejantes (a fuerza obligan y seguro que no era la primera vez que su madre soltaba una prenda de ese estilo), obvió decirle que hubiera sido todo un detalle por su parte (la de su madre) que invirtiese unos quince minutos en acercarse al hospital para ver a su nieto y de paso le sustituyese aunque fueran cinco minutos en el cuidado del bebé, para que él, su hijo, pudiera comer siquiera un bocadillo a una hora decente, y bueno, que el detalle habría sido sin par si se hubiese ofrecido para recoger al mayor del cole a las 5 de la tarde para que él, su hijo, pudiera tumbarse en una cama y tratar de abandonar la postura de 4 que había adoptado su cuerpo tras pasar una noche en vela sentado en la silla de la sala de espera de un hospital. De manera que, el marido de mi amiga tuvo que comer a correprisa y pasadas las cuatro de la tarde el guisado ya frío y pastoso que había preparado su esposa y salir corriendo a buscar a su hijo al colegio.
Pues no contenta con eso, la reincidente suegra de mi amiga volvió a repetir su ofrecimiento de “Si me necesitas me llamas” un mes más tarde cuando su hijo le informó de la fecha exacta para la que se había programado una intervención quirúrgica con anestesia total para el mayor de los niños. Evidentemente, recibió la ansiada respuesta de “Tranquila, que está todo controlado” que es la que con toda seguridad deseaba escuchar. Pero es que no sé yo qué parte de que si su hijo tiene a su vez dos hijos y uno de ellos está ingresado en un hospital alguien debe cuidar del otro es la que no quiso entender esa buena señora. Puede que alguno se pregunte qué hacían los padres de mi amiga. Pues, evidentemente, son los que cuidaron del niño que se quedaba en casa.
Por supuesto, mis amigas tienen borradas a sus suegras de la lista de personas con quien contar y las han apuntado en la de “Arrieritos somos” , pero, igual que yo, no dejan de estar perplejas ante esa frase vacía así que reitero mi petición de respuestas posibles para devolver la pelota o poner en su sitio a quien, debiendo actuar con afecto, actúa sólo con vana cortesía.

Mis disculpas

La verdad es que tengo el blog un poco abandonado y ofrezco mis disculpas de antemano por ello: es que he sido madre por segunda vez y voy algo atareada compaginando maternidad, trabajo, aficiones y vida, pero prometo enmendarme y volver a recuperar el hábito escritor.

Un día, cuando mi mano esté preparada, escribiré un texto que defina el torrente de emociones que desató esta segunda maternidad, pero eso será otro día.

martes, 28 de diciembre de 2010

Maternidad frustrada

Ella está sentada en un banco en un parque. Los niños juegan con su alegre algarabía. Ella no ve ni oye nada. Menos mal.
Desea ser madre desde hace cinco años. Pero su hijo no llega. Al principio trató de no darle demasiada importancia, pero acabó impacientándose cuando ya no quedaban amigas -ni conocidas- sin embarazar o sin hijos. Entonces acudió al médico en busca de explicaciones y de ayuda y comenzó un calvario de pruebas, plazos y recomendaciones. Nada funcionaba así que acabó en un hospital donde, tras otra larga espera, inició el tratamiento para una inseminación artificial.
Hoy le han dado los resultados de la analítica para comprobar si su segunda inseminación artificial ha resultado exitosa: negativa de nuevo. Y está mal, muy mal. Esta vez creía que sí. Bueno, una siempre lo cree ¿no? Pero esta vez ella quería ser muy positiva y que no se colase un no que pudiese gafar su intento. Cuando la ciencia no sabe dar respuestas y falla una y otra vez, el ser humano regresa a sus orígenes donde residen la magia y la superstición. A pesar de todos sus esfuerzos, los racionales y los irracionales, esta vez tampoco ha sido. En su rostro, la desesperación, el desencanto, la incredulidad y el desconcierto: “Pues, ya está. Negativa, un mes de descanso porque deben limpiar el laboratorio, con lo que probablemente perderé mi cuarta oportunidad y a esperar dos reglas más.” Repite mentalmente una y otra vez las únicas palabras que ha escuchado en la consulta por ver si, de tanto repetirlas, logra desentrañar el misterio que la convierte en una mujer estéril.
Se ve a sí misma de pie, en el mínimo habitáculo que hace las funciones de consulta, frente a una mesa con un ordenador que observan varios médicos sin reparar siquiera en ella que ha llegado hace ya un rato y espera, espera con la emoción contenida desbordándosele por el alma y los ojos. De pronto uno de ellos alza la cabeza y, por fin, la ve. “¡Ah!, por cierto, ha salido negativa...”. Ella sigue en pie, inmóvil, negando con la cabeza como idiotizada. No se lo puede creer. ¿Negativa? ¿Cómo que negativa? ¿Qué ha salido mal esta vez? ¿No era todo tan perfecto? Y después: “No pasa nada” dice con un susurro de voz. El que parece que es el jefe toma la palabra, le dice que tiene que descansar un mes, con lo que, como para entonces estará a punto de cumplir la edad máxima que admite la Seguridad Social para estos casos, probablemente sólo le restará un intento más. Se lo dice con un tono que denota fastidio quizá porque ella sigue allí en pie, pasmada, mirándole sin verle, tragándose el dolor. ¿A qué espera? ¿Por qué no se va de una vez? “Tienen que limpiar el laboratorio” refunfuña el que parece el jefe. “¡Ah! No es culpa mía... la espera” susurra ella. Él gruñe un “No. Espera dos reglas y vuelves” que ella siente despectivo. Ella por fin logra mover los pies para salir de allí. No ha habido ni una palabra de consuelo, de explicación, nada que muestre la más mínima empatía.
No sabe cómo ha llegado hasta ese banco y no quiere moverse de allí. No quiere hablar con nadie, quiere estar a solas con su dolor. No quiere ir a trabajar ni hacer nada. Quiere llorar, sólo eso. No quiere negar más que sí que pasa algo, que le duele, que siente que nadie que no haya pasado por lo mismo que ella puede entenderla y que quiere que la dejen en paz. A la vez que necesita urgentemente el hombro de su marido para llorar. Pero él no está y si llora con él, ella sabe que él se sentirá mal y llorará también. Y no quiere que se sienta mal y se odia por preocuparse tanto por los demás y no por ella misma. Por tener que fingir siempre que está bien, que lo controla todo, que es fuerte y que puede con todo. Y se pregunta qué pasaría si un día no pudiese con algo, si se acabaría el mundo o si se acabaría ella.
Piensa en su madre. Tiene ganas de llorar en sus brazos como si fuera una niña pequeña. Está a punto de llamarla por teléfono, pero se acuerda de la última vez. Sabe que su madre no sabe qué decirle. Y que le duele. Pero ni punto de comparación con lo que le duele a ella. Con lo que les duele a los dos. Su madre no entiende nada; gracias al cielo, no sabe. ¿Chafada? No, jodida. Hecha polvo.
Ella no entiende nada, y eso es casi lo peor. Se le junta un dolor del alma, un dolor visceral, antropológico, de especie, un dolor sordo de entrañas, con un dolor racional, intelectual. Un pasmo idiotizado que dejó de anestesiar para romperse en mil pedazos ante una realidad no comprensible. Siente ganas de dejarse caer y caer y caer hacia un abismo de dolor y autocompasión a la vez que nota un impulso hacia buscar lo bueno de esta situación (siempre hay un lado bueno, todo es cuestión de encontrarlo), un impulso que le impide dejarse caer pero tampoco sabe si es bueno que no se deje...
Quiere gritar, pero tiene los labios sellados y pocas fuerzas para abrirlos. Quiere cerrar los ojos y dormir...
Mientras, los niños siguen con sus juegos en el parque.

viernes, 22 de octubre de 2010

¡Qué poca imaginación!

Miren, pues sí. Yo también me siento ofendida como mujer, más allá de la ideología, las preferencias, gustos o intereses, la ofensa, típica y tópica por otra parte, es una ofensa contra todas las mujeres, por sexista y por recurrente.
Imagínense que a mí, presa de un ataque de histeria (que es muy femenina) y privada completamente de mi capacidad de control verborreico me diera por afirmar que existe una subespecie de hombres mononeuronales afectados por el síndrome de la neurona desubicada, que cada vez que tienen una erección, padecen una encefalitis y que cada vez que llegan a un orgasmo, se les produce un derrame cerebral y que además son el perfecto ejemplo de la ley que afirma que cuando uno alcanza su nivel de incompetencia, es ascendido de categoría. Y que, por tanto, como se les supone que al llegar a la edad adulta, han debido alcanzar varios orgasmos (aunque sea en solitario) con las nefastas consecuencias que todos conocemos, sus declaraciones deberían ser consideradas como propias de un descerebrado.

Aunque una vez superado el ataque de histeria y recuperado el control sobre mis palabras, presentara mis disculpas alegando que fueron unas declaraciones desafortunadas fruto de la pérdida de la autocensura que evita que mis pensamientos se me escapen por la boca, ustedes, con toda la razón me dirían que las disculpas no son válidas y que es precisamente ese tipo de pensamientos lo que me convierte en una persona detestable.
Pues eso, que no cuela.

domingo, 17 de octubre de 2010

Huelgas, abucheos y otras manifestaciones

Pongamos las cosas claras desde el principio porque voy a ser de nuevo políticamente incorrecta:

Yo no hice huelga el pasado 29 de septiembre, día en que se celebra la onomástica de los que comparten nombre con los arcángeles, en primer lugar porque no tengo derecho (la que escribe pertenece a esos seres normalmente calificados con los peores adjetivos posibles, casi siempre indicadores de una visión decimonónica e industrial de las relaciones laborales, que a nadie parece importar), pero sí temía que una huelga general montada a final de mes por una hábil mente pensante que debe haber olvidado que existen los trabajadores de mi sector, me obligase a hacer una especie de huelga a la japonesa y nos tuviese trabajando a destajo la noche del 29 y el día 30 para que todos los trabajadores –huelguistas o no– cuyas nóminas dependen de nosotras, pudiesen cobrar el día 30. Afortunadamente no fue así. Sólo 8 de los casi 650 trabajadores de distintos sectores que manejamos hicieron huelga. Agradecer a los 2 valientes trabajadores del siglo XXI que no tuvieron miedo de avisar de sus intenciones de secundar la huelga, que entendiesen la necesidad de los demás de organizarnos el trabajo para poder ir a casa a dormir la noche del 29 y mi incomprensión ante el miedo de los 6 restantes.

Durante la jornada de huelga, y las posteriores, escuché comentarios de todo tipo en cuanto al seguimiento de la misma, que si el consumo eléctrico demostraba que estaba resultando un éxito, que si dependía de sectores... La verdad es que ni entonces, ni durante los días posteriores, hasta hoy, he escuchado nada sobre el único dato fiable para saber si fue o no un éxito: el número de movimientos por huelga realizado en la Seguridad Social que es a quien comunicamos qué trabajadores han hecho huelga para que se tenga en cuenta a efecto de cotizaciones. Nada, se ve que los números de verdad tampoco interesan a nadie. Yo pregunté a compañeros del sector. La respuesta fue abrumadora: habían hecho los mismos o incluso menos movimientos que nosotras. Así que, para nosotros, los encargados de comunicar a la Seguridad Social el número de trabajadores que hizo huelga, el seguimiento fue ínfimo. Otra cosa es que algunas empresas, por prudencia, miedo o directamente imposibilidad, no abrieran sus puertas ese día. Y me refiero a las industrias ubicadas en polígonos donde la acción de los llamados piquetes informativos puede ser –de hecho en ocasiones es– más coercitiva que informativa y a los pequeños comercios que tuvieron la mala suerte de estar en el recorrido de las manifestaciones o de ser víctimas de los desmanes de algunos individuos poco respetuosos con los bienes ajenos que les sellaron las puertas con silicona o llenaron los escaparates de pegatinas y grafitis ignorando si había trabajadores en el pequeño comercio en cuestión o el único trabajador era el dueño, ese ser infame y sin derechos pero con un montón de obligaciones que ese día se lo pasó limpiando y arreglando los desperfectos.

Por otro lado, no llego a entender, perdonen mi supina ignorancia al respecto, la misión de los llamados piquetes informativos en pleno siglo XXI. ¿De verdad alguien cree que en plena era de las comunicaciones, cuando todo el mundo tiene televisión en su casa y se mantiene ante ella durante horas y horas viendo las imágenes y escuchando los sonidos que salen de la -no tan- pequeña pantalla, cuando en todas las cadenas televisivas y emisoras de radio se han dedicado horas y horas a hablar de la huelga, cuando ha salido el tema en toda la prensa escrita –incluso en la gratuita– y además en grandes titulares para que nadie pudiera evitar leerlo... de verdad alguien se cree que todavía es necesario informar a pie de fábrica, de calle o en la puerta del trabajo que es jornada de huelga? Si a pesar de toda la información recibida durante semanas, un trabajador -o trabajadora que no crean que me olvido de ellas, es que yo uso el genérico por economía del lenguaje, una de las primeras normas que aprendí en mi vida– decide acudir a trabajar el preciso día en que otros están haciendo huelga, no se me ocurre otra razón que explique tamaño suceso paranormal que el que esté ejerciendo su derecho al trabajo, tan respetable, por mucho que algunos lo lamenten, como el derecho a la huelga. De manera que no entiendo por qué este trabajador –y vuelvan a perdonar mi supina ignorancia– debe verse sometido a entrar ese día a trabajar atravesando un grupo más o menos nutrido de personas que, como mínimo, le miran con reprobación. Porque si es uno de los héroes de que hablaba en otro artículo, puede que entre a trabajar desafiando al grupo y sus miradas, pero si es uno de los simples humanos mantenedores de la especie (que somos los más numerosos), lo más probable es que regrese sobre sus pasos y se vea coaccionado a realizar una huelga que en principio no deseaba secundar por si entre los componentes del piquete se encuentra algún exaltado o violento que, creyendo que su pertenencia al piquete le da patente de corso, pase de las miradas a las palabras y de éstas a los hechos. Y es que el miedo es libre y el ser humano tiene memoria que le hace recordar sucesos acaecidos hace bastante (o no tanto) tiempo.

En segundo lugar, aunque hubiera podido hacer huelga, no la habría hecho. Ya avisé de que no iba a ser políticamente correcta. La razón es que no creo en las huelgas, manifestaciones o cualquier otro tipo de reivindicación masiva que me haga sentir miembro de grey. Llámenme lo que quieran, pero soy individualista. Mis lentejas me las busco yo y mis problemas me los soluciono yo y si no se pueden solucionar, que es lo que ocurre con las cuestiones que afectan a la política y las masas porque nos trascienden, pues aprendo a vivir con ellos. Me amoldo, señores, e intento sobrevivir. Y no soy la única, por lo que observo, que tiene como filosofía de vida lo que resume la frase de Bruce Lee que tan famosa hizo una campaña publicitaria, desde mucho antes de que la mencionada campaña la difundiera por doquier.

Esta lección la aprendí hace tiempo, cuando era más joven. Entonces acudí a manifestaciones y secundé muchas jornadas de huelga para evitar que la LOGSE saliera adelante. Por aquel entonces los maestros y los que estudiábamos para serlo, la veíamos como lo que ha resultado ser: un fracaso educativo de gravísimas consecuencias. Ni siquiera poniendo los medios adecuados para llevarla a cabo podría funcionar, cuánto menos sin la dotación económica suficiente. Dio igual, se impuso a pesar de tener en contra al colectivo que debía aplicarla (como tantas otras veces se hace). Visto que cuando un político toma una decisión de las de verdad, no de esas que lanzan como globos sonda para tantear la opinión de la gente y se pasan varios días diciendo cada uno de ellos una cosa para al final decir donde dije digo, digo Diego, siempre es irrevocable y más si es en materia económica porque normalmente tienen que obedecer las órdenes de los de arriba, es decir, de quienes juegan la partida de la que los de abajo sólo somos piezas del tablero, mi conclusión fue la del escepticismo grupal y opté por el individualismo. Así yo, durante los años que ejercí como maestra o profesora, intenté transmitir a mis alumnos el gusto por el saber, la necesidad del esfuerzo real para obtener resultados y otras muchas cosas que es evidente que estaban pasadas de moda e iban contracorriente, pues ya no ejerzo como tal.

Pero vaya, es que yo suelo ir a contracorriente normalmente porque, ya lo he dicho, no me gusta sentirme miembro de grey, me gusta formarme mi propia opinión que, a veces, concordará con la de la mayoría o con la de los que mandan, o no. Y por eso, a pesar de que no hubiera secundado lo huelga de haber podido hacerlo, también diré que estoy en contra de la Reforma que se pretendía evitar con la huelga. Pero estoy en contra porque me parece una reforma mojigata que no va a solucionar nada y que sólo parece fruto de una mala situación económica de las arcas del estado en la que se pretende, por una parte, recaudar más dinero a base de recortar las bonificaciones por contratación, y por otra hacernos comulgar con ruedas de molino vendiéndonos humo. Esta reforma, que no gusta a los sindicatos, dudo mucho que guste tampoco a la patronal. Les recomiendo que se la lean después de haberse leído las anteriores leyes y sus reformas. Verán cómo poco a poco fueron desapareciendo ventajas para todos, empresarios y trabajadores. Pero lean ustedes, vayan ustedes a las fuentes, no escuchen a los que, desde los micrófonos, intentan llevarse el ascua a su sardina contándonos verdades a medias o mentiras a espuertas.

Y hablando de cosas con las que estoy en desacuerdo, tampoco apruebo los abucheos en actos solemnes. Creo que cada cosa tiene su tiempo y su espacio. Y gritar: “Zapatero, dimisión” mientras desfila la Senyera el día de la Comunidad o mientras se realiza el homenaje a los caídos el día de la Hispanidad, miren, pueden llamarme retrógrada, estirada, o lo que quieran, pero lo considero una falta de respeto y una elección del momento, cuando menos, desafortunada. Las personas somos libres de expresar nuestra opinión, pero igual que no hay que confundir libertad con libertinaje, existen momentos y foros donde expresar nuestra opinión, y no es todo válido. Un momento solemne, en el que los políticos actúan en representación de toda la ciudadanía, les hayamos votado o no, y no actúan en representación propia, no es el foro para exponer reivindicaciones privadas. Y da igual lo cansado, harto o aburrido que esté uno de esos políticos. Se trata de educación, señores, y la estamos perdiendo a una velocidad vertiginosa y sin ella el mundo que nos espera es el de algunos vergonzosos programas televisivos, pero de eso, hablaré otro día.